| Era
la tarde de un día soleado en el ya pronto primaveral Estocolmo.
La temperatura se había suavizado, llegando a 5 grados sobre
cero, el sol brillaba y nos inundaba de regocijo ante un día
tan hermoso, con un cielo totalmente despejado. Con el corazón
impaciente de volver a disfrutar de Wagner, me dirigí en
dirección de la Ópera Real.
Acto I
A las 18:00 Gregor Bühl tomó posiciones ante la orquesta
de la Ópera Real. El preludio fue tormentoso y nítido
en cada nota, marcando con firmeza cada pasaje llegando a ser casi
un espejo rudo de las fuerzas de la naturaleza desencadenadas por
medio de la música de Wagner. El preludio transcurrió
a telón cerrado, levantándose rápidamente unos
segundos antes del silencio que precede el "Wes Herd dies auch
sei, hier muß ich rasten" de Siegmund. Veíamos
entonces una enorme sala, pulcra y de clase acomodada, pero carente
de lujos. Estamos en una época indefinida de los 1850.
El único decorado de las paredes eran blancos platos de porcelana,
cuya blancura daban un aire severo a la habitación. Bajo
cada grupo de platos una larga despensa cubierta de tela a modo
de cortina, para ocultar lo que había debajo. En la pared
posterior una enorme ventana rectangular, más larga que alta,
por la cual se veía un tupido bosque de abetos, cubriendo
casi en su totalidad el cielo. A la izquierda una puerta que conectaba
con el exterior y a la derecha una que llevaba a las demás
dependencias. En el centro de esta habitación se encontraba
una enorme mesa de madera.
Al subir el telón encontramos a Siegmund tirado sobre la
mesa, totalmente agotado y dormido, Sieglinde le mira con extrañeza,
y mientras se acerca a la puerta que conecta con el exterior, se
voltea con prontitud, al ver que el extraño despierta sobresaltado
diciendo que descansara allí, no importando de quien sea
aquel hogar. Sieglinde termina acercándose, casi con miedo;
pero no del extraño, sino que sus miradas nerviosas van siempre
dirigidas a la puerta que conecta la habitación con el exterior.
En este ambiente de incertidumbre, luego de finalmente haberle servido
agua al extraño, Sieglinde se acerca finalmente a él,
cuando le pide ver sus heridas. Cogiendo un pañuelo limpio
de su propia manga, Sieglinde se dedica ahora con esmero a limpiar
las heridas del hombre; pero siempre mirando de vez en cuando hacia
la puerta. Sieglinde reacciona atendiéndole con cada vez
más esmero, y cuando Siegmund nuevamente le habla, éste
termina cogiendo la mano de la mujer, con ternura, justo mientras
canta "die Sonne lacht mir nun neu." Sieglinde queda estupefacta,
sin atreverse a mover, pero está turbada... la semilla de
la atracción ya ha cumplido su cometido y simplemente mira
al extraño con mayor detenimiento. Deteniéndole ella
misma cuando desea marcharse y entregándole una camisa de
su marido, para que el extraño tenga algo con que cubrirse.
El arribo de Hunding es anunciado, y entra entonces primero su guardia
personal, haciendo espacio. Al entrar, sólo tiene ojos para
el forastero. Pero no tanto porque sea un hombre, más bien
se le acerca con desdén, notando que lleva puesta ropa que
no le pertenece. La guardia personal se pone en posición
de acercarse y apalearlo, pero Hunding con un decidido ademán
les manda fuera de la estancia.
