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Traducción, presentación y notas de Manuel Barrios Casares. ER. Revista de Filosofía, nº14. 1992 |
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Nietzsche contra Wagner. Documentos de un psicólogo |
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Por Friedrich Nietzsche |
PRESENTACIÓN
Dentro del conjunto de
obras del último período elaboradas por Nietzsche a
partir de la primavera de 1888, en esa «época de la
gran cosecha», en medio de arrebatos de inspiración y de
fuertes tensiones anímicas que anteceden (pero que todavía
no son sin más síntoma de ello) la euforia de Turín
y su definitivo hundimiento psíquico, el escrito Nietzsche
contra Wagner ocupa sin lugar a dudas un lugar muy peculiar,
dadas sus características.1 Primero, porque no se
trata propiamente de un nueva obra de Nietzsche, sino de una
recopilación de textos pertenecientes a varios de sus libros
anteriores y en los que ahora realiza una serie de modificaciones,
omisiones, añadidos y demás correcciones tanto
estilísticas como de contenido. Segundo, por los motivos
específicos que le indujeron a preparar esta antología
antiwagneriana. Pues si bien en toda la producción literaria
de este período se hace cada vez más palpable la
necesidad que Nietzsche siente de «ponerse en claro»,
de aclarar posibles equívocos en torno a su pensamiento2
y, al mismo tiempo, de llegar a un público mas amplio e
influirle, en Nietzsche contra Wagner dicha pretensión
se extrema y adquiere unas connotaciones singulares, que arrojan un
significativo saldo de cara a una comprensión más
exhaustiva de su última filosofía.3 Como
decimos, en gran medida ello se debe justamente a los motivos que
están a la base de la génesis de la obra y que. por
tanto, merece la pena recordar ahora.
El Caso Wagner, ese
otro gran documento del antiwagnerismo nietzscheano, había
aparecido a mediados de septiembre de 1888. Pese a las grandes
expectativas depositadas en él por Nietzsche y a que la
primera edición se vendió casi de inmediato, el libro
no había obrado el efecto deseado: el sentido más hondo
de su apasionada y desgarradora polémica con Wagner, su lugar
específico en el contexto general de la tarea de
transvaloración de todos los valores, continuaba siendo una
incógnita para sus contemporáneos4 Y las
reacciones de incomprensión no se hicieron de esperar. Por
supuesto, Nietzsche contaba de antemano con la animadversión
de personajes como el furibundo wagneriano y biógrafo del
maestro, Richard Pohl, quien se apresuró a replicar con un
ataque frontal ad hominem titulado «El caso
Nietzsche, un problema psicológico», en el que
prácticamente se limitaba a acusarle de celos de músico
frustrado, disparatando sobre el falso supuesto de la existencia de
una ópera compuesta en tiempos por Nietzsche y criticada por
Wagner como único motivo real de la ruptura entre ambos. Menos
podía esperarse, en cambio, la discreta acogida que su escrito
tuvo por parte de Ferdinand Avenarius, editor por aquel entonces de
la revista Kunstwart. En el mismo número en
que Heinrich Köselitz —su fiel amanuense, Peter Gast—
reseñaba el libro, Avenarius venía a comentarlo en
términos tan poco favorables como los siguientes: «Es
un hecho declarado el cambio de sensibilidad de uno de los más
destacados, quizá el más destacado, de los
“wagnerianos”. Si éste nos hubiera hecho,
tranquila y objetivamente, una exposición de las razones que
invalidan sus razones anteriores —no podríamos hacer
otra cosa que agradecérselo: más improbablemente porque
nos convenciera, más probablemente por que nos hubiera
proporcionado ocasión para el análisis agudo, en orden
a la refutación—. Tal como se nos presenta el escrito,
aparece casi como el regalo de un folletinista muy ocurrente, que
juega a las grandes ideas».5
De este modo, Nietzsche pudo tomar conciencia bien pronto de cómo, de cara a la opinion general, su intempestivo escrito pasaba por ser el fruto de una repentina conversión por parte del que hasta entonces había seguido siendo, a ojos de la mayoría, un ferviente admirador de la música de Wagner. Toda la intensidad de la crítica nietzscheana quedaba así rebajada, en la misma medida en que, desconociendo la evolución de sus ideas, en particular por lo referente a esta cuestión, sela malinterpretaba poco menos que como expresión de una súbita apostasía y de un improvisado ataque. Nietzsche comprendió entonces que había de aducir pruebas de lo contrario, pero en su precipitación y vehemencia en deshacer el equívoco erró en sus cálculos de cómo llevar esto a cabo. Decidió en principio que lo mejor era que no fuese él mismo, ni tampoco, claro está, Köselitz, sino una tercera persona quien se encargara de ello, y escogió para tan delicado asunto al crítico de arte Carl Spitteler, a la sazón reconocido adversario de la «música del futuro», que acababa además de escribir una carta felicitando a Nietzsche por su trabajo y había manifestado su coincidencia con los gustos musicales de éste en un artículo publicado el 8 de noviembre en el Bund, una revista editada en Berna. Nietzsche se apresuró, pues, a escribirle el 11 de diciembre, ya con la mente puesta en la edición de una recopilación de sus textos:
«Quiero hacerle
hoy una proposición a la que le ruego encarecidamente que no
se niegue. Mi lucha contra Wagner ha fracasado porque nadie conoce
mis escritos: de modo que el “cambio de sensibilidad”,
como se expresa Avenarius, por ejemplo, pasa por ser algo sucedido al
mismo tiempo, más o menos, que el “Caso Wagner”.
De hecho, llevo luchando ya diez años. El propio Wagner era
quien mejor lo sabía—: no he enunciado en el “Caso
Wagner” ninguna proposición general, de orden
psicológico o estrictamente estético, que no haya
expuesto ya con la mayor gravedad en mis escritos anteriores. Bajo
estas circunstancias, para avivar la cuestión al máximo
y llevarla hasta la guerra, quiero ahora publicar otro escrito de la
misma presentación y amplitud que el “Caso Wagner”,
que se componga sólo de ocho trozos grandes y cuidadosamente
elegidos entre mis obras, bajo el título “Nietzsche
contra Wagner. Documentos sacados de las obras de Nietzsche”.
Estimado señor, ustedes el que ha de publicarlo y
escribir un largo prólogo que sea una auténtica
declaración de guerra».6
Como sucede con otros
muchos juicios vertidos por Nietzsche en su intensa correspondencia
de estos meses finales de 1888, su afirmación de que El
caso Wagner no añade nada sustancial a lo expuesto
por él sobre este asunto en trabajos anteriores requiere ser
matizada. Hay al menos un aspecto fundamental en el que El
caso Wagner representa un avance respecto a tratamientos
previos de la cuestión: el del establecimiento de una íntima
correlación entre wagnerismo y hegelianismo, o, si queremos
ser más precisos (puesto que Wagner y Hegel son interpretados
aquí en función de las vulgarizaciones que de sus
respectivos pensamientos realiza la época, y por tanto poseen
mas bien el valor de metáfora y síntoma de ésta),
el del reconocimiento de la connivencia entre romanticismo y
ultrarracionalismo modernos dentro de una única dinámica
nihilista. El paralelismo trazado ahí entre las posiciones
hegeliana y wagneriana —al cual Nietzsche sólo había
aludido antes, de pasada, en un par de ocasiones7 —
se convierte ahora en una de las principales claves de la dimensión
filosófica de su controversia con Wagner, y lo hace justo en
esa época en la que Nietzsche retorna a la temática
de El nacimiento de la tragedia, reformulándola
sensiblemente: retorna al arte como tarea de afirmación vital
contra la décadence y como actividad
(post)metafísica. A tal fin, al mismo tiempo que trata de
recobrar todo aquello que pudo constituir su «primera
transvaloración de todos los valores», lucha por
desembarazarse definitivamente de los perturbadores influjos de sus
maestros de juventud, desde el postulado transfenoménico de un
Uno-primordial hasta la hipoteca romántica del genio. Las
anotaciones para la obra proyectada bajo el título de La
voluntad de poder recogen numerosos testimonios de su
litigio con Schopenhauer, mientras que este escrito —como
luego Nietzsche contra Wagner—se concentra en su
otro gran adversario.
