13 DE FEBRERO DE 1883
Por Xavier Nicolás

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El adagio de la 7ª de Bruckner suena de fondo mientras la mirada se expande por los canales de Venecia, de aquella Venecia de un fatídico 13 de febrero de 1883, martes y trece. La música enmudeció de repente, pues había fallecido uno de sus máximos exponentes, Richard Wagner, sin ambages a la consolación o a la espera. Desapareció fugaz, sin propaganda, dejando un enorme vacio no ya en la Música, sino en el mundo del Arte y la Cultura.

Ese 13 de febrero iba a provocar inmensas reacciones de todo tipo y en diferentes magnitudes, en personajes políticos, músicos, amigos, familia, escritores, filósofos. Quiero pergeñar tan sólo levemente esa página que se escribió en las postrimerías del carnaval de 1883, donde la muerte se disfrazó de realidad para hacerle una visita al Maestro de Bayreuth.
Por un lado están las opiniones de la gente relevante en tal situación; por otra, las composiciones que surgieron de músicos afines a Wagner y a los que, como el caso del adagio bruckneriano, ese 13 de febrero les inspiró algo especial; por último las crónicas aparecidas en la prensa y las manifestaciones y actos que se sucedieron.

Cósima Wagner, llevaba fiel reflejo de la vida cotidiana en su monumental diario, que precisamente fue interrumpido un día antes, el 12 de febrero, y sus últimas palabras escritas fueron: “Ricardo se pone al piano y toca el tema del Rheingold, del lamento de las hijas del Rhin, Y añade:
¡Amo de veras a estas criaturas, a estos seres insumisos, estos seres profundos, tan nostálgicos”.
Fue un duro golpe para esta gran mujer que iba a sobrevivir aún a su marido 47 años. Para Siegfried, el hijo, con apenas 13 años, iba a ser asimismo un durísimo trance, ya que no sólo perdía al padre, sino al amigo. Ambos llevaron la peor parte de este fatídico día. Cósima estuvo al lado del cuerpo de su marido más de 25 horas, sin moverse, como en trance, hasta que finalmente la obligaron a salir de allí. Ella sólo deseaba ya volver a Bayreuth, a su casa. Cuando cerraron el ataúd, Cósima guardó la llave celosamente, como guardando el último aliento del esposo. Guy de Pourtalès escribe que Cósima se había cortado el cabello para que el bien amado se llevara esta prenda de su fiel Senta.

De las innumerables coronas que se enviaron a Bayreuth, tan sólo se permitieron las dos del rey Luis II para que fueran en el carro donde iba el ataúd de Wagner, el epitafio de una de las coronas del rey era: "Al mayor poeta de la palabra y la composición, el Rey Luis II de Baviera". Como relata el compositor Kienzl en su artículo con respecto a la muerte de Wagner, tres de estas coronas le llamaron especialmente la atención, la de Brahms, la de Hans von Bülow y la de Nietzsche, los tres antagónicos del maestro.
Siegfried comenta cómo fueron aquellos terribles momentos del 13 de febrero; estaba sentado en la sala del piano, y se puso a tocarlo. Entró luego Cósima y se puso con él, y tocó algo. Siegfried preguntó a su madre qué era la pieza que estaba tocando, y ésta le respondió: “el elogio de las lágrimas” de Schubert. En ese momento, entró una de las sirvientas diciendo que el Maestro se encontraba muy mal, y Cósima salió corriendo hacia la habitación. Momentos después moriría, y esas imágenes no las iba a olvidar nunca el niño de 13 años.

Una vez Tristán muerto, Isolda iba a morir también espiritualmente. Mathilde Wesendonck está en Berlín cuando recibe la noticia de la muerte de Wagner. De ese fatal desenlace, nacerán sus bellos versos, “Homenaje a R.W. en su muerte”, escritos el 18 de febrero. Veamos un par de ellos:

“El dolor progresa como las olas en el mar;
ante el ataúd del genio, la humanidad entera se postra”

Isolda-Mathilde queda triste, algo muy profundo se le ha ido, y esta mujer, una de las más grandes wagnerianas, y gran poeta y escritora, le dedicaría, un año más tarde, en 1884, y de forma subliminal, otro poema a su querido Maestro, disfrazado de poema legendario entre el gigante de Traunstein y la joven de Erlakogel, definiendo muy claramente el fatal
destino de Ricardo y Mathilde:

"Érase una vez dos corazones indómitos
Listos para compartir alegría y dolor.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo se originó,
pero la Paz se desvaneció.
Su amor había sido siempre tan ardiente
que cuanto más se amaban,
más se separaban.
El uno escondió al otro la profunda herida de su corazón,
y ambos sabían que ninguno estaba curado.
El Destino, grande y potente, separó al fin a los amantes,
pero queriendo que estuvieran unidos en la muerte,
en la profunda paz de la muerte,
ella yace acostada a sus pies.
Y él no puede desviar la mirada de sus ojos,
que son tan dulces"

