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Tip. El Siglo XX. Barcelona, 1905 |
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Los Maestros Cantores de Nurenberg |
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Por F. Suárez Bravo |
INRODUCCIÓN
Cómo me preparo yo para oir una obra de Wagner? Pues, primero, leo el poema: después, otra vez el poema: y por último, y por tercera vez, el poema.”
El consejo es del Dr. Sternfeld, y sirve para desvanecer una preocupación bastante arraigada; la de creer que la música de Wagner es complicadísima, y que el principal interés del drama se halla en la orquesta. Así va siguiendo el espectador con atención casi morbosa, el espíritu en penosa tensión, el desfilar de los temas característicos, que hay que saber de memoria, todos, sopena de no disfrutar jota.
No intento sostener la inutilidad del conocimiento de los leitmotive.
Todo lo contrario. El músico ó el aficionado, que hayan hecho este estudio encontraran en la audición de las obras wagnerianas, un interés siempre renovado, una mina inagotable de fruición artística.
Pero la masa del público puede pasarse de él. Que conozca el poema, ya que ha de perder gran parte de lo que recitan los cantantes, y le basta.
A este conocimiento es al que quiero contribuir por mi parte.
Modernamente se ha establecido el sistema de conferencias con piano que en detalle y en conjunto van estudiando cada uno de los dramas musicales del maestro de Bayreuth.
No hay sistema mejor. La Sociedad Wagneriana de Berlin, y otras alemanas así lo hacen. Y sin neeeaidad de ir tan lejos, la Asociación Wagneriana de Barcelona, viene realizándolo desde su fundación con gran provecho de los devotos del innovador maestro.
Respecto á reducciones de la partitura de Los Maestros Cantores, hay donde escojer.
Un práctico da los siguientes consejos:
Si se trata de un pianista aun en ciernes conténtese con el arreglo Kleinmichel (sin palabras).
Un paso de avance lo constituyen los arreglos Kleinmichel, estos ya con su texto correspondiente.
Pero la edicion Kleinmichel resulta algo árida. Uno de los más fieles amigos de Wagner, Carlos Klindworth, ha conseguido animarla, sin aumentar gran cosa su dificultad.
Por último, aquel que domine ya el teclado, y, algo más que el teclado, la música, ese tiene la reducción de Tausig, el gran virtuoso.
Todas ellas se encuentran en la Casa Schott de Maguncia. La Casa Ricordi de Milán, ha editado una reducción para canto y piano, de Niccoló Massa: la menciono por ser la más corriente entre nosotros, y porque está ajustada á la versión italiana, que es la usada en nuestros teatros.
Tienen en España la representación de ambas casas editoriales, los Sres. Vidal, Llimona y Boceta.
En cuanto á estudios músico—literários sobre Los Maestros Cantores, los hay para todos los gustos. Hans de Wolzogen y Kufferath, tienen el suyo respectivamente en alemán y francés con la autoridad que les da el nombre de los autores. F. PohI ha escrito un guía muy ameno. Camilo Benoît expuso hace años Les motifs tipiques des Maîtres Chanteurs, y Brinn’ Gaubast y Barthelemy han tratado especialmente el tema, como Chamberlain, Schuré, Lavignac (cito los más conocidos) lo han tratado como formando parte de la obra entera wagneriana.
El que quiera conocer más á fondo la historia de los Meistersinger encontrará cuanto desee en los libros de Kurt Mey (Der Meistergesang in Geschichte und Kunst), Puschmann (Grundlicher Bericht des deutschen Meistergesanges), y Genée (Hans Sachs und seine Zeit).
COMO ESCRIBIÓ WAGNER “LOS MAESTROS CANTORES DE NURENBERG”
Una mañana de 1862, en Biebrich, se levantó Wagner del mejor humor. Era en Mayo, y la alegría de la primavera, lo risueñp de las orillas del Rhin en aquel expléndido despertar de la naturaleza le contagiaron, y se sintió optimista. Era también su cumpleaños y al verse obsequiado con felicitaciones y flores tomó la pluma y escribió a una de sus mejores amigas:
“Ya no tengo duda de que este trabajo ha de ser mi obra maestra más perfecta y de que la veré terminada. También yo quería hacerme á mí mismo un regalo de cumpleaños, y me lo hago, al comunicaros esta nueva.”
El trabajo á que se refería era el poema de Los Maestros Cantores de Nurenberg, y la amiga á quien participaba la noticia se llamaba Matilde Wesendonk.
Su nombre no puede faltar en un estudio sobre Los Maestros.
Acabamos de ver á Wagner optimista y jovial, pero poco antes había atravesado una época crítica, de desaliento, de amargos desengaños.
Terminado el Tristan había que pensar en ponerlo en escena: distintos, viajes que emprendió con este fin resultaron baldíos: llamó á varias puertas, las halló cerradas: trató, de penetrar en los teatros, pero fué en vano. Entristecido, sin ánimo para seguir luchando, volvió á su retiro de Enge en Zurich.
Allí le había deparado un asilo la noble amistad de los esposos Wesendonk. Él era representante de una casa de Nueva York, aunque procedía de la región del Rhin. Ella, mujer de inteligencia bastante cultivada, pero sobre todo, de fina intuición estética, llegó á ser la confidente de los planes artísticos del compositor.
El matrimonio habitaba una quinta en la falda risueña del Utli, y cedió á Wagner, otra contigua, donde pudiera, libre de cuidados materiales, dedicarse por entero al desarrollo de las ideas que traía en su mente.
Wagner tomó posesión en la primavera de 1857 de aquella casita, su «Asilo». Allí escribió todo el poema del Tristan y la composición del primer acto: allí tambien puso en música las «Cinco poesías» de Matilde Wesendonk, dos de las cuales entraron en la partitura del segundo y tercer acto de aquel drama lírico.
En Agosto del 58, terminó la temporada de paz y de sosiego que había disfrutado en aquel risueño rincon.
Motivos de orden privado le obligaron á salir de allí. Hubo despues que buscar colocación á la obra terminada: ¡vano empeño!
Entonces sus amigos de Zurich, al verle volver descorazonado, rendido, sin fé en el porvenir, probaron por todos los medios de levantar su espíritu.
—«Estoy ya inhabil para todo: me es imposible el trabajar. Lo mejor que puedo hacer con el Tristan es darlo á las llamas. Está visto que no ha de encontrar aprecio en este siglo de las luces.»
Y excitado, salía al aire libre, pues hasta el trato de sus íntimos se le hacía odioso.
Estos no vieron para aquel estado más que un solo renedio: el de proporcionarle un proyecto que lograse interesarle, y en cuya labor pudiera absorverse con el ardor que él ponía en todas sus cosas.
Un día, rebuscando Matilde Wesendonk entre los papeles del músico—poeta, y hojeando apuntes, proyectos, bocetos abandonados, tropezaron sus miradas con un cuaderno, en cuyas cubiertas, y escrito con limpios caracteres se leía: Los Maestros Cantores de Nurenberg.
Lo abrió, comenzó á leerlo, y concluyó por devorar con avidez sus páginas.
Al día siguiente, al aparecer Wagner para dar el saludo matinal á sus amigos, enseñó ella triunfalmente el boceto.
—«Conoce V. esto?»
Cojiólo él con cierta curiosidad, pero al leer el rótulo dijo indiferente:
—«Bah! pecados de la juventud: hace tiempo que lo di al olvido.»
—«Pero sin razón. Hay aquí un asunto magnífico para un drama humorístico alemán.»
Y al ver que el músico meneaba la cabeza, añadió alargándole el manuscrito:
—«Mañana me dirá usted, si estoy ó no en lo cierto.»
Wagner se lo metió en el bolsillo prometiendo la contestación para el otro día. Volvió, en efecto, pero transfigurado, radiante:
—«Ante todo, dos buenas noticias. El Tristan ha sido admitido en Munich; primera. Y segunda:
dirigirá Bülow. Nadie como él para interpretar mis ideas. Bien puedo estar satisfecho!»
—«Lo vé usted? Al fin vence lo bueno.»
—«He repasado anoche mi canto juvenil sobre el excelente Hans Sachs. Me parece que con algunas
modificaciones, no muy capitales, podrá resultar una cosa fina. Es cuestión de idealizar las relaciones de Eva y Walther, y quitar algo de su acento demasiado agrio y sarcástico á Sachs, de darle un tono más humorístico. Hoy veo que tengo dominados á mis enemigos, y me he formado mejor idea de ellos.»
Y, con aire risueño concluyó:
—«En este sentido, el famoso maestro de obra prima reflejará mis propias opiniones sobre el arte alemán, y retrataré el odio de mis enemigos, por el lado cómico.»
