Ritmo – Año XLV, Octubre 1975 - Nš 455

EN TORNO A HANS KNAPPERTSBUSCH
(12/03/1888 – 25/10/1965)
Por Ángel Fernando Mayo Antoñanzas

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DE HANS «EL RUBIO»A KNA

En uno de los vestíbulos del Festpielhaus de Bayreuth un solitario y ligero pedestal sostiene la cabeza esculpida de un hombre magro y maduro. La calidad terrosa del material y el hieratismo del anguloso rostro, como mineralizado, hacen pensar en las misteriosas cabezas de la isla de Pascua o en un santo solemne en un pórtico del gótico primitivo. Mas cuando miramos a sus ojos y sentimos que todo el rostro está en ellos, dejamos de soñar con lejanos dioses y santos para preguntarnos quién era este hombre sereno y cómo serían sus manos. La impresión de majestuosa distancia parece debilitarse si este día se representa Parsifal. Porque junto al firme y la vez suave mentón, una rosa roja tiende un puente de afecto y homenaje.

Hans Knappertsbusch. Mühlheim, Bochum, Elberfeld, (su patria chica), Leipzig y Dessau son las etapas que llevan a un joven renano sin antecedentes musicales en una familia de comerciantes, Hans «el rubio», a la dirección general de la Ópera de Munich. Es otoño de 1922. Sucede al judío Bruno Walter. Atrás se han quedado los años de aprendizaje con Fritz Steinbach, la asistencia a Siegfried Wagner y a Hans Richter en Bayreuth, de 1909 a 1912, su primer Parsifal, en febrero de 1914. Pronto los muniqueses harán de él una institución bien amada, «Kna».

Seguramente, no fueron solo las intrigas que costaron el puesto a Bruno Walter las que despejaron a Kna el camino de Munich. La ciudad más para vivirla de Alemania, la más vuelta a Viena por la distancia y el estilo, se había abierto en la primavera anterior a aquel director de treinta y cuatro años e imponente aspecto que en el espacio de ocho días pasaba de la Segunda y Tercera Sinfonías de Brahms, a los Maestros cantores, La Flauta mágica, y La Walkyria.

Hasta 1935 permanecerá Kna al frente de la Opera. Son años de intenso trabajo. Más de mil representaciones y un centenar de conciertos llevan su sello inconfundible. El repertorio es aún una galaxia en expansión que hay que explorar: estrellas fijas: Beethoven, Brahms, Bruckner, Mozart, Schubert, Schumann, R. Strauss, Tchaikowsky, Wagner; hay también aproximaciones a Bach, Franck, Dvorak, Haydn, liszt, Mahler, Pfitzner, Puccini, Reger, Scriabin, Verdi y otros (incluso Falla y Lamote de Grignon), con curiosas incursiones a lejanas nebulosas: Bartók, Casella, Hindemith, Honneger y Stravinsky. Kna es figura clave de la vida musical. Todavía, si bien no lo busca, al menos acepta el aplauso enfervorizado de su público. Sus frases agudas, lapidarias, trascienden a toda la ciudad y son comidilla en los cafés. Kokoschka, con el que tiene un gran parecido físico, lo retrata. Colabora e intima con Ricardo Strauss, quizá porque los dos son grandes jugadores de cartas.

Kna goza además inicialmente del favor de los nuevos amos. No hay duda de que se trata de un ario de purísima raza, de un vikingo legendario, alto, rubio, de ojos azules, majestuoso. Pero este ario, que ha hecho de su libertad personal y artística el motor de sus acciones, además de no resultar en absoluto manipulable , no tiene pelos en la lengua. Terco e íntegro. Mordaz y desafiante. Un auténtico «mal ejemplo». Finalmente, se niega en redondo a dirigir unos Maestros cantores poblados de esvásticas y tumultuarios «¡Heil!» sobre un mar de brazos extendidos. Se le hace saber que no debe permanecer en Munich. Inmediatamente le sucede Clemens Krauss. Kna, alemán sin remedio, busca refugio en Viena. Aquí se creará la Filarmónica de Viena. Aquí se creará una multitud de adictos y ganará el afecto de la Filarmónica. Durante la guerra acepta capitanear a la Filarmónica de Berlín en sus giras europeas. Llega así a España, pero sin continuidad posterior para que pueda ser adecuadamente conocido y valorado por nuestros músicos y aficionados.

Al concluir la guerra, retorna a Munich. Inicia el concierto de reencuentro con la obertura del hasta ayer mismo prohibido Mendelssohn, Mar en calma y viaje feliz. Se afana con planes de reedificación del Teatro Nacional, pero a finales de 1945 le es comunicada la prohibición de dirigir que las potencias de ocupación han acordado contra él: Furtwängler, C. Krauss y Böhm. Ofendido y amargado se recluyó en su vivienda, una miserable habitación cruzada de toldillos cruzados para proteger la cama y el piano del yeso que se desprendía frecuentemente del cielo raso. Kna no hizo nada por defenderse. Refugiado en el repaso de sus viejas partituras, en la soledad exacerbó su vieja misantropía. Estaba próximo a cumplir sesenta años e iniciaba conscientemente la retirada a su torre de marfil, a su orgullosa impenetrabilidad. La Opera de Munich tenía un nuevo director general, Georg Solti, un húngaro de treinta y cinco años.

