Dificilmente se puede hablar
del “Parsifal”, desde cualquier punto de vista, sin mencionar en
algún momento a Wolfram von Eschenbach. Aunque no excesivamente
conocido por el gran público, este trovador alemán, este
Minnesänger, es una de las piezas claves para entronizar el mito del
“Parsifal”, y su obra quedará siempre como un “clásico” en
el tema. (1)
¿Qué sabemos de Wolfam von Eschenbach? Realmente no demasiado, aunque lo suficiente para afirmar que fue uno de los más importantes trovadores alemanes de la época de la Wartburg, y que sus odas y composiciones fueron muy loadas en su época. Podríamos afirmar como J. Fastenrath: (2) “Descubríos ante la figura sublime del cantor de lo eterno, Wolfram von Eschenbach, que, sin ser un asceta, se remontó a las alturas de lo sobrehumano, a las regiones del mítico Grial...”.
Al parecer, fue un caballero,
de aquellos a los que gustaban las justas y torneos, siguiendo las máximas
de Ramón Llull. No se sabe a ciencia cierta cuando nació,
pero se cree que a finales del Siglo XII. Su patria natal fue Baviera,
y Eschenbach su pueblo, habiendo vivido gran parte de su vida en Ansbach.
Según parece a su pueblo natal se le dió hace unas décadas
el nombre de Wolframseschenbach en su memoria, y se erigió un monumento
en su honor.
De su producción literaria,
su obra más conocida es este “Perceval el Galés”, pero también
dejó otras dos, inconclusas: “Titurel” y “Willehalm”, así
como otras obras menores.
Lo más curioso del caso es que, según cuentan, Wolfram von Eschenbach no sabía ni leer ni escribir, (3) lo cual no deja de ser chocante. Al parecer se hacía leer las obras (de tradición oral y escrita) y poseía una prodigiosa memoria. Era una mezcla de caballero medieval y de poeta, de monje y guerrero, “reunía en su persona elementos caballerescos, y populares, laicos y eclesiásticos; tenía por única riqueza el arte que le dió Dios por única fuente de sustento, el canto; respirando sus poemas la fresca atmósfera del bosque y de las montañas”. (4)
Se cree que concibió su Parsifal a principios del Siglo XIII, en la Wartburg, mítico castillo, cuna de poetas y trovadores; y que lo fmalizó en 1215. Allí, en este castillo, donde estos cantores al Amor, estos Maestros Cantores, cuyas tres reglas principales, Dios, su señor y la mujer amada, constituían la fuente de sus inspiraciones, compuso Wolfram su magna obra. Pues él fue el príncipe de los trovadores, la máxima figura junto a Walter von der Vogelweide y Heinrich Tannhäuser.
Richard Wagner, el gran músico,
también puso su atención en él, y lo inmortalizó
en su obra “Tannhäuser”, mostrándonos aquí a un Wolfram
piadoso y compasivo, caballeresco y receptáculo de virtudes, y máximo
exponente de la Renuncia.
Ya Wagner tuvo un primer contacto
con la obra de Wolfram von Eschenbach allá por los años de
1844-45, cuando ya empezaba a gestar su “Lohengrin”: “Con un libro debajo
del brazo (los poemas de Wolfram von Eschenbach) me adentraba en el bosque
y, tumbado a orillas de un riachuelo, me distraía en compañía
de Tliturel y Parsifal, personajes de estos poemas tan extraños,
y, sin embargo, tan familiares, de Wolfram”. (5).
Wagner, como en muchas otras ocasiones, supo captar genialmente lo mejor de este personaje histórico, y lo plasmó en su obra de una manera especial, conmovedora. Wolfram es aquí el símbolo de la Renuncia, -como Hans Sachs en los “Maestros Cantores” es el signo de la Amistad- y de la Fidelidad a Tannhäuser. Sus palabras, en el tercer acto, cuando contempla el sufrimiento de Elisabeth, son de una belleza exponente de esto que acabo de decir; es su angustia del pesar ante el dolor de Elisabeth (a quién él ama profundamente) por Tannhäuser, su fiel amigo:
“¡Oh Dios del cielo, que
puede verle!
