«Erinnerungen». Sttutgart, 1923. Traducción de Javier Nicolás, Claus Handrich y Silvia Puppo. Publicada por entregas en «El tilo sagrado». Barcelona, 1983, 1986, 1997-2001.
Recuerdos
Por Siegfried Wagner

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PRÓLOGO

Este librito, “Recuerdos”, lo escribió Siegfried Wagner por encargo del doctor Spemann en el año 1923. Después de 20 años, aparece esta nueva edición no modificada y yo creo que ninguna biografía tan accesible puede acercar al lector al hombre que, entre tanto, murió; él murió en medio de un trabajo lleno de sacrificio por la conservación de la herencia artística de su padre, durante los Festivales de Bayreuth del año 1930, en su sencilla grandeza y austeridad, en su humor inabatible y su gran aplicación, con su juicio insobornable, en su fidelidad hacia los amigos y personas que le ayudaron en los Festivales de Bayreuth, su respeto hacia todo lo grande en el arte y la cultura, así como su apasionado amor hacia la naturaleza, su pueblo y su patria. Siegfried Wagner ha sabido transformar la maldición de Fausto: “pobre de ti que seas un nieto”, en una bendición al cumplir ejemplarmente de su exigencia “lo que has heredado de tus padres herédalo para poseerlo”, y por encima de su vida brillan las palabras del poeta:  “Loado aquel que guarda la memoria de su padre”.

Winifred Wagner, 1943


 

I

     Suerte de aquel que ha disfrutado de una juventud feliz1. Ni el frío, ni las tormentas en el curso de la vida pueden desplazar el calor que los rayos del sol de una niñez alegre señalan el alma humana.

    Una juventud así hemos disfrutado mis hermanas y yo, y por eso estamos eternamente agradecidos a nuestros padres. Su principio era educarnos como unas personas alegres y abiertas. No debíamos demostrar nunca rostros enfadados. Cuando mis hermanas se ocupaban de sus deberes y fuera hacía un sol radiante, pronto me mandaban a mis padres: “Papa —decía yo—, estoy solo y no tengo nadie para jugar, ¿pueden mis hermanas venir a jugar conmigo?” Enseguida saltábamos los cinco por el jardín. Mi madre, que se educó conforme a las costumbres del “ancien régime”, vio sus principios educativos muchas veces cruzados por mi padre, pero su genial naturaleza se acoplaba también al cambio de sus planes. Hasta las escapadas a la pastelería —el máximo disfrute eran las que yo hacía en Venecia al famoso pastelero Lavena—, dejaba pasar cuando notaba que mi padre se alegraba de que nos atiborrásemos de dulces. Con los estudios pasaba igual y no fuimos molestados nunca.

    Nuestro bonito jardín de Wahnfried era nuestra verdadera escuela, nuestros camaradas...: perros, gallinas, pájaros, y también salamandras y ranas, que escondíamos en los roperos facilitándoles un cierto “bienestar”, a pesar de que ellos en su húmedo ambiente originario seguramente hubiesen estado más a gusto.

    Del primer acontecimiento de mi juventud —la colocación de la primera piedra para el edificio de los Festivales en el año 1872— tengo solamente unos recuerdos muy vagos. Mi familia me contaba que me había portado extraordinariamente correcto. Y cuando me preguntaban lo que había entendido del discurso, contesté: “Hombres alemanes, mis buenos hombres”.

    Muy pronto aprendí idiomas, la institutriz inglesa nos procuraba el conocimiento de su lengua; mi madre tuvo mucho trabajo para que nos hiciésemos amigos del francés, pues lo artificial de este idioma tenía para nosotros, como niños, algo desagradable. El más fácil resultó ser el italiano, pues con los repetidos viajes a Italia se nos pegó mejor al oído. Con mis profesores particulares no tuve mucha suerte. Una excepción fue Heinrich von Stein, quien más tarde, fuera de Alemania, se hiciera famoso y que era gran amigo de la familia. Desgraciadamente murió demasiado pronto.

    Recomendado por Malwida von Meysenbug, llegó él a nuestra casa después de terminar sus estudios universitarios, y vino con nosotros a Villa d ‘Angri, en Nápoles, para hacerse cargo de mi educación. Mi padre deseaba que aprendiera pronto el griego antes de ocuparme del latín. Y así llegué a conocer este hermoso idioma de Homero; en el curso de los años profundicé tanto en este idioma, que lo llegué a apreciar como a una lengua viva. Con el idioma llegó el entusiasmo por el arte y la poesía de Grecia, un entusiasmo que perdura hasta hoy. “Hellas“ era para mí como un paraíso perdido. Pero al querer visitarlo personalmente, temía que la Grecia actual pudiese destrozar la imagen ideal que aún vivía en mi fantasía.

    Heinrich von Stein no se podía quedar mucho tiempo con nosotros. Su habilitación en la Universidad de Berlín le obligó a dejar Wahnfried y más tarde únicamente solía visitarnos durante sus vacaciones.

    Una decisiva influencia en mi desarrollo tenían los repetidos viajes a Italia. Harto del cielo siempre gris en Alemania, me acuerdo que un día mi padre levantó los puños cerrados y exclamo: “Diese verdammten Kartoffelsäcke!”2, se trasladó con toda la familia —ayudado generosamente por el Rey Luis II—,  cruzando los Alpes, para olvidar sus preocupaciones y esfuerzos temporalmente; así como para disfrutar del sol, del arte y de la vida popular alegre. Fuera de la ayuda del Rey, cobró también unos honorarios importantes por la “Marcha Festiva”, lo que hacía posible estos viajes. Después del Festival de 1876, artísticamente brillante, pero económicamente ruinoso, visitamos en un viaje Verona, Venecia, Bolonia, Roma y Nápoles. Entonces se despertó en mí la pasión por la arquitectura. Como un poseído, iba de iglesia en iglesia, de palacio en palacio, y los primeros ensayos de redacción con el lápiz sobre el papel, de estas impresiones, fueron al principio bastante torpes; pero poco a poco, sin embargo, se volvieron más aceptables y mis padres constataban con una risita, pero también con alegría, este sorprendente talento que observaban en mi desarrollo.

    Mi padre estuvo durante este viaje de excelente humor, únicamente en Roma cambió un poco. Le molestaba bastante gente con falta de tacto, y también le irritaba la presencia de innumerables sacerdotes; además, llegó en esos días la mala noticia del déficit del Festival de Bayreuth. Un rayo de luz significó el primer encuentro con el Conde Gobineau. Nosotros los niños, naturalmente, no nos enterábamos de los cambios en el ambiente. Nos alegrábamos cuando la querida Condesa Isa Voss nos invitaba a tomar chocolate, y nos alegrábamos menos cuando teníamos que visitar a la princesa Carola Wittgenstein. Solamente el aire en su habitación (probablemente nunca era aireada), un olor fuerte y penetrante debido a las flores y a las velas encendidas, así como el aspecto raro de ella, nos causaba una horrenda impresión en nuestra fantasía infantil. Después de enseñarnos diversas fotografías antiguas, al despedirnos teníamos cada uno que arrodillarnos delante de ella para recibir una bendición, que incluía rituales y gestos, lo que a nosotros —que nunca habíamos conocido tal cosa—, nos daba miedo, pero también ganas de reír. Temo que alguna vez ella oyó nuestras risitas en voz baja, ya que nunca más fuimos invitados. Las tardes del chocolate con la Condesa Voss, con su bendición de pasteles, nos gustaba evidentemente mucho más que la bendición polaco-eclesiástica.

    En Sorrento mis padres se encontraron con Malwida von Meysenbug y con Nietzsche. Malwida había probado, unos años antes establecerse en Bayreuth, pero como el clima no era el deseado para su salud, se trasladó al sur. Esta separación no influía en las amistosas relaciones con mis padres. Durante nuestra larga estancia en Nápoles en 1880-1881 estuvo ella algún tiempo de huésped con nosotros en la Villa d’Angri. Una alegría exhuberante reavivaba nuevamente esta amistad de tantos años y era el lazo que nos unía. Me acuerdo que, en muchas cuestiones, existían enormes controversias, que llegaban a serias y hasta violentas discusiones, como por ejemplo el tema del cristianismo y la vivisección —de la que era partidaria Malwida—; en política se había quedado parada en el punto de vista de 1848, mientras mi padre ya había pasado de aquellas deliberaciones. No tenía ningún interés por Cavour, mientras apreciaba de corazón a los hombres de la tendencia de Mazzini. Una vez, después de una violenta discusión, Malwida, evidentemente irritada y ofendida, se retiró a su habitación, y entonces mi padre me mandó con unas flores y una divertida nota para ella, para hacer las paces. Aún me parece oír su risa estruendosa al leer la nota de mi padre y, al contrario de muchos amigos que malentendiendo la manera a veces brusca de mi padre que después de estas descargas de su temperamento se quedaban por ofendidos, ella bajó conmigo al salón donde su reaparición espantó las nubes del malestar.

    En mis posteriores estancias en Roma, tuve la gran alegría de frecuentar mucho a esta mujer tan ricamente dotada de corazón y espíritu. Yo vivía cerca de ella y del Coliseum, y casi todos los días aprovechaba para hacerle una visita. Una lectura común animaba la conversación: leyendo Tucídides, Platón y otros autores griegos; otras veces tocaba algo de mis recién terminadas óperas: Barenhäuter y Herzog Wildfang. Su sentido del humor, enormemente desarrollado, encontró en ambas obras satisfacción. Al escuchar los versos de Herzog Wildfang, exclamó: “Mi Fidi3 —éste era mi nombre infantil—, no necesitas escribir solfeo para eso, lo debías presentar como obra de teatro”. Dos años más tarde, aún he podido leerle algo de mi ópera Der Kobold, y estoy orgulloso de haber recibido de labios de aquella mujer una tan sincera aprobación. La alegre disposición de Malwida era muy bien apreciada por los habitantes de Wahnfried. Otros querían hacer de ella Egeria o Makaria. Cuando se discutía en esos tonos, yo casi siempre me retiraba, al igual que cuando se hablaba de política. En Malwida estaba profundamente arraigado el entusiasmo por las obras de mi padre; sus memorias son tan conocidas que no hace falta mencionarlas. Aún en sus últimos años de vida, organizó ella, ayudada por su amiga la princesa Maria von Bülow, un gran concierto de Wagner en Roma, cuya dirección estuvo a mi cargo.

    El arriba mencionado encuentro de Malwida y Nietzsche con mis padres en Sorrento no resultó muy acertado —en tanto un niño de siete  años tenga capacidad de juzgarlo—, y la culpa fue de Nietzsche. Mi padre parecía disgustado, tal vez por la presencia de dos amigos —un tanto antipáticos— del filósofo. A mi parecer este fue el último encuentro entre Nietzsche y mi padre.

    Una vez vuelto a Alemania no encontraron mis padres más que disgustos y preocupaciones para solucionar el déficit del Festival de 1876; no encontaron a nadie en toda Alemania que pudiese ayudarles. Mi padre tuvo que arrimar el hombro —padeciendo, y cansado como estaba—, dirigiendo conciertos personalmente. No será necesario hablar de toda esta época, pues todo se encuentra detallado en la monumental biografía de Glasenapp. La falta de interés y la cicatería de Alemania está reflejada en esta obra muy bien. Seis años deberían permanecer cerrados los Festivales de Bayreuth. Una repetición de la Tetralogía era impensable. Así no era extraño que mi padre entre estos disgustos añorase el Sur. Cuántas veces consultábamos en los días grises y lluviosos el diccionario de rutas de Gsell Fels y Bädeker para planear viajes. Italia, Grecia y Egipto eran las metas. A los dos últimos nunca fuimos, pero a Italia aún pudimos realizar tres viajes más.