En 1946 se le autoriza a dirigir. Kna no quiere ya ligarse a nada ni a nadie. Hasta su muerte, su historia, pese a su consagración como el gran director wagneriano «par excellence» del nuevo Bayreuth y al respeto invariable de Munich y Viena, va a ser la historia de sus crecientes dificultades con un mundo al que no pertenece, que le confiere categoría de anacronismo o de reliquia «de los bellos tiempos idos», que lo rodea de tópicos e incluso se atreve a atacarle en su reducto de Bruckner y Wagner. El hombre de estos años pasea ensimismado y solo. Dirige miradas coléricas a alguien que grita o a un automóvil estruendoso. Rechaza casi a zarpazos a los cazadores de autógrafos. Se cierra a los periodistas, a los que detesta, porque pretenden que explique con palabras lo inefable. Sin embargo, devuelve a golpes de sombrero los saludos respetuosos, acepta conversar con gentes de su agrado ante una botella de buen vino e incluso dedica una fotografía si se le ruega por escrito. El director se muestra igualmente distante frente al público. En el concierto, la barandilla protectora a su espalda es el símbolo de esa distancia. Corta los aplausos de salida atacando inmediatamente la ejecución de la obra. A la conclusión, saluda un par de veces y ya no vuelve a comparecer en la sala. En Bayreuth, no hay forma de hacerle subir al escenario para recibir el homenaje de un público que le reclama rítmicamente: «¡Kna-Kna-Kna!».



KNAPPERTSBUSCH Y WIELAND WAGNER

Había causado sorpresa su designación para dirigir el primer Festival del nuevo Bayreuth. Muchos pensaban que este honor: «Decíamos ayer» se le ofrecería a alguno de los fieles colaboradores de los años treinta. Los hermanos Wagner son de otra opinión. Han invitado a Knappertsbusch y a Furtwängler porque simbolizan la gran tradición alemana no envilecida por dictados políticos; pero este último, que guarda malos recuerdos de sus relaciones con Winifred Wagner y con Tietjen, sólo acepta dirigir la Novena Sinfonía de Beethoven. Entonces, para dirigir los Maestros cantores y el segundo ciclo de la Tetralogía contratan a Von Karajan, un ya espectacular, si bien todavía no mítico director, de cuarenta y tres años.

Wieland Wagner no conocía personalmente a Kna. Quedó ganado por su integridad humana y artística a toda prueba, por su sólida autosuficiencia, también por la peculiar mordacidad de su sentido del humor. Kna se entrega en cuerpo y alma a los preparativos de la reapertura. Rechaza casi colérico la propuesta de fijar sus honorarios: «¿Percibir aquí un salario? ¡Aún tendría que poner yo de mi bolsillo!» Wieland admira ciertamente a Kna. Este aprecia al joven Wagner con insobornable sinceridad. Pero son dos hombres muy distintos en edad, carácter, ideas estéticas y circunstancias. Kna es un director famoso que entra definitivamente en el Olimpo. Cuando alcanza, el 30 de julio de 1951, la elevada silla del director en el foso del Festpielhaus, se concentra, contra su costumbre, unos instantes antes de iniciar Parsifal. Aquel momento significa para él la culminación de su carrera, el reconocimiento de largos años de servicio apasionado a la obra de Wagner. Seguramente ve de nuevo a Hans «el rubio» al lado de Hans Richter en ese mismo foso. «Hoy Hans Richter se hubiese sentido contento de mí», esta es la máxima autoalabanza que una vez expresara Kna. Wieland tiene treinta y cuatro años.

Posee un talento plástico e histriónico de primer orden que está dispuesto a desarrollar a cualquier precio. La obra de su abuelo es un material inmenso que ofrece inagotable campo de acción a su fantasía dialéctica. Cae así sobre esta obra como un vendaval que se lleva ramas secas, hojarasca, flores marchitas, para sanear el vigoroso tronco. Los dos artistas nos muestran su juego: en el foso, majestuoso y vital, robusto y caliente, arquetípico y trágico, el Wagner «comm’il faut». En la escena, desnudez, soledad, un extraño cosmos hecho de penumbras dolientes donde agonizan unos seres lacerados. Transcurren los Festivales de 1951 y 1952 entre fuertes tensiones. En 1953 se produce la ruptura. Kna renuncia y Wieland llama a Clemens Krauss. La separación «es» definitiva, pues tal sustitución es casi un violento insulto personal a Kna; pero Krauss muere repentinamente a las puertas del Festival de 1954, y el amigo acude solícito a sacar a Wieland del atolladero. De 1955 a 1960 el árbol dará frutos maduros y la vid su mejor vino: Veinticinco incomparables ciclos de la Tetralogía, Parsifal, los Maestros cantores, El holandés errante.

Quizá el obstinado director piensa ahora que su música es más afín a esta escena esencializada que al viejo naturalismo que ha barrido a escobazos el nieto de Wagner. Quizá cree que debe resignarse y acudir un año y otro a Bayreuth para conservar algo del fuego sagrado en medio del vendaval renovador. Quién sabe si con su presencia quiere proteger a Wieland, violentísimamente atacado y discutido. Lo cierto es que el nivel artístico del Festpielhaus alcanza en estos años alturas cimeras. Wieland es ya dueño de toda su magia escénica. La nueva guardia de cantantes-actores es excepcional, y además tiene conciencia de la importancia de su misión. Pitz ha hecho del coro un prodigioso instrumento. Kna señorea orquesta y conjunto como gobernante y poeta. Mas los años van a jugar de prisa en contra del septuagenario. Wieland es un genio escéptico, el «espíritu que todo lo niega», y su hermano Wolfgang quiere otros mimbres para su primera Tetralogía. Kna es ya el «Parsifaldirigent».

