(Traducido de la revista
"Revue" del 19-5-1951). (Notas de WAGNERIANA).
Nadie en su sano juicio podría
esperar que el soldado de Virginia Joe Sampson, tuviera la más mínima
idea de la existencia de las obras de Richard Wagner o de la historia del
grandioso Teatro del Festival, cuando en la noche del 14 de abril de 1945
se dedicaba a lanzar bombillas como si fuesen bombas de mano.
Joe, con su uniforme caqui,
se mecía divertido sobre la barandilla del alumbrado escénico
y cada vez que una bombilla se estrellaba en el oscuro abismo de la sala
Joe prorrumpía en un estentóreo “Hallooo”. Al lanzar nuevas
bombillas al vacío su semblante manifestaba desbordante alegría.
Su “Hallooo” despertaba múltiples ecos en la fantasmagórica
inmensidad del Teatro donde cientos de soldados U.S.A., negros y blancos
se mezclaban con saqueadores rusos y polacos que al llegar los americanos
habían salido de sus alojamientos en Bayreuth para celebrar juntos
la “victoria” y su “liberación”.
Conectaron reflectores. Dispararon sus armas. Corrieron de un lado para otro, se disfrazaron saqueando los almacenes donde se guardaban cientos de zapatos, vestidos, armas, ropajes de brocado que de 1876 a 1944 habían cubierto de esplendoroso colorido los románticos héroes de Richard Wagner y el tropel de coristas y figurantes. Manipularon misteriosas palancas y la escena se deslizó hacia el foso hundiéndose bajo la tierra casi tanto como podía elevarse hacia lo alto sobre la Colina del Festival dominando Bayreuth en la oscura noche. Las partes metálicas chocaban entre sí, los telones de papel crujían, los engranajes chirriaban inquietos y descontrolados ante la ausencia de la mano experta que desencadenaba la magia escénica de “Los Maestros Cantores”, del “Holandés Errante”, del “Tristán” o “Parsifal” y que lograba que en el “Anillo” el mundo de los Nibelungos se derrumbara como si la destrucción fuese real. Joe no era consciente del escándalo que organizaban sus camaradas rusos, polacos y ucranianos embriagados por la victoria. Sus gritos llegaban a la cubierta de madera, a la cual el teatro debía una acústica única en su género, y descendían hasta el profundo foso, bajo la escena, donde los depósitos que Wagner mandó construir para prevenir posibles incendios absorbían las aguas subterráneas del sótano. Hace poco estos depósitos rebosaron, ya que las bombas eléctricas dejaron de funcionar; el sótano con toda su maquinaria técnica quedó inundado.
Pero Joe y sus compañeros
no sabían nada de esto y si lo hubiesen sabido tampoco les habría
importado. Se estaba todavía en guerra. En el Oder y en el Elba
se seguía disparando.
Joe Sampson y el resto de soldados
americanos que habían conquistado la ciudad sin ningún tipo
de lucha, se habían instalado en Bayreuth. La población no
tenía armas. La policía -convencida de la inutilidad de una
resistencia- depuso las suyas y desde la Colina del Festival descendió
a la ciudad. El viejo castillo seguía ardiendo. Las unidades de
la SS habían rociado con gasolina sus actas secretas para destruirlas.
Nadie había luchado.
Sobre el áspero y macizo
entramado de madera pardo-rojiza de la cubierta del Teatro del Festival
ondeaba la bandera estrellada. En las ventanas del Bayreuth nocturno colgaban
todavía algunas banderas blancas. Las tropas de asalto americanas
no sólo habían entrado en el Teatro del Festival, también
lo habían hecho en Wahnfried, la casa que en 1874, tras su agitada
vida, Wagner había construido bajo la protección de Luis
II para que fuera su último hogar.
El oficial que llegó
en uno de los primeros jeeps que entraron en la ciudad y que se dirigió
inmediatamente a Wahnfried sabía algo más de Wagner y de
Bayreuth que el primario soldado Joe Sampson. El oficial tenía prisa
en ocupar la residencia famosa en todo el mundo. Esperaban ser los primeros
en localizar e interrogar a los descendientes de Richard Wagner, sobre
toda a la famosa Winifred que la propaganda de guerra había calificado
de heroína nazi y gran amiga de Hitler.
Pero llegó tarde. Cuando
junto a sus hombres enfiló la avenida de castaños del jardín
y rodeando el busto de Luis II llegó al final del camino arbolado
tuvo la impresión de que la casa estaba intacta. Pero cuando el
oficial entró en Wahnfried vio que la pared de piedra arenisca de
la fachada era casi lo único que quedaba en pie.
