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Wagneriana, nº35. 1999. Traducido por Rosa María Safont. "Fünfzehn Briefe Richard Wagners : mit Erinnerungen und Erläuterungen / von Eliza Wille geb. Sloman". R. Oldenbourg Editor. Múnich, Berlín y Zúrich, 1935. 3ª edición. 1ª edición, 1894. También conocido como "Erinnerungen an Richard Wagner". Reeditado por Atlantis, Zúrich, 1982 |
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Recuerdos de Richard Wagner, fragmento |
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Por Eliza Wille (1809-1893) |
INTRODUCCIÓN
Hace ya algunos años unos admiradores y amigos de Richard Wagner me comentaron que ellos creían que las cartas del Maestro, cuyas obras recorrían triunfalmente el mundo, no eran una pertenencia exclusivamente mía, sino que debían ser protegidas de los numerosos peligros que posiblemente las amenazarían, por ejemplo el de extraviarse o ser mal vendidas y que debían ponerse bajo la custodia de la nación, en un lugar seguro.
El Museo Wagner de Bayreuth parecía el lugar más idóneo para la conservación del tesoro. Pero dar el trato de reliquias a estos objetos, convertirlos en osamentas cubiertas de polvo, archivar los manuscritos que han tocado las manos de hombres famosos, me parece un pobre recurso. En estos papeles permanece vivo el espíritu de aquellos creadores de un arte que ha superado la destrucción y la muerte. Las obras que honran su memoria pertenecen al mundo.
Dejé el consejo guardado en mi cabeza, pero ahora al llegar a una edad avanzada he decidido ordenar mis papeles. Los he releído, he quemado los que sólo me afectaban a mí, y al pensar que se está acercando la muerte he hecho copiar las cartas de Wagner en las cuales se comentan hechos conocidos, para poder conservar los originales para mi familia y hacer posible que otros puedan participar de todo lo bueno que hay en ellas, de todo lo que guardo en mi corazón.
En total son quince las cartas que no tengo inconveniente en hacer públicas. Once de ellas son de los años 1864y 1865. Son cálidos comunicados de un tiempo en el cual Wagner, viejo amigo, pasaba temporadas en Marienfeld, junto al lago de Zurich. Problemas sumamente desagradables afectaban su vida, y así el carácter de hierro que mostraba en su trabajo, la voluntad y el poder creador de su enérgico y audaz espíritu, amenazaban, aunque solo fuese temporalmente, paralizarse.
Estas dolorosas circunstancias terminaron al aparecer, como salido del país de las hadas, un sol luminoso que iluminó con sus rayos la sombría frente del Maestro de la música. Un joven Rey, extraño a las realidades de la vida, nuevo en las preocupaciones del gobierno, en sus responsabilidades y deberes sintió la llamada de un bello ideal que abriría el camino que llevaría a la meta a tan elevado espíritu.
El amor del joven Rey por el arte no fue solo una bendición para Wagner, sino que lo fue también para el mundo, que así pudo conocer y admirar al Maestro a través de sus obras. En la dedicatoria de La Walkiria, Wagner lo llama «bondadoso protector de mi vida». El enviado del Rey de Baviera acudió a Marienfeld para visitar a Wagner.
Las tres últimas cartas las de los años 1869 y 1870 nos muestran una vida feliz y tranquila que Wagner compartía con una mujer, su igual en nobleza, la genial hija de Liszt. Cerca de Lucerna, uno de los parajes más bellos del mundo, transcurría, con corazón tranquilo, espíritu liberado, al abrigo del mundo, uno de los momentos culminantes de su vida.
¿Qué es Marienfeld en el lago de Zurich? No es posible encontrar el nombre de la finca en ningún mapa. ¿Quienes eran las gentes con la cuales el creador del drama musical mantenía tan buena amistad, los que frecuentaba en una época que no cuenta precisamente entre las mejores de su vida? Pues no pertenecen a las celebridades que todo el mundo conoce.
