La transformación
musical en Centro Europa, dando un paso agigantado del convencionalismo
estático, el barroquismo aburguesado y el metodismo clásico,
al contenido real y descriptivo de la vida humana, con sus pasiones, sus
amoríos y la contemplación de la Naturaleza, tuvo como mar
el romanticismo. Para ello, y como siempre ha acontecido, para el derribo
de lo establecido, fue necesario el talento revolucionario de un sabio
y valiente a la vez. Como en otras históricas ocasiones relacionadas
con el Arte, siempre hubo un primero.
El que rompió la lanza
a favor de una nueva música sinfónica fue L. van Beethoven
a partir significativamente de su Tercera Sinfonía (Heroica). Según
se ha sabido, el estreno de ella tuvo una diferente respuesta por parte
de la crítica, de sus amigos y del público; y quién
sabe si su dedicatoria a Napoleón Bonaparte influyó políticamente...
La historia está llena de ejemplos en otros campos; en los de la
Ciencia, en la Religión y en la Política Social. En Beethoven,
pues, se debe una significativa apertura para dar paso, años después,
al Romanticismo.
El Romanticismo fue la cuna
en la que las Bellas Artes tomaron un vuelo importante para sensibilizarlas
y hacerlas más endulzantes para el goze del alma; borrando su superficialismo
tradicional.
Durante el pasado siglo, desfilaron
en el campo musical grandes genios, sentando por primera vez las bases
armónicas necesarias, para que ellas fueran un conducto idóneo
para penetrar en el alma de sus seguidores los sentimientos más
exquisitos de la vida; como el amor y los más profundos, como la
verdad muda de la misma. Recordemos por orden cronológico los siguientes:
Beethoven, Weber, Berlioz, Brahms, Mendelssohn, Schumann, Wagner, Strauss,
Dvorak, Chopin, Bruckner, Tchaikovsky, etc...
Así, pues, en el terreno
operístico, Weber fue el primero que inició el camino para
que el contenido verista del drama se asociara con el sentido musical descriptivo
del mismo; pudiendo asegurarse que fue él quien intuyó el
“Drama Musical”, ampliado, después, por Wagner. Y fueron Schumann
y Chopin, por ejemplo, los que enriquecieron con sus melodías, un
alto valor humano en sus composiciones pianísticas; saliéndose
del puro mecanismo clásico y del formato rigurosamente exigible
y del imprescindible minué (aún usado por Schubert).
En el terreno sinfónico
le siguieron Beethoven y Brahms; dando un paso más hacia el sentimiento
humano (espejo de su bondad innata) que ampliaron magistralmente la magnitud
orquestal. Después siguió Berlioz, añadiendo una mayor
técnica compositiva y un peculiar sensacionalismo dramático
y trágico en sus versiones (Sinfonía Fantástica).
Cuando el siglo del romanticismo
declinaba, los dos “Ricardos”, Wagner y Strauss, lo apuntalaron; siguiendo
Bruckner, Dvorak y Tchaikovsky, procedentes todos ellos de la escuela romántica,
y siendo Strauss el fundador de la escuela moderna.
Ricardo Wagner fue el propulsor
de la Opera total, con su tesón y contra toda corriente establecida;
importándole muy poco las repulsas estentóreas de la crítica
y del público. Quizá por ello es comprensible que tuviera
una predilección en dirigir las obras de Beethoven, el primer revolucionario
de la música sinfónica, con su “Tercera sinfonía”
y su “Fidelio-Leonora”, años atrás, intentando dar a entender
que la Música era otra cosa, no un pasatiempo pueril.
A lo largo de sus obras Wagner quiso interpretar musicalmente, como vehículo sensitivo y comunicativo, las grandezas del amor, las renuncias heroicas, el misticismo de la Fé, las bajezas del odio, las gravedades de los anatemas, las bellezas de la naturaleza y el misterio de los mitos. Y cuando se sintió herido por la injusticia del imposible (“Tristán e Isolda”), supo reaccionar y se permitió desahogar su espíritu con humorismo e ironía, aprovechando su antagonismo por el sentido retrógado de la entonces ópera en curso, creando “Los Maestros Cantores de Nuremberg”. En aquel poema significó la victoria del nuevo y real sentido humano de la vida social y del amor impetuoso, contra la vetustez de los estilos interpretativos de su época; todo ello reflejado magistralmente entre el bueno Sachs y el petulante arcaico Beckmesser.
