MIS ENCUENTROS CON EVA MARTON
Por Javier Nicolás

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Mi primer encuentro con la soprano Eva Marton data del mes de mayo, durante su estancia en Barcelona para cantar la ‘Tosca” de Puccini. Estuvimos charlando durante más de una hora en el aeropuerto de Barcelona, gracias al retraso que sufrió su vuelo.

Fantástica en el papel de Tosca, Eva Marton, la soprano húngara, me comentaba que siempre es un placer cantar al lado de un gran profesional como es Jaume Aragall. Tuve la suerte de poder asistir a una de las representaciones y, realmente, constituyó todo un espectáctulo el poder oirles cantar juntos.

Eva Marton, ya consagrda en el mundo de la ópera y soprano con más de veinte años a sus espaldas, se me confesó como una gran wagneriana. Le pregunté sobre su música predilecta cuando descansa, en su tiempo libre y, sin dilación, me contestó que Wagner,el Maestro.

Ya desde sus inicios, su repertorio fue la lírica alemana e italiana, y algo de ópera rusa; su creciente éxito en su país la hizo saltar en seguida a los teatros europeos, especialmente en Alemania.

A la pregunta de que si era complicado cantar Wagner, puso cara de constricción y dijo que especialmente era una tarea de concentración, de sentimiento. Ella canta bien cuando lo siente y es por ello que sus interpretaciones wagnerianas son memorables.

Comparte su tiempo entre Montecarlo, donde vive, y los teatros de ópera de todo el mundo. Al igual que Kiri te Kanawa, prefiere más los recitales que las óperas, aunque no deja de interpretarlas. En la plenitud de su voz, esta gran soprano tiene como compositores favoritos a Wagner y Verdi y le apasiona Béla Bartok.

Preocupada por la cultura de su país, ha estrenado diversas obras de músicos húngaros, quizás como pagando esa deuda pendiente con la tierra que la vio nacer física y artísticamente, pero en la cual no pasa nunca el poco tiempo que le queda libre.

Me pregunta por la Asociación Wagneriana en Barcelona y, al explicarle que tanto todas las actividades, como la revista ‘Wagneriana”, son fruto de un puñado de entusiastas seguidores del Maestro de Bayreuth, me infunde valor y me anima a seguir, diciendo que, de ese modo, y unicamente de ese, es como salen las cosas. Que el trabajo laborioso pero constante, cuando se tiene una meta clara, es el único que sobrevive.

Me despedí de ella, agradeciéndole vivamente su atención para con nosotros y me dijo que nos ibamos a volver a ver pronto, pues tenía que regresar a Barcelona próximamente.

Y así fue. Mi segundo y último encuentro con esta soprano de una categoría extraordinaria, tanto como cantante como como persona, tuvo lugar el 20 de julio en los jardines del Castillo de Perelada, durante los célebres festivales veraniegos.

Ella iba a inaugurar precisamente este festival con un programa más que interesante, especialmente la primera parte. Bajo la batuta del maestro (con minúscula, pues con mayúscula sólo existe uno) Julius Rudel, y una preciosa y cálida noche, Eva Marton iba a interpretar en primer lugar el aria ‘Dichteure Halle”, después de que la orquesta entonara la obertura de dicho drama musical, ‘Tannhäuser”. Fue una Elisabeth fastuosa y magnífica, con una entonación y claridad meridianas. Estuvo a la altura de lo que uno esperaba de ella.

Después de que el coro diese la entrada a los invitados de la misma obra, de nuevo surgió Eva Marton con su traje de luces. Esta vez a cantar el aria de Elsa, del “Lohengrin”, “Elnsam in trüben Tagen”, maravillosamente. Los aplausos se repitieron y resonaron por las ancestrales piedras del castillo.

Pero el plato final, la guinda que iba a coronar ese pastel delicioso que nos estaba preparando Eva Marton, vendría poco después. Sentada en la orquesta, entre el primer violín y el director, Eva Marton esperaba la entrada para empezar a cantar la Muerte de Amor de Isolda.

Cuando las notas del “Tristan” empezaron a sonar, mi mirada se fundió en la nada, en la oscuridad nostálgica de esa música sin parangón alguno en la historia de los bemoles. Contemplaba también a la soprano, sentada, y como su rostro reflejaba la emoción de lo que estaba escuchando, de como se iba preparando animicamente para crear y cantar ese inmortal papel de Isolda. Notaba como la música le iva envolviendo poco a poco, como transformaba su ser y la respiración inflaba su presión respiratoria. Finalmente estalló su canto, en una interpretación increíble, exhuberante, capaz de resucitar al mismísimo Tristan.

No pude evitar lanzar bravo tras bravo al final de su actuación, los primeros de la noche, que no los únicos. Había estado maravillosa. Eva había rebautizado su nombre por el de Isolda en una noche memorable.

El resto del programa ya me interesaba menos y tan sólo me fijaba en las posibilidades vocales de esta gran cantante, en los roles de Manon Lescaut, la heroína de Turandot y, de nuevo, en Tosca. Pero ya para mí la primera parte estaba pregrabada en mi memoria poética y no me la iba a dejar arrebatar por los italianos.

Al finalizar la velada, y gracias a una gran conocedor de los ambientes operísticos, y manager de varios cantates de fama renombrada, Miguel Lerin, pariente del mítico tenor wagneriano Francisco Viñas, pude hablar de nuevo con Eva Marton.

Nos encontramos a la salida de su camerino. Me presentó a su marido y en seguida me reconoció por nuestra anterior charla en el aeropuerto. Le dije que había estado fantástica y que su interpretación de Isolda me habla emocionado enormemente. Me confesó que era con lo que más había disfrutado y que ella también se había emocionado mientras lo cantaba, que era una extraña sensación mágica.

Aún estuvimos charlando unos minutos más sobre el concierto y demás y, finalmente, nos despedimos efusivamente, deseándome, dijo, lo mejor para
nuestra “lucha” wagneriana y esperando podernos encontrar en otra ocasión.

Ahora aquí, sentado ante la máquina, mi vieja máquina de hierro de los años cuarenta, aún me parece escuchar su voz en la lejanía cantando las últimas palabras de Isolda, y sonrío con ello...

“En ese amplio torrente,
en ese sonido palpitante,
en ese mundo lleno de fuerza inmortal,
negarse, deshacerse,
¡Oh inconsciente goce supremo!”