“Du bist der Lenz,
nach dem ich verlangte
¡n frostigen Winters
Frist!”
(Walküre, I, 3)
Aunque Richard Wagner hubiera
compuesto tan sólo una obra, “La Walkyria”, podría ser considerado
por ello como uno de los pintores más sutiles de la naturaleza femenina,
matizando hasta el infinito los colores de su paleta y dejando entrever
a veces una intuición casi psicoanalítica antes del texto.
En efecto, son tres personajes
femeninos -interesantes todos ellos para quien no quiera catalogarlos de
cautivadores- los que dirigen la acción de “La Walkyria”: Sieglinde,
maravillada primero ante el descubrimiento del amor, trastornada a continuación
en su angustia; Brünhilde, evolucionando de diosa altiva hacia una
humanidad compasiva e incluso Fricka, torpe y desgraciada en su deseo de
reconquistar al Wotan que, en su intransigencia, pierde definitivamente.
Frente a ellas, el bruto: Hunding; el héroe romántico perseguido:
Siegmund y, teñido de “decadentismo”, el dios herido que aspira
a la redención: Wotan.
SIGNY Y HJÖRDIS, LOS MODELOS ESCANDINAVOS
La “Saga de los Völsung” presenta con el “Edda poético” y el “Edda en prosa” las fuentes islandesas reconocidas en “El Anillo del Nibelungo”. La “Saga” relata la historia de los descendientes de Odín, los hijos de Völsungr, rey de los Hunos. Entre ellos, un personaje llama especialmente nuestra atención pues su nombre es Siegmundr. Pertenece a una tribu enemiga de la de los Hundings y tiene una hermana, Signy, con la que engendrará un hijo, Sinfjötli; más tarde, con una de sus esposas, la joven Hjördis, nacerá otro valiente vástago, Sigurd, cuyas hazañas tienen una estrecha semejanza con las del Siegfried wagneriano, el hijo de Siegmund y Sieglinde, los desgraciados gemelos, hijos de Wotan.
La bella Signy, casada contra
su voluntad con un jefe rival, el cruel Siggeirr (de la tribu de los Hundings),
se siente fascinada por Siegmundr, uno de sus numerosos hermanos. Todos
son perseguidos por su esposo al quien ella detesta. Signy desea un hijo
de Siegmundr. Para ello utiliza la astucia: se disfraza de vagabunda y
ruega a su hermano, que para evitar las iras de Siggeirr, quien ya ha hecho
asesinar a su padre y a sus hermanos, vive escondido en una cabaña
en el corazón del bosque..., que le de albergue durante la noche:
“pues me he perdido en el bosque y no sé por donde voy”, le dice.
El la encuentra seductora y la cobija durante tres noches. Después
de esto, Signy regresa a su palacio e intercambia su apariencia con la
de la maga que la ha sustituido en su ausencia junto a Siggeirr. Nueve
meses más tarde nace un varón, Sinfjötli que envía
a su hermano para que lo eduque: su heroico carácter muestra a Siegmundr
que se trata de su hijo. El joven tendrá un trágico fmal,
envenenado a traición, víctima de una venganza entre mujeres.
En cuanto a Signy, ella también fallece de forma dramática
en el incendio de su palacio.
Signy no muestra en ningún
momento el menor sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, es de señalar
que la joven cree su deber utilizar una forma de disimulo para seducir
a su marido y que ella muere quemada junto con su esposo legítimo
durante el transcurso de un episodio guerrero: su negativa a huir en ese
instante puede ser considerada como una especie de deseo (¿o de
aceptación?) de auto-castigo. Pero ¿se puede hablar de “moralidad”
en una obra en la que reinan la crueldad y la violencia y en la que todos
los personajes, sin excepción, conocen trágicos destinos?
Última y muy joven esposa
de Siegmundr, la frágil Hjördis presenta a priori muy pocos
puntos en común con Sieglinde, a no ser que ella es la madre de
Sigurd y que da a luz después de la muerte en combate de Siegmundr,
siempre opuesto a la tribu de los Hundings. Ella sobrevive y se convierte
en reina de Dinamarca por su segundo matrimonio con el príncipe
heredero de este país que acepta adoptar y educar al joven Sigurd.
