EL DÍA 11 de mayo de
1871 nace en Granada Mariano Fortuny Madrazo. Su padre, el gran Fortuny
Marsal, “una de las dos últimas victorias de España sobre
Europa” a decir de Ortega y Gasset, fue responsable junto con su esposa
de la introducción de Mariano en una variada actividad artística.
Actividad que abarcó la pintura y el dibujo, la creación
de telas, lámparas, vestidos, sus innovaciones escenográficas
en cuanto a modos de iluminación, sus figurines y escenografías;
y como no, su participación en el moderno arte de la fotografía.
Una espiritual inquietud por un nuevo arte total, tan cercano al del maestro
alemán.
Fortuny Madrazo fue discípulo
de su propio tío Raimundo quien se ocupará durante su infancia
de su formación artística. El Fortuny joven, tuvo así
oportunidad de conocer en su taller a los artistas admiradores y amigos
de su padre; Meissonier, Bandry, Tissot, Gérône, y el que
fuera fundamental en su vida, Rogelio de Egusquiza. De la mano de éste
llegará al teatro y a la música.
Dado lo limitado del espacio
disponible y lo extenso de la obra de Mariano Fortuny, nos limitaremos
estrictamente al aspecto wagneriano de ésta.
En 1890, contando unos impresionables
y receptivos diecinueve años, viaja por primera vez a Bayreuth en
compañía de su madre y de su hermana. Al regreso de este
viaje, nuestro artista ya es un enamorado del ideal wagneriano, del que
como tantos otros, será deudor. Su segundo viaje en 1892 a la meca
del wagnerismo, supone la comprensión de la cuestión escenográfica
como parte de la clave del drama musical, causándole un efecto inmejorable
el nuevo teatro construido con la inestimable ayuda de Luis II de Baviera.
No sabemos con seguridad quién
lo introdujo en la técnica del grabado, aunque sus primeros aciertos
están fechados de forma ligeramente posterior a los de Egusquiza,
e igualmente dedicados al tema de la obra wagneriana. En este momento de
su vida creativa, y tras su tercer viaje a Bayreuth en 1893, vive inmerso
en el nuevo concepto del arte. Resultado de esta pasión son el aguafuerte
“Camino del Grial”, y su pintura “Las muchachas en flor”, alusivo al “Parsifal”,
con la que obtuvo en la exposición de Munich de 1896 la medalla
de oro. Durante este periodo, destaca también su labor en el temple
sobre cartón con títulos como: “Funeral de Titurel”, “Baño
de Amfortas” y “Batalla”.
En total realizó 16
grabados dedicados a la obra de Richard Wagner, en ellos no es difícil
encontrar las mismas composiciones solucionadas con distintas técnicas.
Son como la transposición en blanco y negro, de las que fueron coloristas
escenografías tan magistralmente iluminadas.
Fortuny Madrazo pone todo su
excepcional dominio de la técnica del grabado, al servicio de la
poesía, la filosofía, la música y la genialidad romántica,
del gran maestro alemán.
Interesado desde su adolescencia
en los adelantos técnicos de la época, estudió las
reformas técnicas de la escena en relación con el uso de
la electricidad en la iluminación escénica, y su incidencia
en el color. Esta actividad le llevó en 1900 a trabajar, por encargo
de Giacosa a la sazón director de la Scala de Milán, en los
bocetos para la obra “Tristán e Isolda”. Al año siguiente,
registró en París un sistema de iluminación escénica
por luz indirecta, que perfeccionó entre 1903 y 1907; mientras que
al tiempo, en 1905, efectuó la maqueta para el 2º acto de “La
Valquiria” dirigido por Appia. Su calidad como técnico e innovador
escenógrafo queda de manifiesto con el éxito de su cúpula
para Teatro con el sistema arriba citado. Dado lo avanzado de su técnica
y el éxito obtenido, se instaló en el teatro Kroll y en el
Lessingtheater de Berlin, así como en el Schauspielhaus de Dresde,
en el Deutsches Operthaus de Charlottenburg, en el Neue Freie Volksoütire
y en el Schauspielhaus, ambos también de Berlin. El reconocimiento
a su esfuerzo desde una perspectiva wagneriana le llegará en 1920
al instalar la cúpula Fortuny en el teatro de la Scala para la representación
de “Parsifal”. Tras un largo paréntesis de once años dirigió
en Roma la escenografía de “Los Maestros Cantores de Nuremberg”,
siendo éste su último trabajo wagneriano cara al público.