Die Walküre, Teatro Real de Madrid. 5 y 23 de marzo de 2003.

Por Nicolás de las Peñas

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Continua el ciclo del "Anillo del Nibelungo" en Madrid, iniciado la pasada temporada con "El Oro del Rhin", en la versión escénica del germano Willy Decker coproducida por el coliseo madrileño y la Ópera Estatal de Dresde. El pasado mes de junio, el trabajo sobre el prólogo de la "Tetralogía" nos dejó esperanzados en una mejora sustancial tanto en lo musical, como en lo escénico.

La primera jornada no puede arrancar de cero: no tendría demasiada lógica ofrecer un ciclo en cuatro versiones diferentes. Así, vuelven a apostar por el juego escénico del "teatro dentro del teatro" que tan de moda parece estar, y que en ocasiones, como esta "Walkyria", funciona, cobra sentido y termina de convencer. Dicha idea es representada con butacas de espectáculo de color rojo en todo momento presentes, ordenadas en filas a modo de platea vista por su parte trasera. En los dos primeros actos, las hileras de sillas van a representar la naturaleza más salvaje, de la que bien se huye cuando se trata de la agresiva tormenta inicial, o bien se admira cuando se asoma la primavera. En medio de ambos estados, la acción y comportamiento y sentimientos humanos, como el odio de "Hunding" o el amor entre "Sieglinde" y "Siegmund", aparecerán dentro de la "subcaja" escénica durante el primer acto, acaso el más naturalistamente trazado por la escenografía servida a Decker por Wolfgang Gussmann. Genial la presencia en todo momento de un silencioso "Wotan" al que vemos ayudar en la sombra a su hijo, no haciendo esperar a la narrativa del dios del segundo acto para mostrar visualmente cuál ha venido siendo su torpe actitud con respecto al welsungo.

La idea del segundo acto guarda cierto paralelismo en cuanto al role de las butacas, pero el simbolismo invade en esta ocasión el lar de la acción teatral. Un acervo de maquetas y estatuas, que representan circunstancias del mundo terrenal, son tratados a modo de juguetes por su dueño, mostrando así a un "Wotan" ambicioso y sediento de poder. "Fricka" pondrá a tono a "Wotan" obligando a sacrificar a su hijo, por lo que muy a su pesar, será el dios quien corra de lado a lado el velo de la muerte con el que "Brünnhilde" deberá envolver a "Siegmund". Sin embargo, llegado el momento, estará a punto de levantarlo, si no es por la irrupción en un combate fuera de escena de "Wotan".

Las anticipaciones escénicas a hechos o comportamientos futuros, además de su simbólica carga natural, contuvieron un valor añadido durante los dos primeros actos que el inicio del tercero echó por tierra. Ocho rayos, acaso sus ocho caballos, caen del cielo con las respectivas walkyrias colgadas a ellos, lo que constituyó un agresivo cambio dinámico apenas entendible. El atrezzo, que hasta ese momento tenía un discreto toque modernista, contribuyó a tal dispersión. A medida que van desapareciendo elementos humanos o materiales, la cosa vuelve a cobrar sentido, llegando a un extraordinario final, por el que valió la pena el escasamente motivador inicio del último acto. Una roca blanca sobre la que dormirá "Brünnhilde", se asomará al fondo de esa gran manta de asientos, que eso sí, no está de más reconocer que tras varias horas de omnipresencia, algo de extenuación sí habían provocado. El color "rojo-brasa" logrado vía iluminación directa en las sillas, se convierte en el enorme fuego que protegerá a la walkyria castigada. Vuelve así a ser destacado el elemento natural que habían marcado durante los dos primeros actos. Un final que corona un trabajo escénico en mi opinión acertado y brillante en general. Los argumentos de uno, no fueron suficientes para la mayor parte del respetable que desaprobó la labor de Decker y Gussmann, recibidos con pitos en los saludos finales el día del estreno; quizás por ello no repitieran saludo en las sucesivas funciones. Este tipo de puestas son muy arriesgadas, y han fracasado muchas, que hacen “efecto manzana podrida” con respecto a las que cumplen como esta “Walkyria” de Madrid-Dresde: no sólo está podrida la manzana, si no que pudre a las buenas que están a su alrededor. Quizás esta hartura influyó al público para ejecutar su dictamen.

