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ESTOCOLMO 2006
Die Walküre

Por Claudio Briones
 

Dirección escénica:
Staffan Valdemar Holm

Escenografía y vestuario:
Bente Lykke Møller

Siegmund: Endrik Wottrich
Hunding: Hans-Peter König
Wotan: Terje Stensvold
Sieglinde: Nina Stemme
Brünnhilde: Katarina Dalayman
Fricka: Martina Dike
Helmwige: Sara Olsson
Gerhilde: Agneta Lundgren
Ortlinde: Lena Hoel
Waltraute: Martina Dike
Siegrune: Katarina N Leoson
Rossweise: Marianne Eklöf
Grimgerde: Eva Pilat
Schwertleite: Kristina Martling

Orquesta de la Ópera
Real de Estocolmo

Dirección: Gregor Bühl

 

 
Era la tarde de un día soleado en el ya pronto primaveral Estocolmo. La temperatura se había suavizado, llegando a 5 grados sobre cero, el sol brillaba y nos inundaba de regocijo ante un día tan hermoso, con un cielo totalmente despejado. Con el corazón impaciente de volver a disfrutar de Wagner, me dirigí en dirección de la Ópera Real.


Acto I

A las 18:00 Gregor Bühl tomó posiciones ante la orquesta de la Ópera Real. El preludio fue tormentoso y nítido en cada nota, marcando con firmeza cada pasaje llegando a ser casi un espejo rudo de las fuerzas de la naturaleza desencadenadas por medio de la música de Wagner. El preludio transcurrió a telón cerrado, levantándose rápidamente unos segundos antes del silencio que precede el "Wes Herd dies auch sei, hier muß ich rasten" de Siegmund. Veíamos entonces una enorme sala, pulcra y de clase acomodada, pero carente de lujos. Estamos en una época indefinida de los 1850.
El único decorado de las paredes eran blancos platos de porcelana, cuya blancura daban un aire severo a la habitación. Bajo cada grupo de platos una larga despensa cubierta de tela a modo de cortina, para ocultar lo que había debajo. En la pared posterior una enorme ventana rectangular, más larga que alta, por la cual se veía un tupido bosque de abetos, cubriendo casi en su totalidad el cielo. A la izquierda una puerta que conectaba con el exterior y a la derecha una que llevaba a las demás dependencias. En el centro de esta habitación se encontraba una enorme mesa de madera.
Al subir el telón encontramos a Siegmund tirado sobre la mesa, totalmente agotado y dormido, Sieglinde le mira con extrañeza, y mientras se acerca a la puerta que conecta con el exterior, se voltea con prontitud, al ver que el extraño despierta sobresaltado diciendo que descansara allí, no importando de quien sea aquel hogar. Sieglinde termina acercándose, casi con miedo; pero no del extraño, sino que sus miradas nerviosas van siempre dirigidas a la puerta que conecta la habitación con el exterior.

En este ambiente de incertidumbre, luego de finalmente haberle servido agua al extraño, Sieglinde se acerca finalmente a él, cuando le pide ver sus heridas. Cogiendo un pañuelo limpio de su propia manga, Sieglinde se dedica ahora con esmero a limpiar las heridas del hombre; pero siempre mirando de vez en cuando hacia la puerta. Sieglinde reacciona atendiéndole con cada vez más esmero, y cuando Siegmund nuevamente le habla, éste termina cogiendo la mano de la mujer, con ternura, justo mientras canta "die Sonne lacht mir nun neu." Sieglinde queda estupefacta, sin atreverse a mover, pero está turbada... la semilla de la atracción ya ha cumplido su cometido y simplemente mira al extraño con mayor detenimiento. Deteniéndole ella misma cuando desea marcharse y entregándole una camisa de su marido, para que el extraño tenga algo con que cubrirse.
El arribo de Hunding es anunciado, y entra entonces primero su guardia personal, haciendo espacio. Al entrar, sólo tiene ojos para el forastero. Pero no tanto porque sea un hombre, más bien se le acerca con desdén, notando que lleva puesta ropa que no le pertenece. La guardia personal se pone en posición de acercarse y apalearlo, pero Hunding con un decidido ademán les manda fuera de la estancia.

