Parece normal creer que "Los Maestros Cantores" es un tema arcaico esencialmente alemán. Cinco horas concentrados ante vitrales y sitiales luteranos, repletos de normas y de un humor circunspecto, ante un manjar de esta especie parece realmente acertado pensar que este producto está dedicado estrictamente al «home consumtion». Sin embargo los americanos han acogido en lo más profundo de su corazón la obra más larga de Wagner -junto a "Parsifal" y "El Ocaso de los Dioses"-. El Metropolitan ya programó "Los Maestros Cantores" en su tercera temporada...
Y desde siempre el Met ha puesto gran empeño en poner en escena el antiguo Nurenberg lo más auténticamente posible. La nueva producción de Otto Schenk y de su escenógrafo Günther Schneider-Siemssen se mantiene también dentro de la tradición de la casa. Si alguien esperaba ver en el tercer acto una concentración del Partido Socialista del Reich, sufrió una gran decepción. Schenk tampoco utilizó la evidente posibilidad de revisar la imagen patriarcal que Wagner confirió a la figura femenina, dándole a Eva la ocasión -políticamente correcta- de presentarse como la víctima propiciatoria de los miembros masculinos de la sociedad musical. En las acotaciones escénicas del segundo acto, Wagner indicó que la casa de Pogner se colocara a la derecha y el taller del zapatero a la izquierda, y mira por donde, ésto es lo que se podía ver en el escenario del Met. Escena que el público acogió con una entusiástica ovación.
El público de Nueva York está acostumbrado que hasta en las funciones más flojas la orquesta tenga un buen rendimiento, y ahora, una vez más, se han salido con la suya. Levine se resistió con todas sus fuerzas a caer en la tentación de la ampulosidad y se dedicó a resaltar las finezas camerísticas de la partitura, cosa que consiguió sobre todo en las primeras escenas del tercer acto. Es impensable que Wagner en el quinteto pretendiera reincidir en un estilo operístico ya superado y que solo dejara de hacerlo por una insinuante reverencia de la señora Cosima.
En principio se había
previsto a Bernd Weikl para el Sachs, pero debido a una indisposición
fue sustituido por el veterano de Bayreuth, Donald McIntyre. A pesar de
unas ocasionales muestras de cansancio, convenció por su ejemplar
manera de decir el texto. Karita Mattlis, Eva, no fue la habitual
ingenua operística sino una muchacha llena de anhelos reprimidos;
se hubiera podido esperar que su voz en algunos momentos sonara algo más
sólida. El caballero, que cual ave rapaz irrumpe en el gallinero
de los autocomplacidos artesanos, lo cantó el mejicano Francisco
Araiza. Podíamos haber prescindido de
su deambular engreído
y coqueto, pero gustó mucho su voz luminosa capaz de vencer con
facilidad, sin ningún esfuerzo, los momentos más comprometidos.
Naturalmente Sachs cantó su escena final completa y quedó
claro que aquí la dirección se sintió incómoda
ya que por si acaso mandó que un especialista musical escribiera
un comentario en la revista que edita la casa, "Opera News", protegiendo
al zapatero de la posible acusación de estar encarnando un enviado
del imperialismo alemán precursor de los Nazis. En realidad se trata
de todo lo contrario: Sachs advierte sobre el peligro de las ambiciones
políticas y recuerda a sus paisanos las raices culturales del pueblo
alemán...
Richard Wagner Nachrichten,
abril-junio 1993.