La tormenta desencadenada por la revolución del 1848 hizo que se reuniesen personas que en otras circunstancias nunca se hubiesen encontrado. Este fue el caso de nuestra amistad con Wagner.
En el año 1851, tras el fracaso del intento de liberalización que en el año 1848 conmocionó los pueblos, lugares y corazones del país alemán, el Dr. François Wille de Hamburgo partió con los suyos hacia Suiza, la patria de sus antepasados.
Marienfeld se encuentra a una milla de Zúrich, en un entorno rico, activo y laborioso; allí la pobreza es difícil de encontrar. Situada sobre una pequeña colina, rodeada de prados y viñedos, en el centro de un jardín, se halla el sobrio edificio, su estilo de gran dignidad revela su origen patricio. En el patio, ante la puerta a la que conduce una escalinata, se encuentran dos viejos nogales y un alto y orgulloso plátano. Una fuente protegida por dos sauces vierte hoy todavía sus aguas cristalinas. Desde la casa y el jardín puede verse el lago y la urbanizada orilla del lado contrario donde los pueblos se suceden uno junto al otro. A lo lejos se extiende la majestuosa cordillera de los Alpes.
Cuando por primera vez vi estas cumbres nevadas, luminosas, en la rosada luz del atardecer, y escuché las festivas voces de las campanas del domingo cruzando el lago, con mis hijos jugando en el jardín, sentí como me invadía una suave atracción hacia mi nueva patria. Durante toda mi vida había intentado evitar el caos que reina en las grandes ciudades y la excesiva actividad provocada por una inquieta vida social.
Entonces la comunicación con la ciudad más próxima no era tan fácil y cómoda como ahora; Marienfeld era silencioso y solitario, aquí podía uno encontrarse a sí mismo.
A partir de este momento no hablaré más sobre mí y sobre Marienfeld. De ahora en adelante solo hablaré de Wagner y de nuestra relación con él.
WAGNER Y MARIENFELD. 1852-1855
«¡Honorable Señora!
En estos momentos me estoy trasladando al campo, a un lugar cercano a la ciudad, para recuperarme con el buen tiempo y el aire libre de mis últimas fatigas. No habría sido necesaria su amable invitación para saber que entre las cosas precisas para mi recuperación cuentan en gran manera las visitas, que si usted me permite, realizaré a Marienfeld. El próximo domingo no podré todavía abandonar el Asilo, al que acabo de llegar, por lo cual, tanto mi mujer, que agradece su saludo, como yo esperamos que podrá recibimos el siguiente domingo.
Rogando transmita mi más afectuosos saludos al Sr. Wille, permanezco,
su mas agradecido servidor,
Richard Wagner»
Zúrich, 18 de marzo de 1852
Esta fue la primera carta que Richard Wagner mandó a Marienfeld. Yo lo había conocido ya en 1843, en Dresde, durante una reunión nocturna en casa del Mayor Serre, el que más tarde creó la Fundación Schiller. Fue un encuentro fugaz. Aquel invierno, todavía soltera, había acudido a Dresde para ayudar a mi hermana, que se había instalado en la ciudad para que su esposo enfermo siguiese tratamiento con un famoso médico que trabajaba allí. Las dos estábamos poco dispuestas a las diversiones, por lo que regresamos pronto a casa, pero la imagen de Wagner quedó grabada en mi memoria. Recordé durante mucho tiempo su vivacidad, su rostro, con la despejada frente, los ojos de mirada penetrante, los rasgos enérgicos entorno una boca pequeña y firmemente cerrada. Un pintor, que se sentó a mi lado, hizo que me fijara en la prominente mandíbula que parecía tallada en piedra y que daba un especial carácter al rostro. Su esposa de aspecto agradable, risueña y habladora parecía encontrarse a gusto entre la gente, parecía segura de si misma, era amable y espontánea.