Muchos años despues, Matilde Wesendonk, retirada en Berlin, refería este episodio de la vida del maestro. La octogenaria anciana falleció el 31 de Agosto de 1902. En este año de 1904, se han publicado los diarios y cartas de Wagner que conservaba en su poder: libro muy interesante y que revela datos y noticias nuevas.
Como resulta de la anterior relación la idea de Los Maestros Cantores, se remonta á la primer época de su vida artística. Al terminar en 1845 el Tannhäuser, ó el concurso de los cantores en la Wartburg, se le ocurrió al mismo tiempo, cantar otro concurso burlesco, especie de parodia de aquel, y escribió el de Los Maestros Cantores de Nurenberg.
Aquello quedó olvidado y cuando, veinte años despues, volvió á tomarlo en sus manos, lo refundió infundiéndole otro espíritu, al introducir en él como elemento nuevo, el amor de Sachs hacia Eva, sen-timiento apenas revelado, que más bien se adivina, pero que da nobleza inusitada al caracter del poeta popular.
Cuando, gracias á la intervención de Matilde Wesendonk, volvió á acordarse Wagner del olvidado proyecto se puso con ardor á la tarea.
En Biebrich sobre el Rhin —donde una lápida señala la villa Dickerhoff en que vivió,— dejó trazado casi todo el poema, que recibió la última mano durante una corta estancia en París, el año 62. La casa Schott, de Maguncia lo dió á luz inmediatamente.
La música, comenzada tambien en Biebrich y continuada en Penzing cerca de Viena, no quedó lista hasta el 67, en Triebschen, junto á Lucerna. La estancia en Munich (1864—65) le obligó á dejar este trabajo por otros más urgentes: pero cuando sus enemigos consiguieron su expulsión de la Corte del Rey Luis II, retirado en Suiza, volvió con mayor ahinco á la tarea.
En 1868 tuyo lugar la primera representación de Los Maestros Cantores de Nurenberg en Munich. Fué aquella una noche solemne. Wagner asistió á la función desde el palco regio, y cuando el teatro en masa
aclamaba al autor y le llamaba á escena, el Rey mismo le obligó á asomarse para recibir una ruidosa ovación.
EL PRIMER OYENTE DE “LOS MAESTROS CANTORES.”
Aquí se me permitirá una anécdota tanto más justificada cuanto que quien juega en ella principal papel es Hans Richter, el insigne capellmeister, el que mejor ha dirigido Los Maestros Cantores.
Richter fué tambien el que se la refirió á un redactor del Musical Guide.
En la época en que no era más que un modesto trompa de la orquesta del teatro de la Puerta de Carintia en Viena, fue recomendado á Wagner como copista. El maestro estaba entonces en Triebschen (Lucerna) enfrascado en la composición de su comedia lírica, y señaló al copista una habitación debajo de la de su cuarto de trabajo. Durante los trece meses que Richter pasó en aquella casa, no oyó ni una sola vez que Wagner probara al piano un solo pasaje: todo lo componía de memoria, y en su mente se le representaban sonidos y timbres musicales con la misma claridad que si los oyera en la orquesta. Solo en una ocasión preguntó á Richter:—«Cree usted que este pasaje puede ejecutarse en la trompa?»
—«Sin duda alguna; pero tendrá un sonido extraño, algo nasal....»
—«Es precisamente lo que yo buscaba,» contestó muy complacido Wagner.
Se trataba de aquel pasaje del final de los Maestros cuando la trompa vuelve á tomar el motivo de la serenata de Beckmesser.
Richter tenía por costumbre, coger la trompa por las noches de verano, y pasar en bote á una islita del lago, situada frente á la quinta, donde en el silencio y calma nocturnos, tocaba á veces durante horas enteras. A la mañana siguiente, solía preguntarle el maestro:
—«Que tocó usted ayer, Richter?»
—«Pues, un motivo de Los Maestros Cantores.»
Y el maestro sonreía satisfecho.
Así transcurrió una temporada, hasta que una noche, el músico solitario se vió perturbado por el ruido de unos remos, que se acercaba á su retiro: las cañas que crecían en la orilla se separaron y dejaron paso á un extraño, que dirigiéndose en inglés á Richter, le dijo:
—«Por fin, he conseguido encontrar á usted. Permítame que le manifieste mi más vivo reconocimiento por los buenos ratos que me ha hecho usted pasar durante estas noches.»
Quince años más tarde, hallándose Richter en Oxford para recibir la honrosa investidura de Doctor en música con que aquella Universidad le había distinguido, al terminar la ceremonia, un caballero de respetable aspecto se acercó á saludarle. Era el inglés del lago de los Cuatro Cantones, ahora profesor de la UniVersidad. Después de haber recordado con fruición aquella época, concluyó Richter:
—«Felices tiempos aquellos en que trabajaba bajo la inspección del maestro! son los que recuerdo con mayor orgullo. Pero usted tambien debe sentirse orgulloso de éllos. Usted ha sido sin ninguna duda, el primero que ha logrado oir una colección de motivos de Los Maestros Cantores.»
QUIÉNES FUERON LOS MAESTROS CANTORES
Y va de leyenda.
Era Pontífice León VIII é imperaba en Germania Othon I, cuando hacia el año 962, la gracia de Dios suscitó doce varones, que sin saber uno de otro, como por una inspiración interior, comenzaron a cantar en lengua alemana, fundando así en aquellas tierras el Meistersanc (Meistergesang), el canto de los maestros. Uno de los doce fué Walther de la Vogelweide, el más ilustre de los Minnesinger.
Acusados de impiedades ante el Emperador, dispuso éste una audiencia en la famosa escuela de Pavía, donde habían de ser juzgadas sus ideas. Llegó el día y en presencia del Emperador, de su consejo en pleno, de muchos doctores y maestros, y de los Legados pontificios, comparecieron y cantaron los doce Maestros.
La impresión general fuñe favorable, y el Emperador, y la asamblea entera, les oyó con gran complacencia, convenciéndose todos de que ninguno de los doce estaba contaminado de heregía.
Y cuando el Papa León supo que aquellos cantos no eran, en modo alguno, contrarios á Dios, permitió el Meistersanc á todas las gentes, y especialmente animó á los alemanes para que lo extendieran por el mundo entero, puesto que tanto les había distinguido Dios al manifestarles en tal forma el arte.
Y así Dios ha conservado durante seiscientos años, en buen renombre, el canto de los Maestros.
En esta forma gustaban de referir su origen los Maestros Cantores, considerándose descendientes directos y continuadores de los Minnesinger, de quienes se diferenciaban bastante, sin embargo.
Estos eran los cultivadores de la poesia caballeresca, los trovadores cortesanos, los que durante los siglos XIII y XIV sublimaron á la mujer haciéndola objeto de una refinada galanteria, y cantaron solo el amor ideal. Eran nobles, y si pulsaban la lira en los torneos poéticos, tambien sabían manejar la espada y empuñar la lanza en los combates.
Más pacíficos, más modestos fueron los Maestros Cantores. Decayó la poesía cortesana, y recogió su herencia la burguesía, cuyo predominio comenzó hacia el siglo xv. Un comercio activo, un despertar de las artes industriales, creó las clases medias, las hizo ricas, les inspiró la afición al lujo, y la arquitectura prodigó sus galas, no sólo en las Iglesias, en las Catedrales en las residencias de los Príncipes, sino en los edificios municipales donde se congregaban los ciudadanos. La escultura multiplicaba sus caprichosas invenciones en piedra, madera y bronce, y eran sus artífices, Adam Kraft, Veit Stoss, los Vischer. La pintura, decoraba los espacios que le dejaban libres sus hermanas, y ventanales, retablos y paramentos se cubrian de imágenes, de curiosas danzas macabras, de visiones religiosas, y sus maestros se llamaban Alberto Durero, Holbein.
Solo la poesía jugaba un papel menos airoso: no porque no encontrara cultivadores; los tenía, y fervientes. Pero mientras las otras artes volaban, ella apenas se levantaba del suelo.
Cultivada por celosos artífices y tenderos, celosos en extremo puesto que no admitian que pudiera rendírsele culto fuera de su cofradía, fué amoldándose cada vez más al espíritu práctico y utilitario: la pedantería escolástica secó la vena generosa de la inspiración, y los productos de esta poesía gremial, apenas disimulan, bajo el aparato de los versos artificiosos y la forma oscura, la miseria de la idea y la ausencia del sentimiento.
En las hermandades ó gremios de los Maestros Cantores, había, como en la que Wagner pone en acción, jaboneros, peleteros, tejedores, caldereros, herbolarios, zapateros, joyeros, latoneros, sastres y hojalateros.
El canto se aprendía, como se aprende el álgebra ó la geografía, de un maestro probado, y según la tablatura1, ó código por el que se regían.
Á sí mismos, no se llamaban nunca «maestros»: eran simplemente «amantes del canto magistral alemán .»
