Las largas veladas que hace diez años
pasábamos estudiando en compañía las obras
de Haydn, de Mozart y de Beethoven, no se han perdido mi querido
amigo. Cuando dejé esos felices cuartetos de nuestra juventud,
es que comprendí cuán peligrosas son las infidelidades
hechas libremente. Los esfuerzos nerviosos gastados al servicio
de la música, estaban perdidos por la novela; pero me quedó
una viva curiosidad por las obras musicales modernas o antiguas,
y el 24 de enero de 1860, en la audición del primer fragmento
de Richard Wagner, sentí crecer sobre el rico abono que
habíamos amasado lentamente durante algunos años,
las flores encantadoras de la iniciación en la música.
Comprendía el pensamiento del maestro y lo que
motiva la presente carta por la cual he interrumpido los trabajos
más urgentes, inquietándome mediocremente por los
intereses de hoy y mañana, impaciente de gritar la verdad,
no pudiendo escapar a la tiranía del pensamiento que me
envía al cerebro, frases todas hechas sobre la obra de
Richard Wagner. Esas frases me guían para escribir las
líneas estremecedoras que siguen, dejando apenas a mi pluma
el tiempo de trazarlas.
¡Richard Wagner! Encuentro este nombre alojado en
un rincón de mi memoria por un crítico académico,
el Sr. Fétis padre, de Bruselas en Brabante. Este Van Fétis,
un ratón de biblioteca, un comentador sin cartel, un biógrafo
a golpes de tijera, que ha escrito en alguna parte que Wagner
“era el Courbet de la música”.
Como lo imaginan, era, en el pensamiento de un flamenco, un insulto
que dará largo tiempo de reflexión. ¿Qué
podía ser un Courbet en música?. Era lo que buscaba
dificultosamente. El gran pintor sitiado y insultado desde tan
largo tiempo por los entendidos de los diariuchos, es un
artista notable ante todo por la potencia de su pincel.
Se puede recortar en cada una de sus telas un pedazo, es pintura,
pero los franceses de pintura mediocremente se ciñen ante
todo al tema, al espíritu y a lo bello,
Courbet no podía ser comprendido.
Al mismo tiempo, la acusación de realismo venía
a juntarse con los esfuerzos de los celosos por impedir el desarrollo
del maestro, y era esa palabra realismo como un título
de Música del porvenir de la cual han revestido
irónicamente a Richard Wagner.
Hablaré más tarde del título de Música
del porvenir, del cual los adversarios de Wagner se sirvieron
largo tiempo como de una maza queriendo destruirlo, pero la maza
de los periodistas no son mazazos de equilibrista, en tela pintada
con heno adentro.
¿No debo, ante todo esto, dirigir mis agradecimientos
a los críticos de profesión de los cuales todos
los golpes conducen a error? Detienen éstos siempre la
marcha del hombre fuerte, dañan su fortuna, tiran palos
en las ruedas, horadan pozos para hacer caer el carro, levantan
barricadas carcomidas, detrás de las cuales se mantienen
temblando, armados de viejas jeringas llenas de tinta. De golpe,
después de haber reparado sus fuerzas, después de
meses de desfallecimiento , el artista se levanta orgulloso, convencido,
fuerte, y de una sola mirada hace huir a los mediocres, los celosos,
los impotentes, los inútiles, los pálidos jeringueros
de tinta y atraviesa triunfalmente la vía sobre la cual
se aglutina una multitud entusiasta.
Tal es Wagner hoy, luego de la sesión del miércoles
24 de enero de 1860, que quedará como fecha en las efemérides
del arte.
Desde la llegada del maestro a su atril, comprendí al
observar la fisonomía de la orquesta que la causa estaba
ganada, los músicos se manifestaron con respeto y alegría,
impacientes por comenzar y saludando la llegada de Richard Wagner
con aplausos de arco sobre la madera de sus instrumentos.
Wagner está pálido con una bella frente donde la
raíz de la nariz muestra protuberancias bien marcadas.
Lleva anteojos y cabellos abundantes sin exageración. Es
una naturaleza belicosa, ardiente en el trabajo, llena de convicción,
los labios finos, la boca ligeramente hundida, el rasgo más
característico en los detalles viene de su mentón
prominente.
