EN EL ALTAR DE SAN WAGNER
Por Mark Twain

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Bayreuth, 2 de agosto.

Fue en Nuremberg donde chocamos con la inundación de amantes de la música que se dirigía hacia Bayreuth. Nunca habíamos visto tales multitudes de peregrinos excitados y peleones. Hizo falta su buena media hora para empaquetarlos y juntarlos hacia el tren, y este fue el tren más largo que habíamos visto en Europa. Nuremberg había sido testigo de esta clase de experiencia un par de veces al día durante dos semanas. Esto nos da un impresionante sentido de la magnitud de este peregrinaje bienal.
Porque esto es realmente un peregrinaje.

Los devotos vienen desde los más remotos lugares de la tierra para adorar a su profeta en su propia Kaaba; en su propia Meca.
Si usted vive en Nueva York o en San Francisco, o Chicago o en cualquier otro lugar de América, y usted decide, a mediados de mayo, que le gustaría asistir a la Opera de Bayreuth dos meses y medio más tarde, debe usar el telegrama inmediatamente o no encontrará butacas, y debe hacer también lo mismo para el alojamiento. Entonces, si tiene suerte, conseguirá unas butacas en la última fila y alojamiento en el extremo de la villa, también. Si usted no escribe, no conseguirá nada. Cuando pasamos nosotros por Nuremberg había una gran cantidad de personas que habían llegado en peregrinaje sin asegurarse primero los asientos y el alojamiento. No lo encontraron ni en Bayreuth. Recorrieron las calles de Bayreuth tristemente durante un tiempo, se fueron a Nuremberg y no encontraron ni camas ni habitaciones, y recorrieron sus extrañas calles toda la noche, esperando que abrieran los hoteles y vaciaran sus huéspedes en los trenes, dejando sitio a estos derrotados hermanos y hermanas en la fe. Ellos habían resistido de 30 a 40 horas de tren a través del continente europeo -con todo lo que ello implica de fatiga, preocupaciones y deterioro financiero- y todo lo que habían conseguido e iban a conseguir por ello era habilidad y exactitud en compadecerse de ellos mismos, práctica adquirida en los callejones de ambas ciudades, mientras el resto de la gente dormía en sus camas.
Estos humillados proscritos tenían el aspecto ceñudo, polvoriento y apologético de los gatos mojados, y sus ojos estaban vidriados por la somnolencia, sus cuerpos se curvaban de la cabeza a los pies, y toda la gente de buen corazón se refrenaba de preguntarles si habían estado en Bayreuth y lo habían conseguido, sabiendo que ellos mentirían.
Nosotros llegamos a Bayreuth a media tarde de un sábado lluvioso. Nosotros éramos prudentes y nos habíamos asegurado la Opera y el alojamiento con meses de adelanto.

No soy un crítico musical, y no vine aquí a escribir ensayos sobre las óperas ni a emitir juicios sobre sus méritos. Los niños de Bayreuth podrían hacerlo con más simpatía y mayor inteligencia que yo mismo. Sólo deseo traer 4 ó 5 peregrinos a las óperas, peregrinos capaces de apreciarlas y disfrutarlas. Lo que aquí escribo acerca de este acontecimiento, en mi tiempo libre, lo ofrezco al público simplemente como un vistazo, sin ningún valor didáctico.

El día después, o sea el domingo, nos dirigimos al Teatro de la Opera -que es como decir al Templo de Wagner- un poco después de la media tarde. El gran edificio permanece impasible, grandioso y solitario, en lo alto del pueblo.

Se nos advirtió que si llegábamos más tarde de las 4 se nos obligaría a pagar una multa de 2 dólares y medio extras. Nos los ahorramos, y debe señalarse aquí que esta es la única oportunidad que ofrece Europa para ahorrar dinero. Había una gran multitud en el suelo alrededor del edificio, y los ropajes femeninos lucían al Sol, con un efecto estupendo. Los vestidos eran bellos, pero sin coquetería.
El interior del edificio es simple y severo, pero no hay lugar para el color y la decoración, ya que la gente se sienta en la oscuridad. El auditorio tiene la apariencia de la clave de un arco, con el escenario en la punta estrecha. Hay un pasillo a cada lado, pero no en el centro de la sala. Cada fila de asientos se extiende en una curva completa de un lado al otro de la sala. Existen 7 puertas de entrada en cada lado del Teatro y cuatro más al final, dieciocho puertas para entrar y salir 1.650 personas. El número de la puerta en la cual se debe entrar o salir de la sala está impreso en el billete, y no se puede usar ninguna otra. Así es imposible el amontonamiento y la confusión. No más de 100 personas pueden usar cualquiera de las puertas. Esto es mejor que tener la usual e inútil ordenación de otros lugares.