Wagner pone la acción del acto primero en la iglesia de Santa Catalina, porque efectivamente, los maestros se reunían para celebrar sus sesiones, en la nave de un templo.
Allí, despues de la misa mayor, en una parte de la nave colgada con suntuosos paños, tomaban asiento ancianos venerables, hombres maduros, otros en la flor de la edad, pero ningún imberbe, porque el estudio de las reglas de la tablatura, no era cosa que se improvisara: todos lujosamente vestidos, de seda, terciopelo, vueltas de piel y gorgueras de escaje.
Al lado del púlpito estaba la tribuna del cantor ó del que aspiraba al título de maestro. En el altar mayor se veía sobre un tabladillo, una mesita y un atril; este era el lugar del marcador ó censor, el que iba apuntando las faltas que el cantor cometía, ya de forma contra las reglas del verso, ya de fondo contra el relato de la Biblia y las historias de Santos, que eran el asunto principal sobre que versaban las poesías de esta escuela.
El censor, mientras iba siguiendo el texto bíblico, contaba con los dedos el número de sílabas, y apuntaba las faltas en la pizarra, y cuando estas llegaban á un número determinado, ó eran de una gravedad especial, como una ofensa á la rima, se invitaba al candidato á dejar su silla y quedaba reprobado.
Es cierto que la poesía no ganaba nada con cultivadores tan ramplones, pero ellos, en cambio, ganaban mucho, empleando la fiesta del domingo en distracciones tan cultas.
Así continuaron durante dos siglos estas hermandades, bastante florecientes; en el XVII, comenzó su descrédito, en el siguiente acabó de consumarse su ruina. En 1770 tuvo lugar en Nurenberg, la última solemne sesión de sus Maestros.
La hermandad de Ulma aun consiguió llegar al siglo XIX.
El último de los Maestros Cantores ha vivido casi en nuestros días. En 1876, moría en el hospital de aquella ciudad, un pobre octogenario sepulturero de oficio, cuyo cadaver fué acompañado hasta la última morada por los miembros del Orfeón de Ulma. Sobre su tumba se lee la siguiente inscripción:
«Aquí yace el último de los Maestros Cantores alemanes,
J. I. BEST.»
HANS SACHS
El más fecundo y el más ilustre de la cofradía cantora de Nurenberg, fué Hans Sachs. De su fecundidad no cabe duda, ya que, en una “Suma de todas mis poesías desde 1514 al 1567” se adjudica 16 tomos de cantos con 4275 composiciones, y 18 tomos de sentencias; total, 6048 poesías.
Hijo de un sastre, y zapatero él mismo, no perdió nunca el aire popular en sus versos: ni su mucha erudicción, ni su respeto á los preceptos de la Tablatura, influyeron en su expontáneo sentir. Fué tambien uno de los primeros secuaces de la Reforma, y el entusiasmo por Lutero le llevó á escribir entre otros, su canto del Wachtauf, donde su celo de neófito le arrastra á ardorosas invectivas.
Wagner ha tomado del Wachtauf, solo la primera estrofa, que por su caracter puede tener una significación simbólica mucho más amplia que la aplicación histórica que Sachs le dió; intercalada en la acción de Los Maestros Cantores, es de un gran efecto.
LA CIUDAD DONDE CANTARON LOS MAESTROS
NURENBERG es el tipo de las ciudades mediovales que con tanta complacencia describió el romanticismo alemán. Calles estrechas, tejados puntiagudos, aleros artesonados, torrecillas salientes,
rejas primorosamente trabajadas, ventanas en ojiva ó portales donde el Renacimiento estrena sus primeras galas. En la ornamentación, fantasía y capricho: en el plan, desprecio por la simetría.
Se la ha comparado con Toledo de quien la separa toda la distancia que va del arte mudejar, al gótico florido y en transformación, de la España medio árabe, medio cristiana de los duros tiempos de la Reconquista, á la Alemania floreciente en sus industrias, la Alemania de los burgueses opulentos, de la clase media fastuosa y rica.
Es tan típica como Venecia, tan típica como la que mejor guarde el sello de una época y de un pueblo, aunque la civilización moderna la estrecha por todas partes amenazando su integridad, porque Nurenberg es hoy, una gran capital moderna. Tiene más de 150.000 habitantes, y magníficas barriadas y grandes industrias.
Pero ella se defiende tras del recinto de sus murallas que aun se conserva intacto. Protegidos por él, quedan aun rincones olvidados, construcciones vetustas mirándose en las aguas ni muy caudalosas ni muy cristalinas del Pegnitz que la atraviesa por el centro. Allí aun puede la imaginación entregarse á sus fantasías, y hacer caso omiso de los cuatro siglos transcurridos desde que por sus callejas en pendiente discurrieron Hans Sachs el poeta, Adan Kraft y Veit Stoss,—que en la iglesia de San Lorenzo han dejado, el uno el Tabernáculo y el otro la Corona de rosas, dos joyas del arte de la imaginería,—Pedro Vischer, de quien se admira en la iglesia de San Sebaldo la famosa urna en bronce, y Miguel Wohlgemut y su discípulo, Alberto Durero.
Hácia uno de esos rincones olvidados invito á seguirme al lector.
Vamos á visitar la iglesia de Santa Catalina donde Wagner ha colocado la acción del primer acto de su obra. El sitio es tranquilo y solitario: la hierba crece entre las junturas de las piedras: no es un sitio señalado en el Baedeker oficial del turista de Bayreuth; tenemos, por lo tanto, todas las probabilidades de que nadie ha de venir á distraernos en nuestras imaginaciones poético—arqueológicas y de que podremos evocar, sin grande esfuerzo, las figuras de Eva y Walther, cambiando sus primeras frases de amor, la solemne reunión de los sesudos Maestros, la indignación mal disimulada con que acojen la audacia del caballero que pretende improvisarse poeta y maestro, sin haber saludado, ni conocer de nombre por lo menos, el código respetable de la Tablatura, la bondadosa intervención de Sachs, apadrinando al innovador y la derrota final de éste, reprobado definitivamente en el exámen.
Todo esto que forma la materia del primer acto, tiene por lugar de la acción el templo hoy olvidado.
Con ningún otro de los grandes dramas musicales de Wagner,—me refiero á los de su segunda época—tenemos igual suerte. No podemos recorrer los fantásticos paisajes de la Tetralogía, ni es tan concreto y determinado el lugar de la acción del Tristan, y aun nos sería bien difícil, apesar de los datos de los comentaristas, el dar con la fortaleza de Monsalvat, donde la paloma simbólica bajaba á posarse sobre el Gral realizando el estupendo prodijio.
Despues de atravesar un patio tan desierto como el barrio todo, entramos en la iglesia, edificio de buenas proporciones, pero abandonado, desnudo; las vidrieras pintadas que matizaban de colores vivos
la cruda luz del día, las imágenes que animaban aquella casa hoy deshabitada y fría, tan fría como el revoque blanco que cubre sus paredes y sus pilares prismáticos, todo eso ha desaparecido.
Hubo un tiempo en que no fué así.
Mientras aquella fué la iglesia conventual de las monjas de Santa Catalina, se vió ricamente decorada:
figuras de Santos y devotas representaciones dieron vida á sus muros, y la pintura y la escultura, al amparo de la arquitectura pagaban á esta el hospedaje prestándole sus mejores galas. Pero pasó por allí el viento de la Reforma y las marchitó: el celo de los partidarios de Lutero—entre los cuales, y como uno de los más decididos se contó Hans Sachs— despojó al templo de sus adornos, rompió las cristalerías de colores, y cubrió implacable, de un blanco uniforme, aquellas paredes.
Entonces se convirtió en templo luterano y así siguió algún tiempo. Despues dejó de serlo, y alquilado á éste y al otro, sirviendo de almacén ó completamente vacío, podemos contemplarlo hoy con la impresión triste que deja todo lo que no cumple el destino para que fué creado, pero, por lo demás, y salvo esta impresión de abandono y de olvido, firme en sus asientos, incólume en sus líneas, dispuesto á congregar en sus naves al pueblo piadoso cuyos cantos resonaron otro tiempo, llenando sus bóvedas.
Al salir, aun nos queda otra visita que poder hacer.
Atravesando la isleta próxima, y el Pegnitz, se llega á la plaza del Hospital, así llamado por el del Espíritu Santo que forma uno de sus lados, como la Sinagoga moderna forma otro. En medio, se alza una estátua de Hans Sachs, bronce moderno de Krausser, y muy próxima á la plaza, se vé la casa misma donde nació y habitó el zapatero amigo de las Musas. Recientemente ha sido vendida en pública subasta.
