WAGNER Y FRANCIA
Por Jordi Mota

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 Las traducciones de las obras de o sobre Wagner en Francia han tenido una importancia mucho más grande que las existentes en España, pese a los años dorados del wagnerismo catalán y a la multitud de ediciones y actividades en nuestra ciudad.
En español, en cuanto a la correspondencia de Wagner, por ejemplo, únicamente disponemos de dos superreducidas ediciones de “Austral” de la correspondencia de Wagner con Liszt y Mathilde Wesendonk. En catalán no se llegó a editar nada. En Francia existen, hasta donde sabemos, la correspondencia completa de Minna, Uhlig, Fischer, Heme, Liszt, Heckel, Wille, Gautier, Wesendonk y Bülow y una selección de la de Luis II. Y lo mismo podríamos decir en cuanto a las obras teóricas de Wagner, biografias importantes, etc. Todo esto ha facilitado, junto al hecho importante de las diversas estancias de Wagner en Francia, que el wagnerismo haya tenido en aquél país siempre una importancia muy grande y haya influido de una manera general en el arte.
 

LOS  MÚSICOS

Entre los músicos, como entre todos los demás sectores de la población, surgieron imnediatamente dos bandos, y en ambos militaban figuras de una gran talla artística. Camille Saint-Saëns, por ejemplo, no fue precisamente de los entusiastas, aunque su escena de amor de “Sansón y Dalila” pueda ser considerada con justicia de lo mejor y más “wagneriano” que se ha escrito (1). Gounod tampoco era de sus partidarios, pero su actitud ante Wagner es ciertamente válida: «C'est une forte tête (es una gran cabeza), pero no hay que imitarle» y después de comparar el fenómeno Wagner con Miguel Angel y Velázquez añadía: «hay que dejarlos donde están: mirarlos, admirarlos y pasar». (2)
He ahí el gran problema suscitado por Wagner en el mundo de la música. ¿Cómo absorber la revolución realizada por Wagner? ¿Continuar? ¿Rehuir? ¿Copiar? ¿Adaptar? ¿Ignorar? Mientras algunos corno Debussy buscaban la manera de escapar hacia adelante (3), otros, como Bizet entusiasmaban con “Carmen” que volvió loco -literalmente- a Nietzsche.

En cualquier caso, en la mayoría de ocasiones la influencia de Wagner fue manifiesta, bien fuese estrictamente en la partitura, o, en muchas ocasiones, en la elección de los temas y la construcción del libreto, poniendo de manifiesto que en Wagner era tan importante la música como todo lo demás. Ciertamente los compositores franceses de la “escuela wagneriana” han sido cada vez más desconocidos, pero eso no es una cuestión simplemente artística. También en Cataluña, o mejor deberíamos decir, mucho más en Cataluña donde están totalmente olvidados y arrinconados, y es que el siglo y la primera guerra mundial trajeron esos llamados dorados veinte, que sólo eran dorados para una exigüa minoría (4) pero que trajo una ruptura y con ella la victoria de los “otros”. Pero esto es otra historia, como diría Kipling.
Aquí de lo que se trata es de mencionar, aunque sea a vuela pluma, a los compositores franceses de esa época.

Emmanuel Chabrier (1841-1894) era un wagneriano convencido que había escrito sus impresiones sobre “Parsifal” diciendo: «Se sale después de cada acto absolutamente embobado de admiración, confundido, perdido, lleno de lágrimas». Su ópera “Gwendoline”, con libreto del también wagneriano Catulle Mendès, está concebida dentro del más puro sentido wagneriano.

Edouard Lalo (1823-1892), fue un wagneriano de la primera época, pero al enfrentarse con el problema de componer una ópera -“Le Roi d’Ys”, estrenada en el Liceu en 1949-, opta al final por no seguir las enseñanzas wagnerianas pues, reconoce muy sinceramente, que no es capaz de avanzar por ese terreno. «Me he dado cuenta a tiempo de mi impotencia», lo cual no impide que dicha obra sea muy interesante y también wagneriana por sus planteamientos.

Vincent d’Indy (1851-1931) fue otro de los grandes compositores franceses y precisamente muy vinculado a Barcelona (5), y su obra “Fervaal” es la más conocida en el terreno dramático (6) aunque en cl Liceu únicamente se estrenó en 1921 “L’étranger” que tradujo J. Pena al catalán adaptada a la música. También la obra sinfónica de d’lndy es muy, muy, interesante, siendo la más popular la “Symphonie sur un chant montagnard”, pero también hay que mencionar “Le Forêt Enchantée” (1878) “Tableaux de Voyage (Preambule, En marche, Les Glas, Lac Vert, La Poste, Rêve)” (1892 para la versión orquesta y 1888 para la original de piano solo) “Jour d’eté a la montagne (Aurore, Jour, Soir)” (1905), y habiéndose adelantado entre lO y 20 años a Richard Strauss quien compuso su Sinfonía alpina en 1915. Como autor literario se le deben obras como “Richard Wagner et son influence sur l’art musical français”, “Introduction a l’étude de Parsifal”, “De Bach a Beethoven”, “Beethoven” y otras.