Los texto nórdicos nos
muestran mujeres enérgicas, a menudo inteligentes y astutas. Si
en apariencia sufren las leyes de los hombres (Signy se inclina ante la
voluntad de Völsungr, mucho menos ante la de Siggeir...), saben evolucionar
a la perfección en este medio rudo y despiadado y pueden convertirse
en las instigadoras e incluso a veces en las actrices que dirigen o modifican
lo que parece establecido o ineluctable (Signy toma la iniciativa de seducir
a su hermano: le ama pero también desea asegurar la continuidad
de la raza de los Völsungr, exterminados poco a poco por los Hundings).
Algunas son capaces de sentimientos muy fuertes y los actos de desobediencia
contra Odín a menudo están motivados por el amor y la rebelión
contra órdenes arbitrarias (no son raras las walkyrias rebeldes:
Brynhild, Svàva,...).
LA SIEGLINDE DE WAGNER
“Unheilig
acht ich den Eide,
der Unliebende eint”
(Walküre, II, 1)
No se sabe gran cosa de la infancia
de Sieglinde con su madre -cuyo nombre se ignora- y su padre Wälse
(Wotan). Parece que Wälse se habría preocupado, ante todo,
de la educación guerrera de su hijo. Siegmund, siguiendo las tradiciones
ancestrales bien establecidas. La esposa, a su vez, espera el regreso del
guerrero, las hijas permanecen junto a ella. En caso de conflictos entre
hordas rivales, las mujeres son violadas, raptadas o asesinadas. Esta es
la suerte de la madre. Sieglinde niña es vendida, esclava; púbera,
sufre un matrimonio forzado con un enemigo, Hunding. Nos encontramos en
una sociedad arcaica de costumbres primitivas.
Pero Sieglinde, como su hermano
gemelo Siegmund, se halla dotada de una sensibilidad y de una intuición
que les diferencian de todos cuantos les rodean. Wagner, no lo olvidemos,
asocia al “matrimonio sin amor” una idea de degeneración y de horror
que desarrollará incluso en sus últimas obras teóricas.
Así es como Sieglinde vive su unión con Hunding. La entrada
de Siegmund en su vida constituye la luz, el descubrimiento de que el amor
es lo único que puede dar sentido a una existencia hasta ese momento
apagada y desolada. Pero este amor debe ser donación total, absoluta,
definitiva.
Debemos señalar que
todas las obras de Wagner confieren una importancia fundamental a los elementos;
un complejo simbólico y casi metafisico une a los seres y la naturaleza
que les rodea. Así, la tormenta que lleva a Siegmund a buscar el
abrigo del hogar, ese fuego cuya claridad se añade a la de los relámpagos,
el árbol que sostiene la cabaña -extraño “doble” de
Yggdrasill, el fresno que sostiene el mundo-, el arroyo donde los héroes
han descubierto su imagen, el eco que les devuelve el sonido -o la música...-
de sus voces, la primavera sobre todo, que trastorna a las plantas y los
seres, todo ello sirve para crear una comunión y una armonía
perfectas entre ellos y el mundo que les rodea, armonía que deslumbra
y enternece al viejo Wotan, nostálgico a su vez de una unión
tan perfecta.
En el texto y en la melodía,
Wagner insiste en el encanto, la belleza, la gracia de Sieglinde (sus hermosos
cabellos “ondulados”...), así como en su sensualidad y en su “brillante”
mirada (la de Wotan...), inteligente, calurosa, parecida a la de Siegmund.
Hunding queda impresionado por su parecido -al igual que su belleza sin
lugar a dudas- y esa misma “mirada” que prueba su pertenencia a un mundo
diferente. Todo en ellos resulta armonía, la naturaleza es su amiga
(¡ la primavera !...)
Sieglinde se nos aparece claramente
como hermana de las heroínas de los mitos islandeses. Ella es quien
dirige la acción, ella quien conduce al héroe desamparado,
ella le dinamiza. Cuando se conoce a fondo la importancia acordada al nombramiento
de los héroes en la mitología escandinava, a la persona que
los nombra, al arma que ella le entrega en ese instante, entonces se comprende
mejor la importancia del final del Acto I y del gesto de la heroína.
