El pasado 10 de septiembre se
cumplieron los cien años del asesinato de la Emperatriz Elisabeth
de Austria (1837-1898), Sisi para todos cuantos la amaron, a manos de Luigi
Lucheni, un pobre trabajador anarquista cuya meta en este mundo era asesinar
a un personaje históricamente importante. Tenía la mirada
puesta en Henri de Orleans, pretendiente al trono de Francia pero el destino
quiso que éste desviara su camino y, por contra, puso en él
a Elisabeth, figura de muy superior categoría, convirtiendo en realidad
su descabellada fantasía.
¿Sisi en una publicación
wagneriana? ¿Qué relación puede tener Sisi con la
obra de Ricardo Wagner? Para quien firma este artículo la tiene
y doble. Por un lado su relación, indudablemente no demasiado considerable,
pero existente al fin y al cabo con la obra del Maestro y con las personas
que le rodearon y que iremos explicando a lo largo de las próximas
páginas y por otro su impresionante personalidad que, a juicio indudablemente
particular, la convierte en una factible heroína wagneriana, con
posibilidades de haberse convertido en protagonista de un hipotético
drama del Maestro de Bayreuth.
Empezaré por el retrato
personal de la Emperatriz como imaginaria heroína wagneriana y pasaré
después a hechos concretos que la han dejado eternamente relacionada
con Ricardo Wagner.
Sisi, la hija predilecta del duque Max, su “niña de Navidad”, como cariñosamente la llamaba por haber nacido la víspera de este gran día fue, en los primeros años de su vida, una joven tímida, extremadamente amante de la naturaleza y de los animales, a quien encantaba soñar, vivir en libertad y soledad, dedicando mucho tiempo a la lectura. Indudablemente, la ilusión de su vida no era convertirse en Emperatriz de Austria ni muchísimo menos. Hubiera preferido un género de vida que le permitiera dedicarle el mayor tiempo posible a su familia, a su amor por los animales, a la práctica de la equitación y otros deportes que le devolvían el optimsimo por la vida, a las excursiones por sus queridos Alpes bávaros, a la lectura, a escribir sus propias ideas y traducir las de los demás que consideraba importantes, a la meditación, a las conversaciones trascendentales... Pero de nuevo se interpuso aquí el destino e hizo que el Emperador Francisco José y Sisi se encontrasen y se enamorasen desde el primer momento. Convertida en Emperatriz de Austria, Sisi hizo lo posible por cumplir los deberes que el rango requería y por mediación suya se consiguieron bastantes objetivos que servirían para enorgullecer a muchas mujeres de la historia, como por ejemplo, su sentimiento de admiración y afecto por Hungría fue causa de peso para la transformación del imperio centralista de Austria en el doble Imperio Austro-Húngaro por citar tal vez la más importante. El 8 de junio de 1867, con 29 años, a los acordes de la Misa de la Coronación de Franz Liszt, Elisabeth convertía en realidad uno de sus sueños imposibles, convirtiéndose Francisco José y ella en reyes de Hungría en la Iglesia de San Matías de Budapest. También en los primeros años de su matrimonio, el papel conciliatorio y moderador que la Emperatriz ejerció en la política del Imperio no fue sencillo en absoluto y más si tenemos en cuenta su extremada juventud. Pese a ello, por aquella época consiguió que la tensión disminuyera en puntos tan conflictivos como por ejemplo Italia. Intento con este artículo demostrar que Elisabeth, Sisi, no era una persona intrascendente y llana, preocupada tan sólo por su aspecto exterior y por sus caprichos, sino que poseía un espíritu y una vida interior capaz de grandes empresas.
Entre las virtudes que se le pueden atribuir ya con total seguridad, una de ellas es la de fidelidad a su esposo. Mucho se ha especulado sobre el tema debido a las largas temporadas que permaneció alejada de la Corte Imperial, a su extrema belleza y espontaneidad y a la enorme cantidad de personas con las que debía relacionarse. En su momento se rumorearon aventuras con diferentes hombres que evidentemente jugaron papeles importantes en su vida, como por ejemplo con el Conde Andrássy de Hungría, de quien Sisi tenía un elevado concepto y cuya relación definía como “la amistad de dos almas”. Por su parte, el Conde, cuando su enfermedad no dejó ya lugar a la esperanza escribió: “En ella se unen todos los dones desde la sensibilidad hasta una inteligencia que honraría a cualquier gran hombre. Me atrevo a afirmar que no existe otra mujer igual en el mundo. Pero hay algo que me apena y es que tan pocas personas la conozcan de verdad... Mi único consuelo es haber sido uno de los raros elegidos que pudieron conocer y admirar a esa mujer desconocida para millones de súbditos”. Lo cierto es que á la hora de la verdad, todos los autores han coincidido en reconocer que Sisi fue siempre fiel al Emperador.