Si Isolda murió un poco con Tristán, Lohengrin no llegó a tiempo tampoco de poder salvarlo, y languideció lentamente hasta encontrar su muerte trágicamente. Luis II, el gran incomprendido, y el gran comprendedor de Wagner, iba a perder muchísimo con la muerte de Wagner. Aunque se vieron poco en esos últimos años de la vida de ambos, sus cartas nos han legado un testimonio de una amistad poco común, de una belleza rara y romántica. La última carta del rey de Baviera a su amigo Wagner, es un corto telegrama fechado desde Murnau el 2 de Enero de 1883:
“Desde lo más profundo de mi corazón, correspondo yo a sus deseos de suerte que me hicieron mucha ilusión. Me he alegrado mucho de su tan atenta carta. En las hojas recibidas hace poco he leído con el mayor interés los temas escritos y las composiciones anunciadas en noviembre”.

Wagner, en contestación, le escribió una larguísima e interesante carta, la última, el 10 de enero de 1883. De ella he entresacado el final de la misma, muy preclara de lo que vendría en un cercano futuro en Venecia:
“Es así como cierro hoy el círculo de mi vida, penetrado del noble sentimiento de las bonanzas de las que he disfrutado, y en el cual yo muero, y seguiré a mi Señor y a mi amigo, para la eternidad”.

Luis II no asistió al entierro. Refugiado en Neuschwanstein, recibió la noticia de la muerte de Wagner, traída por su fiel secretario von Bürkel, gran admirador asimismo del Maestro de Bayreuth. La misma tarde del 13 de febrero, con un despacho de Venecia en las manos, se dirigió hacia el Rey. Este quedó consternado y exclamó: “¡Es horrible! ¡Espantoso!.” Luego pidió que le dejaran solo.
El día 16 de febrero, el Rey escribió una carta de consuelo a Cósima Wagner (ver anexo 1). Se la hizo entregar a través de Bürkel personalmente. Cuando éste volvió del entierro de Bayreuth, hizo cerrar y prohibir utilizar todos los pianos de sus castillos, y exclamó: “El artista del cual hoy llora todo el mundo la pérdida, soy yo quien le salvó”.

Franz Liszt fue otro de sus salvadores y fiel compañero. Su apoyo fue vital en todo momento, y la labor que llevó a cabo por su Obra, fue definitiva. A finales de 1882, después de la temporada de Bayreuth con el estreno de Parsifal, se traslada con los Wagner a Venecia. Justo antes de irse para Budapest, compone la obrita para piano “La góndola fúnebre”. ¿Una premonición? El 14 de febrero, por la mañana, recibe la noticia en su despacho. Al principio no dijo nada y siguió escribiendo. Luego exclamó: “¿Por qué no?”. Luego siguió un largo silencio y volvió a decir:
“A mí mismo ya me han enterrado varias veces”. Seguidamente recibió una carta de Daniela, la hija de Cósima, diciéndole de parte de su madre que de momento no fuera a Bayreuth. “Él hoy, yo mañana, allí en la muerte está la verdadera liberación de este yugo que nos oprime, seguido del pecado original”. Bajo los efectos de la noticia, Liszt compone la obra para piano “Richard Wagner-Venecia”, y el 22 de mayo en Weimar compone la obra “En la tumba de Richard Wagner”, para piano, de la cual hizo dos transcripciones también para cuarteto de cuerda y arpa, y para órgano o armonio.

Anton Bruckner, gran compositor fiel a los cánones wagnerianos, estaba a la sazón componiendo su 7ª sinfonía. Sabido era que Bruckner distribuía las divisiones de las partituras con letras en vez de números. Cuando se entera de la muerte del Maestro, Bruckner compone su famoso Adagio, una de las más bellas páginas de la historia de la música. Y él mismo dijo que la compuso pensando en Wagner, y que cuando llega a la “W” en la partitura, hace modular a la orquesta en fortísimo a un luminoso do mayor, que se extingue luego en un pianissimo impresionante. Bruckner lo escribiría así más tarde:
“En cierta ocasión llegué a casa inmensamente triste. Se me figuraba que sin el Maestro no me sería posible seguir viviendo. Entonces se me apareció repentinamente el tema del Adagio en do sostenido menor. Verdaderamente escribí el Adagio pensando en la muerte de aquel ser único y excepcional”.