El día anterior había asistido a una representación del Holandés Errante con la señora Schröder-Devrient que hacía una Senta perfectamente integrada en la Saga con música y poema del Maestro. Ante un cielo nórdico, tormentoso, aparece un personaje inmerso en el desespero, perseguido por oscuros poderes que no le permitirán encontrar reposo hasta que un puro amor se le ofrezca, rompa la maldición y le permita desembarcar en la paz y el descanso. La música, el misticismo de la saga, la poesía, se apoderaron de mi fantasía. Desde el mundo maravilloso de los sones el poeta había encontrado un lenguaje para los que expulsados del cielo ya no pertenecen a la tierra, para los que sin ser humanos deambulan por el escenario en figura humana.
Hector Berlioz estaba en aquellos momentos en Dresde presentando sus fantásticas y grandiosas creaciones.
También presencié una representación de Rienzi, espléndida y suntuosa. Tichatschek, con su voz poderosa era el imponente Tribuno de la nueva Roma recibiendo a los mensajeros de la paz. Todo era opulento, vehemente y excitante. La Sra. Schröder-Devrient, que Wagner todavía en sus últimos años calificaba de única maestra, hacía el papel de un joven y noble caballero que permanece fiel al Tribuno cuando todos lo abandonan. Wagner fue entusiásticamente recibido en estas dos creaciones de tan diferentes estilos.
Fue en un domingo de mayo de 1852 cuando Wagner vino por primera vez a nuestra casa acompañado por Georg Herwegh. Los caballeros entablaron pronto una animada conversación; el pasado y el presente daban suficientes temas para ello. Nos encontramos ante un espíritu artístico revolucionario que aspiraba abrir nuevos derroteros a la música; además de compositor también se había hecho famoso como escritor con una obra titulada Ópera y Drama. Sin haber logrado ver sus obras en escena esperaba poder alcanzar su meta en Zúrich. Nos dijo que en aquellos momentos se encontraba sumamente interesado en el estudio de los cantos de la Edda y se enfocó desde todos los puntos de vista el tema de la aliteración. Habló agradecido de su Asilo zuriqués, expresando «la sensación de bienestar que le producía sentirse por fin libre de las inquietudes materiales de la vida» que tan desagradables habían sido para él.
A partir de este día vino con frecuencia a Marienfeld en compañía de su esposa o de Herwegh, aunque pocas veces para todo el día, era algo excepcional que se quedase hasta la noche. Un día, cuando las damas, sentadas bajo lo nogales, esperábamos a los caballeros para tomar café, la señora Minna nos dijo: «Mi marido no es culpable de nada. Solo contemplé desde lo alto de una torre la afluencia de gentes que desde los pueblos cercanos acudían a la ciudad para pedir ayuda. No estuvo en las barricadas como se dice, no empuñó nunca un arma, y tuvo que salvarse, huyendo, cuando los prusianos invadieron Dresde». La señora Minna había vivido malas épocas junto a su marido pero el recuerdo de los últimos tiempos en Dresde le resultaban mucho peores que las desgracias de días pasados. Ahora podía respirar de nuevo tranquila en su plácida residencia de Zúrich, dedicando su tiempo al cuidado de la casa junto a su esposo. Se encontraba a gusto rodeada de gente, sobre todo entre los campesinos de Sajonia. Los amigos y admiradores de Wagner acogían gustosos a su mujer.
En aquella época Herwegh vivía solo en Zurich. Por Wagner supimos que había escrito unos Sonetos amorosos que lo habrían podido convertir en un poeta inmortal, pero nunca quiso imprimirios. Los caballeros que gustosos se reunían a menudo en Marienfeld no eran todos de la misma opinión. Eran muy diferentes, tanto externa como internamente, pero su libertad de espiritu y su formación les permitía tener una amplia visión de la vida, sabían respetar dignamente todas las ideas.
Herwegh no era nada musical, pero a Wagner le gustaba su compañía. Lo mismo le pasaba con Wille.
«¡No tiene idea de la música, dice que no le aporta nada! Pero da igual. ¡Posee vida interior, cuando usted está aquí los conceptos son siempre acertados!». Esto es lo que Wagner le decía a Wille.