    Gracias a la generosidad de Luis II mi padre pudo alquilar la ya nombrada Villa d ‘Angri, en el río Posilippo de Nápoles. Nunca olvidaré la jubilosa alegría que nos embargaba cuando —una vez dejado atrás el gris cielo nórdico—, y en el primer día radiante de sol, podíamos salir por las mañanas a la terraza y disfrutar de la incomparable vista sobre el golfo de Nápoles. Como si todas las pesadillas fuesen condenadas al retiro, aquí triunfaba la belleza, la alegría de la vida y la falta de preocupaciones. Durante toda esta estancia —hasta agosto— permanecía mi padre con buen humor. Para nosotros los niños, esta temporada era el verdadero paraíso. Con increíble energía organizaba mi madre —y en las circunstancias típicas napolitanas— una casa bien ordenada. Quien conozca Nápoles ya sabe lo que cuesta eso. Habíamos traído criados y doncellas, pero no significaban una gran ayuda. Esto era debido a que ellos no entendían el idioma. El otro personal lo tuvimos que buscar en Nápoles. El Dr. Scrön, médico alemán, nos ayudó amablemente. También fue contratada una profesora italiana para enseñar a mis hermanas y a mí la lengua y la literatura italiana. Ella lo hacía con buena voluntad, pero pronto nos dimos cuenta de que ella sabía más o menos de Dante lo mismo que nosotros los niños. Pero ella bordaba magníficamente y este talento lo supo aprovechar mi madre, sobre todo con vistas al 22 de mayo.

    En esta primavera de 1881 conocimos al pintor ruso Paul von Joukowsky, que con su elevada cultura y noble comportamiento, y sus ideas espontáneas y geniales se ganó pronto el corazón de mis padres. Junto con Heinrich von Stein y Malwida, era el huésped más invitado; él empezó a pintar un retrato de mi madre que, después de unas 40 sesiones, salió perfecto, y está ahora colgado en el salón de Wahnfried. Su criado, Pepino, un auténtico napolitano, nos cantaba por las noches en la terraza, con su mandolina, canciones populares, sobre todo las antiguas canciones amorosas, que cada vez se escuchan menos. Son muchas veces desplazadas por las melodías de opereta; así hasta los sanos sentimientos, que conviven en el pueblo italiano, están amenazados con esta infección. Mi padre tenía verdadero cariño por estas canciones populares; allí, en la parte sur de Italia vive aún un resto del espíritu griego, donde no han llamado la atención las canciones populares de la vendimia o de la recogida de la oliva, como algo especial, casi hechicero.

    De los otros amigos de Wahnfried quiero mencionar también al príncipe Rudolf Liechtenstein, y a Arnold Böcklin, cuyo arte con brillantes colores impresionaban fuertemente a mi padre. El desgraciado Joseph Rubinstein, ocupado en confeccionar la partitura de Parsifal, pertenecía en grado menor al círculo atrayente de los amigos. Rubinstein demostró a mi madre y a nosotros los niños, claramente, que su presencia se debía solamente a nuestro padre, y que la familia significaba para él un anexo molesto. Mi madre le aguantaba porque creía haber observado en él algo bueno e importante, pero para nosotros era tan antipático, que necesitábamos de las sabias advertencias de mi madre para frenar nuestras manifestaciones de disgusto. Yo le llamaba “desgraciado”, y lo era de verdad. El confesó una vez a mi madre que sufría por causa de su raza4 —una especie de Kundry—, y que anhelaba su redención. Creía heberla encontrado en mi padre y su arte. Una vez hubo perdido, después deI 13-2-83 a su protector, y desesperado consigo mismo, se quitó la vida.

    El sentimiento de aversión que nosotros los niños sentíamos contra él se transformó entonces en compasión cuando más tarde fuimos capaces de ver algo más claro su alma destrozada. Muchas veces lo cómico se asocia con lo trágico: él, un tipo tan seco, esquivo y siempre a la defensiva, había conquistado el corazón de un ser femenino, nuestra institutriz inglesa, que se enamoró de él. Cuando una noche su abrigo estaba colgado en la entrada ella lo abrazaba y nosotros, como impertinente cuadrilla, nos burlábamos de ella. Pero la institutriz no se mermaba, y muy al contrario, reforzaba aún más sus sentimientos; llamó a mi hermana esa noche y he dijo: “¡Oh, Eva, tell him, that I love him”5. Pero mi hermana no tuvo bastante ánimo como mensajera de amor, y así culminó este amor en los abrazos del abrigo.

    Lo más importante de nuestra estancia en Nápoles fue el 22 de mayo. Hacía meses que mi madre iba preparando el cumpleaños del maestro, para organizarlo con animación y alegría. Para esta ocasión preparó ella un festival, en que los cinco niños debíamos hacer de presentadores. Ella nos consideraba según nuestra edad y nuestro talento. A mí me correspondía normalmente una parte pequeña, insignificante, pues tenía yo dificultades para aprender de memoria cualquier cosa; también más tarde tuve estos problemas en el Gymnasium. Sólamente la música aprendía rápidamente. Ponía también música para estas piezas de homenaje mi madre, y uno de los músicos presentes se encargó de la ejecución. También preparó obras teatrales: un acto de Hans Sachs, y Lope de Vega pertenecían a nuestro repertorio6. El final del día festivo consistía en una excursión en barca a lo largo del Posilippo.

    Hasta agosto nos quedamos en Villa d ‘Angri e hicimos excursiones a Pompeya, Capri, Sorrento, Pozzuoli y al Vesubio, lo que aportaba variaciones en el desarrollo de nuestros tranquilos días. Mi padre trabajaba con el Parsifal, y algunos fragmentos los presentó a un pequeño auditorio; mis hermanas ensayaban el coro desde lo alto: “Der Glaube lebt — die Taube schwebt”, y se ganaban el aplauso del maestro. De Nápoles nos marchamos a Siena. También allí mi madre había alquilado e instalado una casa muy a nuestro gusto. Se llamaba Torre Villa Fiorentina y la tenía bien preparada encontrándonos todos muy cómodos. Siguió a esto semanas de felicidad y paz. ¡Qué contraste —después del grandioso efecto e impresión del golfo de Nápoles, de la agitada vida en las calles de Nápoles—, ahora esta tranquilidad y estos colores suaves, nada que pudiese turbar la fantasía!. Un verdadero idilio después de un drama. Como comparar un cuadro de Hans Thoma después de ver uno de Böcklin. Nos alegró mucho, en este ambiente placentero, una larga visita de mi abuelo Liszt que, después de retornar a Roma, dijo que había pasado las semanas más felices de su vida con los Wagner. Nunca había visto al maestro tan animado.

    Los niños adorábamos apasionadamente a nuestro abuelo. Su generosa bondad, su genial hincapié con las singularidades de cada uno de sus nietos, tenía una especial atracción. Su llegada, además, nos proporcionaba siempre un día libre, que en nuestras cabezas infantiles despertaba sus positivos efectos. Esta vez había llegado solo; el acostumbrado enjambre de discípulos había quedado distanciado. Así no existía ninguna molestia mundana que pudiese inferir en el ameno ambiente familiar. ¡Hasta la princesa de Wittgenstein dejó a mi madre en paz con sus acostumbradas misivas, que a todos los que tenían a Listz como huésped mandaba, indicando lo que podía comer y lo que no, a quién se debía invitar y a quién no, sobre lo que se debía hablar y sobre lo que no! Cuando una voz le advertía que no bebiese coñac, él contestaba: “... se dice que el vino es la leche de la edad, bueno, entonces el coñac es la nata de la edad”.

    Quiero añadir un rasgo típico de Liszt que, creo, no es conocido públicamente: invitado una vez por una rica baronesa de las finanzas de París, y al servirle el café después de la comida, cogió el azucar con los dedos. La dama de la casa le observó y como vio que no había hecho uso de las tenazas para coger los terrones, llamó al criado para que rellenase la azucarera. Liszt hizo corno si no viese nada; se bebió el café, se acercó a la ventana abierta y tiró la valiosa taza fuera. La baronesa se quejó por el objeto tan valioso y Liszt le contestó: “Si usted no puede tomar azucar de la azucarera porque yo la he tocado con mis manos, menos podrá usted beber de en una taza que yo haya tocado con mis labios”. Claramente demostró su buen corazón en otra ocasión: una pianista organizaba un concierto en Jena y para atraer más público, hizo publicar que ella era discípula de Liszt. El destino quiso que el mismo día del concierto, Liszt llegase desde Weimar a Jena. Apresuradamente corrió la pianista a verle y le confesó su mentira. “Venga usted, señorita” le dijo Liszt, “siéntese al piano y tóqueme el programa del concierto de hoy”. Ella cumplió sus órdenes. Dos horas enteras le estuvo corrigiendo lo que he preció mejorable y al final le dijo: “... bueno, chiquilla, ahora puede usted decir que es discípula de Liszt”.

     Mi madre publicó hace años un artículo sobre su padre, que, mejor aún que otras anteriores publicaciones, refleja el carácter de esta impresionante personalidad. Tres naturalezas contrapuestas se reunían en él, aunque reunir no es la palabra exacta, ya que confluía una personalidad dentro de la otra: Una naturaleza de San Francisco, una de Dionysios y otra de Wotan, que se reflejan más claro en sus tres composiciones; el salmo número 13, el vals de Mephisto y la primera parte de la sinfonía de Fausto. Estos contrastes no podían comprensiblemente ser entendidos por los fariseos y filisteos. De ahí esa hucha furiosa contra el arte de Liszt, que hoy todavía no ha terminado. Por eso me alegro de poder constatar en mis conciertos un entusiasmo creciente por las composiciones sinfónicas, también en ciudades como Berlín y Viena, donde más fuerte actuaban los antes mencionados elementos. La fuerza temática de estas obras no se puede suprimir. Y esta fuerza creativa es en primera línea lo que importa. Con contrapunto y artes instrumentales sólo, no se pueden crear obras de valor persistentes.

    Pero también hay que saber dirigir a Liszt. Hay que saber sentirlo poéticamente. Debe siempre causar el efecto de una genial improvisación. Las puras indicaciones musicales sobre las pausas no deben ser tomadas al pie de la letra, sino contempladas como indicaciones para que la batuta se mueva libremente7. Tempo rubato en el buen sentido. ¡Cuán fácilmente puede ser desgarrada la primera parte del Tasso y con ello aparecer aburrida, si el director no obra aquí algo libremente y se comporta con talento frente a las pausas! Precisamente esta composición tuve ocasión de escuchársela, siendo muchacho, al piano. Además de, Mazeppa y la Sinfonía de Dante. En ningún momento se sentían vacíos o “agujeros”.

    Me acuerdo entonces, en Siena, haber escuchado algo de Beethoven y Chopin. En Venecia, en su último encuentro con mi padre, tocó la sinfonía en La mayor de Beethoven. Unos intermezzos que ejercían una indescriptible jovialidad sobre nosotros los niños, todo ello lo recuerdo aún. Mientras Liszt tocaba, rodeado de mi madre, la princesa Hatzfeld y algunos amigos, en el salón, nosotros le escuchábamos desde el cuarto contiguo. Repentinamente, en el Scherzo, vimos entrar a nuestro padre y pasando desapercibido a Liszt y a sus oyentes, comenzó a bailar muy animadamente. Se podría haber creído tener delante a un jovenzuelo de veinte años ante nosotros. Tuvimos que esforzarnos para no poner de manifiesto, con nuestras risas, el baile de mi padre. Una cosa es cierta: Beethoven no podía imaginarse su Scherzo tan bien bailado, en forma tan bella, e Isadora Duncan puede reclamar con justicia a mi padre, cuando se le achaca que baila a Beethoven.

    La veneración de Liszt hacia mi padre era tan profunda, su comprensión para el ser tan a menudo desconocido, era tan grande, que aún bromas como ésta no se las tomaba con susceptibilidad. Recuerdo también que una vez, después de una composición litúrgica que interpretó mi abuelo, —si era algo del Christos no puedo afirmarlo—, gritó mi padre: ¡Tu amado Dios hace desde luego mucho espectáculo!”