Ernest Chausson (1855-1899) murió con 44 años debido a un accidente de bicicleta. Su obra “Le Roi Arthus” -que Xavier Nicolás tradujo al castellano- es quizás la más conseguida siguiendo las enseñanzas wagnerianas, tanto a nivel musical como dramático, lamentablemente la prematura muerte interrumpió su proceso creativo. Chausson fue también el autor del libreto.
Otro compositor importante es Ernest Reyer pero de él nos ocupamos más ampliamente en otro trabajo de esta misma revista.[no disponible en la hemeroteca]

No vamos a olvidar tampoco al exquisito Henri Duparc (1848-1933) cuyos lieder, lo más conocido de este compositor, son también posiblemente lo mejor. Su poema sinfónico “Lénore” es también una obra importante. Fue un wagneriano convencido y militante que, entusiasmado por el “Tristán e Isolda” que había visto en Munich, logró arrastrar a Chabrier a aquella ciudad. Escribió Duparc: «Tristán le había revelado su vocación -se refiere a Chabrier-. Desde entonces se consagrará en cuerpo y alma a la música». La enfermedad retiró a Duparc de la composición en 1885.

Gustave Charpentier (1860-1956) también forma parte de los grandes franceses que lucharon para encontrar la manera de adaptar sus capacidades propias a las innovaciones surgidas de la revolución wagneriana. Lo consiguió. Su ópera “Louise”, estrenada en 1900; y en el Liceu en 1904 -siendo una obra enormemente popular y reiteradamente repuesta, traducida también por J. Pena adaptada a la música-, logró encontrar el camino. «En la sencillez de su tema popular -escribe Julien Tiersot (7) ofrece ese “eternamente verdadero” que Wagner no había podido creer encontrar más que en la leyenda heroica y que aquí encontramos perfectamente realizado en la aventura de una obrera del país moderno». Por otra parte Joan Manén (8) nos dice: «El arte de este músico no tiene continuadores. Expresa con inigualada fortuna la poesía, el ambiente, la vida de la Butte Montmartre donde residió y se inspiró para concebir “Louise”. Su música es apasionada, con rasgos de sinfonismo, su orquestación es fluente sin estridencias.., su concepción no es nunca abstrusa, tampoco adocenada ni desleída». Charpentier quiso componer una trilogía en la cual “Louise” sería la primera parte. Estrenó posteriormente la segunda, “Julien” y ya no apareció la tercera.

Albéric Magnard (1865-1914) fue otro de los grandes compositores wagnerianos. Veamos lo que dice de él Vicent d’Indy: «El alma de Albéric Magnard -que murió, como se sabe, cobarde e innoblemente asesinado por los invasores de 1914- poseía todas las cualidades del alma germana. Él y Chausson fueron, entre los compositores de esta época, aquellos cuyo pensamiento se acerca más al del Wagner reformador del drama musical. En “Yolande” (una pequeña obra maestra desconocida) y, más tarde, en “Guercoeur” y en “Vérénice”, Magnard se interesó en crear una atmósfera armónica en torno al tema escogido, lo cual, al mismo tiempo que hace que este tema sea bastante difícil de ser expresado vocalmente, le imprime un carácter particular y siempre reconocible». (9). Palabras que son suficientemente explicativas.

Otro compositor que no debemos olvidar es Alfred Bruneau (1857-1934). Gracias a nuestros amigos wagnerianos de Toulouse hemos tenido ocasión de conocer su música, durante largo tiempo buscada que, como la de los demás compositores mencionados es realmente muy interesante pues cada uno ha buscado la manera de aplicar a su propia idiosincrasia la reforma wagneriana. Estas palabras del propio Bruneau serán suficientemente explícitas: «La evolución de la que hablo no ha podido ser conseguida sino gracias al magnífico y benefactor genio de Richard Wagner. Abucheado, caricaturizado al principio, tratado tanto en su país como en los demás de loco furioso, de revolucionario impotente, de mal poeta y de músico mediocre, el sublime reformador que, como sabemos, era al mismo tiempo un ardiente polemista, impone poco a poco su voluntad mediante la teoría y la práctica y, aclamado, divinizado por fin, adorado a la altura de un Homero y de un Beethoven, desde el escenario del Teatro-Templo de Bayreuth gritaba al pueblo alemán que, después de haberle insultado e ignorado, se inclinaba ante él, las orgullosas palabras que todo el mundo debería retener y meditar: “Ahora tenéis un arte”. En efecto, si este arte, por su esplendor, su nobleza, su elocuencia, su humanidad es universal, por su propio espíritu sigue siendo absolutamente nacional y esto es lo que le confiere toda su fuerza.. Por mi parte -no hablo de mí más que a pesar mío- admirador ferviente de Richard Wagner, jamás he cesado, en mis obras y en mi crítica, de defender la causa del arte francés» (10). En el ya mencionado libro de d’Indy podemos leer:
«Con “Le Rêve”, de Alfred Bruneau, nos encontraríamos frente a una obra totalmente wagneriana», básicamente por el empleo de los leitmotiv. En Barcelona en 1909 se estrenó en el Liceu su “L’Attaque ou Moulin”, pero nada más que sepamos. Sus obras fueron numerosas, entre ellas, además de las mencionadas, las óperas “L’Enfant Roi”, “Messidor”, “Nais Micoulin”, “Germinal”, “Ouragan” y otras. De momento nuestro conocimiento de este compositor se ha limitado fundamentalmente a oberturas y preludios de algunas de sus obras, pero son suficientes para avalar su gran calidad.