Hecha, pues, esta
salvedad, sí que puede considerarse por lo demás que,
en efecto, los «documentos sacados de las obras de Nietzsche»
testimoniaban, contra Avenarius, Pohl y otros, que su polémica
con Wagner venía de antiguo y que los términos
esenciales de la misma no habían experimentado una repentina y
caprichosa variación. En la misma carta antes referida,
Nietzsche indicaba ya a Spitteler qué documentos, e. d., qué
pasajes de sus obras eran los escogidos para demostrar esto.8 Se
trataba empero de una primera selección, que no sería
la definitiva, y que aparecía pergeñada en una de sus
misivas del día anterior a F. Avenarius, en la que por una
parte agradecía a éste, no sin cierta ironía
contenida, su crítica, pero por otra le reprochaba el no haber
sabido reparar en lo esencial —«die Hauptsache»—
y comunicárselo a sus lectores.9
No obstante, Nietzsche
se arrepintió de inmediato de la idea de recurrir a terceros
para dilucidar la cuestión, escribiéndole el 12 de
diciembre a Spitteler su cambio de parecer y su decisión de
publicar él mismo el texto, aunque ya un nuevo equívoco
al respecto había sido sembrado, puesto que Spitteler
interpretó todos estos vaivenes como un intento de manipular
su persona.10 No acabaron ahí, sin embargo, las
dudas de Nietzsche sobre la conveniencia de publicar esa aclaración,
ni sobre cómo y cuándo hacerlo. Las indecisiones, los
cambios de planes fueron constantes: Nietzsche pensó
inicialmente en postponer la publicación de Ecce
homo en favor del nuevo manuscrito, enviado a Naumann el 15
de diciembre, y así se lo hizo saber a Peter Gast al día
siguiente11 ; pero cuando a los pocos días recibió
de su editor las primeras pruebas de corrección de Ecce
homo, volvió a modificar sus planes de edición,
comunicándole entonces a Köselitz el 22 de diciembre: «No
vamos a imprimir el escrito “Nietzsche contra Wagner”. El
“Ecce” contiene todo lo esencial también a este
respecto. La parte que, entre otras, recuerda al maestro “Pietro
Gasti” ya está incluida en “Ecce”. Quizá
inserte también la canción de Zaratustra —es
decir: “De la indigencia del más rico”— como
interludio entre dos apartados fundamentales».12
Tampoco en esta ocasión
la advertencia a Naumann llegaría a tiempo, la celeridad del
editor obligaría de nuevo a Nietzsche a rectificar sus planes
sobre la marcha y, aun a pesar de insistir por última vez el 2
de enero de 1889 en su renuncia a editar la obra, los
acontecimientos, junto con la crisis, acabarían
precipitándose. Cuando el 8 de enero Franz Overbeck encontró
a Nietzsche en su habitación de una pensión turinesa,
sumido en las primeras tinieblas de la locura y rodeadlo de montones
de papeles que ya no era capaz de descifrar, entre éstos se
hallaban las primeras pruebas de imprenta de Nietzsche contra
Wagner. La obra aparecería publicada por primera vez
ese mismo año, en una edición privada, y más
tarde sería dada a conocer al público en 1895, dentro
del octavo volumen de la Grossoktavausgabe. Hasta las
decisivas aportaciones de Erich Podach13 y la aparición
de la Kritische Gesamtausgabe a cargo de Colli y
Montinari, las sucesivas reediciones hechas desde 1899, incluida la
de Karl Schlechta (Munich, Hauser, 1954/6), se atuvieron al texto de
esta edición de 1895, que difiere en puntos importantes de la
versión original: se omitió el capítulo
titulado «Intermezzo», así como los
poemas «Venezia» (también conocido
como «Canción de góndola»), con el que
concluía dicho capítulo, y «De la indigencia
del más rico», que debía haber ido situado al
final del libro. Pero a diferencia de otras rnutilaciones y
falsificaciones sufridas por los textos nietzscheanos, la razón,
menos escabrosa, de estas omisiones hay que buscarla en la carta de
Nietzsche a Köselitz que citábamos más arriba, ya
que los fragmentos suprimidos en la edición de 1895
corresponden a los que en ella se mencionaba como objeto de un
posible traslado al otro libro entonces en prensa. Claro que lo que
Nietzsche argumentaba ahí era únicamente que Ecce
homo podía recoger esos textos aun en el caso de que,
como al fin había decidido, no se publicara Nietzsche
contra Wagner, la obra que los incluía. Pero en
absoluto daba pie al proceder editorial seguido, como si lo resuelto
por él hubiese sido suprimir tan sólo esos pasajes y
publicar el resto.
De esta carencia fundamental se han venido resintiendo igualmente las diversas traducciones que en nuestro país se hicieron de la obra, desde las de Luciano de Mantua (1904) y Pedro González—Blanco (Valencia, Sempere, 1906 hasta las de J. E. de Muñagorri (Caro Raggio, 1930) o, inclusive, la de Eduardo Ovejero y Mauri (Madrid, Aguilar, 1932), basada en la edición de Kröner y en la Musarion—Ausgabe. Ésta es, que sepamos, la primera vez que se publica íntegramente en castellano este escrito peculiar — un escrito en el que, como ya indicamos antes, Nietzsche muestra, en sus propios textos, la genealogía de su antiwagnerismo. En ello resiole el mayor interés y atractivo de esta obra, nacida en cierto modo de la obsesión del último Nietzsche por afrontar una y otra vez esa insistente pregunta con la que prácticamente concluye Ecce homo:«¿se me ha entendido?» A su manera, Nietzsche contra Wagner es otro «Ecce homo», contemplado sola y exclusivamente desde el prisma negativo de su oposición a Wagner. Las dudas de Nietzsche sobre si publicar con antelacion uno u otro libro no hacen sino subrayar este íntimo parentesco desde un punto de vista extrínseco. Más profundamente, podríamos añadir: si bien es cierto —como ha mostrado Mazzino Montinari y ha reiterado con todo lujo de detalles Andrés Sánchez Pascual en su estudio introductorio a la obra en cuestión —que, en última instancia, El Anticristo acaba recogiendo para Nietzsche todo el contenido de la Transvaloración de todos los valores —o sea, de su proyectada Hauptwerk— en otro sentido no menos decisivo, a nuestro juicio, Ecce Homoy Nietzsche contra Wagner constituyen asimismo otras tantas facetas de la transvaloración, que no se ejercen estrictamente en el terreno filosófico, pero que tampoco permanecen sin más ajenos a él. Tal vez sea sobre todo por semejante motivo por lo que merezca la pena leer ahora este texto con la mirada atenta, forjada en ese arte de buen leer, que Nietzsche aprendió de la filología y quiso también como destino para los escritos de la filosofía.
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Tabla de Sucesivos Planes de Edición de Nietzsche contra Wagner* |
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10/12/88 |
11/12/88 |
12/12/88 |
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(A Avenarius) |
(A Spitteler ) |
(W II 10, 98) |
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FW 370 |
FW 370 |
FW 279 |
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VM 144 |
VM 171 |
FW 87 |
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VM 116V |
W 144 |
FW 368 |
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VM 134 |
VS 165 |
VM 134 |
|
VM 171 |
FW 368 |
WS 165 |
|
WS 165 |
JGB 256 |
VM 171 |
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M 255 |
GM, III, 2-3 |
FW 99 |
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FW 368 Prólogo, 3-4 |
MAM, II, Pról, 3-4 |
FW 370 |
|
FW 87 |
JGB, 254,256 |
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MAM, II, Pról, 3-4 |
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FW, Pról, 3-4 |
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*: En negrita se indican los textos incluidos en la versión definitiva de NW. Las obras de Nietzsche son citadas conforme a las abreviaturas de la Kritische Gesamtausgabe. Salvo los dos aforismos de FW excluidos (279 y 99), el plan del 12 de diciembre de 1888 responde casi exactamente al contenido y al orden definitivo de composición de Nietzsche contra Wagner, en el que se añaden los aforismos 269 y 270 de JGB, así como los versos del final del aforismo 256, y se recuperan los pasajes de GM, III 2 y 3 señalados en la carta a Spitteler. |
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Notas
1. Los datos relativos a las circunstancias biográficas y a la génesis de la obra han sido extraídos principalmente del monumental trabajo dc Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche. Biografía (Madrid, Alianza editorial), vols.3 (Los diez años del filósofo errante) y 4 (Los años de hundimiento), traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, Madrid, Alianza, 1985 y 1987; así como de la Crónica de la vida de Nietzsche, vol. 15 de la Friedrich Nietzsche Sämtliche Werke, Kritische Studienausgabe (=KSA), München-Berlin, dtv-de Gruyter, 1980, a cargo de Giorgio Colli y Mazzino Montinari, que a su vez se sirve de ésta y otras aportaciones de Janz.
2. Y no sólo en lo tocante a su producción teórica, sino también en sus actitudes y relaciones personales. Así puede comprobarse en su calla a Malwida von Meysenbug del 20 de octubre de 1888, en la que Nietzsche fuerza la ruptura de sus relaciones con aquella vieja amiga a causa de la predilección de ésta por Wagner: «Poco a poco he ido rompiendo casi todas mis relaciones humanas por repugnancia a que se me tome por algo distinto a lo que soy. Ahora está usted en la lista. Desde hace años le envío mis escritcos, para que ahora al final venga usted a manifestarme, honrada e ingenuamente, “repudio cada una de sus palabras”. (...) ¡Aclárese, por fin, entre Wagner y Nietzsche!» (Friedrich Nietzsche, Sämtliche Briefe. Kritische Studienausgabe (=KGB) a cargo de G. Colli y M. Montinari, München-Berlin, dtv-de Gruyter, 1986, vol. 8, pp. 457—8).
