Si todas las personas que van al teatro hubiesen escrito algunas óperas y hubiesen tenido la suerte o la desgracia de haberlas estrenado, sufriendo por parte de los cantantes mil mutilaciones, viendo el sentido de la obra adulterado y mal comprendido, sufriendo las terribles amarguras de la ignorancia y de la indiferencia de los cantantes, al ver el arte serio, consciente, verdadero, entusiasta, del gran tenor Francisco Viñas, todos desearían tenerle por intérprete y comprenderían el inmenso valor de un artista como él.
Haced la prueba cuando queráis.
Coged una partitura de Wagner y asistid a una representación de Viñas. Seguramente os producirá verdadero asombro ver hasta que punto Viñas ha desentrañado el sentido de aquella música y respetado todas las intenciones del autor.
Ninguna pausa, o acento, o crescendo, o diminuendo, o cambio de movimiento; ningún contraste o matiz se pierden en aquella interpretación noble, seria y artística.
No es excesivo y lento en el detalle, ni artista de brochazos gordos, sino sobrio dentro de la mayor intensidad de sentimiento y de expresión, como cumple a un artista que respeta al público, se respeta a sí mismo y, sobre todo, respeta su arte.
Aun en obras como La Africana, Meyerbeer resulta ennoblecido con la interpretación de Viñas.
Todos recordáis la sorpresa que causó nuestro tenor la semana pasada cantando La Africana, y todos le aplaudisteis con entusiasmo, a pesar de que, según decían muchos, no les gustaba la obra.
Yo, por mi parte, ni la encuentro tan mala como dicen ahora, ni tan buena como decían antes.
Ya hablaremos de Meyerbeer algún día.
Pero el éxito caluroso de La Africana queda oscurecido ante el de Lohengrin, Tannhäuser o Tristán.
Id todos a ver el Tristánde Viñas y me agradeceréis el consejo. El Tristán es una obra inmortal, pero Viñas no lo es, por desgracia. Procurad verle ahora, para conservar mientras viváis un recuerdo de los que no se olvidan nunca.
No quiero, ya que hablo del Tristán, dejar de nombrar a la señorita Gagliardi, pues sería una gran injusticia.
El arte de la Gagliardi es muy distinto del de Viñas.
Quizá la señorita Gagliardi interpreta con más perfección y siente con mayor intensidad el teatro de Verdi que el de Wagner (¡quién no recuerda la Aida de la Gagliardi!), pero su voz es tan flexible, tan poderosa, tan extensa, tan admirablemente timbrada, y obedece de tal modo a la voluntad de su dueña, que cualquier empeño de la Gagliardi resulta coronado por el éxito.
Es, indudablemente, una notabilísima cantante.
Hay
otro artista, digno también de especial mención enTristán,
y es el barítono señor Chalis. Hace un perfecto Kurwenal.
No me explico cómo la empresa del Real no ha comprendido la admirable
madera de artista que hay en el señor Chalis. Espero que el tiempo
ne dará la razón.
("Julia", Ensayos Literarios. Colección Austral. Espasa-Calpe, 1971)