El valor fue otra de las cualidades de que hizo gala y como muestra de que ello era harto conocido, diremos que tras encontrarse el cuerpo sin vida de su hijo Rodolfo fue a ella a la primera persona que se le comunicó la triste noticia y fue ella quien dio cuenta de la misma a su esposo. Nunca perdió el control de sí misma, ni siquiera en situaciones tan dramáticas como la presente. En el mismo instante de su asesinato, después de haber recibido el golpe mortal, se levantó y subió al barco como si nada hubiera ocurrido, cayendo muerta sobre cubierta a los pocos segundos.
El amor a la naturaleza fue
otra de sus grandes pasiones y en una carta a una amiga le dice: “No me
quedó otro remedio que vivir como una ermitaña. En el gran
mundo me persiguieron y me juzgaron mal, me hirieron y me calumniaron tanto...
Y sin embargo, Dios, que ve en mi alma, sabe que jamás le hice daño
a nadie. Por esa razón me decidí a buscar una compañía
que no perturbara mi tranquilidad y que, a la vez, me resultara grata.
Me replegué hacia mi interior y me agarré a la Naturaleza.
El bosque nunca traiciona. Es cierto que es difícil vivir en soledad,
pero acabas por acostumbrarte y a mí ahora me gusta. La Naturaleza
es mucho más agradecida que los seres humanos”. Y en otra ocasión,
durante una de sus frecuentes estancias en Bad Ischl, cerca de los Alpes:
“En la cima de la más alta y solitaria montaña, donde otros
se sentirían perdidos, yo respiro con más libertad. Y también
hay otra cosa, el placer de trepar. Lo debo haber sacado de las cabras,
cuya leche me gusta tanto”. Lo cierto es que sus damas de compañía
temían sus excursiones y salidas, a veces muy largas, caminando
de prisa y sin importarle que lloviera de forma abundante. Por ejemplo,
alguna vez había decidido ir caminando desde Possenhofen a Munich
(unos 30 kilómetros) y si en el camino empezaba a llover, Sisi no
cambiaba en lo más mínimo su actitud. En la montaña,
esta mujer se encontraba a sus anchas, muchísimo más, sin
lugar a dudas, que en la esclavizante corte vienesa.
También es conocida
su pasión por los caballos y su maestría como amazona. Durante
muchos años fue aficionada a las cacerías pero con el tiempo
se convenció de que estas constituían una cruel actividad
contra criaturas indefensas y acabó abandonando esta práctica
de forma total.
La pasión de Sisi por la lectura está fuera ya de toda duda. Le entusiasmaba la poesía y declaraba que Heinrich Heine era su maestro. Poseía nociones muy completas de latín, dominaba el francés y el inglés y con el tiempo aprendió el griego moderno y el húngaro de tal forma que podía hablar en ambos idiomas con total fluidez. Profundizó en autores de la talla de Shakespeare o Schopenhauer, llegando a traducir algunos de sus textos al alemán y al griego. También disfrutaba escribiendo prosa y verso en su propio diario (de hecho empezó a escribir su diario con 13 años) y fuera de él. Se ha calculado que a la hora de su muerte llevaba escritos más de un centenar de poemas, algunos de los cuales son perfectamente aptos para ser musicados y convertidos en Lieder. Según nuestras noticias estos poemas se encuentran compilados en dos libros: “Canciones del mar del Norte” y “Canciones de invierno’, quedando sueltos, sin título, un grupo de 49 poemas. Después de haber casado a su hija menor, la favorita, en la única en quien pudo verter realmente todo su amor maternal, Sisi se atrevió por fin a escribir: “Quiero recorrer el mundo entero y a mi lado el Judío Errante va a parecer un hombre casero. Quiero surcar los mares y convertirme en un “holandés errante” femenino hasta que me hunda y desaparezca...”
Tenemos constancia de que la
atmósfera que se respiraba en el hogar de Sisi no era vacía
e intrascendente. Sofía, una de sus hermanas, diez años menor
que ella y prometida durante un tiempo de Luis II, era una gran admiradora
de Ricardo Wagner y, dotada de una gran musicalidad y hermosa voz, era
capaz de interpretar algunas de sus partituras al piano así como
de cantar sus melodías. Luis II la llamaba “Elsa” durante el corto
tiempo de su noviazgo, quizás porque este papel lo podía
cantar entero.