Acudimos a la primera, día 5, y a la última, día 23 (ambos, marzo de 2003) de las diez funciones que reunió a varios repartos. La dirección musical fue la misma en estos dos días: Peter Schneider, a quien se le había congelado la batuta en el prólogo que también dirigió el pasado año. La cosa ha tomado un cariz nuevo con la primera jornada, y aunque la idea genérica de la musicalidad del director vienés es más bien sencilla, resultó en todo momento solvente y efectiva, llegando incluso a ofrecer pasajes realmente brillantes. Para ello contó con una inspirada orquesta Sinfónica de Madrid, a la que gusta, como sucediera en su día con "Parsifal", sorprender puntualmente y en obras de lo más complicado y duro de ejecutar. Mención especial merecen las trompas, y sobre todo, las cuerdas graves, cuyo intimismo que recogen en las partituras wagnerianas sonó "a lo Bayreuth". Ardua la tarea que con diez convocatorias ha realizado una formación que se amplió enormemente rebosando un foso abierto; algo que Schneider reguló bien para que no se convirtiera en la temida valla del solista wagneriano. Tanto el director como la orquesta depuraron detalles el día 23, si bien, siempre habíamos estado ya en una línea, cuanto menos, eficaz.

Las ocho "walkyrias no dilectas" pasaron desapercibidas por tres motivos: uno, su propio hacer vocal, algo desajustado; dos, el comentado perjuicio del error escénico inserto en su escena; y tres, y más importante, el eclipse con el que fueron ensombrecidas por el sexteto principal de los dos repartos. No obstante, ni tales motivos, ni el convencional aplauso del público, justificarían ni si quiera mencionar a las ocho cantantes que tradujeron los respectivos roles todas las funciones: "Gerhilde", María Rodríguez; "Ortlinde", María Rey-Joly; "Waltraute", Linda Mirabal; "Schwertleite", Andrea Bönig; "Helmwige", Heike Gierhardt; "Siegrune", Catherine Keen; "Grimgerde", Mariselle Martínez; y finalmente, "Rossweisse", Margaret Thompson.

A partir de ahí, hablar de los seis protagonistas, implica en todos los casos referirse a una calidad extraordinaria en el caso de la función de estreno; alguna mínima duda podremos plantear con respecto al segundo reparto. Seguiremos el mismo orden con el que fueron apareciendo en las ovaciones finales, imitando a esta acertadísima ocasión en la que no pesaron los nombres propios de los intérpretes más que el significado del role para salir a saludar, algo que siempre debiera suceder. El bajo canadiense Phillip Ens tradujo en un "Hunding" de auténtico lujo en ambas funciones. En el estreno, pudimos disfrutar más de su riqueza del timbre, algo más cavernoso el día 23. Su amplio registro y volumen fueron siempre al compás de un entendimiento total del mal temple del personaje. Todavía más limpio y generoso es el canto de Lioba Braun, quien también repitió una "Fricka" que resultó imponente, de recio carácter, y totalmente convincente en las dos representaciones. Ambos cantantes, recogieron el justo premio por parte del aforo del Real.