    Listz amaba entrañablemente a sus nietos. Sigius —así me llamaba— siempre podía acompañarle a su cuarto. Entonces yo aprovechaba para husmear con satisfacción en su papelera, y las hojas de notas y los escasos sellos, constituían mi botín. Con motivo de unas grandes festividades en loor de María, me llevó consigo —en Venecia— a la iglesia. Estábamos sentados en los hermosos y viejos bancos del coro de la “Frari”. La misa mayor comenzó, procedentes del órgano se escucharon las más vulgares polkas y “galops”, tal y como era costumbre entonces en Italia. En el momento de la Consagración, se escuchó la hermosa canción “Ich möchte deine schwarzen Augen küssen”8. En suma, que en la defectuosa caja del órgano, todo sonaba auténticamente eclesiástico. Yo notaba cómo mi abuelo se ponía intranquilo, me dio un libro de oraciones y me aconsejó que leyera con él. Apenas finalizó la celebración, me tomó fuertemente de ha mano y se apresuró fuera conmigo. Justo antes del pórtico se apresuró hacia él el ingenuo organista, y le preguntó a mi abuelo qué le había parecido su música. Listz contestó: “Pour vous dire la venté: c’était une saleté, une cochonnerie”9. Apresuradamente se alejó el visiblemente sorprendido intérprete de polkas por el puente más próximo. Durante nuestro regreso, en góndola, mi abuelo iba repitiendo, una docena de veces: “Saleté, cochonnerie”. Era para él muy chocante el que yo hubiese podido recibir una impresión tan vulgar de una celebración litúrgica.

    Muchas veces yo le daba motivo para reír. Durante un paseo por los jardines de Bayreuth, le chocó que yo, entonces un niño de seis años, diera signos claros de mal humor. A su pregunta, de qué me pasaba, contestó mi madre: “Se enfada por ir vestido elegantemente. Le gusta aparecer siempre como los niños de ha calle”. Y en Venecia, me sorprendieron, él y mis padres, sentado al piano interpretando un acompañamiento al aria del sueño ligero de La Muda de Portici con silbidos; también el sexteto de la
Lucia de Donizetti, que había escuchado con agrado, repetidamente, en la plaza del mercado, fue repetido por mí en esta forma “silbable”. El premio, quizás también el bochorno por ello, fue que después se sentó Liszt al piano e interpretó lo recién escuchado a su manera, con un acompañamiento tan fecundo, como ni yo, ni Auber ni Donizetti hubiéramos concebido jamás.

    De todos los pianistas que he escuchado posteriormente, con excepción de Sophie Menter, sólo Mottl ha ejercido sobre mí una impresión similar, y no por la técnica —Mottl de hecho no deseaba ser pianista— sino por lo magnético, mágico, demoníaco que se transmitia de la punta de sus dedos a las teclas del piano. El efecto arrebatador sobre el público, sólo puede explicarse por una tal magia. La técnica por si misma sólo interesa ciertamente al burgués, pero no al oyente inocente que aspira a impresiones más profundas.

    Dada la extensión con la cual me ocupo, en estos breves recuerdos, sobre mi abuelo, los lectores sin duda notarán con qué amor estuve yo ligado a esta personalidad. Con ocasión del recuerdo de aquella visita a Siena, deseaba de buen grado agrupar todos aquellos recuerdos que han quedado en mi memoria. Sólo queda por recordar la última estancia de Liszt en Bayreuth, en el año 1886. Fue con motivo de la boda de mi hermana Daniela con Henry Thode, por lo que acudió Liszt; viajó después a visitar a conocidos suyos, donde tomó el germen de su última enfermedad, y llegó, ya con graves dolencias, a los Festivales, para vivir la primera y personal gran obra artística de su hija, la representación del Tristán. Ninguna advertencia de los que le rodeaban pudo lograr que desistiera de acudir a los Festivales. La afirmación de algunos biógrafos de que mi madre le habría forzado a ello, es falsa. Profundamente conmovedores fueron aquellos últimos días de Liszt, para los que estaban con él. Padre e hija, tras has múltiples separaciones de una vida tan repleta de luchas internas y externas, ahora tan próximos el uno al otro. ¡Ningún aguafiestas de por medio! Todo fue mantenido alejado. Ciertamente llegaron telegrama tras telegrama de Roma, en los cuales la princesa Wittgenstein daba instrucciones muy nerviosas a mi madre, para que nada se omitiera, en aras de preservar el alma de Liszt de las garras del demonio. Ella debía tener un miedo categórico de que nuestro abuelo pudiera caer en el infierno.

    Mi madre conocía mejor a su padre, sabía por ello que el compositor del Salmo trece y de la Santa Elisabeth no tenía que temer ni al infierno ni al purgatorio. Sin ser tenidos en cuenta los telegramas, se depositaban estos donde les correspondía, en la papelera. Aún en has últimas horas que le quedaban, deseaba levantarse para ser llevado a la sala de los Festivales. Lo último que se hizo leer, fue la obra de Thode acerca del Santo Franz von Assisi. Característico era que, precisamente esta soberbia personalidad, con la cual él tenía cierto parentesco, le atrayera en forma tan irresistible.

    Su lugar de descanso lo encontró en el cementerio de Bayreuth. La sencilla capilla románica fue ideada por Gabriel Seidl (y no por mí, como erróneamente se ha difundido). Aunque bien es cierto que yo tenía finalizado un boceto para un mausoleo, una capilla al estilo del renacimiento primerizo italiano, que recordaba a la pequeña María dei Miracoli en Venecia, bien enriquecida con ornamentación de mármol. Se dio preferencia, y con razón, al boceto más sencillo y apacible de Seidl.

    Pero volvamos de nuevo al orden cronológico de los acontecimientos.

    A las armónicas semanas de Siena, siguió una estancia en Venecia. Antes del regreso a Bayreuth se nos reservó, a nosotros los niños, el placer de escuchar en Munich obras de nuestro padre, en el Hoftheater; sí, de hecho hasta una audición privada para el rey cuenta entre nuestras vivencias de entonces. Nosotros estábamos con nuestra madre debajo del palco real, y de vez en cuando mirábamos con mirada furtiva y con gran curiosidad, al rey y a mi padre. Se representaba Lohengrin. Nosotros estábamos entusiasmados y lo encontrábamos todo maravilloso. Nuestra sorpresa no fue menor cuando, al final de la representación, encontramos a nuestro padre profundamente malhumorado. El encuentro con el director de orquesta fue lamentable. Sólo la habilidad de mi madre pudo apaciguar la amenazante tormenta.

    En las estancias que realizábamos en Munich, cada vez que íbamos o veníamos de Italia, tomábamos parte en los encuentros de nuestros padres con sus amistades, sobre todo con Lenbach, Gedon, von Bürkl y otros.

    Singular era la relación de mi padre con Hermann Levi. La naturaleza de Kundry estaba fuertemente desarrollada en él, como en Joseph Rubinstein. Era uno de los judíos más importantes e interesantes con los que me he encontrado nunca. Chamberlain ha plasmado de forma sugestiva el ser, o mejor dicho, el conflicto en la naturaleza de Levi; me remito a él, pues no creo que sea yo capaz de dar una imagen mejor de Levi, que la que él da.

    Crecido en un ambiente antiwagneniano, tuvo Levi tardíamente acceso al arte de mi padre, en aquellos círculos era considerado como un disidente. Por otro lado, los wagnerianos no le tenían confianza, hasta el punto de que mi propio abuelo Liszt, le hizo en una ocasión la amarga observación de que Heinrich Porges ya era wagneriano en una época en ha cual aún no había ningún negocio que hacer con ello10. Unas palabras demasiado severas que, creo yo, no estaban justificadas.

    Levi se había convertido en un partidario, pero por otro camino diferente; no por un sentimiento espontáneo, sino por el intelecto. Las obras juveniles, hasta el Lohengrin, habían pasado ante él sin dejar huella. Sólo al trabar conocimiento con la partitura del Tristán y de Los Maestros Cantores, se produjo la conversión. Por tanto, en primer lugar, está la impresión que en él despertó la técnica. Para hombres que ya en la primera gran melodía de la oración de la Obertura de Rienzi, se habían apercibido del genio que en aquella obra se regalaba a la Humanidad; para estos hombres, es naturalmente muy difícil de comprender una conversión tan tardía como ésta.

    Sólo cuando se dio el éxito público, sintió Levi aquello que quizás ya percibía desde hacía tiempo, pero para reconocerlo le faltaba el ánimo necesario; y sólo entonces se puso con toda su personalidad al servicio de la causa. Pero le faltaba algo, y por ello sufría, como reconoció repetidamente a mi madre: la fe. Cuando en los difíciles años tras ha muerte de mi padre, mi madre tomó a su cargo la dirección de los Festivales, y al hacerlo se encontró con grandes oposiciones, hasta el punto de verse seriamente amenazada con la idea del cierre de los mismos, Levi volvió a fallar; él no creía en el futuro de Bayreuth y bajo los odios de la prensa que iban dirigidos primcipalmente contra las representaciones del Tannhäuser, surgió en él ha idea de levantar en Munich una casa para los Festivales11, una idea que de inmediato aceptó Possart. Más tarde cuando mi madre salió victoriosa de la hucha, cuando el círculo de los verdaderamente pertenecientes a Bayreuth crecía de día en día, cuando en la prensa francesa, inglesa y americana, aparecían entusiasmados artículos sobre el genio organizador de mi madre (entre ellos estaban de nuevo, y en primera línea, los trabajos llenos de espíritu, de Chamberlain) fue entonces, cuando vio Levi la injusticia por él cometida.

    Desde ese momento se presentó fervientemente en favor del quehacer de mi madre. Donde podía ayudar, ayudaba, siendo uno de los hombres más dispuestos. Una similar manifestación de inseguridad pudimos observar en él, con relación a Hans Thoma. Cuando Henry Thode, por aquel entonces en el inicio de su carrera como historiador del arte, se puso apasionadamente en favor del artista, sólo reconocido entonces por un pequeño núcleo de auténticos conocedores del arte, y totalmente ignorado o ridiculizado por los demás; siendo calificado por una poseedora de viñedos en Frankfurt como “el pintamonas del color verde espinaca”, Thode entró decididamente en favor del maestro de la Selva Negra, a lo que Levi le dijo, verdaderamente preocupado por el futuro de Thode: “¿Por qué entra usted tan decididamente en favor de Thoma? Se perjudica en su carrera; espérese a que se haya muerto”.

    Tampoco allí tenía Levi fe, y eso que se compraba cuadros de Thoma, y estaba cautivado por este sencillo y puro arte alemán.

    Mientras fuimos niños no tuvimos ninguna simpatía por Levi. Sólo cuando fuimos más maduros supimos valorar sus escasas propiedades. Lo que más me gustaba eran los apacibles almuerzos, allá arriba en la cuarta planta de la Arcostrasse. Su ama de llaves, la Sra. Stamm preparaba su manjar favorito, carnede ternera con salsa de primavera. Todo discurría con jovialidad. La Europa rica en espiritualidad estaba siempre representada en aquella casa, y eran sus huéspedes permanentes. Ningún tema profundo dejaba de ser tratado allá arriba. Allí se reía, se discutía, y se disputaba también.

    Pero las controversias discurrían en un tono de suma jovialidad. Levi tenía un vivo interés por cada uno de nosotros individualmente, él se inmiscuía en cada una de nuestras personalidades: mis bocetos arquitectónicos los enseñaba por los círculos artísticos de München, y nunca olvidaré con qué celo se dedicó a hacer posible la representación en esta misma ciudad de mi Bärenhäuter.

    Levi estaba siempre atento en todos los ensayos, pese a que por su salud estaba incapacitado para dirigir (Franz Fischer se hizo cargo de ello). En un momento del segundo acto, que le gustaba especialmente, me besó en la frente.

    El que fuera elegido por mi padre para ser director del Parsifal, mostraba claramente lo que mi padre esperaba de él. Durante muchos años dirigió él esta obra, que más tarde tomó como su más preciada herencia Karl Muck, quien tenía hacia Parsifal la misma relación que Richter con Los Maestros Cantores, y Mottl con el Tristán.