La tuvo estos últimos años un salchichero, que la había reformado con gran disgusto de los amantes del pasado, y la primavera última, ha sido adjudicada á un carnicero. Ahora se trabajaba para que la ciudad la adquiriera y la conservara, como hizo ya con la de Alberto Durero.
Es de creer que más de una vez los dos amigos, el poeta y el pintor, habrán vaciado un jarro de cerveza despues de saborear una salchicha, en la cerveceria de la Bratwurstglocklein, (Campanilla de la Salchicha). El nombre es un poco largo, tal vez algo más que la distancia que hay desde las casas susodichas, hasta la capilla de San Mauricio, adosada á la cual aun se conserva el característico local, con el ventanillo y la campanilla que le dió el nombre.
ACTO PRIMERO
El principiar de la obra es majestuoso, de una majestad algo ceremoniosa y pesada, pero que no deja de imponer. Así se manifiesta el arte de los Maestros Cantores, siempre digno y solemne, ajeno á las blanduras, á las suaves inflexiones del amor.
Este habla otro lenguaje bien distinto, y halla otros acentos más insinuantes para declararse: ellos prestan su elocuencia al tema del Amor naciente, que asoma un momento para volver á ocultarse con timidez, al resonar brioso el tema heroico de La Bandera, la insignia de los Maestros, la que ondea sobre sus cabezas en las ceremonias públicas, y marcha al frente en los desfiles, como símbolo honroso de su arte.
Más decidido el amor, vuelve á la lucha: en dos de sus formas, el Amor declarado, y el Ansia apasionada de Walther, logra dominar: la fuerza de su elocuencia pronto les dará la victoria.
En complicadísima polifonía se revuelven estas ideas, combatiendo ardorosas, con creciente empuje, levantando cada vez más alta la voz con una libertad de contrapunto que da la apariencia más viva del ardor de la lucha, hasta que de aquel caos —ordenado siempre á las leyes musicales— tras una explosión y una suspensión, vuelven á surgir en majestuosa marcha los tres temas.
La paz, la armonía se ha restablecido entre ellos. Los dos inferiores, el de los Maestros y el de la Bandera, los dos temas gremiales, han reconocido la supremacia del de Walther. Dominándolos, se cierne en lo alto el tema amoroso en su forma más amplia y definitiva, tal como ha de aparecer al final del drama, en el himno victorioso de Walther en el concurso. Los otros dos, á él subordinados, contribuyen á su triunfo proclamando la soberanía del canto libre, salido del alma vivamente impresionada por la belleza, libre de trabas y superior á las reglas.
Pero la última palabra, la tienen aun los Maestros: es el homenaje que presta Wagner á aquellos bravos ciudadanos que preservaron á la poesía alemana de la engañosa seducción del arte del Mediodía.
Y se abre la escena.
A la suave luz que irradian los rasgados ventanales góticos, se descubre el interior de la iglesia de Santa Catalina: solo se vé la parte inferior de la nave con los últimos bancos de los fieles. Todo es paz en el sagrado recinto: los rayos oblicuos del sol atraviesan las vidrieras pintadas y trazan dibujos de colores en el suelo y las columnas. Terminan las vísperas de la festividad de San Juan: el órgano acompaña con sus acordes el hermoso coral del Bautista que entonan los fieles.
Eva, la hija del rico joyero Veit Pogner, no parece escuchar con la mayor devoción el canto religioso. Sin hacer gran caso de las advertencias de su aya Magdalena, vuelve á cada paso la cabeza para corresponder á las miradas apasionadas que desde un lado y apoyado en un pilar, le dirije Walther de Stolzing. La hija del joyero no puede permanecer indiferente al amor que le demuestra un hidalgo tan apuesto y elegante.
En este diálogo mudo, solo hablan los ojos, y á ratos con seductora elocuencia, la orquesta, que en los intermedios de los versículos del coral, deja oir las suaves reflexiones de los temas de amor.
Terminan las vísperas. Eva se dispone á salir, pero le ataja el paso Walther que, con gran agitación, le pide permiso para dirigirle una pregunta. Ella, entre resuelta y tímida, finje haber olvidado, primero su pañuelo, después el broche, todo para alejar á su aya, pero las dos veces Magdalena está de vuelta ántes de que el caballero haya conseguido formular su pregunta. Pero por tercera vez tiene que alejarse Magdalena porque ahora es ella la que ha olvidado su devocionario, y al volver, ya Walther ha
logrado exponer su deseo:—«Una palabra, una sílaba, que será su sentencia. ¿Sí ó no? Eva ¿ está ya prometida? »
Bien quisiera ella contestar, y tranquilizar las ansias de adorador tan rendido y que tanto se parece al David que acaba de pintar el gran maestro Alberto Durero, mas su timidez la detiene, y Magdalena es la que ha de explicar lo que ocurre.
Eva, es cierto, está ya prometida, sólo que nadie conoce al novio. Su padre la destina al que el día siguiente, en el gran certámen de poesía abierto por los Maestros Cantores, alcance el premio.
«—¿Es decir que vos sereis?...» pregunta WaIther.
—«Vuestra ó de nadie!»
Y las dos mujeres se retiran dejándole más que perplejo. La idea de un certámen le asusta: eso de improvisar versos es empresa bien difícil para uno que sólo se ha ocupado en manejar la espada ó en correr una lanza en los torneos.
Si alguien hubiera seguido esta escena con los ojos cerrados, atendiendo á la orquesta únicamente, hubiera adivinado hacia su mitad, la entrada de un nuevo personaje. Venía aquella desarrollando, los temas amorosos (el del «Amor naciente» y el del «Ardor apasionado», y el principal de todos, el del Preislied, «el Amor declarado») todos ellos de intenso sentimentalismo, cuando de pronto hace irrupción un
motivo corto, alegre, jovial,saltarín. Es el de nuestro amigo David, simpático personage, el aprendiz de
Sachs, y la debilidad de Magdalena. La respetable acompañante de la señorita Pogner, prodiga sus más tiernas miradas al bullicioso aprendiz, y el aprendiz se deja querer, aunque no sea más que por disfrutar de las golosinas con que le obsequía amenudo su admiradora, quien, antes de marcharse le encomienda la misión de ir iniciando al caballero Walther en los misterios del arte de los Maestros.
El cual arte es más difícil de lo que parece. Así procura hacérselo entender David á su nuevo amigo, que facilmente se convence de ello. Ahí es nada: hace ya un año que él, David, estudia con el mejor maestro de la ciudad, con el insigne Hans Sachs, el cual le instruye paralelamente en los dos artes, el de hacer versos y el de hacer zapatos, y aun no puede llamarse «cantor», cuanto menos «poeta».
Y aun esto logrado, todavía le faltará mucho que andar para alcanzar el codiciado titulo de « maestro.»
Wagner hace aquí por boca del aprendiz una burlesca enumeración de la dilatada escala de conocimientos necesarios para llegar á codearse de igual á igual con Hans Sachs, y formar parte de la corporación de los Maestros Cantores. A ese punto habían rebajado la noble Poesía, el espíritu mezquino, la pedante suficiencia de aquellos honrados menestrales.
La Tablatura
Por ridícula y disparatada que parezca esa relación, Wagner apenas ha inventado nada. Ahí estan los libros de Tablatura, por que se regían las corporaciones de Augsburgo, Stiria, Strasburgo, Ulma, Meiningen, y la misma Nurenberg. La Tablatura era el código donde se reunían las reglas, prescripciones, censuras y correcciones que había de tener en cuenta el que aspirase al título de Maestro: árido centon, complicado y minucioso hasta lo increible, informado por el más ridículo formalismo. Con la mayor seriedad, habla de las tonadas ó aires que debe conocer todo aspirante, bautizadas con títulos tan sonoros, como el del «paso—firme», del «alto abeto», de la «espuela de caballero azul», del «arrogante mozo», sin olvidar la de «hambre y miseria» y la del «golpe de tirapié».
Las sílabas podían ser «amigas» ó «enemigas», las rimas «impuras», los versos «huérfanos», ó llevar «gusanos ó larvas2»
Esto y mucho más, de que no tenía ni la más remota idea, era lo que había de aprender Walther de Stolzing, en una sola sesión.
Los aires de importancia que se da David con el caballero, no dejan de procurarle un diluvio de pullas y de chanzonetas de sus camaradas de aprendizaje, que han venido como él para hacer los preparativos de la sesión que allí van á celebrar los Maestros. Así, disponen los bancos, la silla para el cantor, y un temeroso estrado en el fondo, colgado de paños negros, con un tablero negro tambien, donde el censor marcará las faltas delaspirante.
Cuando todo está listo, se cojen de la mano y bailan una ronda, divertiéndose un poco á costa de Walther que se ha dejado caer en un banco, de mal humor, mucho más confundido despues de las explicaciones de David. Los aprendices se burlan de la pretensión de aquel caballero que sin estudiar, ni sufrir durante años bajo la férula de un maestro, quiere conquistar la guirnalda por su linda cara.