Otro dato de extremado interés:
En 1996 una editorial alemana publicó el epistolario entre Cósima
Wagner y Luis II de Baviera. En el capítulo introductorio titulado
“Ludwig-Richard-Cosima”, los recopiladores de estas cartas, Martha y Horst
Heinrich Shad, informan que el futuro rey de Baviera se enteró por
casualidad de la existencia de los ensayos sobre “La obra de arte del futuro”
y “Música del porvenir” con 12 años en casa de su tío
abuelo el Duque Max de Baviera, padre de su futura novia, la Duquesa Sofia
y de la Emperatriz Sisi. Asimismo, hacen constar en esta introducción
que la Reina María, madre de Luis II, sin ser ni muchísimo
menos wagneriana, asistió a representaciones de óperas de
Wagner junto con la Emperatriz Elisabeth.
La relación entre Sisi
y Luis II fue muy especia]. ¿Amaba Luis II a Sisi o era simplemente
amistad lo que les unía? ¿Puede existir amistad auténtica
y sincera entre un hombre y una mujer sin que el amor pasional se interponga?
Creo que la historia lo ha probado suficientemente. En cualquier caso Luis
II y Sisi (tía y sobrino aunque no directos, pues tenían
un bisabuelo común, el Rey Maximiliano I, José de Baviera
que se casó dos veces) se conocían desde niños y mentalmente
coincidían de forma asombrosa. Luis II se había sentido desde
siempre atraído por ella. Eran dos corazones que latían al
unísono, dos mentes románticas que se profesaban mutuo afecto,
dos personalidades profundamente espirituales que compartían una
parte importante de gustos e inquietudes, que veían las cosas de
la misma manera. Ambos eran seres solitarios, melancólicos, amantes
de la naturaleza y de la vida al aire libre, artistas y sensibles a la
belleza. Incluso esto ya les venía de familia. Un ejemplo, tanto
la madre de Luis II, María de Prusia, como el padre de Sisi, el
duque Max se hicieron extremadamente populares en Baviera por sus excursiones
por la montañas vestidos con el típico traje tirolés
y por las largas y amables parrafadas que intercambiaban con aquellos con
quienes se encontraban por el camino.
Y también un inciso
para contar una divertida anécdota: al duque Max le gustaba tocar
la cítara en las tradicionales “Gasthaus” (restaurantes) campesinos.
Pues bien, en cierta ocasión, en Unterwittelsbach y siendo Sisi
niña, se le ocurrió ponerse a bailar encima de una mesa.
El caso es que alguien consideró que se había ganado un dinerillo
y Sisi se lo guardó. Años más tarde, la infeliz criatura
lo enseñó en la corte vienesa explicando que era el primer
dinero que se había ganado. Así reza la anécdota.
Imaginamos la reacción en la corte.
En todo caso, no hay duda de que Luis II ly Sisi heredaron los gustos de sus padres y queda constancia escrita de ello. La atracción que cada uno sentía por el otro se pone de evidencia en las visitas que se hacían mutuamente en Possenhofen (Possi como denominaban a este lugar todos los que lo amaban) y Berg. Aquí se encontraban ambos como en un oasis de paz y podían disfrutar a sus anchas de las excursiones que realizaban en barco por el lago Starnberg o de los largos paseos que realizaban juntos por la Isla de las Rosas. Sus figuras eran inconfundibles desde lejos: El enorme, ella ligera y grácil. Para Luis II, Sisi parecía ser la mujer ideal, ambos eran personas de pocas palabras que preferían dejar volar sus pensamientos y su imaginación. Entre sus gustos similares, uno destaca con especial relevancia y es el extremado amor que ambos habían acabado sintiendo por la soledad. Por eso llegaron a entenderse tan bien. Así, en su intercambio epistolar y poético, Luis II era para Sisi el Águila, buscando incansablemente la cima de la montaña donde nadie osara molestarle, mientras que Sisi era para él la Gaviota (“Soy una gaviota de ningún país, mi patria no está en ninguna playa”), volando libremente por el cielo y sobre la espuma del mar. Ambos pájaros buscan la libertad pero entre ellos no se encuentran nunca. Ambos eran soñadores, soñadores de quimeras que ninguno de ellos podía alcanzar. Otra coincidencia que les une: la tragedia de su destino que le convierte a él con 18 años en Rey de Baviera y a ella con 16 en Emperatriz de Austria cuando ambos habrían preferido pasar desapercibidos por la vida.