Con otro ademán indica a Sieglinde que les sirva algo de comer a él y al extraño. Mientras Sieglinde prepara la cena, Siegmund comienza a contar su historia, mostrando que en su mente lo único que interesa en ese momento es el mantener la calma. Sieglinde le mira de vez en cuando, con nerviosismo. A lo largo de la escena, su temor por Hunding ira cambiando en decisión de abandonarlo, como si la presencia de Hunding le infundiese valor de enfrentarse contra ese hombre que la ha obligado a vivir con él como su esposa. Deteniéndose, mientras sirve las rodajas de carne en los platos, para escuchar las coincidencias de la vida del extraño con la propia. Hunding, mientras tanto, comía con extremada delicadeza su comida. Siegmund, por su parte, comía como un hombre salvaje, cogiendo las rodajas con la mano, y siempre alerta. Al ya llegar al momento que Hunding descubre la identidad del invitado, la guardia personal vuelve a entrar, sólo para marcar que Siegmund no puede escapar... En su desesperación, Sieglinde mira hacia el centro de la mesa, apoyándose luego en ella e indicando disimuladamente algo bajo ella. Pero Siegmund está demasiado preocupado para percatarse de ello, con la cabeza asiente que acepta el reto de Hunding. Sieglinde comienza a alejarse, e incluso al cruzar la puerta que lleva hacia los aposentos interiores, mira por la ventanilla de la puerta, sin poder apartar su mirada de Siegmund, ni de la mesa.

Finalmente, Siegmund a solas en la oscura habitación deja rienda suelta a su desesperación. Subiendo a la despensa de la pared, intenta acercarse a la ventana, pero está demasiado alta... Y en su mayor desesperación ve como algo brilla debajo de la mesa, cada vez con mayor intensidad. Pero como no logra comprender lo que ocurre, se sienta en el suelo, en primerísimo plano, esperando que llegue la mañana y su consecuente muerte. Sieglinde entra ahora con el cabello suelto, arreglando su vestido revuelto por los manoseos de Hunding, como limpiándose de impurezas. Y apoyándose en la mesa, la corre y muestra a Siegmund que bajo ella, en el piso hay un trozo de árbol incrustado, en donde se ve una espada insertada. Siegmund se acerca, pero duda al escuchar la narración de Sieglinde. Pero la pasión no puede ser ya dominada, y en un profundo abrazo son sorprendidos por la luz primaveral.

El bosque de abetos comienza a difuminarse, y por la ventana sólo vemos un cielo despejado que deja deslumbrar la luna llena, que inunda de tonos azulados la estancia. Mientras Sieglinde arrodillada en la mesa admira la luz primaveral, Siegmund a su lado canta "Winterstürme"... Finalmente la duda asalta cada vez más a Sieglinde. Y mirándole a los ojos, le pide al extraño su verdadero nombre. Finalmente, Siegmund se arrodilla sobre la madera y coge la espada y con un esfuerzo sobrehumano, como si la mirada de Sieglinde lo impulsase, arranca la espada. Sieglinde, nerviosa durante toda la invocación de Siegmund, no se ha atrevido a mirar, ocultando su cada entre las manos, apoyada en una de las estanterías, volteándose sólo cuando Siegmund entona su "zu mir"y con enorme júbilo y sorpresa se va acercando a él con miedo, consciente que se ha enamorado de quien posiblemente sea su hermano. Una vez revelada la verdad, se entregan a un apasionado abrazo, culminando con un profundo beso... y mientras la música llega al final del acto, los jóvenes miran con cuidado por la puerta que lleva al exterior, para asegurarse de no ser vistos por alguno de los guardias, para salir luego huyendo en la noche.