Pronto empieza Wieland a insinuar su descontento. Poco le importa ya que el día de Parsifal signifique siempre la cumbre estética de cada Festival. Quizá incluso le desasosiega que dos inspiraciones tan extrañas inicialmente entre sí hayan llegado a fundirse de tal manera que ahora parecen manar dulcemente de la misma fuente. Para él las posibilidades escénicas de este montaje están agotadas. No va a tener tiempo para impacientarse. Kna, anciano, sufre un accidente. No puede dirigir la obra en 1965. Le sustituye Cluytens. Todavía el postrado solitario envía un telegrama de buena voluntad expresando la esperanza de retornar en 1966 : «Si usted puede aún utilizarme», Wieland contesta: «Puedo». Pero la muerte, que alcanza a Hans «el rubio» ese otoño, en Munich, libera a Wieland de su insincero compromiso. La inmediata designación de Boulez para dirigir Parsifal en 1966 no será sólo un golpe de efecto o un acto compartido de propaganda. Wieland expresa así la intención de hacer borrón y cuenta nueva de una etapa en la que Mefistófeles ha sido derrotado por Fausto.

Pueden parecernos innecesarias la vehemencia y acidez de sus cartas a diestro y siniestro impartiendo instrucciones para desmontar la única tradición del nuevo Bayreuth. Justifiquémosle. Wieland tiene ahora cuarenta y nueve años. Su fama es mundial. Llueven los ensayos, los artículos sobre su significación para el teatro lírico. Una crítica entusiasmada se ha volcado en la alabanza y glosa de su nueva Tetralogía. Nada parece que pueda detenerle. Al fin consigue dirigir desde la escena todos los elementos de la obra. Incluso Böhm pone su música al servicio de la concepción de Wieland. Mas una repentina enfermedad, que aconseja su internamiento a comienzos de julio, viene a amargar el triunfal panorama. Dirige el Festival desde su habitación de enfermo. Anuncia que en 1967 realizará una nueva escenografía de Parsifal. Ignora que las nornas ya han tejido su destino. Fallece, en medio del general estupor, ocho días antes de cumplirse un año de la desaparición de Kna. Al final, un dios sarcástico no ha tolerado que se separen estos dos hombres tocados de la gracia divina del arte. Parsifal ha sido su alfa y omega, fe de bautismo y testamento. Hoy nos bastaría escuchar una vez las grabaciones discográficas que conservamos de esta apasionante aventura (Kna, 1951 y 1962; Boulez, 1970) para comprender que el francés no pasó de ser un anecdótico devaneo en la historia de un gran amor.


¡QUIEN TEMA LA PUNTA DE MI LANZA!

Muchos aficionados, que apenas tienen otra información sobre Hans Knappertsbusch, «saben» que era un mal director de estudio. El tópico está extendido, sobre todo en los países anglosajones, por obra y gracia de John Culshaw, sobre el que luego volveremos. Ciertamente, ni Kna fue nunca un entusiasta de las salas de grabación, ni en ellas podía dar lo mejor de su arte; pero esto ha sucedido con muchos músicos de su generación. Tendrá contrato con Decca en el alborear del microsurco hasta el comienzo de los años sesenta. El lector puede examinar su discografía en otro lugar de este mismo trabajo. Ahora interesa repasar sus relaciones con Decca. En 1951, en Bayreuth, al grabar su famoso Parsifal, se decidió recoger experimentalmente la Tetralogía. El oro del Rin, la Walkyria y El ocaso de los dioses se obtuvieron íntegros. No así Sigfrido, por avería en el sistema de grabación.

Ni una sola escena de este ciclo ha sido publicada. En los inicios de la estereofonía grabó el más hermoso primer acto de la Walkyria, orquestalmente hablando, que tenemos hasta el presente. Por contraste, casi simultáneamente Solti grababa un rudo tercer acto de la misma obra y un irrelevante Tristán. Decca escogió, sin embargo, a Solti para dirigir su ambicioso proyecto de completar en el estudio la Tetralogía. Es evidente que la Compañía dio un paso de gigante en su desarrollo técnico con estas grabaciones. Era esto lo que importaba, se consiguió, y no es cuestión de meterse ahora en inútiles polémicas. Censurar ahora a Decca que no valorase adecuadamente el significado de Kna, heredero de una tradición que arranca de Wagner y llega a él a través de Von Bülow, Richter y Nikisch para extinguirse irremediablemente con su muerte, quizá sea injusto.