3. No obstante, Janz considera preciso tener en cuenta además en este punto el importante papel jugado por el nuevo editor, C. G. Naumann, quien influyó de modo notable en las decisiones de Nietzsche sobre la secuencia de publicación de sus obras. Entre otros testimonios en favor de tal consideración, Janz aduce la carta de Naumann a Franz Overbeck, del 21 de febrero de 1889: «Cuando el Prof. Nietzsche me visitó la última vez [mayo de 1886], le invité a escribir, antes de la publicación de su “transvaloración”, algunos pequeños opúsculos, baratos de lanzar, en lo que se refiere repetidamente a su obra capital; él aceptó la idea de inmediato y me aseguró que la llevaría a cabo. No creo que sea apenas necesario ni justificar ahora que con ello pensé en el “Caso Wagner”, aunque más bien eran opúsculos del tipo del ”Crepúsculo de los ídolos” los que tenia en mientes. Es un hecho en contra que el “Caso Wagner” ha revitalizado extraordinariamente el interés por el profesor Nietzsche en amplios círculos, así como el “Crepúsculo de los ídolos” no hará menos en otras esferas. Donde mejor se manifiesta esto es en la buena situación económica de la editorial». (Citado por Janz, op. cit. vol. 3, p. 513).
4. Sentido que Mazzino Montinari subraya y sintetiza de la manera más repugnante con estas palabras: «No se debe olvidar lo antinacionalista, antigermánico, antiromántico, anti—antisemítico, antioscurantista, antimetafísico, anti—irracionalista, antimítico (e.d., antijesuítico) de la lucha antiwagneriana de Nietzsche» (Montinari, Nietzsche lesen, Berlin, de Gruyter, 1982, p. 53)
5. Citado por Janz op. cit., III, 526.
6. Citamos la carta por la traducción de J. Muñoz e I. Reguera que aparece en Janz, III, 526—7, restituyendo al texto las cursivas en base al trabajo de edición crítica de Colli y Montinari, KGB. vol. 8, pp. 523—4.
7. Sólo hemos localizado dos referencias, una en el aforismo 99 del libro segundo de La Gaya Ciencia: «Richard Wagner se ha dejado extraviar por Hegel hasta mitad de su vida; después, ha vuelto a hacer lo mismo interpretando sus figuras a partir de la doctrina de Schopenhauer y comenzando a formularse a sí mismo en términos de “voluntad”, “genio” y compasión”» (KSA, 3, 455); y otra en el aforismo 244 de Más allá del Bien y del Mal: «Los extranjeros se detienen, asombrados y atraídos, ante los enigmas que les plantea la naturaleza contradictoria que hay en el fondo del alma alemana (naturaleza contradictoria que Hegel redujo a sistema, y Richard Wagner últimamente todavía a música» (Traducción de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 1972, p. 198; KSA, 5,184).
8. La selección propuesta por Nietzsche en su carta a Spitteler era la siguiente: 1. Dos antípodas (Gaya Ciencia, pp. 312—16) 2. Un arte sin futuro (Humano, demasiado humano, 76—78) 3. Barroco (Humano, tomo 2, 62—64) 4. Lo expresivo a toda costa (El caminante y su sombra, p. 93) 5. Wagner, actor y nada más (Gaya ciencia, pp. 309—11) 6. Wagner pertenece a Francia (Más allá del bien y del mal, 220-24) 7. Wagner, apostol de la castidad (Genealogía de la moral, pp. 99—105) 8. Ruptura de Nietzschce con Wagner (Humano, demasiado humano, tomo 2, prólogo. pp. VII-VIII). De esta selección inicial, hecha a partir de las referencias indicadas en una carta previa a Avenarius, Nietzsche excluyó un par de pasajes e incluyó otros en la versión definitiva. Cfr. ínfra Tabla con los sucesivos planes de edición.
9. KGB, 8, 517—8. En esta carta, a la que Montinari ha calificado de verdadera «clave» de la obra, Nietzsche señala ya cinco textos —nueve citas— en los que puede constatarse como «su lucha contra la corrupción de Bayreuth», la disputa entre una «naturaleza dionisíaca» y la de un «décadent», dura ya desde 1876. Además de La gaya ciencia, 312ss., encontramos ahí las siguientes referencias: «Humano, demasiado humano (escrito hace más de diez años) 2, 62ss: décadence y berninismo en el estilo de Wagner; 2, 51: su sensualidad neurótica; 2, 60: barbarie rítmica; 2, 76: catolicismo del sentimiento; sus «héroes», fisiológicamente imposibles). El caminante y su sombra, 93: contra lo espresivo a toda costa. Aurora, 225: el arte de Wagner para falsear en música el dolor. Gaya Ciencia, 309: Wagner actor, también como músico. 110: Digno de admiracíón en el refinamiento del dolor sensual. Más allá del bien y del mal, 221: Wagner, perteneciente al París enfermo, propiamente un tardo—romántico francés como Delacroix, como Berlioz, todos ellos con un fondo de incurabilidad a la base y, por consiguiente, fanáticos de la expresión» (idem).
10. Víd. KGB, 8, 525 Para la reacción de SpitteIer, cfr. Janz, op. cit., III, 527—8 y IV, documento nº 12.
11. KGB, 8, 527: «Ayer envié a C. G. Naumann un manuscrito que hay que publicar inmediatamente, por tanto, antes que «Ecce homo». No encuentro traductor para «Ecce»: así que aún debo retrasar la impresión unos meses. A fin de cuentas, no corre prisa. — Lo nuevo le va a gustar —usted también aparece— ¡y cómo! Se titula Nietzsche contra Wagner. Documentos de un psicólogo. Se trata esencialmente de una caracterización de antípodas, en la que he empleado una serie de pasajes de mis escritos anteriores y de ese modo he dado una contrapartida muy seria al «Caso Wagner». Ello no es óbice para que los alemanes sean tratados en ella con maldad española —el escrito (unos tres pliegos) es extremadamente antialemán». Resulta sugestivo preguntarse en qué medida la «maldad española» a la que Nietzsche alude en su carta no ha procurado expresarla ya en el título mismo de la obra, que es literalmente el de «Nietzsche contra Wagner», así escrito, en la fórntuha latina empleada para incoar procesos judiciales, coincidente con la expresión en castellano, y no «Nietzsche gegen Wagner», como se diría en alemán. En esa carta, Nietzsche introduce además un juego de dobles sentidos a propósito de una referencia previa a la opereta española de Federico Chueca, «La gran vía»: «Este nuevo escrito será quizá muy leído, debido a la curiosidad que ha suscitado el «Caso Wagner» —y como ahora no escribo una palabra en la que yo no me muestre a la luz por completo, esta antítesis-de-psicólogo es ya, en definitiva, el camino para entenderme — la gran vía...» (ibid. 528).
12. KGB, 8, 545—6.
13. Podach, Erich F., Friedrich Nietzsche Werke des Zusammenbruchs. Heidelberg, Wolfgang Rothe, 1961.
FRIEDRICH NIETZSCHE
NIETZSCHE CONTRA WAGNER
Prefacio2
Los capítulos siguientes han sido seleccionados en su conjunto, no sin cautela, de mis escritos anteriores —algunos se remontan a 1877—, acaso aclarados aquí y allá y, sobre todo, abreviados. Leídos uno tras otro, no dejarán duda ni sobre Richard Wagner ni sobre mí:somos antípodas. Con ello se comprenderá además alguna otra cosa: por ejemplo, que éste es un ensayo para psicólogos, pero no para alemanes... Yo tengo mis lectores en todas partes, en Viena, en San Petersburgo, en Copenhague y Estocolmo, en París, en Nueva York—, no los tengo en el país chato de Europa3, en Alemania... Y quizá tendría que decir también una palabra al oído de los señores italianos, a quienes amo tanto cuanto yo... Quousque tandem, Crispi4... Triple alliance: un pueblo inteligente no hace nunca con el «Reich» sino una mésalliance...
Friedrich Nietzsche
Turín,Navidad
de 1888
Dónde siento admiración5
Creo que los artistas
desconocen a menudo qué es lo que mejor pueden hacer: son
demasiado vanidosos para ello. Tienen puestas sus mientes en algo más
soberbio de cuanto parecen serlo esas pequeñas plantas que,
nuevas, raras y bellas, saben crecer sobre su suelo con genuina
perfección. Aprecian de manera superficial lo que en
definitiva constituye lo mejor de su propio jardín y su
viñedo, y su amor y su entendimiento no son del mismo rango.