Por último vamos a mencionar a otro compositor al que no conocíamos ni de oídas y al que hemos podido acceder gracias de nuevo a nuestros amigos wagnerianos de Toulouse. Se trata de Guillaume Lekeu, nacido en 1870 y muerto en 1894, a los 24 años, de tifus. Pese a su corta vida, su producción fue suficiente para indicar su talento.
Discipulo de César Franck, se relacionó con el efervescente mundo wagneriano francés. Entre su producción destacaremos “Andromède”, poema lírico y sinfónico y su “Estudio Sinfónico” en dos movimientos titulados “Hamlet” y “Ophélie”.

El panorama musical francés de finales del siglo pasado y principios de éste, está plagado de nombres que con mejor o peor fortuna, intentaban triunfar en el mundo de la ópera, cuya capital mundial era indudablemente París en aquella época. Pero creemos habernos ocupado de los principales compositores. Hemos olvidado deliberadamente a Berlioz por ser ya más conocido, aunque también se hallaría no sólo entre los que recibieron influencias de Wagner sino entre los primeros defensores del genio de Bayreuth, aunque andando el tiempo sus relaciones no fueran todo lo cordiales que hubiese sido de desear.

Algún lector puede pensar que es muy ilustrativo que únicamente fuesen wagnerianos los músicos de, podríamos decir, segunda fila. Pero eso no es exactamente así. No es que los músicos wagnerianos fuesen de segunda fila, sino que son de segunda fila por ser wagnerianos. La base residió en un problema estético y a veces ideológico artísticamente hablando. Todos los grandes artistas han tenido discípulos, pero parece que sólo los wagnerianos deben avergonzarse de su maestro. Nadie es criticado por haber asumido las enseñanzas de Monteverdi, Bach, Mozart o Beethoven, pero cuando se habla de Wagner cualquier adopción de algún postulado wagneriano se traduce en una acusación de falta de personalidad. Pero si estos músicos aparentemente han fracasado, sus opositores, pese al apoyo de la crítica, no han avanzado mucho más. Es cierto que nadie conoce a Bruneau y todo el mundo a Debussy, pero su “Pelléas” despierta ciertamente poco entusiasmo. Paul Dukas decía que “Debussy venía a demostrar con su genio que se podía hacer otra cosa que Wagner”, para acabar reconociendo que todas los caminos ensayados por los diversos compositores no conducían a ninguna parte mientras la figura de Wagner era cada vez más grande y universal (11).

De todas maneras aunque en Francia estos músicos están olvidados, al menos son accesibles a través del compact disc. Que sepamos al menos
“Sigurd”, “Gwendoline”, “Fervaal”, “Le Roi Arthus”, “Louise”, “Le roi d’Ys” y “Guercoeur” se pueden adquirir hoy día. Muy distinto es el caso de Cataluña donde las óperas estrenadas en el Liceu de autores wagnerianos catalanes como “Els Pirineus” de Pedrell, “Giovanna di Napoli”, “Acté”, “Neró i Acté”, “Soledad” de Manén, “Emporium”, “Titayna” “Bruniselda”, “Tassarba” de Morera, “Hespèria” de Lamote de Grignon, “Gal.la Placidia”, “La morisca”, “Marianela”, “La princesa Margarida” de Pahissa, “Amunt” de Altisent, “Canigó” de Massana, y “Euda d’Uriach” de Vives no han sido editadas nunca, con la excepción, que sepamos, del “Canigó” de Massana, editada en discos de vinilo. Incluso “Merlín” de Albéniz es totalmente desconocida, aunque ésta no fuera estrenada en el Liceu.

Y si alguien cree que nos estamos haciendo pesados, la verdad es que sí, queremos hacernos pesados para ver si en vez de estrechar las calles de Barcelona como están haciendo ahora, utilizan ese dinero para ensanchar la cultura. Y como siempre hay un peor, todavía la cosa es más grave con los wagnerianos españoles, ni hay nada editado, ni sabemos quienes lo son con certeza, excepción hecha del también olvidado Conrado del Campo.

