WINIFRIED,  100 AÑOS
Por Jordi Mota 
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Cuando se evoca el nombre de Winifred Wagner, inmediatamente vienen a la mente de casi todo el mundo, dos temas fundamentales. Uno de carácter positivo y el otro negativo. El primero de ellos es el hecho de que bajo su dirección Bayreuth vivió su época dorada, posiblemente superior a la de los tiempos del mismo Maestro; la segunda, de carácter negativo, es su amistad con Hitler y su ideología Nacionalsocialista.

Desde mi punto de vista no es justo ni atribuirle todo el mérito de lo bueno, ni cargarle toda la culpa de lo malo. Las cosas son algo diferentes de como se supone que son y por ello, ahora, a los 100 años de su nacimiento, se impone un recuerdo y, dentro del espíritu de nuestra publicación, un intento siempre de mejorar su imagen, algo deteriorada por simples tópicos, la mayoría de veces sin consistencia y con frecuencia sin fundamento.

No es posible dudar del hecho de que bajo su dirección los Festivales alcanzaron un nivel nunca antes ni después imaginado. Cierto que se le “escaparon” algunas eminencias como Melchior, Flagstad y Toscanini que si bien todas actuaron en Bayreuth no lo hicieron con la continuidad que sería de esperar de sus cualidades. En el caso de Toscanini la cuestión es menos importante, pues como muchos otros directores, era intratable, haciendo ese alarde de excentricidades que primero hacen gracia y después más bien pena. Pero sea como sea, se le escapó también, aunque fuese por problemas de ideas políticas, no por las de Winifred -que no tenía inconveniente en contar con él-, sino por las del propio Toscanini que, a diferencia de la mayoría de gente relacionada con el mundo de la música, daba más importancia a la política que al arte.

Por contra la era Winifred descubrió talentos por docenas, algunos de los cuales, como Franz Völker y Maria Müller, no gozan de la justa fama que merecen en comparación con otros cantantes de su misma talla y contemporáneos. Además Winifred logró encontrar la solución ideal al problema escenográfico. Los decorados tradicionales de los hermanos Brückner fueron sustituidos por los más sobrios y de líneas más estilizadas de Emil Preetorius, que junto a Heinz Tietjen y naturalmente a la propia Winifred, lograron llevar los Festivales a la cima nunca más alcanzada de la perfección.

Winifred quería “adaptar la obra de Richard Wagner a la sensibilidad moderna, respetando una tradición que permanece viva y que permite transportar al público, gracias a la obra del maestro, al nivel sublime del más puro gozo artístico”. Y lo logró. Desde el primer festival hasta el último de 1944 no existió nunca polémica alguna. Tal como había sido desde el principio, Bayreuth era la referencia para los demás teatros del mundo en el momento de montar obras wagnerianas. Había escandalosas escenografias en los años veinte, pero Bayreuth permanecía inalterable, respetado y respetuoso. El querer aplicar la fórmula Winifred -“adaptar a la sensibilidad moderna”-, comparándola con las escenografías actuales, carece de fundamento. Una cosa es lo que hizo ella, es decir ofrecer decorados nuevos pero siguiendo las indicaciones del Maestro, y la otra cambiarlo absolutamente todo. Digamos que en los decorados, como en las modas, cambian los gustos, las tendencias, los colores.., pero un pantalón es un pantalón y una falda una falda. Una cosa es adaptar y la otra sustituir. En 1947 Winifred Wagner se enorgullecía de haber cumplido los objetivos que se había propuesto al tomar la dirección de los Festivales: “conservar intacto el nivel de los Festivales Richard Wagner, con el mismo grado de grandeza y calidad impecables que habían alcanzado antes de serme confiados”. Después vendrían sus hijos, y empezaría la época de las “innovaciones”, los “experimentos”, los “ensayos” y toda esa farsa escenográfica que; desde los inicios ha sido motivo de hostilidad y protestas, por más que los primeros decorados de Wieland, -que causaron entre sorpresa y estupor en su época-, sean ahora considerados “clásicos” por algunos.

Desde el final de la era Winifred hasta ahora, el Festival está siguiendo un línea descendente, que se acentúa cada vez más y que parece va a continuar así durante bastante tiempo. Winifred puede enorgullecerse de haber dejado los festivales “a tiempo”. Nadie podrá criticar nunca su época, y serán muchos los que cuestionen las siguientes.
 