    Al igual que anteriormente con motivo de la visita de mi abuelo a Siena, ahora al nombrar a Levi me he apartado del hilo de mis recuerdos. Cogiéndolos de nuevo, quiero relatar acerca de los dos últimos viajes que realizamos hacia el sur, en compañía de nuestro padre.

    De 1881 a 1882 fue Sicilia su meta: primeramente Palermo, después Acireale, con breves excursiones a Taormina, Messina y Catania. Por vez primera celebramos la fiesta de la Navidad lejos de Wahnfried. Mi madre, que siempre tuvo el genio de hacer posible lo imposible, había conseguido encontrar allí abajo un abeto y lo había dispuesto como árbol de Navidad.

    La visita de Joukowsky era siempre un agradable enriquecimiento de los días festivos, y la por demás entrañable la nostalgia, que debe embargar a todo alemán, cuando precisamente en estos días íntimos, nórdicos, de fiesta, que no son conocidos en este sentido por el habitante del Sur, se está lejos de la patria.

    Para nuestra familia fue la estancia en Palermo de especial importancia por el enamoramiento de mi hermana Blandine con el conde de Sicilia, Gravina, un hombre que por su distinción, belleza y bondad de corazón, nos resultó muy simpático a todos. Su familia se enorgullecía de descender de los Normandos, el nombre Gravina ya era nombrado en el siglo XI.

    Si tengo que contar algo de mí mismo, entonces con doce años, tendría que hacer alusión a mi amor y talento por la arquitectura, que se desarrollaba cada vez más. Gracias a la larga permanencia en las iglesias, ello hizo que el culto católico ejerciera sobre mí una gran impresión tanto en el espíritu como en los sentidos, y siguiendo el instinto de imitación de los niños, en casa deseaba reproducir las ceremonias observadas. Con el dinero que de vez en cuando me daban, y con el que conseguía sacar de Joukowsky y otros amigos, me compré una imagen de yeso de la Virgen, velas, palmatorias e incienso; Joukowsky me regaló un velón y una casulla (Ambos se encuentran aún hoy, como recuerdo, en mi cuarto de trabajo).

    Estos objetos fueron secretamente metidos en el baúl, y tras nuestro regreso me monté en la pequeña casita del jardín una capilla en toda regla, y oficiaba la misa, siendo mis camaradas los que hacían el papel de monaguillos en el altar. Y nosotros hacíamos esto con una seriedad absoluta, por supuesto no en plan de burla. Mi padre puso rápidamente fin a esto, la capilla fue desalojada y obedientemente, pero triste, abandoné esta pasión.

    El último viaje a Italia de 1882 a 1883, fue a Venecia. Torrentes de agua que parecían no acabar nunca habían inundado toda la comarca del Etsch y del Brenta. El puente de Verona, por encima del cual fuimos a la estación, se vino abajo pocas horas después. Llegamos muy precariamente a la ciudad de los canales. Tampoco allí parecía querer llegar el buen tiempo, de tal forma que pese a la maravillosa vivienda en el palacio Vendramin, durante todo este tiempo no se impuso la verdadera alegría del sol italiano.

    Un gran cometa despertó en los ánimos supersticiosos -tampoco yo estoy carente de superstición- temor frente a sucesos amenazantes, en pocas palabras, parecía recaer un lastre sobre esta estancia. Las emociones del año de los Festivales en 1882 habían disminuido fuertemente la salud de mi padre. Era una difícil pregunta la de saber si Parsifal podría volver a ser representado en el año 1883.

    La esperanza de que el pueblo alemán tomara parte activa en la primera representación de esta su última obra, estaba muerta. Sólo las tres primeras noches estuvieron repletas, en el resto se podían apreciar grandes espacios vacíos. ¡Por tanto tampoco esta última desilusión le fue ahorrada a mi padre!

    Pese a todo, también en estos últimos meses de su vida triunfó la jovialidad. Ya he relatado más arriba sobre el baile con motivo de la séptima sinfonía de Beethoven; esto ocurrió un mes antes de su muerte. Era cautivador con las damas distinguidas, por ejemplo con la encantadora princesa Hatzfeld, con su hija, con la leal compañera de lucha la condesa Schleinitz, cuya importancia, entre otros, también ha sido considerada debidamente por Glasenapp, de manera que no necesito repetirlo de nuevo, con la condesa Dönhoff, la actual princesa Bülow y otras.

    El tenía en estas ocasiones algo, yo diría casi caballeresco, francés, muy agraciado en su actitud. Muy cómico se mostró cuando le besó la mano la larguirucha condesa Hildegard Usedom. Ella lo hacía con gusto, pues sabía que como premio recibiría un beso en los labios. La visión de la giganta agachándose profundamente, tenía algo irresistiblemente jovial.

    Lo bondadoso que era mi padre con el pueblo llano era de todos conocido. ¡Los criados le adoraban! Sus arranques de mal genio nunca fueron mal interpretados por ellos, porque él era capaz un minuto después de borrar cualquier ofensa con un chiste. Sólo personas absolutamente incapaces le guardaron rencor. A menudo era yo el que despertaba en él su alegría.

    Ya comenté anteriormente acerca de mi Aria del sueño ligero de Auber, silbada por mí; aparte de los silbidos, le gustaba mi capacidad, que se despertó en Venecia, de componer poesía. Ideé una serie de emocionantes piezas, espectáculos de caballeros; también Catilina debía soportarlo. Al pasar por mi lado, mi padre ojeó una vez en mi libreta y gritó, riéndose, a mis hermanas: "¡Silencio niñas, no molestéis a Fidi, no sea que Pegaso le haga hacer cabriolas!".

    Mi profesor particular fue causa también de jovialidad, aún contra su voluntad, cuando hizo que "mami" le enviara desde el rincón más nórdico de Alemania su cama de plumas. El exquisito placer de saborear el mazapán enviado igualmente por su "mami", sólo conseguía hastiar más a mi padre.

    No podía soportar las blandenguerías. Le gustaba mucho poder darnos una alegría. Las mayores fueron las ya mencionadas y las no muy bien vistas por mi madre, de acudir al gran pastelero Lavena. En el teatro presenciamos el Barbero de Sevilla de Baruffe Chiogiotte y Paesiello, hasta fuimos llevados a las fiestas de carnaval en la plaza de San Marcos. Pero el acontecimiento más bonito fue la interpretación de su sinfonía juvenil para el cumpleaños de mi madre. Era la tercera vez que podía verle como director. Algunos años antes fue con la misma ocasión, la sinfonía en La mayor de Beethoven y fragmentos de la sinfonía de Fa mayor, que dirigió con la Meininger-Orchester en Wahnfried. Su forma de dirigir, la cual se esforzaron por aprender sus alumnos como Hans von Bülow, Klindworth, Richter y después indirectamente Mottl, Muck y Nikisch, se manifestaba por su sencillez plástica y gran claridad. A estos alumnos pertenecía Anton Seidl, que a plena satisfacción de su maestro, dirigió El anillo del Nibelungo durante las representaciones de Angelo Neumann. Sus ricas aptitudes las desarrolló posteriormente en América, donde se forjó el mayor cariño del público. Yo personalmente le estoy muy agradecido, dado que se tomó con celo la difusión de mis composiciones. Mi primer trabajo orquestal, el poema sinfónico Sehnsucht [deseo] (conforme a la obra de Schiller), la representó en América. Arrebatadoramente bella fue su dirección del Parsifal en Bayreuth. Una temprana muerte nos robó, desgraciadamente, a este sincero artista de Bayreuth. Mi padre obraba principalmente a través de los ojos, lo cual él mismo describía como lo primordial a la hora de transmitir voluntades. Su exaltación estaba por tanto más refrenada cara al exterior; se manifestaba para aquellos que le contemplaban de cerca, después de su labor, por la fuerte transpiración. La imagen que reflejaba sobre el espectador era así siempre estética, no había en él nada de las exageradas gesticulaciones, hoy tan queridas, que despiertan la impresión de que el director es el fin último de la música y la otra interpretada algo paralelo [secundario]. El ojo era lo electrizante. En cualquier caso, el director debe poseer unos ojos en los cuales se pueda reflejar un alma. Si esto falta, para engañar hay que recurrir a convulsiones de hombre serpiente. Una parte del público parece tener agrado por estas convulsiones. Hay algo que sé por propia experiencia de muchos años de trabajo: los miembros de la orquestra prefieren una dirección disciplinada y exacta, a los aspavientos de una aparente genialidad. En mis muchos conciertos, que me pusieron en relación con cientos de orquestas, sea en Alemania, Inglaterra, Francia, España, Italia, Rusia, Escandinavia o donde fuera, en todas partes escuché a los músicos de la orquesta, lo agradable que les resultaba mi forma de dirigir: "Por lo menos uno no se pone nervioso con ella." Yo siempre digo, que esto es de la escuela de mi padre.

    La segunda vez no le vi como director. Era durante la última representación del Parsifal, cuando él dirigió la segunda mitad del tercer acto. Luise Reuss-Belce, mi famosa colaboradora en los Festivales de Bayreuth, durante muchos años la famosa Frika, por aquel entonces, en el año 1882 muchacha flor y escudera del Grial nos relataba a menudo y gustosamente la sensación que invadió a todos los artistas de la escena, cuando tras el cambio de decorado, y al volver a aparecer el templo del Grial, en vez de Levi, vieron repentinamente a mi padre en el estrado del director. Sólo uno mostró aparentemente estar nervioso por ello, el hasta entonces inasequible intérprete del Amfortas, Theodor Reichmann, que sólo tenía una falta: que en lo musical le ponía en gran apuro. Él exclamó: "¡Oh Dios, el maestro en persona en el estrado!, ¿me dará correctamente mi entrada?"

    Los ensayos para su sinfonía de juventud sabía mi padre hacérselos muy amenos a la orquesta italiana, recurriendo a pequeños chistes. Para ello ponía en acción toda las exquisiteces de que era capaz en su exposición. Sus pobres conocimientos del italiano le llevaron también a equívocos cómicos.

    Del último día de vida de mi padre me ha quedado en la memoria un claro recuerdo de un suceso con mi madre. Aunque era una maestra en la interpretación al piano, su profesor de música, Seghers, había dicho de ambas hermanas: "Blandine será una excelente musicienne, Cosima una grande artista." [N. del T. en el original]. Yo nunca la había oído interpretar; su actitud al servicio de mi padre era tan amplia que tuvo que dejar el piano totalmente de lado. Era el 13 de febrero, yo estaba sentado en el salón y practicaba el piano. Entonces entró mi madre. Se dirigió al piano de cola y comenzó a tocar. A mi pregunta de que era lo que tocaba, me contestó con una mirada totalmente apartada: El elogio de las lágrimas de Schubert. Unos minutos después trajo la doncella de cámara la noticia de que mi padre se encontraba mal. Nunca olvidaré yo, cómo mi madre se precipitó hacia la puerta. Una fuerza de dolor apasionada se manifestó en su movimiento; se golpeó tan fuertemente con la hoja semiabierta de la puerta, que ésta casi se resquebraja. Cuando ya en años posteriores en los ensayos para los Festivales, le veía interpretar papeles como el de Kundry, Isolda, Sieglinde y Brünnhilde, me acordaba a menudo de aquel instante en Venecia; su representación era de una grandiosidad clásica, como yo sólo la volví a ver una vez en la escena: en la personificación del Otelo por Salviní, cuando éste ya contaba con setenta y siete años.

    El 13 de febrero de 1883 se produjo un gran cambio en nuestra vida, sobre todo exteriormente. Mi padre, si se me permite emplear la expresión popular, había vivido con una mano delante y otra detrás. Del cobro de sus obras su sufragaban el pan diario, los viajes y todo lo demás. Un patrimonio disponible no estaba presente, sólo aquello que mi madre llevó a su matrimonio. En los siguientes años se trató lentamente de ir construyendo un patrimonio. Para ello encontró el más fuerte apoyo en Adolf von Gross, que en adelante no sólo se hizo cargo de todos los aspectos prácticos de los Festivales, sino también de nuestros propios asuntos privados. Sin este hombre no hubiéramos llegado lejos; aún hoy decimos en todos aquellos asuntos en los cuales no tenemos ningún consejo: "Consultemos a Adolf". Entendimiento y corazón están por igual, fuertemente desarrollados en este hombre inigualable. Contrario a todo apariencia, permaneció a menudo en un segundo plano, y fue malentendido, y tomado por indeseable. Esto era y es para él algo indiferente. Él se sentía elegido por el destino, para realizar una gran obra; esto le daba fuerza, para considerar todo la externo como falsas bagatelas y apartarlo de sí.