Es el Teatro modelo del mundo. Se puede vaciar mientras la segunda manecilla del reloj hace su circuito. Sería enteramente seguro, aunque hubiera sido construido con cerillas.
Si su butaca está cerca del centro de la fila y usted entra tarde, debe conseguir su meta a través de una hilera de cerca de 25 señoras y caballeros. Esto no causa problemas, ya que cada uno permanece de pie hasta que no se han llenado todas las butacas, y estas se llenan en muy pocos minutos.
Entonces se sientan todos, y se tiene una sólida masa de 1.500 cabezas ofreciendo una inclinada escalera desde la parte trasera de la sala hasta el escenario.

Todas las luces se adormecieron, tan pálidas que la congregación se sentó en unas profundas y solemnes tinieblas. El fúnebre crujido de los vestidos y el tono bajo de la conversación comenzó a apagarse suavemente, y no se oyó ni el fantasma de un sonido. Este profundo y progresivo silencio impresionante duró algún tiempo, la mejor preparación concebible para música, espectáculo o conferencia. Yo creo que nuestra gente del espectáculo debiera haber inventado o importado esta simple e impresionante fórmula para asegurar y solidificar la atención de una audiencia, hace ya tiempo; en lugar de ello, continúan actualmente abriendo los espectáculos con una mortal competición de ruidos, confusión y disipado interés.

Finalmente desde la oscuridad, la distancia y el misterio, unas suaves y hermosas notas emergen sobre el silencio, y desde su tumba, el mago difunto comienza a agitar sus hechizos sobre sus discípulos y empapa sus almas con sus encantamientos. Había algo extrañamente impresionante en la idea que parecía penetramos de que el compositor era consciente desde su tumba de lo que allí pasaba, y de que aquellos divinos sonidos eran los ropajes de los sentimientos que en aquellos momentos pasaban por su cerebro, y no aquellos sonidos familiares y reconocidos que habían sido producidos en otros tiempos pasados.

La obertura completa, en toda su amplitud, fue ejecutada con la sala a oscuras y el telón bajado. Fue exquisito, fue delicioso. Pero inmediatamente después, por supuesto, vinieron los cánticos, y a mi me parece que nada podría hacer que una ópera de Wagner fuera más absolutamente perfecta y satisfactoria para un no-iniciado, que el eliminar las partes vocales. Desearía poder ver una ópera wagneriana hecha en pantomima. Entonces uno podría escuchar la adorable orquestación sin ninguna molestia, y empapar en ella su espíritu, y el fascinante bello escenario intoxicaría nuestros ojos, y los mudos actores no echarían a perder estos placeres, porque frecuentemente no hay cualquier cosa en la ópera de Wagner que pueda llamarse con un nombre más vehemente que las actuaciones; normalmente todo lo que usted puede ver será un puñado de actores silenciosos, uno de ellos permanece de pie, el otro como si cazara moscas. desde luego, esto no significa realmente que esté cazando moscas; yo solamente quiero decir que los usuales gestos operísticos que consisten en extender una mano hacia el cielo y luego la otra, podría sugerir el deporte del que hablo si el espectador presencia estrictamente estos hechos y no escucha ningún sonido.