Fue Herwegh el que trajo a Marienfeld las obras de Schopenhauer. Tanto para mi marido como para Wagner eran completamente nuevas y a ambos les causaron un gran impacto. A Wille le gustaba profundizar en cualquier trabajo sobre el pensamiento, así decidió conocer personalmente al filósofo que tanto le había impresionado y cada año viajaba a Frankfurt para encontrarse con él. Wagner con una extraordinaria rapidez mental asimiló en poco tiempo la obra de Schopenhauer. En este entorno también adquirí mucha información sobre la antiquísima sabiduría india y sobre la gran pureza del budismo.
Con lo que no estuve nada de acuerdo fue con lo que un día Wagner nos explicó con su proverbial apasionamiento, lo de trasladar a escena el amor terrenal que la pecadora Magdalena sentía por el Profeta de Nazaret. Lo miré asombrada y abandoné la habitación.
No habría mencionado este incidente si muchos años más tarde no me hubiese encontrado ante la idea de Wagner maravillosamente realizada. En el último regalo que su genio nos ha hecho, Parsifal, en el caballero-monje y la muchacha liberada del poder del mal, Kundry, aparece lo que en 1852 ya llevaba en mente.
En nuestra casa Wagner no encontró ningún tipo de ciega adoración, su genio musical no era lo que prevalecía entre nosotros. Lo que sí nos unía era la amistad y la simple hospitalidad.
En el Otoño de 1852 Wagner nos dio la gran alegría de buscar refugio entre nosotros tras una agotadora etapa. Un día se sentó al piano e interpretó fragmentos de Lohengrin y Tannhäuser, comentando lo que sucedía en escena y cantando a media voz el texto. Wagner no hablaba nunca sobre las obras en las que trabajaba, pero si de lo agradable que le resultaba holgazanear. A veces bromeaba sobre los adelantos que hacía en su trabajo.
Una vez, al terminar el animado debate que los caballeros mantenían sobre ciencias naturales y sobre lingüística, Wagner vino al lugar donde estábamos reunidas las damas y dijo: «Los otros están intentando desenterrar las raíces, no creo que logren salirse de ello con demasiada rapidez». Sonriendo, abrió el piano. Para mí el recuerdo es inolvidable; empezó a tocar y a explicar las características de la Novena Sinfonía justificando la necesidad de la inclusión del coro en el Himno a la Alegría para lograr la perfección absoluta de la obra. Tras tocar con fuerza unos acordes, se detuvo súbitamente y me dijo: «Ahora escuche atentamente, entran la Musas, con una marcha marcial introducen una bandada de adolescentes»:
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Alegres como solesvuelan |
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por elfastuoso piano celeste, |
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recorred hermanos vuestro camino, |
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como un héroe en la victoria |
Esto lo recitó a media voz mientras interpretaba la melodía. Desde entonces he escuchado numerosas veces la Novena Sinfonía, pero este Allegro Vivace alla Marcia lo he escuchado una sola vez. Bajo ningún director, bajo ninguna orquesta he sentido en mi interior el firme y seguro paso de las Musas como en la interpretación de Wagner en mi piano; en un pianissimo, como si caminasen sobre nubes, pero acercándose cada vez más con paso firme y seguro. Cuando a continuación tocó impetuoso, con majestuosa exaltación el coro Sed abrazados millones, nuestra querida vecina, una vieja dama de Zurich, siempre muy reposada, quedó aturdida, electrizada. Súbitamente Wagner se interrumpió y dijo: «No sé tocar el piano. No aplaudáis. ¡Bien, he terminado!».