He aquí a un músico que más que ningún
otro músico cifra su maestría en hallar los tonos del
reino de las almas dolientes, oprimidas, martirizadas, y aun en
prestar lenguaje a la muda miseria. Nadie le iguala en los colores
del otoño tardío, en la felicidad indescriptiblemente
conmovedora de un último, ultimísimo, brevísimo
goce; conoce el sonido para esas arcanas e inquietantes medianoches
del alma en que causa y efecto parecen sacados fuera de quicio y
donde, en cualquier instante, algo puede surgir «de la
nada». Con mayor acierto que ninguno, crea desde el más
hondo sustrato de la felicidad humana y, por así decirlo,
desde su copa vacía, donde, en buena y mala hora, las gotas
más ásperas y amargas se escancian junto a las más
dulces. Conoce ese fatigoso deambular del alma que ya no es capaz de
saltar ni de volar, ni tan siquiera caminar; tiene la mirada esquiva
del dolor encubierto, del comprender sin consuelo, del despedirse sin
confesiones; Como Orfeo de toda secreta miseria, es superior a
cualquier otro, y por mediación suya se han añadido al
arte muchas cosas que antes parecían inefables e incluso
indignas del arte —por ejemplo, las cínicas revueltas de
las que sólo es capaz el que sufre, así como un sinfín
de diminutas y microscópicas cosas del alma, por así
decir, las escamas de su naturaleza anfibia; ciertamente, es el
maestro de lo diminuto. Pero no quiere serlo.
¡Su carácter prefiere más bien los grandes muros
y las pinturas murales atrevidas!... No se da cuenta de que su
espíritu posee otro gusto y otra inclinación —una
óptica contrapuesta— y de que por encima de todo gusta
de sentarse quedamente en los rincones de los edificios en ruinas:
allí, oculto, escondido de sí mismo, pinta sus
auténticas obras maestras, que son todas muy breves, a menudo
de un único compás, —sólo allí,
quizá exclusivamente allí, se hace completamente bueno,
grande y perfecto.— Wagner es alguien que ha sufrido
profundamente —tal es su rango de privilegio sobre
los demás músicos.— Yo admiro a Wagner en todo
aquello en lo que él se pone en música
a sí mismo.—
Dónde hago objeciones6
Con ello no queda dicho
que yo tenga por sana a esta música, al menos allí
donde habla Wagner. Mis objeciones a la música de Wagner son
objeciones fisiológicas: ¿para qué disfrazarlas
bajo fórmulas estéticas? La estética no es
ciertamente otra cosa que una fisiología aplicada. —«Mi
hecho», mi «petit fait vrai»7 es que ya
no respiro bien cuando esta música obra su efecto sobre mí;
que de inmediato mi pie se pone malo y se revuelve
contra ella: pues tiene necesidad de cadencia, de danza, de marcha
—al compás de la marcha imperial de Wagner, ni siquiera
el joven emperador8 alemán puede marchar—, de
la música pide ante todo los deleites que están a la
base de un buen andar, pasear y danzar. Pero, ¿no
protesta también mi estómago? ¿mi corazón?
¿mi circulación de la sangre? ¿no se revuelven
mis tripas? Me quedo afónico sin darme cuenta... Para escuchar
a Wagner necesito pastillas Gérandel9... Y me
pregunto, pues: ¿qué es lo que quierepropiamente
todo mi cuerpo de la musica en general? Porque no
hay alma... Creo que su esparcimiento: como si todas
las funciones animales tuvieran que ser aceleradas mediante ritmos
ligeros, atrevidos, desenvueltos y seguros de sí: como si esta
vida férrea y plomiza tuviese que perder su pesadez por medio
de melodías doradas y suaves como el aceite. Mi melancolía
quiere reposar en los escondrijos y abismos de laperfección: para
ello necesito la musica. Pero Wagner me pone enfermo. —¿Qué
me importa a mí el teatro? ¡¿Qué
me importan las convulsiones de sus éxtasis «éticos»,
en los que el pueblo —¡y quién no es «pueblo»!—
halla su satisfacción?! ¡¿Qué me importan
todos los ademanes de hocuspocus del comediante?! — Como se ve,
yo soy de índole esencialmente antiteatral, en el fondo de mí
alma tengocontra el teatro, ese arte de masas par
excellence, el profundo desprecio que tiene hoy todo artista. Éxito
en el teatro —con esto uno cae en mi estima hasta
nunca—mas—ver; fracaso — ahí
aguzo los oídos y comienzo a apreciar... Pero Wagner, por el
contrario, junto al Wagner que ha escrito la música
más solitaria que existe, ha sido además,
esencialmente, un hombre de teatro y un comediante, el mimómano
más entusiasta que tal vez haya existido jamas, incluso
como músico... Y, dichosea de paso, si la teoría
de Wagner la de que «el drama es el fin, la música
siempre es tan sólo el medio», — supraxis fue
por el contrario, de principio a final, la de que «la pose
es el fin; el drama, como también la música, son
siempre sólo sus medios». La música como medio
para la clarificación, fortalecimiento e interiorización
de los gestos dramáticos y expresiones del actor; ¡y el
drama wagneriano únicamente como ocasión para las
muchas poses interesantes! —Wagner tuvo, junto a todos los
demás instintos, los instintos de mando de un
gran actor en todo y en cada cosa: y, como queda dicho, también
en cuanto músico. — Esto se lo hice ver claro una vez,
no sin esfuerzo,a un wagneriano pur sang, —
¡claridad y wagneriano! No digo una palabra más. Hubo
razones para añadir: «¡Sea usted un poco más
sincero consigo mismo, que no estamos en Bayreuth! En Bayreuth sólo
se es sincero en cuanto masa; en cuanto individuo se miente, se
miente uno a sí mismo. Cuando se va a Bayreuth, uno se deja a
sí mismo en casa, renuncia al derecho a la propia lengua y
elección, a su gusto, incluso al valor, tal como se ejercita
contra Dios y el mundo entre las propias cuatro paredes. Nadie trae
consigo al teatro su sensibilidad más sutil para el arte,
menos que nadie el artista que trabaja para el teatro, — falta
soledad, nada perfecto tolera testigos... En el teatro se convierte
uno en pueblo, en rebaño, en mujer, en fariseo, en ganado
electoral, en señor de patronato, en idiota —en
wagneriano: ahí, hasta la conciencia más
personal sucumbe a la magia niveladora del gran número, ahí
reina el vecino, ahí se convierte uno en
vecino...»
Internezzo10
— Aún diré
unas palabras para los oídos más refinados: qué
es lo que yo quiero propiamente de la música. Que sea
clara y profunda, como un mediodía de octubre. Que sea
peculiar, desenvuelta, tierna, una dulce mujercita de gracia y
perfidia. Nunca admitiré que un alemán pueda saber
lo que es la música. Los llamados musicos alemanes, sobre todo
los más grandes, son extranjeros, eslavos, croatas,
italianos, holandeses — o judíos; en otro caso, alemanes
de raza fuerte, alemanes extinguidos, como Heinrich Schütz,
Bach y Händel. Yo mismo sigo siendo todavía lo bastante
polaco como para no dar todo el resto de la música a cambio de
Chopin: exceptúo, por tres motivos, el Idilio de Sigfrido de
Wagner, quizá también a Listz, que domina los acentos
nobles de la orquesta por encima de todos los demás músicos;
y, por último, todo lo que ha crecido más allá
de los Alpes — más acá... No
sabría prescindir de Rossini, y aún menos de mi sur
en la música, la música de mi maestro veneciano Pietro
Gasti. Y cuando digo más acá de los Alpes, digo
propiamente sólo Venecia. Cuando busco otra palabra para
música, tan sólo hallo siempre la palabra Venecia. No
sé hacer ninguna distinción entre lágrimas y
música, no sé pensar la felicidad, el sur,sin
un escalofrío de terror.
|
Sobre el puente me hallaba |
|
no ha mucho en la noche oscura. |
|
De lejos un canto venia: |
|
gotas doradas se derramaban |
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sobre la temblorosa superficie. |
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Góndolas, luces, música— |
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ebrios hacia el crepúsculo nadaban |
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Mi alma, un laúd, |
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conmovida sin ser vista, se cantaba |
|
en secreto una canción de góndola, |
|
temblando de dicha multicolor. |
|
—¿Había alguien para escucharla?... |
Wagner
como un peligro11
1
La intención que persigue la música moderna en aquello que en la actualidad, de modo estridente, pero ininteligible, se denomina «melodía infinita», puede ser aclarado de este modo: uno se adentra en el mar, poco a poco va perdiendo pie firme y finalmente se abandona al favor o disfavor del elemento: tiene que nadar. En la música antigua, a veces de manera grácil, otras solemne, o briosa, más deprisa o mas despacio, debía hacerse algo completamente distinto, o sea, danzar. La medida necesaria para ello, la conservación de determinados grados de tiempo y fuerza equivalentes, forzaban el alma del oyente a una constante meditación, —en los contrastes entre este flujo de aire frío procedente de la meditación y el cálido aliento del entusiasmo residía la magia de toda buena música. Richard Wagner quiso otra clase de movimiento, invirtió el presupuesto fisiológico de la música de entonces. Nadar, flotar —ya no caminar, danzar... Quizá con esto queda dicho lo decisivo. La «melodía infinita» quiere precisamente quebrar todo equilibrio entre tiempo y fuerza, incluso se burla del mismo,— tiene su riqueza de invención justamente en aquello que a un oído antiguo le suena como paradoja y blasfemia rítmicas. De una imitación, de un predominio de semejante gusto ha nacido un pelígro para la música como no puede pensarse otro mayor — la degeneración total del sentimiento rítmico, el caos en lugar del ritmo... El peligro llega a su punto álgido cuando semejante música se apoya de modo cada vez más estricto en un histrionismo y una mímica completamente naturalistas, no dominados por ninguna ley de la plástica, que sólo quieren el efecto y nada más.. Lo «espressivo» a toda costa12 y la música al servicio, esclava de la pose —éste es el fin...