El otro tema que nos ocupa es su ideología Nacionalsocialista y su amistad con Hitler. Ahí intervienen diversos factores. El primero de ellos es que, por lo general los amantes del arte no están interesados por la política y a los políticos no les preocupa el arte. Por lo tanto para juzgar la relación de Winifred con Hitler, unos carecen de conocimientos en un campo y los otros, en el otro. Entonces se establecen siempre dos premisas fundamentales.
 Primera: Todo el mundo “sabe” que hay una estrecha relación entre Wagner y el III Reich. Segunda: Nadie es capaz de citar algún hecho que corrobore tal afirmación que, sin embargo, ya ha quedado en el subconsciente de todo el mundo.
Debido a ello se producen tres actitudes muy diferenciadas:
A) Si a Hitler le gustaba Wagner, ya que Wagner es bueno, Hitler también lo sería.
B) Si a Hitler le gustaba Wagner, ya que Hitler es malo, Wagner también debe serlo.
C) Si a Hitler le gustaba Wagner, eso demuestra únicamente que a Hitler le gustaba Wagner,  i  prou.

Evidentemente el hombre de la calle se debate entre las opciones “A” y “B”, mientras que los aficionados, sin ninguna excepción conocida, se circunscriben exclusivamente a la opción “C”. Pero, sea como sea, el tema sigue siendo totalmente desconocido y es por ello que considero importante hacer alguna reflexión al respecto.

Hitler era wagneriano, (1) le entusiasmaba la obra de Wagner, la conocía en profundidad y, además era amigo de la familia Wagner. Pero, -y eso es lo que se ignora-, en el III Reich la actitud de los ideológos era totalmente contraria a Wagner. “Nosotros, los amigos de Wagner, sufríamos por el hecho de que Wagner y Bayreuth fueran siempre atacados por determinada prensa. Ya que conocíamos la adoración de Hitler por Wagner supusimos como natural que esa polémica terminaría entonces. Sin embargo descubrirnos más tarde que en el III Reich la adoración por Wagner era algo exclusivo de una persona: de Adolf Hitler, ya que en realidad los dos máximos responsables de la ideología nacionalsocialista, Alfred Rosenberg y Himmler, fueron verdaderos enemigos de Wagner... (2) Tanto Rosenberg como Himmler usaban a Nietzsche contra Wagner, la mística de la fuerza, frente a la ética de la compasión de Wagner. Que yo saliera de esta controversia sólo con un ojo morado se lo debí sin duda a la intervención de la Sra. Winifred Wagner”. Estas palabras de Curt von Westernhagen (3) son suficientemente clarificadoras.

Winifred Wagner supo mantener la independencia del Festival en medio de un régimen autoritario como el del III Reich, tuvo que hacer frente a las criticas de algunos Gauleiters (especie similar a los actuales delegados del gobierno en las comunidades) que amenazaban con “fumigar las bandas internacionales en Wahnfried” y a los chantajes de los “idealístas” como Toscanini para los cuales Wagner era lo de menos. Winifred afirmaba que “pude emplear sin restricción alguna artistas judíos o con familia judía”, (4) y ello debido a la intervención de Hitler, pero sin embargo cada caso suponía una polémica, o bien por las quejas de este o aquel nazi del lugar, o por las de las comunidades judías del mundo que se oponían a que artistas de ese origen colaborasen con los nazis. Winifred fue un buen capitán de un gran barco en un encrespado océano, y supo salir airosa. Nunca tuvo subvenciones oficiales -al margen de los Festivales de Guerra-, y Hitler pagaba las entradas que quería regalar de su bolsillo. Cuando al final de la guerra vio que su renurcia facilitaría la continuidad de los festivales, no dudó en hacerlo. Podría haberse mantenido firme en sus derechos y caer con el Festival, pero no lo hizo. Sin embargo sus hijos, por primera vez, se “vendían” al Estado, algo que Richard Wagner no había heçho nunca, ni con el Kaiser ni con Luis II y algo que Winifred no habia hecho tampoco con Hitler.