La presente ópera era “Parsifal”. La señora Wagner no permite su representación en ningún otro lugar que no sea Bayreuth. El primero de los tres actos duró 2 horas, y yo disfruté con el, a pesar de las canciones.
Confío en saber tan bien como cualquiera que el cantar es uno de los vehículos inventados por el hombre más elocuente, principal y encantador, para la comunicación de los sentimientos; pero a mi me parece que la virtud principal de una canción es la melodía, aire, tono, ritmo, o como prefiera llamarlo, y cuando este carácter desaparece lo que nos queda es una pintura ausente de colorido. Yo no fui capaz de detectar, en las partes vocales de “Parsifal”, nada que pudiera llamarse con confianza ritmo, tono o melodía, una persona actuó durante un rato -un largo rato, también- con una voz noble, y siempre muy entonada, pero solo emitió largas notas, después algunas cortas, entonces otra larga, después un gruñido agudo, rápido, perentorio, y así una y otra vez, y después de esto uno ve que la información transmitida no compensaba tanta perturbación. No siempre, pero si frecuentemente. Si dos de ellos hubieran mezclado sus voces en un dueto, pero no, ellos no lo hicieron. El gran Maestro, que sabía tan bien como hacer que cientos de instrumentos se regocijen al unísono y fluyan sus almas en melodiosos lazos de deliciosos sonidos, nos da solamente áridos solos cuando se ocupa de las partes vocales. Tal vez fuera que él sólo añadía las canciones a sus óperas para conseguir el contraste con su música.

¡Canciones! parece un apelativo equivocado. Estrictamente descritas, principalmente con una práctica de intervalos difíciles y desagradables. Una persona ignorante, se cansa de escuchar gimnásticos intervalos a la carrera, no importa lo agradables que puedan ser. En “Parsifal” hay un ermitaño llamado Gumemanz que permanece en el escenario en el mismo sitio y práctica por una hora, mientras primero uno, y después otro de los personajes aguanta lo que puede y después se retira para morir.
Durante la noche hubo un intermedio de 3/4 de hora después del primer acto y otro de una hora larga después del segundo. En ambas ocasiones el Teatro se yació completamente. Las personas que habían reservado mesa previamente en el restaurante fueron capaces de ocupar su tiempo muy satisfactoriamente, el resto permaneció hambriento. La ópera concluyó a las 10 de la noche o un poco más tarde. Cuando llegamos a casa habíamos estado fuera más de 7 horas. Siete horas a 5 dólares el tiquet es casi demasiado por este dinero.

Mientras no paseábamos por los pasillos entre la multitud en los entreactos me encontré con una docena de amigos de diferentes partes de América, y algunos de los que eran más familiares con Wagner dijeron que “Parsifal” raramente gusta la primera vez, pero después de escucharse varias veces era casi seguro que se convertía en la pieza favorita. Parecía imposible, pero era verdad, ya que este aserto venía de gente de cuya palabra no podía dudarse.
Y yo acumulé alguna información ulterior. Encontré en el suelo parte de una revista musical alemana, y en ella una carta escrita por Uhlic 33 años atrás, en la que defiende al desdeñado Wagner de gente como yo, que encontramos a faltar lo que nosotros consideramos como cantos.

Uhlic dice que Wagner desdeñaba a “Jene plapperude musik” y por lo tanto los “gorjeos y schnorkel son descartados por él”. No sé lo que quiere decir schnorkel; pero ahora que se que aquello fue apartado de estas óperas, los hecho mucho de menos en mi vida. Uhlic dice posteriormente que las canciones de Wagner son verdaderas: esto es “simplemente un enfatizado discurso”. Eso lo describe ciertamente en “Parsifal” y algunas otras óperas, y si yo comprendo el elaborado alemán de Uhlic el se disculpa por los preciosos aires en “Tannhäuser”. Muy bien, ahora que Wagner y yo nos comprendemos el uno al otro, quizás nos llevemos mejor, y dejaré de llamarle Waggner, al estilo americano, llamándole por lo tanto Wagner al estilo alemán, por lo que ahora me siento enteramente amigable. En el momento de reconciliarse con una persona, como deseamos apartar pequeñas agujas punzantes y pronunciar su nombre correctamente!

Desde luego, llegué a casa admirándome de porqué la gente venía de todos los rincones de América para escuchar estas óperas, cuando últimamente las habíamos tenido durante una temporada o dos en Nueva York, con estos mismos cantantes la mayoría de las veces, y posiblemente la misma orquesta.

Martes.- Ayer tocaron la única ópera favorita que siempre he tenido -una ópera que me vuelve loco con una ignorante delicia, siempre que la he escuchado- “Tannhäuser”.
La escuché por primera vez cuando era joven, la escuché por última vez en la última temporada alemana en Nueva York.
Estuve ocupado ayer y no tenía intención de acudir, sabiendo que tendría otra “Tannhäuser” oportunidad en pocos días; pero después de las cinco en punto, me encontré libre y me dirigí al teatro de la ópera y llegué alrededor del comienzo del acto segundo. Mi billete me introdujo en los umbrales, pasé los policías y la cadena, y pensé que me tomaría un descanso en un banco durante una o dos horas y esperé por el acto tercero.

