Prólogo
y traducción de Carlos Bosch. Buenos Aires, 1947
Epistolario a Matilde Wesendonk
Por Ricardo Wagner
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COMENTARIO EN TORNO A RICARDO
WAGNER SUGERIDO
POR SU CORRESPONDENCIA PASIONAL
A MATILDE WESENDONK
La falta de consecuencias en
la obra total de un autor determinado es, muchas veses, lo que significa
su mayor potencialidad y su total singularidad. Si el artista recoge y
se acaudala de antecedentes directamente tradicionales, con los cuales
se lanza con intrepidez de despreocupada originalidad hacia el encuentro
de sí mismo, viene a crear una cosa excepcional que marca una transformación
dentro de los cánones permitidos, aunque signifique sorpresa de
inaudito coraje para los filisteos, que ni siquiera comprenden que aquello
no deja, en su genialidad inventiva, de originarse con acusados rasgos
de filisteísmo.
Tales inventores tienen, a pesar
de sus detractores, numerosos adeptos y discípulos fidelísimos,
pero no eficaces continuadores si, como es el caso de Ricardo Wagner, son
llamados a cerrar un ciclo y una época; artistas eminentemente históricos
que definen un total resumen.
Nada más vacío
y de ruido menos sonoro que esos compositores influidos por Wagner, de
los que aquí mismo hemos padecido.
La consecuencia más
relevante la tuvo en Ricardo Strauss quien significa la antítesis
del idealismo wagneriano. Los poemas de Ricardo Strauss se marifiestan
con magistrales recursos de materialismo acústico, de imitaciones
de naturalismo sonoro y con un lirismo vulgar en lo melódico, sólo
atento a indagaciones armónicas e instrumentales.
La eficacia de futuro que cupo
a Wagner fué sencillamente la de arrojar la llave de una época
murada para que naciera otra revolucionaria y renovadora que había
de culminar en Debussy. Fué, por consiguiente, una reacción
de necesidad que, un tanto arriesgadamente, pudiera diagnosticarse de fisiológica,
esta consecuencia inconsecuente que derivó de la extensión
por demás intensiva de los sublimes poemas genialmente musicales
merced al genio portentoso de Wagner.
Tal figura había de producirse
fatalmente en el arte: es de imperioso sino histórico. Por ello
fué su vida empujando a la masa de sus contemporáneos y recibiendo
golpes en su avance.
Si procedía de Beethoven,
en cuanto atañe a una cierta humanización en lo sinfónico
que se apresta a la audacia en romper moldes formales establecidos -considerando
los desarrollos de los poemas dramáticos wagnerianos en su forma
trabada por los motivos temáticos y su conjunto en la integración-,
más directo sucesor era, por autor teatral, de Weber, quien señaló
los fundamentos de
la ópera alemana con
su lirismo inconfundible y el misterio selvático y legendario pintado
de panteísmo. Pero ahí estaba la dificultad y la lucha inevitable.
La ópera italiana estaba todavía en su apogeo y el público
adoraba los pugilatos de los divos, que hacían su delicia en los
escenarios donde actuaban, daban ocasiones a las más selectas galas
de la sociedad elegante y temas para entretenidas discusiones y apasionadas
disputas en favor de unos u otros.
Aun con una evidencia manifiesta,
le hubiera costado bastante esfuerzo a Wagner el imponer su radical reforma,
pero he aquí que aun actuaba Rossini, entre otros grandes valores,
y, verdaderamente, el autor de “El barbero de Sevilla” nos seduce sin reserva
alguna. Es decir, que quedamos plenamente satisfechos y en gozo de conciencia
al haber cedido a su seducción. ¡Qué bello éxtasis
de melancolía es el ceder también a los encantos de los cantos
y de la dulcísima y constantemente original melodía, montada
al aire en su brillo inmaculado, de Bellini!
El ambiente no estaba preparado
para la necesaria renovación wagneriana.
Las creaciones que se producen
a destiempo suelen ser las que definen luego su tiempo; las que, egregiamente,
forman época.
¡Qué triste soledad
ha de sentir el hombre abocado a un futuro glorioso que le será
póstumo! No tanto, sin embargo, porque el hombre siempre encuentra
al hombre si esencialmente es hombre (no lo reduzco a la vulgarizada confusi6n
de hombre por varón).
Siempre hallaremos la réplica
que nos convenga. Wagner fué el más incomprendido y el más
perfectamente comprendido por selectas minorías fanáticas,
términos que parecen no avenirse bien.
Liszt fué su profeta,
y, en realidad, predecesor suyo en la concepción musical, en el
abarque, y, en ocasiones, disposición de sus armonías y en
la amplitud y libre expansión y originalidad de sus melodías.
Uno de sus más sensitivos
receptivos fué Charles Baudelaire; éste se embriagaba del
halo esencialmente poemático que, aun fuera de lo literario, trasciende
de la música del gran reformador. De esa melodía infinita
por intención supracadencial, ya que lo inherente a la música
wagneriana es la radical insatisfacción; no el superhumanismo de
Federico Nietzche, tan su amigo antes, cuanto después su contradictor
apasionado, sino el ultrahumanismo, la renuncia para la posesión
que, lejos de ser integral, resulta transfigurada, resolviéndose
musicalmente todo ese vago ensueño extraño a toda filosofía
y, con una inconsciencia absoluta, del todo opuesto a su más admirado
filósofo Schopenhauer.
No obstante, sólo tal
pretensión unida a su individualismo, a su unión con Luis
II de Baviera, a sus intimidades individuales y a su predilección
por Venecia, donde fué destinado a morir en un final evanescente
según cumplía su vida, mostraban bien a las claras que Ricardo
Wagner, inspirado en leyendas que no tienen su origen alemán, contemplativo
creador de fabulosas invenciones renanas, no tenía nada del personaje
simbólico con que trató el imperialismo germánico
de interpretarlo para sumarlo a su causa como glorioso resumen.
El poético misticismo
de «Lohengrin», sublimado al final de su vida por «Parsifal»,
el costumbrismo de lírica artesanía que aspira exclusivamente
a la liberación de mezquinas trabas en el arte de los «Maestros
Cantores»; el amor que ha de resolverse en la torre castellana que
abre hacia la inmensidad del mar, donde lo finito se anega en la superación
infinita de un horizonte inconmensurable que recoge uno de los más
sublimes acentos del amor, en «Tristán e Iseo», «Las
Walkyrias», «Sigfredo» y «El ocaso de los dioses»;
la obra total de Wagner y su vida toda, si bien y definitivamente alemanas,
son de un puro artista y pertenecen al patrimonio universal.
Por aspiración impaciente
se rebeló, siendo expulsado como revolucionario, revolucionarismo
del cual curó pronto repitiendo en muchas ocasiones que él
sólo se cuidaba de su arte; lo cual era ya bastante. Su vida pasó
por pruebas de ásperas materialidades, poco avenidas a su ser de
grandes exigencias. El lujo lo consideraba, lo sentía necesidad
primordial para su vida y logró vivir siempre espléndidamente
en medio de su situación precaria. Parecido en eso a Grabiel D’Annunzío,
siempre pedía socorros para sus necesidades monetarias desde bellos
refugios campestres con el máximo confort de su tiempo, o desde
palacios venecianos, o de las márgenes del Rhin. Únicamente
hubo de vivir más estrechamente en Paris cuando no era huésped
de honor en la superelegante embajada de Viena, cuya embajadora, apasionada
wagneriana, era la princesa Paulina de Metternich, nacida princesa Sandor.
Sentíase muy extraño
a la vida y al espíritu de París, pero pronto se dejó
seducir, aunque no lo confesó. Allí tuvo su grupo íntimo
y una de sus amigas más dilectas fué la hija de Teófilo
Gautier, Judith, confidente apasionada, en plena juventud, y de chic
peculiar.
Las nostalgias del pasado dan
mayor encanto a los goces y atractivos encuentros del presente. Tal el
caso de Wagner en París.
Retrocedamos un tanto con el
desorden de un conversar, que es lo que pretenden estas líneas preliminares.
Pensemos con delectación
en aquellos días serenos de la «Colina verde» y las
plácticas subyugadoras en la terraza de la Villa Wesendonk, a voz
queda, mientras fulguraban los rayos del poniente como absorbiendo las
ideas de la novación wagneriana que habría de cerrar dentro
de su sentido renovador el ciclo de toda una época. Allí
germinaba todo el fondo pasional de «Tristán», la espiritual
Matilde se nimbaba de la propia figuración de Iseo. Representaba
el amor prohibido, positivo amor, amor practicado y gozosamente sufrido
por la renuncia misma.
Matilde Wesendonk vino a ser
un sublime ensayo de la pasión de Tristán hacia Iseo; el
ensayo se convierte en vida; la realidad nunca es el hecho en sí,
no el suceso sino la reacción del hombre, realidad de todo.
Una misma cosa, jamás
es la misma para dos hombres diferentes, sólo el modo de sentir
y reaccionar forman la realidad.
Wagner fusionó su invención
apasionada con la pasión a Matilde «la maravillosa criatura».
La gestación de su magna obra requería la confidencia íntimamente
sentimental con un ser digno y capaz de ser amado.
Amigo dilecto y favorecido por
el acaudalado Otto Wesendonk; huésped en el «Asilo»,
pabellón confortable cercano a la villa de la «Colina verde»,
Matilde y Ricardo complicaron su amistad exaltada por las melodías
del Tristán y por el poema que seducía sus sentimientos y
-¡quién sabe!- también quizá su ambición
de héroes poemáticos.
Gracias a tales circunstancias
huyó Wagner al tranquilo apartamiento de Venecia, desde donde alternó
sus trabajos del gran poema musical con las numerosas cartas a la amada
ausente, correspondencia muy mezclada, donde lo más perentoriamente
vulgar se engarza a imágenes de original pensamiento poético.
Cartas verdaderamente vivenciales, desesperanzadas y de una firme y segura
soberbia que hace fe de su genio.
Hay en ellas un esfuerzo constante
para transformar la pasión en sublime amistad perdurable. Pero Wagner
no fué nunca hombre apto a la amistad; su extremada fuerza temperamental
no le perrnitía ese disfrute, que es el mejor y más seguro
de la vida. «L’amitié passe avant tout», decía
su incondicional admiradora María Kalergis. A él le estaba
vedado este supremo bienestar. Sus cartas a Liszt, igual que las dirigidas
a Luis II de Baviera, tienen un tono exaltado, que agudiza morbosamente
la unión fusionada en afinidad amistosa. Prueba concluyente es aquélla
que parecía tan consistente y formada en fidelidad de discípulo
predilecto y prosélito a todo riesgo, la que bien a pesar de todo
se quebró, cediendo a la pasión, sacrificándole en
lo que constituía lo mejor de su vida y hería su mismo honor.
Tampoco supo amar sino basta
el momento en que el tumulto pasional obraba. El amor de amistad no pudo
gozarlo, aunque lo intentó, precisamente, con Matilde Wesendonk,
pero bien claro está que en cuanto el tiempo y la distancia serenaron
el arrebato pasional, sus cartas se vuelven misivas de mero cumplido formulario.
Debido a eso, he procurado transcribir
solamente las que imaginaban en Matilde, la Isolda del Tristán,
ya que ellas nos dan lo más auténtico y valioso de Wagner.
Su signo demoníaco, tan opuesto al sublime reposo ideal de Goethe
como lo fuera Liszt con respecto a Schiller, y este paralelismo viene aquí
por haber tratado ambos de ser figuras sucedáneas y eficientes en
la vida artística de Weimar.
Este fatalismo pasional de Wagner
hizo la tragedia de su vida siendo primero causa de su prematuro matrimonio
con Mina Planer, y sus altercados y desaveniencias inevitables de constante
desasosiego e insatisfacción incluso material, porque su exceso
pasional no hemos de confundirlo con la corriente sensualidad. Wagner era
lo que, en ello, suele decirse un cerebral. Su naturaleza requería
una pasión del rango de sus héroes y aun de los mismos morbosos
filtros. La única pasión más normalizada y conclusa
tuvo origen de remordimiento y fué tardía, contando él
dos años menos que el padre de su mujer, su glorioso - y a lo primero
disconforme suegro - Liszt. Sólo por el talento excepcional de la
espiritual Cosima, su propia mujer, supo algo de lo que significa la tranquila
unión que dialoga con caridad en centrada confianza huida de extremos
hipertensivos. Nunca lo pudo con Liszt, ni con otro alguno, que no fuera
corresponsal de mera fórmula, ya lo he indicado.
Quiénes como Judith Gautier
y Baudelaire, Catulle Mendes y otros hicieron figura de amigos, pero eran
únicamente admiradores.
Sin confundir en nada el arte
con un sentido místico, religioso, ni siquiera idolátrico,
me arriesgo al supuesto de que, quien sintió la intensidad poemática
de Tristán y Parsifal y acertó a expresarla con tanta maravillosa
sublimidad, habría de ser un hombre superior incluso en su conciencia.
Por eso Wagner representa en
el fondo, algo de la fatalidad del sino, aunque ello no pretenda ni mucho
menos, eludir la libertad individual; únicamente la predisposición
a un ímpetu terrible que le torturó hasta sus últimos
años.
El arte fué su verdadera
vida y él le redimió. Nos queda un tanto en interrogante
la figura y, sobre todo, el caso de Matilde Wesendonk. Desde luego, la
dulce y espiritual burguesa no alcanzaba las cimas pasionales de Isolda,
cuyo era su papel histórico.
Mujer mimada por su acaudalado
esposo de cometido histórico tan noble como aparentemente desairado,
le guardaba una fidelidad exterior y cumplía la debida sumisión
matrimonial que demandaba Otto, muy dado también al arte wagneriano,
merced al que le corresponde un personaje simbólico, majestático
por derecho de corona y de amor por amor en la figura del Rey Marco en
Tristán e Isolda. Otto Wesendonk no vivió ni sufrió,
sin embargo, el cometido asignado. El desenlace humano se anticipó
al del arte, devaneciéndose en melancolía de pasado que dejó
un nimbo de perenne gloria en sustitución al trágico desenlace
y al fatal efecto del filtro en la obra de arte imperecedera.
Las cartas de Venecia con algunas
otras, nos sirven de guía para el camino florido y espinoso, no
sólo de la inspiración de Wagner, sino de su posición
y oposición al mundo circundante.
Su misticismo poético
tomó forma viva en ese amor sublimado en derredor del cual giraban
sus ideas, pensamientos y emociones. Algunas de tales cartas resuenan como
soliloquios que no demandan siquiera reciprocidad buscan un eco universal,
la explicación de la obra de arte que va germinando. Estaban impregnadas
de la melancolía infinita; quizá excesiva para las sensibilidades
de hoy, para la exigida concreción de un ayer muy reciente.
La ley motivo que él
nos trajo, se contiene en su vida misma, vida muy definida; esculpida en
suavidades de mármol tras las heridas de un cincel especialísimo,
pero esa su definición nos lega un grupo de cuanto ha constituído
su fogosidad redimida, fijada en aquella perpetuidad con que el arte transforma
la conmoción en forma inconmovible.
Si la Iseo de carne palpitante
para la pasión de Ricardo Wagner pasó rápidamente,
antes de que la obra emergiera al mundo, nunca cesó para él
ese anhelo de sentido cromático y ascendente que le es inherente.
Únicamente descansó, según he indicado, en la clarividente
Cosima, descansó no del todo sosegado para su conciencia, porque
hay algo que excede al mismo derecho del genio, frase y concepto de los
que se ha abusado mucho sin pararse, en cambio, en los deberes que impone
una superioridad excepcional. El primero, tal vez, el ser fiel a su voluntad
de arte. Aquel, pues, que se inspiró con tal personalidad en el
sublime poema de amor que significa «Tristán e Iseo»,
ha de ahondar todo cuanto significa la felicidad amorosa y nunca liberarse
y menos desentenderse de su credo poematizado.
Goethe se liberó casi
medicalmente del morbo wertheriano, más, a fin de cuentas, no le
dió una solución superhumana. Wagner se la dió para
el símbolo de la eternidad del amor. El poema arrastraba en cierto
modo la traición del genial inventor. No aludo aquí -es el
caso opuesto- al amor materializado, pero es que, al parecer, la misma
amistad con la amada quedó aminorada como hemos visto.
El arte tropieza con esa falsedad
de eternizar pasiones. No creo que ninguna pasión pueda ser perdurable,
ni la de los intereses siquiera. El amor puede ser apreciado, y sólo
se sabe cuando el tóxico pasional ha sido completamente eliminado.
Posible fuera que Matilde Wesendonk
haya amado y seguido fiel a Ricardo Wagner, porque aparte de algún
arrebato circunstancial, no tuvo ninguna pasión hacia él,
sino al artista, su amigo y confidente. Cosima le amó porque fué
subyugada por su arte y su atractivo espiritual. Le amó luego enlazada
en sus proyectos, y le amó durante una viudez de casi medio siglo.
Pienso que la lectura de estas
cartas marcan un momento crítico e inmarcesible, por muy lejano
que nuestro mundo de ahora se encuentre de aquellos ideales nunca pasados,
aunque se expresen de manera diferente.
Un paisaje nórdico sin
parecerse, contraponiéndose, incluso a otro meridional, se nos revelan
en paisaje; es decir, dentro de una concepción idéntica.
La selva primitiva, fantasmagórica,
legendaria y nimbada de panteísmo del Freischütz de Weber y
del «Sigfredo» de Wagner, están a tal distancia, que
nos causan invencible nostalgia de esos jardines andaluces que espiritualizan
sus sentidos en los nocturnos de Manuel de Falla, por sensación
de paisaje evidentemente.
El que una época sea
pasada no supone nada contra la estimación de sus valores. Valor
y actualidad no tienen relación ni indican supremacía alguna.
Lo que sí supone inferioridad es el actuar con forma caducada, porque
el hombre, necesariamente, es de su tiempo; distinguiendo tiempo y generación.
Hay quienes presos en su generación no pueden avanzar, y los que,
voluntariamente, se niegan a todo avance. Son incambiables. Desde luego,
quienes lo sean no comprenden tampoco su tiempo, porque fué igualmente
modernidad. Los que protestan contra todo cambio, resultan infieles al
que dicen su tiempo, que no fué sino evolución. Así
pues un anquilosado en el wagnerianismo, es un infiel al arte y a la significación
musical de Wagner. Obsérvese con qué audacia y energía
combatió Roberto Schumann por el avance musical y el desdén
con que hablaba de los “filisteos”. Aprovecharé la ocasión
para decir que las apariencias no equivalen a la realidad y que más
cerca se halla Schumann de la estética actual que Wagner con su
gran reforma.
Mas todo esto me llevaría
muy lejos y resultaría inoportuno para los lectores que aguardan
llegar a las cartas de Ricardo Wagner, no sin penitencia si han cumplido
la cortesía de leer este comentario antecedente.
Penetremos en el Tristán
herido que aguarda a su bienamada y contemplemos a Wagner en Venecia, embebiendo
su soledad en el tercer acto de Tristán antes de escribir a Matilde,
su elegida modelo para la Isolda, por lo cual pasó a la historia
entre las escogidas figuras del arte.
Carlos Bosch.
***
Zurich, 17 de
marzo de 1853.
Honorable señora:
Dios le guardará, en adelante, de mis malas maneras. Sin duda comprende
usted ahora que, no aceptando sus amables invitaciones sino con inquietud,
no obedecía a un capricho fútil, y que mi mal humor podía
importunar a mis mejores amigos tanto como a mí mismo. Si en adelante
mis renunciamientos son más frecuentes -¿y cómo no
habrían de serlo tras la experiencia de ayer? -, esté usted
cierta que es ante todo por obtener su perdón, por una mejor manera
de obrar.
Espero saber mañana,
por su marido, en Basilea, que no ha quedado usted más perturbada
en su quietud, tan preciosa para nosotros, por mis malignas palabras.
Deseándolo cordialmente,
me recomiendo a su indulgencia.
Ricardo Wagner.
*
Zurich, 29 de
mayo de 1853.
Aquí de la dulce templanza
por el hielo de ayer (1).
Ricardo Wagner.
__
(1) Esta carta está
acompasada de una página musical con compases de polka. (N. del
T.)
*
Zurich, 1 de junio
de 1853.
Honorable señora: Usted
me ha perniitido que le pregunte hoy si podría venir a pasar un
rato en nuestra casa esta noche.
Si es así, yo le propondría
que tuviera a bien pasar algunas horas tranquilas en ella hasta las
diez; no invitaré a nadie más con el fin de no estropear
esta santa velada.
Espero recibir un sí
amistoso. Suyo
Ricardo Wagner.
*
Zurich, 20 de
junio de 1853.
Sus arreglos, querido amigo
(1), son perfectos; le doy las gracias de todo corazón. Con el fin
de debutar dignamente en mi nueva situación de deudor y de inspirarle
confianza, acabo de solventar hoy una deuda ya antigua: remita usted, se
lo ruego, a su mujer, la sonata incluída, mi primera composición
después de la terminación de Lohengrin: ¡Hace seis
años!
Pronto tendrá usted
noticias mías, pero antes dígame cómo va usted. Suyo
__
(1) Esta carta está
dirigida a Otto Wesendonk.
R.W.
*
16 de marzo de
1854.
Homero se ha escapado subrepticiamente
de mi biblioteca.
Yo le he preguntado: «A
dónde vas?»
Respuesta: «A felicitar
a Wesendonk, por su cumpleaños».
Entonces le he contestado:
«Hazlo conmigo».
R.W.
*
Londres, 30 de
abril de 1855.
¿Qué hacer
para levantar un poco la moral, pobre enferma? He remitido a Eschenbure
los programas con las traducciones. ¿Pero, en qué puede seros
eso de alguna utilidad? Otto debe daros inmediatamente las leyendas indias
adaptadas por Adolfo Holtzmann-Stuttgart. Las he traído conmigo
a Londres, su lectura ha sido mi único placer aquí. Todas
son bellas; pero aquella de Savitri es particularmente espléndida
y si usted quiere llegar a conocer mi religión, lea Usinar. Toda
nuestra cultura es bien miserable en comparación de estas puras
revelaciones de la humanidad, la más noble del antiguo Oriente.
Ahora cada mañana, antes
de ponerme al trabajo, leo un canto de Dante: estoy aún profundamente
enfrascado en la lectura del Infierno; sus horrores me acompañan
en la ejecución del segundo acto de las «Walkyrias».
Fricka ha salido hace un instante y Woton va a dar libre curso a su terrible
dolor.
Aquí no puedo hacer más
que este segundo acto; mi trabajo no avanza sino lentamente y cada día
me es preciso luchar contra una nueva contrariedad.
Mis experiencias de Londres
me han decidido a retirarme por algunos años de la vida musical
pública, quiero acabar con estas direcciones de concierto. Estos
señores de Zurich no deben de ninguna manera hacer gastos por mi
causa. En este momento tengo necesidad de todo mi equilibrio interior para
acabar mi gran obra, que podría fácilmente, lo temo, quedar
en una grotesca quimera, a consecuencia de este eterno e insultante contacto
con lo insuficiente e incompleto.
Para que se dé usted
cuenta, reflexione un poco sobre la cuestión de saber cuántas
fugas deberán intervenir en mi oratorio londinense, si Lord Jesús
llevará guantes negros o blancos, o si la Magdalena tendrá
en la mano un bouquet o un abanico. Si usted está de acuerdo consigo
misma sobre ello, lo pensaremos todavía.
Hoy tengo el cuarto concierto:
la sinfonía en «La Mayor», la cual, en todo caso, no
marchará tan bien como en Zurich y luego aun muchas bellas cosas
que yo creía no haber dado jamás en mi vida. Pero lo que
me da ánimo es la certeza de que será por última vez.
Mis cumplimientos a Otto, al que agradezco cordialmente su última
agradable carta. Si eso puede servirle de placer, le volveré a escribir.
¿Es que María no irá pronto a vuestra casa?
Mañana, después
del concierto escribiré a mi mujer; ella no tendrá nada nuevo
que decirme.
Salude igualmente a Myrrha (1).
Hasta la vista y guarden su serenidad.
R.W.
__
(1) Hija de Matilde Wesendonk
*
Zurich, 8 de julio
de 1855.
Tengo bastante miedo de ver morir
hoy a mi bueno, viejo fiel amigo - Mi Peps (1) -. Me es imposible abandonar
al pobre animal moribundo. ¿Se molestaría usted si le suplicásemos
que comiesen sin nosotros? En todo caso, quedamos hasta el miércoles;
no es más que cita aplazada.
Sin duda no se burlará
usted de mi llanto. Suyo
Ricardo Wagner.
___
(1) El perro de Wagner.
*
Mornex, 11 de
agosto de 1856.
Mi muy querida amiga: mi
mujer me participa una feliz idea que me decide a solicitar de usted un
gran favor.
Se trata de procurar todavía
obtener en arriendo la propiedad Bodmer, en Seefeld, cerca de Zurich, por
todo el resto de mi vida. Si se logra, quedaré libre de las inquietudes
de una propiedad personal y sólo mediante el pago del alquiler llegaré
al goce que busco.
Esta propiedad está actualmente
alquilada por una familia Trümpler para el verano. Se trataría
de persuadir a Bodmer de que rescindieran amigablemente el contrato, y
de cederme la propiedad por todo el resto de mi vida o, pudiera ser, por
un término de diez años.
Por lo que yo sé, los
Trümpler ocupan la propiedad de Bodnier, más bien por tradición
que por obligación; si los Bodmer quisieran cedérnosla voluntariamente,
no dudo que les sería fácil obtener la renuncia de los Trümpler.
Se trata pues, solamente de interesar a los Bodmer en mi favor, y mi mujer,
a la que he encargado de entenderse con la señora Bodmer, desearía
la ayuda de una tercera persona la cual haría a la señora
Bodmer todas las recomendaciones a nuestro favor que no podríamos
hacer por nosotros mismos. Esta tercera persona sería, según
piensa mi mujer, usted, querida amiga. Por consiguiente yo le suplico insistentemente
que tenga la bondad de escribir a la señora Bodmer y obtener su
beneplácito. Mi mujer cree que para llegar a ello sería útil
hacerles ver mi decaimiento y la necesidad que tengo de un lugar tranquilo
en pleno campo. También sería igualmente hábil a su
entender, conquistarla por la vanidad y llamar su atención sobre
este punto: que sería un honor para ellos, ciertamente, el procurar
un asilo conveniente en su propiedad a mis futuras creaciones de arte.
¿Qué piensa usted?
¿Quisiera usted encargarse de ello?
En vista de mi inminente vuelta
a Zurich, quisiera que este asunto que me llega tanto al alma, llegase
a tal punto que pueda tomar, sin tardar demasiado, la decisión necesaria.
¿Quisiera usted creer
el placer que tendría en darle los buenos días a usted también
en Berna?