Fue en la Navidad de 1852 cuando se leyó por primera vez en Marienfeld el grandioso poema de la Trilogía de los Nibelungos. Wagner lo leyó en tres tardes, hasta bien entrada la noche. Mas tarde, volvió a leerlo, con el añadido del Prólogo, El Oro del Rin, ante un maravillado círculo de oyentes en el gran salón del Hotel Baur de Zúrich. En la ultima tarde de la primera lectura hice que Wagner se enfadase conmigo al salir de la habitación mientras leía. Mi hijo pequeño tenía fiebre y me llamaba. A la mañana siguiente Wagner comentó que seguramente no se trataba de ninguna enfermedad mortal y que era una mala crítica para el autor cuando se salía de esta manera y a continuación me adjudicó el nombre de Fricka. No me molestó en absoluto que me dedicase este nombre.
En 1853 Wagner vivía en Zúrich, en Zeltwege, y Liszt vino a visitar a su amigo. Se abrazaron con alegría y el día fue feliz en un ambiente emotivo. Mi marido estuvo presente ya que hacía tiempo que conocía a Liszt. Sobre este encuentro mi marido me contó que había sugerido a Liszt que con su influencia en Weimar podría quizás abogar por el regreso de Wagner a Alemania. Liszt repuso que no conocía en Alemania ningún lugar, ninguna escena que reuniera las condiciones necesarias para cumplir con las exigencias de Wagner que necesitaban un escenario, unos cantantes, una orquesta especiales, que se adaptasen a lo que requería su idea. Wille contestó: «Claro, esto probablemente costaría un millón». A lo cual Liszt repuso rápido y en francés, como era su costumbre en casos de especial efusión: «Il laura! Le millon se trouvera!».
A partir de 1855 Wagner vino poco a nuestra casa, y nosotros nos trasladamos más a menudo a Zúrich.
Wagner pasó allí una década, fue una época de plenitud. En aquella tranquila vida apareció la idea de la obra de arte del futuro. Pero cuando su hogar se deshizo ya no volvió a pasar largas temporadas en Zúrich. Durante estos años sólo visitó nuestra casa una vez, nuestra relación se mantuvo a través de la correspondencia.
En 1864 Wagner escribió una carta a mi marido en la cual recurriendo a nuestra buena amistad nos pedía poder venir a Marienfeld por una corta temporada para poder decidir desde allí los planes y el camino que quería seguir. Sin esperar respuesta, confiando en nuestra vieja amistad, apareció un día sin darme apenas tiempo a preparar la habitación de invitados que por el frío invernal y el poco uso estaba bastante abandonada. La visita del amigo lo trastornó todo. Mi marido no estaba en casa y temí que se encontrara muy solo, pero lo que él quería era trabajar sin que se le molestase. No quiso ir a Zúrich y daba largos paseos solitarios. Todavía le veo paseando arriba y abajo por nuestra terraza con su bata de terciopelo marrón y con una boina negra en la cabeza, parecía un patricio sacado de algún cuadro de Albrecht Dürer. Entendí que un carácter como el suyo requería cierta calma y evité todo lo que pudiera molestarlo. Hasta el hombre más importante necesita a veces el consuelo de una madre, cuantas horas pasé con un Wagner, que a pesar de su carácter enérgico, se dejaba ir contándome sucesos de su vida pasada. Siempre tuvo confianza en mí y en los días en que le parecía que el sol volvía a brillar acudía a mi saloncito para descansar. Quien lo ha conocido a fondo sabe lo cordial y gentil que podía ser. Era un magnífico narrador y tenía sentido del humor. Le gustaba Viena, decía que Viena era la única ciudad musical de Alemania. Pero pronto pasó este buen estado de ánimo. Llegaron cartas que lo desanimaron. Se recluyó en la soledad de su habitación y cuando nos encontrábamos, si estábamos solos, en un torrente de palabras ponía ante mis ojos un futuro no demasiado alegre.
Un día, viendo al hombre terriblemente triste, provoqué sus confesiones, me habló sobre el fracaso de su matrimonio, dijo: «Habría podido ir todo bien entre mi mujer y yo, pero la mimé demasiado, cedí en todo ante ella. No supo ver que un hombre como yo no podía vivir con las alas cortadas. Que sabía ella de los divinos derechos de la pasión que yo proclamaba con la muerte en el fuego de la Walkiria, excluida de la protección divina. ¡Tras la entrega de la vida por amor aparece el ocaso de los dioses!».