Para terminar este apartado dedicado a los músicos queremos rendir
homenaje al Teatro de la Moneda de Bruselas y a su director en aquellas fechas el crítico wagneriano Maurice Kufferath, pues gracias a él se estrenaron “Sigurd” en 1884, “Gwendoline” en 1886, “Yolande” en 1893, “Fervaal” en 1897, “L’Etranger” y “Le Roi Arthus” en 1903, y también “Pepita Jimenez” y “San Antonio de la Florida” de Albéniz. Componer una ópera es mucho trabajo y los compositores muchas veces rehúyen afrontarlo si no tienen perspectivas de estreno. Gracias a Kufferath podemos gozar de algunas obras maestras.

LOS ESCRITORES

Al adhesión al wagnerismo de docenas de escritores de primera fila es una prueba más de que Wagner era tan importante como músico que cómo poeta, pero aquí se nos presenta un problema de difícil solución, pues si bien resulta fácil aportar documentación sobre el entusiasmo wagneriano de muchos escritores, resulta mucho más complejo poder determinar la influencia que la obra wagneriana tuvo en su producción artística. Sinceramente me veo incapaz de abordar este tema pues debo reconocer un conocimiento muy superficial de las obras de los autores que se manifestaron entusiastas wagnerianos, debido fundamentalmente a la falta de traducción al español. Hace años mi esposa y yo escribimos un libro sobre la influencia del teatro clásico español en Wagner. Ello fue posible por tener un conocimiento similar en ambos temas. Es preciso conocer muy bien a un autor literario para poder sacar conclusiones que no sean apresuradas y dictadas por el interés de encontrar paralelismos. Creo que en medio de los cientos de miles de estudios que se han hecho de Wagner, todavía falta -o al menos yo no tengo noticia de él- el que estudie la influencia de Wagner en la literatura contemporánea y posterior. André Coeuroy se ocupa del tema en su artículo “Román Wagnérien Français” (12), pero en él se ocupa más de aquellas obras en las que aparecen referencias a Wagner o a obras o personajes wagnerianos en el texto, que a la influencia abstracta directamente en las obras de estos artistas. Así pues, ante la imposibilidad de analizar este aspecto del wagnerismo en Francia, vamos a limitarnos a enumerar, aunque sea someramente, a los principales partidarios.

Citemos primero a Charles Baudelaire (1821-1867) que defendió a Wagner sin la menor reserva cuando su fracasado estreno de “Tannhäuser” en París. Sus crónicas de aquella representación, que eran mucho más que simplemente eso, se hallan recogidas íntegramente en la edición española de sus obras completas (13), y recomendamos a todos su lectura. En esas extensas crónicas muestra un conocimiento y una intuición muy relevantes y también una clarividencia cara al futuro sobre el efecto que tendría la obra wagneriana y cómo superaría el fracaso del estreno. Lo que no encaja en todo esto es que obras como “Las flores del mal” o “Los paraísos artificiales” no parecen adecuarse al pensamiento wagneriano pese al hecho, evidente, de que Baudelaire no es sólo el autor de “Las flores del mal” y que él mismo se sorprendía porque, decía, «me han atribuido todos los crímenes que relataba».

Similar sería el caso de otro autor relevante que se halla en la misma posición que Baudelaire, aunque es muy posterior, me refiero a Pierre Louÿs (1870-1925) cuyo obra más célebre, “Afrodita”, pese a iniciarse con una frase de Wagner, no parece que tenga nada que ver con el mensaje wagneriano si exceptuamos la pasión por el mundo griego. Como desconozco las demás no puedo emitir un juicio muy atinado y lo único susceptible de recordar es la anécdota de Pierre Louÿs cuando dijo:«Yo únicamente afirmé que Wagner es el más grande de todos los hombres
que nunca han existido. Y nada más. No dije que fuese Dios en persona, aunque admito que quizás lo pensé».

También otro ilustre wagneriano, curiosamente nacido el mismo día que Wagner, Catulle Mendès (1841-1909) parece ser contradictorio entre su entusiasmo por Wagner y su propia obra literaria. Veamos lo que dice la Enciclopedia Espasa (14): «De raza israelita, marchó muy joven a París, entrando como redactor de la “Revue fantastique” primero y de “L’Art” después... La crítica le ha reprochado falta de originalidad, pues extraordinariamente hábil, sabía escribir en el estilo que quería, encontrándose en sus versos la pompa de Hugo, la riqueza de vocabulario de Gautier, la frialdad clásica de Leconte de Lisle y la perversidad diabólica de Baudelaire; “lo único que no se encuentra, ha dicho Faguet, son la cualidades de un poeta que se llama Catulle Mendès”... En donde se distinguió verdaderamente fue en los cuentos licenciosos, impregnados de un lirismo en extremo sensual». Claro que esta es la opinión del autor anónimo de la voz en la Enciclopedia, sin embargo al menos parece indicar una total divergencia entre su entusiasmo por Wagner y su producción artística. Se casó con Judith Gautier en 1866, divorciándose más tarde y tomando la familia Wagner partido por ella, lo cual también le distanció del maestro en los últimos años. Falleció arrollado por un tren. Su libro “Richard Wagner”, no deja de ser interesante, pese a los escritos anti-judíos de Wagner y también a las palabras poco amables hacia los franceses, ( 15) y al aludido tema de su esposa, al conocer la muerte de Wagner, Mendès escribió: «Ahora ha llegado la muerte. Proyecta ya su sombra sobre las tristezas y los odios. Los sudarios están hechos tanto de olvido como de tela. Gracias a la tumba cerrada, tenemos el derecho y también el deber de escoger entre nuestros recuerdos. Sí, lo creo, podemos no acordarnos de que el incomparable poeta-músico fue el miserable insultador de nuestras derrotas y de nuestras glorias. En lo que a mi respecta ya no sé lo que me ha obligado ¡ay! a menospreciarle y odiarle. Le veo de nuevo tal como le conocí entonces, antes de los años terribles, en la época de los entusiasmos sin restricción; vuelvo a amarle como le amé entonces y saludo llorando su gloriosa frente muerta» (16).