Hay en él timidez e ingenuidad. Se le nota contento con
los murmullos de una sala que parece dispuesta a escuchar religiosamente
a esta personalidad alemana y modesta de la cual surge una suerte
de encanto particular, al cual no estamos en absoluto acostumbrados.
Este hombre, siento, no tiene nada en común con los compositores
excéntricos que se visten bizarramente, tratando de influenciar
a la audiencia con una mirada satánica y sacuden una larga
melena, chata como los palillos de tambor o crespa como un caniche.
Wagner se volvió apenas hacia el público, sólo
para saludarlo, y da instrucciones a los músicos agrupados
alrededor suyo.
¿Qué pasará por el espíritu del artista
que vuelve la espalda al público, y será dentro
de minutos juzgado por los parisienses, es decir, seres que quieren
ser ante todo entretenidos, entre ellos, los representantes más
cercanos a los directores de teatro, que protestaran todo el tiempo
contra las nuevas propuestas?
En cinco minutos, un juicio puede ser dado por este jurado frívolo
contra un hombre que ofrece en una hora el resultado de treinta
años de estudio, de sufrimiento y abnegación.
¡Y los músicos que han repetido tres veces sus obras
nuevas!
¡Y los coristas, que son honestos alemanes aficionados,
que fueron reunidos de prisa para el concierto!.
Hablamos de las emociones del condenado a muerte cuando el juez
viene a informarle que el momento fatal ha llegado. El arte encierra
emociones no menos crueles, que se repiten a diario.
No tengo el programa del concierto a la vista; ¿Por qué
comenzamos? ¿Con los fragmentos de Lohengrin o de
Tannhäuser?
¿Qué importa?. No pretendo dar un análisis
riguroso de cada uno de estos fragmentos, sino la suma de sensaciones
que recogí del conjunto.
Confieso que la ausencia de melodías, de las cuales
los pretendidos conocedores hablaban desde largo tiempo en las
revistas y las gacetas, me preocupaban vivamente; y las tentativas
que había escuchado en Francia en el mismo sentido, no
eran dignas de hacer de mí un entusiasta.
Orquestaciones extrañas, acoplamientos bizarros de instrumentos
con timbres detestables, melodías singulares destruidas
de golpe como por un maldito gnomo, ejércitos formidables
de instrumentistas y coristas, telégrafos llevando la orden
del jefe de orquesta a otros subjefes en otras salas, a la bodega
y al granero, me daban un cierto espanto de esta música
del porvenir de más allá del Rin, de la cual
los críticos serios no hablaban sino con desdén.
Desde la primeros compases de la obertura, las críticas
penosas que engañan al publico, por espíritu de
denigramiento hostil y por celos impotentes, comprendieron que
no tenían que huir, ya que Richard Wagner era aplaudido
por el gentío estremecido, que conoce el sentimiento de
lo bello y de lo justo, y que se sentía conmovido hasta
los más profundo de su ser por ondas musicales de un navegante
que acababa de descubrir.
Ausencia de melodías, decían las críticas.
Cada fragmento de cada una de las operas de Wagner no es sino
una vasta melodía, semejante al espectáculo del
mar.
¿Quién es aquel que volcando los ojos sobre el
Océano turbado o el azul Mediterráneo, imaginaría
querer construir una pequeña casita blanca con persianas
verdes?
Una vez entrado dentro de las ondas de la armonía soberana
de la cual Wagner posee el secreto, ¿no es ser un idiota
pedir un pequeño aire de la Fanchonnette?
La Música de Wagner me transporta a épocas lejanas
donde solo, en un pequeño pueblito normando, extendido
en la incomodidad del acantilado, miraba al mar siempre bello
y siempre nuevo, desafiando el aburrimiento, y llevándome
a profundos pensamientos.
Hay un costado religioso en la obra de Wagner, el costado religioso
que deja un bosque espeso, cuando se lo atraviesa en silencio.
Entonces se separan una a una las pasiones de la civilización
: El espíritu deja su pequeña caja de cartón
donde cada uno tiene la costumbre de encerrarlo para ir elegante
a los espectáculos del mundo; se purifica, se engrandece
a la vista de nuestros ojos, respira de contento y parece trepar
hasta la cima de los grandes árboles.