Con otro ademán indica a Sieglinde que les sirva algo de
comer a él y al extraño. Mientras Sieglinde prepara
la cena, Siegmund comienza a contar su historia, mostrando que en
su mente lo único que interesa en ese momento es el mantener
la calma. Sieglinde le mira de vez en cuando, con nerviosismo. A
lo largo de la escena, su temor por Hunding ira cambiando en decisión
de abandonarlo, como si la presencia de Hunding le infundiese valor
de enfrentarse contra ese hombre que la ha obligado a vivir con
él como su esposa. Deteniéndose, mientras sirve las
rodajas de carne en los platos, para escuchar las coincidencias
de la vida del extraño con la propia. Hunding, mientras tanto,
comía con extremada delicadeza su comida. Siegmund, por su
parte, comía como un hombre salvaje, cogiendo las rodajas
con la mano, y siempre alerta. Al ya llegar al momento que Hunding
descubre la identidad del invitado, la guardia personal vuelve a
entrar, sólo para marcar que Siegmund no puede escapar...
En su desesperación, Sieglinde mira hacia el centro de la
mesa, apoyándose luego en ella e indicando disimuladamente
algo bajo ella. Pero Siegmund está demasiado preocupado para
percatarse de ello, con la cabeza asiente que acepta el reto de
Hunding. Sieglinde comienza a alejarse, e incluso al cruzar la puerta
que lleva hacia los aposentos interiores, mira por la ventanilla
de la puerta, sin poder apartar su mirada de Siegmund, ni de la
mesa.
Finalmente, Siegmund a solas en la oscura habitación deja
rienda suelta a su desesperación. Subiendo a la despensa
de la pared, intenta acercarse a la ventana, pero está demasiado
alta... Y en su mayor desesperación ve como algo brilla debajo
de la mesa, cada vez con mayor intensidad. Pero como no logra comprender
lo que ocurre, se sienta en el suelo, en primerísimo plano,
esperando que llegue la mañana y su consecuente muerte. Sieglinde
entra ahora con el cabello suelto, arreglando su vestido revuelto
por los manoseos de Hunding, como limpiándose de impurezas.
Y apoyándose en la mesa, la corre y muestra a Siegmund que
bajo ella, en el piso hay un trozo de árbol incrustado, en
donde se ve una espada insertada. Siegmund se acerca, pero duda
al escuchar la narración de Sieglinde. Pero la pasión
no puede ser ya dominada, y en un profundo abrazo son sorprendidos
por la luz primaveral.
El bosque de abetos comienza a difuminarse, y por la ventana sólo
vemos un cielo despejado que deja deslumbrar la luna llena, que
inunda de tonos azulados la estancia. Mientras Sieglinde arrodillada
en la mesa admira la luz primaveral, Siegmund a su lado canta "Winterstürme"...
Finalmente la duda asalta cada vez más a Sieglinde. Y mirándole
a los ojos, le pide al extraño su verdadero nombre. Finalmente,
Siegmund se arrodilla sobre la madera y coge la espada y con un
esfuerzo sobrehumano, como si la mirada de Sieglinde lo impulsase,
arranca la espada. Sieglinde, nerviosa durante toda la invocación
de Siegmund, no se ha atrevido a mirar, ocultando su cada entre
las manos, apoyada en una de las estanterías, volteándose
sólo cuando Siegmund entona su "zu mir"y con enorme
júbilo y sorpresa se va acercando a él con miedo,
consciente que se ha enamorado de quien posiblemente sea su hermano.
Una vez revelada la verdad, se entregan a un apasionado abrazo,
culminando con un profundo beso... y mientras la música llega
al final del acto, los jóvenes miran con cuidado por la puerta
que lleva al exterior, para asegurarse de no ser vistos por alguno
de los guardias, para salir luego huyendo en la noche.
Acto II
El preludio del segundo acto comenzó con fuerza impetuosa.
Sin subir el telón, la música sonaba heroica y clara,
en los segundos previos al silencio que realiza la orquesta antes
de la primera intervención de Wotan, justo durante el resonar
de los bronces, subía el telón, mostrando un enorme
salón de paredes rojo ladrillo, cuyas paredes estaban cubiertas
por reproducciones de cuadros de la época (Peter Nicolai
Arbo, Mårten Eskil Winge, Friedrich August, Johan Gustaf Sandberg,
Elisabeth Jerichau-Bauman, etc.) alusivos a los antiguos mitos de
héroes y valquirias. Hacia el fondo un gran arco rectangular,
que conectaba este salón con un corredor, dejaba ver una
enorme ventana por la cual se veían la montañas nevadas.