Las bombas del primer ataque aéreo americano que había caído sobre Bayreuth sólo ocho días antes (1) habían destruido las suntuosas habitaciones de la parte posterior de la casa. La gran sala de ocho metros de altura, el otrora reino de Wagner, donde creó sus últimas grandiosas obras, sobre todo “Parsifal”, eran un montón de escombros. Los restos de las esculturas de mármol de Lohengrin, Siegfried, Tannhauser, Tristán y Walther von Stolzing yacían entre las piedras de los muros y los pedazos de la vidriera del techo.
La casa estaba vacía, abandonada, sólo se advertía cierto movimiento en la casa del jardinero. A la izquierda se encontraba la pequeña “Neubau” donde antes de casarse había vivido y trabajado Siegfried, el hijo de Wagner, esposo de Winifred, muerto en 1930. Más tarde fue residencia de Hitler y sus acompañantes durante los Festivales. Ahora había sido refugio de fugitivos ucranianos y polacos que recibieron con entusiasmo a los americanos.
Esto era todo. El oficial dio
una vuelta por lo que quedaba de la casa, hojeó unos libros y malhumorado
tecleó en el piano en el que había tocado Franz Liszt; después
bajó al sótano. Pero decididamente la casa estaba vacía.
El oficial interrogó a varios rezagados. Sus preguntas fueron inquisitivas
ya que veía en Richard Wagner y sus descendientes la personificación
del nazismo y además tenía ante sí la perspectiva
de que el asunto generaría un reportaje sensacionalista. Pero sólo
logró averiguar que la familia Wagner, o sea Winifred, sus hijos
y sus nietos, habían abandonado Bayreuth en las últimas semanas
o quizás en los últimos días.
Le informaron que el hijo más
joven de Winifred, Wolfgang, había llegado a la casa a primeras
horas de la noche para rescatar los archivos, pero después había
desaparecido. Decepcionado e irritado el oficial se dirigió a la
salida. Farfulló un rabioso: “¡No se nos escaparán!”.
Con el motor a toda marcha se dirigió hacia la carretera por la
avenida de los castaños. Al quedarse solos los soldados y los trabajadores
del Este organizaron
su fiesta para celebrar la
liberación. Los muchachos sacaron vino de la bodega y sus gritos
retumbaron en la noche.
LOS NIETOS DE WAGNER
Al joven que en este mismo momento pedaleaba en su bicicleta camino de Wannensteinach en el Fichtelgebirge no le era posible oír este escándalo. El joven de 26 años, al cual su muñeca anquilosada creaba problemas, había salido de Bayreuth a la una de la madrugada. Se trataba del segundo hijo de Siegfried y Winifred Wagner, Wolfgang, nacido en 1919. Viajaba en la oscuridad hacia Oberwarmensteinach donde desde 1935 su madre Winifred poseía una pequeña casa de campo en la que ella y la joven esposa de Wolfgang, Ellen, se habían refugiado tras el bombardeo de Bayreuth.
Wolfgang fue el único
de la familia que permaneció en Bayreuth hasta la entrada de los
americanos. El resto había abandonado la ciudad hacia ya algún
tiempo. Su hermana Friedelind, la preferida de Siegfried, poco atractiva
pero muy inteligente, en 1938, cuando contaba veinte años, había
abandonado ya Alemania; obstinada y resentida, ante las continuas peleas
con su madre decidió marcharse. En estos momentos se encontraba
en algún lugar de América. Esto es todo lo que los Wagner
sabían de ella.
Los otros hermanos, en cambio,
habían permanecido en Bayreuth hasta las últimas semanas.
El hermano mayor, Wieland, nacido en 1917, trabajó en Bayreuth durante
toda la guerra. Por deseo de Hitler varios cientos de artistas fueron dispensados
del servicio militar para crear una reserva preparada para actuar tras
una nebulosa victoria; entre ellos se encontraba un grupo de eminentes
personalidades y otro de jóvenes promesas. El nieto de Richard Wagner,
sensible y complicado, era un superdotado como pintor, músico y
director de escena y se preparaba para suceder a su madre como “Señor
de Bayreuth”. En 1943 había puesto en escena unos notables “Maestros
Cantores” y estuvo presente en el bombardeo y destrucción de la
casa paterna. Ante la proximidad de los americanos se trasladó a
Berlín para salvar de la cercana debacle algunos manuscritos y partituras
originales de su abuelo que su madre sabía en poder de Hitler. No
tardó en regresar sin ningún resultado positivo. No había
conseguido llegar hasta Hitler. El hombre que para los hijos de Winifred
había sido el “tío Wolf”, ante la inminente ruina, no encontró
el tiempo necesario para ocuparse del asunto. Lo único que Wieland
pudo averiguar fue que los valiosos documentos habían salido de
Berlín. Quizás hacia Salzburgo, quizás hacia algún
otro lugar.