En unos momentos sonaron los clarines, y la multitud comenzó a moverse y mezclarse hacia el Teatro. Les explicaré que esta llamada de clarín es uno de los bonitos detalles aquí. Usted puede ver que el Teatro está vacío, y unos cientos de personas de la audiencia están en el restaurante, el primer toque de clarín se hace cerca de un cuarto de hora antes de que se levante el telón. Esta compañía de clarines, en uniforme, marchan al pase militar y envían sobre el terreno unas pocas notas del tema del próximo acto, penetrando la distancia con las graciosas notas; después marchan hacia la otra entrada y lo repiten. En este momento lo hacen de nuevo. Ayer solo cerca de doscientas personas permanecían enfrente de la sala cuando se tocó la segunda llamada, en otro medio minuto, estarían en la sala, pero entonces ocurrió una cosa que los retrasó -la única sola cosa en este mundo que podía conseguirlo, supongo- una princesa imperial apareció en el anfiteatro sobre ellos. Permanecieron parados y comenzaron a mirar fijamente con un estupor de gratitud y satisfacción. La señora vio en ese momento que debía desaparecer, o las puertas se cerrarían sobre los adoradores, por lo que retornó a su sitio.

La sobrina de un emperador era bella, tenía un amable rostro, no era orgullosa, se la conocía como poseedora de una común simpatía humana. Existen mucha clase de princesas, pero esta clase es la más dañina de todas, porque a donde vayan reconcilian el pueblo con la monarquía y atrasan el reloj del progreso. Los príncipes deseables y valiosos, son los zares y su clase. A través de su meramente muda presencia en este mundo, ellos tapan con escarnio cualquier argumento que pueda inventarse en favor de la realeza por los más ingeniosos casuistas. En su momento, el marido de la princesa era valioso. Llevó una vida degradada, el mismo acabó con ella por su propia mano en circunstancias extrañas y fue enterrado como un dios.

En el Teatro de la Opera existe una sala larga detrás de la audiencia, una especie de galería abierta, en la que se alinean los príncipes, es sagrada para ellos, es la gloria de las glorias. Tan pronto como se llena el Teatro, la multitud de pie, se vuelve y fija sus ojos sobre el principesco marco y contemplan largamente, adorablemente y lastimosamente como los pecadores contemplan el paraíso. Permanecen encantados, inconscientes, embebidos en adoración. No hay en ningún sitio un espectáculo más patético que este. Vale la pena cruzar muchos océanos para verlo. No es ni mucho menos la misma mirada que la gente hecha sobre Víctor Hugo, o el Niágara, o los huesos de un mastodonte, o la guillotina de la Revolución, o la gran pirámide, o el distante Vesubio humeante en el cielo, o cualquier hombre largamente considerado por uno por su genio y sus logros, o cualquier cosa famosa por la gloria de los libros y del arte, no, esta mirada es solo la mirada de una intensa curiosidad, interés, admiración, como si bebieran una deliciosa bebida en largos tragos que saben bien y sosiegan y satisfacen la sed de toda una existencia. Satisfacción, esta es la palabra. Hugo y el mastodonte podrían tener todavía un intenso interés cuando se les encuentra. El interés de un príncipe es diferente. Podría ser envidia, podría ser adoración, sin duda es la mezcla de ambos, y no se satisfacen su sed con una mirada, ni siquiera la disminuyen sensiblemente. Quizás la esencia del asunto es el valor que los hombres dan a una cosa valiosa que ha llegado por la suerte, y que no ha sido ganada. Un dólar encontrado en la calle te da más satisfacción que los noventa y nueve que has de ganar trabajando. Un príncipe encuentra la grandeza, el poder, la fiesta permanente y el apoyo, por puro accidente, el accidente de nacer, y permanece siempre ante el atormentado ojo de la pobreza y la oscuridad, como una representación monumental de la suerte. Y entonces -el más supremo valor de todo- suya es la única gran fortuna en la tierra que es segura. El millonario comerciante puede convertirse en un mendigo, el ilustrado político puede tener un error vital y ser expulsado y olvidado, el general ilustre puede perder una batalla decisiva y con ella la consideración de los hombres; pero un príncipe es siempre un príncipe, es decir una imitación de Dios, y ni la mala fortuna, ni un carácter vergonzoso, ni un cerebro hueco, ni la charla de un asno, puede arrebatárselo. Por consenso común de todas las naciones y en todas las épocas la cosa más valiosa del mundo es el homenaje de los hombres, ya sea merecido o inmerecido. Por lo tanto, sin duda, la más deseable posición es la de ser príncipe. Y creo que también las llamadas usurpaciones que ensucian la historia son los más excusables delitos que han cometido los hombres. Usurpar una usurpación, esto es en suma, ¿o no lo es?