213
¿Cómo?
¿Acaso sería efectivamente la primera virtud de una
interpretación musical, tal como ahora parecen creer los
artistas intérpretes de la música, la de lograr para
cada pieza, en toda circunstancia, tan alto relieve, que no se lo
pueda superar? Aplicado, por ejemplo, a Mozart, ¿no es esto un
auténtico pecado contra el espíritu de Mozart, el
espíritu sereno, soñador, tierno y amable de Mozart,
quien por fortuna no fue un alemán y cuya seriedad es una
seriedad benévola, dorada, y no la seriedad
de un caballero alemán?... Así que me callo sobre la
seriedad del «convidado de piedra»... pero ¿creéis
que toda música es la música del
«convidado de piedra»,— que toda música
debiera irrumpir atravesando la pared14 y conmoviendo al
auditorio hasta las entrañas?... ¡Sólo así obra
efecto la música! — Pero, ¿sobre quién lo
ha obrado? Sobre alguien sobre el que un artista noble no
debe nunca obrar efecto, —¡Sobre la masa! ¡Sobre
los inmaduros! ¡Sobre los indolentes! ¡Sobre los
enfermos! ¡Sobre los idiotas! ¡Sobre wagnerianos!...
Una música sin futuro15
De todas las artes que
saben crecer en el terreno de una determinada cultura, la música
hace su aparición como la última de todas las plantas,
quizá porque es la más íntima y, por
consiguiente, la que se logra más tardíamente, —en
el otoño y en el momento del marchitarse de la cultura a la
que pertenece. Sólo en el arte de los maestros holandeses
halló cumplida expresión el alma de la Edad Media
cristiana, —su arquitectura de los sonidos es la hermana
tardía, pero legítima y de idéntico rango, del
gótico. Sólo en la música de Händel resonó
lo mejor del alma de Lutero y sus fieles, aquel rasgo judeo-heroico
que dio a la Reforma un rasgo de grandeza —el Antiguo
Testamento, no el Nuevo, hecho música. Sólo
Mozart acuño en sones de oro la época de
Luis XIV y el arte de Racine y de Claude Lorrain; sólo en la
música de Beethoven y de Rossini cantó su adiós
el siglo dieciocho, el siglo del lirismo exaltado, de los ideales
destrozados y de la felicidad fugitiva. Toda música
verdadera, toda música original, es un canto de cisne.—
Puede que también nuestra música más reciente,
aunque domine tanto y esté tan ávida de dominio, tenga
meramente ante sí un corto espacio de tiempo: pues ha surgido
de una cultura cuyo suelo está en rápido declive, —de
una cultura que dentro de poco estará sepultada. Un
cierto catolicismo del sentimiento y un gusto por determinadas
esencialidades e inesencialidades de vieja cepa denominadas
«nacionales» son sus presupuestos. La apropiación
por parte de Wagner de antiguas sagas y canciones, en las que el
docto prejuicio había enseñado a ver algo germánico
par excellence—hoy nos reímos de eso—, la vuelta a
la vida de todos esos monstruos escandinavos con sed de sensualidad y
espiritualización extáticas — todo ese toma y
daca de Wagner con respecto a la materia, las figuras, pasiones y
nervios, expresa también claramente el espíritu
de su música,suponiendo que ella misma, como toda música,
no sepa hablar de sí de manera inequívoca: pues la
música es una mujer... Uno no debe dejarse
inducir a error sobre semejante estado de cosas porque en estos
instantes vivamos justamente en la reaccióndentro de la
reacción16. La época de las guerras
nacionales, del martirio ultramontano, todo este carácter de
entreacto que es propio del estado actual de Europa, pudiera
de hecho procurarle una gloria momentánea a un arte como el de
Wagner, sin garantizarle por ello un futuro. Los
alemanes mismos no tienen futuro...
Nosotros, antípodas17
Tal vez alguien
recuerde, por lo menos entre mis amigos, que al principio me vi
arrojado a este mundo moderno con algunos errores y sobreestimaciones
y en cualquier caso como alguien que tenía
esperanzas. Entendí —¿quién sabe
en base a qué experiencias personales?— el pesimismo
filosófico del siglo XIX como síntoma de una fuerza
superior del pensamiento, de una triunfante plenitud de vida, tal
como había venido a expresarse en la filosofía de Hume,
de Kant y de Hegel, — tomé el conocimiento trágico como
el más bello lujo de nuestra cultura, como su más
precioso, noble y peligroso modo de disipación, pero en todo
caso como un lujo que le era lícito en razón
de su sobreabundancia. Asimismo, interpreté la música
de Wagner como expresión de un poderío dionisíaco
del alma, creí oír en ella el terremoto con el que una
fuerza primordial de la vida, retenida desde antiguo, salía
por fin al aire libre, indiferente ante el hecho de que todo lo que
hoy se llama cultura resultara conmovido por ello. Ahora se ve qué
equivocado estaba, como también se ve con qué obsequié a
Wagner y a Schopenhauer — conmigo mismo... Todo arte, toda
filosofía pueden ser considerados como medios de curación
y auxilio de la vida ascendente o descendente: presuponen siempre
sufrimiento y seres que sufren. Pero hay dos tipos de sufrientes, por
una parte, los que sufren por una sobreabundancia de
vida, los que quieren un arte dionisíaco y una visión y
una perspectiva trágica de la vida — y, por otra parte,
los que sufren por un empobrecimiento de la vida y
anhelan del arte y la filosofía el sosiego, el silencio, el
mar en calma, o bien la embriaguez, la convulsión,
el aturdimiento. La venganza en la misma vida — la especie más
voluptuosa de embriaguez para tales indigentes. Al doble estado de
necesidad de estos últimos responden tanto Wagner como
Schopenhauer — ellos niegan la vida, la calumnian, y por eso
son mis antípodas. — El más rico en abundancia de
vida, el dios y hombre dionisíaco, puede gozar no sólo
de la visión de lo terrible y lo problemático, sino de
la acción terrible misma y de todo lujo de destrucción,
disolución, negación, — en él el mal, el
sinsentido, la fealdad, parecen, por así decirlo, lícitos,
tal como parecen lícitos en la naturaleza, a consecuencia de
un exceso de fuerzas generadoras y reconstituyentes, que es capaz
incluso de hacer de un desierto una opulenta tierra fértil.