La llegada de los Maestros viene á cortar su alborozo.
Entran los graves personages, solemnes y acompasados, y va ocupando cada cual el puesto que le corresponde.
Entre los últimos llegados se cuentan Pogner y Beckmesser. Este es el escribano municipal de Nurenberg, un personage de importancia, aunque á los ojos de la juventud no lo parezca tanto. Así es que Eva, tras de la cual anda, no siente la menor inclinación hacia su pretencioso adorador.
Beckmesser es un personaje cómico, pero no grotesco. Le ponen en ridículo su pedantería y su suficiencia, pero entre sus compañeros, goza de ascendiente, y su opinión se escucha siempre como la de persona de peso.
Una vez reunidos los Maestros, y en medio de todos Hans Sachs, se pasa lista, y se abre la sesión.
Discurso de Pogner
Pogner, el joyero, toma la palabra: tiene que comunicar algo importante. Durante sus viajes ha podido ver la opinión poco lisonjera que se tiene, en general, de los de su clase. Se les acusa de avaros, de no pensar más que en la ganancia, y olvidando el amor con que cultivan el divino arte de la Poesía, se les supone únicamente preocupados por el dinero. Pues bien: él va á demostrar ahora lo contrario. Al día siguiente, en la hermosa fiesta de San Juan, al aire libre, en la pradera á orillas del río, celebrarán solemne concurso los Maestros: el vencedor en la poética contienda, sea el que fuere, recibirá en premio la mano de su hija única Eva, y con ella toda su fortuna.
«Al escuchar esta relación parece, como si súbitamente, desde la pradera bañada en sol, desde el teatro del concurso, penetrase en la iglesia una ráfaga fresca y aromática de ambiente de estío: viene teñida con el apacible resplandor de la fiesta, encuadrada por el risueño motivo de San Juan.» (Gumprecht, quien por lo demás, está muy lejos de admirar la obra).
Ese motivo de la fiesta de San Juan, es, en efecto, de un ritmo tan suelto, tan elegante, que donde él interviene es para traer aires de gozo y regocijo.
La proposición de Pogner, suscita un murmullo de aprobación entre sus compañeros, y es acogida por los aprendices con saltos de regocijo.
¿Quien se adelanta como aspirante al premio?
Pogner mismo presenta á su joven amigo, Walther de Stolzing, caballero de Franconia, el último de su linaje, que ha dejado su solar y su castillo para hacerse ciudadano de Nurenberg.
Se necesita todo el prestigio de que goza el joyero entre los suyos, y toda la autoridad de Sachs para que la presentación no seá mal acogida por la asamblea. Un noble! cuando se ha visto cosa igual? es
una honra para el gremio? no habrá acaso un peigro?—Noble ó villano, aquí no se trata más que del arte, opina Sachs.
Su decisión prevalece, y Kothner dirije al pretendiente la pregunta de ritual acerca de sus maestros.
La pregunta es un conjuro que evoca en él toda una juventud de soledad y de ilusiones.
Canto de los Maestros de Walther
En la calma del hogar, en la fortaleza solitaria, durante la estación de las nieves, un libro heredado de sus abuelos, sin tregua releido, le prometía el despertar sonriente de la primavera: Walther de la Vogelweide3, el gran Minnesinger, ese fué su maestro en poesía. Despues aprendió á cantar del viento que movía las hojas del bosque, de los pajarillos que piaban, y trinaban en los sotos.
La inspiración que rebosa en este Lied, no conmueve á los Maestros, pero tras alguna vacilación, acuerdase el admitir á exámen al solicitante. Kothner da lectura á la parte de las Leges Tabulaturae que se refiere á las condiciones que ha de llenar el canto de prueba, grotesca enumeración que el panadero recita con la mayor gravedad. Marcador ó censor queda nombrado el señor escribano Sixto Beckmesser.
El cual, regocijándose en su interior del mal rato que piensa hacer pasar á aquel presunto rival, antes de encerrarse en su tienda, le saluda con ironía anunciándole que se digna concederle hasta siete faltas: pasado este número habrá perdido sin remedio. Luego corre las cortinas negras, y de detrás de ellas, con su voz agria y destemplada, pronuncia la palabra de rito:
«Comenzad».
Walther, que le ha escuchado, mal disimulando su desprecio, levántase y tras una breve pausa en que se concentra, rompe á cantar un himno á la Primavera.
Himno á la Primavera
Sostenida por la orquesta que en hermosa sinfonía descriptiva, pinta con vivos colores la obra renovadora de la Primavera en los bosques, la melodía sale de labios de Walther, fluida, expontánea, como brotando del manantial más puro del sentimiento.
Pero ¿que importa? Los maestros la oyen impávidos, fríos; en sus pechos no halla el menor eco, no conmueve la más pequeña fibra, aquella calurosa inspiración.
Durante toda la primera estrofa, de la jaula donde se encierra el censor han salido rumores extraños cada vez más perceptibles; suspiros de impaciencia, fuertes golpes de tiza en el tablero como de quien
va marcando con furia. Se conoce que Beckmesser no anda ocioso.
Walther que lo advierte, prosigue, pero ya dirigiéndose á él; y alude entónces al Invierno que consumido de pesar y de envidia, oculto en la maleza, atisba desde su escondite el alegre cantar de la Primavera al que responde desde dentro del corazón de Walther otro cantar, el sublime canto del amor que, no cabiendo en el pecho, se exhala en ondas de armonía, nuncio de una nueva existencia.
Aquí, ya no puede aguantar más Beckmesser: descorre con violencia las cortinas, y enseña el tablero todo marcado de señales de yeso.
—«Cantar ya lo que querais. Habeis perdido!»
Y armado de su pizarra la va mostrando á los demás compañeros, señalándoles todo el sinnúmero de faltas en que ha incurrido el pretendiente. En vano Sachs y Pogner, salen á su defensa: á pesar de todo el peso de su autoridad, los otros parecen inclinarse más á la opinión de Beckmesser. Walther no se da por vencido. A instancia de Sachs, escala otra vez su silla, y con gran exaltación, termina su canto.
En esta tercera estrofa habla de un ave mágica, de resplandeciente plumaje, á la que en vano graznan el coro de los cuervos envidiosos al que acompañan con sus descompasados chillidos el mochuelo, las urracas, los grajos, y las cornejas. El ave maravillosa invita á Walther á seguirla por la región de los aires, por el limpio azul del eter, lejos de la atmósfera turbia de las ciudades. Y por ella guiado gana los prados floridos donde en otro tiempo celebró la belleza el gran Walther de la Vogelweide.
«Allí dedicaré mi canto augusto, de júbilo, á la más amada de las mujeres: allí se elevará, á despecho del grajo ruin y altivo el himno del amor.»
«Adios!»
Y con un ademán de desprecio soberano, desciende de la silla, y abandona el templo.
Su voz vibrante de indignación ha logrado dominar el coro de disgusto y de protesta que va levantando Beckmesser al dirigirse de uno en otro para enseñarles la serie interminable de atentados contra el venerable código de la Tablatura, cometidos por el cantor.
Al desaparecer éste, se arma gran tumulto. Beckmesser consulta el fallo á la asamblea.
—«Reprobado!» pronuncia la mayoria, alzando las manos: y con gran agitación van saliendo todos.
Los aprendices después de bailar una ronda desordenada en torno de la jaula del censor, despejan el local quitando bancos y sillas.
Y en el templo, tan animado un momento antes, solo queda un Maestro, pensativo, preocupado, en primer término. Es Sachs: su alma de artista se ha sentido impresionada por aquel raudal de poesía juvenil, superior á todas sus reglas. El ha reconocido en Walther al maestro, al poeta por la gracia de
Dios; él le ha admirado al verle hacer frente á aquella explosión de la envidia, de la ruindad y de la ignorancia, conjuradas contra él.
Walther se ha ganado un amigo, un protector.
Con un gesto de desden deja la iglesia Sachs.
Cae el telón.
ACTO SEGUNDO
La última luz del ocaso, aun ilumina debilmente la escena. Se hecha la noche, la algre noche de la verbena de San Juan, con todos sus recuerdos.
El lugar de la escena es una encrucijada de la ciudad de Nurenberg. Por el centro desemboca una calleja, cuyas dos esquinas la forman dos casas de aspecto diferente: la una señorial, la otra modesta; esta es la de Hans Sachs que tiene en ella su taller de zapatero; la primera sirve de morada á Veit Pogner, y á su bella hija, Eva: una escalinata le da acceso, y la copa de un tilo la sombrea: al pie del tronco hay un banco.
La casa de Sachs es más humilde, pero la hacen risueña unas ramas floridas de lila que encuadran la ventana del obrador.