Un príncipe no es para nosotros lo mismo que para un europeo, desde luego. No se nos ha enseñado a considerarlo como a un Dios, por lo tanto un buen vistazo sobre él se parece más a algo que calma nuestra curiosidad pero que no será objeto de mayor interés la próxima vez. Pero no es lo mismo para los europeos. Estoy muy seguro de ello. Hace 18 años yo estaba en Londres y llamé a la casa de un inglés una tarde de diciembre fría, nublada y triste, para visitar a su mujer e hija casada, media hora más tarde de la hora concertada aparecieron ellos, helados. Me explicaron que se habían retrasado por una circunstancia imprevista; mientras pasaban por el vecindario de Marlborough House vieron una multitud que se congregaba y fueron informados que estaba a punto de llegar el Príncipe de Gales, por lo que se quedaron para echarle un vistazo, estuvieron esperando media hora en la acera, helándose junto al resto de la gente, pero al final se desilusionaron ya que el Príncipe cambió de opinión. Yo les dije, bastante sorprendido “iEs posible que ustedes dos hayan vivido todo el tiempo en Londres y nunca hayan visto al Príncipe de Gales?” Aparentemente fueron ellos los sorprendidos ya que exclamaron: “¡Vaya idea! ¡lo hemos visto cientos de veces!”
Lo habían visto cientos de veces, pero habían esperado media hora en la niebla y con frío, en el medio de una mezcla de pacientes de su mismo asilo, esperando a verlo de nuevo.

Fue un aserto asombroso, pero uno está obligado a creer en los ingleses, aunque digan cosas como estas. Yo titubee un instante y les espeté: “No puedo comprender nada. Si yo no hubiera visto nunca al General Grant, dudo que hubiera hecho lo mismo para conseguir echarle un vistazo”. Con un ligero énfasis en mis palabras.
Sus pálidas caras mostraron que se extrañaban de ese paralelismo por lo que dijeron, friamente “Desde luego que no. Él es sólo un Presidente”.

Es un hecho indudable que el Príncipe tiene un interés permanente, un interés que no está sujeto al deterioro. El General que nunca fue derrotado, el General que nunca llevó a cabo un consejo de guerra, el único General que comandó un frente de batalla desde 1200 millas lejos, el herrero que forjó las piezas rotas de una gran república y la restableció de forma que sobrevivirá a todas las monarquías presentes y venideras, no era una persona que mereciera la atención de aquella gente. Para ellos, mi General sólo era un hombre, después de todo, mientras que el Príncipe era claramente mucho más que eso, un ser de una construcción y constitución completamente diferente, un ser que no tenía un parentesco con los hombres como las luces eternas del firmamento no lo tienen con las pobres y grasientas velas de los escaparates. Que babean y mueren y no dejan nada sino un puñado de cenizas y olor.
Vi el último acto de “Tannhäuser”. Me senté en la oscuridad y el profundo silencio, esperando -un minuto- dos minutos, no sé exactamente cuanto tiempo- entonces, la suave música de una oculta orquesta comenzó a exhalar sus exquisitos suspiros desde debajo de la escena distante, y... paso a paso, el cortinaje se abrió por la mitad y fue guiado suavemente hacia los lados, descubriendo el bosque sombrío y un altar en el camino, con una joven orando, vestida de blanco, y un hombre de pie, cerca de ella. En ese momento se oía aproximarse un noble coro de voces masculinas, y desde ese momento hasta que se cerró el telón hubo música, solo música, música que puede emborracharte de placer, música que le hace a uno coger el zurrón y el cayado y dar la vuelta al mundo para poder escucharla.