Cuando empezaba el presente
siglo, las teorías wagnerianas impulsaron a un nuevo genio musical,
Strauss (el segundo Ricardo), camino de una nueva y gran magnitud sinfónica;
todo y que, en un principio, no estuviera muy conforme con los métodos
temáticos de Wagner y su “leitmotiv”, prefiriendo dedicarse a la
creación del poema sinfónico, del que fue maestro. Una nueva
forma musical no operística y descriptiva de los temas más
humanos. Luego volvió al teatro; pero apartándose un poco
del romanticismo ya decadente; con estilo propio, camino del Modernismo
naciente. Sin embargo, en algunas de sus óperas se observan salpicaduras
románticas. Y también, como Wagner, quiso demostrar su talento
humorístico y crítico sobre la pedantería burguesa
de los “empelucados” de la alta sociedad palaciega, creando su “Caballero
de la rosa”. En ella tambien resalta significativamente el decrépito
personaje Barón Ochs de Lerchenau, también resaltando la
victoria de lo puro y nuevo sobre lo decadente. Hay que reconocer que,
después de la última época del romanticismo, en todas
las Bellas Artes, fue aceptada y disfrutada en el mundo cultural; todo
y el auge del Modernismo. Eminentes compositores como Tchaikovsky, Dvorak
y Sibelius, aún influenciados por el romanticismo, iban triunfando
y sus composiciones quedaron insertas en el programa de los conciertos.
Estas reminiscencias ochocentistas acabaron después de Strauss y
Mahler, los cuales no dejaron, como Wagner, escuelas básicas para
composiciones futuras frente al Modernismo melódico. Después
de Mahler vino el “caos” armónico. Advenedizas “eminencias” (?)
interrumpieron, con pretensiones “redentoras”, cavalgando en el Futurismo,
el Unisonismo, exento de melodía, y el vanguardismo “snob”.
Es de observar, pero, como
el lirismo wagneriano se asomó en algunos fragmentos sinfónicos
de Mahler; (8ª Sinfonía) y entre sus románticos lieder,
como en “las cinco canciones a cinco niños muertos” (1901), sobre
todo en la segunda, de reflejos “tristanianos” y en las trompas durante
el quinto lied de la misma serie.
El Romanticismo europeo tuvo
también repercusiones esporádicas en Italia, aunque en un
estilo mediterráneo, creando el Verismo. Un estilo pseudo-romántico
nacido en el pasado siglo, y capitaneado por los insignes Puccini, Mascagni,
Leoncavallo, Giordano y Cilea, etc. También, como el romanticismo,
vino a dar un nuevo sentido humano a la ópera, en respuesta al “verdianismo”
imperante.
Como sucedió con las
demás Bellas Artes, el arte musical sufrió la metamorfosis
parecida a una revolución demoledora de lo establecido; pero al
revés. Así como en el caso Beethoveniano y Wagneriano fue
para arrinconar lo viejo por carente de expresividad y para edificación
de algo relativamente mejor, los artistas de turno destruyeron lo bello,
lo exquisito, lo ético, para que las nuevas generaciones convulsionaran
sus oidos con estridencias, ruidos, y disonancias, convirtiendo astutamente
las Bellas Artes en Feas Artes. Todo ello arropado por una gran parte de
público “Snob” e influenciado por una prensa ansiosa de personal
sensacionalismo y por corrientes llegadas de un mundo norteamericano exento
de historia cultural y cargado de imperialismo triunfante bélicamente
en dos grandes guerras; siendo allí precisamente donde algunos de
nuestros bisoños y “avanzados” artistas recibieron el espaldarazo
del dólar para medrar. Hay que confesar que en el terreno operístico
también en Europa aparecieron brotes de discutidos escenógrafos
convirtiendo la escena en un jeroglífico incomprensible.
El derrumbamiento de la Cultura europea, en general, durante el largo periodo romántico, madre de la máxima expresión humana y artística; el apocalipsis, después, del Modernismo positivo y valioso, se está consumiendo actualmente. La esperanza, pero, nos ahivia del desespero. La verdad, como todo lo bueno, siempre vencerá si un día las minorías llegan a convencer. Las minorías han sido siempre la despensa de la calidad; tanto material como espi-ritual. Demos aliento a las actuales minorías juveniles que prefieren “bañarse” en aguas puras del verdadero Arte; dejando que el fruto podrido actual caiga encima de las aguas infectas de un materialismo que quiere vulnerar lo eterno; lo universal. De momento, disfrutemos del consuelo de que aun existe un “MET”, un nuevo Liceo en proyecto, importantes teatros y salas de concierto, donde se respeta el Clasicismo, el Barroco, el Romanticismo y el Modernismo.
Para terminar, me permito exponer
aquí un caso vivido por mi, que ilustrará el convencimiento
de lo frágil que es el convencimiento que tienen los abanderados
del nuevo estilo artístico, ufanos del derribo de todo lo bueno
y valioso que nos legaron los grandes maestros, hoy desaparecidos, del
Arte.
Hace no muchos años,
leí en un importante periódico barcelonés, la crítica
que había hecho de un concierto sinfónico. El concierto terminaba
con una de las mejores sinfonías del inmortal Tchaikovsky, la 6ª
Sinfonía. Pues bien, el “experto” periodista (y compositor) dio
la “campanada” siguiente: “Despues de oir las trasnochadas melodías
de Tchaikovsky...”
Seguramente las escualidas composiciones
de tan “avanzado” maestro, cuyo apellido silencio para no perjudicarle,
no serán programadas tantos años como las del insigne compositor
ruso. De momento, puedo asegurar que casi son olvidadas...