En el centro del salón una mesa, en donde Wotan manipulaba
los destinos de los hombres y los dioses, en forma de mesa de billar,
donde los dioses eran bolas rojas y los hombres eran bolas blancas.
Dejando la mesa, rápidamente habría la puerta derecha,
que comunicaba con el exterior, de par en par, y la nieve entraba
en el salón, impulsada por el viento; al mismo tiempo que
Brünnhilde entraba en traje de amazona, con aire aristocrático
y despreocupado, pero abrazando a su padre, saliéndose de
las convenciones; jugando ella también con las bolas de la
mesa, mientras su padre la mira con orgullo. Brünnhilde coge
su fusta y se percata que Fricka se acerca, cierra entonces la puerta
y se marcha por la de la izquierda.
Fricka entra, limpiándose la nieve, ricamente vestida. Es
una mujer altanera, que no siente nada por su marido, simplemente,
no le perdona ni sus errores ni sus infidelidades. Está con
él simplemente por la conveniencia del poder, pero sabe que
va con todas las de ganar. Wotan intenta seducirla, pero cuando
le pide que bendiga la unión de los Welsungos, Fricka se
voltea y está a punto de abofetearlo. Comienza entonces a
reprocharle todo en "So ist denn aus mit den ewigen Göttern",
arrodillándose finalmente, llegando a poner su frente en
el suelo en señal de sumisión. Finalmente Wotan comienza
a ponerse nervioso, y como aguantándose comienza a justificar
que no puede ayudar a nadie, pero cuando la voz de Brünnhilde
se escucha a la distancia, Wotan ya se da cuenta que ha perdido.
Fricka le ofrece a su marido la mano para sellar el pacto, e incita
a Wotan a besársela. Entonces Fricka lo coge con fuerza y
le obliga a besarla en la boca, pero con desprecio. Es recién
entonces que Brünnhilde entra, y con un tanto de vergüenza
se voltea, para evitar mirar la escena. Fricka se le acerca y le
informa que tendrá que hablar con su padre. Se despide entonces
de ella, cogiéndola por los hombros, besándola hipócritamente
en cada mejilla, para luego marcharse por el corredor, altanera
y consciente que ha vencido sobre Wotan y además humillado,
una vez más, a su hija predilecta.
Wotan está inmóvil en primer plano, nervioso e impotente.
Cuando Brünnhilde se le acerca y pide consejo, Wotan ya no
soporta más la situación, su desesperación
es tremenda, se desanuda el lazo, como si le faltase el aire, cayendo
de rodillas, golpeando el suelo con los puños, pero sin poder
resistir más, es presa de una ataque de pánico, quedando
acurrucado sobre la mesa, como un cordero presto a ser sacrificado.
Brünnhilde se acerca a él, poniendo la cabeza de su
padre sobre su regazo, acariciando suavemente su cabeza, para que
logre calmarse. Wotan comienza a recuperarse de su angustia, pero
su cuerpo está aún tullido y encogido en el regazo
de su hija. Poco a poco va narrando su historia a Brünnhilde,
y la tensión de su cuerpo comienza a desaparecer, pero no
antes de mencionar como Erda le brindo una hija llamada Brünnhilde.
Pero no se pone de pie, simplemente está arrodillado, y es
ahora la valquiria quien comienza a apoyar su cabeza en el regazo
de su padre, mostrando en su cara el terror de las verdades que
cuenta su padre y sus consecuencias. Finalmente deja a Brünnhilde
sumida en la desesperación, mientras el se mete en la otra
habitación, recoge su lanza y se marcha en medio de la tormenta.
Brünnhilde ve a los Welsungos acercarse y se recluye en una
esquina, esperando la primera oportunidad para anunciar a Siegmund
su muerte. Sieglinde viene envuelta en una manta, temblando y agotada.