Mis saludos cordiales de vuestro
Ricardo Wagner.
*
Muy fiel protectora de las Artes.
Mi hermana tiene que guardar
cama. Si Ud. no se encuentra en la misma necesidad le ruego que disponga
del cubierto que queda libre en la mesa, a menos que no quiera Ud. economizarlo,
- lo que merece consideración, teniendo en cuenta la miseria de
los tiempos y el mal asunto de la seda-; en el primer caso yo propongo
- sin ningún derecho de prerrogativa, bien entendido - Boohm (1).
Suyo,
R.W.
P. D. Tengo toda clase de contrariedades
penosas en mi casa porque ayer habló usted de manera poco respetuosa
sobre Rienzi.
___
(1) Baunigartnen, compositor
muerto en 1867. (N. del T.)
*
En Zurich (de estas cartas no
se pueden precisar las fechas).
El señor y la señora
Wesendonk son amigablemente invitados a venir a nuestra casa el próximo
domingo, al mediodía.
R.E.L.P.
Familia Wagner.
*
Puesto que el señor y
la señora Wesendonk han tenido a bien enfriar sus relaciones con
nosotros hasta el punto de no visitarnos por la noche sin ser invitados,
nos es forzoso preguntarles en términos oficiales si el señor
y la señora Wesendonk se decidirán a sorprendernos hoy o
bien, en el caso en que ciertos profesores tuvieran que mostrar su ciencia
al señor y a la señora esta noche precisamente ¿podríamos
esperar la sorpresa de su visita mañana?
R.W.
Mi mujer, ocupada en la cocina
le aconseja que tome el coche del que se piensa usted servir incluso en
el buen tiempo. Además hace mucho calor en nuestra casa.
Esto es para significarle que
de ninguna manera pensamos en renunciar a ustedes.
R.W.
*
Para memoria:
Miércoles: Otello.
Ira Aldridge. (1)
Guardar las localidades con
el tiempo necesario.
Muy buenos días.
R.W.
___
(1) Actor de color que desde
1852 dió en Europa numerosas representaciones de “Otello”.
*
Si la familia Wesendonk está
dispuesta a sufragar los gastos de Enrique en el Hotel Baur, puede llevar
también a mi mujer desde el teatro; si no tendrá que contentarse
conmigo sólo.
Además, yo sé
también el inglés.
R.W.
*
A la honorable familia Wesendonk.
Mirrha, Guido, Carlos, etc.
No quiero abandonar al azar
vuestra visita de esta noche, por lo que prefiero asegurarme esta encantadora
dicha invitándoles. Semper y Herwegh serán de los nuestros.
Por consiguiente hasta la hora en punto.
R. W. Lázaro.
*
Viernes por la
mañana.
Los Herwegh se han anunciado en
casa para esta noche.
Si Ud. cree poder reponerse
así del cansancio de las últimas invitaciones, nos será
muy agradable verla decidida a participar de nuestra charla.
Muy buenos días.
R.W.
*
Infinitas gracias por la amable
invitación, la cual no podré aprovechar ¡qué
lástima!
Adiós.
R.W.
*
¿Quiere usted ponerse
en camino con este viento del Oeste y estos anuncios de mal tiempo?
Sencilla pregunta.
Suyo,
R.W.
*
No tengo necesidad de decirle que
mi pregunta de ayer a propósito de la excursión no necesita
respuesta.
R.W.
Mi soberana:
La señora Heim no podrá
cantar antes del martes. Por consiguiente mañana - si usted quiere
tener ese bullicio en su casa - sencilla soireé.
Pronto la veré.
Suyo,
R.W.
*
Todo está en regla. ¿Vendrá
usted un rato para el tercer acto de la Walkyria?
La espero,
R.W.
*
A toda la familia Wesendonk:
Hijos míos, ¿es
que no os veré hoy un rato?
Estoy mejor dispuesto que ayer.
R.W.
*
Porque en su casa no estén
ya en la situación de deber contar más bellos trazos legendarios,
yo deposito en la casa Wesendonk el ejemplar incluído; porque, en
negro sobre blanco es indiscutiblemente bello.
Ya verá usted que no
queda tan pronto libre de mí. He tomado de tal manera pie en su
casa que incluso si Ud. la diera al fuego, una voz bien conocida le diría
en medio del salvamento:
«¡Ya era tiempo
de salir!»
R.W.
*
Muy buenos días.
¿Quiere usted ojear
un poco este libro? Está escrito sin espíritu y se ve uno
obligado a pasar por alto todos los puntos en que el autor cree deber dar
su propia opinión; pero los hechos, sobre todo el período
parisién de Gluck son de lo más interesante; y además
este Gluck, apasionado y sin embargo tan imbuido de sí mismo, calmoso
hasta en la vanidad, con su gran fortuna adquirida y su traje de corte
bordado, en su edad avanzada, tiene algo de divertido y cómico.
Solamente, pase Ud. mucho del
principio.
R.W.
*
¿ Quisiera usted tal vez
para divertirse ver lo que mi consejero del Gobierno de Weimar ha comentado
sobre mi poema?
Algunas indicaciones que yo
le había dado son reproducidas con una extraña fidelidad
en medio de su galimatías peculiar, lo que hace la cosa casi divertida.
Le deseo mucho placer.
Suyo muy poco satisfecho,
R.W.
*
Envío al encuadernador.
Quisiera hacer encuadernar también «La estrella de Sevilla»
de Lope de Vega. ¿Tiene usted necesidad de él por el momento?
R.W.
*
He aquí el diario musical
y una carta de la princesa Wittgenstein. - Quisiera volverlo a leer cuando
Ud. lo haya leído -.
Los mej ores saludos de parte
de mi mujer.
R.W.
*
Así hará Ud. conocimiento
con un hombre muy amable.
Buenos días.
Ricardo Wagner.
*
Señora Wesendonk; mis más
expresivas gracias. Aún estoy un poco febril y me siento cansado.
Pienso sin embargo gozar un poco del buen aire de hoy.
Muy suyo,
R.W.
*
Después de una excelente
noche - aproximademente diez horas de sueño a lo Goethe - le deseo
muy buenos días y le envío a Schack (1), prometiéndole
una buena lectura para esta noche, si Otto lo consiente.
R.W.
___
(1) El conde de Schack. Historia
de la Literatura Dramática Española.
*
He aquí el anochecer, que
toma bellos matices rosados, ahora cae la nieve en el exterior.
He pasado una noche muy reconfortante.
¿Y cómo han dormido en Wahlheim?
Mis mejores saludos.
R.W.
*
Con todo mi corazón, buenos
días.
Vamos regularmente. Agradecidísimo
por todas sus bondades. Pienso ir despreocupadamente a pie al ensayo. Si
es necesario, sin embargo, tomaré el coche a la 1,45, Ud. me seguirá
entonces lo antes posible.
Ayer quise enviarle lo que
acompaña a estas líneas.
Hasta luego.
R.W.
*
No he dormido muy bien esta noche.
Me preguntaba hace un momento
si a pesar del hielo y de Vischer, iré. Ahora pienso pasar una horita
en casa de Ud. Tengo el corazón oprimido, y sólo se trata
siempre del único bien, sin el cual no poseeré, pobre como
soy, ningún refugio en este mundo. ¡Esta cosa única!
Mil saludos.
R.W.
*
Gracias, he dormido bien. Hace
falta que haya eso, ¡la cosa única!
Mis mejores saludos.
R.W.
*
¡Ah, el bello primo! Pero
demasiado tierno. Por cansada y deprimida que esté con frecuencia
mi cabeza no osaré jamás apoyarla ni siquiera si estuviera
enfermo, todo lo más a mi muerte. Entonces quisiera reclinar mi
cabeza encima tan cómodamente como si tuviera derecho, Ud. misma
lo dispondría por mí. He ahí mi testamento.
Ricardo Wagner.
*
¿Y mi querida musa se encuentra
siempre lejos de mí? En silencio he aguardado su visita; no quería
perturbarla con mi súplica. Porque la musa, Corno el amor, no acerca
la felicidad más que cuando quiere. Maldición al insensato,
maldición al hombre sin amor que quiere obtener por violencia lo
que ella no da espontáneamente. No se consigue nada por la fuerza.
¿No es verdad? ¿Cómo podría el amor ser todavía
musa si sucumbiera por la violencia? ¿Y mi querida musa se encuentra
siempre lejos de mí?
Ricardo Wagner.
*
En Zurich. «Desde
fin de abril de 1857 a agosto de 1858».
Feliz golondrina si quieres
Te construyes tu propio nido
Yo para germinar con toda tranquilidad
No puedo edificarme el silencioso
refugio
El Silencioso refugio de madera
y de piedra
¡Ah! ¡Quién
querrá ser mi golondrina!.
R.W.
*
Mayo, 1857.
Señora Matilde Wesendonk:
Muchas gracias por las bellas
flores, el viejo pensamiento bien cuidado ha conservado toda su belleza,
por lo cual lo guardaré.
Una buena cosa, ayer he acabado
el acto y lo he enviado (1).
Hoy no hubiera podido trabajar,
el catarro ha empeorado y la fiebre no me abandona nunca del todo. Por
lo demás, todo va bien, todo marcha fácilmente. ¿Cómo
va en la casa de enfrente?
R.W.
___
(1) “Sigfredo”, cuya partitura
fué terminada en mayo del año 1857.
*
21 de Mayo de
1857.
No tengo nada que decir
al padre de mi país; si se atreve a venir a visitarme en mi nido
de golondrina le pondré en la puerta. Sus colores son blanco y verde:
eso para Baur.
La musa comienza a serme favorable.
¿Significa esto un presagio feliz de la certidumbre de vuestra visita?
He encontrado en primer lugar una melodía, que me fué imposible
de adaptar entonces; pero descubrí las palabras en la última
escena del Sigfredo. ¡Buena señal! Ayer se me reveló
el comienzo del acto segundo y especialmente el sueño de Fafner,
en el cual he encontrado hasta una nota humorística. Ud. conocerá
todo ello, cuando mañana venga la golondrina a visitar su nido.
Ricardo Wagner.
*
1º de Julio
de 1857.
Creo que nos hemos olvidado
de invitaros según las formas establecidas para el domingo por la
noche; permítame reparar la cosa por la presente. Ya sabe que se
trata de una pequeña fiesta en honor de Sulzer. También debo
informarle de que se servirá el té a las siete.
Espero que le veremos a la
hora en punto con el señor Kutter, al que suplico que invite de
nuestra parte con toda insistencia.
Para su satisfacción
personal le advierto que no he podido trabajar esta noche, pero Calderón
sin embargo lo he quitado de en medio. Devrient me encarga que les complimente.
Por lo demás, el mundo existe siempre. Fafner está con vida,
todas las cosas tal como han sido.
R.W.
*
Septiembre de
1857.
No me encuentro bien y debería
celebrar el cumpleaños de mi mujer, en casa. Muy cordiales gracias
por su bondad.
R.W.
*
1º de Octubre
de 1857.
He aquí, querido
amigo (1), mi primer plazo de alquiler. Con el tiempo, espero pagarle todo
lo debido, es posible que eso no tarde mucho, entonces exclamará
Ud., ¡vaya el señor Tristant cómo puede pagar el tributo!
Y con eso, como siempre, mis
más expresivas gracias por toda la bondad, por toda la amistad que
Ud. me ha prodigado.
Suyo,
Ricardo Wagner.
___
(1) Otto Wesendonk K.
*
Octubre de 1857.
«La herida causada
por Horold, la sano con el fin de que vuelva a la vida», etc., etc.
He conseguido muy bien el pasaje
hoy. Será necesario que se lo ejecute.
R.W.
*
Diciembre de 1857.
La escena de explosión
entre Tristán e Isolda la he logrado a la perfección, estoy
en el colmo de la felicidad.
R.W.
*
El 30 de Noviembre de 1857, Ricardo
Wagner compuso la música del lied: «En los primeros días
de mi infancia».
El 14 de Diciembre, el primer
esquema del lied: «Di, qué sueños maravillosos».
El 15 de Diciembre la segunda
versión de «Ensueños».
El 17 de Diciembre el lied
titulado: .«Sufrimientos», con una segunda conclusión
un poco más larga, a la que siguió pronto otra tercera conclusión
conl estas líneas: «¡Será preciso que eso sea
cada vez más bello!»
*
Diciembre de 1857.
Después de una descansada
noche reconfortante, mi primer pensamiento llegó a esta conclusión,
corregida; veremos si eso le gusta a la señora Calderón cuando
se lo ejecute hoy.
*
22 de Febrero
de 1857.
«¡Bordoneante rueda
del tiempo!»
*
1º de Mayo
de 1858.
«En el invernadero.»
Los cinco heder aparecieron
más tarde en la casa Schott hijo, en Maguncia, por expreso deseo
del mismo maestro. Antes de su publicación, había ya titulado
los dos lieder «Ensueños» y «En el invernadero».
Estudios para Tristán e Isolda.
*
Diciembre 1857.
He aquí todavía una
flor de invierno para el árbol de Navidad, plena de miel, pura y
dulce, sin el menor veneno.
R.W.
Dichoso,
Arrancado al dolor,
Libre y puro,
Siempre para ti,
Las lamentaciones
Y los remordimientos,
De Tristán e Isolda
En el casto lenguaje de oro
de los sonidos,
Sus lágrimas, sus besos,
Yo deposito todo eso a tus
pies
A fin de que celebren al ángel
Que me ha elevado tan alto.
*
San Silvestre
1857 (1)
___
(1) Acompaflada del esquema
del primer acto del “Tristán”.
*
Febrero de 1858.
Ya tengo el libro de Soden
sin encuadernar, pero pronto disponible.
Ya tenía la lista completa
por Schulthess. Es posible que el volumen sobre «El Emperador Otón
en Florencia», etc., valiera la pena de ser leído.
Las traducciones de Ricardo
(1) también me parecen dignas de interés en lo que se refiere
al asunto tratado.
Pensemos todavía en
las novelas de Cervantes; yo las he tenido ya por algún tiempo.
Por lo demás, ya tengo
bastante provisión; leo poco.
Muchas gracias por Ifigenia.
Aquí incluyo alguna
cosa de Strasburgo, pero ningún pastel de foie-gras.
Un saludo en nombre de nuestro
Dios.
¿Nos veremos esta noche?
R.W.
___
(1) C. Ricardo. Poemas románticos
de Lope de Vega, 1824-28.
*
Primavera de 1858.
Muy buenos días de todo
corazón.
Mi pobre mujer ha caído
gravemente enferma; por consiguiente la invitación de mañana
la acepto para mí sólo.
Probablemente no estarán
ustedes en su casa hoy, si no hubiera ido por la noche.
En mi casa todo es triste y
gris, a pesar del aspecto exterior tan alegre de las habitaciones.
Espero que todo irá
bien. Celebren las Pascuas alegremente.
Muchos saludos.
R.W.
*
Primavera 1858.
Voy regular. ¿Cómo
se porta la animosa discípula de de Sanctis? (1).
Gracias por el Cervantes prestado.
Quiero prepararme poco a poco al trabajo. El segundo acto me espera.
¿Nos vemos hoy?
R.W.
___
(1) Francisco de Sanctis, filósofo
italiano -1818-1883-, profesor por aquel entonces de la escuela politécnica
de Zurich.
Acabo de leer «Fernando
el Santo», ¿he debido encontrarlo bello y emocionante? ¿Será
quizá mi estado de espíritu la causa? Si me hubieran predicho
la muerte con toda certeza para este año, lo saborearía como
el acontecimiento más solemne y feliz de mi existencia. Únicamente
la incertidumbre sobre el tiempo que hemos de vivir todavía nos
sumerge en la duda y en el pecado; pero la certeza sobre el tiempo que
me quede parece dejarme libre de todo roce. ¿Cómo lograr
lo que deseo con tanto ardor?
R.W.
*
Junio de 1858.
A Matilde Wesendonk.
He aquí al pequeño
kobold, mi músico; que reciba buena acogida.
R.W.
*
Julio de 1858.
¡Qué maravilloso
nacimiento de la criatura rica en el dolor! ¿Nos será necesario
vivir así? ¿A quién se le podría pedir jamás
abandonar a sus criaturas?
¡Que Dios nos asista!,
pobres de nosotros. ¡O es que somos muy ricos!
¿Nos es necesario ayudarnos
nosotros mismos solos?
R.W.
*
Verano de 1858.
La carta. - ¡Cómo
me ha entristecido! - El demonio abandona uno de nuestros dos corazones
para entrar en el otro. ¿Cómo vencerlo? ¡Oh, somos
dignos de lástima! Ya no nos pertenecemos. ¡Demonio, hazte
Dios! ... La carta me ha entristecido.
Ayer he escrito a nuestra amiga
(1). Sin duda va a regresar pronto.
¡Demonio! ¡Demonio,
hazte Dios!
(Notas musicales).
¡Querido hijo extraviado!
¡Ve, quería precisamente
escribirte eso, cuando encontré tus bellos, tus nobles versos!
R.W.
___
(1) Se refiere a la seflora
Wille, gran amiga de Wagner.
*
Verano de 1858.
Martes por la mañana.
Sin duda no esperas que
deje tu maravillosa, tu espléndida carta sin contestación.
¿O sería mejor que renunciase, ante la suprema nobleza de
tu palabra, al hermoso derecho de contestarte? ¿Pero cómo
podría yo contestarte, si no es de una manera digna de ti?
Las luchas formidables que
hemos sostenido, ¿cómo podrían acabar de otra manera
más que por la victoria conseguida sobre todas nuestras aspiraciones,
sobre todos nuestros deseos? ¿No sabíamos nosotros, incluso
en los minutos más ardientes en los que estábamos el uno
junto al otro, que tal era nuestro fin?
¡Ciertamente! Era precisamente
por lo inaudito de la dificultad por lo que no podíamos llegar más
que a costa de las luchas más penosas. ¿Pero es que no habíamos
conocido ya todas las luchas? ¿Qué otras luchas podrían
esperarnos todavía? Verdaderamente que yo siento en lo más
profundo de mí mismo que hemos visto al fin.
Cuando hace un mes, le expresaba
a tu marido mi decisión de romper toda relación personal
con vosotros dos, había ... renunciado a ti. Sin embargo, aún
no me sentía completamente puro; me daba cuenta de que sólo
una separación completa, o bien una unión absoluta, podría
salvar nuestro amor de esas terribles proximidades, en las cuales lo habíamos
visto expuesto durante estos últimos tiempos. Así pues en
vista del sentimiento de que nuestra separación era necesaria, se
encontraba la posibilidad de una unión si no querida, al menos concebida.
De ahí una tensión nerviosa que ni uno ni otro podríamos
soportar. Yo me confesé a ti y descubrimos con evidencia que toda
otra posibilidad hubiera constituído un crimen, cuyo pensamiento
mismo era intolerable. Pero la necesidad de renunciar el uno al otro adquiere
naturalmente otro carácter; a la tensión nerviosa sucedió
una solución sedante.
El último egoísmo
desapareció de mi corazón, y mi decisión de frecuentar
de nuevo su casa fué entonces la victoria de la humanidad más
pura sobre el último sobresalto del deseo personal.
Yo no quería sino reconciliar,
aplacar, consolar, serenar, y así procurarme la única dicha
a que aún podía aspirar.
Jamás en toda mi vida
hube sentido emociones tan intensas y tan terribles que en estos últimos
meses. Todas mis impresiones precedentes, resultaban vacías en comparación
de éstas. Tales sacudidas como las que sufrí por esta catástrofe,
deberían imprimir en mí profundas señales y si alguna
cosa pudiera agravar todavía mi estado de espíritu, sería
la salud de mi mujer.
Durante dos meses, esperaba
de un día a otro el anuncio de su muerte repentina, el doctor creyó
deber prepararme para tal suceso. En rededor de mí todo era sensación
de muerte, mi mirada hacia el porvenir o al pasado se llenaba siempre de
imágenes fúnebres y la vida real perdía para mí
su último atractivo. Debiendo observar junto a la desgraciada mujer
los más extremados cuidados, no era menor mi deber de resolverme
a destruir nuestro hogar y, para su mayor consternación, comunicarle
esta decisión.
Figúrate mi estado de
espíritu, cuando contemplaba en este magnífico verano el
bello «Asilo», tan perfectamente, tan únicamente conforme
a mis deseos, a mis aspiraciones de antes, cuando me paseaba por la mañana
por el bonito jardincillo, admirando los tesoros de flores cada vez más
ricos, escuchando a los pájaros posados en los rosales. Imagina
lo que me había costado arrancarme del pensamiento tan bella convicción.
¡Imagínatelo, tú que me conoces a fondo, mejor que
nadie!
¿Crees tú que
habiendo huido ya lejos del mundo un día podría volver ahora?
¿Ahora que todo en mí ha llegado a ser extraordinariamente
tierno, sensible, por la falta de costumbre cada vez más prolongada
de todo contacto con él? Mi última en-trevista con el Gran
Duque Weimar, me probó también más claramente que
nunca, que la inde-pendencia absoluta es la condición esencial para
mi vida y mi trabajo, de tal suerte que me es preciso renunciar, en lo
más profundo de mí mismo, a toda obligación, incluso
con este Príncipe real-mente digno de ser amado.
No puedo tampoco, menos que
nunca, entregarme al mundo; me es imposible establecerme en una gran ciudad
por algún tiempo, y ¿podría soñar toda-vía
en la fundación de un nuevo «Asilo», de un nuevo hogar
cuando he tenido que destruir el otro en el que apenas he gozado, ese que
me había creado la amistad y el más noble amor, en ese delicioso
paraíso? ¡Oh, no! ... ¡Para mí, irme de aquí
significa... morir!
Con tal herida en el corazón
no puedo intentar fundar un nuevo hogar.
Hija mía, no me es ya
posible imaginar más que una única salvación, y no
me puede venir más que de lo más profundo de mi corazón,
ya no de tal o cual causa exterior. Tiene nombre: ¡La paz! En el
apaciguamiento absoluto impuesto al deseo. ¡Noble y digna victoria!
Vivir para otros, para otros... Será nuestro propio consuelo.
Tú conoces ahora la
grave crisis decisiva de mi alma: ella responde a mi concepción
de la vida, al porvenir íntegro, a todo lo que me es próximo
- por consiguiente también a ti -, el ser que me es más querido.
Déj ame que sobre las ruinas de este mundo de deseo te lleve aún
la salvación.
Sabes que nunca en mi vida
me he mostrado inoportuno, más bien siempre de una sensibilidad
casi extremada. Por primera vez quiero parecerte ahora inoportuno y rogarte
que quedes con respecto a mí, tranquila en el fondo de tu alma.
No iré a veros a menudo porque no debéis encontrarme en lo
sucesivo más que cuando esté seguro de poder mostrar una
fisonomía serena y tranquila. Antes iba a tu casa con el sufrimiento
y el deseo en el corazón; y allí donde buscaba el consuelo,
no llegaba más que la tranquilidad y la pena. Esto no debe ser más.
Si por consiguiente no me ves más que de tarde en tarde... ruega
por mí en secreto. Porque entonces, has de saber que sufro. Pero
si voy, puedes estar segura que llevaré a tu casa lo mejor de mí
mismo, un don que sólo yo puedo ofrecer sin duda, yo que he sufrido
tanto involuntariamente.
Según todas las probabilidades,
seguramente pronto, según creo a principios de invierno, llegará
el momento en que dejaré Zurich por bastante tiempo; de un día
a otro puede llegar la amnistía esperada que me permitirá
entrar en Alemania, a donde iré periódicamente con el objeto
de encontrar el equivalente de la única cosa que no he podido poseer
aquí. Entonces estaré largo tiempo sin veros. Pero el regreso
después de eso, «al Asilo» que me ha llegado a ser tan
querido, con el fin de reposar mis preocupaciones, de las inevitables exasperaciones,
para respirar el aire puro y recobrar el gusto para la obra a la cual el
destino me ha llevado una vez para siempre, eso será, para mí,
el dulce rayo de luz que allá lejos sostendrá mis fuerzas,
al apetecido consuelo que me llamará hacia aquí.
¿Y no eres tú
la que me ha conferido el mayor bien de la existencia? ¿No es a
ti a quien debo la única cosa, que aún puede parecerme digna
de gratitud y de interés en este momento. ¿Y no he de procurar
yo recompensarte por lo que me has conquistado al precio de tales sacrificios,
y al precio de tales sufrimientos?
Hij a mía, estos últimos
meses me han blanqueado sensiblemente los cabellos por las sienes; una
voz llama a mí con insistencia al reposo, este reposo que yo deseaba,
hace muchos años, a mi holandés del «Buque Fantasma».
Es la intensa aspiración hacia una patria, hacia un hogar, y no
hacia el goce exuberante de la vida pasional. Una mujer fiel y entregada
plenamente podría únicamente procurar esta patria a mi héroe.
¡Entreguémosnos a esta bella muerte que envuelve y aplaca
todas estas aspiraciones, todos estos deseos! Muramos dichosos, con una
mirada luminosa y tranquila con la divina sonrisa de la victoria bellamente
lograda! Cuando somos vencedores.
Adiós, ángel
bienamado.
Ricardo Wagner.
*
Agosto de 1858.
¡It must be so! (1)
R.W.
___
(1) ¡ Así debe
ser! - En inglés en el original. (N. del T.)
*
Agosto 1858.
¡Adiós! ¡Adiós,
mi bien amada!
Me voy tranquilo. Dondequiera
que esté seré eternamente tuyo. Haz de manera que me puedas
conservar «el Asilo». ¡Hasta la vista, hasta la vista,
amada alma de mi alma! Adiós... y hasta la vista.
El telegrama siguiente hace
mención al concierto de Beethoven en la Villa Wesendonk.
Otto Wesendonk. - Zurich.
Lucerna 8 h. 55.
Zurich 31 marzo -58 - 9. h. 10.
Texto: El fiel maestro director
se encuentra desgraciadamente imposibilitado para dirigir el concierto
de hoy, por haber tenido que pagar el tributo al San Gotardo en la forma
de un catarro muy acentuado. El concierto se llevará a cabo pues
sin director de orquesta; los músicos no tienen más que ponerse
de acuerdo.
Vuestro,
Ricardo Wagner.
*
Venecia - Lucerna,
17 de agosto de 1858 a 4 de abril de 1859.
Después de mi huída
del «Asilo».
Diario.
17 de agosto de 1858.
Ginebra 21 de agosto.