Antes de abandonar el trabajo los aprendices cierran las ventanas de las tiendas, y entre ellos David. Magdalena llevando una cesta al brazo se le acerca: su objeto es indagar como le ha ido al caballero en su exámen. David, atraído por el cebo apetitoso que adivina en la cesta, se aviene al interrogatorio y da cuenta del fin desgraciado que ha tenido la prueba, mientras alarga la mano á la cesta. Pero Magdalena, al saber lo ocurrido, la retira vivamente, y con aire desconsolado, se mete en la casa, dejando al aprendiz con la boca abierta; desairada posición que aprovechan sus camaradas para rodearle saltando y cantarle una copla satírica.
La entrada de Sachs impide á David contestar á las chanzonetas con los puños como ya se disponía á hacerlo. Los demás se dispersan, y maestro y aprendiz entran tambien en su tienda, cuando Eva y su padre, ella apoyada en el brazo de él, vuelven del paseo. Sentados bajo el tilo, Pogner recuerda á su hija el honor que le espera al otro día, cuando delante de Nurenberg entera congregada en el prado fuera de muros, ciña la corona de vencedor al que alcance la palma de Maestro en el concurso. Eva le escucha sin gran estusiasmo.
—«Y porqué un Maestro?» se atreve á indicar.
—«Un Maestro, sí, pero á gusto tuyo».
—«Sí, á gusto mío», repite pensativa, con grandes dudas en su interior de que su gusto pueda verse cumplido en este caso.
Impaciente por saber lo ocurrido en el exámen, hace entrar á su padre en la casa, y al quedar sola un momento fuera, se entera por Magdalena de la triste verdad. Ansiosa de detalle, piensa en el zapatero: él ha sido siempre su amigo paternal y bondadoso: él está enterado de lo que ha pasado en la prueba: él se ¡o contará todo. Eva sigue á su padre, pero con la idea de aprovechar la primera ocasión, para hacer una visita al zapatero.
Sachs ha pensado aprovechar la frescura de la noche para terminar un encargo. Hace que David le saque fuera el taburete y la mesilla, y le manda á acostar.
Monólogo de Sachs
Pero aunque se pone á la tarea, pronto la abandona: el suave perfume de las ramas floridas de lila, la hermosura de aquella primera noche del estio hablan á su alma un lenguaje penetrante, el lenguaje impregnado de aromas, rico en suaves y soñadoras armonías que desde la orquesta se difunde en ondas impalpables por el aire tibio: es un tema insinuante, que sin cesar alhaga sus oídos, el del himno de Walther á la Primavera.
—«Yo sé sentirlo, y no acierto á entenderlo: ni puedo retenerlo, pero tampoco olvidarlo. No observa ninguna regla, y sin embargo, no tiene falta. Me es familiar, y al mismo tiempo, tan nuevo..! Suena como el cantar del pájaro en el mes de Mayo: pero al que lo oye hechizado, y prueba de imitarlo, que mofa, que fracaso le espera! Es el dulce impulso, el mandato suave de la Primavera!»
Una graciosa aparición le interrumpe. Eva, que ha salido de su casa, se ha ido aproximando A él cautelosamente hasta llegar, sin ser vista, á la puerta de la tienda, y le saluda. Sachs, agradablemente sor-prendido, le hace sentar á su lado, dispuesto á sufrir el interrogatorio que adivina.
El diálogo que entre ambos se desarrolla no alcanza en ningún momento una explosión franca y exclusivamente melódica, pero voces y orquesta entrelazadas forman un tejido musical donde las melodías abundan y se suceden sin tregua.
Eva con toda su innata coquetería femenil, comienza á maniobrar diestramente para arrancar un dato, una noticia. Sachs la bromea con un pretendiente, un temible contendiente en el concurso; maese Beckmesser. Ella alega, que tal vez pueda encontrar un rival victorioso. Sachs, no conoce ningún Maestro soltero capaz de hacer frente al escriba— no.—«Y por que no un viudo?» insinua Eva.
—«Sería viejo para ti.» —«Viejo? Aquí es cuestión de arte: el que lo sienta, puede aspirar á mi mano.»
Pero Sachs, no cae en el lazo que le tiende la ingénua coquetería de la muchacha. Sabe Dios, si más de una vez no ha acariciado, en lo más íntimo de su corazón, aquel sueño. Ahora dueño del secreto,—secreto bien transparente—del alma de su protejida, se guardará bien de dar pábulo á dulces ilusiones.
Eva prosigue su interrogatorio y así llega á saber cómo se ha presentado al concurso un noble, un caballero, cómo ha fracasado, definitivamente.
—«Y entre tanto Maestro, no ha hallado siquiera un amigo?»
—«Pues buena fuera!» le contesta con aparente gravedad el zapatero. «Aun habíamos de obsequiarle con nuestra amistad? Que conquiste el mundo si le da la gana: mas que á nosotros nos deje en paz, con lo poco que á fuerza de sudores hemos aprendido. Aquí no ha de divertirse á costa nuestra: que se busque fortuna por otra parte.»
—«Y la encontrará» exclama Eva levantándose indignada. «Gentecilla ruin y envidiosa! La encontrará! pero no entre vosotros, almas de hielo, sino allí donde aun haya corazones que latan entusiastas!... íVoy, voy enseguida, Magdalena!» grita á ésta que desde hace un rato la está llamando. «¡Voy,que aquí apesta á pez! Así ardiera, para ver si de ese modo entraban algo en calor!»
Y en el colmo de la excitación deja á Sachs, que la sigue con la vista meneando significativamente la cabeza.
Tiene ya la certidumbre de lo que antes no pasaba de conjetura, y se fortifica en su propósito de velar por los dos amantes.
Entre tanto Eva, resistiendo á las instancias del aya, no quiere entrar en su casa: espera á Walther, y cada rumor que oye cerca cree ser el de sus pasos; para acabar de impacientarla, le anuncia Magdalena el propósito de Beckmesser de obsequiarle con una serenata. Eva arregla. pronto su plan: Magdalena figurando ser Eva, recibirá desde ha ventana la serenata: Eva, con los vestidos del aya, acudirá al encuentro de Walther.
Magdalena no accede sino á regañadientes.— «Que pensará David? No tendrá celos?»
La llegada de Walther corta la discusión. Eva se precipita á su encuentro, y escucha pendiente de sus labios la relación indignada que le hace el caballero de su fracaso.—«Que importa!» le dice Eva «El premio lo concedo yo, y tú lo has ganado!»
En Walther bulle todavía la ira, la indignación del exámen; aún se figura tener presentes las sonrisas irónicas de los Maestros, las burlas y chacota de los muchachos, toda la vergüenza de aquella escena. Oye un son extraño, cree ver delante á sus enemigos, y, exaltado, echa mano al acero.
Pero es, sencillamente el cuerno del sereno. Y un momento después hace su entrada el pacífico personaje, cantando la hora, deseando á las gentes un sueño tranquilo, y alabando A Dios. Los dos enamorados tienen justo el tiempo de separarse y ocultarse, cada uno por su lado, ella en su casa, él tras el arbol, pero jurando volver á reunirse más tarde.
Su diálogo ha tenido un oyente oculto: Hans Sachs, en acecho, no ha perdido sílaba; abre un poco más el resquicio del mostrador, y acerca la luz.
Cuando el sonido del cuerno se oye muy lejano, vuelve Eva á aparecer. Walther no la reconoce al pronto,vestida con el traje de Magdalena; pero pronto no duda, al verla echarse en sus brazos, pidiéndole
ansiosa la huida, ansiosa por verse lejos, muy lejos de allí, y pronto, muy pronto,
No quiere otra cosa Walther; en las puertas de la ciudad tiene apostado un criado con caballos. Ya se disponen ambos á doblar la esquina, cuando se ven de pronto vivamente iluminados. Sachs ha abierto la madera de su ventana, y la luz del taller cae sobre la encrucijada disipando las tinieblas.
Eva retiene vivamente á Walther. Aquel rayo de luz les corta el paso: por la calle de la derecha se corre el riesgo de tropezar con el sereno: ganar el callejón no es posible sin llamar la atención del zapatero.
—«Es Sachs!» dice Eva.
—«Hans Sachs? mi amigo?»
—«Amigo? sí! Tambien me ha hablado de ti bastante mal !..»
—«Sachs tambien? Deja, yo le apagaré la luz!» exclama Walther.
La entrada en escena de Beckmesser se lo estorba.
Llega con su laud bajo el brazo, echa una mirada á las ventanas de Pogner, se retira un poco apoyándose en la pared del taller de Sachs, y comienza á puntear el instrumento.
