|
|
|
La máxima expresión artística en la obra de Richard Wagner es la fuerza redentora de la compasión, en la que impera el amor; sublime símbolo que transfigura todos sus dramas.
Pero en ningún caso debemos equiparar esa compasión al sentimentalismo que encontramos en la tragedia francesa. No se trata de una simple emoción, no es un sentimiento tierno y patético, se trata simplemente de hacer tuyo el dolor ajeno.
Al recibir el don de la sapiencia, Parsifal siente con elemental y repentina violencia el dolor de Amfortas y el de los caballeros del Gral y no puede desprenderse de él hasta que logra su redención.
También Wagner lo siente, según dice en una de sus cartas venecianas dirigidas a Mathilde Wesendonk, la del 1 de octubre de 1857: Este sentimiento me conmueve con absoluta intensidad, siempre me acompaña, se trata de la compasión que siento dentro de mí. Esta compasión es la fuerza que domina mi espíritu y probablemente es también la fuente de la que mana mi arte.
Richard Wagner tardó casi veinte años en moldear esta materia dentro del esbozo poético de Parsifal y hasta 1877 no lo concluyó, trabajando entre tanto en la composición y la puesta en escena de sus otras obras.
Nietzsche, que por desgracia influyó tan negativamente en la juventud alemana con sus posteriores escritos, ya enfermo, se equivocó totalmente al calificar de culpable al creador de Parsifal por su regreso al cristianismo. El poeta de Zarathustra crea una deformada imagen del cristianismo y lo acusa de ser la religión de la flaqueza. Pero justamente en la gloriosa creación artística de Parsifal, vemos que el auténtico espíritu compasivo que esta religión contiene lleva al heroísmo.
La misma idea la encontramos en el dístico de Schiller: Religión de la Cruz, sólo tú enlazas en una única corona, las dos palmas de la humildad y la fuerza.
Aquí queda claramente expuesto el espíritu heroico del cristianismo.
Parsifal es el auténtico héroe cristiano, el superhombre con el que soñaba Nietzsche. Wagner dice también: A la penosa debilidad, (Amfortas) le es imposible alcanzar la meta... en cambio la fortaleza compasiva, (Parsifal) contiene en su misma fuerza la redención del mundo.
También las palabras del noble de Bayreuth, Heinrich von Stein, merecen nuestra atención: Compasión y entrega no son sólo una gracia, son el auténtico fortalecimiento de la personalidad, y en una carta a Nietzsche dice: Cuando pienso en Parsifal tengo ante mí la imagen de la más pura belleza, el espíritu de la moral más vivificante, en ningún caso un seudocristianismo.
El ejemplar espíritu de amor conciliador que el sublime drama del Gral contiene, con su santa inocencia, su contenido antidogmático que supera la convencional doctrina confesional y que precisamente por ésto es auténticamente cristiano, planea sobre nuestros días, desgarrados por tantas desdichadas disensiones religiosas.
¿Será la gran tarea futura la restauración de la unidad, para lograr finalmente que la profecía de Jesús se haga realidad: Y será un único rebaño con un único pastor. (Evangelio de San Juan 10, V. 16).
No podemos concluir nuestro comentario sobre tan excelsa obra sin citar la extraordinaria madurez de la cosmovisión de Parsifal que Wagner fundamenta en el concepto de la regeneración. Wagner basa su idea regeneradora en la progresiva profundización de un sentimiento intuitivo y renovador. El arte más puro que el hombre ha creado se sirve, hasta cierto punto, de la cultura que la humanidad ha acumulado, pero algunas veces puede suceder exactamente lo contrario, puede darse el caso que sea la obra de arte ideal la precursora de la cultura ideal, convirtiéndose ésta en una magnífica consecuencia de la otra. (R. Louis, La visión universal de Richard Wagner, Leipzig, Breitkopf & Hartel, 1898, p. 160) También encontramos este tema en los escritos de Wagner, primero en el subjetivo contenido de su mensaje: Arte alemán, política alemana, escrito en 1865, en el cual habla sobre la nación alemana, mostrando su esperanza en el resurgimiento espiritual de los pueblos europeos; y más tarde, en forma más profunda y extensa, en el ensayo, Religión y Arte (1880). En un prodigioso fresco nos describe un mundo que presenta una visión clara del intento de regeneración del género humano, ofreciéndonos también, por otra parte, las causas de la decadencia histórica de la humanidad. Como colofón de esta imagen, nos indica, con mano firme, la meta que desea para la renovación y restauración de un ideal, unificando lucha y esfuerzo para que su propósito se cumpla acelerando supuesta en marcha. (¿Qué importa este conocimiento?): Reconocemos la causa de la decadencia histórica de la humanidad y también la necesidad de regeneración de la misma; creemos que esta regeneración es posible y nos consagramos plenamente a su realización.
En el poema dramático de Parsifal Wagner realiza la gran evolución que le permite asimilar la filosofía de Schopenhauer: a partir de la negación de la ilusoria quimera llegar a la afirmación de la esencia divina de las cosas; a esta idea el pensador le dio el nombre de regeneración. ¡Ante el trágico concepto del mundo, cuan espléndido aparece el auténtico Arte realizando su confesión de fe! Aquí, en pleno idealismo alemán se sublima la excelsa cultura del cristianismo germánico. A pesar de vernos obligados a admitir la degeneración de la raza humana creemos que en la voluntad egocéntrica del hombre existe una cierta predisposición a convertir en realidad un ideal ético. Este germen, en parte atrofiado y degenerado, es en el fondo el máximo valor del hombre, y ésto es a lo que el Maestro de Bayreuth dedica su primordial empeño, lo indaga, lo custodia y lo engrandece: para velar por el espíritu ético del futuro.