También en la violencia que rodea su muerte encontramos similitudes y la carta de Cósima Wagner que reproducimos más adelante confirma nuestra teoría. Se ha especulado incluso, y cada vez se va especulando más, sobre la posibilidad de que Sisi jugase un papel importante el intento de fuga de Luis II del Castillo de Berg en el que se encontraba encerrado. En cualquier caso, sabemos por Valeria, hija menor de la Emperatriz, que cuando esta se enteró de la muerte del Rey, la impresión sufrida fue terrible y que su recuerdo la acompañó durante los años siguientes, sumiéndola en profunda melancolía y tristeza. En los meses que siguieron a la muerte del Rey, Elisabeth le escribió varias elegías y en su último viaje de Berg a Munich, donde fue enterrado, Luis II llevaba sobre su pecho un ramillete de su flor preferida: el jazmín, que Sisi había recogido expresamente para esta última ocasión. Luis II era un nadador excelente y Sisi estaba convencida de que se encontraba en su sano juicio, como lo demuestran las palabras que pronunció a su muerte: “El Rey no era ningún loco sino un personaje muy original en su concepción del mundo. Se le habría tenido que tratar con mayor consideración y de este modo tal vez se hubiera impedido una desgracia tan horrible”. En más de una ocasión se dedicó a elucubrar sobre los posibles culpables de tan terrible desgracia. Por su parte, de la muerte de la propia Sisi, escribe su hija Valeria en su diario: “Ha sucedido como ella siempre había querido, con rapidez, sin dolor, sin discusiones médicas, sin largos y terribles días de sufrimiento para los suyos”. Mirándolo objetivamente podríamos decir que murió con enorme clase pese a haber sido asesinada con un destornillador. Todo en ella solía ser asi.
Sabemos que en el hogar natal
de Sisi, la música de Ricardo Wagner no sólo era conocida
sino también apreciada por la familia. Así no nos debe extrañar
que, en determinadas ocasiones, los nombres de Wagner y Sisi queden unidos
para la posteridad.
Tal fue, por ejemplo el caso
del 19 de noviembre dc 1859, en que para festejar el santo de la Emperatriz
se presentó por primera vez ‘Tannhäuser” en la Hofoper de Viena.
Quien sabe si en ello no tendría que ver la voluntad de Sisi de
ayudar al compositor a dar a conocer su obra en la musical Viena, al mismo
tiempo que le proporcionaba una ayuda económica de la que siempre
andaba tan necesitado.
No tenemos constancia de un
encuentro directo entre Sisi y Richard Wagner pero cuando el compositor,
a finales de 1862, organizó por primera vez una serie de conciertos
en el Theater an der Wien, el más grande de Viena después
de la Opera, con capacidad para 2.000 personas, Sisí asistió
a dos de los tres programas dirigidos por el propio Maestro. Wagner explica
en “Mi Vida” que su intención era ofrecer en esta ciudad fragmentos
de sus obras recientes, desconocidas allí. Para el concierto del
26 de diciembre se incluyeron dos fragmentos del Oro del Rhin (el robo
del Oro en la segunda mitad de la escena primera y la entrada de los dioses
en el Walhalla), La Walkiria (la canción de la primavera, la cabalgada
de las Walkirias y la despedida de Wotan y la música del fuego mágico)
y Los Maestros Cantores (Preludio, la reunión de los gremios (versión
orquestal) y el discurso de Pogner “Das schöne Fest, Johannistag”).
Sobre el efecto causado en la Corte Imperial escribe Wagner: “...pero sólo
pareció haber ganado para mí a la joven Emperatriz pues esta
asistió al concierto totalmente sola, sin séquito alguno”.
Este es otro de los detalles que delimita cada vez más estrechamente
la personalidad de Sisi: No soporta la vida de la Corte porque la encuentra
vacía e insulsa, extremadamente frívola. La Corte siente
un total desinterés por el drama musical wagneriano. Sisi, en cambio,
asiste a dos de las tres interpretaciones y lo hace en solitario lo cual
da más sentido si cabe a su actitud.
Carl. Fr. Glasenapp, uno de
los biógrafos más importantes de Wagner (autor de una interesantlsima
biografía en seis tomos que desgraciadamente no ha sido traducida
a nuestro idioma), comenta este acontecimiento explicando que cuando Wagner
apareció al frente de la orquesta estalló una gigantesca
tempestad de aplausos. La Emperatriz se inclinó también aplaudiendo
desde su palco. Esta escena se prolongó durante cinco o seis minutos
hasta el punto de que el compositor ya no sabía como agradecerlo.