    Mientras que mi madre encontraba siempre satisfacción y elevación en lo artístico, Adolf von Gross debía ocuparse de lo laborioso, fútil y enojoso. Ciertamente él también se alegraba con los éxitos de la escena, pero cuán a menudo se le fue esta alegría por aspectos agrios de la realidad práctica. Por medio de inumerables procesos con editores y demás, por las hipotecas que recaían sobre Wahnfried, sólo poco a poco le fue posible proporcionarnos una mejor situación financiera. Nosotros vivimos desde los años 1883 hasta 1890 en la forma más sencilla imaginable, un particular contraste con la vida anterior y la brillante apariencia que despertaba la contemplación de la bonita casa con el gran jadín. Mi padre sabía perfectamente que cierto día sus obras reportarían suficientes ingresos a su familia; por ello podía con derecho, vivir de aquella forma los últimos años de su vida, tal como correspondía a sus necesidades y a su fantasía. Sólo los pequeños burgueses podían excitarse ante el aparente gran gasto. Yo no sé también, si se miente y se fantasea tanto acerca de otras familias de artistas. Algo es seguro, hasta ahora ni una sola noticia o rumor que apareció en el periódico o se propagó acerca de nosotros, ha sido verdadero. Siempre había algo falso dentro de ella, cuando no era totalmente inventada. Imperaban los relatos fantasiosos acerca de nuestro patrimonio y aún hoy debemos sufrir bajo estas necias fábulas. El que los artistas sean espléndidos con suma facilidad, es algo conocido. Con nosotros y en base a esta propiedad, se sacaron conclusiones acerca de "las riquezas".

    Tras el regreso de Venecia, mi madre se tomó especialmente a pecho mi futura educación. Fui preparado para el ingreso en el Instituto de Bayreuth, en el cual fui admitido en el otoño de 1883. Con agrado y agradecimiento recuerdo hoy mi época escolar. Mis profesores eran verdaderamente característicos de la época de Jean-Paul, merecedores de ser descritos por un Gottfried Keller o un Dickens. Especialmente el rector Grossmann, una figura delgada, casi ascética, con luenga barba, empapado de un meticuloso instinto por el orden; una propiedad que a nosotros jóvenes de entonces, en parte nos irritaba y en parte nos movía a risa, pero cuyo valor sólo más tarde supimos apreciar adecuadamente. Cuando yo hoy veo un pasador de ventana inclinado, pienso en mi buen rector y le doy la razón. Nosotros los alumnos, poseíamos aparte de nuestro mérito de ser alumnos de la escuela superior, [NT: Gymnasium es el bachiller superior] aún otro oficio paralelo, según las cualidades o el sitio que ocupásemos en la clase. Yo tuve la desgracia de estar sentado inmediatamente al lado de la escupidera; la cual debía mantener limpia. Algunos de mis compañeros, cuando se daban cuenta de que poco antes de empezar la clase aún estaba frenéticamente atareado con algo, escupían a escondidas en la escupidera justo antes de que entrara el rector Grossmann. El rector entraba, y su primera mirada recaía sobre el objeto sucio. Utilizando el pie para tapar con el serrín los lugares antiestéticos, se dirigía hacia mí y decía deprimido: "Cuando será el día, Wagner!". Su "Non decet, imo dedecet." aún era más efectivo. Muy seria era la situación cuando gritaba: "Quo usque tandem!". Mientras tanto se frotaba enérgicamente ambos ojos. Un odioso rasgo de la juventud es aprovecharse de las debilidades de los mayores. Grossmann era duro de oído y yo hoy me avergüenzo aún, de no haberme comportado en forma diferente a mis compañeros, y de haberme aprovechado de ello. Durante las clases, el aula se parecía al zumbido de un enjambre de abejas, que ascendía hasta un tal crescendo, que Grossmann finalmente lo percibía. Un rasgo de dolor en su rostro era claramente apreciable, por una parte por su sufrimiento, por otra por nuestra fescura, de aprovecharnos de ese sufrimiento para dañar el respeto que se merecía. Sí, ¡respeto! Desde joven llevé en mi corazón esta importante virtud del hombre, y el capítulo en los Años de juventud de Goethe, en el cual se habla del triple respeto, debía ser leído como advertencia en todas las escuelas donde se forma a la juventud. Cuando por ejemplo se ve hoy en día que las muchachas van a divertirse al baile, y cuando se les pregunta si no saben de qué dia se trata y contestan: "Es un domingo como otro cualquiera", cuando se escuchan cosas así -y aseguro que he oído de peores-, entonces se aprecia adónde se llega si se le da la espalda al respeto.

    Grossmann era capaz del mayor apasionamiento; capaz de derramar lágrimas con las odas de Klopstock, y esto ya dice mucho. Cuando en un atardecer bochornoso notó que el calor no permitía el normal funcionamiento del cerebro de sus alumnos, nos hizo dejar a un lado la tarea de latín y nos leyó el Rubio Eckert de Tieck.

    Además de Grossmann, sentía una especial veneración hacia Nägelsbach, nuestro bondadoso profesor de religión. Yo sospecho que le causaba a aquel pobre hombre algún movimiento de cabeza, pues en su rostro se apreciaba claramente el espanto ante aquello del Antiguo Testamento que yo desconocía. En cuanto a la enseñanza religiosa, de niño, no fui poco o nada familiarizado. Sólo el tema del Paraíso terrenal nos era conocido. El Antiguo testamento fue mantenido alejado de nosotros. En la clase de religión de antaño (ignoro si hoy es aún así), se ponía sin embargo mucho interés en ello; yo estaba por la labor, y bastante solo en mi desconocimiento, y ello era motivo de burla por parte de mis compañeros.

    En el año 1889 superé mi examen de grado. Una vivencia de aquella época aún quiero recordar aquí, pues por aquel entonces no dejó de impresionarme, a mis 17 años. Era una mañana de diciembre, temprano, entre las 6 y las 7 horas, cuando nuestro criado se acercó a mi cama y me comunicó que había una dama en el salón que deseaba hablarme (mi familia estaba de viaje). Yo, muy asombrado, de quién pudiera buscarme a esa extraña hora, me vestí con gran rapidez, y bajé corriendo, para acallar mi curiosidad. Frente a mí estaba una dama alta, bonita y distinguida, que me era conocida de los Festivales, vestida con un elegante traje de gala, cubierta con un abrigo de noche. Ella se acercó con los brazos abiertos hacia mí, gritando: "Querido Siegfried, ¡he venido para darle un beso fraternal, para liberar al mundo!". Yo estaba tan asombrado que ella debió notarlo. Nos sentamos y de la conversación que se desarrolló, pude ir descubriendo la incógnita. La pobre buena mujer había caído en manos de un hipnotizador que le había sugerido que representara en un determinado día aquello que hoy hacía frente a mí. Ella había estado la noche anterior en el Dresdner Theater, y mientras escuchaba tranquilamente el Tristán, estaba intranquila, se levantó de súbito y se apresuró a coger el tren, y ahora se encontraba aquí, en la misma forma en que se encontraba ayer noche en el teatro. A la una la llevé de nuevo al tren.

    Unas semanas después recibí una carta de su hermana en la cual me pedía que le explicara qué era lo que había sucedido. A su hermana la habían encerrado en un manicomio. A causa de mi carta, la pobre mujer fue sacada de allí, y liberada de las manos de un estafador. Ella siempre me quedó agradecida por mi intervención, y una sincera amistad nos unió hasta su muerte.

    Antes de comenzar mis estudios de arquitectura, fui un año alumno de Engelbert Humperdinck. Mi madre había percibido seriamente que junto a mi vocación por la arquitectura, se apreciaba una fuerte tendencia musical. Para probar si esta capacidad musical era verdadera y para no permitir que nada se desperdiciara, se decidió por este año de prueba. Ella pensó por su gran sabiduría y por su bondadoso ser, en el maestro de contrapunto Humperdinck, que le era conocido desde 1880, y al cual nosotros los niños queríamos mucho. Él, que ahora nos ha sido arrebatado por la muerte, siempre fue uno de los más simpáticos y entrañables amigos para nosotros. ¡Qué agradable era mirar en sus inolvidables ojos azules!; ¡cuán alegres nos parecían sus jocosos juegos de palabras!, y qué decir de su continuo distraimiento y estar en las nubes.

    El llegar tarde siempre fue una constante en él. Hasta al mismo Papa le hizo nuestro amigo esperar, cerca de media hora en los mismos jardines del Vaticano, esto es, el Príncipe de la Iglesia no esperó al solicitante de la audiencia, por lo que nuestro amigo se llevó la peor parte.

    El era el típico alemán, de la misma forma que aparece en los cuentos populares. Cuando en una ocasión me preguntó si no sabría de un buen texto de ópera para él, le dije que debía componérselo él mismo, de esta forma obtendría el mejor cuento. Con su alumno Siegfried estaba satisfecho, tan satisfecho, que escribió a mi madre diciéndole que estaba seguro de que la música llegaría a desplazar a la arquitectura. En esta peculiar situación indecisa entre dos profesiones, asistí durante dos semestres, al año siguiente, al Politécnico de Charlottenburg y al de Karlsruhe.

    Lo que me llevó a Karlsruhe y pronto originó el cambio, ya no era la arquitectura, sino Felix Mottl. Ya durante una estancia en Berlín había recibido impresiones musicales por los conciertos de Hans von Bülow, y me considero agraciado por haber podido escuchar sus interpretaciones de las sinfonías de Beethoven y de las diferentes obras de mi padre. Las audiciones de Karlsruhe avivaban cada vez más fuertemente mi atracción por el oficio musical. Mottl dirigía las obras de mi padre con un impulso tan arrebatador como el de Mozart o Weber. Con su magia magnética, incluso obras frías como las de Berlioz, se convertían en obras cálidas. Inolvidable permanece para mí la representación escénica de la Santa Isabel, en la cual mi madre era regidora y Mottl director.

    Tras el viaje de seis meses a la India y China, después de mi estancia en Karlsruhe, -fue como muy bien recuerdo, después de una tormentosa mañana de pascua-, tomé la decisión de dejar la arquitectura y dedicarme por entero a la música. La inclinación por la arquitectura debió, de ahora en adelante, permanecer muy en segundo plano, aunque no se fue nunca del todo.

    Sí, este arte me sirvió posteriormente cuando hice bocetos para los decorados, y quizás también se trasluciera en las diferentes oberturas de mis óperas y poemas sinfónicos, donde se puede ver cierto sentido arquitectónico. Mi decisión levantó gran alegría en Wahnfried. Mi madre podía ahora esperar que yo un día tomara la dirección de los Festivales de Bayreuth, y que se verificasen las palabras de mi padre a Pusinelli: "Siegfried Richard heredará el nombre de su padre y mantendrá sus obras para el mundo".

    Deseo nombrar especialmente el hecho de que mi madre jamás manifestó el deseo de que yo fuera músico. Ella contemplaba tranquilamente, sin ninguna influencia, mi desarrollo. La afirmación por tanto de que yo fui forzado a la profesión de músico, sólo pudo ser hecha por alguien que no la conocía.

    Aquel viaje lo empecé yo entonces por invitación de un joven inglés, gran amigo, Clement Harris, que había estudiado música conmigo en Frankfurt. "Wakefield" se llamaba el barco que nos llevó de Londres, vía Gibraltar (con un corto viaje a Granada) y Port Said, directamente a Singapur, desde allí hacia Saigón y Hong Kong, Cantón, Macao, las islas Filipinas y de vuelta a través de Ceilán y el Nepal; impresiones inolvidables, que intenté reproducir en un diario.