Siegmund la trae apoyándola contra su pecho. Entran al salón
por la entrada derecha del corredor, la que lleva a las caballerizas.
Sieglinde está nerviosa. Siegmund vigila intranquilo por
la ventana, esperando ver en cualquier momento a Hunding. Finalmente
Sieglinde cae presa de espasmos nerviosos y pierde el conocimiento.
A lo largo de toda la escena, Brünnhilde ha estado alerta,
mirando que ocurre entre los Welsungos, como intentando comprender.
Al ver como Sieglinde se desploma, se pone de pie y comienza a acercarse
a Siegmund, arrepintiéndose dos veces, pero entonces la sola
visión de los cuadros alusivos a los héroes y los
mitos le hacían recordar su misión.
Cuando las alusiones al Walhalla se hacen latentes en la música,
se acerca definitivamente y comienza esa gran escena salida de la
creatividad de Wagner: "El anuncio de muerte". Siegmund,
arrodillado junto a Sieglinde, no se atreve a mirar a la valquiria,
sino que prefiere mirar hacia el frente. Su pecho se hincha de orgullo
al sentirse escogido de compartir los placeres del Walhalla, pero
es cuando Brünnhilde le dice que Sieglinde no le acompañara,
que él por primera vez mira a la valquiria a los ojos, suplicante.
Se aleja unos metros, meditativo, para mirar una vez más
por la ventana y anuncia que no la acompañara. El conflicto
va creciendo hasta que Brünnhilde le detiene en el momento
que está a punto de asestar el golpe mortal a Sieglinde.
Brünnhilde se aleja por el corredor, saliendo por la izquierda.
Siegmund, al oír la llamada de Hunding se alejara luego por
la misma dirección.
Sieglinde recupera la conciencia y se encuentra sola. Al escuchar
las voces a la lejanía de Siegmund y Hunding, se sube a la
mesa, buscando ver algo, volteándose hacia el público.
No vemos el combate, sólo la reacción de Sieglinde:
primero arrodillada y horroriza de como chocan los metales de los
hombres, de júbilo al ver como la valquiria insta a Siegmund
a confiar en la espada, y luego de desesperado horror ahogado en
un terrorífico grito, cayendo desplomada al ver como Wotan
ha roto la espada y Siegmund cae muerto.
Brünnhilde vuelve al salón, por donde había salido,
y Sieglinde la ve traer los trozos de Notung y se siente sin fuerzas.
Siendo entonces rápidamente llevada a la realidad, Sieglinde
y Brünnhilde se alejan en la tormenta, camino del caballo.
A los pocos segundos vemos entrar a un Wotan angustiado y asqueado...
un poco más atrás viene Hunding, con aire de suficiencia,
limpiando la sangre de la espada con su pañuelo. Wotan le
mira con desprecio y Hunding cae desplomado. Mientras la nieve que
entra por la puerta comienza a acumularse sobre el caváder,
Wotan ve la fusta de Brünnhilde tirada en el suelo. Reaccionando,
se arroja en su persecución en la tormenta... El salón
queda a oscuras, y la única luz es la que entra por la puerta,
mostrando el cuerpo inerte de Hunding, cada vez más cubierto
por la nieve.
Acto III
La música de la cabalgata de las valquirias irrumpió
en el salón de la Ópera Real de Estocolmo, resonando
guerrera y con dureza, casi como reflejando estas criaturas carentes
de sentimientos. El telón no subió hasta segundos
antes de los "Hojotojo!" de Gerhilde. Nos hallábamos
ahora en una especie de amplia terraza, rodeada de entradas y salidas
de arco rectangular, con frisos ecuestres. En las salidas del fondo
se divisaba una extensa llanura, que se perdía en el horizonte,
por la que negros corceles galopaban, mientras las cuatro valquirias
en sus trajes de amazona les saludaban con sus fustas, envuelta
toda la escena en nubes.