Sachs ha venido observando estas maniobras, y una idea le asalta. Con gran sigilo, abre la parte baja de la puerta y saca fuera el taburete de trabajo; y cuando el escribano, después de inspeccionar la casa de su adorada, va á empezar la serenata, el zapatero saca la luz de modo que la calle vuelva á estar iluminada, y A plenos pulmones improvisa una canción burlesca, marcando el ritmo con sonoros martillazos. En vano Beckmesser, disimulando primero su cólera, despues estallando en improperios contra su colega, quiere hacerle callar. El otro alega la necesidad de tener listos para el siguiente día el par de zapatos del escribano,y continúa gritando y martillando las suelas con el mayor entusiasmo. La canción zapateril trata de Adan y de Eva que una vez expulsados del Paraíso, y sintiendo sus piés heridos por los guijarros del suelo, fueron provistos de calzado gracias á la bondad del Señor.
Comprendiendo Beckmesser que en esta contienda con el zapatero, va á llevar la peor parte, se decide á probar la vía diplomática, y más cuando vé abrirse una ventana de casa del joyero, y aparecer una figura que él toma por Eva, aunque no es sino Magdalena disfrazada.
Aquella aparición acaba de quitarle la serenidad, y muy nervioso, empieza á puntear de nuevo su laud, procurando al mismo tiempo, conciliarse la benevolencia de su amigo. Asi le ruega, que por un rato le preste oídos, y que funcionando de censor, le dé su sabia opinión sobre el canto que al siguiente día piensa entonar en el concurso como aspirante á la mano de la hija de Pogner. El socarrón del zapatero accede, con una condición: en vez de marcar las faltas con yeso en la pizarra como ellos tienen por costumbre en las sesiones de prueba, las marcará con un martillazo en la suela del zapato que está confeccionando: de este modo todo se concilia, el arte y los compromisos del artesano.
Beckmesser, aunque de mala gana, no tiene más remedio que conformarse, y preparando e! laud, comienza á preludiar.
La originalidad de este preludio es dudosa, si hemos de creer á Erich Ernst.
Hacia el 1861, se encontraron en Viena Wagner y Pedro Cornelius el amable compositor de tantas joyas líricas y corales. Ambos tenían que lamentar un fracaso reciente: el uno el del Tannhäuser, en París, el otro el del Barbero de Bagdad en Weimar. La desgracia común estrechó más los lazos de su amistad y entre las composiciones que uno de otro conocieron, se contó el Lied de Cornelius sobre una poesía de Hölty, que empieza: «Amigos, cuando yo muera.»
Hay en este Lied, en el acompañamiento, un efecto original, motivado por el texto. Cita la poesía la lira del Poeta, y entonces el músico hace oir en el acompañamiento, una tras otra, las seis notas con que están templadas las seis cuerdas de la guitarra.
Wagner se hallaba entonces más que nunca embebido en la composición de sus «Maestros»: había llegado al segundo acto, cuando Sixto Beckmesser se dispone á entonar su ridícula serenata; aquel efecto de guitarra le gustó, y tomando á su amigo la idea, se la aplicó al escribano en el preludio, resultando la cosa de un efecto cómico completo, especialmente cuando el arpegio pása á la orquesta, y se oye allí con esa sonoridad especia! que le da el arpa de cuerdas de acero, ó tambien el arpa ordinaria á través de cuyas cuerdas se hace pasar un trozo de cartulina.
Despues de tener que rectificar el temple del instrumento, comienza al fin su serenata, mas apenas lleva dos versos cuando ya un vigoroso martillazo del censor, le anuncia una falta. Beckmesser recibe el aviso con cierta calma, pero dos versos más adelante, otros dos golpes del implacable martillo de Sachs, le hacen interrumpir su canto, pidiendo explicación de las faltas. Aunque no le convencen las razones del juez, traga bilis, y vuelve A empezar.
Desde este punto, los martillazos de Sachs se suceden menudeando como granizo. El escribano por su parte alza cada vez más alto el tono para ahogar á fuerza de pulmones los golpes del zapatero. Este no se queda atrás y eleva también su canto en competencia con Bekmesser que ya no canta, sino grita á voz en cuello, fuera de sí, sin acordarse de reglas, ni de las leyes de la Tablatura.
Y con esto da principio una de las más estupendas escenas que se ha llevado al teatro.
La gresca
La algarabía que arman los dos cantores comienza á despertar al vecindario; una ventana tras de otra,van abriéndose todas y asomándose á ellas las caras asombradas de los pacíficos moradores del barrio.—
—«Que es eso? quien aulla de ese modo?» se preguntan unos á otros.—«Silencio! no va á poderse dormir ?... á chillar á otro parte!»
Uno de los atraídos por el estrépito es David, que al ver un individuo al pié de la ventana de Pogner dando una serenata, no se acuerda más que de Magdalena, y furioso de celos, salta á la calle armado de una estaca, se lanza sobre Beckmesser, de un garrotazo le hace añicos el laud, y enseguida la emprende á golpes con el infeliz escribano.
A las voces de ambos se unen las de Magdalena gritando:—«Socorro! socorro! que se matan!...»
La alarma reina en el barrio: por las bocas de las callejuelas empiezan á salir á bandadas los vecinos que en medio de la oscuridad, no sabiendo con quien han de habérselas, comienzan por insultarse mútuamente, y concluyen por enzarzarse á golpes. Los aprendices les azuzan, los oficiales que acuden de todas partes invocan sus gremios respectivos y toman parte en la lucha: hasta los graves maestros comparecen, pugnan por hacerse oir y al fin, vienen como los demás, á las manos: y las mujeres desde los balcones, llamando con gritos descompasados á sus maridos, contribuyen á aquel estrépito inaudito.
La encrucijada parece un infierno, un manicomio suelto: entre la gritería general, entre el clamor de la orquesta desatada tambien como las voces, sobresale el motivo de la serenata de Beckmesser que los grupos parecen lanzarse unos á otros, que salta de los violines á los contrabajos, de la orquesta á la escena, de la calle á las ventanas, único motivo predominante entre aquella confusión inextricable. Toda la calle es un campo de Agramante donde, excepto David que menudea los golpes sobre su supuesto rival, nadie sabe quien es su enemigo; pero todos se sacuden sin compasión, moviendo los puños á porfía.
Ni Eva ni su amante retirados bajo el tilo comprenden lo que allí pasa, pero Walther considerando la coyuntura favorable para su escapatoria, coje por un brazo á la muchacha, saca la espada y se dispone á abrirse paso entre los combatientes.
Sachs vela. Al empezar la refriega, apagó la luz de su tienda, entornó las ventanas, y solo deja un resquicio por donde vigilar á la pareja, é impedir un posible disparate. En cuanto nota el ademán de Walther se lanza á su encuentro, agarra de paso á David acariciando antes sus espaldas con el tirapié y libertando así de los furores del aprendiz al asendereado Beckmesser, pone á Eva en brazos de su padre que aparece en la puerta de su morada, ase á Walther con la otra mano y de un empellon meteen su tienda al noble y al aprendiz cerrando trás si la puerta.
Toda esta maniobra sólo ha durado un momento. La batahola, entre tanto, alcanza su punto más álgido: quejidos y amenazas, gemidos de dolor y ahullidos de ira, insultos y reniegos, atruenan los oidos: y ni los brazos cesan de sacudir, ni las gargantas de lanzar denuestos é imprecaciones. Las mujeres mismas desde las ventanas increpan á sus maridos, y remojan con cubos de agua las cabezas ardorosas de los combatientes... cuando dominando aquel clamoreo confuso y atronador se oye el cuerno ronco del sereno que suena próximo.
Y, como por arte de encantamiento, todo se desvanece: grandes y chicos, aprendices y maestros, golpeadores y golpeados, cada cual busca su escondrijo. Las ventanas se cierran, las puertas se atrancan, y en un decir jesús queda desierta la escena.
Entra el sereno. Asomando por la calleja del fondo, la luna ilumina la encrucijada solitaria, y á su luz se perfilan en el limpio firmamento los tejados puntiagudos, los aleros voladizos y las torres esbeltas de la ciudad. Y ante aquella calma impensada, se restriega los ojos creyéndose juguete de la travesura de algún duende: con voz algo temblona canta las once, y entra con paso tardo por la callejuela.
Lentamente va cayendo el telón: aun se oye otra vez, alejándose, el son destemplado del cuerno, en el silencio de la noche.
«La escena entera con su despiadada longitud y su grosero realismo es de lo más repulsivo que se ha intentado en el teatro.» (Gumprecht).
Opinión puramente individual á la cual bien podemos oponer otra.