No deja, con todo, de resultar extraño que una empresa que utiliza a Ansermet para grabar todas las Sinfonías de Beethoven y Brahms no nos haya legado ni una dirigida por Kna, cuando su Emperador, con Curzon, es sencillamente uno de los discos de oro en la historia de la Compañía. También podemos disculpar las inconsecuencias, aunque sean tan mayúsculas como dejar pasar en blanco la oportunidad de preservar una Tetralogía (Bayreuth, 1956 a 1958) qu sería muy superior a lo largo y a lo ancho a las posteriores de Solti, Karajan y Böhm, y tan capital, si bien por derroteros distintos, como la de Furtwängler con el beneficio de una orquesta y elenco admirables. Sin embargo, ya es más sospechoso que Decca anuncie ahora el propósito de editar las tomas que efectuó en 1955, y no porque este ciclo, dirigido por J. Keilberth, no merezca su conservación, sino porque se clausuraría así la débil hostilidad de la publicación de uno de los ciclos de Kna a partir de las cintas que conserva la Radiodifusión de Baviera. Lo inadmisible es que John Culshaw, principal responsable de los destinos de Decca en estos años, nos relata su bizarro Ring Resounding la aventura de la grabación de la Tetralogía de Solti a costa de la reputación de Knappertsbusch. Culshaw comienza reconociendo la superioridad Kna en el teatro como intérprete de Wagner; incluso afirma que una representación de Tristán en Munich había sido una de las mayores experiencias artísticas de su vida. Después llega a calificarlo de «irresponsable», obviamente en cuestiones de grabación. ¡Curiosa y significativa manifestación de un talentoso técnico ante un artista único! Aún hoy, cuando aquí y allá surgen voces que piden la edición «legal» de un Anillo dirigido por Kna, Culshaw salta a la palestra para defender sus decisiones de antaño. Sin embargo, nos ha dicho que la orquestación wagneriana, como ha indicado Wieland Wagner, no se presta a su tratamiento es estereofonía, ya que su estructura «horizontal» por acumulación de capas sonoras, que podríamos emparentar con la técnica de la pintura al óleo, pierde la densidad que la caracteriza al separar en dos bloques los instrumentos.

Naturalmente, tampoco ha dicho Culshaw que Kna es el director que más fielmente ha reproducido esta estructura, de modo que su orquesta padece la misma dificultad. Aun así, tal es la densidad del sonido de Kna, fundamentado en la «uniformidad» de timbre y color de todas las familias instrumentales, creando y sumergiéndose al mismo tiempo en la melodía infinita, que persiste en parte, a pesar del escalpeo estereofónico. Estas grabaciones tienen, por supuesto, mayor profundidad espacial y brillo que las monoaurales, pero apenas producen en el oyente el llamado efecto estereofónico. No se piense con esto que la orquesta de Kna suena borrosa o plana. Al contrario, podemos percibir con nitidez en ella diseños, acompañamientos o acentos que apenas advertimos en otras sensorialmente más transparentes; pero estos matices poco tienen que ver con la individualidad de cada instrumento, porque toda la orquesta adopta una única coloración expresiva.

Un ejemplo: tras las últimas palabras de «Wotan» al final de la Walkyria: «¡Quien tema la punta de mi lanza!» / jamás atraviese el fuego!», enunciadas en desafiante canto sobre el tema de Sigfrido, la orquesta acepta el reto y hace irrumpir, agorero y dialéctico, el mismo tema en los metales por entre un tejido espeso que combina las pastosas ondulaciones del «fuego»; en las cuerdas, con la estática anestesia; en la madera, del «sueño mágico». Kna detiene aquí el «tempo» para acentuar no la victoria de «Sigfrido», sino la premonición ritual del destino inexorable. En consecuencia, fuego, sueño y «fatum» se funden en una casi extraña mancha de violáceos fulgores y bordes difuminados, donde toda referencia a timbres individuales ha quedado anegada por la marea sonora del climax. Nada más sobrecogedor en su elementaridad. «Wotan» se aleja lentamente tras este trance, convertido ya en desesperado testigo de su ruina. Puede comprobarse en «SDD143 (Ace of Diamonds): Grandes escenas de Wagner, Knappertsbusch / G. London», actualmente en el mercado español. Kna, a diferencia de otros grandes maestros de su tiempo, y pienso ahora, por poner sólo un ejemplo, en Klemperer grabando hasta el último momento para EMI el repertorio romántico y post-romántico, concluirá olvidado por las grandes compañías. Sus últimas grabaciones, realizadas para Westminster, en 1963, en Munich, sin alardes técnicos, pero muy importantes estilísticamente, se han editado de forma dispersa y a precio reducido. Al cerrar este capítulo, agradezcamos a ciertos desaprensivos «piratas» que hayan puesto algún remedio a las graves omisiones de Decca.

LOS ULTIMOS REDUCTOS

Para Kna sólo tienen ya importancia sus amados reductos. En los últimos años, únicamente dirige aquella música que aún puede ser evocada con la sonoridad romántica que respiró en su juventud. No ha puesto sobre el atril jamás una partitura de Rossini. Tampoco Ravel ni Debussy. La música posterior a Ricardo Strauss le es extraña. Una y otra vez repasa, volviendo sobre el atril cuidadosamente las hojas, partituras que ha dirigido cien veces: Wagner y Bruckner, los absolutos. Un Brahms melancólico y sin aristas. Valses de Komzak y los Strauss. Afectuosas despedidas a Puccini y Gustave Charpentier . La humorada de las Comadres, de Nicolai, a los dos días de Parsifal. Sus versiones, casi milagrosamente, nunca son idénticas. Si siempre ha ensayado muy poco, ahora reduce al mínimo estos preparativos entorpecedores.

Las Orquestas se mantienen entonces tensamente atentas a la ejecución, tanto para evitar lo inevitable: imprecisiones, tal o cual desajuste, como para responder intuitivamente a las sutiles indicaciones del maestro. La emotividad del momento humedece más de una vez los ojos de los instrumentistas «inexplicablemente». Todas estas idas y venidas en torno al «verdadero» Bruckner le resbalan: un galimatías de ediciones: Redlich, Haas, Nowack; un Bruckner objetivo, ¡qué horror! Se aferra a las ediciones que ha dirigido siempre, las mismas que interpretaba Nikisch, y causa así la consternación de los eruditos. Y en tal caso es que sus grabaciones, a excepción de la Quinta sinfonía, con el inadmisible corte que Schalk introdujo en el cuarto movimiento (soberbiamente dirigido por otra parte), las diferencias de escritura que apreciamos con las ediciones «auténticas» no son para rasgarse las vestiduras, y a cambio de ellas escuchamos un Bruckner que se dirige a Dios con el lenguaje de los hombres, no con el de los gigantes. Pocos repararán en la importancia del tratamiento íntimo y camerístico que Kna dio a su última lectura de la Octava, con la Filarmónica de Munich.

También resulta ahora que su Wagner, al que ha servido con fidelidad perruna, está pasado (!). Para unos es infiel, porque no es literal. Para otros es tradicional, lo que quiere decir, peyorativamente, convencional y envejecido. Nos dicen que Wagner tiene que sonar ahora a Mozart, a Schubert e incluso a Debussy. Podríamos atrevernos a insinuar que por esa misma regla de tres Mozart, Schubert y Debussy deben sonar a Wagner. Seguramente, el argumento es pueril y merece que nos llevemos un tirón de orejas, porque lo importante es que ayer mismo, casi hoy, el nuevo dogma decía que Böhm es grande y que Boulez es su profeta. Esperemos que mañana el renacido Kempe, y el fino artista que es Carlos Kleiber, aviven todavía, cada uno a su manera, la llama de un Wagner que suene a Wagner, hoy reducida a rescoldo dormido junto a la tumba de Hans Knappertsbusch.


DIRIGIR ES MANTENER LA TENSIÓN ENTRE DOS EXTREMOS

Kna ha dicho: «Dirigir es mantener la tensión entre dos extremos». Vamos a verlo en acción. Bayreuth, julio de 1962. Se apagan las luces del Festpielhaus, abarrotado de un público invitado al ensayo general de Parsifal. Me introducen en el foso y tomo asiento, sepultado en sus extrañas, junto a los trombones y al tuba. Se ha hecho el silencio. Kna desciende al foso. Llega a la silla del director con paso algo vacilante, mientras los instrumentistas de arco atacan un velado aplauso en «staccato». El público, para el que la escena es invisible, adivina lo que sucede y estalla en una ovación largamente sostenida. Kna abre la partitura, dirige una mirada de advertencia a la atenta Orquesta e inmediatamente da la entrada.

Al percibir las primeras notas acusa su impacto y se recoge sobre sí mismo. Se distiende. Se inclina hacia delante. los brazos, relajados, se separan o aproximan al cuerpo marcando suavemente la respiración rítmica de la Orquesta. La muñeca derecha hace describir a la batuta, levemente sostenida, tenues curvas agógicas. La mano izquierda, delicadamente cerrada, con el pulgar apoyado en el índice, matiza y acentúa. Los ojos, casi transparentes, previenen, incitan o guían al instrumentista que lleva la melodía por entre el frondoso sonido que le rodea. El «tempo» es sosegado, consistente, jugoso. No hay crispaciones. Dirige como se pasea por un bosque, como se respira en un jardín. «Rubato» y «ritardandos» van introduciendo una libertad métrica que exige de la Orquesta la permanencia en la expectación inicial. Es fácil advertir que la capacidad de persuasión de Kna emana de su naturaleza, no de su voluntad, y que su técnica de dirección es espontánea. Cuando la mano izquierda se extiende, domina la Orquesta como la mano del artista excepcional que puede abarcar dos octavas, y en su amplia concavidad se amasa el sonido para darnos un honrado pan de buen trigo. Cuando entran los metales no percibimos un color distinto, sino una mayor intensidad.

Podemos seguirle durante la representación a través del circuito de televisión interno. A los pies de los cantantes extiende un tapiz de sonido que amortigua toda estridencia. Kna va midiendo las posibilidades de cada voz y su técnica. Como su «tempo» es amplio, los cantantes pueden articular bien el texto, ya que tienen espacio para respirar. Con esta dirección, las voces alemanas, algo lentas en la dicción y el ritmo por razón del idioma, pueden expansionarse hasta alcanzar la romántica dulzura que subyace bajo la adusta superficie de esta lengua: comprendemos ahora por qué Astrid Varnay, Greindl, Windgassen o Hotter han dado lo mejor de su arte al dirigirlos Knappertsbusch. La arquitectura de la obra va apoyándose en un conjunto de climax que operan como elevados miradores desde donde contemplamos panorámicamente los valles.

La austeridad del gesto es tan medida que cuando Kna se incorpora ligeramente y separa algo más del cuerpo los brazos, la Orquesta entera le sigue y crece en una oleada cósmica. Sabemos que su estética se fundamenta en dos constantes: la fidelidad a una tradición que le ha sido transmitida y la confianza en la inspiración de cada momento, que a su vez transmite a los ejecutantes. Ahora pensamos también en las palabras de «Gurnemanz» a «Parsifal», al iniciar la ascensión a Montsalvat: «Observa hijo mío, que aquí el tiempo se muda en espacio», y recordamos que alguien ha dicho que si existe un «tempo» que defina la estética de Kna, éste es «assai sostenuto».


UN TERCETO DE EJEMPLOS

La dirección de orquesta es un arte efímero. Preguntarnos hoy por lo que queda de Hans Knappertsbusch a los diez años de su muerte es preguntar por cenizas o, a lo sumo, pavesas, como en el caso de cualquier otro maestro del pasado. De aquí la importancia cultural del disco, que aun pálidamente preserva algo de ese arte, y la responsabilidad que adquieren las compañías gramofónicas cuando contratan a un gran director. Hoy, el mejor homenaje a la memoria de Kna sería editar uno de sus ciclos de El anillo del Nibelungo. La importancia de su concepción radica en dos principios que apenas tienen significación en las ediciones que todos conocemos: la aproximación animista al mito y la animación física que subraya en la Orquesta la acción dramática.

Un terceto de ejemplos, para concluir: la tormenta no sopla indiferente a «Sigmundo», sino que lo azota, lo detiene, hace penosa su huída, como si se tratase de un enemigo mucho más temible que los hombres, porque no puede ser derrotada; la Orquesta vibra como la hoja de la espada cuando «Siglinda» nos relata cómo «Wotan» la clavó hasta los gavilanes en el fresno; las walkyrias cabalgan corceles que no podrían, indudablemente, competir en los hipódromos, ya que las amazonas portan coraza, escudo, lanza y el cadáver de un héroe.

Ahora que ya no hay un nuevo Hans «el rubio» que pueda decir al término de una representación: «Hoy Kna se hubiese sentido contento de mí», no podemos perder una sola oportunidad de conservar en lo posible ejemplos del arte de un hombre que quiso ser heredero de una tradición que ha perdurado viva a lo largo de cuatro generaciones, pero no su último epígono.

ANGEL-F. MAYO



LA POLEMICA DE LA EDICIÓN DE LA TETRALOGIA DE KNA

«Decca debe publicar ahora el Anillo dirigido en Bayreuth, en 1951, por Knappertsbusch, que es un documento que ha adquirido importancia histórica.»
(Alan Blyth: The Gramophone, enero 1974).

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«El ocaso de los dioses (1951) resultó mucho mejor, con una maravillosa escena de de «Waltrauta» a cargo de Elisabeth Höngen y Astrid Varnay, una marcha fúnebre impresionante, que fue la comidilla del Festival, y una apasionada inmolación de «Brunilda». Completé la edición, pero los trabajos hubieron de ser interrumpidos bruscamente ... Las negociaciones, llevadas por nuestros colegas alemanes, no llegaron a buen puerto. Oficialmente, esta grabación experimental no existe. Mi punto de vista, casi veintitrés años después, es que Parsifal representa lo mejor de Hans Knappertsbusch. Quizá pudiera intentar salvar algunas escenas de este Ocaso, peo yo he de preguntarme si el resultado justificaría el esfuerzo económico que hay que hacer para superar los problemas contractuales – que no se resolvieron a su debido tiempo.»
(John Culshaw: The Gramophone, marzo 1974.)

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«Quiero agradecer la oportunidad de aclarar el punto de vista de Decca. El Anillo de 1955, dirigido por Keilberth en Bayreuth, fue grabado, y Decca va a tratar de editarlo si logran superarse los problemas contractuales, que son muchos y complejos.»
(Peter Goodchild: The Gramophone, julio 1974).

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«Cuando existen cintas perfectamente viables de un Anillo de Knappertsbusch, con un elenco que ofrece a la Varnay, Windgassen, Greindl, Hotter y otros en plenitud de sus facultades, seguramente merece la pena tratar de persuadir a la Radiodifusión de Baviera para que edite comercialmente estas representaciones, no igualadas desde que Knappertsbusch dejó Bayreuth.»
(Fraser J. Wilson: The Gramophone, octubre 1974; se refiere a los ciclos de 1955 0 1957).

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«No obstante, haré mía gustosamente su sugerencia y hablaré con Wolfgang Wagner sobre ella en la primera oportunidad, si bien, por las razones contractuales que antes le he indicado, me siento muy escéptico sobre la realización de su propuesta.»
(Carta de Ewald Hilger, 2-IX-75, Presidente de la Sociedad de Amigos de Bayreuth, en respuesta a una mía de 20-VII-75 proponiendo la edición discográfica de las cintas que conserva la Radiodifusión de Baviera de la Tetralogía de 1956).


WIELAND WAGNER, VARIA, CON FINAL A CARGO DE PIERRE BOULEZ


«Su nombre despierta cariño y respeto, sentimientos de veneración, inspirados, antes que en su avanzada edad, en su personalidad. Esta es inactual, en el mejor sentido de la palabra: aristocrática, idealista, al mismo tiempo arrogante y humilde. Su vida es servicio a la Música, dedicación a los grandes maestros del pasado. Su secreto es la fe absoluta e incondicional en la obra que interpreta: transmite esta fe mágicamente a sus músicos y al público en igual medida, creando así una comunidad de creyentes.»
(Al cumplir Kna 70 años).

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«Si el Bayreuth ideal que usted, querido profesor, lleva en el corazón como ningún otro, no ha coincidido con el Bayreuth de este año, el que usted ha contribuido tan destacadamente a configurar, tenga también la convicción de que son los hombres de una sensibilidad como la suya los que más sufren las discrepancias entre el Ideal y la Realidad.»
(Carta a Kna, 24-IX-1951).


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«He decidido dejar de escenificar Parsifal, pues considero más importante que usted continúe dirigiéndolo a que sea yo su escenógrafo. Me permito rogarle que me comunique los nombres de un director de escena y de un decorador von los que esté usted habituado a trabajar cuando dirige representaciones de Wagner fuera de Bayreuth. Mi hermano y yo hemos decidido contratar a estos señores para que el próximo año pueda ofrecerse un nuevo montaje de Parsifal con dichos señores de su elección.»
(Carta a Kna, 5-VIII-1954).

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«Todo el coro en el templo (primer acto), que ya no tenemos que ajustar al << tempo >> de Knappertsbusch, aún suena muy marcial. Repito: no quiero soldados, no quiero orfeones ..., no quiero aguerridos caballeros... También las doncellas-flor, en especial las solistas, tienen que sonar mucho más diferenciadas y a la Debussy. El año próximo remodelaré toda la escena.»
(Carta a Wilhem Pitz, desde el sanatorio donde acababa de ser internado y adonde le llevaban las grabaciones en cintas de los ensayos, 11-VII-1966).

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«Interprete el recitativo de Mozart. Evite añadirle unción y renuncie a toda suerte de patetismo. La menor exageración destruye su valor artístico.»
(Carta a Joseph Greindl «Gurnemanz», también el 11-VII-1966).

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«Por fin tenemos, de nuevo este año, al diablo libre, en esa escena; al diablo que Wagner hace rugir rabioso en la orquesta. Me alegra comprobar que la escena será aún más diabólica con Boulez que lo fue con Clemens Krauss... »
(Carta a Gustav Neidlinger «Klingsor», igualmente el 11-VII-1966).

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«Ante todo, quiero decirle que sus cartas han sido muy útiles. Si al principio produjeron algunas reacciones un poco agrias, después han llevado a recapacitaciones y a preguntas que anteriormente jamás se habían planteado... La narración de «Gurnemanz» es ahora más fluida... El carácter del primer coro del Grial ha cambiado completamente... «Klingsor» se destaca ahora con mucha más vehemencia... Con Konya (Parsifal) hemos tenido que trabajar de firme. (Su advertencia sobre lo «kitsch» que resultaba le ha afectado hondamente, y por ello se ha dejado llevar mucho más de prisa que la última vez. ¡Ahora tenía miedo ante el más pequeño «ritardando», y hube de ser yo quien le diese de nuevo algo más de libertad!).»
(Pierre Boulez: carta a Wieland Wagner, 24-VII-1966).


JUICIOS Y PARADOJAS

«Es una reliquia de los dorados tiempos en que los directores creían llevar en el bolsillo del chaleco un testamento personal de Beethoven y Wagner.»
(De una crítica).

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«Su carácter radicaba en su concepto de la fidelidad, la fidelidad a lo que le había sido transmitido. Ni una jota más nos ha dado el maestro, sino el Brahms que en su juventud aprendió de Fritz Steinbach, el Wagner de Hans Richter y el Bruckner de Nikisch. Y ello a pesar de todos los cambios del espíritu de los tiempos y de sus portavoces.»
(Hans-Joachim Nösselt, octubre de 1965: Oración fúnebre en el Teatro Nacional de Munich).

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«Su aurelola rígida, dominante y aristocrática es la máscara tras la que se protege un músico sensible»
(Karl Schumann).

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«Knappertsbusch adapta perfectamente su batuta, sus manos y sus ojos a lo que quiere expresar»
(Un miembro de la Filarmónica de Viena).

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«Nos comprenderá usted cuando nos dirige Furtwängler, también cuando nos dirige Knappertsbusch; este lo consigue con muy pocos medios; en realidad, se limita a escucharnos, pero todos tenemos la sensación de que está detrás de cada uno de nosotros, siguiendo la partitura que tenemos en el atril».
(Un violín de la Filarmónica de Berlin a Wilhem Matthes).

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«El público normal comenzaba ya a gemir de angustia con el «tempo» de Knappertsbusch».
(De una crítica sobre el Anillo, de 1951, de Bayreuth).

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«Es el único director capaz de conseguir que una centuria orquestal pase de un «pianissimo» al más poderoso fortísimo con una leve indicación de la punta de su dedo meñique izquierdo.»
(Erich Kleiber).

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«Viena tuvo que llamar a Knappertsbusch, que es un verdadero germano de pelo rubio y ojos azules. Desgraciadamente, cree que su temperamento lo abarca todo y que puede dirigirse una orquesta estando privado de todo sentido musical. Constituye un verdadero suplicio asistir a una representación de ópera cuando él lleva la batuta. En lugar de un centro, no se percibe más que una serie degritos, y los pobres cantantes parecen ranas croando».
(Adolf Hitler, 1942).

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«Knappertsbusch fue uno de los directores más queridos por los cantantes, genial y tan atento a auxiliarnos».
(Hans Hotter).

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«Cada año, el Festival llegaba a su cumbre de grandeza y de profundidad casi religiosa con el Parsifal de este gran director».
(F. Sopeña: A B C, 1965).

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«Mahler... al mismo tiempo descascarilla un tanto la mitología wagneriana, y le da así el auténtico «porvenir» de una «musicalidad» que seguirá con Bruno Walter y llegará a su cumbre hoy mismo no con el Wagner de Knappertsbusch, sino con el del mozartiano y schubertiano Karl Böhm.»
(F. Sopeña: Programas de la Orquesta Nacional de España, temporada 1971-72).

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«Casi coincidiendo con el acorde final sonó el primer aplauso, que murió en solitario. Tras una corta y casi angustiosa pausa, volvió a sonar otro solitario aplauso, que nuevamente se quebró como si se estrellase contra un muro de silencio. Entonces se irguió lentamente Knappertsbusch, quien hasta entonces había continuado sentado en su silla de director, inclinado hacia delante, dijo en voz baja algo que divirtió mucho a la Filarmónica, y así rompió el hechizo.»
(Walter Panofsky, sobre la interpretación de la Octava sinfonía de Bruckner con la Filarmónica de Munich, enero de 1963).


KNAPPERTSBUSCH. CREDO

Sólo dirijo «Substanzmusik».

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En el fondo, no dirijo música moderna porque sé que no me va y pienso que no sería un buen intérprete suyo.

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Wagner, Beethoven y Bruckner son los inalcanzables, los absolutos. Frente a ellos no caben los argumentos de la crítica.

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Buena música es para mí algo así como el milagro de Pentecostés. Me habla en varias lenguas y yo las entiendo todas. Esto es un don, una gracia, y la Gracia no puede ser explicada por los mortales.

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Si yo supiera cómo han oído realmente Beethoven, Bruckner y Wagner tan sólo 32 compases de una de sus partituras, renunciaría a toda mi experiencia y volvería de nuevo a comenzar y a estudiar.

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«A nadie se le pregunta qué siente mientras reza». Respuesta a una pregunta sobre su interpretación de Bruckner.

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No se trata de un no-querer, sino de un no-poder. Mi fe en Wagner es demasiado fuerte —más fuerte que la de usted—, para que pueda yo considerarme útil al nuevo Bayreuth. Usted vive para Ricardo Wagner en un mundo distinto al mío. Usted fundamenta su puesta en escena en principios que no pueden corresponderse con mi música... «Por esto me aparto del ardiente pacto». (1). Le repito mi ruego: olvídeme, pero consérvese amigo mío. Y acude a mí a pesar de todo si necesitas de consejo. (Carta a Wieland Wagner. 28-IX-1951, tras el primer Festival de la postguerra.)


ANECDOTARIO

Ensayo general de la Walkyria, en Munich, en la mañana del día de su presentación. Knappertsbusch llega puntual y dice al conjunto: «Señoras y señores: ustedes conocen la obra. Yo también. Volveremos a vernos esta tarde». Y abandonó el teatro.

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Ensayo de Lohengrin, en Munich, con un tenor americano que va a cantar allí la obra por primera vez. El tenor entra a destiempo. justamente en su primera intervención, al despedir al cisne, Knappertsbusch: «Señor mío, ha salido usted de Nueva York demasiado tarde. Nosotros (y aquí un ostentoso gesto sobre la Orquesta y el coro) hace ya largo rato que estamos en la desembocadura del Escalda» (lugar de la acción).

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Al referirse a von Karajan, en 1951: «Aún no está maduro para Parsifal, Para dirigirlo, hay que haber apurado antes todo lo que la vida y el arte pueden ofrecer. Yo ya lo he apurado dos veces..»

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Del «atrezzo» que Knappertsbusch echaba a faltar en la nueva escenografía de Parsifal (Bayreuth, 1951), la paloma que desciende al final de la obra sobre los caballeros del Grial, suprimida por Wieland Wagner, era el elemento más añorado. Saber que no iba a verla al final le restaba inspiración, según decía: «Si no hay paloma no garantizo nada». Wieland le prometió la paloma, y en el momento preciso ésta apareció sobre el escenario suspendida de un hilo, pero sólo, hasta una altura que, permitiendo fuese vista por Kna desde el foso, la hiciese invisible para el público. La representación fue magnífica. Días más tarde, cuando Kna tuvo conocimiento del engaño, fue en busca de Wieland y, sin decir palabra, le dejó encima de la mesa un trozo de cuerda. La paloma fue visible para todos en la siguiente representación.

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Knappertsbusch se oponía inicialmente a grabar, en 1951, Parsifal, por creer que era precipitado. Wieland le hizo ver que las circunstancias económicas eran malas y que al elenco vendría muy bien cobrar los derechos de la edición. Kna: «Ah, bueno, si se trata de evitar que mi familia teatral no tenga que andar preocupada buscándose el pan, por mi parte podemos hacer dos grabaclones».

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Al retornar a Bayreuth, en 1954, tras la ruptura de 1953, pudo leerse en una crítica: «Sin este soberano Bayreuth y sus Festivales Wagner hubiesen perdido a un dios». Respuesta colérica de Kna: «Quien hace de mí un dios, quiere adorarme, y a esto sí que no me presto; ¡basta!».
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(1) Palabras dirigidas por «Hagen» a «Sigfrido» en al primer acto de El ocaso de los dioses.