¡Si este consuelo no
he de encontrar
dale al menos fuerza para sufrir!”
(6)
Y finalmente será él, con sus palabras, con la sola mención del nombre de Elisabeth, quien hará que Tannhäuser se redima, se libere. J. Mª. Serra de Martínez definió en breves palabras el espíritu de Wolfram: “Es el representante único de la amistad cristiana. Toda su vida y su obra no va dirigida a otro fin que defender, que redimir al amigo, a salvar a Tannhäuser. Su heróico renunciamiento y su acción de caridad con el prójimo le convertirán en modelo de abnegación y sacrificio, y su nombre será venerado como héroe de la verdadera amistad”. (7)
Ciñéndonos ya
a la obra “Parsifal” de Wolfram von Eschenbach, y visto mucho de lo que
sobre el tema se ha escrito, podemos afirmar que es la obra cumbre, junto
a la de Chrétien de Troyes (8), sobre este mítico personaje.
La historia, desde sus orígenes
hasta el fmal del ciclo, difiere y diverge del resto, aunque manteniendo
ciertos puntos de contacto. Voy a tratar de desglosar la historia de este
“Parsifal” de Wolfram, no exhaustivamente, pero sí paso a paso.
Se inicia la obra de Wolfram
con la historia del padre de Parsifal, Gamuret (9), hijo de noble estirpe,
del rey Gandin. Su vida es el eterno combate, su fin, la gloria. Y para
ello decide marcharse a Oriente a ensalzar más su nombre, si cabe.
Así va a parar al reino de Zazamanc, donde tras una serie de fortuitos
combates, acaba casándose con Bélacâne, una reina mora.
Pero pocas felicidades le esperan
en este matrimonio, ya que semanas después, Gamuret parte de nuevo
en pos de más combates y hazañas, dejando en Zazamanc a su
esposa y a un hijo por nacer.
Pasado el tiempo reglamentario
tiene lugar el nacimiento de este niño, quien, por prodigio divino,
nace con la piel de dos colores, blanca y negra. Su nombre será
Feirefiis, y tendrá un papel muy importante en el contexto de la
obra. Este será el hermano de Parsifal.
De vuelta a Europa, pasa a España
Gamuret, saludando al rey de allí, Kaylet, primo suyo; y va hacia
las Galias donde se celebran unos torneos en honor de su reina, Herzeloide.
El premio al vencedor será la mano de la reina, aún doncella,
y su reino.
Gamuret gana las justas, y
muy a su pesar, pues ya estaba casado con Bélacâne a quien
echaba mucho de menos, se casa con Herzeloide.
Pero de nuevo Gamuret, eterno errante, viajero infatigable, se va en busca de la diosa Fortuna. Esta vez es Bagdad su meta, y es allí donde al fin encontrará su muerte, este noble caballero, que “descendía de una raza de hadas” según Wolfram (10). Y de nuevo este caballero medieval cristiano, este héroe de héroes, vuelve a dejar otro sucesor, esta vez en el seno de Herzeloide, el que será nuestro joven Parsifal.
Es curioso constatar, cuando
Wolfram nos hace la descripción fisica de Parsifal a lo largo de
la obra, la belleza del héroe. A juzgar por sus palabras, era el
más bello y honrado caballero del mundo. Todos cuantos le ven, caballeros
y damas, reyes y vasallos, amigos o enemigos; todos coinciden en esto:
“De todos los hombres que yo haya visto, él es ciertamente el más
bello y mejor hecho”, “todos pudieron convencerse que no había en
el mundo criatura más bella”, “Dios había trabajado con amor
el día que creó a Parsifal, el héroe sin miedo”. (11)
Hecha esta salvedad, y volviendo
al hilo de la historia, tenemos que, una vez muerto Gamuret, Herzeloide
se retira a un bosque profundo, lejos del mundanal mido, con su hijo, en
el país de Soltane. Con un reducido séquito, instruído
para que nadie revele nada al muchacho.
De este niño, que recorre
el bosque con su arco y flechas, cazando animalillos, vamos a resaltar
dos virtudes que van a ser los puntales de su personalidad: la compasión
y la ausencia de miedo.