No son frases.
Pero, ¿Cómo devolver, sino por analogías
de sensaciones la lengua mística de esos sonidos embriagadores?
Por lo dicho hay que tratar de hacer entender a los que lo ignoran
que la música de Wagner no es música imitativa.
En la sinfonía de las Estaciones, Haydn trató de
indicarnos "el paso del invierno a la primavera". De modo que
estas palabras son textuales: "las espesas nieblas por las cuales
comienza el invierno”. Tentativas de una gran maestro que
llevaron a seguirlo a singulares discípulos.
Puesta de sol, la luna velada a medias, el canto de la alondra
en los trigales y hasta el vuelo rápido de un pájaro
de pico largo atravesando el paisaje, nos dicen lo que
lo monos de la música imitativa han pretendido mostrar
en sus sinfonías.
Es allí que podríamos llamar en el mal sentido
de la palabra, realismo de la música, el montaje
monstruoso de un arte sobre otro arte, una mezcla tan equivocada
como un injerto de uva en un peral.
Wagner no pertenece en nada a esta escuela. Parece pueril insistir
sobre eso; pero escribo sobre todo para la personas que no podrán
escuchar sus conciertos.
El compositor se acercará más, en todo caso, a
las líneas que Beethoven ha escrito en un pasaje de la
Sinfonía Pastoral.. “Mas bien expresión
de sentimiento que pintura” Bellas palabras más
justas que aquella de Haydn.
No es todavía esto lo que puede devolver la música
de Wagner. No conozco ni el tema ni sus óperas, ni la espléndida
tela que la cubre. No he visto sino pedazos de esta tela. Me parece
que un fragmento de tapicería de la edad media me cae de
golpe bajo mis ojos. Cabezas de caballeros aparecen dibujadas
con aguja a grandes trazos, un noble cortado a medio cuerpo tiene
un halcón sobre el puño. En un rincón de
la tapicería está escrito en letras góticas
: AMADÍS DE GAULA.
Toda una época se despliega: los gestos de Carlomagno,
los caballeros de la tabla redonda, y todos esos personajes valientes,
más grandes que el natural, con sus formidables armaduras
y sus cascos gigantes.
En los fragmentos de Tannhäuser, de Lohengrin,
de Tristan e Isolda, del Santo Grial, sin que haya
imitación de furiosos combates, reaparece toda una época
caballeresca, ahora con sangre fría me puedo recoger.
Los personajes de los dramas de Wagner pertenecen a esos tiempos
heroicos de los cuales los hermanos Grimm han recogido piadosamente
las tradiciones de Alemania. Sea que la fabulación del
drama de Wagner no pertenezca al viejo poema alemán de
Parcifal, ¿El Lohengrin del compositor no es el
mismo que el de la leyenda?.
“Lohengrin iba justamente, en ese momento, a poner el pie
en el estribo, entonces apareció sobre el agua un cisne
que arrastraba detrás de el una barca. Apenas Lohengrin
lo percibió, exclamó:
- Buenas noches, mi mensajero, ¡vete a la caballeriza! Quiero
ir con este pájaro y seguirlo adonde me conducirá.
Confiando en Dios, no llevó víveres con él,
después de cinco días de navegación sobre
el mar, el cisne metió su pico en el agua y tomo un pez,
comió la mitad y dio la otra mitad al príncipe.”
En [el Teatro de] los Italianos, no he querido leerles el libreto;
ante todo, tenía sed de música; el drama
me hubiera preocupado. Un concierto no es una representación;
los verdaderos músicos no conocen de otra lengua que la
lengua de las sonoridades, la imprenta no tiene nada que hacer
delante de la orquesta.
Más tarde, cuando sean representadas las óperas
en su conjunto, la cuestión será totalmente diferente.
Será bueno ver como el compositor, que es su propio poeta,
a fundido en uno, estos dos artes diferentes.
Después de la primera parte del concierto, hubo grandes
repercusiones en la sala, conversaciones inquietantes, precipitadas,
exclamaciones espontáneas y menoscabos sin importancia.
