WAGNER, DIRECTOR DE
ESCENA
Por
Angelo Neumann (1)
A finales del otoño
de 1875, cuando todavía formaba parte de la compañía
de la Opera de Dresde, tuve la buena fortuna de asistir a todos los
ensayos que necesitaban los estudios y una nueva escenificación
de Lohengrin y Tannhäuser, y estaba
tanto más interesado en ello en cuanto que mi proyecto de
encargarme yo mismo de la dirección de un teatro parecía
deber realizarse en un futuro próximo. ¡Qué
incomparable director de escena teníamos ante nuestros ojos!
¡Cómo sabía transmitir su entusiasmo a los
artistas y, por sus gestos y su mímica, realizar, ante cada
uno de ellos, el ideal al que debía tender! Durante esos
ensayos, tuve la imborrable impresión de que Richard Wagner ha
sido, no sólo el más grande dramaturgo de todos los
tiempos, sino, al mismo tiempo, el mejor escenógrafo y
director de escena. Aún hoy, después de más de
treinta años, guardo un imborrable recuerdo de ciertas escenas
en las que su mímica tenía algo de prodigiosamente
expresivo. Desde ese día, no pude asistir a una representación
de Tannhäuser o Lohengrin sin que, en
esas mismas escenas, su imagen no se evoque inmediatamente en mi
espíritu.
¡Con
qué maravilloso arte representaba Tannhäuser, cuando,
después del encantamiento de Venusberg, se encuentra en el
valle, en medio del bosque de Turingia!. De pie, con los brazos
alzados, su cuerpo tenía la rigidez de una estatua; luego, al
llegar los peregrinos, se reanimaba poco a poco; una agitación
interior hacia estremecer sus miembros y, bajo la impresión
que le embargaba, caía de rodillas y clamaba su angustia:
Bajo el peso de mis pecados, sucumbo. ¡Con qué
nobleza en los movimientos y qué caballeresco ardor
representaba a Tannhäuser durante el canto de Wolfram! ¡Con
qué maravilloso arte interpretaba la gran escena final del
primer acto, indicando al Landgrave y a todos los caballeros y
cantores el lugar que debían ocupar y los gestos que debían
hacer, hasta el momento en que la cacería aparece en escena
con los caballos y los perros!... Todos los que han asistido a este
espectáculo han guardado de él un recuerdo imborrable.
La manera cómo
organizó la entrada de los invitados, en la cuarta escena del
segundo acto, ha sido adoptada, desde entonces, por todos los
directores de escena. Es él quien indicó que el
Landgrave y Elisabeth debían recibir a sus huéspedes, a
su entrada en la sala, de espaldas al público, y que los pajes
debían apresurarse a anunciar al que llegaba. Antaño,
el príncipe y su nieta estaban sentados en su trono desde el
principio de la entrada del cortejo, y los pajes no anunciaban a los
invitados más que una sola vez, y en bloque. Antes, los
últimos en aparecer eran una viuda con sus dos hijas. Pero fue
Wagner el primero en mostramos a Elisabeth cogiendo de la mano a las
dos jóvenes, después de la salutación oficial,
presentándolas a todos los huéspedes de la Corte, que
visitaban por primera vez, y llevándolas luego junto a su
madre para, a continuación, volver a sentarse en el trono
junto al Landgrave.
En
el torneo poético, cuando Tannhäuser dice: ¡Oh
Wolfram, qué canto es el tuyo! Wagner prohibió
expresamente el gesto brutal que consistía en poner su puño
bajo el mentón del concurrente. En el final, cuando indicaba a
Tannhäuser cómo, tras su grito de dolor: ¡Ah,
qué desgraciado soy! debía desplomarse
lentamente, aplastado bajo el peso de su vergüenza, nos daba una
obra maestra de arte dramático. Pasando luego al papel de
Elisabeth, la mostraba, piadosamente resignada, subiendo los peldaños
del trono, las manos juntas, la mirada dirigida al cielo, inmóvil
en esta actitud estática, hasta la caída del telón:
una inolvidable emoción nos embargaba a todos.