Cuando Wieland regresó de Berlín los americanos ya estaban en Bamberg. La esposa de Wieland, una joven de Bayreuth, con la que se había casado en 1941, había huído con sus hijos, Iris y Wolf-Siegfried, hacia otra casa de campo de los Wagner en Nussdorf am Bodensee. Wieland la siguió algunos días después enfrentándose a un inseguro porvenir, refugiándose de momento en la pequeña casa que se hallaba abarrotada ya que se habían refugiado en ella unas familias huidas del Saar. En esta misma casa, adquirida ya en vida de Siegfried, se encontraba también desde hacía unas semanas, Verena, la hermana pequeña, nacida en 1920 y admirada por todos. La muchacha, encantadora y graciosa -una de las causas del malestar y los celos de Friedelind- fue enfermera de la Cruz Roja durante la guerra, estudiando además medicina. A continuación siguió el ejemplo de su madre que con 18 años, joven y apasionada, se casó durante la primera guerra mundial con Siegfried Wagner casi treinta años mayor que ella. Así, Verena se casó con un alto dirigente de la Organización “KdF”, (2) el Doctor Lafferenz, un hombre de gran prestigio internacional pero muchos años mayor que ella. Él, al que el liderazgo de la “KdF” le caía como un tiro, llegó a Bayreuth para organizar la gran afluencia de espectadores que acudían a los Festivales de Guerra y la riada de soldados heridos y trabajadores de las fábricas de armamento. Permaneció en Bayreuth hasta el final. Por pura casualidad no se encontró en Wahnfried cuando cayeron las bombas. Ante la inminente toma de la ciudad se marchó con Wieland hacia Nussdorf.
Wolfgang se quedó e ignoraba si los dos habían logrado llegar a su destino. En contra de su voluntad habla llevado a su madre a Oberwarmensteinach; ella quería quedarse en Bayreuth para esperar firme y orgullosa el desarrollo de los acontecimientos. Intentó salvar la máxima cantidad posible de documentos de la familia; él no era sólo artista como su hermano, era práctico y poseía dotes de organizador. Había sido soldado y en septiembre de 1939, en Polonia, fue gravemente herido. Sólo por casualidad fue uno de los primeros heridos evacuados a la Charité de Berlín donde se encontraba el Dr. Sauerbruch; él lo salvó de la amputación de un brazo, le quedó solo la muñeca anquilosada.
También tenía
claro que sería director de escena. Había trabajado como
ayudante del traspunte en la Opera del Estado de Berlin. Su mano anquilosada
le impidió dedicarse a la música. Fue un auténtico
autodidacta. A diferencia de su hermano no pudo trabajar en Bayreuth. Finalmente,
y ya bajo los efectos del 20 de julio, (3) puso en escena una de las obras
líricas de su padre Siegfried que por desgracia se hallaba bajo
la sombra de la gran montaña que era su padre. En el otoño
de 1944 llegó a Bayreuth durante los Festivales. La proclamación
de la guerra total, con el cierre de todos los Teatros y Operas y de casi
todas las orquestas lo retuvo en Bayreuth. Como mutilado debía prestar
algún servicio y así fue destinado a la organización
de viviendas provisionales hasta que llegó la catástrofe.
En los últimos días, guiado por su sentido práctico
hizo llegar medio quintal de patatas a Oberwarmensteinach. Y ahora era
él el que estaba a punto de llegar allí.
“LA SEÑORA DE BAYREUTH” EN EL EXILIO.
Cuanto más se alejaba Wolfgang de Bayreuth mayor era el silencio. La carretera estaba desierta. No pensaba en lo que dejaba atrás; pensaba en lo que tenía ante sí: en su mujer que conoció siendo bailarina en Berlín, con la que se casó en 1943 y que ahora esperaba de un momento a otro el nacimiento de su primer hijo. Quizás cuando llegase a Oberwarmensteinach habría nacido ya; quizás el parto habría sido difícil. Aceleró su marcha. Era noche cerrada cuando llegó. Winifred estaba todavía despierta. Lo recibió en la puerta como siempre, alta, orgullosa, serena, sobre todo desde que trabajó junto a su marido, pero más que nunca a partir de la muerte de éste en 1930 hasta llegar a 1944 cuando famosa en todo el mundo, rodeada de esplendor y de censuras se convirtió en “La Señora de Bayreuth”. Políticamente se equivocó, como persona tuvo sus debilidades y con frecuencia dejó que el fulgor de su ascensión la deslumbrara. Pero con todo, los que la conocían la admiraban considerándola una de las pocas “grandes damas” en una época en que los valores estaban bastante confusos.
