Opera con mayúscula: Héroes y heroínas o viceversa
 
Por Sebastián Spreng

Especial/El Nuevo Herald. 30 de junio de 2002
Ir al menú principal

De la monumental epopeya al sutil drama simbolista, cuatro flamantes versiones logran establecer parámetros interpretativos de óperas famosas por su difícil realización. Reflejo de tiempos inciertos para las discográficas, debe reconocerse el esfuerzo por editarlas completas, máxime cuando dos provienen de sellos independientes dedicados a preservar veladas de excepcional jerarquía. En tema, tratamiento e intérpretes, son cuatro títulos interrelacionados por curiosas y sutiles coincidencias que tampoco deben pasar inadvertidas.

Optando por la versión de Dresden (1845) --más el dúo del primer acto de la posterior de Paris--, Daniel Barenboim dirige de manera arrolladora y dinámica, pero con tempi lentos --incluso a expensas de los cantantes-- un Tannhauser de lujo. Debatiéndose entre lo carnal (Venus) y lo espiritual (Elisabeth), este atribulado hijo wagneriano es uno de los personajes menos simpáticos de la lírica, y para colmo, casi imposible de cantar. Peter Seiffert responde al desafío gallardamente y con todas las notas.

Buscando enfatizar la complejidad femenina, algunos directores prefieren una sola cantante como Venus/Elisabeth; no es el caso de Barenboim que previsiblemente tiene en Waltraud Meier un vehículo privilegiado para acentuar las aristas neuróticas de Venus. En cambio, sorprende su elección de Jane Eaglen como Elisabeth, una soprano heroica que imparte bienvenida calidez a su timbre básicamente acerado. Como podía esperarse, Thomas Hampson, es un Wolfram ideal y el imponente bajo Rene Pape un Rey que sencillamente se ''roba el show''. Impecable el pastor de Dorothea Roschmann. La magnificencia coral y orquestal de la Staatskapelle berlinesa completan este registro en la mejor Gran Tradición. Optimo sonido (TELDEC-8573-88064-2).

El pendant francés a las propuestas wagnerianas es la igualmente grandiosa Les Troyens, de Berlioz. Basado en Virgilio e integrada por dos gigantescas óperas (El Sitio de Troya y Los Troyanos en Cartago) también requiere de un héroe vocalmente sobrehumano y dos heroínas (Casandra y Dido), que en ocasiones fueron encarnadas por la misma cantante (Régine Crespin o Jessye Norman). En el más ambicioso contexto histórico-mitológico, esta saga romántica retrata pasiones amorosas y políticas con la impronta original y grandilocuente del indomable Berlioz.

Sir Colin Davis, paladín del compositor, es el más indicado para conducir este emprendimiento titánico hacia un triunfo indiscutible. Superando la marca de su histórica grabación de 1970 con esta velada con la Orquesta y Coro de la Sinfónica de Londres, Davis confirma su incomparable compenetración con el drama y la paleta berlioziana. El director despliega un fresco sonoro donde lo imponente se amalgama con lo íntimo, permitiendo visualizar una épica literalmente cinematógrafica.

Como fue su compatriota Jon Vickers, el canadiense Ben Heppner --el mejor Tristan actual-- compone un Eneas memorable. La joven Petra Lang (recordada intérprete de Mahler con la Florida Philharmonic) aporta una Casandra magnífica y Michelle DeYoung una Dido vulnerable. Las secunda un elenco excelente encabezado por Sara Mingardo y Stephen Milling. La espectacular toma sonora --y el módico precio-- contribuye a imponerla como ''versión de referencia'' (LSO LIVE 0010, dist. H.MUNDI).

Si en Berlioz, la única decepción fue desaprovechar la posible Dido de Anne-Sofie von Otter (un personaje largamente acariciado por la mezzo), como Dejanirah, la sueca se erige en estrella absoluta del Hércules, de Handel. La tragedia de celos perpetrada por la vengativa Dejanirah desemboca en Where shall I fly?, una de las primeras ''escenas de locura'' de la lírica. Su complemento es la siempre soberbia Lynn Dawson, como Iole, su rival. El rol titular a cargo del ascendente joven bajo-barítono israelí Gidon Saks y como extra-bonus, el contratenor David Daniels en el papel de Lichas. Una espléndida íntegral de Marc Minkowski liderando a los impetuosos Musiciens du Louvre, donde los cantantes son indudablemente el pilar fundamental (DG 469-532-2).

Atemporal y ambigua, etérea e irónica, oscura y radiante, Pelleas & Mélisandede Debussy, fascina suave y lentamente hasta volverse adictiva. La más hermética de las óperas propone un universo al que no es fácil acceder, pero del que luego es imposible salir. Afortunada en grabaciones -de los antagónicos Boulez y Karajan hasta  Dutoit y Abbado-- cada director supo generar controversias y halagos al iluminar facetas diferentes. En el centenario de su estreno, esta obra maestra emerge renovada gracias a un director y protagonistas, podría decirse, inesperados. Con justa razón, los miembros de la Orquesta Nacional de Francia recuerdan estas funciones parisinas como hito en sus carreras.

El holandés Bernard Haitink desgrana una reveladora versión de esta suerte de contraparte y continuación gala --si cabe la expresión-- del Tristan & Isolda wagneriano. Si Haitink asombra con su delicado equilibrio, dinamismo y autoridad, asimismo deslumbra Anne-Sofie von Otter, una Mélisande enigmática, decidida, inaprehensible,de sublimada neurosis-más cerca de Ibsen y Bergman que de Maeterlinck-e inocente voluptuosidad que envuelve al no menos estupendo Pélleas del austríaco Wolfgang Holzmair. Se suman los valiosos Golaud de Laurent Nauri y Alain Vernes, el Arkel que pronuncia la frase clave de la historia "Si yo fuese Dios, tendría piedad del corazón de los hombres".(NAIVEE V4923, dist. H.MUNDI).