En el “Edda” constituye el instante en que el destino queda irrevocablemente
trazado: el nombre fija el destino heroico y a menudo trágico del
personaje. Sieglinde traza el destino de Siegmund y él es plenamente
consciente de ello, como bien indica el tema musical de la “renuncia” que
aparece en la orquesta en el momento en que arranca Notung del tronco de
este otro mítico fresno. Siegmund renuncia a ser diferente del héroe
esperado por Sieglinde y que ella acaba de designar. Acepta un destino
que no puede ser más que trágico. Y Sieglinde, ¿espera
realmente la felicidad? Quizás durante un instante lo cree posible...
El primer acto se acaba con
la exultación de la pareja, las dos “mitades” por fin reunidas y
el grito de éxtasis de la joven. Cuando Siegmund arranca Notung
del árbol, simboliza su segundo “nacimiento”, nacimiento al amor,
a la verdadera vida.
Efímera embriaguez: el
Acto II de “La Walkyria” nos muestra una Sieglinde aplastada por el destino,
zozobrando de nuevo en el mundo de la angustia y el terror. Sin embargo,
ella sigue siendo siempre un ser vuelto exclusivamente hacia “el otro”
y dispuesto por amor al último sacrificio. Los fugitivos amantes
van a ser alcanzados por Hunding y sus perros. Sieglinde no piensa más
que en salvar a su querido hermano. Ella se acusa de su desgracia pero
la “mancha” a la que hace alusión con horror no puede ser su luminoso
amor. Embargada por una especie de nostalgia de la pureza (curiosamente
la misma que a menudo destroza a los personajes de Jean Anouilh, en particular
su “Eurydice”), piensa que su unión maldita con Hunding le ha manchado
irremediablemente y le ha hecho indigna del puro Siegmund (¡ cual
radiante Orfeo!). Ella debe pues sacrificarse y abandonarle, morir incluso
para salvarle: extrañamente cercana aquí a Tannhäuser,
Amfortas, Kundry, abrumados por “la falta” y aspirando a la inaccesible
perfección. La “falta” o la “mancha” es el matrimonio sin amor (2).
La verdadera “muerte” de Sieglinde
se expresa en su grito terrible, en el momento de la muerte de Siegmund,
como la de Isolda en el grito apagado, en el Acto III, en el preciso instante
en que Tristán exhala su último suspiro (3). Durante
el resto del tiempo que la desgraciada Sieglinde deberá pasar en
la tierra, se convertirá en una sombra portadora de una inmensa
esperanza y partirá, una vez cumplida su misión, para reunirse
con aquél que de hecho jamás la abandonó, indisociable
en su ser pues ella le conocía incluso antes de haberle encontrado
y la muerte carece del poder de separarles de verdad.
Aunque la historia de Sieglinde
parece detenerse en este final del Acto II, no dejemos de volver sobre
el tema en el Acto III que nos permite asistir al único encuentro
entre dos hijas de Wotan, las dos hermanastras. Brünnhilde es la mayor
y es una diosa, Sieglinde ignora su lazo de parentesco y es por ello que
se dirige a la walkyria con un tono de deferencia y súplica, aunque
conserva una enorme dignidad en su dolor.
Es importante señalar que el tema de “la redención por amor” aparece por primera vez en “El anillo” en palabras de Sieglinde. Nunca lo escucharemos acompañando palabras pronunciadas por Brünnhilde, sino es después de su aniquilación (“Crepúsculo de los dioses”, III, 3). ¿Tal vez Wagner pensaba que la walkyria no tenía derecho a utilizar este tema liberador porque de hecho ella había traicionado la idea del amor colaborando en la muerte de Siegfried, y que por tanto ella no había poseido suficiente “fe” en el amor en un momento de su existencia, dejándose dominar en su lugar por el orgullo y la cólera? Sieglinde, que habría entregado su vida por amor, va a sacrificarse al aceptar prolongar una vida que ella desearía abandonar, con el fin de dar vida a ese ser fruto de su unión maravillosa y excesivamente breve y es en este instante cuando la orquesta prorrumpe el tema de la redención, anegando o llenando su voz de turbador ardor. Sieglinde es la única heroína wagneriana que da a luz, es la madre del esperado redentor y gracias a ella, por lo que la orquesta le designa como tal: ¡será Siegfried! (Erda también es “madre” pero como Cibeles, madre de la humanidad, se trata más de un smibolo que de un personaje dotado de psicología; no puede en modo alguno compararse a la conmovedora Sieglinde que “dará a luz” entre terribles dolores y, una vez acabado su papel, morirá...)