La última noche pasada
en el «Asilo» me acosté después de las once,
a las cinco de la mañana siguiente tenía que marchar. Antes
de cerrar los ojos fui vivamente impresionado por el recuerdo del tiempo
en
que me decía que algún día moriría allí
mismo, y vendrías junto a mí por última vez rodeando
con tus brazos mi cabeza en presencia de todo el mundo y recibiendo mi
alma en un supremo beso. Esta muerte me la imaginaba con dicha; concordaban
los menores detalles con el decorado de mi alcoba; la puerta que da a la
escalera estaba cerrada; tú entrabas por la del estudio, me envolvías
con tus brazos, entonces yo te miraba al morir. Ahora, esta posibilidad
de morir ¿me era también rechazada? Fríamente, como
si hubiera sido despedido, abandoné esta casa donde estaba encerrado
en compañía de un demonio al que no podía conjurar
más que por la fuga. ¡Dónde, dónde morir ahora!
... Así me dormí.
Un ligero ruido maravilloso,
me hizo salir de mi pesadilla despertándome, sentí un beso
en mi frente seguido de un suspiro penetrante. Resultaba tan distinto cuando
me incorporé y miré en torno a mí. Silencio absoluto.
Encendí la luz, era un poco antes de la una, la hora de los aparecidos
tocaba a su fin. ¿Habría velado junto a mí, a mi cabecera,
un fantasma durante esta hora maldita? ¿Velabas o dormías
tú durante ese tiempo? ¿Cómo te encontrabas? Imposible
de reconciliar el sueño. Durante largo tiempo me agitaba en la cama,
después me levanté, me arreglé completamente, cerré
con llave la última maleta, aguardé, lleno de angustia, el
día, yendo y viniendo por la habitación y echándome
a ratos sobre la cama. Me parecía que el día tardaba más
que en mis noches de insomnio del pasado verano. Con un rubor de vergüenza
salió el sol de las montañas, miré por última
vez largo tiempo a la «Colina verde». ¡Oh, cielo!, ni
una lágrima me humedeció los ojos, pero me pareció
que los cabellos de mis sienes se blanquearon. Ya había hecho todas
mis despedidas. En mí, ahora, era todo frío, seguro; bajé.
Mi mujer me esperaba. Me ofreció el té, fué un instante
de un dolor desgarrador. Ella me acompañó al jardín.
La mañana era radiante. Yo no retrocedí. En el minuto supremo,
mi mujer prorrumpió en suspiros. Mis ojos quedaron secos por primera
vez. Le dije todavía que se mostrase paciente y digna, que se consolase
en cristiana. Pero su antigua violencia vindicativa se encendió
nuevamente. «No pudo ser salvada - fui obligado a decirme -. Sin
embargo no puedo vengarme de la desgraciada. Ella misma debe ejecutar su
propia sentencia». Yo me mantenía profundamente grave; había
en mí una amargura y una tristeza espantosas. Pero no podía
llorar. Así es como partí. Y entonces - no lo niego -, me
envolvió una sensación de calma, respiré libremente...
Iba a la soledad: -en ella estoy en mí; allí puedo amarte
con todas las fuerzas de mi alma.
Aquí no he hablado todavía
a nadie más que a servidores. Incluso he escrito a Carlos Ritter
que no viniera a verme. ¡Me hace tanto bien eso de poder no hablar!
... He leído tu diario antes de acostarme, por primera vez después
de mi partida. ¡Tu diario! ¡Esos trazos divinos y profundos
de tu ser! ... He dormido bien.
Al día siguiente, elegí
un departamento que he alquilado por semanas. En él me encuentro
tranquilo. Al abrigo de importunidades; me recojo y espero el fin de los
calores para irme a Italia. No salgo en todo el día.
Ayer he escrito a mi hermana
Clara que tú viste hace dos años. Deseaba una fraternal explicación
de mi parte: mi mujer le había escrito y anunciado su llegada. Yo
le hice ver todo lo que tú eras para mí desde hace seis años;
qué cielo me habías preparado; al precio de qué luchas,
y de qué sacrificios me habías protegido; con qué
mano ruda y torpe había sido desnaturalizada esta milagrosa intervención
de tu alto y noble amor. Yo sé que ella me comprende; es una naturaleza
entusiasta en una envoltura desaliñada. Me era necesario pues desarrollar
mis explicaciones respecto a tal punto.
Pero ¡qué temblores
en mi corazón, en mi alma, mientras que escribía eso, mientras
que me era permitido pintar tu sublime pureza! ... ¡Sí, ciertamente,
nosotros olvidaremos, nosotros venceremos todo: no quedará sino
un solo sentimiento, la certeza de que un milagro tuvo lugar aquí,
tal como la naturaleza no lo realiza más que una sola vez durante
siglos, sin llegar siquiera a una tal nobleza de fines. Deja ahí
todo el dolor. Somos los más felices de los seres. ¿Con quién
querríamos cambiar nuestra suerte?
Ricardo Wagner.
*
23 de agosto,
cinco de la mañana.
Te he visto en sueños
sobre la terraza; llevabas traje de hombre y tenías sobre la cabeza
un sombrero de viaje. Tu mirada se fijaba en la dirección por donde
yo había partido. Sin embargo, yo llegaba por el otro lado. De esta
manera tenías siempre tu mirada desviada de mí y yo buscaba
en vano hacerte señas de que estaba allí hasta el instante
en que llamé: « ¡Matilde! » Suavemente primero,
después más alto, siempre más alto hasta despertarme
al fin por el ruido de mi propia voz. Volviéndome a dormir al poco
tiempo y recayendo en mis ensueños, leía tus cartas, que
me confesaban amores de juventud: el bien amado, había renunciado
a él; pero elogiaba sin embargo sus cualidades, no venías
hacia mí más que para encontrar consuelo, lo que me enfadaba
un poco. No quería seguir ese sueño y me levanté para
escribir estas líneas... Durante todo el día había
sufrido de una violenta crisis de nostalgia y un cruel desabrimiento de
la vida se había apoderado de mí.
R.W.
*
24 de agosto.
Ayer me sentía profundamente
desgraciado. ¿Por qué vivir aún? ¿Por qué
vivir pues? ¿Es cobardía, o bien valor? ¿Por qué
esta inmensa dicha para ser infinitamente desgraciado? La noche siguiente
dormí con sueño tranquilo. Hoy me encontraba mejor. He encargado
aquí una bonita cartera con cierre, en la cual conservaré
tus cartas y tus recuerdos: Puede contener mucho y lo que entrará
en ella, una vez entrado, no saldrá jamás; no se devuelve
nada a los niños malos. Por consiguiente reflexiona bien acerca
de lo que me enviarás aún: nada te será devuelto...
sino después de mi muerte, a menos que no me permitas encerrar todo
ello conmigo en la tumba. Mañana salgo directamente para Venecia.
Un deseo loco me atrae hacia allá; espero gozar allí el reposo
absoluto. En cuanto al viaje mismo no lo hago sino contrariado. Hoy hace
ya una semana que contemplé tu terraza por última vez.
R.W.
*
Venecia, 3 de
Septiembre.
.
Ayer te escribí así
como nuestra amiga (1).Hasta tal punto estuve absorbido por mi viaje y
por mi ini instalación. En adelante llevaré mi diario con
regularidad. Hice el trayecto por el Simplón. Las montañas,
sobre todo el valle de Wallis, me causaron un sensación de agotamiento.
He pasado bellos momentos sobre la terraza de la Isola Bella. Era
una mañana admirablemente soleada. Yo conocía el sitio y
despedí inmediatamente al jardinero para quedarme solo. Una bella
calma, una singular elevación se apoderaron de mí: Era demasiado
espléndido para que aquello durase mucho tiempo. Pero lo que me
transportaba, lo que estaba cerca de mí y en mí, eso persistía:
la dicha de ser amado de ti.
Pasé la noche en Milán.
El 29 de agosto por la tarde, llegué a Venecia. Durante el recorrido
del Gran-Canal hasta la Piazzetta, impresión de grave melancolía:
grandeza, belleza y decadencia, todo junto lo uno a lo otro. Estaba transportado,
sin embargo, con soñar que aquí no había prosperidad
moderna, por lo tanto tampoco bulliciosa trivialidad. La Plaza de San Marcos
me hizo una impresión magnífica. Un mundo lejano, una época
vivida. Esta impresión satisface plenamente el deseo de soledad.
Nada produce aquí la sensación de la vida real: toda obra
objetivamente, como una obra de arte. Quiero quedarme aquí y esta
voluntad se cumplirá. Al día siguiente, después de
largas incertidumbres, elegí un departamento sobre el Gran-Canal,
en un inmenso palacio, en el que estoy por el momento solo. Piezas vastas
y grandiosas en las que puedo pasear bien desahogadamente. Como mi instalación
debe servir de marco al mecanismo de mi trabajo, tiene para mí mucha
importancia y pongo mucho cuidado en arreglarla a mi gusto. He escrito
para que me envíen mi salón del palacio. El gran silencio
que constituye la verdadera atmósfera del Canal, me dispone a maravilla.
Hacia las cinco de la tarde solamente, salgo para ir a comer; después
doy un paseo por el jardín público, con una corta parada
en la Plaza de San Marcos. Ésta produce un efecto teatral por su
carácter particular, y la muchedumbre de sus paseantes que me es
completamente desconocida, me deja incluso indiferente, no hace más
que divertir mi imaginación. Hacia las nueve vuelo en góndola;
enciendo mi lámpara y leo un poco antes de acostarme. Así
se desliza mi vida exterior y es lo que me hace falta. Desgraciadamente
mi presencia es ya conocida; pero de una vez por todas he dado la orden
de no recibir a nadie. Esta soledad, que no es casi posible sino aquí
- ¡y tan deliciosamente posible! - me sonríe y acaricia mis
esperanzas.
¡Sí, tengo la
esperanza de sanar por ti! ¡Consérvate para mí, significa
aguardarme para mi arte! Vivir con él, para consolarte, he ahí
mi fin, he ahí lo que se armoniza con mi naturaleza, mi destino,
mi voluntad, mi amor. Así como yo soy para ti, así llegarás
tú igualmente a la salud por mí. Aquí se acabará
Tristán, a pesar de las tormentas del mundo. Y con él, si
yo puedo me volveré, para verte, para consolarte, para hacerte dichosa.
Eso se evoca en mí como el más bello, el más sagrado
de los deseos. ¡Vamos, valeroso Tristán, vamos, valerosa Isolda!
¡Asistidme, venid al socorro de mi ángel! Aquí cesará
de correr vuestra sangre, aquí curarán y se cerrarán
las heridas. De aquí sabrá el mundo la alta y noble angustia
del más sublime amor, las quejas de las más dolorosas voluptuosidades.
Resplandeciendo como un Dios, en salud moral y física, puro, me
volverás a ver entonces, a mí, tu humilde amigo.
Ricardo Wagner.
___
(1) La señora Wille
*
5 de Septiembre
Esta noche no tenía
sueño, he estado largo tiempo despierto. Mi dulce criatura no me
dice como se encuentra. El Gran-Canal es maravillosamente bello en la noche.
Una góndola se desliza delante del palacio. A lo lejos se llaman
cantando unos gondoleros. Es una sensación de belleza, de una nobleza
extraordinaria.. Las estrofas del Tasso no acompañan el canto como
en otro tiempo; pero las melodías son seguramente muy viejas, tan
antiguas como Venecia misma y ciertamente más viejas que las estrofas
del Tasso, adaptadas probablemente a las melodías. Así se
ha conservado en la melodía lo eternamente verdadero, mientras que
las estrofas, como un fenómeno pasajero, han sido absorbidas por
ellas para desaparecer a lo largo completamente. Estas melodías,
profundamente melancólicas, cantadas con una voz sonora y potente
que el agua trae de lejos y que van a morir todavía más allá,
han producido en mí una impresión solemne. ¡ Sublime!
R.W.
*
6 de Septiembre
Ayer he visto a la Ristori
en el papel de María Stuardo. Hace algunos días que la había
visto por primera vez en el de Medea, en el que me gustó mucho,
sí, en el que me hizo verdaderamente gran impresión. Virtuosidad
poco corriente; posee una seguridad de escena que aún no había
visto nunca llevada a la perfección suya. Sin embargo, he reconocido
claramente esta vez lo que falta completamente en su arte, porque eso es
absolutamente indispensable en el papel de María Stuardo, (no lo
había notado antes porque semejante observación no puede
aplicarse al papel de Medea). En el de María Stuardo hace falta
la espiritualidad, el entusiasmo, un intenso, un apasionado calor. La insuficiencia
de la artista resultaba verdaderamente penosa al señalarla, y yo
sentía, con algún orgullo, la elevación y significación
del arte alemán, acordándome de haber visto ya varias trágicas
alemanas interpretando este papel con un calor comunicativo, incluso irresistible,
mientras que la Ristori, al pasar rápidamente de la prosa refinada
a efectos de plástica, por decirlo así, animal, probaba que
no se daba realmente cuenta de la naturaleza de su papel, que no era capaz
de cumplirlo. Era verdaderamente lamentable e irritante. Es realmente esta
espiritualidad del arte alemán lo que hace posible mi música
y, por ella, mis poemas. ¡Qué alejadas resultan, por el contrario
estas revoluciones franco-italianas de todo lo que yo pueda crear! Y sin
embargo, el elemento espiritual obra sobre los italianos y los franceses,
sin que lo adviertan, cuando les viene de fuera, de suerte que yo no puedo
considerarlo como una característica particularmente alemana: De
ello he podido darme cuenta por las impresiones que experimentaron ciertas
personas después de la representación de mis obras. ¿Dónde
radica entonces la diferencia entre el idealismo del que hablo y estos
efectos de plástica realista? Acuérdate de la escena de María
Stuardo, en el tercer acto, cuando dirige en el jardín una invocación
a la libertad: imagínate a la Ristori descuidando casi todo lo que
en este odio naciente contra Isabel no le da ocasión para exhibir
su virtuosismo de mímica rápida y variada. Estas explicaciones
no te muestran la cosa con absoluta claridad. Pero ciertamente comprenderás
pronto lo que quiero decir cuando yo te rememore nuestro amor.
Ricardo Wagner
*
7 de Septiembre
Hoy he recibido una carta
de la señora Wille. Son las primeras noticias tuyas. Según
lo que escribe, está resignada, tranquila y resuelta a ir hasta
el fin en la vía del renunciamiento. Los padres, los hijos, los
deberes.
¡Qué mal se armonizaba
esto con mi estado de alma divinamente sereno y grave a la vez!
Pensando en ti no me han venido
al pensamiento nunca los parientes, los hijos, los deberes; sabía
solamente que tú me amabas y que todo lo que es elevado y altivo
en este mundo debe sufrir. Desde esta altura, me espanto de haber determinado
exactamente las circunstancias que nos hacen desgraciados. Entonces te
vislumbro repentinamente en tu magnífica mansión; veo todas
las cosas, oigo a todas las personas a las cuales hemos de ser eternamente
incomprendidos, los que no se acercan a nosotros más que para separarnos
con angustia de lo más próximo. Me da un deseo furioso le
decir: ¿Son esos, que no saben nada de ti, que no comprenden nada
de ti, pero exigen todo de ti a los que sacrificarás todo? Tal cosa
no puedo ni verla ni entenderla, si quiero cumplir dignamente la misión
que me ha sido dada en la tierra. Es únicamente en lo más
profundo de mí mismo donde encontraré la fuerza necesaria:
por fuera todo me empuja a la amargura, todo lo que quiere imponerse a
mis decisiones.
¿Esperas verme este
invierno algunas horas en Roma? Temo que me sea imposible verte. Verte
y separarme en seguida de ti por la satisfacción de otro ser. ¿Podría
serlo aún? Seguramente no.
Tampoco quieres carta. Yo te
he escrito y conservo la esperanza firme de que mi carta no será
rechazada; sí, estoy cierto de la respuesta.
¡Tregua a esta loca imaginación!
Espero.
R.W.
*
8 de Septiembre.
¡Ciegos ojos!
¡Oh corazones pusilánimes!
(1)
R.W.
___
(1) Acto 1º de Tristán.
(N. del T.)
*
10 de Septiembre.
Ayer me encontraba bastante
mal, tenía fiebre. Por la noche, recibí una nueva carta de
la señora Wille, en la cual me era devuelta mi breve carta sin abrir.
Eso no debieras haberlo hecho.
¡No, eso no!
Hoy no tengo nada para mi diario.
Mi pensamiento, nada más que mis pensamientos. Es necesario que
se clarifiquen.
Me es un consuelo saber que
tú vuelves a encontrar la calma y la fuerza. Yo tengo otro consuelo
todavía, que parece casi una venganza: un día, leerás
también esta carta reexpedida y sentirás la injusticia espantosa
de haberla rechazado. Y, sin embargo, he sufrido tales repulsas a menudo.
R.W.
*
11 de Septiembre.
¡Ah! Alguna cosa de
ti, tres palabras directamente, nada más.
Los intermediarios, incluso
los más seguros, los más fieles, no pueden reemplazar nada.
¡Qué difícil es ya el comprenderse absolutamente cuando
se es dos, el uno frente al otro! Y todavía es necesario que estos
dos estén igualmente en disposiciones favorables, aquellas que sólo
la plena conciencia del amor presente puede asegurar. Un tercero es siempre
un extraño. ¿Qué ser podría despojarse de su
yo y de su ambiente particular tan completamente para que pudiese participar
de los otros dos? Yo comprendo que la señora Wille no pueda decidirse
a remitirte cartas mías nada más que por consideración
hacia ella misma. En tal caso es imposible interesarse en el contenido,
ver de qué manera son apaciguadoras, necesarias, tales comunicaciones:
una cosa basta, son cartas y ella puede, ella debe tal vez vacilar en remitirlas.
De otra manera ¿de qué opinión sería pues la
amiga? Ella no puede obrar sino lo que según su situación
particular concerniente a todos los interesados le permite, y le permite
ciertamente en el sentido mejor, el más noble. Solamente ella obra
según tus deseos. ¿Entonces qué? ¡Una religión
entre nosotros!
Bastante por hoy. ¡La
paz! ¡La paz!
R.W.
*
13 de Septiembre.
Estaba tan triste que ni
siquiera he podido confiar la menor línea a mi diario. Hoy recibo
tu carta, tu carta a la señora Wille. Que tú me amas, lo
sabía bien: eres como siempre, buena, profunda y llena de razón;
he debido sonreír y casi alegrarme de mis recientes adversidades
puesto que tú me procuras tan alta sensación de felicidad.
Yo te comprendo - incluso cuando te quito un poco la razón -, porque
en mi interior profundo tengo por injusto todo lo que me precisa considerar
como medio de defensa contra una eventual inoportunidad de mi parte. Creía
sin embargo, haber probado por mi alej amiento de Zurich, - de tan horrible
memoria -, que era capaz de ceder y que desde entonces, tenía derecho
de sentir la menor duda sobre mi ternura resignada como una grave e inmediata
herida. ¿Pero a qué todo eso ahora? La sublime belleza de
mi estado de alma estaba abatida; es necesario ahora levantarme penosamente.
Perdóname si aún estoy vacilante. Yo encontraré la
serenidad de uno o de otro modo. Dentro de poco escribiré a la señora
Wille; Pero también en las cartas que le dirigíré,
estoy decidido a poner a prueba mi moderación. ¡Dios mío,
todo es igualmente difícil y el fin supremo no puede ser alcanzado
más que manteniéndome moderado! ¡Sí! Todo está
bien y todo irá bien. Nuestro amor domina todos los obstáculos
y cada dificultad nos hace más ricos, más próximos
a la espiritualidad, más nobles, más vueltos hacia el fondo,
la esencia misma del amor que fortifica nuestra indiferencia por lo que
no es esencial. Sí, criatura buena, pura y bella, venceremos; ya
estamos en plena victoria.
Ricardo Wagner.
*
16 de Septiembre.
Me siento serenado y dispuesto.
Tu carta me alegra aún siempre. ¡Qué sensato, bello,
encantador, es todo lo que viene de ti! El destino de nuestras personas
me es, por decirlo así, indiferente. Es todo tan puro interiormente,
se armoniza tan perfectamente con mi ser y la necesidad! Con estos bellos
sentimientos quiero volver a empezar mi trabajo y espero el piano de cola.
Tristán me costará muchos esfuerzos todavía: Cuando
esté acabado, creo que me parecerá que un maravilloso período
de mi vida habrá encontrado su conclusión y que elevaré
en adelante mi mirada hacia el mundo con calma, claramente, profundamente,
como un espíritu renovado y esto que a través del mundo miraré,
serás tú. Tal es la razón por la cual experimento
un deseo tan vivo de ponerme a trabajar.
Por el momento, tengo una odiosa
e interminable correspondencia, que me lleva mucho tiempo; pero siempre
eres tú la que me traes el consuelo, y Venecia también me
asiste maravillosamente. Por la primera vez respiro esta atmósfera
siempre igual, pura y deliciosa; el aspecto magnífico de la ciudad
me tiene en un estado de sueño dulcemente melancólico del
que experimento aún y siempre el beneficio. Cuando a la tarde voy
en góndola al Lido, hay alrededor de mí como esa vibración
tierna y prolongada del violín, que tanto amo y a la cual te he
comparado un día: puedes ahora imaginarte lo que yo siento al claro
de luna sobre el mar.
R.W.
*
18 de Septiembre.
Hoy hace un año que terminaba
el poema de Tristán y te llevaba el último acto. Me acompañaste
hasta la silla; delante del sofá me abrazaste diciéndome:
¡Ahora no me queda nada que desear!
En este día, en este
preciso momento, nací verdaderamente. Lo que había precedido
era sólo el prólogo de mi vida; ahora comenzaba el epílogo.
Sólo fué en el
tránsito de este instante maravilloso cuando he vivido realmente.
Tú sabes cómo he gozado. No con agitaciones, con arrebatos,
con embriaguez; sino con solemnidad, profundamente, sintiéndome
reconfortado, libre, con la mirada fija en la eternidad. Del mundo ya me
había desprendido, más y más, dolorosamente. Tú
te superabas -a la negación, a la defensa. Mi trabajo de artista
había llegado a ser incluso doloroso, porque había en mí
el deseo intenso, el inagotable deseo de encontrar para esta negación
y esta defensa lo que me confirma, lo que me es propicio, lo que se une
a mí. Este momento me lo otorgaba con tan indudable certidumbre
que tuve la sensación de un silencio, de una parada solemne. Una
mujer afectuosa, tímida y vacilante, se entregaba con un valor sublime
en el océano de sufrimientos y de males para procurarme este momento
espléndido, para decirme: «¡Yo te amo!» Así
te consagraste a la muerte con el fin de darme la vida; asi recibí
tu vida, con el fin de abandonar el mundo contigo, sufrir contigo y contigo
morir. Entonces fué aniquilado el sortilegio del deseo insatisfecho.
(1). Y tú sabes también que jamás estuve nunca después
en desacuerdo conmigo mismo. La turbación y la angustia han podido
apoderarse de nosotros, incluso tú has podido ser arrastrada por
la ilusión de la pasión, pero yo, tú lo sabes, he
sido siempre el mismo y mi amor por ti no podía ya desde este momento
terrible, perder su perfume, ni siquiera perder un átomo de él.
Toda mi amargura desapareció; he podido vagar, ser presa del dolor,
pero para siempre sabía claramente que jamás se extinguiría
esta luz, que tu amor era mi bien supremo y que sin él mi existencia
sería una contradicción. ¡Gracias, ángel bello,
pleno de amor!
Ricardo Wagner.
___
(1) Frase que mantienen la
esencia del poema de “Tristán e Isolda”. (N. del T.)
*
23 de Septiembre.
La taza y el servicio han
llegado bien. Es el primer signo amistoso desde fuera. ¿Qué
digo? «Desde fuera». ¿Cómo aplicar esta palabra
a cosas que me vienen de ti? Y sin embargo ello viene de lejos, de esa
lejanía que ahora me es tan próxima. ¡Mil gracias,
criatura imaginativa y encantadora! Callándonos de esta suerte,
claramente nos decimos lo que nos es a tal punto inexpresable.
R.W.
*
26 de Septiembre.
Por el momento no puedo
siquiera ocuparme de mi diario; es abrumador la de cartas que tengo que
escribir cargadas de comisiones y tareas. ¡Qué insensato soy!
Esta eterna inquietud de vivir en el fondo, una tal aversión por
esta vida que necesariamente he de cordinar artificialmente, a fin de no
tenerla delante de los ojos, en todo su repelente horror. ¿Quién
sabrá nunca lo que hay entre mí y la posibilidad de la paz,
necesaria para mi trabajo? Pero quiero tener conformidad, porque es preciso.
Yo no me pertenezco y mis sufrimientos, mi angustias, son los medios para
llegar a un fin que los desafíe. ¡Valor, valor! Es preciso.
R.W.
*
29 de Septiembre.
En este momento aparece
la luna menguante tardíamente. Cuando estaba en toda su plenitud,
me procuraba mucho consuelo; me ha iluminado agradables sensaciones de
las que tenía necesidad. Después de la puesta del sol, por
lo general, bogaba hacia su encuentro en góndola yendo al Lido.
La lucha entre el día y la noche resultaba siempre un espectáculo
magnífico bajo el cielo puro. A la derecha, en medio del éter
de un rosa pálido, brillaba la fiel claridad de la estrella de la
noche; la luna en todo su esplendor lanzaba hacia mí la red de sus
brillantes rayos en el mar. Yo le volvía la espalda en aparecido.
Un poco por encima de las Pléyades (1), grave y clara con su estela
de luz creciente, se presentaba a mi mirada errante la cometa en dirección
de tu vivienda, desde donde tú contemplabas la luna. Para mí
el cometa no tenía nada de temeroso; además nada me inspira
ya ningún temor, porque no tengo ninguna esperanza, ningún
porvenir. Incluso no podía menos de sonreír de la emoción
popular, la escogí como mi estrella con una cierta jactancia orgullosa.
¿Soy yo mismo un tal meteoro? ¿Llevé la desgracia?
¿Era por mi culpa? No podía quitármela de la vista.
En la calma y en el silencio, llegué a la Piazzetta, alegremente
iluminada, perpetuamente atravesada por una masa regocijada. Después,
viene el curso por el Gran-Canal, grave y melancólico: a izquierda
y a derecha magníficos palacios; silencio absoluto, nada más
que el dulce deslizamiento de las góndolas, en el golpe de los remos.
Grandes ondas proyectadas por la luna. Subo al palacio mudo: grandes alas,
vastas galerías, habitadas sólo por mí. La lámpara
arde; tomo un libro, leo un poco, reflexiono profundamente. Todo es silencioso,
allá en el Gran-Canal, música. Una góndola, brillantemente
iluminada con cantores y músicos; embarcaciones cada vez más
numerosas, siguen cargadas de oyentes. A todo lo largo del canal avanza
la escuadrilla, casi sin movimiento, deslizándose suavemente. Bellas
voces, instrumentos medianos ejecutan canciones. Todos son oídos.