    Dado que durante la totalidad del viaje sólo entré en contacto con ingleses, tuve ocasión de aprender a conocer a este pueblo, y convencerme de lo agradables, llenos de humor y de tacto que son, mientras se muestran como personas y no como políticos. Pienso en lo que sigue, dar algunos retazos del citado diario, pues muestran claramente el efecto de este viaje a lo largo del mundo, el efecto causado sobre mí, entonces con veintitrés años.

II. Anotaciones del Diario

España

Martes, 16 de febrero de 1892.
    Temprano a las 4:45 h. nos despierta el auxiliar: "Gibraltar, sir". Ambos estamos muy perezosos pero nos tenemos que levantar. Llueve agua caliente. En el crepúsculo vemos la impresionante roca y debajo las luces de la ciudad. Desayunamos con otros que han llegado con nosotros y nos despedimos del resto, y damos las propinas correspondientes. ¡Es sorprendente cómo una tonta moneda puede alegrar tan pronto unos semblantes!. Nos recoge un pequeño bote para llevarnos a la ciudad.

    Durante el trayecto empeora el tiempo y llueve más, de manera que empezamos a pensar por primera vez en marearnos; pero la costa está demasiado cercana. Todo está en inglés; y el contraste entre el sur y el norte es increíble. En la aduana no tuvimos dificultad. Las fortalezas son colosales; pero de esto ya hablaré más tarde; seguidamente fuimos en coche al hotel Royal, primero atravesamos palmeras y rosales, y luego a través de la estrecha calle mayor con una vida muy italiana. El hotel es un poco un timo. Pero enseguida nos pusimos en marcha, primero al telégrafo; después a comer fruta, unas naranjas sabrosísimas, plátanos, almendras, turrón, etc...

    Buscamos a Mr. Smith, agente de la London Coal Company, quien se presentó muy amistosamente, y nos consiguió una entrada para ver las galerías; también le comentamos el plan de visitar Granada. Desde aquí salimos por la Verja a las instalaciones que unen el norte con la punta sur de la Península.

    La primera vista a la izquierda de la verja fue un viejo cementerio de soldados ingleses de los años 90 del siglo anterior, lo más bonito fue el ambiente triste y sosegado de la naturaleza: heliotropos, pinos, cipreses, palmeras y el verde frescor; entre medio, rosas amarillas, del tono más claro -como la luz del sol-, al más oscuro, como sombras lejanas. Muy felices, como hombres nuevos, en constante griterío, casi aullando, mirando aquí y allá, seguimos por las instalaciones indescriptiblemente voluptuosas; toda la magia casi increíble de los sentidos de la naturaleza sureña se abre aquí a los ojos en un espacio enorme. Por doquier emocionantes flores olorosas, naranjas con un color de fuego, desgraciadamente tambíen había aloes que ya habían perdido la flor, etc..., ¡muchas palmeras!

    Cuánto me hacía recordar a la Italia del sur, que precisamente hace diez años vi por última vez. El sol quema constantemente; la vista de la bahía es magnífica; lejos, al norte, montañas con perfiles agrestes; en el lado africano, líneas más suaves y solemnes.

    A las dos empezamos una larga marcha con nuestros nuevos sombreros de paja ingleses, bajo los cuales nos hacíamos sombra en todo momento. Por caminos empinados andábamos montaña arriba, como en Nápoles, pero que gracias a los ingleses, están impecables, y llevan los nombres más increíbles: Queenstreet, Engineer Road, etc... Había un sol magnífico y resplandeciente, y anduvimos hasta donde nos fue permitido; ya que arriba está todo fortificado e inaccesible. Dimos la vuelta y fuimos a las Galerías, pasillos excavados en la roca, con muchas millas de longitud, con aberturas en la lejanía de diez a veinte metros en las cuales están los cañones; no me podía dar a conocer como alemán pues sólo tenían acceso allí los ingleses.

    Realmente no me interesan para nada estas cosas brutales, y los millones que el gobierno inglés gasta podían ser utilizados mejor; Gladstone es de la opinión de la supresión de toda la colonia; en el año 1788 y 1798 estas galerías fueron voladas por los presidiarios.

    La vista hacia el norte , sobre la estrecha lengua de tierra, es muy bonita. Donde después de las bonitas montañas lejanas, una línea ancha desértica delimita la frontera de la colonia; abajo a la izquierda, en la costa hay un pueblo español con una gran plaza de toros, y a la derecha justo debajo, están los cementerios de los ingleses, italianos(?), y judíos -de ellos hay siempre muchos , y muy desagradables-: por el contrario, los moros, con sus trajes pintorescos dan una buena impresión.

    Desde allí volvimos a la ciudad, a un café, después pasamos delante de dos "churches" inglesas, en la punta sur del peñón; había una vista maravillosa del mediterráneo y de Africa. El regreso fue divino, a través de un pinar majestuoso; el toque de retreta en el Peñón anuncia el Ocaso, y este sonido se mantiene en el aire por todo el peñón.

    ¡Qué felices nos sentimos, qué satisfechos pese a nuestro agotamiento!. Nada más llegar al hotel recibimos la noticia de que tenemos tiempo para viajar a Granada; después de comer, embalar y pagar, nos fuimos a coger el barco de vapor francés "La ville de Barcelone", de la Compagnie Transatlantique; a pesar de que el barco no es tan bonito ni tan limpio como el inglés, me alegré mucho de volver a oír el querido idioma francés; suena mucho más bonito que el inglés. Todos los idiomas se entremezclan incluso un par de alemanes que hablan en una jerga desagradable, nos impiden dormir, lo cual nos molesta mucho; ya que estamos increíblemente cansados y nos acostamos enseguida, cada uno en su cabina. ¡Qué maravillosamente bien dormimos!.

Miércoles, 17 de febrero.
    "Málaga, Señor", se oye a las 6:30 h.; levantarse, vestirse y desayunar (el viaje cuesta 18 Fr. por persona). -Ahora nos encontramos en la verdadera España; una banda anónima de barqueros a bordo, para llevarnos al muelle. Una vez en tierra, nuestras maletas fueron examinadas bien a fondo, hasta incluso meten la mano en los bolsillos, vaya montón de gandules; les hubiésemos dado un escudo a los sinvergüenzas y nos hubieran dejado pasar libremente, pero quién va a pensar en tal estado de corrupción en la autoridad.

    Málaga se presenta muy bonita, circundada por montañas un poco peladas, muy moderna, recuerda a Nápoles, con un montón de pedigueños y pilluelos descarados, que nos persiguen. Vamos al Hotel Roma, desayunamos, leemos el Figaro y el Frankfurter Zeitung, para confortarnos con la fuente del espíritu francés y germano, vamos a continuación a la catedral, que es aparentemente tosca y fría, pero que igualmente me interesaba por los rasgos característicos españoles: por ejemplo, el interior es una iglesia con tres naves de la misma altura imponente (s. XVII o XVIII), con girola, antiguos capiteles (corintios) y el coro en el centro de la iglesia (como en las abadías). - Aparte de esto, no hay más que ver en la ciudad.

    A la una vamos en tren a Granada. - El viaje hasta allí (27 Fr.) es maravilloso y único en su estilo.- Después de alejarnos una media hora del mar, empieza a recuperarse el encanto de la vegetación: protegido de lejanas montañas puntiagudas, florecen en todo su esplendor almendros, naranjos, eucaliptus, por todas partes se entrometen los descarados cactus, y delgadísimos sobrepasan a todas las palmeras. ¡Parece que me estoy volviendo poético! ¡No quisiera; es demasiado fácil parecer ridículo, cuando uno mismo se relee! La fuerza del color es inaudita; el cielo parece un verdadero cuadro de Boecklin. Todo es atrevido alrededor,hasta que las montañas se acercan con horrorosa dureza y desnuda calvicie; ausencia total de fastuosidad; sólo pequeños e hirsutos acebos quedan atrás; el camino asciende enérgico; la escena se vuelve terrible, sobrecogedora y magnífica. Es la Sierra Nevada, que aquí comienza; y seguimos subiendo, notando ya el descenso de la temperatura...

    Ahora marchamos bordeando un acantilado, el cual por un lado se asemeja su perfil a mamá y a Weber, y por el otro completamente a Goethe cuando era un anciano. Oscurece, el cielo está lluvioso. Saboreamos un pollo juntos, naranjas y manzanas, contamos chistes tontos y dormimos profundamente. ¡De repente me despierto bruscamente... algo me rondaba en la cabeza! El cumpleaños de Eva.¡Soy un cabeza de chorlito!...

    Me vuelvo a dormir, pero la llamada de Granada nos despierta de súbito. ¡Llueve! ¡Qué lástima!. Atravesamos en coche la ciudad para llegar a nuestro hotel, el cual está a dos minutos de la Alhambra; comemos y a la cama. El hotel "Roma" es muy simpático, muy italiano, y sólo cuesta 12 francos por persona.

Jueves, 18 de febrero.
    Llueve suavemente, pero cesa poco después; desgraciadamente no hay cielo azul; estamos casi solos en el hotel; tomamos un guía que habla algo de inglés y nos vamos y entramos en la Maravilla pétrea más grande del Mundo. No puedo comparar con ningún sentimiento que antes haya yo experimentado, artísticamente hablando, lo que me sobrevino cuando entré en las salas de la Alhambra; me parecía como si una mano invisible me condujese a través del espacio y el tiempo a través de un edificio de ensueño, en el cual yo no podía hablar, ni respirar, ni pasar por él, sólo un único sonido hizo explosionar el escenario allí existente, y de repente me desperté en una turbia habitación nórdica. ¿Es esto sublime? ¿Es esto adorable? ¿Es esto magnífico? ¿O acaso misterioso? ¡Ninguna palabra de éstas puede definirlo! Pero tampoco nos es extraña la idea del estilo, las leyes, la simetría, la euritmia, todo aquello aunque aparezca lejano, aún así aquí es pura Ley y Armonía. ¡Voluptuosidad, riqueza lujuriosa, y sin embargo sencillez, pequeñez y grandeza, todo tan fantástico y aún así casi aritmético!.

    ¡Hay una variedad infinita de colores que cambian, y todo en el mismo tono! La arquitectura rompe con todo, pasa por encima de cualquier regla. Es un milagro, que nos rodea, y no puedo casi propiamente ni hablar ni escribir sobre ello, es como algo intangible; la impresión tan grande y extraña que puede producir la imagen del Arte siempre será algo inexplicable.

    Ni tan siquiera los frisos del Partenón o el templo en Pästum, ni la iglesia de San Marcos o cualquier otro edificio pueden alcanzar esta imagen que intento explicar: con una alfombra mágica nos traslada de golpe a un tiempo olvidado de una cultura gigantesca, y nos envuelve el corazón con su fragancia, las jambas de seda por doquier, mujeres adorables aquí y allá, como si el milagro de Las mil y una noches hubiese surtido efecto.

    Dos espantosos americanos y alemanes nos matan rápidamente este mundo de ensueño; pedimos al guía que se vaya y nos deje allí, para poder recuperar la magia perdida por esos desgraciados. ¡Cómo se puede llegar a odiar a veces ciertas voces abruptas cuando se están experimentando algunas impresiones concretas!, ¿nos hubiera molestado del mismo modo el ladrido de unos perros o el gruñir de unos cerdos? Seguramente, no.

    Permanecimos toda la mañana allí, como en otra esfera, cautivados y asombrados. Irrespetuosamente hizo construir Carlos V, al lado de la Alhambra, un gran (nunca concluido) palacio en un tosco estilo renacentista, y está tan cerca, que se inclina torpemente por encima del Patio de los Arrajanes y el patio de los Leones. Un mérito, sin embargo, del mismo Emperador, fue el haber restaurado en fino blanco lo que el tiempo había ido destruyendo poco a poco. El guía naturalmente remarcó como lo más interesante de todo el edificio, las habitaciones donde estuvo viviendo Washington Irving.