Acto II

El preludio del segundo acto comenzó con fuerza impetuosa. Sin subir el telón, la música sonaba heroica y clara, en los segundos previos al silencio que realiza la orquesta antes de la primera intervención de Wotan, justo durante el resonar de los bronces, subía el telón, mostrando un enorme salón de paredes rojo ladrillo, cuyas paredes estaban cubiertas por reproducciones de cuadros de la época (Peter Nicolai Arbo, Mårten Eskil Winge, Friedrich August, Johan Gustaf Sandberg, Elisabeth Jerichau-Bauman, etc.) alusivos a los antiguos mitos de héroes y valquirias. Hacia el fondo un gran arco rectangular, que conectaba este salón con un corredor, dejaba ver una enorme ventana por la cual se veían la montañas nevadas. En el centro del salón una mesa, en donde Wotan manipulaba los destinos de los hombres y los dioses, en forma de mesa de billar, donde los dioses eran bolas rojas y los hombres eran bolas blancas.
Dejando la mesa, rápidamente habría la puerta derecha, que comunicaba con el exterior, de par en par, y la nieve entraba en el salón, impulsada por el viento; al mismo tiempo que Brünnhilde entraba en traje de amazona, con aire aristocrático y despreocupado, pero abrazando a su padre, saliéndose de las convenciones; jugando ella también con las bolas de la mesa, mientras su padre la mira con orgullo. Brünnhilde coge su fusta y se percata que Fricka se acerca, cierra entonces la puerta y se marcha por la de la izquierda.

Fricka entra, limpiándose la nieve, ricamente vestida. Es una mujer altanera, que no siente nada por su marido, simplemente, no le perdona ni sus errores ni sus infidelidades. Está con él simplemente por la conveniencia del poder, pero sabe que va con todas las de ganar. Wotan intenta seducirla, pero cuando le pide que bendiga la unión de los Welsungos, Fricka se voltea y está a punto de abofetearlo. Comienza entonces a reprocharle todo en "So ist denn aus mit den ewigen Göttern", arrodillándose finalmente, llegando a poner su frente en el suelo en señal de sumisión. Finalmente Wotan comienza a ponerse nervioso, y como aguantándose comienza a justificar que no puede ayudar a nadie, pero cuando la voz de Brünnhilde se escucha a la distancia, Wotan ya se da cuenta que ha perdido. Fricka le ofrece a su marido la mano para sellar el pacto, e incita a Wotan a besársela. Entonces Fricka lo coge con fuerza y le obliga a besarla en la boca, pero con desprecio. Es recién entonces que Brünnhilde entra, y con un tanto de vergüenza se voltea, para evitar mirar la escena. Fricka se le acerca y le informa que tendrá que hablar con su padre. Se despide entonces de ella, cogiéndola por los hombros, besándola hipócritamente en cada mejilla, para luego marcharse por el corredor, altanera y consciente que ha vencido sobre Wotan y además humillado, una vez más, a su hija predilecta.