Al fin, de un modo apenas perceptible, dan la vuelta y desaparecen más
imperceptiblemente todavía; largo tiempo continúo escuchando
la música, ennoblecida y purificada por el silencio nocturno: no
puede entusiasmarme como arte, pero aquí se hace naturaleza. En
fin, todo se calla; la última nota se funde en el claro de luna
que continúa brillando, como el mundo de los sonidos hecho visible.
La luna ha decrecido ahora.
Yo no me siento bien desde
hace algunos días: me ha sido necesario renunciar a mi paseo de
noche. No me queda más que mi soledad y mi existencia sin porvenir.
Sobre la mesa, delante de mí,
hay un retrato pequeño. Es el de mi padre que no te pude enseñar
cuando llegó. Tiene una fisonomía noble, dulce, melancólica
y doliente que me enterneció infinitamente. Este retrato me ha llegado
a ser muy querido. Quien quiera que venga a visitarme, espera ver, según
todas las probabilidades, la imagen de una mujer amada. ¡No! No poseo
ninguno de ella. Pero llevo su alma en mi corazón. Que mire en ella
quién pueda.
Buenas noches.
Ricardo Wagner.
___
(1) Las pléyades las
habfa escogido Wagner como arma.
*
30 de Septiembre.
Hoy he pasado por muchas
emociones. He sabido la ansiedad respecto a mí de aquellos que me
son queridos; con ellos una bella carta, triste y alegre a la vez, como
yo lo estaba verdaderamente.
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Mi antiguo horror por los casamientos
precoces me ha vuelto; salvo el caso de personas absolutamente indiferentes,
no he visto ninguno que, a la larga, no termine en un desacuerdo profundo.
¡Qué desdicha entonces! Alma, carácter, talento, todo
ha de perecer al menos que no intervengan coyunturas extraordinarias e
incluso dolorosas. Así pues, todo es desdicha en torno a mí:
lo que significa algo doloroso y abandonado; toda la insuficiencia quiere
alegrarse absolutamente de existir. ¿Pero qué le importa
eso a la Naturaleza? esta persigue sus fines ciegamente, no se ocupa más
que de la especie, es decir, no quiere más que vivir siempre de
nuevo, recomenzar largamente, hasta el infinito. El individuo al que carga
de todos los sufrimientos de la vida no le supone más que un grano
de arena en esta inmensidad de la especie, grano que puede reemplazar miles
y millones de veces, si prefiere sobre todo a la especie. ¡Oh! No
me gusta oír a nadie recurrir a la Naturaleza: los corazones nobles
piensan siempre noblemente, y en sus llamadas son siempre ellos mismos
los que hablan, es verdad. La naturaleza, por el contrario, no tiene corazón,
está desprovista de sentimiento y cualquier ser egoísta,
incluso cruel, puede invocarla con más confianza y certidumbre que
el ser dotado de sensibilidad.
¿Qué significa,
pues, ahora una unión de esta suerte que convenimos para toda la
vida en plena juventud desbordante, a la primera llamada del instinto propagador?
¿Y qué raramente logran ser discretos los padres por su propia
experiencia? Cuando finalmente se han librado de la miseria y han encontrado
el bienestar, olvidan todo y sin pensar en más, dejan a sus hijos
precipitarse en el mismo camino. Sin embargo, en esto ocurre como en todo
en la naturaleza, prepara la miseria al individuo, la desesperación
y la muerte; solamente debe dejarle la facultad de elevarse por encima
de estas tres pruebas, hasta la conquista de la más alta resignación.
Ella no puede recusarse, mira entonces asombrada y dice: ¿ «Estaba
bien lo que he querido»?
Todavía no me siento
completamente centrado; espero sin embargo mucho en esta noche, si duermo
bien. Ciertamente tú no te alegrarás ¿no es verdad?
Buenas noches.
R.W.
*
1º de Octubre...
No hace mucho tiempo mi
mirada iba de la calle a la tienda de un comerciante de aves, distraidamente
examinaba la mercancía dispuesta de una manera limpia y apetitosa,
cuando entonces un individuo, en un rincón se ocupaba en desplumar
a un pollo, otro individuo introducía la mano en una jaula empuñando
a otro pollo vivo al que arrancaba la cabeza. El grito espantoso del animal
y sus quejidos de más en más débiles, durante el acto
de violencia, hirieron espantosamente mi corazón. Desde entonces
he podido sacudir esta impresión tan a menudo ya experimentada.
Es desconsolador el pensar sobre qué abismos de crueles miserias
está fundada en suma nuestra existencia, más ávida
sin embargo de goces. Esto fué siempre para mi observación
de una evidente claridad y, en razón de mi sensibilidad creciente,
me doy cada vez más cuenta de que la verdadera causa de todos mis
sufrimientos, radica únicamente en el hecho de no poder renunciar
definitivamente a la vida y a las ambiciones. Las consecuencias deben señalarse
por todo en mi humor, de una versatilidad a menudo inexplicable y amarga
en relación a los seres más queridos, lo que no se comprende
más que por esta oposición. En seguida que apercibo el absoluto
bienestar y el esfuerzo intenso para llegar a él, retrocedo con
una cierta sensación de horror dentro de mí. Cuando una existencia
me parece libre de dolor o únicamente ocupada en apartar todo sufrimiento,
soy capaz de perseguirla con indefectible amargura, porque me parece extraña
al cumplimiento de la verdadera misión del hombre. Así pues,
sin que haya de mi parte la menor envidia, experimento un odio instintivo
contra los ricos, admito que, a pesar de lo que poseen, no se les puede
estimar como dichosos; solamente hay en ellos el visible esfuerzo de querer
serlo, y es lo que hace que yo me aleje. Con un refinamiento de intenciones,
apartan todo lo que la miseria pudiera mostrar a su eventual compasión,
todo aquello sobre lo que reposa su bienestar deseado; y sólo eso
pone un nudo entre ellos y yo. Yo me he observado y he confirmado que me
atrae una irresistible simpatía en dirección opuesta y que
no estoy seriamente emocionado, más que cuando mi piedad ha despertado
mi compasión. Esta compasión parece el rasgo más instintivo
de mi yo moral, y, probablemente es ella tambien la fuente de mi arte.
Lo que caracteriza la compasión,
es que no está afectada por ninguno de los aspectos individuales
del sujeto que sufre, sino más bien y únicamente por el sufrimiento
observado en sí mismo. En amor no es así, en él nos
elevamos hasta la comunidad absoluta de la alegría. ¡No podemos
tomar parte en la dicha de una persona sino cuando sus cualidades especiales
nos son homogéneas y agradables en el más alto grado. Cuando
se trata de sujetos ordinarios, esto es más pronto y fácilmente
posible, porque el instinto sexual es, por decirlo así, la causa
exclusiva. Cuanto más elevada es la naturaleza, más difícil
será llegar a la comunidad de la alegría; pero en tal caso
tocará a lo sublime. Por el contrario, la compasión puede
entregarse al ser más ordinario, más insignificante a quien,
aparte de su sufrimiento, no despierta en nosotros simpatía ninguna;
al que incluso si consideramos lo que puede hacerle feliz, nos resulta
decididamente antipático. La causa de este hecho es inmensamente
más profunda y apercibiéndola nos vemos elevados por encima
de los límites de la individualidad, porque nuestra compasión
se dirige solamente al sufrimiento en sí mismo, haciendo abstracción
de la persona. A fin de enervarse contra la fuerza de la compasión
se pretende corrientemente que las naturalezas inferiores, según
el testimonio de la experiencia, sienten menos el sufrimiento que los organismos
superiores; que el sufrimiento gana en realidad siguiendo el grado de sensibilidad
que despierta la compasión, partiendo de que la piedad experimentada
por naturalezas inferiores, constituye una prodigalidad, una exageración,
incluso una degeneración de la sensibilidad. Esta opinión
tiene por base, sin embargo, el error fundamental del que se ha originado
toda la filosofía realista; y es aquí cuando aparece el idealismo
en la plenitud de su significación verdaderamente moral, mostrándonos
esta filosofía como estrechamente egoísta. No se trata del
sufrimiento ajeno, sino más bien de que yo sufro viendo sufrir a
mis semejantes. No conocemos el mundo que nos rodea sino cuanto podemos
figurárnoslo, y tal como yo me lo figuro, existe para mí.
Si yo lo ennoblezco, es que hay nobleza en mí; si siento profundamente
el sufrimiento de aquellos que me rodean, es que mi sensibilidad es capaz
de intensa emoción. Aquellos que por el contrario, se imaginan el
sufrimiento de los demás en dimensiones reducidas, prueban por eso
mismo que no hay grandeza en ellos. Así mi compasión hace
del sufrimiento de los demás una verdad, y cuanto más insignificante
es el ser al cual se dirige esta compasión, más grande es
el campo de mi sensibilidad. He aquí el rango de mi carácter
que podrá parecer a otros una debilidad. Yo admito que ello favorece
el exclusivismo, pero estoy seguro de obrar conforme a mi naturaleza y,
en todo caso, no hacer mal a nadie intencionadamente. Sólo esta
consideración puede aún determinar mis actos: causar a los
demás el menor mal posible. En esto estoy absolutamente de acuerdo
conmigo mismo y de tal manera solamente puedo alimentar la esperanza de
procurar la dicha a otros seres también, porque la única
alegría verdadera es la comunión en la piedad. No puedo,
sin embargo, imponer esta simpatía, es preciso que el ser amigo
me la conceda espontáneamente y es por lo que no he podido encontrar
más que una vez esta manifestación en toda su plenitud.
Me explico igualmente por qué
puedo tener más compasión por los seres inferiores que por
los superiores. Tal como es, la naturaleza superior se ha formado elevándose
por sus propios sufrimientos hasta la cima de la resignación, o
bien posee las facultades indispensables para elevarse hasta ella, facultades
que ha desarrollado. Tal naturaleza es la que se aproxima inmediatamente,
la que es mi igual y con ella puede esperar a la comunidad de la alegría.
Es por lo que, en el fondo, siento menos piedad hacia los hombres que hacia
los animales. Compruebo que a estos le falta la facultad de poder elevarse
por cima del sufrimiento, la resignación y su alivio profundo, divino.
Si llegan pues a ser atormentados, por ejemplo, en el sufrimiento, veo
con angustia el sufrimiento absoluto y sin remisión únicamente,
sin el menor objeto elevado, con la muerte como único medio de liberación,
y por ende, la confirmación de que más les hubiera valido
no haber venido a la vida. Si por consiguiente este sufrimiento puede tener
un objeto, sólo despertando la piedad del hombre que recoge la existencia
incompleta del animal, viene a ser el liberador del mundo reconociendo
el error de toda existencia. (Algún día te será expuesto
esto más claro en el tercer acto del Parsifal - mañana del
Viernes Santo -). Hacer constar la falta de desarrollo de esta facultad
de liberación del mundo por la compasión humana, verla perecer
por la falta voluntaria de cultura, me hace al hombre del todo antipático
y disminuye mi piedad respecto de él hasta la entera extinción
de la sensibilidad en presencia de su angustia. En ésta se encuentra
la vía de redención por el hombre que falta al animal; si
no la reconoce y quiere más bien tenerla oculta, experimenta la
necesidad de abrirle esta puerta de par en par y puedo ir hasta la crueldad
para hacerle comprender la angustia del sufrimiento. Nada me es más
indiferente que la queja del filisteo a propósito de su bienestar
en peligro: toda piedad vendría a ser aquí una complicidad.
Lo mismo que resulta de todo mi ser que se emplea en exaltar a aquellos
que se encuentran al nivel, ordinario, lo mismo aquí no tengo más
que una sola apetencia, la de clavar el aguijón para que lleguen
a sentir el gran dolor de vivir.
Contigo, criatura mía,
ha acabado también mi piedad. Tu diario que me has dado aun en el
momento supremo, tus últimas cartas te muestran tan alta, tan sincera,
tan purificada por el sufrimiento, tan dueña de ti misma y del mundo,
que no evocas en mí otro sentimiento que el de la comunidad de la
alegría, la veneración, la adoración. Tú no
ves ya tu dolor, sino el dolor del mundo; tú no puedes figurarte
siquiera el sufrimiento más que bajo esta forma. Tú has llegado
a ser poeta, en la excepción más elevada de la palabra.
Sin embargo, experimenté
una terrible piedad hacia ti el día en que me rechazaste cuando
eras víctima no ya del sufrimiento, sino de la pasión, cuando
te juzgaste traicionada, cuando creíste desconocido lo que hay en
ti de más noble. Entonces me apareciste como un ángel abandonado
de Dios. Y, lo mismo que tu estado de crisis me libró rápidamente
de mi propia turbación, me concedió la inventiva para procurarte
el apaciguamiento y la curación. Yo encontré a la amiga que
podía llevarte mejor que nadie el consuelo y la ayuda, calmar, conciliar.
He ahí la obra de la piedad. Verdaderamente pude olvidar mi propio
yo, pude substraerme para siempre de las delicias de tu vista, de tu presencia,
con el solo pensamiento de llevarte así la calma, la pureza, de
devolverte a ti misma. Así pues no desdeñes mi piedad por
los demás, donde veas su influencia, puesto que a ti no puedo ofrecerte
sino la comunidad de la alegría. ¡Oh! Ésta sí,
es la más alta cima; no puede aparecer sino con la más absoluta
simpatía. Del ser inferior, a quien concedía mi piedad, tuve
que apartarme rápidamente, tan pronto me pidió la comunidad
de la alegría. Esta fué la causa de mis últimas explicaciones
con mi mujer. La desgraciada había comprendido a su manera mi decisión
de no pasar más el umbral de tu casa y creía que eso significaba
una ruptura contigo. Ella se imaginó que a su regreso la paz y la
confianza había de renacer entre ella y yo. ¡Qué espantosamente
debí desilusionarla! Ahora, ¡la paz, la paz! Otro mundo se
va abrir para nosotros. Bendita seas en el bien y bien venida a la eterna
comunidad de la alegría.
Ricardo Wagner.
*
3 de Octubre.
Llevo una existencia penosa
después de todo. Cuando pienso de qué terrible masa de inquietudes,
exasperaciones, angustias y penas he de cargarme para procurarme de vez
en cuando un poco de alegría, tengo casi vergüenza de imponerme
aún de tal suerte a la vida, porque el mundo, si bien se considera,
no quiere nada de mí. Esta lucha incesante en persecución
de adquirir lo necesario, estos frecuentes y largos períodos durante
los cuales no puedo pensar nada más que en los medios de procurarme,
por poco tiempo, la tranquilidad y de atender a mis necesidades: abdicando
de mi verdadera naturaleza y mostrándome a los ojos de aquellos
para quienes quiero subsistir, de distinto modo a como soy, a decir verdad
es indignante y por colmo es preciso todavía estar hecho como yo
para verlo claramente. Todas las inquietudes se combinan naturalmente con
la existencia de aquel que no vive más que para sí mismo,
y que en el esfuerzo penoso para procurarme lo necesario encuentro precisamente
el condimento para el goce imaginativo del resultado obtenido. Por eso
nadie comprende en el fondo por qué razón se rebelan absolutamente
los que son como yo, porque es el destino y la necesidad para todo. ¿Quién
comprende realmente y con simpatía que un ser pueda considerar la
vida no como un camino hacia un objeto personal, sino como un medio indispensable
de llegar a una finalidad superior? Es preciso que no tenga que cumplir
un destino particular; si no ¿ cómo hubiera podido resistir
tanto tiempo ya y como resistiría aun hoy, especialmente? Lo que
resulta angustioso es el sentir de más en más que ningún
ser, a decir verdad, ningún hombre al menos se interese en mí
seriamente desde el fondo de su corazón; y con Schopenhäuer,
empiezo a dudar de la posibilidad de toda verdadera amistad, me siento
dispuesto a relegar al demonio de la fábula lo que se denomina como
tal. No se imagina de ningun manera qué raramente llega un amigo
a darse cuenta de la situación - por no hablar del carácter
íntimo - del que tiene por amigo. Pero esto se explica por sí
mismo; por la naturaleza de las cosas, esta amistad sublime no puede constituir
más que un ideal mientras que la naturaleza misma, esta creadora,
esta egoísta, cruel desde su origen, no podría incluso con
la mejor voluntad cambiar nada de ello. No puede más que considerarse
en cada individuo como siendo el mundo entero, y no reconocer otra individualidad
más que mientras ésta aduce la errónea concepción
del yo. He ahí la verdad. Y a pesar de eso, se la tiene por buena.
¡Dios mío! ¡Qué valor debe tener aquello por
lo que se sufre todavía después de tales comprobaciones!
R.W.
*
5 de Octubre.
No hace mucho tiempo que
la Condesa A... me anunció el próximo envío de una
pequeña estatua. No lo entendí y acabé entre tanto
la lectura de la «Historia de la Religión de Budha»,
por Köppen. Un libro de poco provecho. En lugar de los trazos que
caracterizan verdaderamente la más antigua de las leyendas, que
yo buscaba, nada, por decirlo así, más que la exposición
de su desarrollo hecho extensamente, lo cual resulta evidentemente tanto
más desagradable cuanto que el germen original es más puro
y sublime. Después de haberme indignado por la descripción
detallada del culto fijado desde ahora para siempre, con sus reliquias
y sus imágenes, sin ningún gusto, de Budha, veo llegar la
pequeña estatua, que resulta ser un ejemplar chino de una de sus
imágenes veneradas. Grande fué mi horror y no pude ocultárselo
a la Condesa, que se creía estar en la verdad.
Resulta muy penoso el defenderse
de semejantes impresiones en este mundo inclinado a desfigurarlo todo.
La gente acostumbra a representar de tal manera rebajando lo que hay de
más noble a su propio nivel, es decir, caricaturizando cuando no
puede elevarlo a su propia altura. He conseguido sin embargo conservar
puro el Budha, hijo de Cakya, a pesar de las caricaturas chinas.
No obstante, en la historia
he descubierto un trazo nuevo respecto al cual no había prestado
atención hasta ahora, que me resulta precioso y me dará probablemente
una solución importante. Hela aquí: Cakya-Mouni era absolutamente
opuesto a la admisión de las mujeres en la comunidad de los santos.
Emite en diferentes ocasiones, la opinión de que las mujeres están,
por su naturaleza, demasiado sometidas a la sexualidad y de ahí
al capricho, a la obstinación y a la existencia personal para poder
llegar al recogimiento y a la intensa contemplación, indispensables
al individuo, si quiere separarse de la tendencia natural y conseguir la
redención. Fué Amanda, su discípulo favorito el mismo
al cual he dado un papel en mis «vencedores» quien hizo al
fin renunciar al maestro a su rigor y abrir a las mujeres las puertas de
la comunidad. Esto no tenía para mí una gran importancia.
Mi plan ha adquirido fácilmente un vasto desarrollo. Lo más
difícil era prestar una forma gramatical, sobre todo musical, a
este ser humano liberado de todos los deseos, el Budha mismo. La solución
del problema está en que ha de llegar aún a más alto
y último grado de purificøción, aceptando una nueva
verdad, que le viene, como toda verdad - no por el encadenamiento abstracto
de las concepciones, sino por la experiencia visible del sentimiento, por
consiguiente, por un choque, un movimiento de su propio yo que le hace
ascender así a la última cima hacia la más alta perfección.
El instigador de esta ascensión es Amanda, que está más
cerca de la vida y directamente bajo la influencia del violento amor de
la joven Tchandala. Amanda, profundamente conmovido, no puede responder
a este amor más que siguiendo su trayectoria, la más elevada,
deseando atraer la bien amada hacia sí para hacerla participar de
las delicias de la suprema felicidad. Su maestro se opone a sus designios,
no brutalmente, pero deplorando un error, una imposibilidad. Finalmente,
cuando Amanda lastimado cree deber abandonar toda esperanza, Cakya, por
el poder de su compasión es como atraído por un nuevo y último
problema, cuya solución ha retardado su renunciamiento a la vida,
se siente dispuesto a probar a la joven. Ésta viene en busca del
maestro. Pide con súplicas que la permita desposarse con Amanda.
Él enumera las condiciones: renuncia al mundo, desprendimiento de
todos los lazos de la Naturaleza. Ella es bastante sincera a este último
mandato para desvanecerse abrumada. Llega entonces (¿te acuerdas
aún?) la bella escena con los brahmanes, que reprochan a Cakya-Mouni,
su conducta respecto de la joven como una prueba del error de su doctrina.
Cakya-Mouni rechaza entonces todo orgullo humano y su compasión
hacia la muchacha de la que evoca así mismo y de la que revela a
sus antagonistas todas las existencias anteriores, adquiere tal fuerza
desde que se declara dispuesta a todas las promesas, habiendo sentido la
inmensa conexión del sufrimiento del mundo por su propio sufrimiento.
Él la acepta en la comunidad de los santos, alcanzando así
el último grado de purificación. Considera entonces su existencia
liberadora, dedicada a todos los seres como acabada, puesto que ha podido
conseguir la salud también a la mujer; directamente.
¡Dichosa Savitrí!
¡Tú puedes seguir por todas partes al bien amado, tú
puedes estar para siempre a su lado! ¡Dichoso Amanda!, ¡ella
está cerca de ti ahora, la bien amada; tú la has conquistado
para siempre!
Querida mía, el sublime
Budha tenía razón alejando severamente el arte. ¿Qué
ser sentirá más que yo el que este desgraciado arte es el
que me sumerge eternamente en los dolores de la vida, en todas las contradicciones
de la existencia? Si yo no poseyese este don maravilloso, esta fuerza predominante
de la fantasía creadora, podría llegar a ser santo, según
la claridad de la conciencia, siguiendo el impulso del corazón y,
en tal calidad, te diría: «Abandona todo lo que te retiene,
rompe los lazos de la naturaleza; a este precio encontrarás la vía
libre hacia la salvación».
Entonces seríamos liberados:
Amanda ¡y Savitrí! Pero no es así. Porque, mira, eso
mismo, este conocimiento y esta clara penetración hacen de mí
un poeta, ellos me conducen hacia el arte. Al momento en que me vienen,
me aparecen como imágenes con la más intensa, la más
expresiva visibilidad, pero como imágenes que me subrayan. Es preciso
que yo examine más de cerca, más atentamente para ver mejor,
más profundamente para coger los trazos, llegar a la ejecución,
dar vida a esta imagen como si fuese mi propia creación. Por eso
mismo tengo necesidad de estar en disposiciones favorables de entusiasmo,
de comodidad; me hace falta apartar las necesidades vulgares, las distracciones
banales de la vida, y todo eso debe ser conquistado sobre esta vida misma,
tan fastidiosa, tan obstinada, tan hostil en todo, a la cual no puedo aproximarme
más que de la manera que le conviene, la forma que comprende. Así
debo borrar eternamente el remordimiento en el alma, vencer el error que
alimento yo mismo, la inquietud, la exasperación, la angustia, nada
más que para decir lo que yo veo y no puedo ser. Para no sucumbir
tengo mi mirada fija en ti; grito con más fuerza: «ayúdame,
quédate a mi lado!», tú te alejas más y una
voz me responde: «¡En este mundo en el que te cargas de esta
angustia para realizar tus visiones, en este mundo ella no te pertenece!»
Pero todos los insultos, todas las torturas, todas las incomprensiones
que tú sufres envuelven también esta atmosfera; ella pertenece
a eso y eso tiene derecho sobre ella. ¿Por qué encuentra
también la dicha en tu arte? Tu arte pertenece al mundo y ella también
pertenece al mundo.
¡Oh, si vosotros, sabios
limitados, comprendieseis a Budha, grande y amante, os maravillaríais
de la profunda intención que le mostraba el arte como el más
invencible obstáculo para llegar a la dicha! ¡Creedme, os
lo puedo afirmar!
¡Dichoso Amanda, dichosa
Savitrí!
Ricardo Wagner.
*
6 de Octubre.
El piano acaba de llegar,
de ser desembalado e instalado. Mientras que lo afinaban, he releído
tu diario de primavera. Ahí se encuentra también el Erard.
Desde su llegada me siento emocionado. A la adquisición de este
instrumento se ve una circunstancia significativa. Ya sabes desde cuanto
tiempo deseaba vanamente poseerlo. Cuando, en enero último fuí
a París, ¿sabes por qué? me obsesionaba extrañamente
hacer diligencia tras diligencia para adquirir semejante instrumento. No
tenía intención seria en ninguno de mis proyectos; todo me
era indiferente, no me ocupaba de nada con asiduidad. Muy diferente fué
mi visita a casa de la señora Erard: me entusiasmé por esta
persona mezquina y completamente insignificante, y - lo supe después
- yo la atraía a ella misma con pleno entusiasmo. Adquirí
el instrumento como por juego. ¡Maravilloso instinto de la naturaleza,
que se expresa en cada individuo siguiendo su carácter, siempre
como un instinto de conservación! La importancia de esta adquisición
había de serme cada vez más clara. El 2 de mayo, poco tiempo
antes de la fecha en la cual comenzaste tu viaje de recreo, cuando iba
a sentirme de tal modo abandonado, llegó lo que tanto tiempo había
esperado. El día en que se instaló el piano en mi casa hacía
mal tiempo, frío áspero, tuve que renunciar a verte sobre
la terraza. El piano no está aún completamente instalado,
de repente te veo salir de la sala de billar hacia el balcón de
delante. Coges una silla y miras hacia mi dirección. El piano estaba
entonces instalado; abrí la ventana y ataqué los primeros
acordes. Tú no sabias de ninguna manera que era el Erard. Durante
todo un mes estuve sin verte y durante este tiempo me pareció cada
vez más claro y evidente que nosotros debíamos estar separados.
¡Ahora verdaderamente sentiré mi vida acabada! Pero este instrumento
de una dulzura misteriosa y melancólica, me atrajo de nuevo completamente
hacia la música. Yo le titulé «El Cisne» venido
para hacer volver a su patria al pobre Lohengrin. En estas condiciones
emprendí la composición del segundo acto de Tristán.
La vida se hundía alrededor de mí como una bruma de sueño...
Tú volvías. No nos hablamos más: hacia ti «El
Cisne», cantaba.
Ahora estoy completamente separado
de ti; entre nosotros dos se alzan los Alpes hacia el cielo. Comprendo
con toda claridad lo que debe ser el futuro, lo que será y que mi
vida no será ya una vida.
¡Ah! Sí, el Erard
estaba aquí - y lo he pensado frecuentemente -, vendría en
mi ayuda, sí, seguramente. Largo tiempo he tenido que esperar. Ya
está aquí al fin el magnífico instrumento de la bella
voz que yo adquirí en el momento en que sabía que iba a perder
tu presencia. Con qué simbólica claridad me habla mi genio,
mi demonio aquí. Casi sin conocimiento caí entonces sobre
el piano; pero la disimulada voluntad de vivir sabía lo que quería.
¡El piano! Sí, un piano; pero era el ala (1) del ángel
de la muerte.
R.W.