Singapur

Sábado, 26 de marzo.
    Hoy hemos llegado al nuevo puerto de Singapur, a cinco millas inglesas de la propia ciudad. Un aroma húmedo impregna el aire, el cual, es casi como lluvia, todos los árboles parecen llenos de expectación y yacen inmóviles en silencio, como aguardando una señal de la llegada de las lluvias tropicales. El puerto está ensamblado con la naturaleza, rodeado por espesas colinas de formas esbeltas, con una entrada muy estrecha. Una lancha pequeña e insignificante zumba a nuestro alrededor; nos asombra que algo tan escandaloso no moleste la placidez de los resbaladizos juncos chinos con sus velas a trozos y su armonía. El Wakefield está anclado cerca de la entrada en el muelle, donde una masa de chinos y malayos están de pie mirando, mientras algunos ingleses pasean como bobos con sus sombreros y sus caras graves y serias. Me gustaría saber por qué siempre estos aspavientos son obligatorios a la llegada de un puerto. Y aunque todo está listo, todo el mundo empieza a regañar y a cambiarlo todo. Desayunamos rápido y nos vestimos con nuestras ropas de lino blanco; mientras tanto llegan sastres chinos, portadores de corales, gente con fruta, y un largo etcétera, al barco, para vender todo ello.

    Me gustan los chinos; son tan calmados, tan armónicos en sus movimientos; nunca empujan cuando caminan por la calle, incluso cuando hay gran gentío, ríen cordialmente, y cuando uno se acerca a sus pequeñas tiendecitas, te tratan con verdadero ardor, y hacen el trabajo de tal manera, que parecen hormigas. Hay pocos chinos que sean guapos. Mucho más bellos son los malayos y los hindúes, con sus formas esbeltas y delgadas, ojos maravillosos y narices finas, tez oscura, casi reluciendo de azules y rojos, cuando transpiran, con una túnica blanca sobre su cabeza y sobre el cuerpo, o si no, simplemente desnudos. Los habitantes de las islas como Java y Sumatra son sin embargo más feos y esqueléticos.

    Nos preparamos y vamos con el capitán a tierra, los tres vestidos de blanco como tres terrones de azúcar, y tomamos el tranvía a la ciudad. ¡Qué increíble impresión! ¡Era mucho para una sola vez! La tierra caliente es del todo roja; y maravillosamente se elevan las esbeltas y delgadas palmeras, los bananos y cualquier cantidad inimaginable de vegetación frondosa, que por doquier resalta y todo lo "envuelve furiosamente". ¡Cómo pensé entonces en el segundo acto del Parsifal !, donde la vegetación aparece y fascina a Kundry, y cómo resaltan los increíbles pétalos amarillos con sus largas campanillas; me pareció oír el canto lisonjero de una muchacha-flor. Y además los barrios chinos y malayos, tan sencillamente construidos con sus empalizadas, la mayoría sobre los pantanos, que han sido rescatados del mar con presas; todo de madera y con el techo hecho con hojas de palma. Una pequeña y estrecha escalera lleva hacia arriba a una minúscula y abierta plataforma, donde están las existencias para vender; y todos esos comestibles como el arroz, tapioca, bananas, piña, joss (incienso), pescado, y demás, y detrás en la trastienda se sientan los hombres en el suelo, normalmente vagueando, fumando, comiendo arroz, bebiendo té, con la cabeza medio rapada, la coleta trenzada, limpiándose sus orejas con un pequeño pincel; esto último es una acción importante, y tuercen el gesto de una manera increíble.

    Seguimos el camino con la boca, nariz, ojos y orejas bien abiertos hacia todo aquello tan fantástico que nos envuelve y nos asombra, ante la belleza y cordialidad de este nuevo Mundo. Llegamos a la ciudad, y nos dirigimos al barrio europeo, y de allí a la agencia Paterson. Después al telégrafo, donde el capitán conoce a un malayo. He observado una costumbre notable; un viejo hombre, posiblemente un sacerdote, entró dentro, le dio la mano al que había en la casa, pero no como nosotros; luego sobre cada uno de las suyas, y él por su parte la besó y de nuevo se fue. Comimos en Emerson, un gran restaurante alemán con sala de lectura y billares en el primer piso; los Punkas (para refrescar) soplan en medio de la habitación aquí y allá suspendidos por doquier, y respiramos aire fresco; una ensalada especial buenísima, granizado de limón; la comida, incluso preparada a la manera europea tiene sabor chino, y las porciones están servidas siempre graciosamente en unas tacitas y ollitas pequeñas y delicadas; todo ello servido por las chinas, con faldas blancas, descalzas, y en rapidez y silencio; ¡un servicio impecable y con la virtud de que camareros van y vienen con platos sin que casi se les escuche!

    Después del mediodía paseamos por las divertidas calles y llegamos a un templo chino que nos interesa mucho. Fue muy interesante comparar la planta del edificio del templo de Buda, el cual nos lleva a la reconstrucción de la antigua planta de la basílica cristiana. Vamos a otro restaurante, allí leemos viejos diarios y pronto volvemos al barco en una embarcación pequeña por el Jinrickscha, llevados por jóvenes y fuertes chinos más rápidos que si fuésemos tirados por caballos; al principio estábamos un poco temerosos, cuando nos sentamos detrás, pero luego todo marchó bien, o al menos eso conjeturamos, y finalmente el joven nos llevó sin problemas por esas cinco millas de distancia. Cerca del barco nos encontramos al capitán y tomamos mate, con otros que fueron llegando también a última hora de visitar la ciudad.

    Las calles aparecían fantásticas: los chinos hormigueando, callejeando, otros en cuclillas, o bebiendo, fumando, comiendo... por doquier masas de gente, a derecha e izquierda pequeños puestecillos con asados, y cochinillos cocidos de una manera extraña; detrás en las habitaciones abiertas de las casas, donde está colocado en la pared trasera el altar casero con los stickers de incienso y las lamparillas de aceite, se sientan contra las paredes, unos chinos delgados, casi desnudos, charlando. En el otro lado, rodeado por un montón de chinos que escuchan, yace un viejo chino con gafas, leyendo en voz alta, al lado de una lámpara de aceite, y nadie se mueve; los bellos malayos e hindúes se detienen silenciosos en sus callejas oscuras. Las mujeres no son vistas nunca por las calles, especialmente durante el día; por el contrario se las ve al anochecer en sus viviendas separadas, con su varanda ante la puerta principal, y algunas calles especiales donde sólo se aventuran los imprudentes, donde abundan los gritos y los tirones, y donde los europeos son especialmente atraídos; también están las hábiles japonesitas, donde tienen su barrio aparte... Sobre las doce de la noche volvemos al barco, y nos vamos a dormir, pasamos una noche semihorrible por culpa de los malditos mosquitos.

Domingo, 27 de marzo.
    Calor estruendoso; comemos muy a menudo bananas y piñas y nos sabe a gloria. Antes del mediodía nos vamos los dos en sentido opuesto a la ciudad, hacia un escenario paisajístico donde domina el rojo y donde la vegetación es impresionante, con avenidas de palmeras enhiestas, y deseamos tan sólo ver algunas serpientes para sentirnos realmente en la selva tropical; hay algunas que se alejan, tan sólo con olfatear los humanos.

    Seguimos caminando y nos cruzamos con muchos chinos y malayos, llegando finalmente a una gran plantación de palmeras de cocos, propiedad de unos chinos ricos, que llegaron del otro lado del mar; allí tienen sus viviendas, de las cuales surge una horrible música de tam-tam; todo está muy limpio, también el pequeño pueblo bajo las palmeras, donde viven los subordinados. Lamentablemente, los chinos, al menos aquí, han desfigurado sus viviendas originales con artículos europeos horribles; estas buenas gentes cuelgan de sus paredes anuncios de cerveza o de máquinas de coser como adornos. Pedimos agua a los que están allí y volvemos al barco, donde comemos.

    Más tarde pintamos hasta las cinco, y luego con el superpráctico capitán nos dirigimos al cercano jardín botánico. Verdaderamente, y especialmente en países como éste, no me gusta este tipo de jardines; pero éste era tan bello y rico, que disfrutamos muchísimo con él. Interesante son las plantas carnivoras de insectos, con sus increíbles bolsas violetas en las cuales almacenan los esqueletos de sus víctimas; y cuando estas bolsas están llenas hasta arriba, entonces muere la planta, pero no se pierde nada, pues esta bolsa servirá como abono para las otras plantas. De lejos escucho música militar inglesa, tocando atrozmente un vals. El capitán nos apremia para ir hacia allí, pero fue demasiado tarde, y entonces sonó el God save the Queen, y cuando la reina llegó, se acabó todo.

    Comemos los tres en el hotel de la Paix, donde continuamos yendo los días sucesivos, deambulamos por la ciudad y de nuevo al barco. ¡Otra vez una horrible noche por culpa de los miserables mosquitos!.

Lunes, 28 de marzo.
    Muy caluroso y amenazando tormenta. Los europeos beben cerveza a destajo, lo que para mí es inconcebible, yo soy feliz con té y limonada, odio todo este tipo de bebidas tipo whiskies y coñacs.

Martes, 29 de marzo.
    Paseamos por las calles. Las mañanas son quizás más divertidas que las tardes: de los pueblos llegan las verduras frescas, los plátanos, las piñas, las mangostas, limones en sartas, etc... que luego distribuyen por las tiendas. En el mar pasan y gritan los pescadores que llevan las mercancías a los buhoneros, los cuales cortan y separan las cabezas malolientes. Las calles están realmente casi limpias, y sólo en medio, cuando llegan los de los puestos ambulantes, uno se ha de tapar a veces la nariz. Llegamos a la parte sudoeste de la ciudad, al templo hindú, que ayer vimos de lejos y que esta vez afortunadamente podemos visitar. Y de hecho es un mal ejemplar, puesto que tiene la misma construcción que los grandes templos en la India: como entrada una pagoda (de tres pisos), luego una abertura, un vestíbulo análogo al del barco, justo en el templo, que a derecha e izquierda llevan al Patio, y por último el Templo propiamente.

    El interior es de tres naves, con el claustro alto en bóveda india; en el patio, a la derecha al fondo hay una pequeña capilla con preciosas cúpulas coloridas, las cuales pueden verse también desde el fondo del Templo; en la capilla hay un increíble ídolo de Buda, en la parte izquierda, así como la vivienda del sacerdote.

    En el interior del Templo, sólo se puede andar descalzo, así como tampoco se puede ver el altar propiamente. Desayunamos en el hotel, en abundancia, un té con un olor maravilloso, como nunca antes lo había bebido. ¡Y los chinos lo sirven tan bien! Tan calmados y armónicos. ¡ Los alemanes en el hotel son espantosos, ruidosos y simiescos! Me gustaría de nuevo discutir la teoría de Darwin, cuando se ven cosas como éstas, pues algunos de estos tipos se verían muy bien escalando árboles.

    Nos paseamos cerca de la horrorosa iglesia inglesa en la parte sudeste de la ciudad, primero a lo largo del puerto por una bella y ancha calle, donde se realiza el Kommiskorso y donde hay algunos hoteles deplorables, luego vamos hacia la parte china de la ciudad. En una calle lateral hay un templo budista, horroroso, muy moderno; del cual surge una música festiva, y dónde podemos contemplar cómo los hindúes y los malayos besan el suelo, hacen reverencias o permanecen de pie como si prosiguieran órdenes ocultas, y entremedio se escuchan los tres toques de música. Miramos todo por la puerta, donde están colocados todos los zapatos.

    Después de la comida vamos a la ciudad y nos dejamos perder por las variopintas calles. Un gran bullicio como de pelea nos atrae a lo lejos; era un teatro callejero chino; el escenario en una pequeña caseta, apenas elevado y espantoso, estrecho y vulgar. Lamparillas, pintadas de diversas maneras, iluminaban los ridículos gestos de los actores. A la derecha en la esquina, hay una miserable orquesta ruidosa que no cesa de hacer un ruido ensordecedor y de falsa armonía, compuesta por un tam-tam, platillos, una especie de bombos hechos con vasijas, y que suena com una vieja olla, algo parecido a un corno inglés y algo como unas mandolinas también se ven por ahí.