La batalla estaba ganada, pero había (lo que jamás
se ve en la guerra) espíritus en retroceso, atascados en
un foso, lejos del peligro, que tratan de calumniar al valiente
general.
Ellos eran poco numerosos, se los contaba y hablaban con muecas
y la rabia de éstos monos, frente a nosotros que admirábamos
una bella tela, que ellos intentaban romper en mil pedazos.
Parece que el artista necesita ser excitado por estos animales
malhechores, ya que, al igual que enseguida que un asno viene
al mundo, pega diez machetazos para vapulearlo, apenas un gran
espíritu se muestra en la arena, tiene tras su rastro cincuenta
ladradores.
La obertura de Tannhäuser era ya conocida en París
por algunos que la habían escuchado en un concierto, entre
una polka y una quadrilla, tanto como lo permitían las
conversaciones entre bastidores, pero si los hombres hubieran
cantado más afinado el coro de la introducción,
¿qué efecto no habría producido?.
Hay que dejar a los críticos el cuidado de hablar de décimas,
de bemoles, de tonalidades, de modulaciones ascendentes, de cromatismo,
etc.; lo que me resta decir es más interesante.
El fragmento del Santo Grial es de los que más
me ha golpeado por su misticismo religioso y el lamento de cantinela
de los violines, a la vez dulce, claro y trasparente como un cristal.
La orquesta se anima poco a poco y llega a una suerte de apoteosis
radiante, dorado como el sol que transporta al oyente dentro de
mundos desconocidos.
Al momento de llevar éste escrito a la imprenta, me han
procurado el programa del concierto. Es bueno citar el fragmento
del Santo-Grial, extraído de la ópera Lohengrin:
“Desde los primeros compases, el alma del piadoso solitario
que espera el vaso sagrado en los espacios infinitos. Ve formarse,
poco a poco, una aparición extraña, que toma cuerpo,
una figura. Esta aparición se precisa más, y esa
legión maravillosa de ángeles, llevando en medio
de ellos la copa sagrada, pasa delante de él. El santo
cortejo se acerca, el corazón del elegido de Dios se exalta
poco a poco, se alarga, se dilata; inefables aspiraciones se despiertan
en él; cede a la beatitud creciente, encontrándose
siempre cerca de la luminosa aparición, y cuando al fin
el Santo Grial, él mismo, aparece en medio del cortejo
sagrado, él se alza en una adoración exaltada, como
si el mundo entero hubiera repentinamente desaparecido.
No obstante, el Santo Grial derrama sus bendiciones sobre el santo
en oración y lo consagra su caballero. Luego, las llamas
ardientes suavizan progresivamente su fulgor, en el santo júbilo
del coro de ángeles, sonriendo a la tierra que abandonan,
ganando las celestes alturas. Les ha dejado el Santo Grial al
cuidado de los hombres puros, en el corazón de los cuales
el divino licor se ha derramado, y el augusto coro se desvanece
en las profundidades del espacio, del mismo modo que había
salido.”
Que los espíritus poéticos relean estas líneas
y las vistan de melodías de la imaginación, así
podrán hacerse una idea del profundo sentimiento del Santo
Grial.
Dos horas de esta música me dejaron sin cansancio, feliz
y lleno de entusiasmo.
Si Wagner se asemeja a la gran escuela alemana de Mozart y de
Beethoven es por la simplicidad de la orquestación.
El ruido que extravió a tantos compositores en
busca de nuevos efectos, ha sido felizmente desterrado de su obra.
Él es grande, elocuente, apasionado, imponiéndose
con pocos medios. Su orquestación es monumental, penetrante,
llena la sala. La atención no está perturbada por
ningún instrumento; están armoniosamente fundidos
en uno solo.
Se dice que el gran compositor lleva rastros visibles de alteración
en su fisonomía.
No son los cansancios de sus últimos conciertos, la acogida
del publico ha sido muy entusiasta y muy decisivo en la velada
de anteayer, pero son sus angustias, sus amarguras de quince años,
las que con el tiempo difícilmente superará.
¡Qué destino aquel de Richard Wagner!
¿Quién no conoce los últimos años
de la vida de Beethoven, cuando amargado, hipocondríaco,
enfermizo, sorprendía a sus compatriotas por su vida solitaria?