___
(1) La palabra flügel,
significa en alemán al mismo tiempo cola y ala. (N. del T.)
*
9 de Octubre.
He comenzado ahora. ¿Con
qué?
No poseía en nuestros
lieder más que los rápidos borradores a lápiz, a veces
muy sumarios y tan indescifrables que temí olvidarlos absolutamente
algún día. Me ví obligado a volverlos a tocar; los
he evocado completamente en mi memoria, después los he anotado cuidadosamente.
Ahora no me es ya necesario que tú me envíes los tuyos; tengo
los míos aquí.
Fué pues mi primer trabajo.
Las hadas han sido ensayadas. Nunca he hecho nada mejor que estos lieder
y pocas cosas en mi obra podrán igualarlos.
«¡Y desvela tu enigma,
naturaleza sagrada... !»
Tenía grandes deseos
de modificar la expresión «naturaleza sagrada». El pensamiento
es exacto pero no la expresión. La naturaleza no es «sagrada»
salvo cuando se eleva hasta la serenidad. Pero por el amor tuyo no he modificado
nada.
R.W.
*
12 de Octubre.
Mi amigo Schopenhäuer
dice en alguna parte «Es mucho más fácil descubrir
en la obra de un gran espíritu las faltas y los errores que dar
una exposición clara y completa de su valor. Porque las faltas son
cosas particulares y determinadas, lo que permite advertirlas en su integridad
mientras que, al contrario, la marca distintiva que el genio imprime a
su obra es lo que la confiere su excelencia insondable, inagotable».
Yo aplico esta sentencia con
la más profunda convicción a tu última carta. Lo que
me parecia erróneo en ella lo apercibía tan fácilmente
que hubiera podido hablar de ello inmediatamente después de su lectura;
la profundidad, la belleza, el caracter divino de tu carta, sin embargo,
llega a ser punto infinito e inagotable que sólo me hace gozar y
no hablar contigo de ello. Qué único y eficaz consuelo es
para mí el saberte tan alta, tan pura. Me es imposible expresártelo
de otra manera que por el esfuerzo que ha de venir, el esfuerzo final de
mi vida. No te podría decir cuál será la apariencia
exterior, es verdad, porque ésta pertenece al Destino. Pero la esencia
interior, de la cual sacaré los contornos exteriores de mi destino,
se condensa al fondo de mi ser en una conciencia clara y firme, que voy
a explicarte lo más pronto posible.
Tú conoces mi vida hasta
el día en que te encontré, hasta el día de nuestra
unión. Del mundo, cuya esencia era cada vez más hostil a
mi ser, yo me retiré siempre más consciente y decididamente
sin poder romper, sin embargo, todos los lazos que me unían a él,
dada mi situación de artista y de hombre falto de recursos. Yo huía
a los seres humanos porque su contacto me resultaba doloroso; buscaba la
soledad y la vida retirada con una intención perseverante y, por
el contrario, alimentaba con una creciente intensidad el deseo de encontrar
en un solo corazón, en una individualidad dada el puerto de refugio
y de liberación en el que fuese acogido sin reservas. Conforme a
la naturaleza del mundo esto no podía darse más que en una
mujer amante, incluso sin descubrirla, esto había de ser claro para
mi mirada intuitiva de poeta y las más nobles tentativas no habían
podido más que demostrarme la imposibilidad de llegar a mi objeto
en la amistad de un hombre. Pero jamás creí que encontraría
la dicha tan completa, el apaciguamiento tan absoluto como junto a ti.
Aún te lo repito una vez más: tú has tenido el valor
de precipitarte en todos los sufrimientos posibles del mundo para poder
decirme: «¡Te amo!». Esa fué mi liberación;
de ahí me vino esta calma sagrada que dió a mi vida una nueva
significación. Pero este fin divino no podía ser obtenido
más que al precio de todos los sufrimientos, de todas las angustias
del amor, ¡hemos vaciado el cáliz hasta la hez! Y ahora que
hemos pasado todos los tormentos, que ningún sufrimiento nos ha
sido perdonado, ahora debe aparecer claramente la esencia de la vida superior
que hemos merecido por los horrores de estas difíciles pruebas.
En ti, brilla ya tan pura, con tanta certidumbre que, por tu alegría,
no puedo sino mostrarte ahora de qué manera comienza a reflejarse
en mí.
El mundo es vencido: Por nuestro
amor, por nuestros sufrimientos, se ha vencido a sí mismo. No me
es ya un enemigo delante del que hay que huir, sino más bien un
objeto indiferente, sin importancia para mi voluntad, respecto al cual
no experimento el menor temor, que no evoca en mí dolor alguno,
por tanto ningún disgusto. Siento eso más distintamente cuanto
que no experimento ya con tanta intensidad el deseo de la soledad absoluta.
Este deseo tomaba antes las proporciones de una verdadera nostalgia, de
una persecución apasionada. Ya se me ha apaciguado completamente,
lo siento bien. Las últimas decisiones que hemos tomado me han conducido
a esta clara intuición: que no tengo nada que desear, nada que buscar.
Después de la plenitud con la cual tú te has entregado a
mí, no puedo llamar a eso resignación, menos aún desesperación;
este estado de alma audaz se oponía a mí antes como el resultado
final de mis deseos y de mis intentos, siendo dichoso por ti estoy liberado
de su necesidad. Tengo la sensación de una saciedad divina. La pasión
ha muerto, porque está completamente apaciguada... Revivido, miro
de nuevo este mundo que me parece así bajo un aspecto totalmente
distinto. Porque no tengo nada que buscar en él, no tengo ya que
encontrar el puerto de seguridad donde pudiera salvarme. Ha llegado a serme
un espectáculo totalmente objetivo como la naturaleza, en la que
veo salir, llegar y acabar el día, en la que veo nacer y morir gérmenes
de vida, sin que mi ser interior parezca depender de estas llegadas y de
estas partidas, de estos nacimientos y de estas muertes. Respecto a él
representa casi exclusivamento el papel del artista que observa y crea,
del hombre sensible que simpatiza sin querer buscar, no obstante, él
mismo, lo que sea. Exteriormente, reconozco esta nueva situación
en esto, en que no siento más el deseo, bien conocido de ti de una
casa retirada y solitaria; y admito que en eso la experiencia, dolorosamente
adquirida, ha colaborado conmigo. Porque tengo lo que podía adquirir
de superior y más precioso en tal sentido no me satisface, porque
nuestra separación y la necesidad de ella había de enseñarme
que «El Asilo» ardientemente deseado, no puede, no debe serme
concedido.
¿Pero dónde prepararme
un asilo nuevo?
He llegado a ser totalmente
insensible a este deseo desde que he abandonado el último, el desgraciado
«Asilo». Por el contrario me siento perfectamente fortificado,
y calmado en lo más profundo de mi ser, protegido contra las asechanzas
del mundo entero por el asilo inviolable, indestructible y eterno que he
encontrado en tu corazón, que de ahí pueda contemplar el
mundo con una sonrisa benévola y llena de compasión, este
mundo al cual me es imposible pertenecer en adelante sin desabrimiento,
porque no le pertenezco ya en sujeto sufrido precisamente, sino solamente
en sujeto compasivo. Acepto, pues, exento de todo deseo, la forma de mi
destino exterior para deterrninarla en seguida y según me convenga.
Yo no deseo nada; lo que se presente a mí por sí mismo y
ni sea contrario a mi conciencia clara, lo aceptaré con calma, sin
esperanza, pero también sin desesperación, a fin de cumplir
mi misión lo mejor posible, tanto como lo permita el mundo, sin
ocuparme de una recompensa, sin pedir siquiera la comprensión. Siguiendo
esta vía tranquila, (cuyo descubrimiento es el resultado de luchas
sin fin contra el mundo y en seguida mi liberación por tu amor),
me estableceré algún día probablemente donde disponga
de serios recursos de arte para la adquisición de los cuales no
tengo necesidad de inquietarme en primer lugar (porque semejante juego
no me representa gran cosa) y así podré hacerme ejecutar
periódicamente a mi gusto y según mis ocios las obras mías
de una manera soportable. Evidentemente no puede ser de ninguna manera
cuestión de una plaza o de un empleo. No tengo tampoco la menor
predilección por tal o cual sitio: porque en ninguna parte busco
ya nada determinado, ni individual, ni siquiera íntimo. Estoy completamente
liberado de esta necesidad. Aceptaré más bien lo que me permitan
mis relaciones más banales, incluso las más superficiales
de mi alrededor y eso me será tanto más fácil cuanto
en que la villa en que resida sea más considerable. No pienso de
ninguna manera en retirarme hacia alguna intimidad cualquiera que sea (a
Weimar, por ejemplo); semejante pensamiento incluso me altera absolutamente.
No puedo conseguir un sentimiento de seguridad respecto del mundo más
que considerando los hombres de una manera general, sin la menor relación
individual. Jamás podré esforzarme en atraerme el uno o el
otro hacia mí, como en Zurich.
Tales son los trazos fundamentales
de mi estado de alma. Lo que vendrá en cuanto al punto de vista
del exterior no puedo afirmarlo con certidumbre - lo repito -. Además
eso me es prof undamente indiferente. No pienso de ninguna manera en nada
que sea estable, para mi porvenir: persiguiendo la estabilidad ¡me
he habituado totalmente al cambio!, dejo el campo libre por lo mismo que
me encuentro enteramente exento de deseos.
¿Qué forma tomarán
nuestras relaciones personales, las relaciones entre tú y yo? Para
eso querida mía hará falta fiarnos del Destino. Es la sola
cosa que aún me hace sufrir.
Porque aquí está
el punto sensible, el aguijón del dolor, la amargura cerca de otro
que hace para nosotros imposible la divina dicha de estar juntos, sin que
los otros ganen en eso absolutamente nada. Aquí no somos libres,
dependemos de aquellos por los cuales nos sacrificamos y a los que volvemos
ahora
con el pensamiento del gran sacrificio en el alma, para experimentar sobre
ellos inmediatamente el efecto de nuestra compasión. Tú educarás
tus hijos; - ¡que te acompañe mi ferviente bendición
en tal fin! - ¡que puedas encontrar la alegría y la noble
recompensa de tus esfuerzos en ello! Yo no elevaré jamás
mi mirada hacia ti sino con el más profundo contento. Nos volveremos
a ver también; pero me parece que a lo primero solamente como en
sueños, como dos fantasmas que se encuentran en los lugares donde
han sufrido para experimentar por una vez aún la alegría
de las miradas cruzadas, de las manos enlazadas, que les elevaba del mundo
y les ganaba el cielo. Sí, siéndome dada mi paz profunda
alcanzaba una bella edad, tal vez me fuese concedida la dicha de volver
cerca de ti, cuando todo sufrimiento y todo rencor, hubiesen sido vencidos.
Entonces «El Asilo» pudiera aún llegar a ser una verdad.
Es posible que yo tuviese incluso necesidad de cuidados. No me faltarán
sin duda alguna. Tal vez -llegarás tú aún alguna mañana
al gabinete de trabajo tapizado de verde, hasta mi cama, para recibir en
tu abrazo mi alma con un último beso de adiós.
Y mi diario se terminaría
así como ha comenzado. ¡Sí, querida mía, que
este diario sea cerrado ahí! Te representa mis sufrimientos, mi
ascensión, mis luchas, mi juicio sobre el mundo, y, sobre todo,
mi eterno amor hacia ti. Acéptalo de buena fe y perdóname
si abro de vez en cuando una herida.
Ahora vuelvo a Tristán
a fin de que, por tu intermediario, el arte profundo del silencio sonoro
te hable en mi nombre. La soledad y el retiro en los cuales vivo me reaniman;
aquí uno mis esfuerzos dolorosamente esparcidos. Ya, desde hace
algún tiempo, puedo apreciar mejor que antes el beneficio de un
sueño profundo y tranquilo durante la noche, quisiera poder concedérselo
a todos. Quiero gozarlo hasta que mi obra prodigiosa esté madura
y terminada. Sólo entonces veré qué cara me pone el
mundo. El gran Duque de Baden, me ha obtenido por sus gestiones la autorización
de poder residir en Alemania durante algún tiempo, con el fin de
poder montar personalmente una obra nueva. Tal vez lo use para «Tristán»,
hasta entonces quedo con él, solo en un mundo de ensueños
venido a ser vivo y presente.
Si me sucede alguna cosa que
valga la pena de ser comunicada, la anoto, la añado a mi colección
y tú recibirás noticias en cuanto manifiestes el deseo. Nos
daremos mutuamente noticias tan frecuentemente como sea posible, ¿no
es así? No pueden más que alegrarnos, porque entre nosotros
todo es puro y claro; ningún error, ningún mal entendido
puede oprimirnos. Adiós, pues, ángel mío, mi liberadora
divina, querida y pura mujer. ¡Adiós, sé bendita con
toda la devoción profunda de mi alma!
Ricardo Wagner.
*
Venecia, 18 de
Octubre de 1858.
Hoy hace un año que tuvimos
una bella velada en casa de los Wille. Hacía un tiempo maravilloso.
Festejábamos el 18 de septiembre. Al regreso del paseo, hacia las
alturas, tu marido ofreció el brazo a la señora Wille, yo
pude, pues, ofrecerte el mío. Hablamos de Calderón: ¡Qué
a propósito venía! Una vez en la casa, me puse al piano:
ni yo mismo comprendía lo bien que tocaba. Fué una tarde
magnífica, exuberante. ¿La has festejado hoy? ¡Oh!,
este hermoso tiempo debía florecer para nosotros una vez; pasó,
pero la flor no pereció, su perfume persistirá eternamente
en nuestras almas.
Hoy he recibido también
una carta de Liszt que me alegra mucho, de suerte que me encuentro en una
disposición de espíritu verdaderamente serena. Y con todo
eso hace además buen tiempo. Yo había escrito a Liszt cosas
desagradables, hacía falta, porque me es muy querido y le debo la
más absoluta sinceridad. Ahora me contesta con una inconmovible
ternura. Aprendo por esta bella experiencia que no tengo que lamentar mi
convicción de la imposibilidad de una amistad perfecta, según
se nos presenta como el ideal. En efecto, esta imposibilidad no me hace
de ninguna manera insensible sino, por el contrario, tanto más reconocido
y lleno de simpatía por lo que, en la realidad, se aproxima de este
ideal.
Entre la inteligencia de Liszt
y la mía, existe una tal diferencia esencial, que a menudo la dificultad
e incluso - según he de creer - la imposibilidad de hacerme comprender
de él me atormenta y me dispone a una amargura irónica. Pero
aquí entra en juego el afecto, con un tal deseo de conciliación
y de apaciguamiento que no creo, por decirlo así, en las relaciones
de cálida amistad entre hombres, si no existen entre ellos concepciones
diferentes. Porque este sentimiento amistoso es el que solamente puede
establecer la armonía, las maneras de pensar no concordarán
jamás, a menos que se trate de seres insignificantes entre los que
las opiniones sean fundadas sobre lugares comunes. Sí, más
originales, están por encima de este nivel no puede haber cuestión
verdaderamente más que de una concordancia lógica y práctica
de inteligencia, como sucede en la esfera científica. La verdadera
amistad no comienza más que cuando por una intervención superior
se nivelan las divergencias y las hace parecer insignificantes. Esta agradable
impresión la he sentido varias veces con Liszt.
Sin embargo, no puedo negar
que sea preferible para los dos no estar mucho tiempo juntos, porque en
tal caso tengo que temer una revelación demasiado evidente de la
diferencia que existe entre nosotros. Ganamos mucho los dos en estar alejados
el uno del otro. En cuanto a nosotros, tú y yo, lejos o cerca, estamos
unidos, no hacemos más que uno.
R.W.
*
24 de Octubre.
¡Cómo dependo de ti,
mi bien amada! Lo he sentido tan profundamente estos últimos días.
Por ti solamente había conquistado la bella serenidad de mí
alma: te sabía tan alta y purificada que yo debía serlo contigo.
Y ahora he aquí la llegada de este duelo, este dolor melancólicamente
grave de saberte afligida por la pérdida de tu hijo. ¡Qué
cambio repentino! Todo orgullo, todo apaciguamiento desvanecido tan de
prisa en una sacudida de tierna angustia. ¡Pena profunda, lágrimas,
duelo! El mundo apenas edificado vacila, la mirada no lo ve más
que a través del llanto. La fuerza del exterior ha venido a golpear
la puerta de nuestras almas para verificar si todo es allí sincero.
Fué un período grave. Pero tú tendrás en cuenta
de que en estos días sólo con esfuerzo he pensado en mi trabajo.
¿Podría decir que absolutamente nada? Pero no, deduzco sin
embargo, que se trata de una falsa vocación mía; estoy persuadido
más bien de que este trabajo constituye la expresión de mi
ser, el cual dispone aún de otras y de más seguros medios
de expresarse. Puedo sufrir contigo, afligirme contigo. ¿Podría
hacer alguna cosa más bella, cuando tú sufres, cuando estás
afligida?
Procura que reciba lo más
pronto, noticias tuyas, a fin de que pueda verte claramente en esta grave
y pesada prueba. Como lo que viene de ti me será, una enseñanza,
un ejemplo de belleza para mi. ¡Que yo encuentre en tus palabras
el sentimiento que está habituado a abrazar el mundo entero, del
que formaba parte también tu hijo, su vida, su dulce fin. Estate
cierta de ser siempre comprendida por mi ferviente amistad.
Querida, pobre criatura.
Ricardo Wagner.
*
31 de Octubre,
noche.
¿No sabes tú, querida
mía, que yo dependo de ti, únicamente de ti? Que la grave
serenidad con la que se cerraba el diario que te he expedido no era más
que la imagen reflejada de la tuya, del bello estado de tu alma, que me
había sido comunicado. ¡Oh!, no me tengas por tan grande como
pueda ser más que por mí y para mí, el que soy tal
como soy. ¡De qué profunda manera lo siento ahora! Estoy destrozado
hasta el corazón por un sufrimiento, y envuelto por una desesperanza
inexpresables. He recibido tu envío, tengo ahí tu diario,
tu respuesta ¿No sabes pues, aún que sólo vivo para
ti? ¿Es que no lo creías cuando recientemente te lo hacía
decir? Igualmente elevarme hasta ti; he ahí a lo que se aferra mi
vida. No hay que acusarme cuando te afirmo que no formamos sino un ser
que yo siento como tú, que comparto tu estado de espíritu,
la más escondida de tus penas es la mía también, no
sólo porque eso es tu vida, sino porque muy claramente, ciertamente
es también la mía. ¿Te acuerdas tú lo que nos
escribimos cuando yo estaba en París y estalló simultáneamente
el dolor en nosotros tras la comunicación recíproca y entusiasta
de nuestros proyectos? Aun es así. Así será siempre,
hasta el fin. Todo es quimera. Todo es ilusión. No somos hechos
para conformar el mundo a nuestra imagen. ¡Oh querido y puro ángel
de verdad! ¡Bendita seas por tu divino amor! ¡Oh, yo sabía
todo! ¡Qué penosos días he atravesado! ¡Qué
angustia creciente, qué profundos tormentos! El mundo estaba detenido;
yo no podía respirar más que sintiendo tu aliento. ¡Oh,
mi dulce, dulce criatura! Hoy no puedo consolarte yo, pobre y triste, destrozado
como lo estoy! No puedo ofrecerte tampoco el bálsamo para tu herida,
no puedo llevarte la curación. ¿Cómo sería
ello posible?... Mis lágrimas amargas corren como un torrente tumultuoso:
¿Es eso lo que te podría curar? Yo sé que son lágrimas
de un amor como quizás no se haya visto jamás; en estas lágrimas
me parece reflejarse toda la amargura del mundo. Y sin embargo, la única
felicidad que puedo experimentar hoy, me la dan ellas; me proporcionan
una profunda, una absoluta certidumbre, un derecho indiscutible, inatacable.
Son las lágrimas de mi eterno amor hacia ti. ¿Podrían
ellas curarte? ¡Oh, cielo! Más de una vez estuve a punto de
partir sin perder un segundo para ir a buscarte. ¿Renuncié
a ello por el temor de mí mismo? No, seguramente no, sino por el
cuidado de tus hijos. Por amor de ellos, aún y siempre. ¡Valor!
No será más largo. Me parece que podré pronto presentarme
ante ti rodeado de más belleza, envuelto en un encanto mayor, en
una palabra, más digno de ti. ¡Lo quisiera tanto! ¿Pero
qué es el querer?
¡No, no, mi dulce criatura!
Yo sé todo. Comprendo todo; veo claramente la situación.
Es para volverse loco. ¡Déjame acabar! No para buscar el reposo,
sino para sumirme en la voluptuosidad de mi dolor.
¡Oh querida mía!
¡No, no! Él no te traicionará jamás!
Ricardo Wagner.
*
1º de Noviembre.
Hoy es el día de todos los
Santos.
Me he despertado de un sueño
breve pero profundo tras de tormentos prolongados y terribles como nunca
los había experimentado. Estaba en el balcón y miraba el
Gran-Canal con la corriente de sus ondas negras por debajo de mí.
Soplaba un viento de tempestad. No se hubiera oído mi salto ni mi
caída. Este salto me había liberado de todos mis sufrimientos
Cerré el puño para empinarme por encima de la balaustrada.
¿Era eso posible pensando en ti y en tus hijos?
El día de todos los
Santos ha llegado. ¡Eterno reposo a todas las almas!
Ahora sé que me será
concedido morir en tus brazos. Estoy cierto. Pronto te volveré a
ver, en la primavera seguramente; quizá ya en pleno invierno.
¡Piensa, hija mía!
El último aguijón ha sido arrancado de mi alma.
Ahora estoy en posesión
de todas mis fuerzas. Pronto nos volveremos a ver.
No concedas tanta importancia
a mi arte. Lo he sentido claramente; no es para mí ni un consuelo
ni una compensación No hace más que acompañar mi profunda
armonía contigo, certifica mi deseo de morir en tus brazos. Cuando
llegó el Erard, no pudo encantarme verdaderamente más que
porque tras la tormenta me apareció con más certidumbre tu
amor profundo e inalterable, con más evidencia que nunca. Contigo
lo puedo todo; sin ti, ¡nada, nada! No te dejes extraviar por la
impresión de un alma serena y tranquila con que concluía
mi diario, sólo era el reflejo de tu elevación de alma digna
y bella. Todo se desmorona en mí cuando noto el más ligero
desacuerdo entre nosotros. Créeme, ¡mi única! Me tienes
en tus manos; sólo contigo puedo llegar al fin supremo.
Después de esta noche
terrible, acudo a ti con esta súplica: ten confianza en mí,
una confianza absoluta, ilimitada. Y eso quiere decir únicamente:
estate persuadido que contigo lo puedo todo, sin ti, nada.
Así puedes saber que
dispones de mí, de mis sufrimientos, de mis actos; eres tú
incluso cuando me engaño respecto de ti. Y así estoy seguro
de ti. Tú no me abandonarás, no querrás dejar de hallarme;
tú me acompañarás fielmente a través de la
miseria y la desesperación. No puedes obrar de otra manera. Esta
noche he conquistado un nuevo derecho sobre ti: ¡no puedes saberme
vencido por la vida y rehusarme el favor necesario!
¡Ayúdame! Porque
yo también quiero venir a tu ayuda fielmente. Ayúdame a soportar
la terrible carga que pesa sobre mi corazón: es una carga, pero
... pesa sobre mi corazón. Un médico en el que tengo toda
mi confianza me hizo conocer ayer el diagnóstico exacto de la enfermedad
de mi mujer. Me parece que no tiene remedio. Su grave enfermedad amenaza
un avance rápido que le hará sufrir cruelmente, quizá
por largo tiempo, el sufrimiento irá creciendo progresivamente,
la única liberación posible es la muerte. Lo que puede dulcificar
su suerte, es una completa tranquilidad, el alejamiento de toda preocupación
moral. ¡Ayúdame a cuidar a la desgraciada! Yo sólo
podré hacerlo desde lejos, porque me es necesario considerar mi
alejamiento de ella como necesidad absoluta. Sería incapaz de cerca;
además, mi proximidad no sería para ella sino una causa de
agitación. Sólo me es posible tranquilizarla desde lejos;
porque regulariza así mis comunicaciones según mi tiempo,
no dejando perder de vista mi deber para con ella. Pero esto no lo puedo
hacer tampoco sin tu asistencia. No puedo soportar el saber que tú
te sientes herida, no puedo soportar la miseria de verme incapacitado para
curarlas. Eso me destroza y me conduce allí donde esta noche he
vuelto otra vez hacia ti. ¿No es así, ángel mío?
¿Me comprendes? Ya sabes que soy tuyo y que tú sola dispones
de mis actos, de mi trabajo, de mi arte, y de mis decisiones. No rehuses
en desconocerlo porque es la verdad. Ningún «Cisne»
me ayudará si tú no me ayudas; nada tiene sentido ni significación
importante para mí si no es por ti. ¡Oh!, créelo, créelo,
pues! Así cuando yo te digo «Ayúdame en esto o en aquello»,
quiero decir solamente: «Persuádete de que no puedo nada sin
ti, que cualquier cosa sólo me es posible por ti». He ahí
todo el misterio, jamás se me ha revelado tan claramente como hoy
en su profundidad. Después de la muerte de tu hijo, mi trabajo marchaba
lamentablemente. Veía con certeza que mi arte no me consuela, que
no es más que la expresión del estado de alma del solitario,
cuando se siente unido a ti. ¡Oh!, por eso marcha con tanta dificultad
mi trabajo, desde hace tiempo me parece un juego fútil, mi verdadero
yo no interviene en ello seriamente para decir verdad; nunca ha intervenido,
siempre ha quedado por fuera, por encima, en la atmósfera de mis
fervientes aspiraciones, en lo que sólo ahora me hace capaz de vivir
y consagrarme a mi arte. ¡Créeme pues! ¡Créeme!
Tú sola representas para mí lo serio de la vida. Esta noche,
cuando retiraba mis manos de la balaustrada del balcón, no fué
el pensamiento de mi arte lo que me retuvo. En este instante terrible se
me apareció, con una claridad casi visible el eje verdadero de mi
vida, alrededor del cual ha vuelto mi resolución desde la muerte
a la vida nueva, ¡eras tú! ¡tú!, me parecía
que una sonrisa planeaba sobre mí: ¿no sería más
grande felicidad morir en tus brazos?
..............................................................................................................................................................................................................................................................
¡No hay que reprocharme,
hija mía! «¡Una lágrima se ha deslizado; la tierra
me ha reconquistado!» ... (1). Hoy he escrito a Heim, que me procura
el paso para mi Erard; quiero servirme de él para introducir el
instrumento en Suiza otra vez sin los derechos de la aduana. Desde esta
noche, el «Cisne» ha perdido mucho de su significación;
¿es esto bastante para que pueda prometerte aún alegría?