Otro gran literato francés, apasionado de la obra wagneriana, sería Villiers de l’Isle-Adam (1840-1889), y del cual ofrecemos un corto artículo en otro lugar de esta revista. Todo nuestro conocimiento de la obra de Villiers se limita a los “Cuentos Crueles”, editados dentro de la
“colección Austral” -uno de ellos dedicado a Wagner- y cuya naturaleza es muy desigual. Desde el profundo romanticismo del titulado “Sentimentalismo”, hasta las narraciones de terror, aunque románticas, como el “Duke of Portland”, pasando por el exquisito mensaje social de “Vox Populi”. Imagino la producción de este autor superior a las de los antes citados -desde un punto de vista wagneriano-, pero no tengo la autoridad suficiente para afirmarlo.

Otro autor que no podemos olvidar es Emilio Zola (1840-1902) el más importante de todos los citados -o el más conocido-. Su frase más famosa relativa a Wagner, contenida en su obra, “L’Oeuvre” y puesta en boca del personaje Gagnière dice: «¡ Oh Wagner, Dios en quien se encarnan siglos de música! Su obra es arca inmensa donde todas las artes se juntan en una, es la verdadera humanidad de los personajes expresada al fin, la orquesta viviendo a parte la vida del drama; ¡qué matanza de convencionalismos y de fórmulas ineptas!. La obertura de “Tannhäuser”
es el aleluya sublime del nuevo siglo...»

Para terminar mencionaremos de forma telegráfica algunos otros autores: Julio Husson (Chaiupfleury) (1821-1889) literato, crítico e historiador, se contó entre los primeros defensores de Wagner en “Grandes figures d’hier et d’aujour d’hui”; Stéphane Mallarmé (1842-1898) colaboró con “La Revue Wagnérienne” -de la que hablaremos luego- y su soneto en homenaje a Wagner, causó conmoción, así como también su artículo: “Richard Wagner, rêverie d’un poète français”; Paul Verlaine (1844-1896), autor de un bello soneto sobre “Parsifal” -también para la
“La Revue Wagnérienne”- y otro sobre el Luis II de Baviera que termina con las palabras: “con un aire de Wagner jubiloso y magnífico” (17) y por último mencionaremos a Judith Gautier (1846-1917) que tanto por su importancia literaria como por la relación que mantuvo con la familia Wagner, merecerá más adelante un extenso trabajo en estas mismas páginas.

LOS PINTORES

Mi esposa y yo nos hemos ocupado del tema en los dos libros que al respecto hemos publicado (18) y a ellos remitimos a los interesados, simplemente mencionaremos que sin duda Fantin- Latour (1836-1904) es el más importante y que la calidad de sus ilustraciones o cuadros wagnerianos, así como la del resto de su obra, es mucho más grande de lo que aparentemente le otorgan los libros especializados. Era un gran wagneriano y un gran pintor y recomendamos a los amantes de la pintura su conocimiento y estudio. Por otra parte fueron muchos los ilustradores y pintores que se ocuparon de Wagner, incluso Delacroix (1798-1863), pese a la fecha de su muerte, pintó un interesante cuadro sobre “Tannhäuser y Venus”. También es imprescindible mencionar a Georges Bussière (1862-1928), pintor con mucha personalidad que supo plasmar magníficamente diversas escenas wagnerianas. Muy interesante sería que se editara algún libro -caso de no existir ya, lo cual dudamos- sobre este insigne ilustrador. Otros ilustradores, aunque de menor interés, serían Georges Rochegrosse (1859-1938) y Jacques Wagrez (1846-1908). Creo que todos estos autores habían sido seducidos por la obra wagneriana, pues no hay que olvidar que existen muy buenos profesionales que sin participar de lo que pintan, pueden hacerlo con gran maestría. Mencionar por último a Renoir (1841-1919) autor de un “curioso”, -por llamarlo de alguna manera-, retrato de Wagner tomado del natural.