Se escuchaban las diferentes valquirias acercándose, y por
cada llegada, también se iban reuniendo los diferentes guerreros
que habían recogido en los campos de batalla. Estas elegantes
valquirias eran arrogantes y totalmente carentes de sentimientos,
sedientas de poder, pero con un aire seductor y aristocrático.
Los guerreros, sólo vestidos con un pantalón gris,
con el torso descubierto exhibiendo sus numerosas heridas con orgullo,
pero temerosos de las diosas, sabedores que ellas se encuentran
por sobre ellos.
La llegada de Brünnhilde fue urgente y mientras dejaba en el
suelo el trozo de tela ensangrentado, que contiene los restos de
Notung, rápidamente contaba a sus hermanas la situación...
y las valquirias atendían con desprecio a los ruegos de Sieglinde.
Al enterarse que lleva en su vientre al hijo de Siegmund; Sieglinde
se llevaba las manos al vientre llenándosele el rostro de
enorme felicidad, pero los relámpagos que anuncian la llegada
de Wotan se aproximan cada vez más. Las valquirias se apartan
y Brünnhilde le habla a Sieglinde de su hijo. Al oírse
el tema de Siegfried, los guerreros saludaron al futuro héroe
con sus espadas en alto, pero Sieglinde debía huir, y se
aleja por una de las salidas de la derecha, sin querer dejar que
Brünnhilde se quede allí. Pero el último relámpago
la obliga a soltarse de su hermana valquiria y continuar huyendo.
Las valquirias se ubican ante Brünnhilde, ocultándola,
y al mismo tiempo poniendo a los guerreros entre ellas y Wotan,
pero ante el último relámpago, los guerreros se arrodillan
ante el señor de las batallas y las valquirias quedan sin
protección. Rodeando a Wotan suplicaban por Brünnhilde,
pero finalmente ella se presenta para ser sentenciada por su padre.
Cada vez más desesperada, Brünnhilde se desploma, mientras
las valquirias se alejan horrorizadas, llevándose a los guerreros,
por el destino de su hermana. La tercera escena se mantuvieron tanto
Wotan como Brünnhilde a gran distancia, como no queriendo atreverse
a mirarse a la cara, pero cuando las razones de Brünnhilde
comienzan a tomar fuerza, es cuando por primera vez vuelven a mirarse.
Wotan está indeciso, tratando de luchar con su deseo interior,
pero no puede. Se hace el fuerte en la sentencia, pero Brünnhilde
se aferraba a sus pies como una niña asustada e indefensa,
rogando que encienda el fuego protector. Wotan se arrodilla junto
a ella y accede. Y mientras se despide, Brünnhilde se va desvaneciendo
en el sueño mágico, siendo besada en la frente por
su padre, termina por quedarse completamente dormida. Pero aquí
Wotan se pone de pie, y se aleja mirando la llanura, tratando de
mantener el tipo, pero rompe a llorar, ya sin reservas, sin esperanza,
totalmente solo. Y sin nadie que pueda brindarle consuelo.
Ya recompuesto, hace un ademán imperioso y aparecen los dioses
Donner, Froh, Fricka y Freia. Donner y Froh ponen sobre la dormida
valquiria la coraza, el escudo y el casco con alas (nota: el usado
por Birgit Nilsson en los 1950). Fricka mirando con orgullo como
Wotan se desmorona, y Freia llena de congoja ante la pérdida
de Wotan. Wotan invoca entonces a Loge y durante el tema del fuego,
entra Loge con una llama en su mano, haciendo un círculo
alrededor de la dormida. Los dioses, mirando a la llanura ven como
las llamas comienzan a flamear, y luego se retiran, quedando Fricka
y Wotan solos. Fricka mira con orgullo la humillación de
Wotan y Brünnhilde, y luego se marcha. Wotan da una última
mirada a su hija y se aleja, desapareciendo entre las llamas que
flamean por todas las entradas y salidas de arcos rectangulares,
cuya luz ilumina toda la terraza. Brünnhilde duerme ahora tranquila,
esperando al héroe que la despertara... Pero para eso tendremos
que esperar a septiembre.