En el momento en que sin palabras
los ojos de Wolfgang le comunicaron el fin de Bayreuth, posiblemente presintió
la negra etapa que los Wagner tenían ante sí. Quizás
también intuyó las amargas adversidades y menosprecios que
le ocasionaría su intensa relación personal con Hitler. Ella
sabía el real alcance de esta relación, sabía que
al fin y al cabo había seguido el camino que ella misma se había
trazado. No se sentía culpable por ello, pero tendría que
asumir la amarga lección de que la opinión pública
mundial la acusara de haber contribuido al encumbramiento de Hitler y por
lo tanto ser cómplice de la génesis de la guerra con todas
sus aberraciones. Vería como su relación con Hitler y la
pasión que éste sentía por la música de Wagner,
crearía la general convicción de que existía una ideología
paralela entre Wagner, Bayreuth y el Nacionalsocialismo, lo que fue una
auténtica amenaza para la obra que Wagner había creado a
lo largo de toda su vida. Probablemente la angustiosa noche del 15 de abril
le hizo pagar cara la prepotencia con que había gobernado el mundo
de Bayreuth, sobre todo a partir de 1930, cuando venciendo hostilidades
y envidias lo concentró todo en sí misma. Pero es posible
que en su interior siguiera creyendo que a pesar del difícil futuro
ella sería de nuevo la “soberana”. A pesar de ser varias veces abuela
solo tenía 48 años. Ultimamente había aumentado de
peso y apareció ante la puerta alta y fuerte. Antes de entrar en
la casa, siguiendo a Wolfgang, dirigió su mirada hacia los 25 kilómetros
quela separaban de Bayreuth, el gran escenario de su vida; lo había
abandonado con el propósito de luchar hasta el final. Quería
regresar lo antes posible. Al cerrar la puerta y reunirse con Wolfgang
y su nuera no presintió que las reducidas habitaciones donde dentro
de poco nacería la más joven de sus nietas, Eva, serían
su “exilio” y que seis años más tarde seguiría en
este restringido espacio aislada de todo el mundo.
PRIMER INTERROGATORIO DE WINIFRED
De momento pasaron los días y no sucedió nada. Los trenes entre Bayreuth y la estación de Warmensteinach, a 25 kilómetros de la casa de campo de los Wagner, no funcionaban. No se publicaban periódicos. A través de la radio llegaron las últimas y escuetas noticias sobre el cerco de Berlín y la muerte de Hitler. Winifred acogió la noticia en silencio. Parece natural que en estos días reviviese las diferentes etapas de su relación con Hitler, desde las primeras visitas a Wahnfried en 1923, hasta su breve y último encuentro después de la victoriosa invasión de Francia en 1940.
Las noticias sobre la toma de Bayreuth aparecidas en la prensa mundial y en los periódicos de las fuerzas aliadas llegaron con semanas de retraso a la casa situada ante el silencioso decorado del bosque de Oberwarniensteinach. Estas noticias contenían una mezcla de verdades y falsedades; la campaña difamatoria, el odio y el afán de sensacionalismo hicieron ver a Wolfgang con claridad las amenazadoras nubes que se cernían sobre los Wagner y su obra.
La conjetura de que Winifred
quería casarse con Hitler para unir “el romántico genio germánico
de Wagner” con “el genio de Hitler” y así establecer un universal
reino germano por medio de una guerra de conquista, fue un rumor muy extendido
en aquellos días.
Se hizo pública la noticia
de la capitulación y poco después llegó el primer
americano a Oberwarmensteinach. Pero no fue un miembro del C.I.C. (4) ni
un agente de la prensa partidista, fue un amigo de Wagner que había
estado ya en Bayreuth en 1939.
El próximo en aparecer
fue Klaus Mann, hijo del escritor Tomas Mann, famoso en todo el mundo por
su postura anti-alemana.
Klaus Mann llegó vistiendo
uniforme americano. Se había criado en Alemania y hasta 1933 había
escrito sus libros, que con más o menos suerte habían seguido
los pasos de su famoso padre, en alemán. Ahora prácticamente
no entendía esta lengua.