...
Sí, es duro, bien duro
mi criatura amada. Pero somos lo bastante ricos para solventar nuestra
deuda de vida y conservar aún para nosotros el más inmenso
beneficio. ¿Pero, no es verdad? ¿Me responderás? ¿Y
si no puedo procurarte la «curación», al menos desdeñarás
mi «bálsamo»?
¡Pronto nos veremos!
¡Hasta la vista! ...
¡Día de todas
las almas!
¡Hasta la vista!
¡Y guárdame tu
cariño!
R.W.
____
(1) Citación del “Fausto”,
de Goethe.
*
24 de Noviembre.
Venecia.
Carlos me ha dejado por algún
tiempo con el fin de ir a felicitar por su cumpleaños a su madre
que está enferma. Volverá dentro de poco tiempo. Su marcha
me ha emocionado mucho. El extraño sentía pena de abandonarme.
Pienso que cualquiera que me haya podido ver en estos últimos meses,
guardará una buena impresión de mí. Jamás he
sido tan claro en todo como ahora, y la amargura, por decirlo así,
ha desaparecido absolutamente. El que sabe bien que no tiene nada que buscar
sino solamente dar, ese se reconcilia con el mundo entero, porque su alejamiento
consistía en que buscaba alguna cosa donde nada podía dársele.
¿Cómo se ha llegado a esta fuerza maravillosa de la entrega?
únicamente porque no se quiere nada para sí mismo. El que
comprende que la única dicha intensa a la cual pertenece un corazón
profundo, no puede ser dada por el mundo, siente también al fin,
cuanto es su derecho de rehusar a lo que no posee. ¿Pero qué
entendemos «por el mundo»? A nuestro sentido, todos los humanos
que pueden darse verdaderamente, según lo que quieren para su felicidad:
honores, gloria, bienestar, matrimonio ventajoso, sociedad agradable, alegría
de la posesión bajo todas sus formas. Aquel que no alcanza semejante
objeto destesta por eso el mundo. ¡Pero qué poco nos convendría
a nosotros guardarle rencor! No deseamos nada de lo que pueda retirar o
dar grado de su capricho. De manera que entonces se vuelve mi mirada con
compasión hacia la humanidad y me alegro de poder dar lo que lleva
el consejo a lo que la ilusión se ha creado de los sufrimientos.
Aquel que se encuentra tan maravillosamente por encima del mundo, no debe,
no puede, bajo ningún pretexto, exigir nada de él ni aceptar
lo que sea, salvo el caso en que llevara o hiciese dichoso al donante por
la aceptación. Si nosotros quisiéramos de él, por
el contrario, un sacrificio real que él entendiera como tal y al
cual no se resolviese más que a la fuerza, ello debiera demostrarnos
inmediatamente, que habíamos descendido desde nuestra altura y que
estábamos en camino de faltar a nuestra dignidad. Tal era igualmente
el sentido de la mendicidad budhista: el religioso, que había renunciado
a toda posesión aparecía tranquilo y sereno en las calles
y junto a las casas para hacer dichosos a quienes le daban limosna, por
la aceptación de ésta. ¿Qué hubiera pensado
el hombre santo, que había renunciado a todo, si hubiera debido
forzar la limosna a un donante poco dispuesto, para mitigar el hambre,
por ejemplo, él para quien el ayuno constituía una práctica
devota? Eso me ha procurado una satisfacción, la de haberme definido
sobre esta tendencia de dar y recibir, habiendo tenido que responder a
un amigo hace algún tiempo, en el lago de Zurich. ¡Vergonzoso,
sí, incluso criminal sería el querer obtener alguna cosa
en este mal sentido de verdadero espíritu del mundo, este espíritu
que se imaginaría hacerme una concesión, mientras que yo
creería elevarlo hasta mi altura, por la más noble de las
intenciones! ¡Qué altivo me sentía ahí; pero
de ninguna manera amargado! El mendigo budhista se había equivocado
de casa y el ayuno vino a serle una devoción. Donde yo creía
llevar la dicha, se creía deber sacrificarse por mí. El reconocer
este amor ¿no era suficiente? Y cuando yo tenga que entregar hasta
mi último aliento, todo lo que vive en mí quedará
puro y divino, si algún sacrificio del mundo no lo impide. Esta
convición, esta voluntad es precisamente lo que nos hace tan grandes,
lo que nos da la fuerza inmensa de no sentir siquiera el dolor y de hacer
del ayuno una devocion.
Me había propuesto viajar
este invierno. He renunciado a ello. Pero ahora contemplo el mundo con
una mirada cada vez más clara; a cada devoción adquiere mi
espíritu una fuerza milagrosa. Actualmente debo poseer un gran poder
sobre los hombres. He podido experimentar este efecto sobre Carlos, cuando
me dijo adiós por algún tiempo. No me encuentro siempre bien,
en lo físico. Pero mi alma sigue ordinariamente serena. También
me es preciso sonreír cuando el pequeño Kobold viene a rondar
la casa: ayer oí de nuevo su bullicio.
R.W.
*
1º de Diciembre.
Pobre desdichado, ya van ocho días
que estoy encerrado en mi habitación y esta vez incluso sin levantarme
de mi butaca desde la que me llevan por la noche a la cama. No se trata,
sin embargo, más que de un sufrimiento exterior, creo, incluso,
que es de los más decisivos para mi salud general, pues mi estado
me da más esperanzas para poder consagrarme en adelante en cuerpo
y alma a mi trabajo, mientras que las interrupciones de éste hacen
mis crisis de enfermedad del todo intolerables. Durante estos períodos,
mi inteligencia está siempre despierta: planes y apuntes ocupan
vivamente mi imaginación. Por el momento los problemas filosóficos
son los que me obsesionan. En estos últimos tiempos he releído
detenidamente la obra maestra de mi amigo Schopenhäuer y esta vez
me ha conducido más aún que de ordinario a la extensión
de ciertos puntos, a la corrección de su sistema. El objeto presenta
una gran importancia y tal vez debía estar reservado a mi naturaleza
especial, señaladamente en el presente período de mi vida
para descubrirme horizontes que habían de quedar cerrados para otros.
Se trata de indicar claramente la vía hacia el apaciguamiento absoluto
de la voluntad por el amor y no por una filantropía abstracta; por
el verdadero amor, por el amor que tiene su origen en la atracción
sexual, es decir, en la inclinación del hombre hacia la mujer y
recíprocamente, vía que no ha sido reconocida por ningún
filósofo, tampoco incluso Schopenhäuer. Todo depende de mi
decisión de poner en provecho mío el arsenal de las concepciones
que me proporciona Sdhopenhäuer mismo (esto en cuanto al punto de
vista de la filosofía actual porque, en calidad de artista, yo tengo
mis propios recursos). La explicación va lejos y profundamente;
ella implica una definición exacta del estado en el cual llegamos
a ser capaces de reconocer las ideas, como por ejemplo, la genialidad en
sí misma, que yo no considero como el estado de separación
del intelecto y la voluntad, sino más bien como una elevación
del intelecto individual de tal modo que viene a ser el órgano esencial
de la especie, por consiguiente el de la voluntad en sí misma, igualmente.
Esta es la sola explicación de la alegría, del éxtasis
misterioso y entusiasta en los momentos más intensos de genial intuición
que apenas parece conocer Schopenhäuer, porque no puede encontrarlos
más que en la paz y el silencio de la individual voluntad afectiva.
Por una concepción completamente análoga a ésta, yo
llego, sin embargo, a demostrar con la más grande precisión
la posibilidad de elevarse en el amor por encima del instinto de esta voluntad
individual. Tras el completo dominio de éste llega la voluntad a
la plena conciencia, lo que, a tal altura, equivale necesariamente a un
completo apaciguamiento. Todo esto podrá llegar a resultar claro,
incluso a los que no están iniciados, si lo logro en mi exposición.
El resultado será entonces de los de mayor importancia y llenará
de una manera completa y satisfactoria las lagunas del sistema de Schopenhäuer.
Veremos si algún día tengo el gusto de hacerlo.
*
8 de Diciembre.
Hoy por primera vez he respirado
el aire puro; esto no marcha aún muy bien. Esta última enfermedad,
en el curso de la cual he tenido realmente necesidad del cuidado de alguien,
porque me era imposible moverme, me ha aclarado de una manera suficiente
por las observaciones que he podido hacer. Carlos ha partido ya hace casi
tres semanas, no tenía, por decirlo así, nadie con quien
hablar fuera de mi médico y los criados. Cosa extraña, no
sentía el menor deseo de sociedad. Por el contrario, fuera de la
visita que me hizo un principe ruso, que unía una gran inteligencia
a un sentido musical muy desarrollado y un corazón verdaderamente
bondadoso, sentí, sin embargo, un verdadero sentimiento de liberación
cuando se marchó. Me parece que es siempre un esfuerzo inútil
y sin ningún resultado el entretenerse con alguien. Por el contrario
tengo un gran placer en conversar con los servidores. En ellos encuentro
el hombre espontáneo, con sus defectos y sus cualidades. También
me han cuidado con verdadera solicitud. Les estoy muy reconocido. Kurwenal
me es más predilecto que Melot. Con eso ningún ruido de afuera
llega hasta mí: el cartero se me había hecho casi invisible.
Hoy, cuando llegué en góndola a la Piazza, encontré
a una brillante multitud yendo y viniendo. He escogido para mis comidas
en el restaurant una hora en la cual estoy seguro de encontrarme completamente
solo. Así me deslizo como un extranjero perdido entre la multitud
hasta mi góndola, para volverme por el silencioso Gran-Canal hasta
mi austero palacio. Arde la lámpara. Todo a mi alrededor es tranquilo
y grave. Y en mí se afianza la certidumbre absoluta, indudable que
todo esto es mi mundo del que no podré separarme sin dolor. Me siento
feliz. Los criados me encuentran a menudo con una alegre disposición
de espíritu, entonces bromeo con ellos.
La elección de mis lecturas
es también muy limitada; pocos libros me seducen. Siempre vuelvo
a mi Schopenhäuer que me ha conducido, como te decía hace poco,
al más maravilloso encadenamiento de ideas, para corregir muchas
de sus imperfecciones. El tema resulta de día en día más
interesante, porque aquí se trata de esclarecimientos que nadie,
excepto yo, puedo lograr. No ha habido ningún hombre que haya sido
a la vez poeta y músico en el sentido mío y por eso puedo
dar una idea de los desarrollos interiores, que no se pueden esperar de
ningún otro.
Quería leer también
las cartas de Humboldt a una amiga; pero no tengo más que el pequeño
volumen de Elisa Mayer sobre Humboldt con extracto suyo. Lo he abandonado
sin quedar satisfecho; lo mejor era evidentemente lo que mi amiga había
elegido para mí. Cualquiera que conozca completamente a Humboldt,
verá en el sabio e investigador científico, una figura interesante
sin duda alguna. También el hombre debe haber sido de un trato agradable
y muy simpático. Comprendo que Schiller haya gustado de su trato;
para mí también resultaría precioso el de un tal hombre.
Los espíritus creadores tienen necesidad de íntimas relaciones
con tales naturalezas esencialmente receptivas, aunque no sea más
que por necesidad de expansión. Uno se consuela fácilmente
después al comprender en el momento de valorar el resultado que
la certeza de sentirse absolutamente comprendido no era más que
ilusión. Humboldt ha penetrado poco, efectivamente, la verdadera
naturaleza de las cosas, en este punto de vista resulta en suma superficial,
no sobrepasa el nivel medio y sus chocheces dignas de un cura de aldea,
sobre Dios y la Providencia, deben parecer bastantes extrañas en
el amigo íntimo de Schiller, y discípulo de Kant. He comprobado
bien pronto que Humboldt era de aquellos de quienes dijo Jesús:
Antes pasará un buey por el ojo de una aguja que entren ellos en
el reino de los Cielos». Sus afirmaciones de independencia de todas
las necesidades, que hace a cada instante, son verdaderamente cómicas:
a dos dominios señoriales adquiridos por sucesión, se añaden
otros dos adquiridos por contratos de matrimonio y todavía el Estado
le da otro que hace el quinto. Vigoroso y de buena educación se
desposa, joven aún, con una mujer que puede amar tiernamente hasta
la muerte; a eso une un espíritu constantemente abierto, la época
de Schiller y de Goethe, verdaderamente que la providencia no podía
arreglar mejor las cosas; y no fué por falta de ésta - nos
complacemos en creerlo - si llegó a ser hombre político y
diplomático.
Pero tanto más conmovedores
son en su caso su amor y su dulce muerte. Sobre todo yo le debo una calma
profunda e inalterable gracias a una corta sentencia, poco importante en
suma, que mi amiga me comunicó con un acento tan maravillosamente
lleno de inocente sinceridad que sus breves líneas me causaron gran
impresión. Me indicaban efectivamente el único camino hacia
la esperanza. Es el pasaje de «La Confianza« y de las «Confidencias».
Desde ayer he vuelto a trabajar
en el Tristán. Sigo en el segundo acto. Pero ¡qué música
resulta! Toda mi vida podría consagrarse a esta sola obra. ¡Oh!
Será profundo y bello; y las maravillas más sublimes se unen
con completa facilidad a la idea. Jamás hasta ahora hizo nadie cosa
semejante; pero vivo también completamente en esta música;
no quiero saber de ninguna manera cuando estará terminada. Vivo
actualmente en ella. Y contigo.
Ricardo Wagner.
*
22 de Diciembre.
¡Qué bella mañana
hace, querida mía!
Desde hace tres días
tengo en el alma este pasaje: «Este a quien tú has abrazado,
este a quien has sonreído» y «entregado en tus brazos»
etc. (1). Quedé largo tiempo sin poder continuar, recordando exactamente
la ejecución. Eso me contrariaba grandemente. Imposible ir más
allá. El pequeño Kobold llamó al cuarto: fué
la aparición de una musa bienhechora. En un segundo recordé
el pasaje. Me senté al piano y lo anoté tan rápidamente
como si lo hubiera sabido de memoria desde mucho tiempo. Un juez severo
descubrirá en él algunas reminiscencias de «Los Sueños»,
ellos vuelven. Tú me perdonarás sin embargo, querida. ¡No!
No tengas jamás remordimientos de tu amor hacia mí. Es divino.
R.W.
____
(1) Escena segunda del segundo
acto de “Tristán e Isolda”. (N. del T.)
*
1º de Enero.
No lamentes nunca estos testimonios
de amor que fueron el ornato de mi pobre vida. Yo no conocía estas
flores de delicias brotadas sobre el suelo virgen de un amor noble entre
todos. Lo que yo había soñado como poeta, iba a convertirse
en una realidad milagrosa algún día; sobre la banalidad de
mi existencia terrestre había de caer este rocío de delicias
vivificantes y transformadoras. Nunca lo había esperado y ahora
me parece que había presentido este futuro. Heme pues embellecido:
he recibido la investidura de la más alta dignidad. Tu corazón,
tus ojos, tus labios me han arrebatado del mundo. Cada parcela de mi yo,
es ahora noble y libre. Como sobrecogido de un temblor sagrado ante mi
gloria tengo el recuerdo de haber sido amado por ti con una tan dulce ternura
que siempre fué, sin embargo, perfectamente púdica. ¡Ah!
Aún respiro el perfume embrujado de estas flores que me trajiste
de tu corazón: no eran gérmenes de vida; así embalsaman
las flores sobrenaturales de la muerte divina, de la vida eterna. Estas
flores cubrían antiguamente el cuerpo del héroe a fin de
que fuese convertido por las llamas en cenizas divinas; en esta tumba de
llamas y de olores se precipitó el amante, para unir sus cenizas
a las del amado. Fueron entonces un solo elemento. No ya dos seres vivos,
una sustancia divina y primordial de la eternidad. ¡No! No lo lamentes
nunca. Esas llamas arden luminosas y puras, no son un brasero tenebroso
de acres olores ni condensados vapores, es la llama clara y púdica,
que para cualquier ser anterior a ti y a mí había lucido
con tal esplendor y que ningún ser puede imaginarse. Estos testimonios
de amor forman la corona de mi vida, estas rosas de delicia que han florecido
sobre la corona de espinas hasta la coronación de mi frente. Ahora
soy orgulloso y feliz. Ya no siento ningún deseo. No hago ningún
voto. Felicidad absoluta, conciencia suprema, poder alcanzar todos los
fines de lucha contra todas las tormentas de la vida. ¡No, no! No
lo lamentes, no lo lamentes jamás.
R.W.
*
Lucerna, 4 de
abril.
El sueño de verte se ha
realizado. Al fin nos hemos vuelto a ver. ¿Era verdaderamente algo
más que un sueño? Lo que he experimentado en tu casa durante
esas horas no se diferencia de este otro sueño delicioso, que me
ilusionaba con mi retorno. Este sueño melancólico y grave
me es, por decirlo así, más real que el otro y mi memoria
apenas quiere evocarlo. Me parece que no te he visto con entera claridad;
nos separaban espesas brumas a través de las cuales apenas oímos
nuestras voces. Así como me parece que tú tampoco me has
visto, sino como si un fantasma hubiera entrado en tu casa en lugar de
mí. ¿Me has reconocido?
¡Oh, cielo! Me doy cuenta
de que este es el camino hacia la santidad. La vida, la realidad asume
cada vez más, la forma del sueño; los sentidos son enervados;
la vista se nubla; el oído que quisiera oír la voz del presente
no puede percibirla. Donde estamos no nos vemos, solamente en donde no
estamos se fija nuestra mirada. Así pues el presente no existe;
el futuro es la nada. ¿Es que mi obra merece verdaderamente que
me sacrifique por ella? ¿Pero tú? ¿Tus hijos? ¡Vivamos!
Y después notando en
tu rostro las señales de tan grandes sufrimientos, llevando a mis
labios tu mano sentí la sacudida de un profundo temblor, una voz
me gritaba que tenía que cumplir un hermoso deber. La maravillosa
fuerza de nuestro amor ha bastado hasta el presente, permitiéndome
la posibilidad de este retorno. Me ha enseñado a olvidar el presente
como en un sueño, a acercarme a ti; ha extinguido en mí el
fuego de los sufrimientos y las amarguras. Y en adelante podré besar
el umbral que me ha permitido volver hasta ti. Tengo pues confianza en
esta fuerza que me hará verte aún más claramente,
a conocerme a mí mismo con mayor evidencia a través del velo
de expiación que hemos echado sobre nosotros.
¡Oh santa bendita! Ten
confianza en mí.
Yo tendré la confianza
necesaria.
R.W.
*
Venecia, 30 de
Septiembre de 1858.
A la amiga señora Elisa
Wille.
Créalo, querida amiga,
que he de aunar todos mis esfuerzos, sólo para mantener mi equilibrio.
A cada instante he de exclamar: ¡valor, valor! Si no, todo se hunde.
Lo que únicamente me queda todavía es el aislamiento, la
más completa soledad. Es mi único consuelo, mi única
salvación. Y sin embargo, me resulta esto tan fuera de la natural
a mí que necesito tanto expansionarme sin reserva alguna. Pero,
es verdad, se puede decir que en mí todo es antinatural. Ignoro
lo que es la familia, lo que son los padres, los hijos; mi matrimonio no
fué más que un experimento de paciencia y de piedad. No he
conocido ningún amigo al cual pudiera confiarme absolutamente sin
sentir inmediatamente arrepentimiento; de día en día, siento
cada vez más lo mal comprendido que soy perpetuamente, finamente
y groseramente. Una voz interior, la expresión más verdadera
de mi ser, me dice que sería mejor destruir sin piedad toda ilusión
en este respecto, tanto para mí como para mis amigos.
El mundo entero no conoce más
que «lo práctico»; en mí, sin embargo, adquiere
el ideal una tal realidad que no tengo otra y no puedo soportar que se
le ataque. Así pues, en mis cuarenta y seis años de existencia
me es preciso constatar que mi único consuelo no puede ser más
que la soledad, que debo estar solo. Eso es ciertamente, no debo ocultarme
que no sea esa la consideración que me lleve a punto de rechazar
mi ternura; pero si debiese obrar en sentido contrario a esta verdad, estaría
seguro de perderme enteramente: la amargura y la indignación harían
que se hundiese todo. Hay que tener paciencia, callarme.
Si mi fantasía obra
finalmente, todo va bien y los trabajos de la inteligencia sustituyen el
resto, tanto tiempo como puedan seguirse tranquilamente. Pero, después
de todo, la inteligencia no tiene más alimento que el corazón
y ¡qué triste y árido es todo en derredor mío!
Todo me es extraño,
todo me resulta frío. Ningún calmante, ninguna mirada, ninguna
voz que me encante. He hecho juramento de no proporcionarme siquiera un
perro y así será. No tendré cerca de mí nada
que pudiera ser querido. Ella, pero ella tiene sus hijos.
¡Ah! Esto no es un reproche,
sino únicamente una queja; y yo pienso que me tome voluntariamente
como yo soy y entienda mis quejas. Siempre tengo mi arte. Verdaderamente
no consigue hacerme alegre, sólo él me envuelve cuando aparto
mis miradas de mi trabajo hacia el mundo al que es preciso pertenecer y
que sólo con una mutilación espantosa puede uno adaptarse
a él.
Pero no me atrevo a pensar
en eso, como tampoco en otras cosas: lo sé. Estoy decidido a no
pensar en ello y en todo momento me repito: ¡Valor, valor! Es preciso.
Esto debe marchar y marchará. Y además, me ayuda tan gentilmente.
Qué divina carta me ha enviado ella hoy. La bella y amada criatura.
¡Que pueda consolarme! Su amigo le es fiel; no vive más que
por ella.
¡Sí, es preciso
que esto marche y marchará! Me imagino que Venecia me ayudará
y pienso que la elección de esta ciudad es excelente. En verdad,
quería escribir a Wille diciéndole cómo me encuentro
aquí; pero usted debe aceptar también esta vez la presente
para usted sola. Él ha hecho el inaudito hecho de eácribirme
una carta, en la cual me daba a entender que era un verdadero sacrificio.
Resultaba cómico, verdaderamente divertido, pero yo no quiero ocasionarle
esta pena, valdrá más que hablemos juntos de Venecia, sobre
el canapé, en su salón rojo. Remítale mil saludos
de mi parte.
Hablando propiamente, no tengo
todavía aquí verdadera vida; no la tendré hasta que
haya comenzado mi trabajo, siempre espero el piano. Conténtese usted,
pues, de la descripción de este rincón de la tierra en donde
he tenido que decidirme a vivir. ¿No me escribió usted diciéndome
que lo conocía? Mi palacio está situado en medio del camino
que va de la Piazzetta y del Rialto, cerca del recodo que forma en este
lugar el gran canal y que está marcado señaladamente por
el palacio Foscari, casi enfrente del palacio Gracci, que el señor
Sina está restaurando en la actualidad. Mi huesped es austríaco;
me acogió con entusiasmo, sin duda por mi celebridad, y se muestra
extraordinariamente cumplido en toda circunstancia, (ha sido igualmente
la causa de que mi llegada aquí haya sido divulgada inmediatamente
por los periódicos). Usted habrá leído, sin duda,
que mi presencia en Venecia se consideraba como cosa política, con
vista a introducirme prudentemente en Alemania por los países austríacos.
Incluso el amigo Liszt lo había creído; él me puso
en guardia, me aconsejó que no me preocupase de los éxitos
eventuales con mis óperas en Italia, éxitos que, según
él, yo entreveía. Mi verdadero terreno no era ese, y él
se asombraba de que no quisiera comprenderlo. La contestación a
su carta me resultó verdaderamente de las más penosas.
Se trataba de una cuestión
que ya tenía en Viena; también usted lo sabría probablemente,
pero sin embargo no podía creerlo.
Hasta el presente soy el único
inquilino de mi palacio y ocupo en él habitaciones cuyo aspecto
me asustó al principio. Pero no encontraba otras habitaciones más
económicas y absolutamente ninguna más confortable, por lo
cual me instalé en mi gran salón, que es exactamente dos
veces más grande que el de los Wesendonk, con medianos frescos en
el techo y en el suelo de soberbios mosaicos, de una acústica verdaderamente
excelente para mi Erard. Inmediatamente me ocupé en corregir la
inhospitalidad y el frío de la habitación. Las puertas que
unían una alcoba grande con un pequeño gabinete, fueron quitadas
y reemplazadas por cortinas no de telas tan bonitas como las últimas
que tuve en el «Asilo»; por el momento, es el algodón
lo que debe servirme para mis decoraciones teatrales. El color debía
ser ahora rojo, porque el resto estaba ya amueblado; únicamente
la alcoba era verde. Un inmenso pasillo me proporcionaba el espacio suficiente
para mi paseo matutino; por un lado da al Gran-Canal un balcón,
por otro, al patio donde hay un pequeño jardín bien pavimentado.
Allí es donde paso mi tiempo hasta las cinco de la tarde; yo mismo
me preparo el té por la mañana: tengo dos tazas, de las cuales
he comprado una aquí, y en la que le doy de beber a Ritter cuando
lo traigo por la noche; en la otra, muy bonita y grande, bebo yo. Tengo
también un servicio para beber agua, que me he procurado aquí,
es blanco con estrellas de oro; aún no he contado las estrellas,
probablemente habrá más de siete. A las cinco hago llamar
al Gondolero, pues cualquiera que desee venir a verme debe pasar por las
aguas, (lo que me procura también una agradable soledad). Por las
estrechas callejuelas, a derecha y a izquierda, pero «sempre diritto»
voy al restaurant de la Plaza de San Marcos, donde encuentro generalmente
a Ritter. De allí «sempre diritto», en góndola
hacia el Lido o al «Giardino público», donde de costumbre
doy un paseíto; después vuelvo en góndola a la Piazzetta
para flanear un poco, tomar allí mi helado de café de la
Rotonda, y marcharme en seguida al «traghetto» que me conduce
por la melancolía nocturna del Gran-Canal, a mi palacio, donde me
espera mi lámpara encendida a las ocho de la noche.
El maravilloso contraste entre
la silenciosa y melancólica gravedad de mi estancia y de su situación,
y el bullicio eternamente alegre de la plaza y de sus alrededores, la multitud
que me deja tan alegremente indiferente, los gondoleros siempre dispuestos
a querellarse y a vociferar, y al fin, la silenciosa travesía en
el crepúsculo vespertino al comienzo de la noche, no deja de procurarme
una impresión de bienestar y de paz. Y es a lo que me he limitado
hasta aquí; aún no he sentido la necesidad de ir a ver los
tesoros de arte, eso me lo reservo para el invierno, actualmente me siento
feliz al poder saborear con igual satisfacción el agradable curso
de mis días. No hablo con nadie, si no es con Ritter, que es lo
suficientemente taciturno para no importunarme. Cada noche me deja en el
«traghetto» y recibo sus visitas muy de tarde en tarde. Es
imposible encontrar ningún sitio más adecuado a mis necesidades
actuales. Si me hubiera encontrado solo en una ciudad insignificante y
pequeña que no presentase ningún interés, creo que
hubiera sentido al fin una necesidad casi animal de sociedad que me hubiera
forzado a aprovechar una u otra ocasión para romper mi soledad.
