Carta escrita a Mathilde Wesendonck el 30-5-1859
Me he dispuesto de nuevo desfavorablemente
con respecto al poema de “Parzival”. Considerando bien las cosas, tengo
la convicción de que se trata de un trabajo difícil en alto
grado.
Amfortas es el centro sobre
el que gira el asunto principal. Meditando sobre él, se me hizo
de pronto muy claro, cayendo en la cuenta que es semejante a mi Tristán
del tercer acto, pero con una progresión de intensidad no imaginada
aún. La herida ocasionada por la lanza y la otra que tortura su
corazón, le causan tales sufrimientos que sólo aspira a lograr
la muerte. En vano ha esperado la cura por medio de la adoración
del Gral, mas el Gral no sólo no remedia sus torturas, sino que
las aumenta, porque la contemplación le recuerda la inmortalidad.
A mi juicio el Gral es el cáliz
de la Cena, en el cual José de Arimatea recogió la sangre
del Salvador crucificado. ¡Qué terrible significación
adquiere así la situación de Amfortas con respecto a ese
cáliz milagroso!
El sufre una herida, ocasionada
por la divina lanza en una pecadora aventura y debe seguir consagrando
la sangre que manó un día del costado del Salvador al morir
en la cruz, renunciando y sufriendo por la salvación del mundo.
¡Qué abismo entre un sufrimiento y otro!
En éxtasis ante el maravilloso
cáliz que enrojece con sublime y dulce resplandor, Amfortas siente
renovarse en él la vida y alejarse la muerte anhelada. El vive y
se reanima en su vitalidad, aunque la herida fatal le abrasa más
que nunca. La adoración misma se ha convertido en dolor. ¿Cómo
lograr el fin? ¿Cómo conseguir la liberación? En esa
forma lleva sobre sí, como una carga, los sufrimientos de la humanidad
entera por toda una eternidad. Es por eso que desea alejarse del Gral,
desentenderse de él, en la locura de su desesperación. El
lo desea para poder morir, mas, ha sido elegido para guardar el Gral. Y
esta elección no la ha realizado un poder ciego, sino que recayó
en él porque era digno. Nadie como él, reconocía la
fuerza milagrosa del cáliz y su alma anhelaba como la de ninguna,
contemplar el Gral, que le sobrecogía de admiración, proporcionándole
el poder de vivir, al mismo tiempo que el sufrimiento eterno.
¿Deberé escribir
todo esto y la música correspondiente? ¡Ah! no, gracias. Que
otro intente tal empresa. Yo no llevaré sobre mis espaldas carga
tan pesada.
Quien pueda realizarlo, lo hará seguramente al gusto de Wolfram (1). Es posible que pueda tener así alguna apariencias y hasta buena forma. Mas yo tomo estos asuntos más en serio. Y os referiré cómo el amigo Wolfram lo realizó a su manera, sin llegar a entender su verdadero sentido. El reúne un suceso con otro, encadenando aventura tras aventura. Asocia al asunto del Gral, hechos e imágenes curiosas y extravagantes, avanza por tanteos dejando a oscuras a quien quiere profundizar. Si alguien tratara de interrogarle seguramente hubiera contestado: “Si yo mismo no lo sé”. Se asemejaría a un sacerdote que celebrara su cristianismo en el altar mayor sin saber de qué se trata. Wolfram hizo su prematura aparición en una época bárbara y confusa, que oscilaba entre las antiguas creencias y las nuevas. En esa época nada podía madurar; cuando el poeta pretende ahondar se pierde en fantasmagorías desprovistas de sentido.
Yo estoy completamente de acuerdo
con Federico el Grande que al recibir la edición de Wolfram dijo
al editor “que no debía importunarle con semejantes futilidades”.
Es cierto que para ello es necesario haber vivido el verdadero sentido
de la leyenda del Gral y estudiar luego la forma como la concebía
un poeta como Wolfram. Esto es lo que yo he hecho hojeando vuestro libro,
para llegar a indignarme de la incapacidad del poeta (yo hice la misma
experiencia con Godofredo de Strassburgo, para “Tristán”).
En todas las fuentes primitivas
de la leyenda, el cáliz maravilloso es una piedra preciosa, particularmente
en las narraciones árabes de España.