«El final de este acto constituye un alarde de orquestación y de fantasía cómica. El crescendo que acompaña á la refriega se desarrolla todo entero en fuga sobre el grotesco ritornelo de la serenata, y ganando la orquesta entera por rápidos saltos, estalla con furia atronadora. Ese aire chusco que en opinión del gran escribano, había de conmover á la bella Eva, no hace más que amotinar al vecindario. Como duende burlón, se multiplica, se centuplica en fantásticas piruetas, se lanza desde todas las puertas, y viene á asaltar, en legión formidable al cantor azorado. El pedante queda castigado por su pecado mismo, apaleado por su misma serenata que tomando mil formas, bulle en su rededor: original idea, de un efecto cómico divertidísimo.» (Schuré).
ACTO TERCERO
Preludio
El preludio del acto tercero es para Chamberlain, y lo era para Wagner, como el punto culminante del drama, y se comprende, desde el momento en que se considera á Hans Sachs como el principal personaje, y á la orquesta como la principal intérprete de las ideas y de los sentimientos que allí se agitan.
Inicia el prólogo el tema doloroso de la «emoción de Sachs», llamado tambien el de la «experiencia humana».
Pero mejor será dejar la palabra al mismo Wagner, en carta á Matilde Wesendonk —citada al principio:— «De pronto se me ha ocurrido una idea para la introducción orquestal del acto tercero de «Los Maestros Cantores». En este acto, el momento culminante lo constituye aquel en que Hans Sachs se levanta ante el pueblo congregado, y es recibido por éste con una sublime explosión de su entusiasmo.»
Solemnes y vibrantes hace oir la muchedumbre los ocho primeros versos de la poesía de Hans Sachs.
«La música estaba ya lista. Ahora, para introducción del tercer acto, cuando, al descorrerse la cortina, Sachs aparece sentado, en honda abstracción, hago tocar á los instrumentos bajos un pasaje suave, tierno, de profunda melancolía, marcado con el sello de una resignación extrema: en esto, las trompas, y los sonoros instrumentos de viento lanzan al aire alegre y clara la solemne melodía del Wacht’ auf! «Alerta! despunta el día: en la verde fronda oigo cantar un ruiseñor.»
A este motivo se une un recuerdo de la canción burlesca del zapatero en el segundo acto; despues, el
tema primero, que es para Wagner como «la queja amarga del hombre resignado, que ostenta á la faz del mundo un semblante enérgico, de serena alegría», vuelve á desenvolverse, cada vez con más amplia calma y hétenos en el taller de Hans Sachs. Al lado de la ventana por donde entra alegre el sol matinal le vemos sentado en un sillón, con un gran infolio sobre las rodillas, y absorto en su lectura.
David, que ha asomado antes la cabeza por la puerta, inspeccionando el terreno, entra con una cesta al brazo, y la esconde presuroso bajo uno de los bancos, pero cuando se convence de que el maestro ni siquiera ha advertido su presencia, la retira y comienza á sacar de ella, tras de flores y lazos, un embutido y un pastel que se dispone á saborear con delicia. Al ruido que hace Sachs al volver una de las gruesas hojas del volumen, da un respingo, oculta precipitadamente los comestibles, y comienza á balbucear sus excusas al maestro por los sucesos de la noche anterior. Cada vez más escamado del silencio de mal agüero que el otro guarda, cae de rodillas renovando sus protestas de arrepentimiento, cuando Sachs, que verdaderamente no se había dado cuenta de la presencia de su aprendiz, cierra el libro de golpe acabando de aterrarle.
Entonces, al pasear sus miradas por el taller, repara en que todo respira un aire de fiesta: tiestos floridos adorrnan la ventana, y sobre la mesa hay tambien flores y cintas; como si despertara de un sueño, con tanta afabilidad fija sus ojos en el medroso David, que éste, al fin tranquilizado, después de cantarle una canción y felicitarle por ser aquel el día de su Santo, le besa la mano, y se va, todo contento, á vestirse de fiesta, mientras Sachs vuelve á caer en su anterior meditación, sujerida por la lectura del infolio.
Meditación de Sachs
En la vieja crónica solo ha visto, á la humanidad, en perpétua contienda, ardiendo en vanos furores.
—«Delirio! delirio! por doquier delirio!» piensa el filósofo. Siempre el hombre buscando su tormento, sacrificando su libertad cuando mejor cree conquistarla, atormentándose sin piedad, cuando cree que es un goce lo que se procura. Por un nada pierde la calma. La noche antes, por ejemplo, que pasó? quien desencadenó aquel viento de demencia, aquella ira con que todos se golpeaban, aquel ciego furor que convirtió la tranquila encrucijada en campo de descomunal contienda?
Quién? tal vez un duende travieso; acaso un gusanillo de luz que no encontró á su adorada. O mejor, el perfume de las lilas que embriagaba los sentidos en aquella tibia noche de San Juan.»
Pero hoy, día de la fiesta, se trataba para Sachs de encauzar ese general delirio, y llevarle á realizar una buena obra: la de unir para siempre una pareja que se quiere.
Interrumpiendo estas reflexiones aparece Walther en el umbral de la puerta que da á la habitación de la derecha.
El joven ha dormido bien, y aun ha venido á recrear su imaginación un hermoso sueño que ha tenido. Hans le anima á recitarlo: podrá con él hacer un canto para el concurso de aquel día y conquistar la mano de Eva, mas Walther duda que una obra de fantasía, de estusiasmo y de juventud, pueda convencer á los Maestros, que todo lo miden con sus reglas prosáicas, y á todo aplican sus pedantescos preceptos.
Sachs sale á la defensa de sus colegas. Es verdad que durante la juventud, cuando el pecho se siente violentamente agitado por las ansias del primer amor, el entonar un canto, no es cosa muy difícil: la Pri-mavera canta por nosotros. Pero vienen despues Verano y Otoño, llega el frío Invierno, llegan los cuidados, las preocupaciones de la vida conyugal; hay negocios difíciles, y querellas, hay todo el cortejo de miserias que acompañan á la existencia, y entonces, el que acierta á concebir una bella canción, ese merece con justicia el nombre de Maestro. Para entonces son las reglas que el genio no necesitó, pero que prestan al talento nuevas alas con que elevarse á la región excelsa de la poesía.
Walther cede al deseo de su amigo: éste toma pluma, tinta y papel y se dispone á anotar lo que aquel cante; y el caballero da principio á su sueño.
Sueño de Walther
Cuenta como se vió transportado á un jardín delicioso, lleno de encantos, donde, ofreciendo su fruto de oro, crecía frondoso un árbol. A su lado, una mujer, una radiante aparición, de indescriptible hermosura, que suavemente le encamina hacia el arbol de la vida y le invita á recoger sus frutos. La noche tiende su manto, en el oscuro firmamento brillan dos luceros como los ojos de su amada, y entre el follaje en vez de los frutos dorados ve relucir, como destinada para él, una corona de estrellas.
Sachs, que ha escuchado embelesado y anotando al mismo tiempo aquel raudal de poesía expontánea, y verdadera, encerrado en dos estrofas, exclama aun conmovido:
—«Amigo mío, vuestro sueño, será una realidad: habéis acertado con la segunda estrofa. Sólo falta una tercera que dé la clave del sueño.»
—«Por ahora, basta,» responde Walther.
—«Pues á prepararse para la fiesta. Hemos de ponernos nuestras mejores galas para la ceremonia de los esponsales.»
Apenas cierran tras sí la puerta de las habitaciones interiores, asoma las narices por la de la calle, Beckmeser. Viene muy galán, con sus más ricas preseas, pero ¡en que estado tan deplorable! Cojeando, derrengado, cada paso le cuesta una mueca de dolor. La somanta propinada la noche antes por David, le ha dejado penosas huellas. Va á sentarse en un taburete, pero una punzada de dolor le obliga á incorporarse; acércase á la ventana, y hace gestos de amenaza contra la casa frontera. Toda clase de recuerdos desagradables le persiguen, y la orquesta los detalla todos con implacable claridad: el motivo de la disputa, y el del golpeamiento, le recuerdan la causa de su triste estado actual; el motivo caballeresco de Walther, le hace pensar en su más temible rival. En vano busca una melodía para su canción de la tarde; solo acude á su mente la de la serenata, de tan mal augurio para él.
Como acosado por la orquesta que así le martillea en los oidos lo que menos quisiera oir, no halla sosiego y va de un lado á otro de la tienda, furioso, hasta que vé, sobre la mesa, el papel borroneado por Sachs.
Una poesía! y letra de Sachs!
Ahora comprende el papel que ha jugado su falso amigo. Sin duda, él tambien pretende aspirar á la mano de Eva!
Oye que alguien se acerca, y esconde precipitadamente el papel en su bolsillo. El que entra es Sachs y contra él desahoga su bilis el escribano. Su juego es claro. ¿No pretende tambien la belleza y la riqueza de la hija del joyero? Y que mejor camino que el de poner en ridículo á Bekmesser, su contrincante, armarle la emboscada de la noche anterior, y dejarle así fuera de combate?