Wotan está inmóvil en primer plano, nervioso e impotente. Cuando Brünnhilde se le acerca y pide consejo, Wotan ya no soporta más la situación, su desesperación es tremenda, se desanuda el lazo, como si le faltase el aire, cayendo de rodillas, golpeando el suelo con los puños, pero sin poder resistir más, es presa de una ataque de pánico, quedando acurrucado sobre la mesa, como un cordero presto a ser sacrificado. Brünnhilde se acerca a él, poniendo la cabeza de su padre sobre su regazo, acariciando suavemente su cabeza, para que logre calmarse. Wotan comienza a recuperarse de su angustia, pero su cuerpo está aún tullido y encogido en el regazo de su hija. Poco a poco va narrando su historia a Brünnhilde, y la tensión de su cuerpo comienza a desaparecer, pero no antes de mencionar como Erda le brindo una hija llamada Brünnhilde. Pero no se pone de pie, simplemente está arrodillado, y es ahora la valquiria quien comienza a apoyar su cabeza en el regazo de su padre, mostrando en su cara el terror de las verdades que cuenta su padre y sus consecuencias. Finalmente deja a Brünnhilde sumida en la desesperación, mientras el se mete en la otra habitación, recoge su lanza y se marcha en medio de la tormenta.
Brünnhilde ve a los Welsungos acercarse y se recluye en una esquina, esperando la primera oportunidad para anunciar a Siegmund su muerte. Sieglinde viene envuelta en una manta, temblando y agotada. Siegmund la trae apoyándola contra su pecho. Entran al salón por la entrada derecha del corredor, la que lleva a las caballerizas. Sieglinde está nerviosa. Siegmund vigila intranquilo por la ventana, esperando ver en cualquier momento a Hunding. Finalmente Sieglinde cae presa de espasmos nerviosos y pierde el conocimiento. A lo largo de toda la escena, Brünnhilde ha estado alerta, mirando que ocurre entre los Welsungos, como intentando comprender. Al ver como Sieglinde se desploma, se pone de pie y comienza a acercarse a Siegmund, arrepintiéndose dos veces, pero entonces la sola visión de los cuadros alusivos a los héroes y los mitos le hacían recordar su misión.

Cuando las alusiones al Walhalla se hacen latentes en la música, se acerca definitivamente y comienza esa gran escena salida de la creatividad de Wagner: "El anuncio de muerte". Siegmund, arrodillado junto a Sieglinde, no se atreve a mirar a la valquiria, sino que prefiere mirar hacia el frente. Su pecho se hincha de orgullo al sentirse escogido de compartir los placeres del Walhalla, pero es cuando Brünnhilde le dice que Sieglinde no le acompañara, que él por primera vez mira a la valquiria a los ojos, suplicante. Se aleja unos metros, meditativo, para mirar una vez más por la ventana y anuncia que no la acompañara. El conflicto va creciendo hasta que Brünnhilde le detiene en el momento que está a punto de asestar el golpe mortal a Sieglinde. Brünnhilde se aleja por el corredor, saliendo por la izquierda. Siegmund, al oír la llamada de Hunding se alejara luego por la misma dirección.

Sieglinde recupera la conciencia y se encuentra sola. Al escuchar las voces a la lejanía de Siegmund y Hunding, se sube a la mesa, buscando ver algo, volteándose hacia el público. No vemos el combate, sólo la reacción de Sieglinde: primero arrodillada y horroriza de como chocan los metales de los hombres, de júbilo al ver como la valquiria insta a Siegmund a confiar en la espada, y luego de desesperado horror ahogado en un terrorífico grito, cayendo desplomada al ver como Wotan ha roto la espada y Siegmund cae muerto.
Brünnhilde vuelve al salón, por donde había salido, y Sieglinde la ve traer los trozos de Notung y se siente sin fuerzas. Siendo entonces rápidamente llevada a la realidad, Sieglinde y Brünnhilde se alejan en la tormenta, camino del caballo.
A los pocos segundos vemos entrar a un Wotan angustiado y asqueado... un poco más atrás viene Hunding, con aire de suficiencia, limpiando la sangre de la espada con su pañuelo. Wotan le mira con desprecio y Hunding cae desplomado. Mientras la nieve que entra por la puerta comienza a acumularse sobre el caváder, Wotan ve la fusta de Brünnhilde tirada en el suelo. Reaccionando, se arroja en su persecución en la tormenta... El salón queda a oscuras, y la única luz es la que entra por la puerta, mostrando el cuerpo inerte de Hunding, cada vez más cubierto por la nieve.


