TRISTÁN en discos: Barenboim y sus antecesores.
Por Sebastián Spreng

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Por las inmensas dificultades que encierra su realización exitosa, la aparición de todo registro comercial de esta obra magna de la literatura musical debe saludarse como un acontecimiento. De hecho, cada década trajo una o a lo sumo dos versiones importantes, a la agregándose no hace mucho la que nos ocupa a lo más distinguido de la nómina.

A principios de la década de los ochenta ocuparon nuestra atención las provocativas lecturas de Carlos Kleiber y Leonard Bernstein a la que se suma la más conservadora de Reginald Goodall. Rigurosamente signadas por enfoques bien marcados, los tres directores fueron absolutos protagonistas, mientras los cantantes pasaban a un meritorio segundo plano. Vale constatar, que la edición de Teldec aparecida hace unos meses también se enmarca dentro de estos parámetros.

Con esta misma obra, Daniel Barenboim hacía su debut catorce años atrás en Bayreuth para evidenciar a través de sucesivas temporadas en el Teatro de los Festivales una sabia asimilación con la más elusiva de las partituras wagnerianas. Ahora, la gran orquesta berlinesa (Filarmónica) lo secunda gloriosa en este Tristán, el mejor grabado hasta la fecha. Una amplísima y deslumbrante sonoridad testimonia fielmente el maravilloso entendimiento entre director y orquesta. Después de un Parsifal antológico y un Anillo memorable , sólo queda decir que este registro llega en el momento preciso para marcar su culminación como director wagneriano.

La escasez de voces capaces de medirse con las exigencias planteadas por el compositor ya fueron un obstáculo para Bernstein y Kleiber, que optó por una soprano mozartiana ( Margaret Price) integrada felizmente a la poética visión del director. Considerando que en esta era no puede elegirse demasiado sino solo utilizar lo disponible, Barenboim va a lo seguro con el equipo que tan bien lo conoce y acompaña desde hace añares. Sin embargo, esta aparente ventaja tiende a limitarlo al no tener más remedio que acomodarse a las posibilidades de sus cantantes, especialmente cuando se trata del sector femenino.

Si Waltraud Meier es la más bella y efectiva Isolda que el espectador pueda imaginar en escena, Marjana Lipovsek es una artista de probada eficacia. Pero ambas mezzos suenan muy semejantes dejándonos sin la esperada confrontación entre colores vocales. Magnífica cantante y actriz, con todos los aciertos que exhibe en el tratamiento de su rol, Meier no logra equipararse a su celebre Kundry. En instancias se la percibe luchando inútilmente con la tesitura, demasiado preocupada por cantar y ni que hablar de los temidos agudos de la Narración del primer acto que emergen forzados, cuando no gritados. Siempre sagaz y atenta, revela facetas que otras con mayores medios vocales dejaron de lado, pero en el balance final, solo convence en virtud de su inteligencia.

El problema es de registro, acentuado por el color y la textura del instrumento que acusa una cierta frialdad totalmente opuesta a su vibrante concepción de la heroína. Otra voces menos bellas pero más expresivas-como Varnay, Mödl e incluso Dernesch- supieron adueñarse del papel con una intensidad que por el momento elude a la Isolda de Barenboim

Algo semejante le sucede a Lipovsek que en varias instancias reduce la línea de canto a un parlando más acorde con la Nodriza de Richard Strauss o la Bruja de Hänsel & Gretel que con la majestuosidad de una Brangania. Estupenda en los pasajes menos exigidos y en el Einsam wachend in der Nacht, tampoco se la siente cómoda o a la altura del compromiso en los titánicos climax. Sin poner en dudas, que ambos trabajos reflejan las intenciones del director debe notarse que en un registro con miras a perdurar estas reservas constituyen su único Talón de Aquiles.

Menos problemático es el sector masculino, desde Uwe Heilmann-que inicia la obra con un bello Westwarts schweift der Blick- al excelente Kurwenal de Falk Struckmann. A su lado, el finlandés Matti Salminenes un imponente aunque poco sugestivo Rey Marke. Los tenores encargados del protagónico -llámese Rene Kollo, Peter Hoffmann, Fritz Uhlo Wolfgang Windgassen- fueron lo más flojo de casi todas las versiones recientes. No es este el caso de Siegfried Jerusalem que se gana un lugar de privilegio entre los Tristanes discográficos. Es una interpretación honesta, convincente, musicalmente impecable -lo que es mucho decir- que demuestra un experimentado manejo de las facetas líricas y heroicas del personaje, más allá de una voz que pierde belleza con el paso de los años.

Se impone entonces una brevísima reseña de los mas destacados registros de Tristán de postguerra y en este terreno, el clásico de EMI con Furtwängler y el milagro de una Kirsten Flagstad casi sexagenaria (pese al pecadillo en que Schwarzkopf la dobló en los agudos de la Narración), más un Ludwig Suthaus que se agiganta con el transcurso del tiempo, sigue estableciendo el molde a seguir. Asimismo crece el Tristán del veterano WolfgangWindgassen bajo la enérgica batuta de Karl Böhm, con la incomparable Birgit Nilsson en plenitud y la Brangania de Christa Ludwig, en todo sentido, el marco perfecto para la Isolda de la sueca. En solo tres discos y con el impacto sonoro propio del Festspielhaus fue demasiado criticada en su momento pero hoy se la considera una de las mas satisfactorias. (DGG)

Acompañado por Dernesch, Ludwig y Berry, el monumental -y polémico-Tristán literalmente encarnado por Jon Vickers es la razon de ser de la sofisticada grabación de Herbert von Karajan de 1972 (EMI), que veinte años atrás mostraba mayor vitalidad y resolución en Bayreuth con Martha Mödl y Ramón Vinay no deja de decepcionar la de Georg Solti con una asombrosa pero todavía inmadura Birgit Nilsson de 1959 (DECCA). Más homogénea y con espléndida sonoridad son las tres más recientes nombradas al comienzo donde claramente emerge ganadora la de Carlos Kleiber con la mencionada Price y la siempre reveladora Brigitte Fassbänder. Una lectura incandescente, atrevida y emocionante del maestro al frente de la soberbia Staatskapelle Dresden (DGG).

En cuanto a la oferta en versiones disponibles en video es interesante observar el camino recorrido por Barenboim responsable del Tristán debido a Jean-Pierre Ponnelle en Bayreuth con Kollo y la norteamericana Johanna Meier y la de recientemente descubierta de Pierre Boulez en Osaka (1967) con Nilsson, Windgassen y Hotter, histórica pese a la imagen y sonido un tanto difusos. Algún día llegará a editarse comercialmente el famoso video de las funciones de Orange que reunieron a Nilsson y Vickers?.

Retornando a la versión discográfica que da pie al comentario, en cuatro CDs, con bellísima presentación, esta admirable versión de Barenboim se ubica entre las más recomendables, en digna competencia con Furtwängler, Böhm y Kleiber. Y aquí surgen las incógnitas; veremos una capaz de hacerle sombra antes del fin del siglo? El octogenario Solti verá concretado su deseo de volver a grabarla?. Mientras Levine y Sinopoli aguarda, se informa que Abbado la registrará con Jane Eaglen. Con Studer, Heppner, Seiffert-quizá Domingo-Hampson, Terfel y Meier como Brangania en el horizonte, la competencia queda abierta. Por ahora, Barenboim es la opción de rigor.