Las relaciones creadas por tal necesidad que se consolidan poco a poco,
constituyen precisamente lo que a la larga es un suplicio para mí.
Por el contrario, no podría hacer en ninguna parte una vida más
retirada que aquí, porque el espectáculo interesante, teatralmente
cautivador, que se renueva cada día y mantiene intacto el contraste,
no da lugar a ningún deseo de representar un papel individual en
esta escena; siento que perdería inmediatamente el encanto de cuanto
se me presenta ahora ante mis ojos como un espectáculo puramente
objetivo. Hasta ahora, por decirlo así, mi vida en Venecia refleja
verdaderamente una imagen fiel de mis relaciones con el mundo, al menos,
tal como deben ser abandonadas según mi modo de ver. ¡Qué
pesar siento cada vez que me aparto de ello!
Cuando por la noche toca en
la plaza de San Marcos una banda militar algunos fragmentos de «Tannhäuser»
y de «Lohengrin», indignándome incluso de como llevan
la medida, no experimento en suma, emoción alguna. Además,
ya me conocen por todas partes. Especialmente los oficiales austríacos
que me lo testimonian a menudo con atenciones de una sorprendente afabilidad,
sin embargo, se sabe que quiero llevar una existencia muy retirada y después
de haber visto como declinaba sucesivamente algunas visitas, me dejan tranquilo.
Estoy en los mejores términos con la policía. Es verdad,
que en poco tiempo me fué pedido dos veces mi pasaporte, por lo
cual pensé ya en un comienzo de medidas policíacas, pero
no tardó mucho en que me lo devolviesen muy ceremoniosamente dándome
la seguridad de que nada se oponía a mi estancia aquí. Por
consiguiente, Austria me concede decididamente la hospitalidad, lo que
es siempre digno de estima.
Lo que da aún a mi vida
íntima un carácter especial, casi de sueño, es que
se presenta sin ningún porvenir. Experimento el mismo sentimiento
de Humboldt y su amiga. Cuando por las noches navego sobre las aguas mirando
el mar en calma y claro como un espejo, hasta confundirse el horizonte
con el cielo, cuando el rojo del firmamento se identifica con el reflejo
en el agua, se me presenta delante de mí el cuadro de mi vida actual:
pasado, presente y futuro se distinguen tan poco como allí la confusión
del mar y del cielo.
Sin embargo, aparecen estrías;
son islas que se perfilan aquí y allá; el mástil de
un navío lejano se alza en el horizonte; la estrella polar brilla,
la claridad de los astros refulge allá en el cielo, aquí
en el mar, ¿qué son, pues, pasado y futuro? Yo no veo más
que estrellas y una pura claridad rosada entre las cuales se desliza mi
góndola, sin ruido, con los dulces chapoteos del remo. Eso podría
bien ser el presente.
Salude mil veces de mi parte
a mi ángel querido; que ella no desdeñe la tierna lágrima
que se desliza a lo largo de mis mejillas. Saboree esto también
por la fuerza de su noble amistad.
¡Qué dichosos
somos, sin embargo!
Adiós, vuestro,
Ricardo Wagner.
*
Venecia, 19 de
Enero del 59.
Muchas gracias, por el hermoso
cuento de «hadas», amiga. Sería fácil explicar
como en todo cuanto viene de usted a mí encuentro un sentido simbólico.
Todavía ayer, en el momento preciso, sus novelas me llegan como
una suerte de necesidad evocada por la magia. Yo estaba al piano; la vieja
pluma de oro urdía su última trama sobre el segundo acto
de Tristán, y dibujando justamente, con insistente lentitud, las
fugaces alegrías del primer encuentro de mis dos amantes. Cuando,
como sucede en esto al instrumentar, me abandono con un apaciguamiento
final al goce de mi propia creación, me abismo al mismo tiempo frecuentemente
en una infinidad de pensamientos que me descubren involuntariamente la
naturaleza original, eternamente incomprendida del mundo, del poeta, del
artista. Entonces reconozco las maravillosas y determinadas oposiciones
a las concepciones ordinarias de la vida con toda claridad, mientras que
las primeras se guían y se constituyen siempre por la experiencia
exclusivamente, la concepción del poeta alcanza antes de toda experiencia
lo que da el sentido de la significación por el poder que le es
propio. Si usted fuese un filósofo bien ejercitado yo le haría
observar que tocamos aquí, en una importante medida, el fenómeno
que es el que únicamente concede toda conciencia posible por la
razón siguiente: la completa relación del espacio, el tiempo
y la casualidad en la que se presenta a nosotros el mundo, está
constituída de antemano en nuestro cerebro formando sus más
características funciones de suerte que, estas propiedades esenciales
de todas las cosas, a saber: el espacio, el tiempo y la casualidad, están
ya contenidas en nuestro pensamiento antes de concebir las cosas, puesto
que sin eso no podríamos reconocerlas.
Lo que ahora está por
cima del espacio, del tiempo, de la casualidad y que no tiene necesidad
de estos medios de reconocimiento, ese algo pues independiente de estas
condiciones de límites, de lo que Schiller ha dicho tan magníficamente,
que es únicamente verdad porque no ha sido nunca; este algo, que
es absolutamente incomprensible para la concepción ordinaria de
la vida, sólo es reconocido por el poeta por medio de esta misma
predisposición que radica en él y constituye la esencia de
su cualidad, de tal manera, que es capaz de representársela con
una seguridad infalible, esta cosa, que es más determinada y más
cierta que cualquier otro objeto de conciencia, aunque él no posea
ningún atributo del mundo que nos es conocido por la experiencia.
El mayor milagro sería
ahora que esta cosa, entrase finalmente en el dominio de la experiencia
del poeta. Entonces tendría su idea una gran parte en esta realización;
más pura y más elevada sería, más desligada
del mundo vulgar y más incomparable la idea de la creación.
Pacificaría su voluntad; su interés estético se haría
moral y se uniría a la más alta idea poética la más
elevada conciencia ética. La misión del poeta será
entonces comprobar esta cosa en el mundo moral; será conducido por
la misma presciencia, que convertida en conciencia de la idea estética,
la ha determinado a la representación de esta idea en la obra de
arte, haciéndola apta a la experiencia.
El mundo ordinario que está
exclusivamente bajo la experiencia impuesta desde fuera, y eso llega a
alcanzar más que lo que le es dado de modo palpable y sensible,
no podrá comprender jamás esta situación del poeta
frente a su mundo experimental. Nunca podrá explicarse la notable
seguridad de sus creaciones, más que creyendo que éstas deben
quedar bajo su experiencia, tan directamente como cuanto él mismo
ha conservado esta experiencia en su memoria.
Esta manifestación llega
a la percepción de la manera más asombrosa en mí mismo.
Mis concepciones poéticas sobrepasan siempre las experiencias conscientes
que se derivan de ellas, a tal punto, que ni yo mismo puedo, por decirlo
así, atribuir su naturaleza a un desarrollo moral, así como
la dirección que ha seguido a estas mismas concepciones. El “Buque
Fantasma”, “Tannhauser”, “Lohengrin”, “Los Nibelungos”, estaban todos presentes
en mi espíritu, antes de determinarse en mi conciencia. ¡En
qué maravillosas relaciones estoy ahora con Tristán, usted
lo comprenderá fácilmente! Lo digo con toda franqueza, porque
es una manifestación que si no pertenece al mundo, pertenece, sin
embargo, al espíritu consagrado; jamás he tenido la idea
de una conciencia más determinada. Resulta sutil en extremo apreciar
la medida de cual de las dos se han predeterminado; es cosa muy sutil,
tan maravillosa, que una corriente manera de ver no podrá imaginárselo
sino muy pobremente, de manera inexacta. Ahora que Savitrí-Parsifal
ocupa mi atención y se esfuerza en llegar al estado de idea poética,
ahora, mientras que me inclino con la calma reflexiva del creador sobre
mi Tristán, es cuando mi obra de arte está en vía
de ser reformada. Ahora ¿quién puede adivinar en qué
milagrosa atmósfera me siento envuelto, arrancado a este mundo hasta
el punto que ya puedo figurármelo completamente vencido? Usted lo
siente, usted lo sabe. ¡Sí, y nadie más que usted quizás!
Si algún otro lo sintiese
también, lo supiese, nadie nos lo reprocharía y toda experiencia
dolorosa que penetrase desde fuera en su corazón la ofrecería
en sacrificio, el alma elevada, el alma ennoblecida, de intenciones superiores
del genio del universo, que de sí mismo crea las expreriencias a
fin de sufrir por ellas y elevarse hasta sí mismo igualmente por
el amor de su participacion. Pero, ¿quén comprende eso? Es
que habría tan inexpresables sufrimientos en el mundo si nuestra
conciencia fuese igual a nuestra voluntad de ser dichosos, la cual es la
misma en todo. Únicamente en ésto reside la miseria de los
hombres; si reconociésemos todos igualmente y de modo análogo
la idea del mundo y de la vida, las miserias humanas serían imposibles.
De dónde viene, pues, la confusión de las religiones, de
los dogmas, de las opiniones que se combaten eternamente? De que todos
quieren lo mismo sin reconocerlo. Que el vidente se aparta y no combate.
Que sufre en silencio la locura que le acecha de todas partes con ironía,
de la locura, que se insinúa hacia él bajo todas las formas,
de cualquier manera, unas veces imperiosas, otras ciegas, combatientes
cuando él las desdeña. En esto no hay más que un recurso:
callarse y ser paciente. Eso le parecerá sin duda como una especie
de cuento de hadas también. Pero completamente distinto aunque es
posible que convenga la clave del suyo. El gorrión gris alaba su
creador y cuanto mejor lo comprende mejor lo canta.
Ya ve usted que soy feliz al
poder trabajar. Es verdaderamente una dicha en vista de la cual una enfermedad
determinada, seria, no constituye una gran desgracia, porque también
ella libera el espíritu y pone en acción las fuerzas morales.
El estado más fastidioso es aquel en que, no sufriendo, a decir
verdad, enfermedad alguna, nos sentimos dependientes, inquietos, en el
que experimentamos un profundo encogimiento en nuestras relaciones con
el mundo exterior, donde predominan las exigencias y los deseos, donde
la necesidad instintiva de la actividad no encuentra ningún firme
punto de apoyo, en donde todo está prohibido, paralizado, donde
nada está autorizado, donde nada se armoniza o donde nace el vacío,
la desesperación, el deseo, la nostalgia, la voluntad. A ningún
mortal le está concebido el vivir su verdadero ser superior; toda
su existencia reposa en realidad sobre una continua lucha con las condiciones
inferiores de la posibilidad de esta misma existencia, si, su naturaleza
superior no puede salir a luz más que por la victoria final, en
esta lucha no es sino esta misma victoria; así pues la fuerza que
conduce a tal victoria no radica, en el fondo, más que en una perpetua
negación, a saber: una negación de la potencia de estas condiciones
inferiores. Esto aparece ya de modo muy ostensible en la sola conformación
física de nuestro cuerpo donde, eternamente, todas sus partes, incluso
los elementos primordiales del todo aspiran a la disolución, a la
separación, lo que se logra finalmente en la muerte física,
cuando la vida gastada por la continuidad de la lucha, ha perdido al fin
su fuerza. Tenemos pues que luchar siempre para ser solamente lo que somos
y, cuanto más inferiores sean los elementos de nuestra existencia
a los que hemos de imponer la sumisión, menos dignos nos presentamos,
en nuestro ser más elevado en el momento de lucha con estos elementos.
Así tengo yo que luchar cotidianamente, y casi siempre contra las
condiciones fundamentales puramente físicas de mi existencia. No
estoy enfermo, pero extraordinariamente sensitivo, de manera que experimento
dolorosamente todo lo que no entraría siquiera en el dominio de
mi conciencia si tuviera menos sensibilidad. Evidentemente debo decirme
que esta causa de mi estado de malestar desaparecería en su mayor
parte si mi sensibilidad excesiva a tal punto fuese agradablemente distraída
y absorbida en el círculo en que vivo por un elemento que me pertenece
en completa justicia y que me falta absolutamente. No me falta un medio
efectivo y simpático para traer mi sensibilidad, cautivarla como
una sentimentalidad que pudiera conquistar dulcemente. ¡Amiga mía!
Sea esto dicho con la mayor calma, sonriendo, ¡qué miserable
existencia llevo! Ciertamente no me hace falta leer la biografía
de Humboldt, si quiero reconciliarme con mi destino.
Bien lo sabe usted. No lo digo
tampoco para excitar a compasión, pero lo repito, precisamente porque
usted lo sabe.
No puedo llegar a verdadera
alegría más que alcanzando la última cima de mi ascensión.
Pero ésto es, justamente, difícil de alcanzar, tanto más
difícil cuando el objeto es más elevado. Figúrese
usted exactamente la corta duración de mi bienestar en comparación
con la larga duración de mis penas. Pero todo esto ya se lo ha figurado
usted y lo sabe. ¿Por qué lo digo? Nada más que porque
usted lo sabe. Tengo necesidad de muchos buenos deseos y se lo digo a usted
porque sé que sus buenos votos me acompañan siempre.
Ahora quiero continuar quejándome.
Mi estancia es espaciosa, pero terriblemente fría. Ahora sé
que en Italia es donde he conocido el frío, no en la villa Wesendonk,
menos aún en el «Asilo». Nunca en la vida he tenido
tanta relación personal con la estufa como aquí en la bella
Venecia. El tiempo es frecuentemente claro, el cielo sin nubes; con ello
soy dichoso.
Pero aquí hace frío,
aunque la temperatura sea probablemente más baja en su casa de usted
y en Alemania. La góndola no me sirve más que como medio
de transporte ordinario y no para recreo porque se hiela uno a causa del
viento del Norte que es lo que hace que el tiempo sea más claro.
Lo más penoso para mí es el no poder dar mis paseos por montes
y valles, no me resta más que el flanear entre la gente por la Piazzetta,
a lo largo del muelle, en dirección al jardín público,
trayecto de una media hora a través de una multitud terriblemente
compacta; Venecia es una maravilla; pero solamente una maravilla.
A menudo la nostalgia lleva
mi pensamiento hacia mi querida Sihlthal, hacia las alturas de Kirchberg,
donde paraba mi coche. Cuando haga un poco más de calor y pueda
permitirme una corta pausa en mi trabajo (porque es mi único recurso)
me propongo ir de excursión a Verona y sus alrededores. Desde allí
están próximos los Alpes. Experimento una impresión
extraordinariamente melancólica apercibiendo, en los días
claros desde el jardín público la cadena de los Alpes tiroleses
a lo lejos. Entonces me invade a menudo un ardiente deseo de mi juventud
que me atrae hacia las cimas sobre las cuales los cuentos de hadas edifican
el resplandeciente lugar real donde habita la bella princesa. En la roca
sobre la cual Sigfredo descubre a Brumhilde dormida. La gran explanada
que me rodea aquí sólo me evoca la resignacion.
Mis relaciones con el mundo
moral no son más brillantes. Todo es pesado, duro y pobre como debe
ser. Como se presenta mi situación personal ¡sólo Dios
lo sabe! De Dresde me imponen la extraña exigencia de ir allí
con un salvoconducto con el fin de que me presente al tribunal para que
se instnuya mi proceso. Puedo estar seguro de la merced real, incluso en
caso de condenación. Sería muy bonito para cualquiera que
encontrase su dicha en esta sumisión a los indignantes chismes de
las audiencias, etc., etc.; pero ¿qué ganaría yo,
bondad divina? Al lado de la problemática ayuda de algunas presentaciones
eventuales de mis obras, las exasperaciones, las faenas, el agotamiento
muy ciertos y tanto más inevitables a consecuencia de mi existencia
tan retirada durante diez años, he llegado a ser muy sensible al
menor contacto con este odioso remedio del arte con que, sin embargo, tendría
que transigir como único medio. No he dado pues ninguna cabida a
esta llamada de Dresde. Seguramente quedaré así en suspenso
con mis trabajos. Me sería imposible dejar representar mis nuevas
obras sin intervenir personalmente. El príncipe que está
enérgicamente al lado de mi causa parece ser el gran Duque de Baden.
Me ha mandado decir que puedo estar seguro de una presentación de
Tristán en Carlsruhe bajo mi dirección. Quisiera que fuese
el seis de Septiembre, cumpleaños del Gran Duque.
No tengo nada que objetar a
ello, y la simpatía constante de este joven príncipe amable,
me dispone cordialmente en su favor. Veamos pues si persistirá en
tales disposiciones y si todo está en condiciones. Aún tengo
un grande e importante trabajo ante mí, espero poder llegar al fin
sin interrupción. Sin embargo, no podré, en todo caso, terminarlo
antes de junio, después de lo cual, si todas las cosas van bien,
pienso abandonar Venecia e ir al encuentro de mis montañas de Suiza.
Entonces iré, querida amiga, a preguntarle si me conoce todavía
y si seré el bienvenido en su casa cuando vaya a ella.
El primero de año, volvió
Carlos Ritter y ha reanudado sus visitas diarias todas las noches a las
ocho. Dice que ha encontrado a mi mujer de mejor aspecto. Según
las apariencias se encuentra bastante bien y yo procuro que no le falte
nada a su confort. Las terribles palpitaciones del corazón parecen
haberse apaciguado pero sufre todavía de insomnios y desde que tiene
relativa calma, se queja de opresiones crecientes en el pecho con prolongados
accesos de tos, lo que no me proporciona desgraciadamente, gran esperanza
en su curación. El médico que es un amigo probado, desea
aplazar su diagnóstico final sobre el desarrollo de la enfermedad
hasta después de una cura prolongada en el campo el próximo
verano. Después de estas sacudidas tan violentas y sobre todo a
consecuencia de los continuos insomnios y falta de nutrición, es
preciso esperar lo que la naturaleza decida de esta pobre criatura angustiada,
que se encuentra ahora tan extraña al mundo. No dudará usted
un instante, amiga mía, que mi actitud respecto a la pobre no esté
llena de cuidado, Consideración y bondad.
De esta suerte se acumulan
en mí las inquietudes; hacia donde tienda mis miradas me presenta
el mundo la vida difícil. Es pues bien explicable que le ocasione
a usted igualmente inquietudes. ¡Ah! Me ayuda usted siempre con tanta
bondad; y en lo que usted no me ayuda busco yo mismo mi consuelo en usted.
¡Sabe usted cómo!
Suspiro profundamente hasta el instante en que me viene una sonrisa, después
un libro noble o mi trabajo. Entonces todo cede, porque usted está
cerca de mí y yo al lado de usted y, si usted tiene a bien enviarme
de vez en cuando un libro que usted haya leído lo acepto de corazón.
En verdad que leo bastante poco; pero entonces leo con fruto y le daré
la prueba inmediatamente. Yo le recomiendo igualmente una lectura, lea
pues «La vida y las obras de Schiller» por Palleske. Hasta
ahora sólo se ha publicado un volumen. Semejante altura, la historia
íntima del desarrollo y de la vida de un gran poeta, es lo que debe
despertar más simpatía en el mundo. Para mí ha constituido
un gran atractivo. Es preciso olvidar de vez en cuando a Palleske y ocuparme
exclusivamente de los informes directos de los amigos y amigas de Schiller.
Resulta extraordinariamente cautivador; sí, en ciertos pasajes quedará
usted completamente asombrada. Schiller cuando estaba consagrado al teatro
de Mannheim, en su juventud se encontró con un escollo del que fué
salvado por un ser magnífico el cual, para suerte, le apareció
muy pronto en la vida. Es preciso que me escriba detenidamente de todo
esto. Y yo le escribiré también de nuevo más a menudo
si me es posible. Entonces se enterará usted de todo lo que desea
saber respecto a mí; el extraño exilado que soy. Se enterará
absolutamente de todo; no le ocultaré nada. Podrá usted comprobarlo
desde ahora.
Con toda seguridad escribiré
otra vez a Myrrha. Cómo le va a extrañar. Prepárela
usted a mi carta. Y si Wesendonk quiere saber algo de mí, le escribiré
también. Ya se lo he dicho. Salúdele usted de mi parte.
Me separo de usted con las
palmas de la paz en la mano. Allí donde reposa mi corona de espinas,
aroman inmortalmente mis rosas. Los laureles no me tientan, es por lo cual,
Si quiero adornarme a los ojos del mundo, elijo las palmas.
¡La paz! ¡La paz
sea con nosotros!
Mil saludos.
Vuestro,
Ricardo Wagner.
*
Venecia, 22 de
Febrero de 1859.
Conforme a la ley de Budha, la
Suprema-Perfección, aquel que esté cargado de faltas debe
hacer su confesión en voz alta ante la comunidad y sólo por
eso queda liberado. Usted sabe de qué manera he llegado a ser involuntariamente
budhista. Igualmente tengo afinidades, aun sin darme cuenta, con la máxima
budhista de la mendicidad. Y es una máxima muy altiva. El religioso
va por las ciudades y las calles de los hombres, mostrándose desnudo
y no poseyendo nada, así procura a los creyentes la ocasión
preciosa de cumplir, por su aparición, la más noble y meritoria
de las obras dándole, haciéndole limosnas: su aceptación
constituye la más visible desgracia públicamente mostrada,
sí, en esta gracia se encuentra la bendición, la elevación
que él procura a quienes le dan la limosna. No tenía necesidad
de tales dones porque de su propia voluntad había renunciado a todo,
únicamente lo hacía para preparar las almas al aceptar las
limosnas.
Yo quiero llegar a ser el co-iniciado
de mi destino hasta el menor detalle; no para conducirle contra la corriente
del mundo, sino para ponerme ante él, sin ilusión. Para mi
porvenir no tengo necesidades. Usted sabe que me ha sido preciso renunciar
a lo más noble de mi vida; ¿cómo podría en
tal caso querer ilusionarme sobre una cualquiera disposición de
mi destino? Sólo para los demás tengo deseos, si tales deseos
son imposibles de realizar habré de renunciar a ellos igualmente.
Porque, después de todo, la felicidad de cada uno debe tener su
fuente en sí mismo, los remedios son ilusiones.
¿No suena eso con gravedad
y melancólicamente? Sin embargo yo se la doy a título de
consuelo. Sé que usted tiene necesidad de este consuelo porque necesita
ser tranquilizada en cuanto respecta a mí. Ahora queremos medirnos
en esta dulce práctica: el consuelo por el consuelo.
Renuncio a Alemania de todo
corazón con calma y frialdad; sé también que hace
falta que sea así. En cuanto a mi porvenir no he decidido nada todavía,
excepto en terminar el Tristán.
El Archiduque Max, cediendo
a mi súplica ha revocado las medidas de destierro tomadas contra
mí. Quiero procurar el terminar el esquema del tercer acto. Después,
en Suiza, me ocuparé de la instrumentación, probablemente
cerca de usted, en Lucerna, donde lo he pasado bien el último invierno.
El próximo lo pasaré probablemente en París, según
todas las probabilidades al menos, si no mis deseos; debo, por el contrario,
hacer un considerable esfuerzo sobre mí mismo.
Doy gracias a Wesendonk por
su proposición. No hagan ustedes mucho caso, ni usted ni él,
a mi correspondencia con Moscú. Es mi destino el deber hacer estos
arreglos, además la asistencia insuficiente me hace sufrir menos
que el modo de llegar a ello, la cual, sin embargo, nadie me la puede ahorrar.
Es verdad que la posteridad quedará asombrada algún día
de que yo precisamente haya sido obligado a tratar mis obras como una mercancía:
cuando el mundo llega a este papel de posteridad, vuelve siempre en cierto
modo a la inteligencia y entonces olvida, por una pueril ilusión,
que siempre es el mundo contemporáneo, en cuya condición
queda, y que está constantemente insensible y estúpido. Pero
así está bien, es imposible cambiar nada en ello. Además
usted me dice lo mismo hablando de los hombres. Y en mí mismo hay
poco también que cambiar, conservo mis debilidades, me gusta instalarme
confortablemente, tengo predilección por los tapices y los bellos
muebles, me visto a menudo de seda y de terciopelo en casa para trabajar,
y por eso tengo necesidad también de llevar mi correspondencia.
¿Pero qué importa
siempre que Tristán llegue a buen fin?, y llegará como ninguna
obra hasta ahora.
¿Es juicioso el pequeño
Kobold? ¿La amiga está consolada?
No olvide usted Viena, es posible
que la ciudad le procure alguna distracción; también quisierá
ir allí alguna vez; ahora lo debe usted hacer por mí. Tengo
noticias reconfortantes con respecto a la representación de Lohengrin
allí y estoy inclinado a creer que de todas las representaciones
de mis óperas, será esa la mejor. Espero de Viena una información
cierta indicándome la duración de la temporada y si usted
podrá todavía verlo. En cuanto la tenga se lo escribiré.
Por ahora mis mejores saludos
y mi viva gratitud a Wesendonk. El pequeño Kobold ha sido muy juicioso
y a la amiga la saludo desde lo más profundo de mi corazón.
Adiós.
R.W.
*
Venecia, 2 de
Marzo del 59.
¡Profundo agradecimiento
a la encantadora dama de los cuentos de hadas! ¡Los cuenta tan bien
y no tienen, sin embargo, las arrugas de la experiencia como tenía
Grimm! Mi humor va bien a causa de la perfecta realización del segundo
acto. La otra tarde me indujeron Ritter y Winterberger a que les tocase
un poco los motivos principales. Comprendí bien que había
hecho una cosa bella. Todas mis obras anteriores han quedado de lado, las
pobres, en comparación con este solo acto. Así pues he obrado
contra mí mismo y matado todos mis hijos a excepción de uno
sólo.
¡Bondad divina! ¡Tú
sabes lo que yo quiero! Es límpido, claro, transparente como la
pureza de tu cristal más bello. De mi verdadera interioridad no
asoma la menor nube que pudiera velar para cualquier ser la vista de mi
claridad. Son los hombres que evocan de sí mismos y desparraman
sobre mí estas nubes; ¿durante cuánto tiempo tendré
todavía que ahuyentarlos para mostrarles que, después de
todo, soy un hombre bueno y puro? Y no es por mí por lo que ahuyento
estas nubes, porque yo quedaría como quien soy, pero los hombres
se esconden a mi vista tras ellas y no puedo contestarles.
