En estos momentos en que
se está queriendo convertir las Bellas Artes en pura materia disolvente,
con el concurso de ciertos valores nacidos de la dudosa y sofisticada moral
psicológica y filosófica, sin conocimiento de cuanto preten-den
enjuiciar; después de haber corrompido las Artes Plásticas
en algo inocuo, insulso e irritante, empieza a tomar cuerpo la desmembración
del arte operístico, empezando por uno de sus miembros más
fáciles de dislocar: la puesta en escena. Mutilación cruel
que deja seccionada la conjunción operística y por añadidura,
el disfraz del vestuario y la insulsez del medio ambiente completan el
asesinato.
Ello tiene, a pesar de todo,
su origen. La falta de genios creadores de algo que tenga un valor que
merezca pasar a la posteridad sin perder su brillo. A falta de valores
creadores de ópera, por ejemplo, se encuentra ésta en manos
de cuatro arriesgados arribistas, ignorantes del verdadero Arte que, aprovechando
la lamentable situación amorfa y pancista de la sociedad actual,
no poseen otra virtud que la de ensañarse con las obras de los grandes
artífices del Arte Teatral y Musical. Son como gusanos que, para
vivir, necesitan alimentarse de la sana manzana, a la vez que la van matando...
(valga la comparación).
Para su fin, aquellos “expertos”,
pero sin curriculum brillante, han escogido la política para adivinar
que Wagner, por ejemplo, había proyectado sus obras con unas gotas
de política socialista. Siguiendo quizás la inveterada manía
de querer despersonalizar la obra y el ideal de nuestro querido Maestro,
le han colgado una etiqueta más de desprestigio.
¡Sólo le faltaba
esto a nuestro Maestro! Ser un partidario del marxismo, y que escondiera
estos sentimientos en los textos y partituras. ¡Sólo le faltaba
esto para completar el repertorio de falsedades dedicadas solapadamente
a minar su celebridad!.
No es, pero, extraña
esta maniobra encubierta. La de aquel grupo de politizados descubridores
de enigmas, que están siguiendo la carrera ascendente de Kupfer
y otros menos relevantes engendrados en países antaño “socializados”.
La mala gestión comunista en aquellas naciones se refleja claramente
en los resultados de ellos y es de esperar que seguirán hasta llegar
al mismo fracaso. Poner un marchamo materialista en cualquier obra de arte,
es un grave error. Y si ello va unido al abstracto y al surrealismo, la
obra es incomprendida, incomunicante e irritante en extremo. No creo que
nada bueno quede de ello. Un cuadro de Tapies o de Miró, por ejemplo,
quedará relegado al astío o cansancio del público;
como así terminarán las excentricidades del Sr. Kupfer, por
más millones de dólares que se inviertan en propagandas y
por más críticos pagados interesadamente que se presten a
meter en la cabeza lo contrario a la ética. Como también
llegara al momento que los artistas empiecen a no estar conformes en moverse
entre paredes opresoras que mermen su cometido.
Actualmente hay que enjuiciar
todo ello como una enfermedad mental pasajera o una epidemia que busca
su fármaco más efectivo. Un estado actual y pasajero, falto
de valores éticos y en abundancia de bobalicones prestos al “snobismo”
de moda. Hay que reconocer, sin embargo, que existe una minoría
joven y bien formada que se arriesga a protestar valientemente ante estos
asesinatos al verdadero Arte. A ellos hay que poner todos los medios de
acción posibles para que mañana se pueda recuperar el gusto
a lo bello y al respeto a lo que los grandes artistas del pasado nos legaron
para elevar nuestras almas.