Cada día era más evidente que algo excepcional tenía que suceder, que la felicidad debía descender del cielo. Ahora es fácil decir esto, pero en aquellos momentos era difícil imaginarlo. Cogí libros de la biblioteca de mi marido y los puse en la habitación de Wagner para intentar distraerlo, pero todo fue en vano. Todavía puedo verlo sentado en un sillón ante la ventana. Le hablé del éxito que le esperaba en el futuro. «¡Que habla usted de futuro cuando mis manuscritos permanecen encerrados en un cajón! ¿Quién querrá poner en escena la obra de arte que yo, sólo yo, con la inspiración de mi genio puedo realizar para que todo el mundo sepa: así ha de ser, así es como el maestro ha visto y ha querido que sea su obra?». Excitado paseó por la habitación. De pronto se detuvo ante mí y dijo: «¡Yo soy diferente, mis nervios son muy sensibles, necesito belleza, esplendor, luminosidad! ¡El mundo me debe lo que necesito! ¡No puedo vivir de un miserable puesto de organista como vos, Maestro Bach! ¿Es tan inaudita la pretensión de querer obtener el pequeño confort que tanto ansío? ¡Yo que ofrezco al mundo, a miles de seres, tanto deleite!». No todo fue alegre en la estancia de Wagner en Marienfeld.
Una mañana, particularmente hermosa y clara, Wagner, que parece había dormido bien, emprendió lo que Wille denominaba una marcha saludable. Al regreso me encontró trabajando en la casa, me preguntó que es lo que estaba haciendo. «El trabajo de primavera, la casa debe limpiarse de arriba a abajo». Me contestó: «¿Trabajo de primavera?, creo que esto es tan inútil como coger violetas». Repuse: «Yo ya soy demasiado vieja para coger violetas, pero creo que este es un trabajo útil y que también tiene su valor». Wagner siguió creyendo que mi trabajo de primavera no tenía ninguna gracia y volvió a llamarme Fricka.
Desde que Wagner estaba con nosotros no me había atrevido a tocar el piano aunque tenía ganas de hacerlo ya que muchas veces la música es un gran consuelo, pero al pensar que el maestro podría oírme me paralizaba. Para mí la música tiene un poder maravilloso e inexplicable. Le conté a Wagner que una vez que pasaba por una etapa de intenso dolor, cuando todo era negrura en mi entorno, me sentí muy aliviada al escuchar la Pasión según San Mateo de Bach. Wagner dijo: «Pobre mujer, ¿por qué durante todo este tiempo no le ha dedicado más tiempo a la música? hoy mismo tendrá lo que la consuela». Así, interpretó al piano la escena de Tristán e Isolda donde se habla de la noche y de la muerte en un extraordinario anhelo amoroso.
Durante las últimas semanas de estancia de Wagner en casa mi marido ya había regresado. Wagner había hecho amigos en Zúrich así que pronto la casa se llenó de alegres contertulios, apareció nueva vida tras el desierto invernal. Esto hizo que nuestro querido huésped recuperase su alegría. Al regresar de un paseo Wagner recibió un paquete de cartas. Inmediatamente anunció que al día siguiente se marcharía: «Volveré, y quizás les preguntaré si les gustaría tenerme como vecino». Tenía intención de alquilar una casa cercana. Dijo: «El próximo verano les traeré a Bülow y a su esposa, entonces si que oirán música, daremos gusto a la querida señora». Wille se mostró sorprendido, no contestó ni sí ni no. Vimos como se alejaba el barco de vapor que devolvía el hombre a su mundo. La misma tarde nos escribió desde Basilea. Decía que volvería, que le conservásemos la casa y la amistad.