Gustav Mahler fue otro wagneriano de excepción, y sus obras vocales así lo reflejan. Gran admirador asimismo de Bruckner, Mahler se había convertido al vegetarianismo siguiendo los pasos de su adorado maestro de Bayreuth, y había renunciado al judaísmo públicamente por idénticos motivos. Mahler, cuando se enteró de la muerte de Wagner, se dice que salió a la calle gritando, como un poseso, en medio de un mar de lágrimas, diciendo que no podía ser, y con una angustia vital terrible.

Friedrich Nietzsche, el antiguo amigo y renovado enemigo, quien definiera como “día sacro aquel en que murió Wagner en Venecia”, yacía también con muy mala salud. Escribió un poema un tanto iluminado sobre la muerte de Wagner. y una carta a Cósima donde más que penar la muerte del finado, consolaba a la joven viuda un tanto chocantemente. A continuación un extracto:
“Vos no habéis vivido más que para una sola cosa y lo habéis sacrificado todo por él; más allá del hombre, vos habéis conocido el ideal, y es a él, inmortal en su ser, al que vos pertenecéis; y que vuestro nombre pertenezca para siempre y más allá del amor de este hombre; os habéis apoderado de algo más elevado que su amor y su esperanza: es a él que vos habéis servido, y es a ello que vos pertenecéis, vos y vuestro nombre por siempre, pues eso no muere con un hombre que precisamente acaba de renacer”.

La hermana de Nietzsche, Elisabeth, se casó con Bernhard Förster, colaborador habitual de las “Bayreuther Blätter” y uno de los íntimos del círculo de amigos de Wagner. Ambos viajaron a Paraguay a fundar una colonia de alemanes, Nueva Germania. Wagner le envió un telegrama a principios de 1883: “Saludos de Wagner. Felicidades en vuestros “Sueños”. Buen viaje”. Justo a la llegada a Asunción, le dieron la noticia de su muerte, y Förster escribió: “Ha sido una especie de trueno el saber que Wagner haya ido al Nirvana... pero es un consuelo el haber vivido con él sus mejores momentos y más productivos de su gran carrera... por mucho que busque, nunca encontraré un hombre tan grande y nadie al que haya pertenecido tanto; mi duro trabajo aquí está dedicado al servicio de sus ideas”.

Durante el entierro de Wagner, al que no asistió ni Luis II ni Franz Liszt ni Cósima Wagner, nevó, y los hijos estuvieron presentes con los perros de la casa. Todo Alemania estaba allí, la carroza fúnebre estaba engalanada de negro, y al compás de la Marcha fúnebre de Sigfrido del “Ocaso”, y la Marcha fúnebre beethoveniana, avanzaron lentamente por Bayreuth. Doce porteadores del féretro rodeaban el coche letal, los íntimos: Muncker, Feustel, Gross, Standhartner, Niemann, Porges, Levi, Richter, Wolzogen, Joukowsky, Seidl y Wilhelmj.
Es conocida la carta que escribiera Giuseppe Verdi a su amigo Ricordi el 15 de febrero de 1883:
“Triste, triste, triste!. Wagner ha muerto. Al leer ayer el telegrama que lo anunciaba me quedé absolutamente aterrado. No hay discusión posible: es una gran personalidad que desaparece. Un hombre que deja una poderosa huella en la historia del arte”.
Pero también había quien guardó rencor del Maestro, pese a todo, como es el caso de Franz Strauss, gran músico, intérprete de trompa, y padre del célebre Richard Strauss. Siempre guardó odio y venganza contra Wagner por desavenencias personales con respecto a elementos formales de la orquesta hasta que la ruptura se hizo definitiva. Un día después de la muerte de Wagner, antes de empezar una representación, el director Hermann Levi hizo que la orquesta se pusiera en pie para un silencioso homenaje a Wagner. Franz Strauss es el único que se quedó sentado en la silla.

El 13 de febrero de 1908, 25 años después de la muerte de Wagner, se hicieron grandes conmemoraciones. Felix Weingartner, insigne compositor escribió un artículo muy interesante con respecto a la rabiosa actualidad de Wagner, y Juan Fastenrath, gran hispanista y escritor de renombre alemán escribió unas bellas palabras:
“El reformador genial de la ópera, el creador del drama sinfónico, el regenerador de nuestra vida artística y de nuestra cultura entera, que hallaba la fuente de su arte, lleno de sin par entusiasmo de la pasión, en la Naturaleza, en el bosque, en los prados, en el mar, en los paisajes heroicos, en los temporales, en los elementos germánicos y cristianos, en los mitos y tradiciones germanos, y en todos los bienes ideales, penetrando como Goethe, Beethoven y Weber, en la profundidad de la índole alemana, ha triunfado en toda la línea, brindando a la Humanidad un arte nuevo, un ciclo de música, una melodía solemne, sonora y apasionada, cumplidas armonías artísticas, la poesía de la pena y de la pasión alternando con las visiones del gozo celestial.”