Beethoven, vuelto sordo, conduciendo la orquesta a pesar de su
sordera, esforzándose por comprender a sus intérpretes
por la mirada.
No hay nada más terrible que el infierno de Dante. Se
creería que el pintor Goya, ciego en Burdeos, puede sólo
caminar a la par del infortunio de Beethoven aquejado de sordera.
Richard Wagner reunió en él estas dos grandes desgracias,
sordo y ciego. Proscrito de Alemania a consecuencia de acontecimientos
políticos, hace más de diez años que sus
óperas se interpretan y él no puede ni verlas ni
escucharlas.
Ni Tannhäuser, ni Lohengrin pudieron abrirle
las puertas de su país natal.
Los alemanes, han aclamado su nombre, sus obras fueron noticia
en todos los teatros prusianos y austriacos, y él vivía
retirado en un modesto retiro en Zurich, escuchando en la tarde
si el viento le llevaba retazos de sus melodías, al tiempo
que los que le impedían regresar a Alemania gozaban de
sus expansiones musicales.
¿Es muy digno de interés el artista que no escucha
ni ve a sus músicos y a sus cantores? Los murmullos de
una sala atenta, los estremecimientos eléctricos que recorren
a todo el público, hasta su silencio glacial cuando el
compositor nos muestra, todas sus enseñanzas, que sirvieron
de jalones a una nueva obra, estaban perdidos para Wagner.
El exilio no es un poderoso movilizador del arte. Muchos corren
el riesgo de arribar a amargas recriminaciones y adormecimientos
mórbidos. Wagner escapó a esos desfallecimientos;
retirado desde algunos años en Zurich, compuso dos óperas
nuevas y eligió París como el crisol donde van a
fundirse y se hacen controlar los metales preciosos que descubrimos
en el extranjero.
Los tres conciertos actuales que van a darse sucesivamente son
sólo páginas separadas de grandes poemas ya conocidos;
en primavera París podrá gozar de las óperas
inéditas en su conjunto, bajo la dirección del gran
maestro, que no le viene a quitar el lugar a nadie. En primavera
acudirán, de toda Alemania directores de orquesta, maestros
de coro, cantantes y coristas, toda una armada de Alemanes, presurosos
de recibir instrucciones del artista.
La audición en París de dos óperas de Wagner
no será sino una suerte de repetición dada
en Alemania, pero, ¡qué interés ofrecerá
esta repetición!. ¿No hay que agradecer al destino
que empuja a su agrado a los hombres, está ahí,
el trasplante de su país natal para activar ideas nuevas
sobre una tierra extranjera?
El hombre es sacrificado, pero el arte encuentra su parte.
Busco y no encuentro en ninguna parte un martirio comparado al
de Wagner.
En su obra, ¡no hay rabias!
Hubiera querido un fragmento de plenas tormentas y disonancias,
que haga mal a los oídos, que hiera al publico hasta la
sangre. Para vengar al artista. ¡Qué bello espectáculo
aquel de hombres que prohiben a un genio besar su suelo natal
y que no son castigados por la penitencia de melodías hartantes,
los dientes de los que las escuchen, agarrándose a los
recuerdos como un ladrón a un traje, llevando en la noche
pesadillas vengadoras!
Wagner se mostró más noble.
La belleza, la grandeza y la calma parecen pedestales sobre los
cuales ha puesto leyendas.
Cada una de sus óperas es una aspiración a esa
música del porvenir de la cual los tontos y las
gentes frívolas han hablado sin conocerla.
Una felicidad radiante sale del conjunto de su poderosa harmonía.
Lo he dicho en la Mascarada de la vida parisiense:
El artista es un ganso al cual han clavado sus patas en una tabla
y que dejan morir en un gran fuego, a fin de que su hígado
aumente.
Por este procedimiento, se obtiene el paté de foie gras.
Cuando está bien aderezado, está bueno para comer.
Noche del 27 de enero de 1860
FUENTE:
RICHARD WAGNER, par Champfleury
A. Bourdilliat et Ce, éditeurs. Paris 1860
Versión española para archivowagner.info de Anita
Martínez Jacomet
Documentos relacionados: