SANTA Isabel de Hungría es el personaje en el que se inspiró Richard Wagner al concebir a la “Elisabeth” de su “Tannhäuser”. Más que en los acontecimientos históricos en que se desarrolló su corta existencia, es su carácter y su forma de ser lo que tomó el compositor para dar vida a la heroina que debía salvar al desgraciado mortal de una condenación eterna. Vamos, por ello, a pasar una rápida revista a lo que constituye la historia de la santa para analizar a continuación el personaje wagneriano como tal.
La histórica Santa Isabel no era sobrina del Landgrave Hermann de Turingia, sino hija del rey Andrés de Hungría. El Landgrave, que efectivamente residía en el Wartburg, organizaba en el castillo torneos poéticos a los que asistían los más célebres poetas (Minnesänger) de Alemania como Walther von der Vogelweide, Wolfram von Eschenbach (autor del poema de “Parzival”), Bitterolf, Heinrich der Schreiber, Heinrich von Ofterdingen... Su maestría era tal que llegó un momento en que no podía decirse quien era el mejor de todos. En el año 1207 se decidió hacer venir a Klingsor, célebre sabio de la época (y que aparece también como mago en el poema de “Parzival” de Eschenbach y de Wagner) que vivía en Transilvania, para que dictaminase el nombre del campeón. Llegado a Eisenach, a los pies del Wartburg, y asediado por nobles y plebeyos que le rogaban diera alguna nueva, Klingsor comunicó que esa misma noche el rey Andrés de Hungría había tenido una hija, Isabel, que se casaría con el hijo del Landgrave y que llegaría a ser santa. Confirmado el nacimiento, el Landgrave pidió la mano de Isabel para su hijo Luis y, con tan sólo cuatro años, la princesa se trasladó al Wartburg y fue inmediatamente prometida a Luis, que a la sazón contaba once. Los futuros esposos ya no se separaron nunca, viviendo primero como hermanos y llegando más tarde a amarse intensa y fielmente como si realmente se hubieran escogido ambos por voluntad propia. Para resumir en pocas líneas lo que fue la vida de la santa, diremos que no tenía ningún apego a las riquezas de este mundo y que, por el contrario, se sintió siempre atraída hacia una vida espiritual y a intentar aliviar aquí en la tierra los sufrimientos de cuantos la rodeaban, llegando a recibir el sobrenombre de “Patrona de los pobres”, lo que le creó no pocos enemigos en la corte donde abundaban las intrigas, fruto de la envidia y la codicia. Múltiples son las leyendas que sobre su vida se han contado. Quizás la más popular es la de un día en que bajando del castillo a las cabañas de los pobres que vivían en el valle, y llevando ocultos en su vestido alimentos para ellos, se encontró de pronto con su esposo que regresaba de una cacería. Este se quedó asombrado de lo encorvada que caminaba por el peso del cargamento y quiso saber qué era lo que llevaba. Ella, asustada por lo que dirían en la corte, intentó resistirse sin éxito. Pero lo que quedó al descubierto fueron unicamente un montón de rosas blancas y encarnadas.
Isabel y Luis tuvieron cuatro
hijos. El primogénito se llamó Hermann en recuerdo del Landgrave
que había fallecido cuando ella contaba nueve años. La segunda,
Sofia, se casaría con el Duque de Brabante. Las dos pequeñas
entraron al servicio de Dios.
En 1227, el emperador Federico
II organizó una cruzada a Tierra Santa en la que se alistó
Luis y también Walter von der Vogelweide. El Landgrave Luis falleció
el 11 de septiembre en el transcurso del viaje. Isabel contaba entonces
veinte años. Sus hijos eran unos niños, la pequeña
incluso no había nacido todavía. Las intrigas de la corte
no se hicieron esperar. Isabel y sus hijos fueron expulsados del Wartburg,
echándole en cara que lo había arruinado todo malgastando
las rentas. Se la despojó de todos sus bienes y se vio obligada
a separarse hasta de sus hijos que fueron recogidos por amigos para que
no les faltase lo suficiente para subsistir.
Aunque más tarde quedaron
asegurados los derechos de sus hijos, ella vivió ya siempre, por
voluntad propia, en la más absoluta pobreza, dedicada integramente
a la oración y a las obras de beneficencia. Rehusó asimismo
casarse con el emperador Federico V, alegando que prefería quedarse
viuda el resto de su vida y servir tan sólo a Dios y entró
a formar parte de la Orden Franciscana.
Isabel falleció el 19
de noviembre de 1231 a los 24 años de edad. Fue canonizada por el
Papa Gregorio IX en 1235.
En las versiones de la historia
de “Tannhäuser” que Wagner utilizó para la composición
de su ópera, Elisabeth no figuraba como redentora. Por el contrario,
el caballero volvía al Venusberg, condenado para toda la eternidad.
Es pues de suponer que fuera la vida de Santa Isabel de Hungría
la que le inspirase el trascendental papel que este personaje ejerce en
la salvación del pecador. En cuanto al personaje de Tannhäuser,
Wagner se inspiró en un trovador del mismo nombre famoso por la
sensualidad de sus canciones, algo poco frecuente en el momento y en Heinrich
von Ofterdingen, célebre poeta a quien se atribuye la composición
del poema de los Nibelungos.
En el drama wagneriano, Tannhäuser,
insatisfecho de su estancia en el Venusberg, desea volver a la tierra.
Una vez en ella encuentra a sus antiguos compañeros pero no se siente
a gusto entre ellos. Es una sola palabra, “Elisabeth”, cuyo significado
auténtico es el retorno a la gracia, la que resucita sus sentimientos.
En palabras del compositor “Pasado y futuro se confunden para él
con la rapidez de un relámpago, como en un torrente de fuego que
se convierte, al escuchar la noticia de que Elisabeth le ama, en la brillante
estrella de una vida nueva”. Tiene ahora necesidad de acudir a su lado.
“No ve más que un objeto, una mujer adorable y dulce, una tierna
virgen que le ama; en este amor tan sólo experimenta una cosa, (el
sentimiento) de haber encontrado una llama de vida ardiente y que lo devora
todo.” Y cuando vuelven a encontrarse de nuevo en la sala del Wartburg
y Elisabeth le confiesa que fueron sus canciones las que llenaron de una
nueva vida su corazón, Tannhäuser le contesta que es el Dios
del Amor el que les ha unido:
“El tocó las cuerdas
de mi corazón; él te hablaba por mis melodías; él
me trae de nuevo junto a ti.” Por ella compite en el torneo poético
en el que los participantes deben tratar de profundizar en la naturaleza
del amor, su corazón lucha por el amor de Elisabeth y, a pesar de
ello, al final lanza su exaltado canto a Venus. En el Venusberg, donde
todo era placer, echaba de menos el dolor humano. Ahora, de nuevo en el
Wartburg, encuentra que Elisabeth sufre por él, que incluso llega
a ofrecerse a si misma por él. Este dolor le cala tan hondo que
a partir de este momento él mismo ya no dejará de sufrir.
Rechazando el mundo que unos instantes antes defendía, se lanza
con profundo fervor al más duro de los peregrinajes. Su arrepentimiento
es total y sincero. La compasión que Elisabeth siente por él,
logra lo que no habían conseguido los cantos de los Minnesänger.
Por corresponder dignamente a su amor está ahora dispuesto a humillarse
ante todo el mundo y confesar su culpa. Wagner señala explícitamente
que no hace penitencia por sus pecados, por buscar la verdad o la bondad,
sino por borrar las lágrimas ocasionadas a la joven. “Sea reconciliado
el ángel de mi angustia, el ángel criminalmente ultrajado,
que se ofrece en sacrificio por mi redención”. Pero esto no le sirve
de nada. Fracasado, no se atreve a volver a presentarse ante su ángel
guardián. Ha de ser éste quien consiga la redención
final de Tannhäuser “Lo que no podía todo el mundo moral, lo
podía ella cuando desafiando a todos, envolvió a su amante
en su oración, y con su santo conocimiento del poder de su muerte,
libertó al culpable al morir ella”. ¡ Qué típico
del carácter de Santa Isabel de Hungría el padecer y sufrir
por los demás! Tan sólo un milagro directo del cielo podía
salvarle y el vehemente deseo de ella lo consigue.
Por su parte ¿cómo
es Elisabeth, cómo es el amor que profesa a Tannhäuser? El
papel de la protagonista de esta obra no es fácil. Como indica Wagner
“debe mostrar ante todo una ingenuidad joven y virginal, sin traducir el
fino, femenino, por decirlo de algún modo, experimentado sentimiento
que hará que cumpla su misión llegado el momento”. Y también
nos aclara: “Ella ha podido lo que no podía todo el mundo moral,
orando por él, le ama a pesar del mundo y es así, en la santa
conciencia de la virtud de su muerte, ella rescata muriendo al pecador.
Y Tannhäuser moribundo le agradece esta prueba sublime de amor. Pero
no hay nadie cerca de su cuerpo que no pueda envidiar su destino; y el
mundo entero, el mismo Dios debe proclamarle bienaventurado”.
La Elisabeth de Wagner ama
a Tannhäuser. Le amó a través de sus canciones desde
el primer momento que le escuchó. “Pero ¡qué vida tan
extrañamente nueva hizo brotar vuestro canto en mi seno! ¡
Sentíalo, a veces, atravesarme como un dolor, o bien penetrarme
con repentina voluptuosidad; sentía lo que jamás sentí!