Como a menudo solía
ocurrir, mientras el entusiasmo despertado en el público fue enorme,
la prensa permaneció inconmoviblemente fría.
El segundo concierto, al que
no asistió la Emperatriz, tuvo lugar el 1 de enero de 1863.
Para el tercero, el 8 de enero,
el programa incluía fragmentos del Oro del Rhin, la forja de la
espada del Siegfried, la obertura Fausto y la obertura de Tannhäuser.
En esta ocasión, nos cuenta Glasenapp, Wagner, que también
había dirigido la orquesta, fue reclamado 23 veces a escena mediante
aplausos hasta que finalmente se decidió a dirigirse a tan entusiasmado
público. “Durante largo tiempo observó la emperatriz de la
puerta de su palco esta escena e hizo que su dama de honor le repitiese
el contenido de la alocución de Wagner.
Por aquel tiempo, como durante
tantos otros de su vida, la situación económica del compositor
era totalmente precaria y los gastos ocasionados en la organización
de estos tres conciertos superaban las posibilidades del Maestro. Glasenapp
insinúa, aunque no lo asegura, que Sisi, por mediación de
su médico de cabecera y ferviente wagneriano, el Dr. Joseph Standhartner
(médico jefe en el Hospital General de Viena. En su casa leyó
Wagner el 23 de noviembre de 1862 el texto poético de Los Maestros
Cantores), hizo llegar 1.000 Gulden a manos de Wagner. La Deutsche-Richard-Wagner
Gesellschaft, una de las asociaciones wagnerianas más documentadas
de nuestros días lo comentaba como cierto en su última publicación
del pasado mes de junio. Y el 1 de febrero de 1863 Wagner comunica a Mathilde
Maier: “La joven Emperatriz me ha conmovido al asistir sin séquito
alguno a dos de mis conciertos desde el principio hasta el final: e incluso
recientemente me ha hecho llegar una suma considerable como pago de su
palco.
En el mencionado Epistolario
entre Cósima Wagner y Luis II de Baviera creemos interesante mencionar
una carta escrita por Luis II a Cósima y fechada el 30 de diciembre
de 1866 en la que les manda saludos de Sofía (con la que se prometería
en enero de 1867), indicando que Sofía siente por el Maestro profunda
admiración. Cósima le contesta con fecha 3 de enero de 1867
agradeciéndole los saludos que Sofía envía a Wagner
y añade: “Recuerdo haberme percatado a menudo de la presencia de
su Alteza Real en los conciertos y tengo presente en la memoria la atención
que se veía que prestaba. ¿Será ésta (se refiere
a Sofía) un alma parecida a la de nuestra querida solitaria (se
refiere a Sisi)? La Emperatriz de Austria ha mostrado siempre benevolencia
hacia el Amigo (se refiere a Wagner). ¡Qué agradecida me siento
por los saludos de la Princesa Sofía al Amigo!”
Aparte de Sofía, parece
ser que el hijo de Sisi, Rodolfo, también se interesaba por la obra
del Maestro y así, en enero de 1878, en una carta dirigida a Wagner,
Luis II hace mención de una visita de la Emperatriz a Munich en
compañía del príncipe heredero “que es muy inteligente
y con el que me une la amistad. Él se interesa mucho por Vd. y por
su trabajo”. De hecho, durante toda la década de los setenta, el
príncipe Rodolfo y el rey de Baviera mantuvieron una más
estrecha amistad y parece que dedicaban mucho tiempo a debatir temas artísticos,
entre los cuales, aparte de Wagner, la poesía de Grillparzer, fallecido
en Viena en 1872, también ocupaba un lugar destacado.
Sisi visitó tan sólo
una vez Bayreuth a lo largo de toda su vida y quedó profundamente
impresionada. Fue en 1888, tal vez para dedicar un tierno recuerdo a su
querido Rey de Baviera fallecido dos años antes. Lo hizo junto a
su hija Valeria y para asistir a una representación de “Parsifal”.
Parece ser que este drama sacro le impresionó hasta tal punto que
no deseaba que acabara jamás. Brigitte Hamann, su biógrafa
más conocida, pone en su boca las siguientes palabras como reacción
ante este drama sacro: “Desde entonces siento nostalgia como el Mar del
Norte. Es algo que uno desea, que no cesa jamás, que siempre continúa”.