LOS  WAGNERIANOS

Aquí quiero hacer mención de estas personalidades singulares que han existido en todos los países, que manteniéndose en una discreta segunda
fila, han dedicado su vida a la difusión de la obra wagneriana, habiendo logrado en gran manera su objetivo de divulgarla y popularizarla.
En Cataluña tenemos a Joaquim Pena - entre otros-, en Inglaterra está Ashton Ellis y en Francia podríamos decir que el lugar correspondiente a los dos nombres mencionados lo ocupa no una persona, sino dos:
Édouard Dujardin, el principal y J.G. Prod’homnie. El primero de ellos, Édouard Dujardin (1861-1949), fue el fundador de la “Revue Wagnérienne” -fundó además las revistas “Revue Indépendente”, “Revue des Idées” y “Cahiers Idéalistes”- y aunque su existencia fue efímera, cumplió con los objetivos que se había propuesto. Se publicó entre 1885 y 1888 y en el último número se informaba de haber logrado los objetivos propuestos de dar a conocer ampliamente la obra y el pensamiento wagneriano. Además de ello a Dujardin se le debe el que diversos autores escribieran artículos o poemas, o incluso cuadros, que de otra manera nunca habrían visto la luz, pero además fue poeta y literato, autor de numerosas obras (19). En cuanto a J. G. Pro d’homme (1871- ?) realizó la labor de traductor siempre tan importante en la pequeña Europa donde cada 500 kilómetros se cambia de idioma. Ya de buen principio tradujo las obras completas de Wagner en prosa en 13 tomos, lo cual ya bastaría para mencionarle aquí. Sin embargo además hizo otras traducciones como el libro “Richard Wagner. Mes oeuvres” y las obras dramáticas de Wagner en 5 tomos. Además es autor de trabajos como “R. Wagner et la France”
ó “Les Maisons de Wagner a Paris”, además de otros escritos, originales, traducciones o recopilaciones sobre Schubert, Mozart, Beethoven, Gounod, Berlioz...

Muchos otros autores colaboraron en esta tarea de divulgar el wagnerismo y todos ellos fueron autores de otros trabajos literarios o históricos de interés, pero son difíciles sino imposibles de encontrar. Aún a riesgo de cometer lamentables omisiones vamos a mencionar únicamente a otros dos wagnerianos, Teodor de Wyzewa (1862-1917) y Eduard Schuré (1841-1919). El primero de ellos es autor de un libro titulado “Beethoven et Wagner” del que debió hacerse un tirada bastante importante pues se encuentra con frecuencia (20), fue quizás el colaborador más próximo de Dujardin y es autor de artículos muy destacados como varios dedicados a Wagner y la pintura y un, imaginamos muy interesante estudio, comparando los libros “Mi Religión” de Tolstoi y “Religión y Arte” de Wagner. En cuanto a Schuré sus libros “Historia del Drama Musical” y “Ricardo Wagner sus obras y sus ideas” (ver “Wagneriana” nº 25, pág.72, [no disponible en la hemeroteca]) (21) fueron decisivas para la divulgación del wagnerismo tanto en Francia como en España. Schuré es además autor de diversos libros como “Los grandes iniciados” -del que existe traducción española-, y muchos otros (22).

LOS DEMÁS

Los demás son aquellos que en vez de recibir de Wagner, dieron al Maestro, y, aún también a riesgo de cometer imperdonables omisiones, nos limitaremos a dos hombres. Al igual que en España Wagner recibió una influencia del Teatro Clásico (Calderón, Lope, Cervantes), en Francia la recibió del Conde de Gobineau (1816-1882) y de Jean Antoine Gleizès (1773-1843). El primero de ellos sigue siendo casi exclusivamente conocido por su gran obra “Ensayo sobre la desigualdad de la razas humanas” (23), pero en su tiempo fue un hombre realmente eminente y
que, como estudioso y conocedor de la cultura asiática, -que en esos años despertaba entusiasmo entre la intelectualidad europea-, se ganó inmediatamente un crédito de hombre ilustrado que le abrió todas las puertas entre ellas las del Maestro que, aunque discrepaba en algunos temas, mantuvo con él una profunda y gratificante amistad. La obra principal y que más impacto tuvo en su tiempo fue su “Historia de los persas” que también leyó Wagner con gran interés. Otras obras suyas sobre la escritura cuneiforme lo acreditan como un gran científico. El entusiasmo de Wagner por su obra y la de otros admiradores del compositor -Wolzogen y sobre todo Ludwig Schemann que presidió una asociación dedicada a divulgar la obra de Gobineau (24), lo hiceron antes popular en Alemania que en Francia. La muerte de Gobineau, acaecida un año antes que la del propio Wagner, le dejó profundamente deprimido.