¡Deseaba lo que nunca había deseado todavía!” Al partir
él, quedó completamente sola. El mundo se había acabado
para ella. “Y cuando os hubisteis alejado... paz, gozo, todo me abandonó;
las melodías que entonaban los cantores parecíanme tristes;
sus pensamientos, siniestros; turbaban mi sueño sordos dolores;
siempre en vela, mi vida era lúgubre delirio; la alegría
había desertado de mi corazón. ¿Qué prodigio
habiais obrado en mi, Heinrich?” Llenos de nostalgia transcurrían
sus días pensando tan sólo en aquél a quien había
perdido. Nada le interesaba. Las canciones de los Minnesänger nada
representaban para ella. La música que hasta entonces tan dulces
alegrías le había proporcionado, no le dice nada ahora. Así
se lo cuenta Wolfram a Tannhäuser cuando vuelven a encontrarse por
vez primera: “Ora tus cantos victoriosos triunfaban de los nuestros, ora
nuestro arte vencía al tuyo. Había, sin embargo, un premio
que sólo tu ganaste. ¿Debiase a un hechizo o a un poder inocente,
el que tu canto, lleno de voluptuosidad y sufrimiento, hubiese subyugado
a la más virtuosa doncella? Desde que nos abandonaste orgulloso,
su corazón se cerró a nuestras quejas, sus mejillas palidecieron
y triste, marchita, se alejó para siempre de nuestras reuniones.”
Pero al regreso de Tannhäuser,
vuelve a sentir deseos de vivir. Desea que gane el concurso y desea vehementemente
ofrecerle su mano en recompensa. Escucha con la mayor atención y
con el corazón latiéndole fuertemente la defensa que de su
idea del amor hace Tannhäuser, e incluso se muestra dispuesta a comprenderla,
llega a hacer un ademán de aprobación, aunque ella no puede
imaginar nada igual. Por extraño que pueda parecernos así
es, pues las palabras del poeta se alejan de la idea del amor espiritual
imperante en la época para sumirse en otro mucho más carnal:
“iAdorad esas maravillas, ya
que no os es dado comprenderlas! Pero lo que se doblega a vuestro tacto,
lo que vuestro corazón y vuestros sentidos pueden alcanzar, lo que,
producido de la misma materia que vosotros, une con las vuestras sus dúctiles
formas, atreveos a gozarlo, movidos por sabroso aguijón”. Es la
indignación de la totalidad de los asistentes lo que le saca de
su ensimismamiento, del estado aturdido en que se encuentra dando vueltas
a tan encontrados pensamientos, justo a tiempo para salvar al amado de
una muerte doble: física y espiritual. Las terribles palabras pronunciadas
por Tannhäuser refiriéndose a Venus siguen resonando en sus
oídos: “¡Diosa del amor! A ti celebra mi canto. Glorificada
seas por mi voz. Tu gracia divina es fuente de toda beldad y las más
encantadoras maravillas obra tuya son. Quien te estrechó en sus
brazos en ardoroso lazo sabe que es amor”. Acepta que humanamente ya está
muerto pues ha cometido un crimen horrible, pero queda su alma y queda
aterrada al comprobar que en este instante nadie se está preocupando
del alma del caballero. Todos los allí presentes han juzgado y condenado
ya a Tannhäuser y están dispuestos a ajusticiarlo en ese mismo
momento. Ni por asomo se les ha ocurrido que pueda arrepentirse y redimir
de esta forma su pecado. Con un grito, Elisabeth se interpone entre Tannhäuser
y el acero de los caballeros, protegiéndole con su propio cuerpo:
“iAtrás o dadme una
muerte que desprecio! ¿Que vale la herida de vuestro acero contra
el golpe mortal que me ha inferido él?” A ella es a quien Tannhäuser
ha infligido la más cruel de las heridas. El héroe a quien
ella tenía en un pedestal ha caído lo más bajo que
imaginar se pueda. Si alguien debe sentirse ofendido, humillado, avergonzado,
ese alguien es Elisabeth. Sin embargo, pese a sentirse ella misma traspasada
por la espada del dolor, se sobrepone y deja patente ante toda la asistencia
que unicamente Dios es juez y señor de todos los humanos, que unicamente
Él tiene el derecho y el poder de perdonar. “No se trata de mi sino
de él, de su salvación. ¿Quereis privarle de su salvación
eterna?” Al fin y al cabo el Hijo de Dios murió por todos los hombres
y si Tannhäuser se muestra arrepentido, la decisión final de
perdonar o no queda exclusivamente en manos del Señor. De hecho,
Elisabeth está realizando aquí el papel del Angel de la Guarda
que lucha por la salvación del alma que custodia. Se considera la
humilde servidora de la voluntad de Dios. Un milagro ha devuelto a Tannhäuser
al círculo de los Minnesänger y su deber ahora es conseguir
que el alma del amado no se pierda. Este sería un rasgo muy característico
de la histórica Santa Isabel. Así lo reflejan las palabras
con las que casi termina su intervención en este Acto II: “¡Permítele
llegar a ti, Dios de gracia y misericordia! ¡Otorga la remisión
de sus pecados!” Y a continuación ofrece su vida en sacrificio para
obtener la conversión de Tannhäuser. Del mismo modo que Cristo
ofreció su vida en la Cruz por la salvación de toda la humanidad,
la Elisabeth de Richard Wagner ofrece la suya por la salvación del
amado. Aquí se alcanza el punto culminante de la redención
por amor: en la entrega de la propia vida por la salvación del ser
amado en el más elevado de los sentidos.