Amiga mía, qué
de dificultades, dificultades hasta no acabar. Pero mi buen ángel,
sin embargo, me hace señas también; siempre me consuela y
me procura el reposo cuando tengo más necesidad de él. «En
consecuencia quiero agradecérselo y decirme: eso debería
ser así para poder ser así». Sólo el que lleva
la corona de espinas conoce la palma que reposa tan dulce, tan ligera en
la mano, se ciñe alrededor de la cabeza como el ala del ángel
más sutil para enviarnos frescura y reconfortación.
Nuestras cartas se han cruzado:
la suya llegó cuando yo acababa de echar la mía en el correo,
precisamente.
Desde hace mucho tiempo estoy
completamente solo. Carlos Ritter me ha dejado para ir a felicitar a su
madre enferma. Cuando me dejó me reponía yo de una enfermedad
que había interrumpido ini trabajo apenas comenzado. Le prometí
terminar otro fragmento importante de Tristán para el día
de su regreso. Pero, de nuevo me he visto obligado a no salir de mi cuarto.
A causa de una herida externa en la pierna, estuve condenado a no moverme
de mi silla desde la que habían de transportarme a la cama. Esto
ha durado casi hasta el presente; hace pocos días que he podido
salir do nuevo en góndola. Le escribo todo esto con el fin de unir
a este comentario doloroso la siguiente observación: que ni por
un instante, me ha faltado paciencia, mi espíritu ha permanecido
libre y alegre a pesar de que me fué preciso abandonar de nuevo
el trabajo. Durante todo este tiempo no vi a nadie, excepto a mi médico;
Luisa, mi sirvienta «madonna di servente» que me cuidaba y
me vendaba muy bien y Pedro, que había de ocuparse de la calefacción,
iba a buscar mis comidas y a la mañana como a la noche me llevaba
de mi cama a mi silla y de mi silla a mi cama, con la ayuda de un gondolero.
A éso llamaba yo el «traghetto» y por tal operación
usaba el grito de «poppe» bien conocido en Venecia. Luisa y
Pedro se asombraban siempre y se mostraban contentos al encontrarme de
buen humor; lo que les divertía sobre todo, era cuando les hacía
comprender por qué conversaba tan difícilmente con ellos,
que hablaban en dialecto veneciano mientras que yo sólo me expresaba
y comprendía en puro toscano. Uno de estos últimos días
he recibido la visita de un hombre noble, muy inteligente y cultivado,
el Príncipe Dolgoroucki. Aseguro que el verle entrar me dió
cierta alegría, pero su marcha me alegró todavía más,
de tal manera me encuentro satisfecho cuando nadie viene a entretenerme
ni a distraerme. Tampoco leo mucho, en semejantes circunstancias, siempre
leo poco. Sin embargo, he encargado la correspondencia de W. Humboldt;
no me ha satisfecho mucho, sí, incluso me costó bastante
leer algunos párrafos largos. Ya conocía los fragmentos mejores
por los trozos escogidos publicados, ciertas cuatro lineas me resultaban
mejores que todo el resto, redactado con exención y falta de claridad.
¿Adivina usted estas cuatro líneas?
Me interesa más Schiller,
experimento ahora un placer grandísimo al releerle. Goethe se mantenía
con dificultad al lado de esta naturaleza eminentemente simpática.
¡Cómo respira en él constantemente el deseo de la verdad!
Se creería que este ser no ha existido jamás, que no ha dirigido
su mirada hacia afuera, sino hacia la luz y el fuego del espíritu.
A su salud enfermiza no le perturbaba aparentemente eso. En la época
de la madurez parece haber estado exento también de todo sufrimiento
moral. Todo parece haber sido soportable a su alrededor. Y además,
¡había tantas cosas que aprender de él! Tantas que,
en la época en que Kant había dejado muchos temas importantes
en la incertidumbre, resultaban difíciles de dominar, singularmente
por el poeta, que quiere la claridad incluso en lo abstracto. A todos los
hombres de este tiempo les falta una sola cosa: la música. Pero
sentían su necesidad y preveían su nacimiento. Eso se revela
a menudo con evidencia singularmente donde se substituye acertadamente
el contraste de la poesía épica y lírica al de la
poesía plástica y musical. Pero la música ha adquirido
el máximo predominio en comparación de la cual los poetas
de este período de desarrollos tan apasionados de refinamiento y
de celo, no son más que dibujantes de esquemas, a pesar de todos
sus trabajos. A causa de esto justamente me son tan predilectos y constituyen
mi verdadera herencia. Pero ellos eran dichosos, más dichosos sin
la música. La idea abstracta no trae el sufrimiento; mientras que
en la música toda abstracción llega al sentimiento. Esto
consume, quema, hasta que la llama clara resplandece, hasta que la nueva
luz maravillosa puede aparecer.
También hago mucha filosofía
y he llegado a resultados importantes que completan y corrigen a mi amigo
Schopenhäuer. Pero prefiero rumiar eso en mi cerebro mejor que escribirlo.
Entre otras cosas se presentan en masa proyectos poéticos. «Parsifal»
me ha ocupado enormemente, cada vez se me aparece más vivamente
y con mágica simpatía, como una criatura extraña,
una mujer maravillosa, uno de los demonios del Universo; (la mensajera
del Graal). Si alguna vez llevo a término este poema, habré
realizado algo verdaderamente original. Solamente me inquieta el no poder
tener idea del tiempo que viviré, si he de realizar aún todos
estos proyectos. Si fuese realmente adherido a la vida, podría creerme
destinado a una larga existencia en relación al número de
aquello. Pero eso no ha de cumplirse necesariamente. Humboldt cuenta que
Kant tenía aún muchas ideas por desarrollar cuando la muerte
se lo impidió a una edad muy avanzada.
Contra el término de
Tristán, noto ahora una resistencia del destino absolutamente fatalista
lo que no me excitará, sin embargo, a proseguir mi trabajo con más
prisa. Al contrario, obro como si toda mi vida no hubiera de ocuparme de
otra cosa. Pero Tristán viene a ser cada vez más bello que
todo cuanto he hecho hasta aquí; la más pequeña frase
tiene para mi importancia de todo un acto, de tal manera cuido de ello.
Y, puesto que hablo de Tristán, he de decirle que me siento dichoso
por haber recibido a tiempo un primer ejemplar del poema recientemente
imprimido, para enviárselo a usted como obsequio.
Qué molesto me encontraba
constantemente sin estar enfermo propiamente dicho, he sentido la necesidad
de hacer una excursión por el país. Quena ir a Vicenzio;
el tren que tomé me llevó por otra dirección y por
lo tanto descendí en Trieste. Tras una noche lamentable, al salir
el sol me dispuse a dar un buen paseo a pie de tres leguas alemanas aproximadamente.
Pasé la puerta de la Villa y fui derecho hacia los Alpes que, altivos
y bellos alargaban su cadena ante mí. Reflexioné mucho. Regresé
de noche a la ciudad de las lagunas fatigado y rememoré la principal
impresión de esta excursión. Estaba bastante melancólico
al guardar únicamente el recuerdo del polvo y de los caballos miserables
que había encontrado de nuevo. Miré tristemente mi gran canal
mudo. «Polvo y miserables caballos martirizados, ¡bien! aquí
no los ves, pero se encuentran por todas partes del mundo». Apagué
mi lámpara, invoqué la bendición de mi ángel
bueno y entonces se extinguió para mí también la luz,
el polvo y la tristeza se desvanecieron.
Al día siguiente, me
puse de nuevo al trabajo y después tuve que escribir cartas. Pero
ya he encontrado eso. Mañana quiero trabajar también. Sin
embargo, esta carta debe ser escrita antes. Por ella me deslizo en la noche,
donde se extingue la luz, donde se desvanecen el polvo y la tristeza.
Gracias, hija mía, por
haberme acompañado así. ¿Es que habría alguien
que no me felicitase por ello?
Y mil saludos. Miles de buenos
y bellos saludos.
Ricardo Wagner.
*
Venecia, 10 de
Marzo de 1859.
Mi querida Myrrha (1).
Era verdaderamente una bonita
carta íntimamente escrita a mano la que me has enviado. Cualquiera
que se obstine en no creerlo, venga pues a verlo. Hija mía, yo no
puedo escribir tan bien a mis años. Si hay pues en mi respuesta
alguna cosa que tú no comprendas, pide la explicación a mamá.
Ella que te ha enseñado a escribir podrá igualmente ayudarte
en la lectura. Sé, sin embargo, que podrías leerla sin intervención
de mamá; no lo dudo un instante. Pero leer una carta mía
será tanto más difícil cuanto que nunca he enseñado
a escribir a una Myrrha. Así pues, me he acostumbrado a escribir
a mi modo, el cual te parecerá algo difícil de descifrar.
Pero mamá te ayudará.
Ahora te agradezco mucho, mi
querida Myrrha, y es muy acertado por tu parte el no haber dudado de que
he llorado contigo a causa de la muerte del querido Guido. Cuando vayas
a llevarle nuevas flores, salúdale también por mí.
Me he alegrado mucho de saber que Carlos crece tanto. El que no tenga la
misma figura que el querido Guido no debe impedirte de considerarle como
si fuera él mismo. Créeme, es el mismo Guido; solamente con
distinta fisonomía. Puesto que tiene otro rostro, mirará
algún día las cosas del mundo de distinto modo que Guido
las ha mirado. Esa es la única diferencia, y en el fondo eso no
importa tanto como se cree de ordinario aunque dé lugar a veces
a cierta confusión. Proviene lo más frecuentemente de que
los hombres se ven todos con distinta fisonomía, creen entonces
que todos son algo diferentes y cada cual aparte se toma por el único
verdadero. Por lo demás, eso pasa, y cuando se trata de la cosa
principal, de reír o de llorar, entonces se ríe o se llora
con su propia figura, tanto como la otra, y cuando hayamos muerto algún
día, lo que puede llegar finalmente, seremos todos muy dichosos
de tener cada uno de nosotros una fisonomía como la que papá
me escribió que tenía el querido Guido. Por consiguiente,
considera siempre fielmente y firmemente a Carlos por Guido; éste
quiso únicamente dar a su pequeña figura el bello reposo
que la mayoría de los hombres no pueden obtener sino después
de haber reído y llorado mucho, después de haber hecho muchos
gestos. Pero algún día, cada uno debe tener el reposo, si
es verdaderamente bueno y amable. Carlos quiere primero reír y llorar
mucho; quiere hacerlo en lugar y en sustitución de Guido y por eso
mismo es su figura todavía diferente. Yo quisiera de todo corazón
que pueda reír mucho, porque las lágrimas llegan de sí
mismas, y reír bien puede ayudar a sobrellevar muchas cosas, ¡créemelo!
Ahora, reflexiona sobre todo
esto, mi querida Myrrha, y como me invitas tan amablemente a visitarte,
llegaré pronto para hablar contigo de todo esto. Saluda a papá
y a mamá. A mamá, que siempre es tan buena para escribirme
lo que sucede en vuestra carta, entrégale la carta adjunta y suplícale
que esté serena y contenta, a cambio de lo que podrás prometerla
que has de aplicarte en la lectura con el fin de llegar pronto a descifrar
sin ayuda mis cartas. Entonces tendremos juntos una verdadera correspondencia.
Y ahora adiós, querida
Myrrha. Gracias otra vez y saluda de nuevo a Carlos de parte de tu amigo
y tío.
Ricardo Wagner.
___
(1) Hija de Matilde Wesendonk.
*
Venecia, 10 de
Marzo del 59.
A mamá:
Al fin he terminado ayer mi
segundo acto, este gran problema musical cuya solución parecía
tan dudosa para todos; y yo sé que lo he resuelto como todavía
no ha sido resuelto ningún problema. Es el apogeo de mi arte hasta
el presente. Todavía tengo que trabajar durante una semana en el
manuscrito; después me es preciso despachar una terrible correspondencia.
Tras de lo cual me propongo visitar Verona y Milán, durante algunos
días, y atravesar seguidamente mi viejo Gotardo por Como y Lugano.
Pero antes envíeme noticias suyas.
Le agradezco mucho la detallada
exposición sobre «mis asuntos». Dios sabe lo que resultará
de todas estas tonterías, cuando tengo conciencia de lo que quiero,
tengo bastante tranquilidad frente a los ataques del mundo. ¡Esperemos!
Por lo demás, siento vértigos al pensar en los esfuerzos
que he de hacer aún por existir. En lo que conviene a mi arte cada
vez siento menos necesidad del mundo; tanto tiempo como me lo permita mi
salud continuaré trabajando, incluso si no viera nunca nada de mi
obra en una escena.
Ayer Winterberger que va a
Roma, se despidió de mí; lloró y sollozó abundantemente.
Carlos también estaba inexpresablemente afectado al alejarse en
el mes de noviembre. Me quieren mucho todos ellos y, lo creo finalmente,
que debo tener en mí alguna cosa que les inspire respeto. Dejo aún
aquí a Carlos, no está en muy buena situación. Teme
mucho mi marcha.
Ya he comprendido en su «cuento
de hadas» bien que, a menudo me falta la comprensión. (Usted
ha debido percibirlo más de una vez). Los hilos con los cuales hila
usted su cuento ha ido a buscarlos tan profundamente, tan juiciosamente
en la naturaleza que se debe haber concentrado muy atentamente apoyando
los codos sobre su terraza para saber de donde forma usted este mundo quimérico
en donde se encuentra toda la vida de tan bella forma.
Adiós. Mis mejores saludos
a Wesendonk y muchas gracias por su práctica previsión.
Suyo,
R.W.
*
Milán,
25 de Marzo de 1859.
En vuestro nombre, amiga mía
he despedido a mi ensoñadora Venecia. Como un nuevo mundo me rodean
los ruidos de la calle, el polvo y la sequedad y Venecia me parece pertenecer
ya a un reino quimérico.
Usted escuchará algún
día un sueño que, allá lejos, he tenido en música.
Pocas noches antes de mi partida, tuve todavía un sueño maravillosamente
bello, tan bello que tengo necesidad de comunicárselo, aunque sea
verdaderamente demasiado maravilloso para ser contado. Lo que soporta la
descripción es aproximadamente esto: una escena que veía
en su jardín (presenta un aspecto ligeramente diferente). Dos pichones
descendían de las altas montañas; los había enviado
yo para anunciarle mi llegada. Dos pichones. ¿Por qué dos?
Lo ignoro. Volaban como una pareja unidos el uno al otro. Tan pronto como
usted los vió, los elevó en el aire a su encuentro, agitando
una gran corona de laureles; con ella se apoderó de los pichones
y los atrajo hacia usted, meciendo con un aire provocador, la corona y
los prisioneros. De repente, como el sol que aparece tras la tempestad,
se reflejó sobre usted una luz brillante; ella me despertó.
Usted puede decir lo que quiera. Le aseguro que tal fué mi sueño,
aún más bello de como he podido expresarlo. Mi pobre cabeza
no hubiera podido inventar eso intencionadamente.
Por lo demás, estoy
cansado y (a causa de la primavera probablemente) muy agitado, con violentas
palpitaciones de corazón y fuertes subidas de sangre.
Como yo cogiese su violeta
de usted para expresar un deseo, la pobre flor temblaba entre mis dedos
ardientes. En suma, yo expresé el deseo: «sangre tranquila,
corazón en paz». Y ahora me confío a la violeta; ella
ha oído mi voto. Hoy he ido a la Brera y he saludado a San Antonio
en vuestro nombre. Es una estatua magnífica. No lejos de ella he
visto la de San Esteban de Crespi: el bello mártir entre los dos
hombres que le lapidan; realismo e idealismo aproximados el uno al otro.
¡Qué profunda alegoría! No comprendo cómo estas
temas tan maravillosamente tratados, no han sido siempre considerados por
todos como el más sublime apogeo del arte, mientras muchas personas,
incluso Goethe, los consideran como contrarios a la esencia de la pintura.
Es sin duda la mayor gloria del arte nuevo la de haber podido dar con una
verdad tan positiva, tan conmovedora, y al mismo tiempo tan bella, lo que
la filosofía puede sólo concebir negativamente bajo la forma
del renunciamiento al mundo. Yo encuentro todas las figuras complacidas
de vivir, todas las Venus, pobres y detestables en comparación de
este divino éxtasis de los mártires expirantes, tal como
Van Dyck, Crespi, Rafael y otros lo representan. No conozco nada más
elevado, nada que satisfaga más profundamente y que sea más
sublime.
He recorrido la catedral de
mármol; he subido a lo alto. Es grandiosa hasta el aburrimiento.
Y ahora no recibiré
más cartas en Venecia. El tiempo me es favorable y la nieve del
Gothardo me hará revivir. Pronto estaré cerca de usted. Me
prometo mucho de Lucerna y cuento recrearme con excursiones semanales al
Righi, al Pilatus, al Seelisberg, etc. Me voy a instalar magníficamente
y será preciso ir a visitarme con toda la familia.
Cuando usted tenga pronto,
en recuerdo de nuestros «conciertos íntimos», una numerosa
sociedad en su casa, le ruego que piense un poco en mí, también.
Que San Antonio, San Esteban
y todos los Santos le bendigan a usted. Muchos saludos a Wesendonk y a
mi pequeña corresponsal. No puedo verdaderamente decir adiós,
puesto que estoy a punto de aproximarme a usted. Encuentro que conviene
mejor decir: ¡Salud!
Mañana los Alpes. Adiós,
amiga mía.
Vuestro,
Ricardo Wagner.
*
Lucerna, Lista
de Correos.
Lucerna, 7 de Abril de 1859.
Aquí de lo antiguo y de
lo nuevo para mi querida, ¡santa Matilde!
Me es imposible escribir una
carta hoy. Pero lo haré pronto.
El piano está aquí
en buen estado, ha pasado el Gotardo perfectamente afinado.
El tiempo es divino. La soledad
me hace mucho bien. He encontrado hermosos paseos que ya me encantaban
antes. Los pájaros cantan alegremente, como no les he oído
cantar desde hace largo tiempo; me impresionan vivamente las voces confiadas
eternamente en la Naturaleza.
Adiós, hasta pronto
con noticias nuevas. Mañana continuaré en el trabajo del
Tristán.
R.W.
*
12 de Abril del
59.
Hija mía, este Tristán
viene a resultar algo terrible. ¡Qué último acto!
Temo que esta ópera
sea prohibida, a menos que la mala representación no haga de ella
una parodia: sólo las representaciones mediocres podrán salvarme.
Las que sean completamente buenas volverán loco al auditorio, no
puedo pensar de otra manera. Es a eso a lo que había de llegar una
vez más. ¡Qué desgraciado soy!
Adiós.
R.W.
*
26 de Abril del
59.
He aquí al fin un día
que promete, veremos si la jornada resulta efectivamente buena. Su breve
carta y el buen tiempo forman un feliz comienzo. Gracias. En total me siento
algo tardo de espíritu y cansado. Llevo ya demasiado tiempo en este
trabajo y siento que mi fuerza creadora no se nutre más que de gérmenes
y florecimientos, que han hecho hacer en mí una especie de tempestad
fertilizadora. Hablando con propiedad, no he creado; cuanto más
dure ésto he de sentirme más feliz, para que pueda despertarse
el fuego interior y estos estados de alma no se dejen forzar por la reflexión
como muchos otros sentimientos en presencia del mundo. Trabajo bien poco
cada día, pero esto no dura mucho tiempo, como ocurre en los relámpagos
de la inspiración; preferiría a veces no hacer nada, si el
error de una jornada vacía no fuera bastante para impresionarme.
¡Qué extrañas
criaturas somos! No llevamos una existencia natural; para retroceder a
medio camino solamente de la Naturaleza, debería ésta ser
mucho más artificial todavía, como mis obras de arte mismas,
que no se encuentran tampoco en la Naturaleza y la experiencia, pero reciben
sin embargo una vida nueva y superior por la más completa aplicación
del arte.
...............................................................................................................................................................................................................................................................
De una manera natural y por
sí mismo, nada se hace, ni siquiera mi creación artística.
Me parece incluso que no encuentro ya placer en el Tristán; debería
haberlo terminado al menos antes del último año. Pero los
dioses no lo han querido. Ahora no trabajo sino con el sentimiento de acabarlo,
únicamente porque sin ello todo acabaría de una vez, inmediatamente.
Hay dentro de ello mucha violencia.
................................................................................................................................................................................................................................................................
Ahora vayan mis felicitaciones
y para los “otros”.
R.W.
*
9 de Mayo de 1859.
¡Hija mía, hija mía!
Los bizcochos han producido su efecto; gracias a ellos he franqueado cierta
zona en la que estaba detenido desde hace ocho días. Ayer probé
a trabajar y esta tentativa tuvo un resultado lamentable. Estaba de un
humor terrible y encontré un derivativo en una larga carta a Liszt
anunciándole que estaba acabada mi carrera de compositor y que en
Carlsruhe habrían de pensar en otra cosa. El sol no me trajo ningún
alivio, tuve que creer que su luz del viernes pasado por la mañana
sólo era una galantería de mi parte; era únicamente
la luz que yo le había concedido para alumbrar el regreso a su casa.
Hoy, pues, contemplaba yo el cielo gris con una desesperación completa
y me preguntaba quién serviría de emisario a mi mal humor.
No habiendo podido avanzar en mi trabajo musical desde hace ocho días
(especialmente para encontrar la transición del verso «no
morir de deseo» en el viaje por el mar de Tristán herido),
lo abandoné y comencé el desarrollo del principio que le
hice conocer a usted. Me es imposible continuar, incluso eso al presente;
porque me parece que lo había hecho mucho mejor antes y no podía
recordarlo ahora.
................................................................................................................................................................................................................................................................
El viernes por la noche me
hizo reír mucho Schiller; posee este humor especial que no encuentro
en Goethe con esa benevolencia.
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Nada nuevo. Mientras que usted
se ha dejado llevar de nuevo hacia los Willes, yo me he contentado con
estar asomado al balcón, contemplando mi público de Lucerna,
el cual explota la ventaja que tiene sobre usted, especialmente el poder
admirar a diario mi nueva bata, con un verdadero fanatismo. ¡Debe
ser verdaderamente bonita!
Deme usted pronto noticias
suyas y no sólo de comer. Salude de mi parte muy cordialmente al
agitado y déle las gracias en mi nombre por el champagne con que
me ha obsequiado. Pero no eran aquellos bizcochos. ¡ Dios mío
el «Zwizback»!, ¡qué bizcocho!
El que puede conformarse con
un domingo sin sol espera tener una feliz semana con un poco de la luz
de este astro.
Adiós.
R.W.
*
Julio 1859.
Querida mía:
Las cosas no han podido resultar
peores en Solferino para mi trabajo en este momento; mientras que allí
cesa la matanza, yo continúo; corrijo sin cesar. Hoy mato a Melot
y Kurwenal. Llegue pronto si quiere ver todavía el campo de batalla
antes de que los muertos sean enterrados. Mis cariñosos saludos.
Vuestro,
R.W.
*
Viena, 28 de Septiembre
de 1861.
Hotel de la Emperatriz Isabel.
¡Oh, noble criatura sublime!
Hoy quisiera no escribir casi nada más fuera de esta exclamación.
Todo lo que puedo añadir es nulo. La música hace de mí,
en suma, un hombre puramente exclamativo; el punto de exclamación
es en el fondo la única puntuación para mí en cuanto
abandono la música. También constituye el antiguo entusiasmo
sin el cual apenas puede subsistir. El sufrimiento, la pena, el desabrimiento
mismo, el mal humor toman en mí este carácter entusiasta;
y he aquí el porqué doy a los demás tantas penas,
seguramente.
¡Qué no podrá
hacerse en Zurich! Viena, París, Londres. Se excavaría en
todo vanamente para descubrir alguna fotografía que valga lo que
la obra de Keller. ¡Oh criatura, qué bella sois! ¡Es
imposible decirlo completamente. ¡Sí, Dios mío!
¡ En tal corazón
es preciso que todo se haga real, el más miserable mendigo que habite
ahí debe sentirse pronto como elevado a las nubes. Los más
nobles dolores están escritos en esas mejillas que antes expresaban
una sonrisa tan infantil. Sí, ahora habita Dios en esta criatura.
Inclinese profundamente.
Usted dirá que llego
demasiado tarde con la expresión de mi gratitud. En realidad hasta
hoy no he llegado a nada definitivo. Apenas emerjo por cima de toda suerte
de calamidades de las que esta altiva criatura debe saber lo menos posible.
Me he mudado otra vez. Un conocido que viajaba con su familia puso su casa
a mi disposición pero ahora regresa y como decididamente tengo desgracia
en esto, (aunque deba exceptuar al amable ministro de Prusia en París)
no me quedaba otro recurso que el de alojarme de nuevo en un hotel. Me
instalé en él por algunos meses y aquí he desembalado
mi pequeño equipaje de «Holandés errante». Allí
apareció de nuevo la gran cartera verde. La había tenido
cerrada desde Lucerna. Tomé la llave para inspeccionar el tesoro.
¡Cielos! ¿Qué es lo que vi? Dos fotografías:
el lugar de nacimiento de Tristán, «La colina verde»
con «El Asilo» y el palacio veneciano. Después las páginas
originales con los primeros apuntes, borradores extraños, también
los versos de la dedicatoria, con los cuales enviaré un día
el esquema del primer acto a la «maravillosa criatura», trazado
a lápiz, terminado; ¡qué placer me causaron estos versos!
¡Son tan puros y leales! He encontrado también escrito a lápiz,
el lied de donde ha surgido la escena nocturna. ¡Dios lo sabe! ¡Este
liad me gustó de modo bien diferente que la soberbia escena! ¡Bondad
divina! ¡Es más bello que todo cuanto he hecho. Tan bello
hasta el extremo de mis nervios cuando lo oigo. ¡Y llevar en el corazón
la plena presencia de un tal recuerdo sin ser dichoso! ¿Cómo
será posible ésto? Cerré la cartera, pero abrí
la última carta con el retrato y surgió el grito. ¡Perdón,
perdón!, no lo volveré a repetir.
Todavía, menos cuanto
que le dirijo estas líneas a Düsseldorf, donde ha acudido para
asistir a una madre gravemente enferma. Profundamente me entristece el
no poder prestarle ningún socorro. Le debo un reconocimiento verdaderamente
inexpresable y, sin embargo, ¡mi nombre no debe ser pronunciado en
su cabecera! Lo temo con toda modestia, me lo puede usted creer, pero dígale
cuando la vuelva a ver por primera vez después de esta carta, dígale,
que hoy le deseo doblemente paciencia y curación.
Ahora veo venir el 20 de octubre.
¿No es así? Pienso en todas las cosas que quiero prepararle
a usted aquí: pronto oirá el «Buque Fantasma»
y «Lohengrin». Para Tristán hay esperanza. Mi tenor
ha recobrado su voz; están llenos de entusiasmo. Van pues a comenzarse
los estudios seriamente.
Ahora benditos seáis,
mis queridos amigos.
Todo lo que hay de noble y
de eterno, a la Reina.
RICARDO WAGNER.