RECUERDO
Por
Villers de lIsle-Adam
En 1868, el Conde de
Villliers de L Isle-Adam (el Chateaubriand del
simbolismo) visita a Wagner en Tribschen. Le acompañan
Catulle Mendès y Judith Gautier. En un
artículo aparecido en La Revue Wagnérienne
del mes de junio de 1887 rememora Villiers esos días pasados
en compañía del maestro.
En otoño de 1868 me
encontraba en Lucerna: pasaba todas las mañanas y tardes en
casa de Richard Wagner.
El
gran innovador vivía muy retirado, recibiendo pocas personas
más que una pareja de amables escritores franceses (mis
compañeros de viaje) y a mí. Su admirable acogida nos
tenía allí retenidos desde hacía aproximadamente
quince días. La sencillez, la jovialidad, las atenciones de
nuestro anfitrión convirtieron en inolvidables esos días
felices: poseía una grandeza de nacimiento que nosotros
constatábamos en su comportamiento para con nosotros.
De todos es conocido el
entorno de montañas, lagos, valles y bosques en el cual se
elevaba, en Tribscben, la casa de Wagner.
Una
tarde, a la caída del crepúsculo, sentados en el salón
ya oscuro, delante del jardín -habíamos intercambiado
pocas palabras entre largos silencios que no habían estropeado
el recogimiento con el que tanto nos complacíamos~, pregunté
sin preámbulos a Wagner si, por decirlo de alguna manera,
había conseguido penetrar en su obra, Rienzi,
Tannhäuser, Lohengrin, El buque
fantasma, Los Maestros Cantores incluso y el
Parsifal con el que ya soñaba (con la elevada
impresión de misticidad que de él emanaba)
ARTIFICIALMENTE (a base de conocimientos y de capacidad intelectual
en una palabra); en resumen si, por encima de toda creencia personal,
se había sentido lo suficientemente librepensador, lo
suficientemente independiente de conciencia, para no considerarse más
cristiano de lo que los temas de sus dramas líricos requerían;
si, en fin, contemplaba el Cristianismo con la misma mirada que a los
mitos escandinavos cuyo simbolismo había hecho revivir de
forma tan magnífica en sus Nibelungos. Una cosa
que ciertamente legitimaba esta pregunta me había intrigado en
una de sus obras magistrales, Tristán e Isolda: el
que en esta obra embriagadora en la que el más intenso de los
amores se debe desdeñosamente a la ofuscación de un
filtro, el nombre de Dios no se había pronunciado ni una sola
vez.
Siempre
recordaré la mirada que, desde lo más profundo de sus
extraordinarios ojos azules, fijó en mí Wagner.
Sonriendo me respondió:
«Si no sintiese en
mi alma la luz y el amor en esta fe cristiana de la que Vd. habla, mi
obras que, todas, dan testimonio de ella, en las que yo incorporo
tanto mi espíritu como el tiempo de mi vida, ¿no serían
las de un embustero, un imbécil? ¿Cómo podría
ser tan infantil como para entusiasmarme con frialdad por algo que,
en el fondo, no parecería ante mis ojos más que una
impostura?
«Mi
arte constituye mi plegaria: y, créame, ningún artista
de verdad canta aquéllo que no cree, habla de aquéllo
que no ama, escribe sobre aquéllo que no piensa. Pues quienes
mienten se traicionan en su obra estéril y carente de valor ya
que nadie puede realizar una obra de Arte verdadero si no es de forma
desinteresada y sincera.
«Sí,
aquél que -movido por intereses tan bajos como el éxito
o el dinero- intenta simular, en una pretendida obra de Arte, una fe
ficticia, se traiciona a sí mismo y produce únicamente
una obra muerta. El nombre de Dios, pronunciado por este traidor, no
solamente no significa para nadie aquéllo que parece enunciar
sino que como únicamente se trata de una palabra, o sea un
ente, aunque sea usurpado, conlleva. en su profanación
suprema, la simple mentira de aquél que la ha proferido.
Ningún ser humano puede dejarse engañar de forma que el
autor únicamente podrá ser estimado por los congéneres
que se reconozcan a si mismos en una mentira. Una fe ardiente,
sagrada, precisa, inalterable, éste es el primer signo que
muestra al artista real pues, en toda obra de arte digna de un
hombre, el valor artístico y el valor vivo se confunden: es la
dualidad mezclada de cuerpo y alma. La obra de un individuo sin fe
nunca será
la
obra de un artista porque siempre carecerá de esa llama viva
que entusiasma, eleva, crece, calienta y fortifica. Su obra olerá
siempre al cadáver que galvaniza una profesión frívola.
Sin embargo entendámonos: si, por una parte, la ciencia por si
sola no puede producir más que hábiles aficionados
-grandes salteadores de los procedimientos empleados, de
los movimientos y de las expresiones- acabados, más o menos,
en la factura de sus mosaicos -y, también, desvergonzados
plagiadores que toman como suyos, para engañar, esos millares
de disparatadas chispas que, al salir de nuevo de la nada iluminada
de estos espíritus, aparecen completamente apagadas-, la fe,
por otra parte, por si sola, no puede producir y proferir más
que gritos sublimes que, por no haber sido concebidos por ellos
mismos, desgraciadamente no aparecerán ante el vulgo más
que como incoherentes clamores. El Artista verdadero, el que crea,
une y transfigura, necesita pues de estos dos indispensables dones:
la Ciencia y la Fe. En cuanto a mi, ya que me lo pregunta, sepa que
ante todo me siento cristiano y que los acentos que de mi obra le
impresionan no han sido en principio inspirados y creados únicamente
por su causa ».
Tal fue el sentido exacto
de la respuesta que me dio, esa tarde, Richard Wagner y no creo que
la Señora Cosima Wagner, que se encontraba presente, lo haya
olvidado.
En
verdad fueron palabras profundas y graves... ¡Pero como dijo
Charles Baudelaire, para qué repetir esas grandes, esas
eternas, esas inútiles verdades! .