Y el mismo ruego se reitera
en el Acto III, esta vez ante una imagen de la Virgen, cuando al no encontrar
a Tannhäuser entre los peregrinos perdonados que regresan de Roma,
Elisabeth tan sólo acierta a rezar y a resignarse. Jamás
vemos en la figura de Elisabeth (ni en la de la santa ni en la de Wagner)
un rasgo de orgullo, de celos, de desesperación. Todo es en ella
suavidad y humildad. Se confiesa culpable de haber apartado su corazón
de los pensamientos divinos para sentirse atraída por mundanas y
vanas ilusiones. Algo parecido es lo que hemos leído en la vida
de Santa Isabel de Hungría, constantemente preocupada por servir
tan sólo a Dios, por dedicarle todas las fuerzas de su vida e intentando,
en la medida de lo posible, desvincularse de todo lazo mundano. La Elisabeth
wagneriana ruega así: “Virgen omnipotente, escucha mis súplicas.
¡A ti imploro, Virgen bendita! Permíteme comparecer a tu presencia
convertida en polvo. ¡Llévame, oh llévame de este mundo!
¡Haz que entre en tu santo reino con la pureza de un ángel!
¡Si alguna vez, esclava de insensato sueño, se apartó
de ti mi corazón; si un criminal deseo, si un pensamiento mundano
germinó en mi, he combatido con mil sufrimientos para ahogarlo en
mi corazón. Y si no logré expiar mi falta entera, protéjame
tu gracia a fin de que, con humildes salutaciones pueda yo, Virgen pura,
acercarme a ti a implorar el más vivo don de tu gracia para él
sólo, para borrar su falta.” Acabada la oración, siente la
seguridad de que sus ruegos han sido escuchados y se dispone a cumplir
su sacrificio. Esta escena, en la que sin necesidad de palabra alguna hace
comprender a Wolfram la grandeza de su acción, al mismo tiempo que
le agradece la lealtad que éste siempre le ha profesado, constituye
uno de los momentos culminantes de esta obra y, también, bien pensado,
de toda la producción wagneriana. Sola, como solo estuvo Cristo,
inicia su ascensión al Wartburg donde se consumará el sacrificio
de la expiación.
El sacrificio de Elisabeth
es necesario. Tannhäuser no es perdonado por el Papa que considera
demasiado terrible su pecado. Unicamente Dios puede perdonarle. Elisabeth,
el ángel que consiguió que Tannhäuser reconociera su
culpa, consigue también que Dios acepte el sacrificio de su vida
a cambio de la salvación del pecador. Es de nuevo este nombre, “Elisabeth”,
pronunciado por Wolfram, el que consigue volver a salvar a Tannhäuser
de los brazos de Venus. En este instante Dios accede a la súplica
de Elisaheth y toma su vida a cambio de la salvación de Tannhäuser.
Wolfram prosigue: “Tu ángel de la guarda ruega por ti ante el trono
de Dios. Se ha oído la oración. Enrique, estás redimido”,
La gracia ha triunfado sobre la muerte y la condenación eterna.
Ante su cadáver se postra el pecador. Por fin ha comprendido la
verdadera naturaleza del amor. Pero ahora ya sólo le quedan fuerzas
para exclamar: “¡Santa Elisabeth, ruega por mi!” antes de exhalar
su último suspiro. El báculo florece. Es la señal
divina. El milagro se ha hecho realidad. Elisabeth, que se ha ofrecido
en sacrificio a si misma, ha conseguido la redención de Tannhäuser.
Bibliografía
- Historia de Santa Isabel de
Hungría, duquesa de Turingia. El conde de Montalembert. 2 tomos.
Barcelona, 1891.
- Tannhäuser. Richard
Wagner. Ediciones Huguin. Barcelona, 1983.
- Die Frauengestalten Wagners
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- Le donne dei poemi di Wagner.
Jolanda. Milano, 1908.
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- Der deutsche Prophet. 3.Bd.
Tannhäuser und der Sängerkneg auf Wartburg. Anton Orel. Kiostemeuburg
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- Dramas musicales de Wagner.
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