¿A
quién no ha afectado hasta lo más profundo la noticia de
la muerte del Néstor de nuestros directores? Una vida que pertenecía
totalmente a la Música -si bien por deseo paterno iba encauzada
hacia la jurisprudencia, en la que era doctor- resuena ahora, vibrante,
en nuestros corazones.
¡Y
eso, eso es lo que perdura! Así como los poetas crean lo imperecedero,
también los músicos permanecen por el valor de su recuerdo.
Perdurarán siempre, mientras duren sus preclaros nombres para servirnos
también de guía en nuestro trayecto vital.
Las estaciones
en las que Karl Böhm fue de éxito en éxito: Dresde,
Darmstadt, Hamburgo, Viena, Bayreuth y todas las metrópolis del
mundo que tienen algo que ver con la Música rivalizarán en
manifestarle su recuerdo. Del mismo modo como él ofreció
desde su pupitre las obras de los grandes maestros en interpretaciones
maravillosas, así, resulta un auténtico acontecimiento su
último adiós; sonó y suena aún como un melódico
acontecimiento, como una reencarnación de la voluntad de los compositores
que él interpretaba.
No queremos
revisar aquí todos los principales datos de la vida de Karl Böhm,
desde su nacimiento en Graz el 28 de agosto de 1894, hasta su muerte en
Salzburgo el 14 de agosto de 1981. Hace poco lo hacíamos con motivo
de su octogésimo aniversario. Esperamos que el recuerdo de un ensayo
pueda arrojar luz sobre su idiosincracia.
La Deutsche Grammophon ha añadido a una grabación completa
de “Tristán e Isolda” (Bayreuth, 1966, escenificación de
Wieland Wagner), la del ensayo de un fragmento de la obra. Esta grabación
es hoy, cuando la voz del genial director Böhm ha enmudecido para
siempre, un inapreciable regalo, que nos permite rememorar, cuando vivo,
al difunto. Queremos echar un par de ojeadas a este ensayo del principio
del tercer acto de “Tristán e Isolda”, pues nos mostrará
a la vez al grandioso músico Karl Böhm, y al hombre.
Böhm
deja a la orquesta tocar la infinitamente triste melodía, interrumpe
primero cuando su sentido de la exacta duración de corcheas y negras
no se ve satisfecho. Después reclama a las trompas que entren más
piano, quiere las fermatas más pausadas, quiere las terceras resaltadas
claramente; alaba después a la orquesta: “¡Así, ahora
ha sonado bien!”. Generalmente emplea dialecto vienés y ayuda cantando
a los diversos grupos instrumentales en pasajes contrapuntísticos.
¡He aquí un admirable recuerdo!.
Cuando,
en el preludio, ha pasado el solo de corno inglés, con su melodía
pastoril, casi no deja sonar la orquesta, para destacar el solista de trompa
hasta la entrada del bajo, al tiempo que la interpelación: “¡Kurwenal!
¡Eh, habla, Kurwenal!” Acompaña entonces al joven pastor -era,
en 1966, el recientemente fallecido Erwin Wöhlfahrt- cuando se imagina
ver las murallas de la fortaleza de Kareol. Böhm interrumpe la respuesta
de Kurwenal (Eberhard Wächter) y le pide que no haga demasiado larga
la corchea situada sobre “er” en “Erwachte er..” En seguida pide al cantante
que no decaiga en el paso de “kein Schiff noch” a “auf der See”, para conducir
más plácidamente el movimiento. Entonces le grita a Wächter:
“ ¡Eberhard!”. Esto suena a camaradería y es tan favorable
para el cantante como para la música que éste interpreta.
Después no vuelve a mezclar las correcciones con el elogio, pero
sí acompaña con su canto las voces de la orquesta.
La interpretación exacta del texto de Wagner le interesaba también mucho a Böhm. Por ello corrige al pastor: “Was hat’s mit unsern Herrn?” En la descripción de Kurwenal de que ha transportado en hombros a Tristán a la barca, atrona con la orquesta y llama la atención sobre la indicación de Wagner “etwas zurückhaltend”. Esto es, Böhm no sólo hace correcciones en la interpretación de la partitura, sino que penetra en la esencia de la situación dramática en la escena: los anchos hombros del amigo de Tristán se ven con ello sublimados.
Ahora alaba a Windgassen, el intérprete de Tristán: “Muy
hermoso”. Y es que realmente ha cantado de forma muy bella desde “weiten
Reich der Waltennacht”. Böhm: “¡Qué hermoso es eso!”
Y después a la orquesta: “Muchachos, esto tendría que ser
un tritono; no oigo ningún tritono”.
Y entonces se muestra de nuevo su humana bondad y grandeza: deja pasar
sin interrupción el canto de Tristán que se despierta. Esto
enardece al cantante y no pone nerviosa a la orquesta. Vuelve a su estricta
precisión pidiendo a la orquesta que haga los trinos bien marcados.
Aquí
acaba el ensayo.
Pero nosotros
queremos, en agradecimiento por esta interpretación de “Tristán
e Isolda” que hemos vivido con él, entonar en nuestro corazón
un réquiem por este grande entre los intérpretes musicales.
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