Pero fue en el recitado de
Tannhäuser cuando alcanzó unos efectos absolutamente
sublimes. Una profunda emoción le embarga cuando comienza su
recitado: Escucha Wolfram, ¡Escucha!. Cuando lléga
a la sentencia de máldición pronunciada contra.él:
De Dios, si te has apartado... etc., se siente uno
sacudido por un estremecimiento de angustia y de espanto. En todas
estas escenas, veíamos ante nosotros a un actor genial.
En Lohengrin
interpretaba su papel a los diferentes actores, indicándoles
cada paso y hasta los movimientos que debían hacer. Nunca
olvidaré la expresión de éxtasis que adoptaba su
rostro, cuando se volvía hacia su cisne: Mi amado cisne,
te doy las gracias.
Es
imposible describir con qué alma cantaba Lohengrin
entero. Indicaba a Elsa toda su mímica, todas sus actitudes,
hasta los menores movimientos de los brazos, durante toda la larga
escéna que se desarrolla delante del rey. Cuando le vimos, en
su traje de diario, ponerse el cascó de Lohengrin, empuñar
su espada y su escudo y precipitarse sobre Telramund, no pudimos
evitar sonreirnos. Pero no tardamos en quedar sobrecogidos de estupor
y de admiración, cuando vimos con qué maña, qué
agilidad proseguía el combate, como si nunca hubiera hecho
otra cosa que manejar una espada y un escudo. Telramund tenía
penas y trabajos en defenderse, cuando Wagner le hubo derribado de un
golpe de espada, y que, con la rodilla doblada, tocaba ligeramente
con el pie izquierdo el cuérpo de su adversario tendido en el
suelo, rozando casi su pecho con la punta de la espada, en el momento
en que cantaba ¡Por Dios golpeado, tu vida está en
mi mano! se parecía totalmente a un héroe divino.
Y cómo, en el final, sabía imitar a Elsa con el
entusiasmo con que debía precipitarse hacia Lohengrin, y
estimular la simpatía del coro por los vencedores. Cuando cayó
el telón al final del primer acto, los músicos de la
orquesta se precipitaron sobre la escena, todo el personal de los
coros, los solistas, el director, rodearon al Maestro y poco falto
para que le llevaran a hombros, en triunfo, Pero Wagner,
manifiestamente emocionado por esta ovación espontánea,
rehusó con un gesto, y dijo: ¡Ya basta, ya basta,
hijos míos!.
No menos admirable era la manera cómo nos mostraba en el segundo acto, en la escena entre Telramund y Ortrud, irguiéndose ésta en los escalones de la catedral, cuando cree haberse ganado a su marido para sus proyectos, comó una serpiente que se abalanza sobre su presa. Lo mismo diría de la manera en que nos interpretaba toda la escena siguiente, entre Ortrud y Elsa, cuando Ortrud trata de atraer a sus redes a su enemiga que, por un momento, presta oídos a sus palabras, pero, sintiéndose turbada, se suelta bruscamente del brazo de Ortrud sobre sus espaldas. Había que ver al Maestro, elevar al cielo sus ojos llenos de éxtasis, había que oírle cantar: Tu no podrás nunca conocer el amor que reina en mi corazón. Me acuerdo también que él insistía para que la frase final del dúo entre Elsa y Ortrud: Es un amor profundo y tierno, que ningún remordimiento debe empañar, fue cantada de un tirón (sin tomar aliento). Desgraciadamente, hay pocos actores, hoy, que lo consigan.
Wagner montó con el
mayor cuidado la escenificación del cortejo nupcial, a su
entrada a la iglesia. No he tenido oportunidad, desde hace veinte
años, de asistir a una representación de Lohengrin
en la Ópera Imperial de Viena, y no se, por consiguiente,
hasta qué punto la escenificación, concebida por
Wagner, ha sido conservada. El cortejo partía de la terraza, a
la izquierda, y se dirigía hacia la iglesia, a la derecha.