En el entreacto solicitó la presencia de Cósima Wagner en
su palco. Ambas rememoraron tiempos pasados y la conversación versó
como es natural sobre Wagner, sobre Liszt y también en gran parte
sobre Luis II. Cósima hizo constar a la Emperatriz que sin la ayuda
del Rey “toda esa armonía que le parece la más poderosa realización
humana no habría sido creada jamás”. Más tarde, Cósima
confesaría a Amélie, sobrina de Sisi: “que nunca había
visto a nadie tan profundamente emocionado como a la tía Sisi después
de Parsifal”. También mencionó Cósima Wagner la semejanza
entre Luis II y Elisabeth. El entusiasmo y la emoción de la Emperatriz
fueron tales que pidió que le presentasen a Felix Mottl, que había
dirigido la orquesta y a los protagonistas, el tenor Ernest Van Dyck que
había encarnado a Parsifal y el barítono Theodor Reichmann,
el primer Amfortas ya en 1882 a quienes confesó que estaba deseando
volver a escuchar este drama tan maravilloso.
Constantin Christomanos, profesor
de griego de la Emperatriz y otro de sus eternos admiradores, ha dejado
constancia en su Diario de las impresiones, recuerdos y conversaciones
que Sisi le legó como preciado tesoro. En 1892, durante una de sus
estancias en Corfú, visitaron juntos la Villa Capo d’Istria y me
gustaría reproducir aquí lo que Christomanos dejó
escrito en su Diario:
“Hemos hablado de los Nibelungos
de Richard Wagner.
Para mi, Wagner es un mesías
-ha dicho la Emperatriz-. No es otra cosa que la encarnación musical
del conocimiento (madurado inconsciente en nuestro seno) de nuestros íntimos
misterios. A mi entender, la palabra “compositor” expresa sólo la
forma externa, perceptible, de su revelación, pero no lo que él
fue realmente. Pues él no fue otra cosa que los propios misterios
de nuestra existencia convertidos en un saber emancipador.
Y luego ha dicho, transformando
en sonidos -quizá sin saberlo ni quererlo- las inflexiones de su
pensamiento:
-Hemos de absorber la múisica
de todas las cosas, convertirla en una unidad en nosotros. Hemos de inclinarnos
sobre el corazón de la tierra y prestar oídos a su pálpito.
Ahí fluyen, como en la concha de un molusco, las grandes armonías:
los rayos del sol, que jamás se extinguen y los sueños que
aún no han nacido, la dicha de las flores, la melancolía
de los otoños, el anhelo de los ríos hacia la distancia y
el silencio de las nubes. Hemos de regresar -ha añadido- al lugar
de donde procedemos, a la música primigenia del Rhin, de la que
nació la canción del “Oro del Rhin”. De este modo venceremos
sobre nosotros mismos. Todo lo que podemos hacer sólo con la ayuda
de la muerte, deberíamos llevarlo a la culminación ya en
este vida y sólo en ella.
Así ha plasmado para
sí misma -ante mis ojos- gracias a las leves inflexiones de su alma,
la imagen ideal y verdadera de su ser”.
En otra ocasión confesó
también Elisabeth a Christomanos: “Los humanos siempre denigran
las cosas: las cosas sólo conservan su belleza eterna allá
donde están solas. Por eso no le enseño a la gente mi palacio:
de lo contrario, en pocos meses
no quedaría piedra sobre piedra. Por todas partes escriben sus nombres,
como para dejar grabado en las piedras el sello de su propia inanidad y
arrastrarlas consigo a su propia ruina. Fíjese: sólo donde
hay ciudades hay ruinas. En las ciudades los árboles se atrofian.
Pero las cumbres de las montañas siguen siendo tal como fueron creadas”.
Constantin Christomanos opinaba de ella: “Es el más solitario de
los seres humanos pues se pertenece enteramente a sí misma”.