Hablaba inglés, un inglés
que sonaba muy mal a los oídos de la inglesa Winifred. Pero con
la candidez política y humana que a pesar de su astucia y de su
prepotencia era característica en “La señora de Bayreuth”,
creyó todavía en el vínculo anglosajón y en
su juego limpio. A pesar de los contactos con Hitler, Winifred nunca dejó
de sentirse inglesa.
Así habló sinceramente
con Klaus Mann, sin ampararse en cobardes omisiones, cosa muy frecuente
en estos meses. No dudó ni un minuto en declararse nacionalsocialista;
nunca lo negaría ya que para ella su manera de interpretar y desear
el nacionalsocialismo no era ninguna vergüenza.
Klaus Mann y el americano que
lo acompañaba reconocieron la sinceridad de sus declaraciones. Telegrafiaron
de inmediato: “Winifred Wagner es la primera alemana que confiesa sin reparos
su pasado nazi”.
Pero Winifred no tardó
en averiguar que orgullo y sinceridad no eran precisamente las posiciones
más adecuadas ante la ola de suspicacias y odios que se abatía
sobre Alemania.
A los pocos días la
llevaron al C.I.C. Trabó conocimiento con la organización
-compuesta en aquellos momentos por alemano-parlantes y emigrantes comunistas-
que abrió más abismos de los que más tarde fue posible
cerrar. Sea como fuere, al revés de lo que sucedió a gran
cantidad de gente, a ella no la encerraron. Simplemente la devolvieron
a Oberwarmensteinach.
WOLFGANG, LA META DE SU VIDA
Algo más tarde Wolfgang también fue interrogado. En estos momentos tiene absolutamente clara la situación a la que se enfrenta. No sólo es su madre la acusada, Wagner se ha convertido en “precursor del fascismo”, igual que Federico el Grande, Bismarck y muchos otros que por suerte nunca se enteraron de su desgracia.
Tras los interrogatorios volvió
la calma. Pero por todas partes se detenía y encarcelaba a los viejos
miembros del partido poseedores de la insignia de oro de la organización;
Winifred ingresó en ella en 1926 y su número de afiliada
era el 29.349 y como todos los miembros anteriores a los cien mil fue recompensada
con la insignia.(5) Se esperaba su detención, pero no pasó
nada.
En junio de 1945 los trenes
que llevan a Bayreuth empiezan a funcionar. La Oficina de Trabajo decide
que Wolfgang realice sus actividades en Bayreuth. Así se encontró
de nuevo ante Wahnfried y ante el Teatro del Festival. El Teatro había
sido incautado por el Servicio Especial Americano. Compañías
americanas de revista y bandas de música reinaban en la casa en
la que desde su fundación sólo se habían representado
los dramas musicales de Richard Wagner. Las "girls" bailaban y los saxofones
aullaban. Wolfgang pudo leer los carteles que anunciaban para la próxima
semana: “Diez negritos”. Comedia de misterio.
El Servicio Especial de la
Novena División Armada anunciaba el gran éxito de Broadway
y se sentía orgulloso y feliz de ofrecer este espectáculo
en el mundialmente famoso teatro del Festival.
El antiguo personal administrativo
de los Wagner, por pura fidelidad, intentó ocuparse de la casa,
pero no les permitieron intervenir. La administración debía
cubrir gastos con los fondos existentes. Los americanos emplearon mucha
gente nueva que debían ser pagados. El desgaste y las averías
crecieron desmesuradamente. Los almacenes y sus existencias eran bienes
sin dueño.
Wahnfried estaba en ruinas.
En el “Neubau” se había instalado el C.L.C. En Bayreuth quedaba
un pequeño grupo de amigos que permanecían fieles a los Wagner
a pesar de su evidente descrédito. Pero, como siempre, hubo quien
sacó provecho de esta ruina, flores surgidas de la ciénaga,
caballeros de la coyuntura y de la cobardía.
En estas circunstancias es
cuando Wolfgang, joven y desconocido, emprende la misión de su vida.
Es el único Wagner que se encuentra en el lugar de los hechos. Nadie
interfiere en sus planes futuros.
No se sabe nada de los hermanos.
En cuanto a Winifred, Wolfgang tiene cada vez más claro que su participación
en la continuidad y asentamiento de los Festivales carece en absoluto de
sentido.
Primero logró que el
Departamento de los Trabajos de Desescombro actuase en la casa paterna.
Lentamente puso orden en los
montones de escombros. Se reagruparon los objetos de valor y los archivos.
Tras algunas semanas Wolfgang regresó a Bayreuth. Según las
autoridades este regreso era inviable. La nueva administración no
quería tener un representante de la familia en la ciudad, a pesar
de que esta ciudad se lo debía todo a los Wagner.
