Seattle: deslumbrante 'Anillo' del 'Bayreuth americano'
Por Sebastián Spreng

Agosto, Bayreuth y el sueño de asistir al ''templo'' wagneriano son sinónimos para el melómano. Pero el sueño puede devenir en pesadilla para quien resignadamente esperó años por un boleto a precio exorbitante. Si la queja general es que pocas voces realmente wagnerianas aparecen hoy en el Festspielhaus alemán, tampoco es un secreto que muchas se presentan en Seattle donde desde 1975 El Anillo del Nibelungo muestra una joven tradición de irrefutable solidez.

En ''la ciudad esmeralda'' la tetralogía se escenifica cada cuatro años con un entusiasmo contagioso que poco condice con los abucheos y escándalos del teatro de ''la verde colina''. De hecho, la obra wagneriana --el Anillo y restantes-- conforman el núcleo del repertorio de esta compañía señera, símbolo cultural de una urbe que no por alejada deja de atraer talentos internacionales nutriendo los propios. Es el resultado de la visionaria gestión de Speight Jenkins, su director general que con devoción y dedicación ya legendarias impulsó, entre otros, la construcción en tiempo récord de un teatro state of the art aprovechando la antigua sede y economizando recursos al máximo. Inaugurado en el 2003 con Wagner (Parsifal), el McCaw Hall es una sala espléndida para 3,000 espectadores premiada con una acústica magnífica, temida espada de Damocles de toda flamante casa lírica.

Cualquier integral del Anillo (El oro del Rhin, La Walkiria, Sigfrido y El Ocaso de los Dioses) plantea un reto artístico y financiero sin parangón para una compañía. Es un imán poderoso, su temática atemporal refleja la problemática actual presentando fascinantes posibilidades esteticas amén de su descomunal valor musical. Recientemente se produjo en Chicago, Londres, Adelaide y Barcelona aguardándose los de Toronto, Long Beach, París, Copenhaguen, Viena y Bayreuth, herido por la deserción de Lars von Trier. Mientras la tendencia escénica de las versiones europeas es preferentemente conceptual o experimental, cuando no disparatada, el MET prosigue con su ultra conservadora inspirada en la original del compositor.

El moderado enfoque de Stephen Wadsworth en Seattle fue tradicional hasta cierto punto. Conciliatorio de varias corrientes partió de una perspectiva ecológica que no teme basarse en el espectacular paisaje circundante hasta integrarlo. Evidente hombre de teatro, concentró su atención en la detallada marcación de los personajes logrando la notable cohesión de un elenco que le respondió con la ansiada espontaneidad resultante del trabajo exhaustivo. Este equipo homogéneo --hubo pocos flancos débiles-- conformado por sazonados intérpretes en cada papel supo llevar a buen puerto las maratónicas cuatro jornadas que integran la obra, especialmente en El Oro del Rhin donde la acción teatral cobró admirable fluidez.

En éste su primer Anillo, Robert Spano --titular de la Orquesta de Atlanta, más asociado con el repertorio moderno--, fue una feliz elección. Parte de esta revelación fue su fluidez y urgencia del discurso orquestal que no opacó la labor de los cantantes mientras bajo su liderazgo la orquesta brilló impecable.

La dirección de Wadsworth y Spano --más la aprobación tácita de Jenkins-- fueron los pilares que apuntalaron un éxito reflejado en las ovaciones justificadas que noche a noche recibió un elenco excepcional.

Como Brunilda, Jane Eaglen reconfirmó una seguridad y musicalidad hoy prácticamente inhallables. En Ocaso, derrochó torrentes sonoros y agudos ametrallados con pasmosa seguridad llegando al cenit vocal en el endiablado terceto del segundo acto y la inmolación. El canadiense Alan Woodwrod enfrentó con gallardía su Sigfrido, otro papel ''imposible'', llegando inusualmente fresco al final. Gidon Saks fue un Hagen y Fafner amenazador palideciendo sólo frente a los aterrorizantes Hunding y Fasolt del extraordinario bajo danés Stephen Milling.

Al mismo excelente nivel los nibelungos Alberico (Richard Paul Fink) y Mime (Thomas Harper). A Marie Plette le fue mejor como la diosa Freia que como la insulsa Gutruna mientras Gordon Hawkins supo impactar como Donner. Favorito en Seattle, Greer Grimsley cantó su primer Wotan. Grimsley posee los requisitos para convertirse en un gran exponente del rol, pero ciertas deficiencias en la línea de canto --y consecuentemente dicción-- empañaron un éxito completo. Eficaces el Sigmundo de Richard Berkeley-Steele y Waltrauta por Nancy Maultsby.

Otra carta triunfal fueron grandes figuras en pequeños papeles. El golpe de gracia fue Ewa Podles, quizás la única gran contralto actual, que se robó el show como Erda (Madre Tierra) retornando para prestar su voz cavernosa e inclasificable como una de las Tres Nornas. Al sumársele Stephanie Blythe y Margaret-Jane Wray la escena adquirió ribetes antológicos. Por su parte, Blythe había brindado su voz caudalosa y rotunda para una Fricka colosal probando ser una de las pocas mezzos dramáticas actuales mientras Wray había interpretado una vibrante Siglinda en La Walkiria.

A diferencia de otras puestas modernas que responden a un diseño único, la escenografia de Thomas Lynch --completamente frontal quizá para beneficiar la proyección vocal-- acudió a diversos elementos para narrar la epopeya como un cuento de hadas. Wadsworth y Lynch conciben este Anillo marcadamente literal y naturalista como la apoteosis del género operístico donde las ondinas ''nadan'' suspendidas en columpios, el fuego mágico es verdadero, los dioses ascienden al Walhalla por el arco iris, el bosque es protagonista ordenándose lineal (pinos) o intrincado (robles) acorde a la trama, un gigantesco dragón emerge en Sigfrido y hasta un auténtico caballo --''Grane''-- conducido solemnemente hacia la pira de Brunilda. La única perspectiva lateral fue el austero Hall de los Gibichungos --después de todo, el único ámbito humano-- de paneles con bajorrelieves alegóricos que se abrieron para dejar ver la catástrofe.

Si las disquisiciones filosóficas corrieron por cuenta del público, después de la conflagración universal la visión ecológica de Wadsworth cobró sentido cuando de las cenizas del tronco del fresno del mundo brotaron retoños de pinos. Una conmovedora imagen que trajo brisas de esperanza y renovación a una audiencia visiblemente emocionada.

Gracias a esta versión que hábilmente balancea soberbia factura musical con tradición escénica no cabe dudas que Wagner tiene en Seattle un Bayreuth por derecho propio. A repetirse en el 2009 y 2013, el consenso general indica que es uno de los mejores, sino el mejor Anillo del presente; ideal para novatos como para aficionados cansados de propuestas estériles.

En todo sentido, un ejemplo digno de imitar.

FUENTE:
EL NUEVO HERALD, 1-IX-2005

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