"MON ENFANT, MA SOEUR..."
La imagen simbólica de
los dos gemelos extraviados y que acaban por volver a encontrarse ¿no
es la más idealmente escogida para representar la perfección
del amor? ¿Qué otra pareja wagneriana muestra este sentimiento,
limpio de todo egoísmo y de todo orgullo? Al humanizarlos, este
amor hecho de ternura y de compasión tanto como de atracción
fisíca, les hace diferentes hasta tal punto de todo cuanto les rodea
que les sitúa por encima de toda convención, arrastrados
por la fuerza mítica del poema wagneriano. Si Wagner coloca palabras
moralizantes en boca de Fricka ( ¡¡esposa de su hermano, Odín,
en la Mitología escandinava!!), es para denunciar la hipocresía
de la sociedad del siglo XIX y sobre todo a Minna y sus escenas de celos.
Sieglinde sigue siendo la heroína
de Wagner que encarna con mayor sinceridad y autenticidad a la mujer enamorada.
No encontramos nada artificial o filosófico en su discurso que resulta
siempre sencillo y maravilloso. Destinados el uno al otro desde su nacimiento
-sentido real de ser gemelos- Siegmund y Sieglinde son indisociables y
representan cada uno su propia “mitad”: Jamás este término,
a veces en desuso, ha alcanzado hasta tal punto todo su sentido, evocando
imágenes de Baudelaire:
“Mon enfant, ma soeur,
Songe à la douceur
D'aller là-bas vivre
ensemble.
Aimer à loisir, aimer
et mourir
Au pays qui te ressemble...”
“Mi niña, mi hermana,
Sueña con la dulzura
De ir a vivir juntos allí.
Amar a placer, amar y morir
En el país que te parezca...”
BIBLIOGRAFÍA
- “Guía de las óperas
de Wagner”. (Paris, Fayard, 1992)
- Richard Wagner: “Obras en
prosa” (Paris, Delagrave, 1941)
- Rudolf Simek: “Diccionario
de la mitología germano-escandinava” (Paris, Porte-Glaive, 1996)
- Régis Boyer: “El Edda
Poético” (Paris, Fayard, 1992)
- Régis Boyer: “La Saga
de Sigurdr o la palabra dada” (Paris, Cerf, 1991)
- Régis Boyer: “Yggdrasill,
la religión de los antiguos escandinavos” (Paris, Payot, 1992)
- Snorri Sturlurson: “El Edda
en prosa” (Paris, Gallimard, 1991)
- Félix Wagner: “Los
Poemas heroicos del Edda y la Saga de los Völsungs” (Paris, Leroux,
1929)
- Martin Gregor-Dellin: “Wagner”
(Paris, Fayard, 1988)
- Alfred Ernst: “Wagner, poeta
y pensador” (Paris, Plon, 1893)
- Claude Lust: “Wieland Wagner
y la supervivencia del teatro lírico” (Paris, La Cité, 1969)
- Charles Baudelaire: “Las
Flores del Mal” “La Invitación al Viaje” (Paris, Poche, 1964)
NOTAS:
(1) Directora de Conferencias en la Universidad de Toulouse II. (Literatura comparada: Letras/Música)
(2) Las palabras de Wotan, “La Walkyna”, II, 1 con los numerosos escritos de Wagner sobre este tema en donde desarrolla la idea según la cual la única causa verdadera de degeneración reside en las uniones sin amor; ver, entre otros, el último capítulo de la obra de Martin Gregor Dellin: “Un final en Venecia”
(3) Debemos recordar aquí
la turbadora interpretación de Léonie Rysanek en Bayreuth
durante los allos 1965-7, en las inigualadas puestas en escena de Wieland
Wagner, en donde los dos famosos “gritos”, el del final del Acto I, el
“nacimiento” y el del final del Acto II, la “muerte”, anotados en la partitura
pero casi siempre descuidados, eran emitidos con fuerza y claridad y con
un conmovedor efecto dramático. i Hay que escuchar ‘El anillo” en
la versión dirigida en Bayreuth en esta época por el recordado
Karl Böhm !