Los intérpretes
La dirección musical estuvo a cargo de Gregor Bühl,
quien sigue demostrando una gran compenetración con la orquesta
de la Ópera Real de Estocolmo. Consiguiendo un sonido rico
en cromatismos y dramatismo adecuado a cada situación, sin
dejar que los instrumentos se tapen mutuamente, sino que al contrario,
permitiendo que se apoyen entre sí, logrando un sonido homogéneo
y claro. Los tempos fueron por lo general amplios, pero en algunos
momentos de urgencia dramática, la tensión se podía
cortar con un cuchillo... En algunos momentos llegó a alivianar
los tempos, pero más que nada por requerimiento dramático.
Momentos más que memorables fueron los preludios, la escena
final del primer acto (que alcanzó niveles tristanescos),
las dos últimas escenas del segundo acto y sobre todo la
confrontación Wotan-Brünnhilde y la posterior despedida
de Wotan y el encantamiento del fuego.
El octeto de valquirias (Sara Olsson, Agneta Lundgren, Lena Hoel,
Martina Dike, Katarina N Leoson, Marianne Eklöf, Eva Pilat,
Kristina Martling) rozó la perfección, tanto en canto
como en actuación, con completa compenetración y clara
emisión. Lograban reflejar unas valquirias arrogantes y frías.
La única vez que se les permite mostrar algún sentimiento
es en el grito desgarrado que comparten con Brünnhilde al saber
que destino le espera a la valquiria.
Además de Waltraute, Martina Dike encarnó nuevamente
a Fricka. La Fricka que se ha desarrollado desde Rheingold es mucho
más independiente y manipulativa. Recelosa más aún
de su posición y poder. Pero más aún, mucho
más despreciativa para con su marido por conveniencia, sin
escrúpulos para mostrar que en el fondo ella desearía
ser quien detenta el poder máximo y no su marido. En cuanto
a lo vocal, fue todo un placer escuchar su voz nítida y certera
en cada momento, con precisión dramática y enorme
presencia escénica, que vamos, poco más y convencía
a la audiencia que debíamos darle el favor a ella y no a
Wotan.
Hans-Peter König nos deleitó con su bella y segurísima
línea de canto, impregnando en Hunding un hombre que se ha
hecho a sí mismo, logrando su estatus basado en trabajo y
contactos. En ningún momento llega a la brutalidad, sino
más bien a un exceso de seguridad que no sabe como controlar
para mantener en un estatus permanente, más sabedor que su
mujer, en el fondo, no le acepta.
Estocolmo tenía planeado otro nombre para Siegmund: Gösta
Winbergh; pero la muerte se lo llevó hace ya varios años.
La búsqueda infructuosa parecía que nos llevaría
a otro excelente Siegmund sueco: Jan Kyhle (Siegmund en "La
valquiria" que se ha presentado con cierta regularidad desde
hace unos años en la Ópera de Gotemburgo); pero sus
diversos compromisos nos hizo apreciar el arte de Endrik Wottrich
como el welsungo Siegmund. La interpretación de Wottrich
fue apasionada y directa, pero siempre dejando un margen para dejarnos
pensar que quizás pensaba n caminos alternativos para salvar
la situación dramática en que se encontraba. Será
más que interesante seguir su desarrollo en cuanto a capacidad
dramática. En cuanto a lo canoro, pues ha sido una grata
sorpresa: una voz de tenor con firmes tintes baritonales, pero sin
por ello perder los agudos. Si bien hay un poco de esfuerzo en ciertos
tonos, bien los compensa por medio de una actuación convincente.