Wolfgang, preocupado, se dirigió
a la casa del jardinero sin hacer ninguna pregunta. Con discreción
hizo que un grupo de fieles colocara unas vallas de madera en varias instalaciones
del Teatro para evitar los continuos pillajes.
ACUSACIONES DE FRIEDELIND CONTRA SU MADRE
En julio apareció un
nuevo Gobernador Militar. Inmediatamente ordenó la incautación
de Wahnfried. Wolfgang solo logró rescatar una parte de los archivos
que se encontraban en la casa. El seguía viviendo oscuramente en
la del jardinero.
Además llegó
la Ley 52. Fueron incautados todos los bienes. Winifred recibió
los consabidos 200 marcos. Wolfgang absolutamente nada. Tuvo que plantearse
la manera de sobrevivir en Bayreuth. Aparecieron los primeros fideicomisarios.
De momento se reunió suficiente dinero para los gastos más
apremiantes y para financiar una orquesta que aprovechando la licencia
de un coro ya existente se formó en parte con elementos de una orquesta
de Munich que al terminar la guerra se había instalado en Bayreuth.
La situación de los
Wagner empeoró. El Gobernador americano prohibió a Wolfgang
entrar en el Teatro del Festival. Los primeros periódicos autorizados
se manifestaron en contra del regreso de los Wagner.
El alcalde de Bayreuth, nombrado
en noviembre de 1945, el doctor Mayer -destituido en 1933 (6) de su cargo
de director del matadero municipal y más tarde veterinario-, vio
rápidamente que la prosperidad de Bayreuth dependía del mantenimiento
de los Festivales y de la obra de Wagner.
Pero él tenía
sus propias planes que pasaban por la eliminación de la familia
Wagner. Evidentemente quería que el Teatro del Festival dependiera
de la Municipalidad, quería evitar la influencia de los Wagner y
más adelante liquidar sus propiedades.
Recordó la existencia
de la hija de Winifred, Friedelind que en 1938 se había marchado
al extranjero. Quizás sería posible hacerla regresar a Bayreuth
y valiéndose de ella eliminar a los Wagner sin vulnerar el testamento
de Siegfried y las últimas voluntades de Richard Wagner.
También recordó la existencia de la hermana mayor de Siegfried, Isolda, que peleada con su familia también había abandonado Bayreuth. Pero se encontró que había muerto, aunque había dejado un hijo que podía utilizarse contra Winifred, hasta el momento la única heredera de Siegfried. Entretanto los ataques de la prensa eran cada vez mas encarnizados. La estrategia anti-nazi iba tomando cuerpo. Se acusa a Winifred de ser la mayor culpable para así poder confiscar sus bienes. Wolfgang cada vez se encuentra en una posición más dificil. Su madre, confinada en Oberwarmensteinach, observa tranquila el desarrollo de los hechos. De ella, de la sentencia sobre su pasado, depende inexorablemente la suerte de los Wagner, la de la obra de toda una vida, tanto de su suegro como de su marido.
Y en estos momentos de creciente
tensión e inseguridad aparece su hija Friedelind que ahora cuenta
28 años. Winifred la vio por última vez en 1940 en Zurich;
le rogó que depusiese su actitud y que regresase a casa. Ahora su
aparición es muy particular.
Se presenta a través
de un libro escrito en América, primero en inglés, bajo el
título: “Herencia de fuego”, después en alemán como:
“Noche sobre Bayreuth”.
Todo el libro es un ataque contra
su madre. Es la gota que colma el vaso de las acusaciones contra los Wagner.(7)
Cuando Winifred cogió
el libro de 336 páginas (8) lo abrió casualmente por la página
donde Friedelind relata el momento en que se separó de su madre
en Zurich en 1940...
Y leyó:
«A última hora
de la tarde regresamos al Hotel, ambas estábamos tensas, sabíamos
que la explosión no podía tardar en producirse. Nos encontrábamos
en mi habitación, yo sentada en su sillón, mi madre ante
mí, sentada sobre la cama. El brillo azul verdoso de la preciosa
seda oriental de su bata reverberaba sobre el tono dorado de su piel. Alardeaba
sobre la sagacidad de Hitler, repetía una y otra vez su versión
del pacto con Stalin.
«Involuntariamente provoqué
el estallido de la bomba cuando sugerí:
“No me dirás que realmente
crees que te cuenta la verdad. Te miente igual que hace con todo el mundo”.
«Mi madre se puso en
pie, la expresión de su rostro afable y animada se transformó,
primero mostró humor, después odio concentrado. Su indignación
no habría sido mayor si yo hubiese puesto en duda la integridad
de Dios.