El "Siegmund" de Plácido Domingo era el centro de interés vocal de la noche. Sus recientes cancelaciones, acompañadas de nobles dudas, provocaban nuevas preguntas sobre su estado vocal, que rápidamente fueron contestadas como acostumbra el divo madrileño. Plácido ha demostrado que 62 años son para él aún pocos. Ha hecho una versión antológica del role del maestro de Leipzig que más ha paseado por el mundo, sin duda la mejor de las que uno le ha escuchado hasta la fecha, y habría que ir a cotas estratosféricas para hallar posibles parangones tanto vivos como desaparecidos. Su añoranza por la espada ("Ein Schwert verhiess...") fue el momento individual mejor expuesto dramáticamente, mientras que en "Winterstürme" hizo una exhibición lírica del tema, en la que el inmenso legato y fraseo del tenor vieron más luz. El registro agudo se mostraba fuerte y generoso, y su entrega en la primera parte no se resintió en la segunda, donde llegó a un estremecedor dúo con "Brünnhilde" con el que completó una memorable actuación. Floreados agradecimientos, llenos de exaltados bravos. Robert Brubaker, fue el welsungo del segundo cast, quien pese a haber debutado hace sólo un año, convenció y mucho, en especial al final del primer acto donde su última frase sonó realmente esplendorosa. Le sobraron pausas faltando así al fraseo y legato del que hizo gala su co-intérprete Domingo en el mencionado "Winterstürme"; único pero a resaltar de una actuación notable, que tuvo aplausos solo al final del segundo acto, ya que el día 26 tanto él como los intérpretes de “Hunding”, y “Fricka”, no esperaron al final de la obra para recibir su correspondiente agradecimiento: suponemos prisa para volver a casa.

Waltraud Meier era el otro foco de atención solista de la noche de estreno, máxime si tenemos en cuenta que era su debut en el Teatro el Real. Su "Sieglinde" fue extraordinaria, y ejecutada con una insolente facilidad en sus dificilísimos pasajes. Una cantante que también lleva mucha "tralla" wagneriana encima y que tampoco dio muestras de haberle pasado factura. Recibió aún más aplausos que el Domingo. Jeanne-Michèle Charbonnet, intérprete del mismo papel el día 26, no posee ni el instrumento ni el carácter de la alemana, lo que no la aleja de haber llegado con suficiencia al role, si bien cabe reprocharla una línea de canto difusa y un agudo algo estrangulado. Su versión no deja de ser interesante puntualmente, y así el público lo mostró. Lo más sorprendente en cambio, es que esta misma cantante hizo dos “Sieglinde”, pero también tres “Brünnhilde” dentro de las diez funciones programadas de “Walkyria”. Sin conocimiento directo del tema, a priori me resulta muy escasa para tal role: baste señalar que la propia Waltraud Meier, de voz mucho más dramática y grande, rechaza de momento toda aventura con “Brünnhilde” aludiendo a la gigantesca dimensión vocal que ello implica.

Alan Titus repite este año como "Wotan", lo hizo en las dos funciones de las que hablamos, y lo hará en el “Sigfrido” previsto para la próxima temporada. Decepcionó el pasado año en el prólogo, y no mejoró mucho en el mismo role durante los festivales de Bayreuth. Gracias a Dios, parece haber sido todo una mala racha. En los dos días objeto de análisis deleitó con su impresionante voz, brillante, aterciopelada y a la vez audible hasta en último de los recovecos del recinto, y siempre al compás de una briosa interpretación, plena de conocimiento del complicado role. Gran alegría volver a reencontrarnos con el pletórico Titus que parecía desaparecido.

Aún fue mayor la satisfacción que nos dio la californiana Luana De Vol como "Brünnhilde". Me resultó incluso desagradable en las transmisiones del "Anillo" actualmente vigente en Bayreuth. Sin embargo, ahora mostró empaque y adecuación con el personaje, dando en el clavo con su versión en ambos días (el 26 repitió con este role). En el dúo con “Siegmund” del acto segundo, estremeció su canto tanto en compañía de Domingo como de Brubaker, quienes se contagiaron del buen hacer de la soprano para dejar tal fragmento como uno de los mejores de ambas representaciones. Gran triunfadora dentro de un cast impecable en el día inicial, y con alguna mínima reserva en el final. Veremos qué pasa la próxima temporada con las dos jornadas que restan: de momento, esta "Walkyria" ha tornado las cosas hacia un punto muy positivo.