Por el contrario, el que más sufre, el más pobre de
vida, tendrá ante todo necesidad de indulgencia, de
apacibilidad y de bondad —de eso que hoy se denomina humanidad—
tanto en el pensar como en el obrar, y con ello posiblemente de un
dios que sea propiamente un dios para enfermos, un salvador, así
como también tendrá necesidad de la lógica, de
una inteligibilidad conceptual de la existencia incluso para idiotas
— los típicos «espíritus libres»,
como los «idealistas» y «almas bellas», son
todos décadents— en suma, tendrá necesidad de
cierta cálida restricción, supresora de temores, y de
cierta reclusión en unos horizontes optimistas, que le
permitan estupidizarse... De esta forma aprendí
poco a poco a comprender a Epicuro, lo opuesto a un griego
dionisíaco, así como al cristiano, que de hecho es sólo
un tipo de epicúreo y que con su «la fe os
hace bienaventurados» lleva el principio del
hedonismo tan lejos como es posible — hasta más
allá de toda probidad intelectual... Si alguna ventaja tengo
sobre todos los psicólogos, es ésta, que mi mirada es
más aguda para esa dificilísima y sumamente capciosa
clase de silogismo en el que se comete la mayor
cantidad de errores — el silogismo que va de la obra al autor,
de la acción al agente, del ideal a aquél al que le
es necesario, de cualquier modo de pensar y valorar
a la necesidad dominante que éste tiene tras
de sí. — Con respecto a artistas de todo tipo, me sirvo
ahora de una distinción capital: ¿se ha vuelto aquí
creador el odio contra la vida o la sobreabundancia de
vida? En Goethe, por ejemplo, la sobreabundancia se volvió
creadora; en Flaubert, el odio: Flaubert, una nueva edición de
Pascal, pero, como artista, con este juicio instintivo a la
base.«Flaubert est toujours haïssable, l’homme
n'est rien, l'oeuvre est tout»...El se
torturaba cuando escribía, enteramente lo mismo que Pascal se
torturaba cuando pensaba —ambos sentían de modo no
egoísta... «Desinterés» —el
principio de décadence, la voluntad de final tanto en el arte
como en la moral.—
Adónde pertenece Wagner18
Francia sigue siendo
todavía hoy la sede de la cultura más espiritual y
refinada de Europa y la alta escuela del gusto: pero
hay que saber encontar esa «Francia del gusto». La
Norddeutsche Zeitung, por ejemplo, o quien tiene en ella su portavoz,
ve en los franceses «bárbaros» — yo, por mi
parte, busco en las cercanías de la Norddeutsche el
continente negro donde tendría que liberarse
a «los esclavos»19... Quien pertenece
a esa Francia, se mantiene escondido: ha de ser un
número pequeño el de aquéllos en los que toma
cuerpo y vive, hombres además que quizá no se sostengan
sobre las piernas más sólidas, en parte fatalistas,
melancólicos y enfermos, en parte mimados y artificiosos, que
tienen la ambiciónde ser artificiales, —pero
ellos están en posesión de todo lo elevado y sutil que
aún resta ahora en el mundo. En esta Francia del espíritu,
que es también la Francia del pesimismo, Schopenhauer se
encuentra hoy en su casa más de lo que nunca lo estuvo en
Alemania; su obra principal ha sido traducida ya dos veces, la
segunda de forma excelente, tanto, que ahora prefiero leer a
Schopenhauer en francés (él fue un azar entre
los alemanes, tal como yo soy un azar semejante — los alemanes
no tienen dedos para nosotros, en general no tienen dedos, meramente
tienen pezuñas). Por no hablar de Heinrich Heine —l'adorahle
Heine, dicen en París—, quien hace tiempo que se ha
convertido en carne y sangre de los líricos franceses más
profundos e inspirados. ¿Qué sabría hacer la
bestia cornuda alemana con las délicatesses de una naturaleza
tal? Por último, en lo que concierne a Wagner: se palpa con
los dedos, aunque quizá no con los puños, que París
es elterreno apropiado para Wagner: cuanto más se
conforme la música francesa a las necesidades del «âme
moderne», tanto más se wagnerizará —ya hoy
lo ha hecho bastante.— Aquí uno no debe dejarse llevar a
engaño por el propio Wagner —fue una auténtica
maldad de Wagner la de burlarse de París el año de 1871
en su agonía... En Alemania, Wagner es, a pesar de ello,
simplemente un malentendido. ¿Quién más incapaz
de entender algo de Wagner que, por ejemplo, el joven kaiser? —
Para cualquier conocedor del movimiento cultural europeo no es menos
cierto el hecho de que el romanticismo francés y Richard
Wagner están estrechamente emparentados entre sí. Todos
dominados por la literatura hasta en sus ojos y sus oídos —los
primeros artistas de una cultura literaria universal de
Europa— en su mayoría ellos mismos escritores, poetas,
mediadores y mezcladores de los sentidos y las artes, fanáticos
todos ellos de la expresión, grandes
descubridores en el reino de lo sublime, así como en el de lo
feo y lo horrendo, aún más grandes en el de los
efectos, en la puesta en escena, en el arte del escaparatismo, todos
talentos muy por encima de su genio —, virtuosos, con
inquietantes accesos a todo lo que seduce, atrae, constriñe,
invierte, enemigos natos de la lógica y de la línea
recta, ávidos de lo extraño, lo exótico, lo
monstruoso, de todos los opiáceos de los sentidos y del
entendimiento. En conjunto, una especie de artistas temeraria-audaz,
espléndida-violenta, que vuela alto y se encumbra, que ha
tenido que enseñar a su siglo —el siglo
de la masa— el concepto de «artista»
Pero enferma20...
Wagner
como apóstol de la castidad21
1
|
— ¿Es esto aún alemán? |
|
¿De un corazón alemán vino este agobiante alarido? |
|
¿De un cuerpo alemán esta automortificación ha sido? |
|
¿Alemán tal bendecir sacerdotal de brazo extendido, |
|
esta a incienso olorosa excitación de los sentidos? |
|
¿Y es alemán este desplomarse, pararse y vacilar, |
|
este dulcísimo, acaramelado bimbambolear? |
|
¿Este mirar monacal, de avemarías rumorear, |
|
todo ese falso éxtasis celeste y ultracelestial?... |
|
|
|
— ¿Es esto aún alemán? |
|
¡Meditad! Aún estáis ante el portal... |
|
Pues Roma es lo que vais a escuchar, — ¡fe de Roma sin hablar!22 |
223
Entre sensualidad y
castidad no hay una oposición necesaria; todo buen matrimonio
toda auténtica pasión amorosa de corazón esta
por encima de dicha oposición. Pero en el caso de que ésta
se dé efectivamente, por suerte no es preciso que sea ya una
oposición trágica. Esto debería valer al menos
para todos los mortales de buena crianza y buen ánimo, los
cuales están lejos de contar sin más entre las razones
contrarias a la existencia su lábil equilibrio entre el ángel
y la petite bête, — los más finos, los más
lúcidos, como Hafis24, como Goethe, incluso han
visto en ello un aliciente mas... Precisamente semejantes
contradicciones nos seducen a la existencia... Por otra parte, bien
claro está que cuando los animales malogrados de Circe25
son llevados a adorar la castidad, sólo ven y adoran enella
a su opuesto —¡oh, y con qué trágico
gruñido y fervor lo hacen, es algo que uno puede
imaginárselo!— aquella penosa y completamente superflua
oposicion a la que, sin duda alguna, Richard Wagner aún ha
querido poner música y llevar a escena al final de su vida.
Mas, ¿para qué?, como con justicia cabe
preguntar.
326
Cierto que tampoco hay que eludir aquí esa otra cuestión relativa a qué le importaba propiamente a Wagner aquella viril (¡ah, tan poco viril!) «sencillez del campo», aquel pobre diablo y asilvestrado de Parsifal, a quien con tan insidiosos medios convirtió finalmente en católico — ¿cómo?, ¿fue en absoluto tomado en serio este Parsifal? Porque, que se han reído de él, yo al menos no podría discutirlo, ni tampoco Gottfried Keller27... Sería de desear, en efecto, que el Parsifal de Wagner hubiese sido considerado serenamente, en cierto modo como pieza conclusiva y como drama satírico con el que el Wagner trágico hubiese querido despedirse de nosotros, también de sí mismo, y, sobre todo, de la tragedia, de manera adecuada y digna de él, es decir, con un exceso de suprema y muy malévola parodia de lo trágico mismo, de toda la terrible seriedad y lamento terrenos de otro tiempo, de la más estúpida forma, finalmente superada, de contranaturaleza del ideal ascético. El Parsifal es un tema de opereta par excellence... ¿Es el Parsifal de Wagner su secreta risa de superioridad sobre sí mismo, el triunfo de su última, suprema libertad de artista, de su ir más allá del artista? — ¿es Wagner, que sabe reírse de sí mismo? Como he dicho, habría que desearlo: pues, ¿qué sería el Parsifal tomado en serio? ¿Se tiene realmente necesidad de ver en él (tal como se ha dicho en contra mía) «el fruto de un odio furibundo hacia el conocimiento, el espíritu y la sensualidad»? ¿Una maldición sobre los sentidos y el espíritu en un mismo odio y un mismo aliento? ¿Una apostasía y una conversión hacia enfermizos y oscurantistas ideales cristianos? Y, en suma, ¿incluso un negarse-a-sí mismo, un tacharse-a-sí-mismo por parte de un artista que hasta entonces había pretendido lo contrario con todo el poder de su voluntad, la suprema espiritualización y sensualización de su arte? ¿Y no sólo de su arte, sino también de su vida? Recuérdese con qué entusiasmo marchó Wagner, en tiempos, tras los pasos del filósofo Feuerbach. La frase de Feuerbach sobre la «sana sensualidad» resonó entre los años treinta y cuarenta en Wagner, al igual que en muchos alemanes —se autodenominaban los jóvenes alemanes— como palabra de redención. ¿Ha acabado Wagner por cambiar sus enseñanzas al respecto? ¿No parece al menos que, a última hora, tuvo la voluntad de cambiar lo aprendido?... ¿No se ha enseñoreado de él el odio a la vida,como en Flaubert?... Porque el Parsifal es una obra del rencor, de avidez de venganza, de secreto envenenamiento de los presupuestos de la vida, una mala obra.— La prédica de la castidad constituye una incitación a la contranaturaleza: yo desprecio a todo aquel que no experimenta el Parsifal como un atentado contra la moralidad.