Acto III
La música de la cabalgata de las valquirias irrumpió en el salón de la Ópera Real de Estocolmo, resonando guerrera y con dureza, casi como reflejando estas criaturas carentes de sentimientos. El telón no subió hasta segundos antes de los "Hojotojo!" de Gerhilde. Nos hallábamos ahora en una especie de amplia terraza, rodeada de entradas y salidas de arco rectangular, con frisos ecuestres. En las salidas del fondo se divisaba una extensa llanura, que se perdía en el horizonte, por la que negros corceles galopaban, mientras las cuatro valquirias en sus trajes de amazona les saludaban con sus fustas, envuelta toda la escena en nubes.

Se escuchaban las diferentes valquirias acercándose, y por cada llegada, también se iban reuniendo los diferentes guerreros que habían recogido en los campos de batalla. Estas elegantes valquirias eran arrogantes y totalmente carentes de sentimientos, sedientas de poder, pero con un aire seductor y aristocrático. Los guerreros, sólo vestidos con un pantalón gris, con el torso descubierto exhibiendo sus numerosas heridas con orgullo, pero temerosos de las diosas, sabedores que ellas se encuentran por sobre ellos.

La llegada de Brünnhilde fue urgente y mientras dejaba en el suelo el trozo de tela ensangrentado, que contiene los restos de Notung, rápidamente contaba a sus hermanas la situación... y las valquirias atendían con desprecio a los ruegos de Sieglinde. Al enterarse que lleva en su vientre al hijo de Siegmund; Sieglinde se llevaba las manos al vientre llenándosele el rostro de enorme felicidad, pero los relámpagos que anuncian la llegada de Wotan se aproximan cada vez más. Las valquirias se apartan y Brünnhilde le habla a Sieglinde de su hijo. Al oírse el tema de Siegfried, los guerreros saludaron al futuro héroe con sus espadas en alto, pero Sieglinde debía huir, y se aleja por una de las salidas de la derecha, sin querer dejar que Brünnhilde se quede allí. Pero el último relámpago la obliga a soltarse de su hermana valquiria y continuar huyendo.
Las valquirias se ubican ante Brünnhilde, ocultándola, y al mismo tiempo poniendo a los guerreros entre ellas y Wotan, pero ante el último relámpago, los guerreros se arrodillan ante el señor de las batallas y las valquirias quedan sin protección. Rodeando a Wotan suplicaban por Brünnhilde, pero finalmente ella se presenta para ser sentenciada por su padre.
Cada vez más desesperada, Brünnhilde se desploma, mientras las valquirias se alejan horrorizadas, llevándose a los guerreros, por el destino de su hermana. La tercera escena se mantuvieron tanto Wotan como Brünnhilde a gran distancia, como no queriendo atreverse a mirarse a la cara, pero cuando las razones de Brünnhilde comienzan a tomar fuerza, es cuando por primera vez vuelven a mirarse. Wotan está indeciso, tratando de luchar con su deseo interior, pero no puede. Se hace el fuerte en la sentencia, pero Brünnhilde se aferraba a sus pies como una niña asustada e indefensa, rogando que encienda el fuego protector. Wotan se arrodilla junto a ella y accede. Y mientras se despide, Brünnhilde se va desvaneciendo en el sueño mágico, siendo besada en la frente por su padre, termina por quedarse completamente dormida. Pero aquí Wotan se pone de pie, y se aleja mirando la llanura, tratando de mantener el tipo, pero rompe a llorar, ya sin reservas, sin esperanza, totalmente solo. Y sin nadie que pueda brindarle consuelo.

Ya recompuesto, hace un ademán imperioso y aparecen los dioses Donner, Froh, Fricka y Freia. Donner y Froh ponen sobre la dormida valquiria la coraza, el escudo y el casco con alas (nota: el usado por Birgit Nilsson en los 1950). Fricka mirando con orgullo como Wotan se desmorona, y Freia llena de congoja ante la pérdida de Wotan. Wotan invoca entonces a Loge y durante el tema del fuego, entra Loge con una llama en su mano, haciendo un círculo alrededor de la dormida. Los dioses, mirando a la llanura ven como las llamas comienzan a flamear, y luego se retiran, quedando Fricka y Wotan solos. Fricka mira con orgullo la humillación de Wotan y Brünnhilde, y luego se marcha. Wotan da una última mirada a su hija y se aleja, desapareciendo entre las llamas que flamean por todas las entradas y salidas de arcos rectangulares, cuya luz ilumina toda la terraza. Brünnhilde duerme ahora tranquila, esperando al héroe que la despertara... Pero para eso tendremos que esperar a septiembre.


