EN EL NÚMERO ANTERIOR
comentábamos que hasta la fecha se desconocía el paradero
y estado de conservación de los decorados de Mestres Cabanes que
se guardaban en el Gran Teatre del Liceu. Como sea que nuestro teatro disponía
de unos almacenes fuera de Barcelona, manteníamos la esperanza de
que en aquellos locales se guardasen al menos algunos de sus decorados.
Lamentablemente la realidad
no ha sido la deseada. Toda la producción escenográfica de
Mestres Cabanes se ha perdido. Únicamente se ha salvado la escenografía
de “Aida”, una muestra representativa de nuestro gran escenógrafo
y “Ariadne auf Naxos” de cuya escenografía nadie sabe prácticamente
nada y no se conservan bocetos, teatrines, ni fotografías. Toda
su producción wagneriana se ha perdido, y así también
la escenografía para el “Canigó” del padre Massana. La de
“Los Maestros” recientemente restaurada aunque se vio poco afectada por
el fuego, el calor disolvió el pegamento y todo ha quedado pegado
entre sí. Si a ello añadimos los teatrines también
destruidos en el incendio y que reseñábamos en el número
anterior, hemos de considerar la perdida de todo el conjunto como una tragedia
igual o quizás superior a la de la destrucción del propio
teatro, especialmente si tenemos en cuenta que tambien han sido pasto de
las llamas todas las escenografías de la gran escuela catalana,
Vilumara, Alarma, Soler i Rovirosa, etc. aunque al respecto no podemos
hacer afirmaciones tan categóricas.
Y lo más terrible es
que esta gran tragedia no ha merecido el interés de casi nadie.
El teatro era un símbolo pero, tal como ha quedado patente en su
reconstrucción, se podía volver a levantar exactamente de
la misma manera. En definitiva su decoración era cuestión
de expertos artesanos. Hemos podido comprobar que en el momento de hablar
de la restauración de las pinturas, ya se han presentado los problemas.
La reconstrucción de los decorados de la escuela escenográfica
catalana es prácticamente imposible, por falta de interés
ya de buen principio, por falta de artistas y artesanos acreditados y por
lo inútil de restaurar dos docenas de decorados de los que los modernos
directores de escena se avergüenzan.
Hace poco el director artístico
de la Opera de Viena ha manifestado que ha procedido a la destrucción
de los decorados de repertorio de “Simon Boccanegra” ya que no disponía
de espacio para guardarlos y tenía que sustituirlos por los nuevos,
sobre los que evidentemente nadie es capaz de hacerse muchas ilusiones.
Primero la destrucción
intelectual de los decorados tradicionales y después la destrucción
física. El fuego ha ahorrado trabajo a nuestros modernos intelectuales.
Para nosotros como wagnerianos,
como catalanes orgullosos de una escuela escenográfica de gran entidad
y como amantes de los artistas de nuestra tierra, estos centenares de metros
cuadrados de pintura quemada y destruida son tan de lamentar como si desapareciese
el Museo de El Prado en un incendio. ¿De qué serviría
reconstruir el edificio del Museo si las obras de arte se habían
perdido? La pérdida de nuestros decorados, pues eran nuestros, eran
propiedad espiritual de todos los wagnerianos, es una tragedia, una tragedia
irreparable que un día, cuando las innovaciones estrambóticas
pasen de moda, será sentida por todas las almas con sensibilidad
para la belleza y la espiritualidad. Mestres Cabanes no falleció
en 1990, hoy sabemos que la auténtica muerte de Mestres Cabanes
se produjo el día en que una columna de humo negro e intenso anunciaba
a todos los ciudadanos de Barcelona que desaparecía nuestro Gran
Teatro, y con él, como en la pira funeraria de Siegfried, todos
los sueños, todos los paisajes, todas las ilusiones románticas
y sugestivas que supieron crear para nosotros los grandes artistas escenógrafos
y entre ellos, como el último cronológicamente y como el
primero por la calidad de sus trabajos, los de José Mestres Cabanes.