Desgraciadamente hay que convenir
que todas nuestras tradiciones cristianas tienen un origen exótico
derivado del paganismo. Los cristianos supieron con gran sorpresa que los
moros veneraban en la Kaaba de la Meca una piedra milagrosa (un cuerpo
solar, caldo del cielo, un meteorito). Las leyendas de estos objetos misteriosos,
fueron bien pronto interpretadas por los cristianos a su manera, relacionándolas
con el viejo relato extendido en la zona meridional de Francia, según
la cual, José de Arimatea había huido allí llevando
el sagrado cáliz de la Cena. Esta tradición concordaba perfectamente
con el entusiasmo por las reliquias de las primeras edades del cristianismo.
Desde entonces, la leyenda adquirió su significado. Yo admiro mucho
este bello rasgo de la tradición cristiana, de ideas así,
el símbolo más hermoso de la esencia representativa de una
religión. ¡Quién no se encontraría invadido
de los sentimientos más intensos y sublimes, al conocer la existencia
de ese cáliz, en el cual el Salvador, bebió al despedirse
de sus discípulos y en el que no sólo se sentirá reconfortado
sabiendo que él existía, sino que estaba destinado a que
los justos pudieran contemplarlo y adorarlo. Por eso, la leyenda de que
el Gral (corrupción de Sangre Real) sustentaba únicamente
a los caballeros piadosos, proporcionándoles bebida y alimento,
es de una belleza incomparable, por el doble significado que adquiere ese
sublime receptáculo de ser, además del cáliz de la
Santa Cena, el emblema del sacramento más sublime del culto cristiano.
Todo esto resulta incomprensible
para nuestro poeta, cuya narración estaba influenciada por los mediocres
romances de caballería franceses que eran imitados servilmente.
Saque Vd. ahora conclusiones para el resto. Tan sólo existen algunas
descripciones bellas, en las que sobresalen los poetas de la Edad Media,
y tan sólo allí se encuentra una atmósfera de contemplación
bien sentida. Pero el conjunto, a pesar de ello, es siempre confuso y estúpido.
¿Qué hacer ahora
con Parzival? Porque Wolfram tampoco lo supo...
Su alejamiento de Dios es tonto
y mal justificado y su conversión satisface aún menos. La
idea de la interrogación está presentada con muy poco gusto
y carece de significado. Aquí, yo tendría que inventar todo.
Y aún se presenta otra dificultad para Parzival; él resulta
indispensable para desempeñar el papel de redentor en la salvación
anhelada por Amfortas. Pero si el personaje de Amfortas es presentado bajo
la nueva forma, adquiere un interés trágico muy grande, hasta
tal punto, que se vuelve imposible colocar a su lado una segunda figura
de interés principal. A pesar de ello debe encarnarla Parzival,
si no se quiere estar obligado a hacerle aparecer, exclusivamente en la
escena, como una especie de “deux ex machina” indiferente. De modo que
es necesario colocar en primer plano el desenvolvimiento de Parzival, su
sublime purificación, su espíritu predestinado por su naturaleza
contemplativa y profundamente compasiva. Y como no imagino un plan tan
extenso como Wolfram, debo concentrar todo en tres situaciones principales,
de un contenido profundo, de tal suerte, que el complejo personaje sea
tratado clara y distintamente, porque tal es la característica de
mi arte. ¿Y yo emprenderé un trabajo semejante? ¡Dios
me guarde!
Por ahora renuncio a tan insensato
proyecto. Que Geibel lo versifique y que Liszt escriba la música.
Cuando mi antigua amiga Brunilda se precipite en el fuego, yo haré
lo mismo, con la esperanza de un fin feliz. He ahí todo y amén.
El Graal no me hará
emprender un camino tan intrincado (2). Considere ésto como una
conferencia para lo cual no ha tenido necesidad de acercarse a la ciudad
de Zurich.
(Traducción del Dr. Carlos
J. Duverges (1897-1979) que se halla en la introducción a su traducción
del libreto de “Parsifal” ).
(1) Wolfram von Eschenbach,
autor del poema sobre Parsifal en el que se basó Wagner.
(2) Nota del Editor: Evidentemente
fue el Graal el que le hizo emprender el camino.