Cósima Wagner ha dejado
constancia, en una carta dirigida al Príncipe Ernst zu Hohenlohe-Langenburg
y fechada el 16 de septiembre de 1898, de su reacción frente al
espantoso asesinato de Sisi. Dice así: “...Esta carta se complica
de nuevo. Quería escribirla desde Igl para que la recibiera, queridísimo
Príncipe Heredero, el 13. Cuando estaba en ello llegó la
noticia de Ginebra (la del asesinato de la Emperatriz Elisabeth de Austria,
el 10 de septiembre). Tuve la sensación de estar contemplando las
estrellas y encontrarme de repente ante un precipicio o de tener ante mis
ojos la cabeza de Medusa, ¡esto es lo que sentí!, horror ante
la humnanidad, espanto por la injusticia del destino. He caminado solitaria
durante horas y lentamente mi ánimo se ha serenado. El 13 logré
enfrentarme de nuevo a la luz del día y me sentí capaz de
mandarle un saludo, querido Príncipe Heredero. Mis sentimientos
se han apaciguado. La Emperatriz ha muerto sin dolor, en la plenitud de
su belleza, sin tener el más leve presentimiento del atentado. Víctima
de una monstruosa estupidez, quizás su muerte ha prestado un gran
servicio a la monarquía. Hasta cierto punto la madre ha reparado
lo que el hijo había dañado. La indignada reacción
de Ginebra, la profunda emoción que recorrió toda Austria
han dado muestra de la situación en que se encuentra entre nosotros
la Monarquía. Los suizos, antiguos enemigos de los Habsburgo, un
pueblo orgulloso de su libertad republicana, ha rodeado a la Emperatriz
austríaca de dolorido amor, un amor del que sólo la gente
del pueblo es capaz. Igual que Luis II ella encarnaba el noble símbolo
de la mítica realeza y ha sido sacrificada como la exquisita representante
de este símbolo. Legendaria será la figura que desvanecida
derramaba su sangre sobre el agua (nuestro Rey mantuvo en ella la lucha
final, junto a su contrincante), legendaria la imagen del catafalco colocado
sobre una vela y unas barras de timón. El crimen se halla sumido
en su repugnante inutilidad ya que la majestuosa feminidad, delicada y
heroica ha triunfado y ha conquistado todos los países. “Libre corre
el infortunio por el mundo”, puede afirmarse junto aThekla. El infierno
la atacó a través de un monstruoso engendro del diablo, un
degenerado ser humano. Ella no advirtió el ataque y caminó
hacia las estrellas...
C.Wagner”.
Después de todo lo escrito, ¿no podría haber sido Sisi la protagonista de un hipotético drama wagneriano? Honestamente creo poder responder afirmativamente. Poseía cualidades suficientes como para imaginar una historia al mismo tiempo heroica y humana a su alrededor: honor, firmeza, valor, tenacidad, honestidad, fidelidad, sinceridad, sensibilidad, espiritualidad, amor a la naturaleza y a los animales. Quizás sea cierta la frase escrita por Valeria en su diario: “Mamá... es capaz de comportarse como una heroína pero no sabe plegarse a las exigencias de la vida cotidiana”. Porque Sisi no nació para ser una mujer corriente y evidentemente no lo fue. Las personas que no hacen nada en la vida, que simplemente se dejan vivir, pasan desapercibidas. Son, en cambio, aquéllas que intentan cambiar el mundo, mejorarlo según lo entienden ellas mismas, las que siempre reciben críticas y ataques. Y por muchas cosas buenas que hayas hecho durante el transcurso de tu vida, siempre aparece el “alma caritativa” que recuerda a los presentes aquéllo que dejaste de hacer. Una de las muchas cosas que se le criticaron a Sisi a lo largo de su vida fue los enormes gastos que suponían al Estado sus continuos y eternizantes viajes por el extranjero. No hay duda que estos gastos existieron. Pero... y he aquí una nueva similitud con Luis II ¿no se ha resarcido a su vez el Estado con el paso del tiempo? Sólo este año, en conmemoración del centenario de su nacimiento, es enorme la cantidad de literatura que se ha publicado al respecto y los actos, celebraciones, exposiciones e incluso subastas de objetos personales que se han organizado en todas partes. Desde Unterwittelsbach, donde se encuentra el Castillo de Wasserschloss que el padre de Sisi compró en 1838 (o sea que Sisi tenía entonces 1 año) hasta Ginebra, donde la Emperatriz fue asesinada, se han organizado “Sisi-Tours” con caminos para bicicletas y a pie que unen los lugares por ella frecuentados hasta la elevación de monumentos en su memoria (en el lago Leman se acaba de inaugurar una estatua suya). Sisi visitó muchísimos lugares de Europa, desde Hungría hasta Madeira o Irlanda, desde Bélgica o Normandía hasta el Sur de España (pasando por Barcelona y la isla de Mallorca, lo que nos ha dejado en la incertidumbre de si el bautizar a su yate de recreo con el nombre de “Miramar” fue consecuencia de la buena impresión que esta isla le causó). Sólo en nuestro país son numerosos los artículos de prensa y libros publicados a lo largo de este año. ¿Habría sucedido todo esto, si la forma de ser de la Emperatriz hubiera sido más aristocrática? Nunca lo sabremos. Pero reflexionemos sobre el hecho de que tanto ella, como Luis II, como Wagner fueron personas inquietas, que nadaron contracorriente y tuvieron amigos pero muchos más enemigos. Los tres gastaron considerables sumas de dinero y los tres fueron enormemente criticados por ello. Pero ¿no se podría hacer un balance final y ver de que lado se sitúa el saldo?