«“Hasta este momento
me había negado a creer lo que dice la gente”, dijo con voz ahogada,
“desde París me habían informado que habías perdido
la cabeza hablando mal de Alemania, no quise creerlo.., pero ahora... soy
tu madre y no puedo permitir que andes suelta, debes estar
encerrada bajo llave”.
«Se inclinó sobre
mí y me traspasó con la mirada. “Me han hecho venir para
que te proponga dos opciones... o vuelves inmediatamente a Alemania, donde
hasta que termine la guerra serás recluida en un lugar seguro o
permanecerás en un país neutral y te comportarás correctamente...
en caso contrario serás arrestada y llevada a un lugar seguro...
«Quise intervenir, pero
mi madre no había terminado. “Si no atiendes a estas razones se
dará la orden de que a la primera ocasión seas aniquilada
y exterminada. Y si osas trasladarte a un país enemigo puedes imaginar
lo que tal cosa significará...”
«Sentí como la
sangre se helaba en mis venas.., no por las amenazas sino por las palabras
que mi madre había utilizado: “aniquilar” y “exterminar”. Naturalmente
estas palabras procedían de Hitler o de Himmler. Pero ella parecía
no sentir nada al esgrimirlas contra su propia hija, contra su carne y
su sangre.
« “Mira bien lo que haces”,
dijo mi madre... “Sé lo que debo hacer” contesté, “hace tiempo
que tengo en mi poder el visado para Londres, sólo me falta el permiso
de tránsito por suelo francés...”
«“¿Qué
servicios prestas al gobierno inglés para que puedas cruzar un país
enemigo? ¿Qué haces para los enemigos de Alemania? (9)
«Intenté explicarle
que esta guerra no era una guerra entre los pueblos, que se trataba de
una guerra de ideologías. Fue inútil, la voz de mí
madre alcanzó su máximo crescendo: “¿Y al Führer?...
¿al Führer... qué voy a decirle?”.
«No hubo respuesta...
me levanté lentamente, salí de la habitación cerrando
suavemente la puerta. Fuera, en la noche, la palabras “aniquilar” y “exterminar”
martilleaban mis oídos...»
TIEMPOS DE CONFUSIÓN
Mientras leía, el rostro
de Winifred fue cambiando. Dejó caer el libro sobre la falda y levantó
la cabeza desconcertada. En la primera página pudo ver un nombre
en letra más pequeña, era el del “gohst-writer”, Page Cooper.
El había dado forma al manuscrito de Friedelind y probablemente
había introducido el cariz sensacionalista necesario para conseguir
el éxito. Seguro que Cooper había modificado muchas cosas
haciéndolas más duras... pero a pesar de todo el libro procedía
de su hija. No servía de nada que Winifred, al leer el libro, se
indignase desesperada; era inútil que página a página
llenase los márgenes con sus comentarios, que aportase documentos
desautorizando a Friedelind, que citase cartas que demostraban la falsedad
del relato. No la ayudaría escribir junto al texto:
“Inventado”, “Mentira”, “Absurdo”
o “Completa fantasía”. (10)
El libro siguió su curso
en la corriente de su tiempo. Ayudó a confundir y falsear la imagen
de la vida y de la obra de tres generaciones...
Este reportaje es el prólogo
de una serie de relatos que Eric Eberwayer
-conocido de nuestros lectores
por sus novelas, biografias, informes, películas y obras teatrales-
ha escrito para la “Revue”. (11) En ellos pone a nuestro alcance acontecimientos
comprendidos entre 1865, cuando Wagner se encontró en plena crisis
política, hasta 1951, año en que sus nietos Wolfgang y Wieland
mostraron su valía como regidores y como “Señores de Bayreuth”,
mientras su madre Winifred, condenada al exilio por su amistad con Hitler,
contemplaba con amargura y dolor el debut de sus hijos. Eric Eberwayer
da vida a tres generaciones de una familia envuelta en infmidad de rumores.
La historia de Richard Wagner
enamorado de Cósima, la mujer de su amigo Hans von Bülow. Finalmente
logra hacerla su mujer y al morir la deja heredera de su legado ocupando
el lugar de “Señora de Bayreuth”.
La historia
de la huérfana Winifred que poseída por la música
y casi una niña se casa con el hijo de Richard Wagner, Siegfried,
diez años mayor que ella y que tras su muerte, en 1930, será
hasta 1944 el centro de una familia minada por los celos -y por su cuestionada
relación con Hitler- dirigiendo los Festivales como segunda “Señora
de Bayreuth”.