En cuanto a Jean Antoine Gleizès, la lectura del libro “Thalysia ou la nouvelle existence” -que nunca hemos tenido en nuestras manos-, le influenció poderosamente. Gleizès había visto tantas crueldades en París que quiso dedicar su vida al estudio de las causas que provocaban tal manera de ser del hombre y concluyó que la alimentación carnívora era una fuerte razón y por ello el vegetarianismo contribuía a pacificar a los hombres. Wagner asumió la doctrina de Gleizès y se hizo vegetariano. La influencia de este hombre eminente francés y la de Gobineau fueron determinantes a la hora de concebir sus escritos póstumos agrupados con el titulo de “Religión y Arte” y donde sienta las bases de su doctrina de la regeneración basada en la compasión, la religiosidad y una alimentación vegetariana inspirada en el amor que siempre tuvo por la naturaleza y los animales y que le llevó a ser un gran combatiente contra la vivisección. Estos dos hombres fueron determinantes en los últimos años de la vida de Wagner.

LOS  FRANCESES Y EL WAGNERISMO

El “quijotismo” debería ser una característica casi más francesa que española y en el tema de Wagner ha quedado muy de manifiesto. Los wagnerianos franceses tuvieron que superar muchas dificultades para lograr la aceptación de Wagner. El propio compositor se había expresado de manera muy poco correcta para con los franceses (25) y además no podemos olvidar la guerra franco- prusiana de 1870, ni tampoco las dos guerras mundiales en la que franceses y alemanes representaron los dos bandos en liza, y aunque resulta muy fácil decir que un wagneriano francés no tenía porque simpatizar con determinado gobierno alemán -lo cual por otra parte es evidente -(26) no deja de ser un problema la conflictiva frontera germano-francesa repleta de recuerdos históricos y de reivindicaciones territoriales. No es comparable el caso de España que nunca ha tenido conflictos bélicos con Alemania. Pese a ello el wagnerismo fue más intenso e importante en aquél país.
 

Esperamos haber despertado el interés entre nuestros lectores por los grandes artistas franceses que admiraron y defendieron a Wagner cuando la hostilidad de la prensa era total. Nuestros amigos de Toulouse encarnan a los continuadores de aquellos grandes hombres y la situación de la prensa actual no es tan diferente de la que tuvieron que afrontar los primeros wagnerianos franceses. Pero aunque la prensa parece estar organizada para decir siempre lo mismo, independientemente del país que sea, al menos los wagnerianos también estamos organizados y con el próximo “Jumelage” lo estaremos un poco más.
 

NOTAS:

(1) Decía Wagner que con frecuencia se utiliza la expresión “fiel como un perro” de manera despectiva y que no debería ser así. Digamos al respecto que cuando nosotros calificamos, una música de “wagneriana”, obviamente no lo hacemos como una crítica sino como una alabanza. Saint-Saëns -ver “ l’ Illusion Wagnérienne”- hace una crítica no apasionada y probablemente motivada por el entusiasmo desbordante de todo el mundo artístico de su época. Saint-Saëns vendría a decir que “no hay para tanto.”

(2) Antonio Peña y Goñi. “Carlos Gounod”. Madrid 1879, pág. 76., declaraciones de Gounod al autor del libro.

(3) "Tannhäuser, Sigfrido, Lohengrin, se pavonearon una vez más con sus leit-motiv rugidos y bramidos a toda voz. La severa y verdadera maestría del viejo Beethoven triunfó fácilmente sobre estas fanfarronadas altamente pagadas y que nadie encargó", palabras de Debussy. Josef Rufer, Músicos sobre música”. Buenos Aires 1964, pág. 121.

(4) Albert Anastasia, Floid el Guapo, Al Capone y pocos más.

(5) Con motivo de su muerte la “Revista Musical Catalana”, enero 1932, le dedicó un número especial monográfico: Lluis Millet: "Es de admirar, de respetar y de venerar la personalidad de Vicent d’Indy, maestro y gran artista, hombre de ideales y fiel a ellos hasta la muerte... La obra y las enseñanzas de Vicent d’Indy forma una síntesis perfecta del Ideal cristiano que las informa, y este es el más gran título del maestro eminente que acaba de perder Francia".

(6) Paul Dukas: "He expuesto demasiado a menudo mi pensamiento sobre el papel que la música debe jugar en el drama lírico como para desaprovechar la ocasión que se me ofrece de constatar el poder de expresión y la grandeza de significado a que puede conducirle cuando se convierto en el principio generador, cuando se ve invadida de una poesía verdadera y esencialmente musical. Fervaal es, no dudo en afirmarlo, la única obra escrita después de “Parsifal” en la que este elemento ocupa un tal lugar y produce un tal resuftado". Citado por Louis Borger en ‘Vicent d’Indy sa vie et son oeuvre” París 1913, pág.25.

(7) "Un demi-siècle de musique française”, París 1918, pág. 203.
(8) “Diccionario de Celebridades Musicales", Barcelona 1978 pág. 191.
(9) “Richard Wagner et son influence sur l'art musical français”, París 1930, pág. 70.
(10) “Musiques d'hier et de demain", París 1900, pág. 112 y sig.
(11) "L'influence Wagnérienne", Revue Musicale 1-10-1923.
(12) Numero especial de la revue musicale “Wagner et la France” pág.132.
(13) Charles Baudelaire, "Obras”, Aguilar, Madrid 1963, pág. 734 a 757.
(14) Tomo 34, pág. 581 y siguiente.