Terje Stensvold sigue siendo un placer tanto para la actuación
como para el oído. Un Wotan totalmente consciente de sus
rasgos humanos, temeroso de sus propias decisiones y sin miedo de
exteriorizar lo que el personaje transmite. La visión de
Wotan ofrecida en Walküre es más introspectiva que la
del dios ambicioso de Rheingold. Su despedida de Brünnhilde,
especialmente el momento en que la imponente figura de Wotan rompe
en llanto contagió al público. Vamos, que prácticamente
todo el público se estaba secando las lágrimas durante
su despedida. Su emisión es perfecta para el personaje, con
un registro sólido y nítido, además de una
excelente dicción. Todavía nos queda ver el último
paso de su evolución, pero para eso tendremos que esperar
al estreno de "Siegfried".
Nina Stemme fue una Sieglinde apasionada, cálida y cada vez
más segura de sí misma. La Sieglinde que encontrábamos
al principio de la obra era una mujer abatida y resignada a la vida
que le había tocado, que comienza a sentir que algo inunda
su corazón de bravura al encontrarse con Siegmund, que la
hace más consciente que puede luchar contra su entorno para
mejorar su situación. Su Sieglinde en la escena final del
primer acto sólo puede compararse con su Isolde: fuego, sensualidad
y una voz envolvente. El papel de Sieglinde le brinda la oportunidad
de utilizar su voz de una forma más dramática aún.
Sus escenas en el segundo acto reflejaban muy bien la histeria y
desesperación... Lo mismo que se reflejaba de una forma clarísima
su regocijo y congoja en el tercer acto, al enterarse que está
embarazada. Pero su Sieglinde, en cierta forma, acepta de mala gana
que Brünnhilde se sacrifique por ambas, es sólo el miedo
a Wotan lo que finalmente la hace huir.
Katarina Dalayman ha evolucionado mucho a lo largo de su carrera.
Su primer papel en la Ópera Real de Estocolmo, estando en
el último año de estudios en la Escuela Superior de
Ópera de Estocolmo, fue justamente una de las ocho valquirias,
ahora a pasado a ser Brünnhilde, luego de otros papeles que
han sido tan importantes para ella y su desarrollo, pasando por
Marie (Wozzeck) y Marie-Marietta (Die tote Stadt), e incluso una
fantástica Salome en Estocolmo hace sólo unos meses.
Dalayman logra transmitir todas las facetas por las que Brünnhilde
pasa a lo largo de "La valquiria" como si fuese lo más
sencillo del mundo. Comienza como una joven vigorosa, llena de deseos
de mostrar su propia valía, para luego ser la hija abnegada
que no duda en ofrecer su regazo para confortar a su padre abrumado.
Llegando luego al momento de la duda, antes de confrontar a Siegmund
y luego conscientemente tomar su papel de ángel protector,
primero para su hermano, luego su hermana e indirectamente a su
gran amor Siegfried. Luego vuelve a ser la hija en situación
precaria, pero más sabia, teniendo la argumentación
necesaria para enfrentarse a la ira de su padre y lograr aplacarla.
En lo vocal, la voz de Katarina Dalayman ha tomado un tinte más
oscuro que a inicios de su carrera, lo cual favorece su emisión,
dado que se hace evidente un mayor control vocal, teniendo una seguridad
de emisión increíble. Sin dudarlo, creo que estamos
ante una Brünnhilde de las que pocas veces uno logra ser testigo.
En cuanto a la propuesta dramática de Staffan Valdemar Holm
queda decir que su dramaturgia es totalmente consciente del drama
de Wagner, se preocupa de los pequeños detalles que refuerzan
el drama, y cuando se ve obligado a cambiar alguna cosa, busca una
solución que no se aleje del hilo dramático.
Será un verdadero placer el seguir descubriendo este Anillo
a lo largo de los años. Pero dejemos ahora a Brünnhilde
seguir durmiendo, pero sólo unos meses, ya en septiembre
Siegfried reforjara Notung, conquistara el tesoro nibelungo y atravesara
el fuego para encontrar a la doncella dormida...
Hasta entonces, Leb wohl! |