Y siguiendo con España, encontramos a Rogelio de Egusquiza, gran artista y wagneriano, que a la sazón, en 1883, se encuentra exponiendo en Munich. Desde allí envía el célebre y fantástico aguafuerte en donde aparece retratado Wagner, a Cósima. Joaquín Marsillach envió un telegrama a Cósima enseguida de recibir la noticia de la muerte de Wagner:
“Venecia. Cósima Wagner. Comparto su dolor. Su nombre no podrá extinguirse como su vida. Marsillach”. El Doctor Letamendi, le dedicaría un artículo, aparecido en la prensa española y escrito el 27 de febrero de 1883, bajo el título “Juicio postrero de Ricardo Wagner”. Hubo diversos homenajes, conmemoraciones y demás, en Barcelona muy especialmente, aquel mes de febrero de 1883.
Gabriel D’Annunzio describió en unas bellas páginas de su obra “Il fuoco” la muerte de Wagner en medio de las borrascas de febrero, el féretro llevado a pulso por los poetas italianos que reivindicaron este honor, y la góndola lúgubre por los canales de Venecia.

Felix Draeseke remodeló su Requiem opus 22 de 1881, en homenaje a Wagner, y lo presentó junto con Franz Liszt el 3 de mayo de 1883 en Alemania. Ferruccio Busoni dedicó una paráfrasis para piano sobre la Marcha fúnebre del Sigfrido del “Ocaso”, en homenaje a la muerte de Wagner, en 1883. Mascagni escribió una “Elegía in morte di Wagner” cuando Angelo Neumann hizo la tournée triunfal en homenaje a Wagner, en 1883, por toda Italia, partiendo de Venecia y llegando hasta Roma. Glazunov dedicó su poema sinfónico “El Mar”, a Richard Wagner en su muerte.

Hasta el mismísimo critico Eduard Hanslick publicó un larguísimo artículo, titulado “13 de febrero de 1883”, donde dejando a un lado las rencillas pasadas, hace una glosa impresionante de Wagner. Elsa Porges le dedicó un bello poema.
Richard Wagner moriría aquel 13 de febrero de 1883 mientras escribía un futuro trabajo más extenso, desgraciadamente inconcluso, titulado “De lo femenino en lo humano”, que a mi juicio me ha parecido interesante republicarlo de nuevo (Anexo II). Y mientras mentalmente escuchamos su última, al parecer, obra musical, su Elegía, nos ponemos en camino a bordo de una góndola por esas melancólicas callejuelas-canales de Venecia en pos del espíritu errante de Wagner, para rememorarle y honrarle en fecha tan señalada.
 

ANEXO 1

CARTA DE LUIS II REY DE BAVIERA A CÓSIMA WAGNER EL 16 DE FEBRERO DE 1883

«Muy Distinguida Sra. y apreciada amiga.
«Me es imposible plasmar el profundo dolor que llena mi alma acerca de la horrorosa e insustituible pérdida que hemos padecido. ¡Qué golpe del destino más deplorable nos ha tocado a Vd, a los pobres niños, a todos nosotros, los amigos y numerosos admiradores del gran e inolvidable amigo y maestro!. ¡Qué lástima que nos fuera arrancado tan pronto, quién hubiera podido pensarlo!
«Esté Vd. segura, querida y muy apreciada amiga, que comparto en lo más profundo de mi alma con Vd. el amargo dolor sobre tan horroroso y precoz desenlace del querido glorificado, y me solidarizo con Vd. y los queridos niños, como amigo inamovible y fiel.
«Que el Todopoderoso le de fuerza, para soportar la desgraciada prueba y le conserve a Vd. para sus niños, que necesitan tanto de su madre. El pobre Siegfried, cómo le hubiera gustado a su padre instruirle, vigilar su educación, para poder tranquilamente algún día traspasar su legado espiritual y el cuidado de sus obras inmortales.
«Por favor, dígale a todos como su pena me llega al corazón y me hago partícipe del luto. También compadezco profundamente a Liszt, que tan atado está al glorificado, siempre fiel como una roca: tan cerca le estuvo en la pena y la felicidad.
«¡Dios sea con Vdes.! ¡El está bien, ya ha dejado de padecer!
«Como la quiero a Vd. por su amor fuerte y voluntarioso que le ha hecho tan inamoviblemente fiel a él, dedicado al inolvidable y le embelleció así la vida y le hizo feliz.
«Con profunda tristeza, siempre a disposición de Vd. y de sus queridos hijos, inamovible fiel amigo,
«Luis
«Munich, 16-02-1883»
 

ANEXO II

DE LO FEMENINO EN LO HUMANO