Cómo me desligué de Wagner28
1
Ya en el verano de
1876, a mediados de temporada de los primeros Festivales29,
tuvo lugar dentro de mí una despedida de Wagner. No soporto
nada equívoco; desde que Wagner estuvo en Alemania,
condescendió paso a paso con todo lo que yo desprecio —
incluso con el antisemitismo... Fue entonces, en efecto, el momento
cumbre para la despedida: pronto obtuve la prueba de ello. Richard
Wagner, en apariencia el máximo triunfador, en realidad un
podrido y desesperado décadent, se postró de improviso,
desamparado y abatido, ante la cruz cristiana... ¿No tuvo
entonces, pues, ningún alemán ojos en la cara ni
compasión en su conciencia para ese horrible espectáculo?
¿Fuí yo el único que sufrió por
ello? — en suma, el inesperado suceso arrojó sobre mí
un relámpago de claridad sobre el lugar que acababa de
abandonar — y también ese estremecimiento posterior que
siente el que ha corrido inconscientemente un enorme peligro. Cuando
proseguí en solitario mi camino, temblaba; no mucho después
caí enfermo, más que enfermo, cansado,cansado
de la insoportable desilusión ante todo lo que aún
sigue entusiasmándonos a nosotros, hombres modernos, ante la
fuerza, el trabajo, la esperanza, la juventud, el
amor dilapidados por todas partes, cansado de la
náusea ante toda la mentira idealista y el debilitamiento de
la conciencia, que de nuevo habían logrado ahí la
victoria sobre uno de los más valientes, cansado, en fin, y no
fue esto lo de menos, de la tristeza de una implacable sospecha —
la de que de ahora en adelante estaba condenado a desconfiar más
profundamente, a despreciar más profrundamente, a estar más
profundamente solo que antes. Pues no he tenido
nunca a nadie como Richard Wagner... Siempre estuve condenado a
tener alemanes.
2
En soledad a partir de
entonces y desconfiando penosamente de mí mismo, tomé,
no sin rabia, partido contra mí y en
pro de todo lo que precisamente me hacía daño
y me endurecía: así volví a encontrar el camino
hacia ese pesimismo intrépido que es lo opuesto a toda
hipocresía idealista, y también, como quiero que me
parezca, el camino hacia mí mismo, —hacia
mi tarea... Ese algo oculto y dominador, para el que
durante mucho tiempo no tenemos nombre hasta que no se evidencia como
nuestra tarea, ese tirano que hay en nosotros, se toma un terrible
desquite por cada tentativa que hacemos de esquivarlo o de huirle,
por cada decisión prematura, por cada acercamiento a aquellos
a quienes no pertenecemos, por cada ocupación, aunque sea
estimable, que nos desvía de nuestro asunto principal, —
y hasta por cada virtud misma que quiere protegernos del rigor de
nuestra responsabilidad más propia. La enfermedad es en cada
caso la respuesta cuando queremos dudar de nomestro derecho
a nuestratarea, cuando en un momento cualquiera
comenzamos a tomarla a la ligera. ¡Cosa extraña y
terrilble a un tiempo! Son nuestros esparcimientos lo
que tenemos que expiar más duramente! Y si luego queremos
recobrar la salud, no nos queda otra elección: tenemos que
soportar una carga más pesada que la que
soportábamos antes...
El
psicólogo toma la palabra30
1
Cuanto más se
vuelve un psicólogo, un psicólogo y adivinador-de-almas
nato, inevitable, hacia los casos y hombres más escogidos,
tanto mayor se hace su riesgo de ahogarse de compasión.
Tiene necesidad de dureza y serenidad más que
ningún otro hombre. La corrupción, la decadcecia de los
hombres superiores es ciertamente la regla: resulta terrible tener
siempre ante los ojos semejante regla. El múltiple tormento
del psicólogo que ha descubierto esa decadencia, que, primero
una vez, y luego casi siempre, ha descubierto toda esa
íntima «incurabilidad» del hombre superior, ese
eterno «¡demasiado tarde!» en todos los sentidos, a
lo largo de toda la historia — quizá un día puede
llegar a convertirse en la causa de que él mismo se
corrompa...Casi en todo psicólogo se percibe una
reveladora tendencia al trato con hombres corrientes y bien
equilibrados: en esto se revela que él necesita siempre una
cura, que tiene necesidad de una suerte de huida y olvido, lejos de
aquello que sus observaciones e incisiones, de aquello que
su oficio ha puesto ante su conciencia. El temor a
sus recuerdos le es algo inherente. Ante el juicio de los demás,
enmudece fácilmente, escucha con rostro imperturbable cómo
se venera, admira, ama y glorifica allí donde él
ha visto—, o incluso disimula su mutismo
asintiendo expresamente a una opinión superficial cualquiera.
Acaso la paradoja de su situación vaya tan terriblemente lejos
que las «personas cultas» aprendan por su parte el
gran respeto justamente ahí donde él ha aprendido
la gran compasión junto al gran
desprecio... Y quién sabe si en todos los grandes
casos no ha ocurrido tan sólo esto, —que se adoró
a un dios y que el dios no era más que un pobre animal
dispuesto para el sacrificio... El éxito siempre
ha sido el mayor embustero — y también
la obra,la acción, es un éxito...
El gran estadista, el conquistador, el descubridor están
disfrazados, ocultos en sus creaciones hasta lo irreconocible; la
obra, la del artista, la del filósofo, inventa propiamente a
aquél que la ha creado, que ha tenido que crearla...
Los «grandes hombres», tal como se les venera, son
pequeños y malos poemas tardíos,— en el mundo de
los valores históricos domina la moneda
falsa...
2
— Esos grandes
poetas por ejemplo, esos Byron, Musset, Poe, Leopardi, Kleist, Gogol
— no me atrevo a pronunciar nombres mucho mayores, pero los
tengo en mente— así como son y deben ser: hombres del
momento, sensuales, absurdos, múltiples, despreocupados e
imprevisibles en la desconfianza y en la confianza; con almas en las
que habitualmente tienen que ocultar algún quebranto; que a
menudo toman venganza con sus obras de una mancha interior, que a
menudo buscan con sus vuelos el olvido de una memoria demasiado fiel,
idealistas en las cercanías del pantano—
¡qué tormento son estos grandes artistas y en general
los llamados hombres superiores para aquél que ya los ha
descifrado! Todos nosotros somos portavoces de la mediocridad... Es
comprensible que ellos reciban con tanta facilidad,
precisamente de la mujer, que es clarividente en el mundo del
sufrimiento y por desgracia ávida también de ayudar y
de salvar muy por encima de sus fuerzas, esas explosiones de
compasión ilimitada que la mayoría de la gente, sobre
todo la mayoría veneradora, colma de
interpretaciones curiosas y presuntuosas... Esta compasión se
engaña por lo general sobre su propia fuerza: la mujer
quisiera creer que el amor todo lo puede, —tal
es su superstición más propia. ¡Ah,
el que sabe del corazón adivina cuán pobre, desvalido,
arrogante y desacertado es incluso el mejor y más profundo
amor —y cómo destruye más bien
que salva...