A todos aquellos que piensan venir aquí en la temporada de Wagner del próximo año, deseo decirles que se traigan consigo su propia comida. Si así lo hacen, nunca cesarán de agradecérmelo. Si no lo hacen, encontrarán una dura lucha para salvarse a si mismos de no morir de hambre en Bayreuth. Bayreuth es simplemente un pueblo grande, y no tiene grandes hoteles o restaurantes. Los albergues principales son el Golden Anchor y el Sol. En cualquiera de estos lugares usted puede conseguir una comida excelente, no, quiero decir que usted puede ir allí y ver como otra gente la consigue. No tiene culpa de ello. El pueblo está lleno de restaurantes, pero son pequeños y malos, y están colapsados de clientela. Se debe reservar una mesa con dos horas de antelación, y frecuentemente, cuando llegue encontrará a alguien ocupándola. Ya tuvimos esa experiencia. Nosotros habíamos tenido una diaria disputa por la vida; y cuando digo nosotros, incluyo a multitudes de gente. Tengo la impresión de que la única gente que no tiene que pelear son los veteranos, los discípulos que han estado aquí antes y conocen los hilos. Creo que llegan alrededor de una semana antes de la primera ópera y ocupan todas las mesas para la temporada. Mi tribu ha probado todo tipo de lugares -algunos fuera del pueblo, una milla o dos- y solo ha capturado bocados sobrantes y finales, nunca en cualquier instancia una comida completa y convincente. ¿Digerible? No, al contrario. Estos sobrantes van a servir como recuerdos de Bayreuth, y en este aspecto no debe subestimarse su valía. Las fotos se marchitan, los recuerdos se pierden, los bustos de Wagner se rompen, pero una vez que se absorbe una comida de un restaurante de Bayreuth, esta es su posesión y su propiedad hasta que llega el momento de embalsamar sus restos. Algunos de esos peregrinos aquí se convierten, en efecto, en retretes; retretes de recuerdos de Bayreuth. Se cree entre los científicos que se podría examinar el buche de un peregrino de Bayreuth muerto, en cualquier lugar del mundo y saber de donde vienen. Pero me gusta este lastre.

Jueves. - Guardaron dos conjuntos de cantantes en stock para los principales papeles, y uno de ellos se compone de los más renombrados artistas en el mundo. Supongo que es necesario que haya un doble conjunto; sin duda un solo conjunto podría morir de extenuación, en una semana, ya que todas las funciones duran desde las 4 de la tarde hasta las 10 de la noche. Casi todo el trabajo recae sobre media docena de cantantes principales, y aparentemente se les requiere para que proporcionen todo el estruendo que puedan por el dinero. Si ellos sienten un suave, susurrante y misterioso sentimiento se les pide que se abran y se lo comuniquen al público. Las óperas sólo se dan los lunes, martes, miércoles y jueves, con tres días de ostensible descanso por semana, y dos conjuntos para hacer las 4 óperas, pero el ostensible descanso se dedica en gran parte a los ensayos. Se dice que los días libres se dedican a ensayos desde la mañana hasta las 10 de la noche. ¿Hay también dos orquestas? Así parece, ya que hay 110 nombres en la lista de la orquesta.

Ayer la ópera fue “Tristán e Isolda”. Había visto toda clase de audiencias en los teatros, óperas, conciertos, lecturas, sermones, funerales... pero ninguna de ellas se parece a la audiencia wagneriana de Bayreuth en cuanto a la atención fija y reverencial. La misma absoluta y petrificada atención desde el comienzo de un acto hasta el final del mismo. No se detecta un movimiento en la sólida masa de cabezas y hombros. Parece que uno esté sentado con un muerto en la oscuridad de una tumba. Usted sabe que están excitados en lo más profundo, hay momentos en que quieren levantarse y agitar los pañuelos y gritar de aprobación, y hay veces en las que las lágrimas corren por sus caras, y sería una liberación de sus profundas emociones el poder gritar y sollozar, pero no se escucha una sola expresión hasta que el telón se cierra y los últimos sonidos han palidecido lentamente y finalizan, entonces los muertos se levantan en un solo impulso y agitan el edificio entero con sus aplausos. Todos los asientos están llenos en el primer acto, y no hay una sola vacante en el último. Si un hombre quisiera hacerse notar, dejarle venir aquí y que se retire de la sala en medio de un acto. Esto le haría de lo más famoso.
Esta audiencia no me recuerda nada que yo haya visto antes, ni nada que haya leído, a excepción de aquella ciudad del cuento árabe en la que todos los habitantes se habían convertido en bronce, y los viajeros los encontraban después de los siglos, mudos, inmóviles, y reteniendo todavía aquellos gestos que tuvieron en vida. Aquí, la audiencia de Wagner se viste a su manera, se sientan en la oscuridad y lo veneran en silencio.