Tras la llamada de los pajes: ¡Apártense,
apártense!, el coro de hombres debía llenar
veintisiete compases, durante los cuales debía permanecer en
escena sin cantar, expresando sus sentimientos con animados gestos, y
casi siempre vuelto hacia la terraza. Al vigésimoseptimo
compás, el cortejo salía del apartamento de Elsa,
atravesaba la terraza hasta la gran escalera que ocupa toda la parte
central del fondo de la escena: los pajes y las mujeres del cortejo
de Elsa, que marchaban a la cabeza del mismo, debían
desplegarse tanto como les fuera posible, cuando llegaban a la
escalera. En el tema: Mirad, mirad, así como un ángel,
Elsa debía llegar al primer peldaño de la escalera. Una
vez resuelto esto, Wagner ocupaba el lugar de Elsa y el cortejo
continuaba su marcha. Solemnemente, con los brazos alzados hacia el
cielo, la palma de la mano vuelta hacia los espectadores, el rostro
transfigurado, los ojos, inflamados, dirigidos hacia el cielo, sin
preocuparse ni un instante de los peldaños, bajaba la escalera
con paso seguro, dejando un pequeño espacio tras él
para la cola y los pajes que la sostenían; luego seguían
cuatro damas nobles y, finalmente, Ortrud. En tal actitud el Maestro
atravesaba la escena, a la izquierda de los espectadores, y llegaba
casi hasta las candilejas, luego, describiendo un semicírculo,
se dirigía hacia la catedral. Hasta el momento en que Elsa va
a poner el pie sobre el primer peldaño de la iglesia y donde
Ortrud se coloca ante ella para hacerla retroceder, Wagner mantenía
su actitud hierática.
Al
final del segundo acto, cuando, por segunda vez, el rey se dirige con
Elsa y Lohengrin hacia la iglesia y llegan a los peldaños que
a ella conducen, Wagner ordenó al rey que entrara el primero
en el santo lugar sin volver la cabeza; luego, tomando el lugar de
Lohengrin, rodeó con sus brazos el talle de Elsa, situada
todavía uno o dos peldaños por debajo de él y
que le contemplaba henchida de felicidad, y la atrajo contra su
pecho. Elsa, tras mirar fijamente a Lohengrin, vuelve por un instante
la cabeza, como si quisiera tomar a todo el pueblo por testigo de su
felicidad. En ese momento, la orquesta hace oír el tema de la
advertencia y Ortrud, de pie, frente a la catedral, es decir, a la
izquierda de los espectadores, alza su brazo, profiriendo amenazas.
Elsa, espantada, esconde la cabeza sobre el pecho de Lohengrin;
luego, los dos esposos, en la actitud ya indicada, avanzan
lentamente, andando hacia atrás, hasta la entrada del a
iglesia. Cuando han entrado, cae el telón.
Pero fue sobre todo en el
tercer acto donde Wagner desplegó todo su prestigioso talento
como director de escena; estuvo maravilloso. Interpretó y
cantó casi toda la escena de la cámara nupcial. Nunca
olvidaré la expresión de profunda tristeza que adoptó
su rostro, cuando se da cuenta de que Elsa está a punto de
traicionar su juramento. Había algo de sobrenatural en sus
rasgos, cuando con un gesto de una gracia inimitable y la mirada
transfigurada acompañaba a Elsa hacia la ventana, la abría
delicadamente con la mano izquierda y cantaba a Elsa, apoyada en su
brazo derecho: ¡Ven! ¡Respiremos los dos estas
tibias brisas!. En estos momentos, su rostro, tan expresivo, en
el que se revelaba tanto espíritu y tanto carácter,
revestía una belleza verdaderamente ideal. Y cuando,
absolutamente entusiasmados, nos apretujábamos a su alrededor
y le aclamábamos y abrazábamos, él se preguntaba
qué había podido emocionarnos tanto, de tal modo se
había identificado, interpretando un papel, con el personaje
que encarnaba. Podría citar una multitud de otros rasgos, de
un interés capital, sobre la manera en que él había
dispuesto la escenificación de Lohengrin, pero me
abstengo por temor a dar una dramaturgia de la obra. Si, en lo que
precede, he dado libre curso a mí entusiasmo por el Maestro,
la causa de ello son las profundas impresiones que sentí en
esos días inolvidables, cuyo recuerdo sigue vivo en mí.
(1) Del libro Souvenirs
sur Richard Wagner, Paris, sin fecha (a principios de siglo)
página 12 y siguientes. Original alemán: Erinnerungen
an Richard Wagner, Leipzig, 1907.
Angelo
Neumann (1838-1910) fue un gran propagandista de la obra de Wagner.
Cantante y director de teatro fundó un llamado Wagner
Theater con el cual representó La Tetralogía
por toda Europa 135 veces.