Recordemos aquí la escena
del “Parsifal” wagneriano en que el joven inocente mata a un cisne y los
remordimientos tras la reprimenda de Gurnemanz. Del mismo modo, a lo largo
de la obra, se repiten escenas semejantes, iniciadas ya en su tierna infancia
tras la muerte de un pájaro. Asimismo, como Sigfrido, Parsifal desconoce
el miedo, y su temeridad raya con la inocencia, candor infantil que le
hace decir, mientras camina por lo más profundo del bosque y oye
ruidos extraños: “¿Qué ruido es ese? ¡Ah! ¡Si
fuese
el Diablo! Quisiera que apareciese
por aquí, con toda su maldad y cólera. No dudaría
ni un instante en atacarle”. (12)
Su primera visión de
cuatro caballeros, en medio del bosque, le fascina por sus armaduras brillantes
y sus espadas. A sus infantiles ojos semejan Dioses. Es su primer encuentro
con la caballería andante, y lo que hará que decida su camino
a seguir. Quiere ante todo ir a la corte del Rey Arturo que le mencionaran
esos caballeros; aquel rey de reyes que le armará a él caballero.
Esta súbita marcha de
Parsifal, tan esperada como temida por Herzeloide, provocará su
muerte, acontecimiento del cual Parsifal no tendrá noticia hasta
mucho tiempo después.
Desde su primer combate con
Ither de Gahaviez, Parsifal irá errando de aquí para allá
en busca de gloria y renombre, venciendo a cuantos se encuentre en su camino.
Tendrá un buen maestro de armas, Gornemant de Grahars, personaje
que aquí nos aparece con diferente aspecto al del drama sacro de
Wagner. Será Gornemant quien le enseñará los secretos
de la caballería andante y el cual, a través de sus consejos
(“nunca hagas demasiadas preguntas”), será el responsable indirecto
del fracaso de Parsifal en su primer encuentro con el Grial. Seguidamente
viene el episodio del encuentro del héroe con Condwiramour, con
la que contrae nupcias. Y aquí llegamos a un punto clave de la historia
de Wolfram con relación al ciclo artúrico. Tal y como se
nos presenta al héroe en el conocido ciclo, es precisamente la virtud
de la castidad ante todo, la que hará de Parsifal uno de los elegidos
para llegar al Santo Grial. Sin embargo, aquí, en la historia de
Wolfram, Parsifal contrae matrimonio con Condwiramour y consume el mismo,
perdiendo esa virginidad original base de las virtudes “sine qua non” del
héroe que ha de alcanzar el Grial en la Vulgata artúrica.
De este modo, Parsifal se convierte,
por derecho marital, en rey de Beaurepaire, aunque siga aún conociéndose
como el Caballero Bermejo, por haber matado a Ither y cogido su armadura
de ese color.
Es así como llegamos
al castillo del Grial de la mano de Parsifal. “Sólo aquellos que
no buscan el Grial, lo encontrarán”, esa es la sentencia popular.
Y de este modo, Parsifal encuentra al rey Pescador, y éste le invita
a pernoctar en su castillo.
En su interior, pajes y guardianes, van vestidos de verde. Y es así como Parsifal ve la lanza que gotea sangre por la punta, y el dolor de Amfortas, y nada pregunta, pues su instructor Gornemant así se lo dijo. Wolfram nos describe con lujo de detalles todo el castillo, las ceremonias y ritos previos a la aparición del Grial, traídos por la joven Repanse de Joie. También nos describe Wolfram los pensamientos del joven Parsifal: “Gornemant me recomendó el no hacer preguntas. Quizás mi estancia aqui sea parecida a la que tuve en su casa. Quizás entenderé qué hacen todos estos caballeros aquí reunidos, sin tener que preguntar a nadie”. (13) Esta no-pregunta fatal, se ha querido ver muchas veces como una justificación de su culpa en la muerte de su madre, cuando dejó el hogar y marchó a la corte del rey Arturo. Sin embargo, creo más acertada la tesis que se basa en la propia esencia de candor, inocencia y simpleza de Parsifal.