En el Metropolitan de Nueva York se sientan ferozmente, y visten con sus más vistosas galas, murmuran, gritan, se ríen, y charlan todo el tiempo. En algunos de los palcos, las conversaciones y las risas son tan fuertes que dividen la atención de la audiencia, entre ellos y el escenario.
En gran medida, el Metropolitan es un escaparate para los usos de moda que no están educados en la música wagneriana y no sienten ninguna reverencia hacia ésta, pero les gusta conmocionar el arte y enseñar sus vestidos.
¿Podría ser esta una atmósfera agradable para las personas a las que la música les produce una especie de éxtasis divino, para los que su creador es una deidad, su escenario es un templo, el trabajo de su cerebro y sus manos, cosas consagradas y su participación en ello, con sus ojos y oídos, una sagrada solemnidad? Manifiestamente, no. Entonces, quizás así se explica su expatriación temporal, la tediosa travesía de mares y continentes y la peregrinación a Bayreuth, estos devotos pueden así adorarlo en una atmósfera de devoción. Sólo aquí pueden encontrarla, sin abigarramientos ni manchas de cualquier otra polución. En este remoto pueblo no hay nada que ver, no hay periódicos que nos introduzcan en las preocupaciones del mundo distante, no ocurre nada, siempre es domingo.
El peregrino camina hacia su templo, fuera del pueblo, y vuelve a su cama por la noche con su corazón, su alma, y su cuerpo, exhaustos tras largas horas de tremenda emoción, y no está en condiciones de hacer otra cosa que no sea tumbarse torpemente y reunir fuerzas para la próxima sesión.

Esta ópera de “Tristán e Isolda” de la noche última rompió los corazones de todos los testigos en la fe, y conozco algunos que han oído de muchos que no pudieron dormir, sino llorar a lo largo de toda la noche. Yo me siento fuera de lugar aquí. Algunas veces me siento como el único sensato en una comunidad de locos, otras como el único hombre ciego allí donde todos pueden ver, el único salvaje en un colegio de aplicados, y siempre, durante la representación, como un hereje en el paraíso.
Pero de ningún modo debo pasar por alto ni minimizar el hecho de que esta ha sido una de las más extraordinarias experiencias de mi vida. Nunca había visto antes algo parecido a esto. Nunca había visto algo tan grande, maravilloso, y tan real como esta clase de devoción.

Viernes.- La ópera de ayer fue “Parsifal” de nuevo. Los otros fueron y mostraron un avance en la apreciación, pero yo fui en busca de reliquias y recuerdos de la Magnánima Wilhelmina, la de las indestructibles “Memorias”. Yo le estoy muy agradecido a ella por su (inconsciente) sátira sobre la monarquía y la nobleza, y por lo tanto nada que haya tocado su mano y visto sus ojos es indiferente para mí. Yo soy su peregrino, el resto de la multitud son de Wagner.

Martes.- Ya he visto mis dos últimas óperas, mi temporada ha acabado, y esta tarde partiremos a través de Bohemia. Yo suponía que mi regeneración musical se había perfeccionado y completado, porque ambas dos óperas me habían gustado, incluidas las canciones, y más aún, una de ellas era “Parsifal”, pero los expertos me desencantaron, me dijeron: “iCantar! eso no fue cantar, esos fueron gemidos, alaridos del submundo, una manipulación en interés de la economia”.
Bien, yo debía haber reconocido la señal, la vieja y segura señal que nunca me ha fallado en el terreno del Arte. Siempre que disfruto en materia de un arte significa que éste es bastante pobre. El privado conocimiento de este hecho me ha salvado de demostrar mi entusiasmo enfrente de los demás. Sin embargo, mi básico instinto me da algún provecho a veces. Yo fui el único entre 3.200 que le devolvieron el dinero de esas dos óperas.

1.891

(Traducción de Joaquín Carrero)