Los intérpretes

La dirección musical estuvo a cargo de Gregor Bühl, quien sigue demostrando una gran compenetración con la orquesta de la Ópera Real de Estocolmo. Consiguiendo un sonido rico en cromatismos y dramatismo adecuado a cada situación, sin dejar que los instrumentos se tapen mutuamente, sino que al contrario, permitiendo que se apoyen entre sí, logrando un sonido homogéneo y claro. Los tempos fueron por lo general amplios, pero en algunos momentos de urgencia dramática, la tensión se podía cortar con un cuchillo... En algunos momentos llegó a alivianar los tempos, pero más que nada por requerimiento dramático. Momentos más que memorables fueron los preludios, la escena final del primer acto (que alcanzó niveles tristanescos), las dos últimas escenas del segundo acto y sobre todo la confrontación Wotan-Brünnhilde y la posterior despedida de Wotan y el encantamiento del fuego.

El octeto de valquirias (Sara Olsson, Agneta Lundgren, Lena Hoel, Martina Dike, Katarina N Leoson, Marianne Eklöf, Eva Pilat, Kristina Martling) rozó la perfección, tanto en canto como en actuación, con completa compenetración y clara emisión. Lograban reflejar unas valquirias arrogantes y frías. La única vez que se les permite mostrar algún sentimiento es en el grito desgarrado que comparten con Brünnhilde al saber que destino le espera a la valquiria.

Además de Waltraute, Martina Dike encarnó nuevamente a Fricka. La Fricka que se ha desarrollado desde Rheingold es mucho más independiente y manipulativa. Recelosa más aún de su posición y poder. Pero más aún, mucho más despreciativa para con su marido por conveniencia, sin escrúpulos para mostrar que en el fondo ella desearía ser quien detenta el poder máximo y no su marido. En cuanto a lo vocal, fue todo un placer escuchar su voz nítida y certera en cada momento, con precisión dramática y enorme presencia escénica, que vamos, poco más y convencía a la audiencia que debíamos darle el favor a ella y no a Wotan.

Hans-Peter König nos deleitó con su bella y segurísima línea de canto, impregnando en Hunding un hombre que se ha hecho a sí mismo, logrando su estatus basado en trabajo y contactos. En ningún momento llega a la brutalidad, sino más bien a un exceso de seguridad que no sabe como controlar para mantener en un estatus permanente, más sabedor que su mujer, en el fondo, no le acepta.

Estocolmo tenía planeado otro nombre para Siegmund: Gösta Winbergh; pero la muerte se lo llevó hace ya varios años. La búsqueda infructuosa parecía que nos llevaría a otro excelente Siegmund sueco: Jan Kyhle (Siegmund en "La valquiria" que se ha presentado con cierta regularidad desde hace unos años en la Ópera de Gotemburgo); pero sus diversos compromisos nos hizo apreciar el arte de Endrik Wottrich como el welsungo Siegmund. La interpretación de Wottrich fue apasionada y directa, pero siempre dejando un margen para dejarnos pensar que quizás pensaba n caminos alternativos para salvar la situación dramática en que se encontraba. Será más que interesante seguir su desarrollo en cuanto a capacidad dramática. En cuanto a lo canoro, pues ha sido una grata sorpresa: una voz de tenor con firmes tintes baritonales, pero sin por ello perder los agudos. Si bien hay un poco de esfuerzo en ciertos tonos, bien los compensa por medio de una actuación convincente.