Dos días más tarde apareció en Marienfeld el Secretario Privado del Rey de Baviera, el Sr. von Pfistermeister. Pensaba encontrar al Maestro aquí ya que no lo había encontrado en Viena. La misma tarde el enviado partió hacia Stuttgart, con la correcta dirección que le dimos. Lo que sucedió a continuación es bien sabido.
Pasaron varios años en los cuales el intercambio epistolar entre Wagner y Marienfeld se interrumpió. En estos años pasaron muchas cosas en la vida de Wagner. En 1868 tuvo lugar el estreno de Los Maestros Cantores, una obra que había sido escrita prácticamente en mi presencia. La Sra. von Bülow nos invitó en nombre de Wagner a esta representación. La función fue gloriosa; Bülow, ya enfermo, dirigió la orquesta. El Rey sentado en el gran palco central quiso que el compositor se sentara junto a él. Al finalizar la representación se requirió con entusiasmo la presencia del compositor. Por indicación del Rey Wagner saludó desde el palco real. El quebrantamiento del protocolo me asusto y me disgusto; pero a fin de cuentas e! Rey había ordenado y el poeta había obedecido.
En aquellos días Wagner vivía en el primer piso de la casa de la familia Bülow. Yo me quedé sólo un día en Múnich por lo cual no pude ver a Wagner que al poco tiempo abandonó la casa y se trasladó a Tribschen, junto al lago de Lucerna. Una vez vino a Manienfeld a pasar unos días con nosotros, pero no nos dijo nada sobre los motivos de su cambio de residencia.
En una de las cartas que Wagner nos mando desde Tribschen quedaba reflejada la felicidad y la paz que al fin habían llegado a su vida. Durante estos años de retiro y alejamiento del mundo había florecido en el alma y en el corazón de Wagner una nueva felicidad, la que durante tantos años le había faltado.
Tras estas cartas decidimos adelantarnos y visitar primero nosotros a la pareja para expresarles nuestra felicitación antes de que ellos acudiesen a Manienfeld.
Fue un domingo, el 3 de septiembre de 1870, cuando emprendimos el viaje hacia Tribschen. Durante el trayecto estuve pensando en los dolorosos episodios que Wagner había sufrido a lo largo de seis años y que me había confiado durante su estancia en Marienfeld. En como había cambiado su suerte, como había llegado la felicidad y como se había liberado de las dolorosas heridas que había sufrido en Múnich. Pero durante estos años de lucha había conservado siempre en su corazón el amor hacia la valiente y sublime mujer que ahora con orgullo y alegría podía mostrar al mundo como suya.
Fue un día muy agradable el que pasamos en Tribschen en compañía del amigo y de la gentil señora, rodeados por unos hermosos niños. Se trató de una reunión familiar, acompañada, con gran alegría por mi parte, de una suave y sublime música, la que Wagner sabía crear.
Y no fue solamente este día el que pasamos con Wagner y los suyos; en los primeros meses de 1871 acudieron todos a Marienfeld. Tuve en seguida una agradable relación con la esposa de Wagner; me pareció advertir que me apreciaba, que se sentía atraída hacia mí. Conocerla tuvo un gran atractivo para mí, físicamente la genial hija de Liszt se parecía mucho a su padre, pero en todo lo demás era completamente distinta.
En aquellos momentos el Maestro había terminado ya los Nibelungos y quería darlos a conocer al mundo. Esta obra pertenecía a la nación. Esto es lo que Wagner pensaba de ella. Tenía la idea de realizar unos Festivales en Bayreuth, en el centro de la patria, cosa que creía posible bajo la protección del Rey de Baviera. Esto es lo que nos había contado numerosas veces.
En 1872, al regresar de una estancia en Italia, supimos que Wagner se había trasladado a Bayreuth y que pronto abandonaría nuestra vecindad. Nos reunimos una vez más antes que los amigos se despidieran definitivamente del lugar donde habían encontrado la paz y la felicidad. La vida de Wagner en Bayreuth ya no me pertenecía. Mi relato se circunscribe a lo que yo viví personalmente, a sus cartas y también a los comentarios del Maestro.