Y finalmente la historia de
sus hijos Wieland y Wolfgang, unas vidas en constante cambio, empezando
como niños mimados, aunque inteligentes, hasta el final de la guerra
cuando arrancados de su medio habitual logran coger de manos de su resentida
madre las riendas de los Festivales de Bayreuth. Se trata de la historia
de dos hombres que sin haber llegado a los treinta se enfrentan a poderosos
enemigos logrando continuar la obra musical de su abuelo.
Estos son los puntos álgidos
de la dramática historia de los Wagner:
crisis reales, huidas, exilio,
amor, pasión, escándalo, amistad, enemigos, patriotismo y
errores políticos.
Estos son los personajes que
aparecen en la historia: Luis II, Hans von Bülow, Friedrich Nietzsche,
Bismarck, Franz Liszt, Anton Bruckner, Engelbert Humperdinck, Eleonora
Duse, Houston Chamberlain, Toscanini, Furtwängler, Adolf Hitler, Hermann
y Karin Göring, Joseph Goebbels, Lady Mitford, Thomas Beecham, Richard
Strauss, Anthony Eden, Mussolini, Ciano, Henderson, Heinz Tietjen, Neurath,
Ribbentrop, Klaus Mann, Hundhammer, Geshard Rossbach.
NOTAS:
(1) En los últimos días de la guerra fueron bombardeadas algunas pequeñas poblaciones alemanas de gran interés artístico y algunos escritores afirmaron que era un intento de los americanos de destruir la cultura alemana, toda vez que dichas poblaciones carecían de interés militar. En el libro "Por Orden del gobierno Militar" de Charles Lincoln se dedica un capitulo a Bayreuth y se afirma que el bombardeo fue debido a una fábrica de municiones que se instaló en la ciudad en los últimos meses de la guerra. El tema sigue siendo objeto de debate de diversos historiadores. En todo caso el Sr. Lincoln no parecía ser un entusiasta de Wagner: “Allí, Ricardo Wagner había hecho edificar un teatro increíblemente feo como monumento a sí mismo”.
(2) “Kraft durch Freude” (“Fuerza por la Alegría”), organización equivalente a la que existía en España en tiempos de Franco, copiada de aquella, y conocida como “Educación y Descanso”. Era la encargada de organizar los Festivales de Bayreuth durante la guerra debido a la falta de los habituales recursos para llevarlos a cabo. La última representación tuvo lugar en verano de 1944, es decir menos de un año antes del final de la guerra. Los asistentes eran soldados heridos y trabajadores de la industria. Los voluntarios españoles en la División Azul, con el característico sentido del humor de este país, llamaban a tal organización “Alegría a la Fuerza”.
(3) 20 de julio de 1944. Atentado contra Hitler.
(4) Suponemos que las iniciales CIC se refieren a la Comisión lnteraliada de Control. Los conocidos como “CIC” formaban parte del servicio de seguridad de las fuerzas norteamericanas en Alemania y se dedicaban a la busca y captura de miembros del partido nacionalsocialista o personalidades del gobierno del desaparecido III Reich.
(5) El partido llegó a tener trece millones de afiliados. Los cien mil primeros no representaban ni el 1 por ciento.
(6) Año de la subida de Hitler al poder.
(7) Visto con la perspectiva de los años la actitud de Friedelind fue providencial, pues pudo aparecer un miembro de la familia que decididamente había militado en el otro bando. Hay que reflexionar sobre el hecho de que pese a los turbulentos momentos vividos en 1945 al final de una guerra mundial y con la caída del nazismo, la problemática sobre la sucesión es quizás más peligrosa hoy día, pues todo aparece apuntar a la desaparición de la familia Wagner de la dirección de los Festivales o, en el mejor de los casos, la familia Wagner más o menos vinculada, pero el Teatro de la verde colina compartido con otros compositores y espectáculos teatrales. Esperemos que la providencia vuelva a intervenir para dejar las cosas en su sitio.
(8) Dicho libro fue reeditado hace un par de años en alemán y es posible adquirirlo en librerías especializadas.
(9) Resulta sorprendente la vocación de los Wagner para meterse en líos. El caso llega a lo divertido. Friedelind, una alemana defendiendo a Inglaterra. Winifred una inglesa defendiendo a Alemania.
(10) El presente artículo reproduce una de las páginas con las notas de Winifred. ¿Dónde estará ahora ese libro?
(11) Lamentablemente en nuestra
biblioteca únicamente tenemos este ejemplar de la revista "Revue",
pues la serie de artículos anunciada prometía ser muy interesante.