El papel de Winifred Wagner en la historia de los Festivales fue decisivo. Ayudó a su marido Siegfried, continuó la obra de aquél llevando adelante el Teatro en épocas de grandes crisis cuando los derechos de autor de Wagner habían acabado hacía muchos años, levantó el Festival hasta lo más alto, y logró que, con su renuncia, pudiese abrirse pocos años después del final de la II Guerra Mundial. Mientras vivió alentó a todos los amigos de Wagner del mundo, sin distinción de sexos, edades o nacionalidades. Todos encontraron en ella la ayuda solícita, el apoyo entusiasta, en todo lo que pudiese suponer una mayor difusión de la obra de Wagner. Siempre fue fiel a Hitler, simplemente porque era una persona fiel, honesta y honrada y no entendía eso de cambiar de ideas. Entregó su vida a Wagner, a Siegfried primero y a Richard siempre. Fue fiel a su marido, al insigne maestro y a todos sus amigos. No vívió para otra cosa que para difundir la obra wagneriana y una de las últimas cartas que escribió, cuando ya se hallaba gravemente enferma, fue aceptar la presidencia honoraria de una Asociación Wagneriana que se quería crear en Cantabria: “Por enfermedad momentáneamente apartada de toda actividad. Acepto con gusto la presidencia de honor”. Esta carta, escrita con mano temblorosa, llegó a su destino el 11 de febrero de 1980 y ella fallecería el 5 de marzo siguiente. Eso lo dice todo.
Persona de carácter fuerte y enérgico, su actividad era arrolladora, la propia hija tenia que enviar a todos sus miles de amigos del mundo entero una circular explicando que debido a la enfermedad su madre no podía contestar las montañas de cartas que tenía pendientes. Además, dada su actitud respetuosa con la obra de Wagner y consecuentemente contraria a sus hijos en el tema escenográfico, contribuía a equilibrar las posturas. Siempre había un Wagner en un lado, y también un Wagner en el otro.
Winifred nació el 23 de junio de 1897 en Hastings, Inglaterra. Quedó huérfana a los dos años de edad y fue adoptada por Karl Klindworth, conocido wagneriano que la introdujo en el círculo de Bayreuth. Se casó con Siegfried en 1915 y a la muerte de éste en 1930, se hizo cargo de los Festivales. Si Cósima había sobrevivido a su marido 47 años, Winifred logró superarla viviendo medio siglo más que su esposo. Tanto, Cósima como Winifred fueron, las dos damas de Bayreuth, consagradas en cuerpo y alma a defender y difundir la obra wagneriana.

Ahora, a los cien años de su nacimiento, echamos en falta otra nueva “heroína wagneriana” que no tenga inconveniente en sacrificar su vida, como Senta por el Holandés, como Elisabeth por Tannhäuser, para mantener viva la obra de Wagner. Cósima lo hizo, Winifred lo hizo, pero desde 1980 el barco navega a la deriva, dando bandazos, y aunque a veces parece que sigue un rumbo correcto, otras nos da la impresión de que se va a estrellar contra algún arrecife. Al final siempre logra recuperar el rumbo, pero cada vez tiene más vías de agua que amenazan su estabilidad. A los cien años del nacimiento de Winifred, a los 17 de su muerte, lo mejor que podemos decir de ella, es que el wagnerismo la necesita, que sin Wini las cosas no son como eran, la estabilidad se ha vuelto zozobra, la honestidad y la firmeza de convicciones ha sido sustituida por el marketing. La continuidad se ha convertido en permanente cambio y movilidad. Bayreuth necesita una nueva Dama pero no parece, de momento, que ninguna esté dispuesta a tomar el relevo. El futuro se presenta tan oscuro como el pasado brillante, pero esperamos, confiamos, en que la obra wagneriana seguirá inalterable y sabrá vencer, una vez más, los más peligrosos escollos.
 

NOTAS:

(1) Hitler era wagneriano aunque a muchos aficionados les pueda molestar. Incluso el magnifico crítico vienés Marcel Prawy, de origen judio, dice en su libro “Nun sei bedankt...” “me alegro, de que por lo menos poseyese una buena cualidad”. Para los interesados recomendamos los libros “Hitler mi amigo de juventud” de A. Kubizek, “Conversaciones sobre la Guerra y la Paz” atribuidas a Hitler y el libro “Adolf Hitler aus dem Erleben dargestellt” de Hans Severus Ziegler, donde hay un capitulo dedicado a Bayreuth.

(2) En el III Reich existió una viva polémica sobre el tema. Richard Eichenauer en su libro “Musik und Rasse” criticaba a Wagner y eso provocó la reacción de diversos wagnerianos, muchos de ellos afiliados también al partido de Hitler. El Dr. Karl Grunsky, habitual colaborador de las Bayreuther Blätter replicó a Eichenauer a través de una pequeña biografía de Wagner editada dentro de una editorial para escritos nacionalsocialistas.

(3) Curt von Westernhagen era un importante crítico wagneriano, autor de numerosos libros y de la voz “Wagner” en la Enciclopedia Grove, hasta que fue sustituido por los impresentables John Deathridge y Carl Dahlhaus que lo encuentran todo mal en Wagner, no sólo su persona -a lo que ya nos hemos acostumbrado- sino también su concepto de obra de arte total, su “melodía infinita”, los leit-motivs, los poemas de sus dramas... El texto citado de Westernhagen corresponde a un carta, en mi poder, del 19 de agosto de 1979.
(4) Monsalvat nº 30, página 410.