Alguien ha pretendido ver en Wolfram y su obra visiones mágicas y extraños lazos esotérico-místicos: “Su Parzival revela un control intelectual, una tendencia cognoscitiva, alquímica y mágica. Wolfram es un guerrero nato, un guerrero Minnesänger de la guerra esotérica”. (14)
Wolfram nos habla del Grial
como una fuente poderosa de poder. De él emana riqueza y abundancia
sin límites. Veamos cómo lo describe: “...era un objeto tan
solemne, que en el Paraíso no hay nada más bello, el todo
perfecto donde nada faltaba y que era al mismo tiempo racimo y flor. Este
objeto era llamado el Graal. Y no había sobre la Tierra cosa más
maravillosa”. (15)
Y este cáliz santo,
que todo lo da y todo lo sacia, pasa ante los ojos de Parsifal como en
un sueño. Y tal como vino, se fue. A la mañana siguiente
ya no existe Grial, ni Amfortas, ni castillo de Monsalvage. Como una vana
ilusión, como un sutil sueño, se desvanece ante sí
todo aquel mundo sagrado, y todo ello por no haber hecho la pregunta adecuada.
Parsifal está frustrado,
decepcionado de sí mismo. Se siente culpable subjetivamente, se
inquiere a sí mismo mil veces, mil preguntas, pero sin respuestas.
Y entonces va a la búsqueda del Grial, esa búsqueda del santo
cáliz sagrado que únicamente aparece cuando precisamente
no se le busca. Monsalvage-Titurel-Amfortas, estos nombres se barajan en
la mente de Parsifal.
Después de esta derrota
moral, en su errante caminar se encuentra Parsifal con su prima Sigune
quien por primera vez le da a conocer su nombre: Perceval. A partir de
ahí ya no será más el caballero bermejo, ahora tendrá
un nombre: Perceval. Ella le explicará también los misterios
de la Tierra Salvaje donde los caballeros de la blanca paloma, del Graal,
sirven a su rey, a su señor Amfortas.
Parsifal ciñe ahora
dos espadas, la suya ganada a pulso en sus combates, y la que le diera
Amfortas en Monsalvage. Espada mágica, sagrada. Y Parsifal regresa
a la corte del rey Arturo, donde combate con varios caballeros de la tabla
redonda.
Aparece entonces uno de los personajes más enigmáticos de la obra, Cundrie, la que poco o nada se parece a la Kundry wagneriana. Pero es en esta aparición donde vamos a encontrar una de las claves del enigma laberíntico de la búsqueda del Grial. El discurso que lanza, que apostrofa, a modo de insulto y escarnio, con mucha carga de violencia, Cundrie a Parsifal. Y ello es muy sintomático e importante para todo el relato que vendrá a continuación.
Wolfram nos presenta a Cundrie
como un ser deforme, tanto fisica como mentalmente. Es un ser extraño,
ido, una bruja, una pagana. Se dirige en primer lugar al rey Arturo diciéndole
que su corte es ahora indigna, descortés, irreverente, por haber
acogido a Parsifal, a ese ser odioso e infame, según ella. Se dirige
después al pobre Perceval quien escucha atónito y sin fuerzas
para replicar:
“Soy presta a jurar que jamás
hombre tan bello como vos guarda en su alma tal reserva de falsedad. Sois
un traidor y el más vil de los pecadores, como la mordedura de una
serpiente (16). Le echa en cara su deshonor por no haberle preguntado nada
a Amfortas. Le zahiere e insulta, lanzando por fin, mientras se aleja,
una última súplica: “¡A Monsalvage! ¡Asilo de
los peores dolores! ¡Nadie, nadie! ¿no habrá nadie
que vaya a llevar allí esperanza y consola-ción?”. (17)
Y a partir de ese momento es cuando Parsifal sufre en su interior un cambio de mentalidad en su espíritu, y se aparta de Dios a su manera. Piensa que Él le ha abandonado a su suerte y no quiere saber más de él. Sólo confia en su fuerza, en su instinto, en sus sentimientos, en su mujer amada. Y es curioso que cuando se despide de Gauvain, su fiel amigo, le diga aquello de que ha de confiar más en su mujer amada que en Dios a la hora de combatir, de luchar. (18)
También a partir de ahí
comienza el largo peregrinar de Parsifal durante largos años en
busca del Grial, en busca de su espiritualidad perdida, del Dios verdadero.