Terje Stensvold sigue siendo un placer tanto para la actuación como para el oído. Un Wotan totalmente consciente de sus rasgos humanos, temeroso de sus propias decisiones y sin miedo de exteriorizar lo que el personaje transmite. La visión de Wotan ofrecida en Walküre es más introspectiva que la del dios ambicioso de Rheingold. Su despedida de Brünnhilde, especialmente el momento en que la imponente figura de Wotan rompe en llanto contagió al público. Vamos, que prácticamente todo el público se estaba secando las lágrimas durante su despedida. Su emisión es perfecta para el personaje, con un registro sólido y nítido, además de una excelente dicción. Todavía nos queda ver el último paso de su evolución, pero para eso tendremos que esperar al estreno de "Siegfried".

Nina Stemme fue una Sieglinde apasionada, cálida y cada vez más segura de sí misma. La Sieglinde que encontrábamos al principio de la obra era una mujer abatida y resignada a la vida que le había tocado, que comienza a sentir que algo inunda su corazón de bravura al encontrarse con Siegmund, que la hace más consciente que puede luchar contra su entorno para mejorar su situación. Su Sieglinde en la escena final del primer acto sólo puede compararse con su Isolde: fuego, sensualidad y una voz envolvente. El papel de Sieglinde le brinda la oportunidad de utilizar su voz de una forma más dramática aún. Sus escenas en el segundo acto reflejaban muy bien la histeria y desesperación... Lo mismo que se reflejaba de una forma clarísima su regocijo y congoja en el tercer acto, al enterarse que está embarazada. Pero su Sieglinde, en cierta forma, acepta de mala gana que Brünnhilde se sacrifique por ambas, es sólo el miedo a Wotan lo que finalmente la hace huir.

Katarina Dalayman ha evolucionado mucho a lo largo de su carrera. Su primer papel en la Ópera Real de Estocolmo, estando en el último año de estudios en la Escuela Superior de Ópera de Estocolmo, fue justamente una de las ocho valquirias, ahora a pasado a ser Brünnhilde, luego de otros papeles que han sido tan importantes para ella y su desarrollo, pasando por Marie (Wozzeck) y Marie-Marietta (Die tote Stadt), e incluso una fantástica Salome en Estocolmo hace sólo unos meses. Dalayman logra transmitir todas las facetas por las que Brünnhilde pasa a lo largo de "La valquiria" como si fuese lo más sencillo del mundo. Comienza como una joven vigorosa, llena de deseos de mostrar su propia valía, para luego ser la hija abnegada que no duda en ofrecer su regazo para confortar a su padre abrumado. Llegando luego al momento de la duda, antes de confrontar a Siegmund y luego conscientemente tomar su papel de ángel protector, primero para su hermano, luego su hermana e indirectamente a su gran amor Siegfried. Luego vuelve a ser la hija en situación precaria, pero más sabia, teniendo la argumentación necesaria para enfrentarse a la ira de su padre y lograr aplacarla. En lo vocal, la voz de Katarina Dalayman ha tomado un tinte más oscuro que a inicios de su carrera, lo cual favorece su emisión, dado que se hace evidente un mayor control vocal, teniendo una seguridad de emisión increíble. Sin dudarlo, creo que estamos ante una Brünnhilde de las que pocas veces uno logra ser testigo.

En cuanto a la propuesta dramática de Staffan Valdemar Holm queda decir que su dramaturgia es totalmente consciente del drama de Wagner, se preocupa de los pequeños detalles que refuerzan el drama, y cuando se ve obligado a cambiar alguna cosa, busca una solución que no se aleje del hilo dramático.
Será un verdadero placer el seguir descubriendo este Anillo a lo largo de los años. Pero dejemos ahora a Brünnhilde seguir durmiendo, pero sólo unos meses, ya en septiembre Siegfried reforjara Notung, conquistara el tesoro nibelungo y atravesara el fuego para encontrar a la doncella dormida...

Hasta entonces, Leb wohl!