Gente notable opinó muy
bien de ella y eso es algo que por lo menos debe dejar lugar a una duda
razonable. “Historia y Vida” ha publicado este año un número
extra dedicado enteramente a Sisi, del que nos gustaría resaltar
las palabras del Emperador Guillermo II, extraídas de su libro “Mis
primeros años” y publicado en Londres en 1926: “Yo no había
tenido mucho trato con la Emperatriz, pero sé tanto por mi abuelo
como por mi madre que la conocían bien, que el concepto que se tenía
de ella era erróneo. Los dos la proclamaban una mujer notable, con
mentalidad profunda y alma grande y lamentaban mucho que hubiera sido mal
interpretada en su propio país. Mi madre era de la opinión
que, cuando joven, se desengañó amargamente de la sociedad
austríaca. Si los austríacos decían que era inasequible
e invisible, sería posiblemente porque la Emperatriz no podía
complacerse en el trato superficial, deseoso sólo de diversiones.
Mi abuelo había expresado a menudo cuanto admiraba su clara comprensión
y juicio seguro y la respetaba mucho”.
Es muy periodístico
dar noticias sensacionalistas y cargadas de morbo, como las publicadas
recientemente en La Vanguardia, indicando simplemente que fue una
mala madre y que pese al cuidado que tuvo en sí misma murió
calva y sin dientes. Lo primero no tienen ninguna base y lo segundo no
aportan nada positivo a nuestra vida. En un momento en que la humanidad
navega a la deriva en el plano espiritual, en que todo lo que son valores
científicos progresa de manera desorbitada y todo lo que es vida
interior se pierde en manos de lo puramente material, hemos de intentar
aportar cualidades positivas a nuestra vida y saber apreciar lo bueno que
cada uno de nuestros semejantes nos quiere ofrecer.
Sisi y Francisco José se amaron toda su vida aunque no pudieran compartirla como ambos hubieran deseado. En el comunicado oficial de la muerte de Sisi, el Emperador se expresó así: “A mis pueblos... Mi esposa, el más preciado ornato de mi trono, la compañera que fue siempre el apoyo y el consuelo de las horas más tristes de mi vida, no existe ya...” Fueron 44 años de matrimonio. Francisco José no dejó de estar enamorado ni un minuto de su esposa, de Elisabeth, de su Sisi, de aquella jovencita de 16 años hermosa, alegre y soñadora que se enfrentó al mundo entero en su ansia de libertad pero que permaneció siempre fiel a aquél a quien entregó su corazón en la primavera de su vida.
_____
SALUDOS DESDE EL MAR DEL NORTE
(De Sisi a Luis II, junio 1885,
después de una visita a Berg)
A ti Águila allá
arriba en la montaña,
La Gaviota te envía
desde el mar
Un saludo de olas espumeantes
Que sube hasta las nieves eternas.
En una ocasión nos encontramos
mutuamente
Delante de la inmemorial y
gris eternidad
Reflejados en el espejo del
más hermoso de los lagos,
En la época en que los
rosales estaban en flor
Mudos nos dejamos arrastrar
uno junto al otro
Ensimismados en profunda paz...
Tan sólo un negro entonaba
sus canciones
En el pequeño bote.
RESPUESTA DESDE LOS ALPES
(De Luis II a Sisi, septiembre
1885)
El saludo de la Gaviota desde
lejanas playas
Supo encontrar el camino al
nido del águila,
Llevaba balanceando en sus
delicadas alas
El recuerdo de los viejos tiempos.
De cuando una bahía inundada
de aroma de rosas
Gaviota y Águila al
mismo tiempo visitaron,
Y encontrándose al trazar
un orgulloso círculo,
Se saludaron al pasar uno ante
el otro.
De regreso a la cima de las
montañas,
Piensa el Águila en
la Gaviota allá en el litoral,
Y susurrante envían
sus alas
Jovial saludo hasta la orilla
del mar.