Para demostrar al Mundo, y a su amada, y sobre todo a sí mismo,
que no está acabado, que Monsalvage aún le espera. Y Wolfram
nos desentiende de ese largo errar parsifaliano para irnos de aventuras
con Gauvain.
Mientras nos narra las aventuras
de éste, Parsifal aparece y desaparece, aquí y allá.
Hasta que finalmente aparece, reaparece y encuentra el Grial, mitigando
el dolor de Amfortas. Parsifal de esa manera acaba sus sufrimientos, re-encuentra
su fe perdida y la Paloma blanca sobrevuela por encima del Santo Cáliz.
En el Cáliz puede leerse
una inscripción: “Si alguna vez Dios designa a uno de los caballeros
templarios como rey de un pueblo extranjero, este caballero debera exigir
el que nadie intente buscar ni conocer su nombre, ni su origen; y deberá
ayudar a ese pueblo a hacer respetar todos sus derechos. Pero si alguna
vez se le eleva esa pregunta, entonces se alejará para siempre de
allí”.
Aquí ya vemos a quien
va dirigida la inscripción, al hijo de Perceval, Loherangrin, el
Lohengrin wagneriano. La escena queda bañada por una ténue
luz blanquecina, un haz potente de luz emana de la parte superior, de fondo
resuenan las campanas del Templo del Grial mientras un coro de guerreros
de capa blanca, entonan cánticos en loor del nuevo rey del Graal:
Perceval.
NOTAS:
(1) “Parzival”, de Wolfram von
Eschenbach. Edición francesa. Ed. Aubier Montaigne. Paris, 1977
((2 vol.) esta será la edición a fa cual me remitiré
en las sucesivas notas.
(2) “La Walhalla y las glorias
de Alemania”. Ed. sucesores de Rivadeneyra. Madrid, 1911. Tomo 12, pág.
5.
(3) Cfr. J.Fastenrath op. cit.
Pg. 7: “fue el último gran poeta de la literatura universal que
no sabia leer ni escribir’. Cfr. Ernest Tonnelet en “Introducción
al Parsifal de W. von Eschenbach”. Ed. Aubier Montaigne, Paris, 1977, Pg.
IX “Es muy probable que utilizase la ayuda de escribas y lectores”. Cfr.
el propio Wolfram von Eschenbach: “Yo no sé leer ni escribir”. Op.
cit. pg. 101.
(4) J. Fastenrath. Op. cit.
pg. 6.
(5) R. Wagner: “Mi vida”. Ed.
Janés. Barcelona, 1952. Pg. 261.
(6) R. Wagner: ‘Tannhäuser”.
Ed. Anna D’Ax. Barcelona, 1962. Pg. 61.
(7) J. Mª. Serra de Martinez:
“Figuras wagnerianas”. Ed. librería literaria. Barcelona, 1928.
Pg. 73.
(8) Chrétien de Troyes:
“Perceval o el cuento del Grial”. Espasa Calpe, col. Austral. Madrid, 1960.
(9) Muy curioso el tiempo narrativo
que utiliza Wolfram, quien empieza la historia con las aventuras del padre
de Parsifal, Gamuret; y acaba la obra narrando las peripecias del hijo
de Parsifal, Loherangrin (Lohengrin).
(10) Wolfram. Op. oit. Pg.
85.
(11) Wolfram. Op. cit. Pg.
118 y 131.
(12) Wolfram. Op. cit. Pg.
107-8.
(13) Wolfram. Op. cit. Pg.
209.
(14) Miguel Serrano: “AH. el
último avatara”. Ed. la Nueva edad. S. de Chile. Pg.509.
(15) Wolfram Op. cit. Pg. 206.
(16) Wolfram.Op.cit.Pg.276.
(17) Wolfram. Op. cit. Pg.
278.
(18) Wolfram. Op. cit. Pg.
289 y 323.