Tradición:
profundo respeto a la memoria del pasado; renovación:adaptarse
a los gustos de los nuevos tiempos. Estas son las divergencias que se plantean
en las nuevas producciones artísticas. En Bayreuth es donde ésto
se da con mayor frecuencia. Los Festivales deben dedicarse básicamente
a cumplir la voluntad del Maestro con la máxima fidelidad posible.
Pero esta dependencia no debe realizarse con un inmovilismo dogmático
y mucho menos con unos cambios arbitrarios y deformantes.
La voluntad del Maestro es
en esencia natural y diáfana. Toda su obra nace de una exigencia
interior, que no tiene sólo una finalidad estética o intectual
y así su interpretación debe mantener un estilo básico
alejado de cualquier influencia externa. Tanto en lo musical como en lo
escénico toda la representación, hasta en sus más
pequeños detalles, debe estar condicionada por el drama que se relata,
permaneciendo siempre a su servicio y facilitando su comprensión.
Ni el más leve matiz musical, ni el más leve gesto escénico
deben rebasar el espacio que se les ha destinado.
Las puestas en escena de Richard Wagner, estrechamente unidas al poema y a la música, deben hacerse de manera que la ficción se convierta en realidad. Cuando el Maestro pide un paraje rocoso, un bosque, unos abetos, una tormenta, han de aparecer en escena lo más cercanos a la realidad y nunca como un mero simbolismo. Si un interludio une dos escenas debe lograrse que lo que el oído capta a través de la música se pueda ver en escena, sea por un efecto luminoso o por un gradual cambio en el decorado. Cuando el entorno sea real los personajes del drama obtendrán una auténtica humanidad y por su expresión y sus movimientos nos comunicarán su estado anímico, exacto reflejo del de la música. Puede ser que algunos intentos de sobreactuación contradigan la imagen de autenticidad que requiere el drama wagneriano. Sobre esta materia el propio Maestro ha dejado clara su voluntad, poniéndola en práctica en Bayreuth.
Pero sería ilógico
querer mantener estas obras, tanto en lo musical como en lo poético,
dentro de unas fórmulas estrictamente inamovibles. Es importante
reconocer que es un error creer que la esencia de la creación se
basa en unas “leyes exactas”; cuando un compositor va creando paulatinamente
su obra no fija en ella una fórmula perenne como sucede con una
grabación discográfica, ya que entonces haría difícil
la espontaneidad de la interpretación.
No existe la menor duda que
hoy escuchamos a Bach y a Beethoven de manera diferente a como los escucharon
en su época, ya que nosotros también somos diferentes; hasta
nuestros ojos han cambiado su enfoque estético. Sería equivocado
utilizar en una producción escénica la inalterabilidad de
un cuadro de Giotto o de Durero. Estos expresan una emoción anclada
en su tiempo, en cambio la escenografía, puesta al servicio del
drama, debe tener vida propia, aunque ligada siempre íntimamente
al relato que se nos ofrece. Contando con que el actor, el director y el
regidor han cambiado con el tiempo, así la puesta en escena de la
obra artística también debe ser diferente.
Pero a este cambio -y esto
es básico-nunca debe dársele una importancia excesiva. Siempre
deberá evitarse que este cambio -que hasta cierto punto es imprescindible-
sea contrario al espíritu de la obra que mantiene su validez indefinidamente.
Porque no podemos pretender que nosotros, por ser hombres de otra época,
intentemos cambiar la obra de arte, sino que es ésta la que con
su intemporal e inmortal valor nos debe indicar como y donde podemos renovarla
sin dañar su auténtica imagen.
Visto de esta manera no tiene
por qué existir un antagonismo entre tradición y renovación.
Ambas se encuentran reunidas en la fuerza creadora del Maestro. Esta es
la obra de arte permanentemente actual, vigente y vigorosa. La tradición
auténtica da fuerza a este vigor con sus inmutables trazos; la auténtica
renovación con sus constantes cambios hace posible nuevos hallazgos
creadores. Las dos deben ser capaces de armonizar la pureza, la claridad
y la fidelidad características imprescindibles en el arte auténtico.
O sea que tradición y renovación reciben, a través
de la obra que completan, una absoluta vigencia. Sólo así
puede unirse el glorioso espíritu del pasado con la creatividad
audaz del presente para alcanzar con su colaboración una efectiva
realización del futuro.
Notas:
(1) Artículo
aparecido en el programa de los Festivales de Bayreuth de 1934.
Traducido del alemán
por Rosa María Safont.