(15) Más adelante nos ocupamos, aunque someramente, de las opiniones de Wagner sobre Francia, pnncipalmente contenidas en la “La capitulación”. Ahora queremos hacer alusión al hecho de que cuando Wagner habla de los judíos, se refiere casi siempre a lo que hoy llamaríamos “lobbys” o grupos de presión judío,, por dicho motivo se explica que pese a sus escritos referentes a los judíos, tuviese numerosos amigos de esa raza. La obra wagneriana contribuyó más a unir que a dividir y sino veámos el ejemplo. El ataúd de Wagner fue llevado, entre otros, por Hermann Levi, un judío, y por Hans von Wolzogen, que andando el tiempo se afiliaría al partido de Hitler. ¡Un nazi y un judío llevando el ataúd de Wagner, todo un símbolo!

(16) “Richard Wagner”, 1909, pág. VI y VII.
(17) Paul Vertaine, “Treinta y seis sonetos”, Madrid 1995, pag. 43 y 45.
(18) "Pintores Wagnerianos” y “Das Werk Richard Wagner im Spiegel der Kunst” (La obra de Richard Wagner en el espejo del Arte).

(19) “Les hantises”. “A la gloire d’Antonia”, “La comédie des amours”, “Réponse de la bergère au berger”, “Le chevalier du passé”, “La fin d'Antonia”, “L’invitation au péché et l’amour”, “Pour la vierge du roc ardent”, “La source de fleuve chrétien”, “Marthe et Marie”, “Les époux D'Heur-le-Port”, “Mari Magno”. ¿Se hallará en ellas la influencia wagneriana? No he podido leer ni tener en mis manos ninguna de estas obras.

(20) En el momento de escribir estas líneas hay en librerías anticuarias de Barcelona dos ejemplares a la venta.

(21) Las ediciones españolas no tienen fecha, la edición francesa que tenemos del segundo de los títulos, tiene fecha de 1906 y es la tercera edición, parece ser que la primera edición de la “Historia del Drama Musical” fue en 1875 y el “Richard Wagner” en 1899.

(22) Como “Histoire du Lied”, “Vercingétorix”, “Les chants de la montagne”, “Les grandes légendes de la France”, “Femmes inspiratrices el poètes Annonciateurs”, “La druidesse”, ”L'áme céltique et le génie de la France”... La Enciclopedia Espasa -tomo 54 página 1203- dice de él: "...asistió a una representación de “Tristán e Isolda” y tuvo ocasión de entablar amistad con Wagner, convirtiéndose desde entonces en un entusiasta apologista del ilustre maestro... Schuré que hasta entonces no se había mostrado más que como un crítico musical de primer orden, tuvo ocasión de revelarse en todos los aspectos de su talento múltiple y vario, cultivando todos los géneros con una originalidad y delicadeza extraordinaria"

(23) Cuya edición completa en español -642 páginas- apareció en Barcelona en 1937, en plena guerra, lo que demuestra que en aquella época no era considerada un panfleto racista como ha sido presentada posteriormente. La "colección Austral" publicó de este autor “El Renacimiento” y “La Danza de Shamakha”.

(24) En nuestra biblioteca: “Ludwig Schemann: Gobineau und die deutsche Kultur”. 1910 y Ludwig Schemann: “Quellen und Untersuchungen zum leben Gobineaus”. 1919.

(25) En una carta a Gabriel Monod, escrita el 25 de octubre de 1876 y publicada en la “Revue politique et littéraire” el 17 de febrero de 1883, es decir poco después de morir Wagner, el compositor intentaba justificar o explicar sus diatribas anti-francesas y si bien a nuestro juicio, no lo lograba del todo, al menos ponía de manifiesto su buena voluntad: "Tengo tanto más interés en rectificar esos errores, cuanto que han alterado frecuentemente mis relaciones amistosas con diversos representantes de la nación francesa, algunos de ellos muy queridos para mí ". “Recuerdos de mi vida”, Madrid, principios de siglo, pág. 328 y en francés en “Lettres françaises de Richard Wagner”, París 1936, pág. 381, por otra parte diversos wagnerianos franceses y el propio Houston Stewart Chamberlain muy vinculado al wagnerismo francés, ofrecieron explicaciones más o menos plausibles y siempre en la misma línea que habla indicado Wagner en la aludida carta. Pero aunque podamos decir que lo que Wagner dijese de los franceses no tenía porqué influir en ¡as opiniones de hombres con suficiente discernimiento, la verdad es que los amigos franceses de Wagner fueron un ejemplo de comportamiento en todo momento.

(26) Ahí tenemos el caso de Alberic Magnard que resistió en su propia residencia el avance alemán y al disparar contra los invasores fue contestado el ataque y su casa incendiada, perdiéndose numerosas partituras y falleciendo el compositor en la lucha.