3
El hastío
espiritual y la arrogancia de todo hombre que ha sufrido
profundamente — la profundidad con la que uno puede sufrir casi
determina la jerarquía—, su estremecedora certeza, de la
que está completamente impregnado y coloreado, de saber más
en virtud de su sufrimiento de lo que puedan saber los más
inteligentes y los más sabios, de haber sido conocido y haber
estado afincado alguna vez en muchos mundos lejanos y terribles, de
los que «vosotros nada sabéis»..., esa
callada arrogancia espiritual, ese orgullo del elegido del
conocimiento, del «iniciado», del cuasi sacrificado,
encuentra necesaria toda clase de disfraces para protegerse del
contacto de manos importunas y compasivas y, en general, de todo
aquello que no es su igual en el dolor. El sufrimiento profundo
ennoblece, separa. — Una de las formas más sutiles de
disfraz es el epicureísmo y una cierta audacia del gusto, hoy
a la vista, que toma a la ligera el sufrimiento y se pone a la
defensiva frente a todo lo triste y profundo. Hay «hombres
serenos», que se sirven de la serenidad porque por su causa son
malentendidos —quieren ser malentendidos. Hay «espíritus
científicos», que se sirven de la ciencia porque ésta
confiere una apariencia serena y porque la cientificidad permite
concluir que el hombre es superficial —quieren inducir
a una falsa conclusión... Hay insolentes espíritus
libres, que quisieran ocultar y negar que en el fondo son corazones
rotos e incurables —este es el caso de Hamlet: y entonces la
locura misma puede ser la máscara para un saber funesto y
demasiado cierto.—
Epílogo31
1
Me he preguntado a menudo si no estoy más profundamente en deuda con los años más difíciles de mi vida que con cualquiera de los demás. Así es como mi más íntima naturaleza me enseña que todo lo necesario, mirado desde la altura y en el sentido de una gran economía, es también lo útil en sí, —que no sólo hay que soportarlo, que hay que amarlo... Amor fati: ésta es mi más íntima naturaleza. —Y en lo tocante a mi larga enfermedad, ¿no le debo indeciblemente mucho más que a mi salud? Le debo una salud superior; ¡una salud tal, que ante todo lo que no le mata, se hace más fuerte!32 — Le debo también mi filosofía... sólo el gran dolor es el liberador último del espíritu, maestro de la gran sospecha que hace de cada U una X, una X hecha y derecha, es decir, que pone la penúltima letra antes de poner la última... Sólo el gran dolor, ese dolor lento y prolongado en que nos consumimos cual leños verdes al fuego, que se toma su tiempo,— nos obliga a nosotros, los filósofos, a descender a nuestra última profrundidad y a desprendernos de toda confianza, de toda benevolencia, velamiento, indulgencia y medianía, en donde quizá habíamos cifrado antes nuestra humanidad. Dudo de que semejante dolor nos «mejore»: pero sé que nos hace más profundos. Ya sea que aprendamos a contraponerle nuestro orgullo, nuestro sarcasmo, nuestra fuerza de voluntad, y hagamos como el indio que, al ser atrozmente torturado, se resarce mostrando a su torturador la perfidia de su lengua; o ya sea que ante el dolor nos refugiemos en esa nada, en la muda, rígida, sorda resignación, olvido de sí y autoanulación: uno sale de tan prolongados y peligrosos ejercicios de autodominio como otro hombre, con algunos signos de interrogación de más, — sobre todo con la voluntad de preguntar en lo sucesivo más profundamente, más severa y rigurosamente, más maliciosa y sigilosamente de lo que se ha preguntado hasta ahora sobre la tierra... La confianza en la vida ha desaparecido; la vida misma se ha convertido en problema.—¡Que no sea crea que con esto uno se ha vuelto necesariamente oscurantista o brujo! Incluso el amor a la vida es posible aún, —sólo que se la amade otro modo... Es el amor a una mujer que nos inspira dudas...
2
Lo más extraño es esto: que pronto se tiene otro gusto —un segundo gusto. De tales abismos, aun de los abismos de la gran sospecha, vuelve uno renacido, con otra piel, más susceptible, más malicioso, con un gusto más exquisito para la alegría, con un paladar más delicado para todas las cosas buenas, con los sentidos más joviales, con una segunda inocencia más peligrosa en la alegría, más infantil y al mismo tiempo cien veces más refinado de lo que nunca antes se había sido. Moraleja: no se es impunemente el espíritu más profundo de todos los milenios,— tampoco se lo es sin recompensa... Doy de inmediato una prueba de ello.
¡Oh, qué
repulsivo le resulta a uno a partir de entonces el goce, el goce
grosero, obtuso y gris, tal como habitualmente lo entienden quienes
disfrutan de él, nuestras «personas cultas»,
nuestros ricos y gobernantes! ¡Qué maliciosamente
escuchamos entonces el gran bumbum de feria con que el hombre
«cultivado» de la gran ciudad se ve forzado hoy día
a «goces espirituales» mediante el arte, el libro y la
música, bajo el auxilio de espirituosos bebedizos! ¡Cómo
nos hiere ahora los oídos la estridencia teatral de la pasión,
qué ajeno a nuestro gusto se ha vuelto todo el desconcierto
romántico y la confusión de los sentidos que tanto ama
la plebe culta, junto con sus aspiraciones a lo sublime, lo elevado,
lo excéntrico! ¡No, si nosotros, convalecientes, tenemos
todavía necesidad de un arte, se trata de un arte diferente
—de un arte burlón, ligero, escurridizo, divinamente
desenfadado, divinamente artificioso, que resplandece como una llama
pura en cielo sin nubes! Sobre todo: un arte para artistas ¡sólo
para artistas! ¡Ahora entendemos mejor qué es
lo que ante todo se requiere para ello, la
serenidad, cualquier serenidad, amigos míos!
Nosotros, sapientes, sabemos ahora demasiado bien algunas cosas: ¡Oh,
cómo hemos de aprender a partir de ahora a olvidar bien, a
no-saber bien, como artistas!... Y en lo que respecta a
nuestro futuro: difícilmente se nos volverá a encontrar
por la senda de aquellos jóvenes egipcios que de noche
rondaban los templos, abrazaban a las estatuas y querían
quitar el velo, desnudar y poner a plena luz todo cuanto con buenas
razones se había mantenido oculto. No, este mal gusto, esta
voluntad de verdad, de «la verdad a toda costa»,
esta locura juvenil en el amor a la verdad la hemos perdido: somos
demasiado expertos para ello, demasiado serios, demasiado risueños,
demasiado suspicaces, demasiado profundos... Ya no
creemos que la verdad siga siéndolo aún si se le
arrancan sus velos, — hemos vivido demasiado
como para creérnoslo... Hoy nos tomamos como una cuestión
de decoro el no querer verlo todo desnudo, no querer presenciarlo
todo, entenderlo y «saberlo» todo. Tout comprendre
— c’est tout mépriser33...«¿Es
verdad que el buen Dios está presente en todas partes?»,
preguntaba una niñita a su madre: «pero eso lo
encuentro indecente»— ¡Una llamada de atención
para los filósofos! Se debería tener en más alta
estima el pudor con el que la naturaleza se ha
escondido tras enigmas e incertidumbres variopintas. ¿Acaso la
verdad es una mujer que tiene razonespara no dejar ver sus
razones?34...¿Acaso su nombre es, para
decirlo en griego, Baubo35...¡Oh,
esos griegos! ¡Ellos sí que sabían vivir! ¡Para
lo cual se hace preciso mantenerse con firmeza en la superficie, en
el pliegue,en la piel, adorar la apariencia, creer en las formas, los
sonidos, las palabras, en todo el Olimpo de la
apariencia! Esos griegos eran superficiales —por
profundidad... ¿Y no volvemos precisamente a eso
nosotros, temerarios delespíritu, que hemos escalado las más
altas y peligrosas cimas del pensamiento actual y desde ahí
hemos mirado en torno a nosotros, por debajo de nosotros?
¿No somos en esto — griegos? ¿Adoradores de las
formas, los sonidos, las palabras? ¿No somos, precisamente por
ello — artistas?...
De la indigencia del más rico36
Diez años quedaron atrás—
ni una gota me ha alcanzado,
ni un húmedo viento, ni de amor un rocío
—una tierra sin lluvia...
Ahora ruego a mi sabiduiría
que no se vuelva avara en esta sequía:
que se derrame ella misma, gotee rocío,
que sea lluvia para el
desierto amarillo!
Un día grité a las nubes
que se apartaran de mis montañas,—
un día les dije «¡más luz, oscuras!»
Hoy las seduzco para que vuelvan:
¡haced con vuestras ubres que en torno mía oscurezca!
— ¡ordeñaros quiero,
vacas de las alturas!
Sabiduría de cálida leche, dulce rocío de amor
he de derramar sobre la
tierra.
¡Apartáos, apartáos vosotras, verdades
que tenéis la mirada en sombras!
Que no quiero ver sobre mis montañas
impacientes verdades amargas.
Dorada por la risa,
hoy la verdad se me acerca,
endulzada por el sol, bronceada por el amor,—
del árbol sólo
arranco madura una verdad.
Hoy extiendo la mano
hacia lo bucles del azar,
lo bastante astuto
como para engatusarlo y guiarlo, a un niño igual.
Hoy quiero ser hospitalario
ante lo inoportuno,
ante el destino mismo no quiero ser punzante,
— Zaratustra no
es ningún erizo.
Mi alma, insaciada,
con su lengua ya ha degustado
todas las cosas buenas y malas,
en toda profundidad se ha sumido.
Pero siempre, cual corcho,
de nuevo a la superficie emerge,
flota como aceite sobre mares de bronce:
por causa de este alma
me llaman el afortunado.
¿Quienes son padre y madre para mí?
¿No es padre el príncipe abundancia
y madre la serena risa?
¿No me engendró tal maridaje
a mí, esfinge,
a mí, hostil a la luz,
a mí,
derrochador de toda sabiduría, Zaratustra?
Hoy enfermo de ternura,
viento de rocío,
se sienta Zaratustra esperando, en sus montañas esperando,—
en su propio jugo