    La acción se desarrollaba a través de muecas, gestos y movimientos del cuerpo, y lo más grotesco llega en la figura de un hombre que cae al suelo, cuyo nombre -como Pulcinello el célebre actor- me es totalmente desconocido. Aparece tan anónimamente horrible con su barba blanca, máscara repugnante, con unas cucharas en forma de remos a la derecha y algo que le cuelga de la cabeza a la izquierda; ¡y sus pasos de baile son aún más terroríficos! Hace sus rondós, de un lado a otro, entonces llegan dos o tres muchachas y ejecutan una danza, más con el movimiento de las manos que con otra cosa, se arrodillan entonces e inclinan la cabeza hacia la tierra - la música se detiene un momento-, una de ellas dice o grita algo más de dos palabras incomprensibles, y la música vuelve a sonar, y de nuevo sigue un pequeño cambio con banderas rojas desde el estrecho escenario.

    Delante de las mujeres se coloca uno con una larga barba blanca como máscara. Después del cambio vuelve de nuevo el horrible ser, y empieza todo otra vez y no acaba nunca, salvo cuando los pobres, los hambrientos, los durmientes y los sedientos se fatigan y se van. La calle estaba llena a rebosar de chinos, y el aire era casi irrespirable, por lo que tuvimos que salir de allí ya que no podíamos resistirlo más.

Viernes, 1º de abril.
    Al acabar la comida tomamos un coche tirado por alegres ponies y un inteligente cochero malayo, y vamos al jardín de Whampoa. Allí me acontece la impresión más fuerte que hasta ahora la Naturzaleza me había ofrecido. La magia y la placidez que emanaban los arbustos y las flores de allí, era algo tan seductor, y de un aroma tan intenso, que casi nos mareamos con aquella fragancia.

    Lo más imponente eran los lotos los cuales algunos ya habían florecido y, como seres elevados, como acertijos por descubrir y no revelados, almas de ensueño, como en un inmenso prado, preparaban el camino a Krischna, esperado ansiosamente por los indios; sobre el agua abren sus hojas como lágrimas, y con pasión cálida se transforman en grandes perlas sonrientes deseadas por el cielo.

    El color de la flor es rosa claro, y no causan extrañeza en el que los observa, ya sean agrestes o salvajes, como pasa con la mayoría de las otras flores que aparecen por aquí. La hoja resplandece con un gris azulado, y por debajo, un color como violeta. La gente que tiene flores como éstas en su jardín, ¡seguro que sólo pueden tener buenos y bellos pensamientos!

    Creo que los ingleses encontraron estos jardines en un estado horrible; y luego han sido mejor cuidados, aunque con una colocación no demasiado apropiada; de una sencillez cuadriculada, con jardines de forma rectangular, que pertenecieron a diversos chinos, los cuales han construido cada cual su casita en ellos, comunicados a su vez por pequeños caminitos, separados cada uno de ellos por un estrecho canal o una valla con flores; y a pesar del aspecto poco cuidado de estos jardines, típicamente chinos, por sobre los trajeados y bellos campos se siente la excitante sensación de las flores que perfuman con un aroma aún más dulce, y sus colores brillan todavía más relucientes y poderosos, porque ellos no han conocido aún la aburrida y convencional tijera.

    Un pasillo muy especial nos alegra grandemente, una avenida angosta pero sólida, aunque algo estrecha, con esbeltas palmeras con sus flecos originales en la cima; al final había una cabaña de labriegos, flanqueada a derecha e izquierda por macetas con flores azules y verdes, de un esplendor fascinante, y siempre, por medio, donde había agua, los lotos soñadores, y nosotros nos hemos vuelto a parar ante ellos, para oír sus cantos oníricos.

    Paseamos largo rato por allí y no podemos retener tanto aroma y color como del que allí se transpira. El retorno a casa es de nuevo indescriptible; tomamos otro camino diferente que a la ida, y vamos a través del mar, donde están la totalidad de las aldeas malayas, construidas con palos; ¡y tan fantásticamente unas al lado de las otras! Desde un pequeño templo chino, y desde un montón de embarcaciones a vela malayas y chinas, hasta conseguir la construcción de un verdadero puerto propiamente como tal, donde nosotros más tarde construiremos una horrosa iglesia inglesa en estilo puritano.

    Después de la cena vamos a la ciudad, y vamos a la parte donde están las arrogantes pequeñas viviendas chinas; pasamos de nuevo ante otro teatro callejero. Rápidamente se nos han pasado las ganas de volver a escuchar ese espectáculo impertinente. Sin embargo, un poco después, hacia otra calle, sí encontramos un verdadero teatro, montado en un gran y espacioso cobertizo. Cada entrada costaba 10 centavos. Alrededor de una galería circular estaban sentadas unas mujeres, y debajo, los chinos.

    Esta vez la pieza teatral, creo, era algo mejor, pese a que había más diálogo; y pese a que el alboroto del gong fuera más estruendoso. El escenario, elevado, ancho, pero corto, tenía dos puertas  hacia detrás, de donde surgía la tragedia. Entre estas puertas, se encontraba la terrible orquesta, en medio de la cual, un hombre tocaba un increible gong, enorme, el cual lo sujetaba con una mano hacia arriba, y con la otra lo bajaba hacia el suelo, sucesivamente mientras lo tocaba. En el sitio principal había una especie de oboe, que en los intermedios toca una música bastante aceptable, con sus tonos musicales algo confusos y el acompañamiento de mandolinas de dos cuerdas.

    Delante del hombre del gong hay situada una silla o trono, donde se halla sentado el viejo pánfilo con su inacabable barba blanca y con su largo sermón rutinario, mientras a derecha e izquierda están las tres personas, dos de ellas con una barba del mismo tipo, y en cada grupo una mujer disfrazada, haciendo reverencias sin parar aquí y allá. Detrás de ellos hay también un hombre con esa especie de remos en las orejas, el cual tiene aquí, en esta elevada tragedia, un papel muy secundario.

    Cuando el viejo ha sido aniquilado, se retira toda la compañía, y sigue un diálogo entre dos mujeres (hombres), que hablan con voz en falsete, y de nuevo irremediablemente vuelven a caerse, mientras el gong no para de sonar incesantemente. Manifiesto mi desprecio, y ahora entiendo que a los indios y persas no les gusten los chinos.

    Es realmente espantoso este espectáculo, aunque es interesante observar detenidamente al público, que escucha con las bocas abiertas, tiesos e impávidos, estando atentos al más mínimo detale. Si tenemos en cuenta lo que Gobineau dice sobre el interés de los persas por el teatro, cómo lloran y se lamentan, cuando narran la historia triste del perecemiento y sucesión de Mahoma, ¡cuán diferente a esto!

    Dado que allí el aire y el ruido no es muy agradable, y como Clement no se siente bien con el espectáculo, volvemos de nuevo al hotel. En una casa, de camino, canta una mujer acompañada de una mandolina, apoyada en la pared y sentada en el suelo, mientras a su lado varias otras mujeres en silencio, la observan, y otras parecen adormecerse. Su canto no es del todo malo, muy melancólico y tristón; pero demasiado largo, siempre repitiendo lo mismo y con el mismo tono de voz.

Sábado, 2 de abril.
    Un tiempo divino, tan bello como aún no habíamos tenido desde nuestra llegada aquí, ya que cada día nos había llovido un poco. Acordamos hacer una expedición para ver serpientes a la isla Batam, y aunque de todos modos no viéramos ninguna, creemos que vale la pena la excursión a dicha isla, por lo que decidimos emprender la marcha. Envío un telegrama para reservar la expedición, y Clement tiene pronto una respuesta del marino malayo para llevarnos a la isla Batam a 19 millas de allí, o sea, bastante lejos.

    Aunque debemos tan sólo contentarnos con visitar tan sólo una parte de la isla, hacia el este, lo que nos hace estar un poco de mal humor, pero pese a todo, ello no nos impide el disfrutar del bello día. Como habíamos acordado (3 dólares por día), nos vamos en un barco de vela, con cinco hombres, de los cuales cuatro son de allí, y uno negro (de Sumatra, creo).

    Nosotros dos vamos sentados bajo un toldo hecho con hojas de bambú, y sobre una estera preciosa, también de bambú, una como ésta quiero llevarme a Bayreuth. Al prinicipio estamos algo incómodos, todo estaba, sin embargo, sobre el terreno, bien preparado para la partida, aunque lo que alegremente comienza, acaba siempre con un horrible humor y cansancio.

    Observamos a nuestros remeros, especialmente al negro, cuyos pies realmente son muy parecidos a los de los monos; con los que se puede, debido a la forma primitiva de los dedos del pie y del talón, subir escalar fácilmente a los árboles. La piel bajo los pies, en la planta, está fruncida, y con una forma parecida a una rana, aunque el color es blanco como la nuestra.

    Atravesamos todo el puerto a través de barcos europeos y juncos chinos, con sus atractivas velas y techos, sus pequeñas covachas de bambú y sus preciosas telas pardas, llegando finalmente delante de los grandes bosques de cocoteros, una verdadera maravilla, que cubre toda la costa, y en medio de los cuales se cobijan los poblados de pescadores malayos.

    Las palmeras más opulentas y altas con sus frutas abultadas y redondas se meten hasta dentro del mar, y muchas se precipitan en las orillas, porque el mar expolia las raíces de la tierra, y yacen allí con sus troncos grises que gradualmente se entieran cada vez más profundamente en la arena.

    La visión de un bosque de este tipo es celestial, especialmente cuando el sol juega con las ramas y una suave brisa las mece. Nos dirigimos primeramente aún a lo largo de la costa, y después desembarcamos un momento a tierra. Teníamos sed, y para ello requerimos a un malayo para beber leche de coco. Por cinco céntimos lo conseguimos, el tipo llevaba una especie de caña de bambú larguísima, con una hoja de hierro en la punta, y sin vacilar y con un suave balanceo y en tres golpes hace caer el coco del árbol. Con un pesado cuchillo lo parte por la mitad para poder beber el dulce contenido. La bebida nos refresca mucho, y volvemosa través del poblado de nuevo a la playa.

    Se nos ocurrió la gloriosa idea de quitarnos los zapatos y calcetines, cosa que hicimos de inmediato, y nos arremangamos los pantalones, hasta las rodillas. ¡Qué delicia el pisar la delicada y caliente arena y después mojarnos en el agua cálida! Lanzamos los zapatos a la barca, y de esta guisa anduvimos todo el día.

    ¿Hay alguna otra tarea más inocente que la de recoger conchas en la playa? Pese a ser algo que a mí particularmente no me interesa, de vez en cuando me agacho a coger alguna, pensando en mi sobrino (Manfred Gravina), al que le gustan mucho. Por todo el camino se deslizan rápidamente pequeños cangrejos grises, cuyas viviendas yacen en forma de profundos agujeros redondos en la arena.

    Clement me explicó acerca de los cangrejos ladrones que suben a los cocoteros desde el mar y roen la fruta hasta que cae al agua y entones los cangrejos bajan, rascan la fruta y se beben la leche... Seguimos abriéndonos paso a través del agua como dos Peter Schlemihl; ya que realmente no teníamos sombra, aunque no íbamos a través de fuerzas demoníacas, si no, simplemente porque era mediodía y estábamos casi en el Ecuador. ¡Dios, cuán celestial era todo!.

    Fuimos de nuevo bajo las palmeras, atravesando un pueblo donde compramos plátanos y una botella de "ginger ale" a un chino, ya que estos tienen el comercio y todos los negocios; así también vimos un horno de cal de conchas, de donde salía un humo azulado hacia las palmeras el cual parecía borrar su contorno.

    Como nos dolían un poco los pies de las conchas y las hierbas, nos dirigimos de nuevo a la costa; allí nos instalamos y comimos nuestros sandwiches de salchicha que habíamos traído, y los plátanos que se llaman "pisang". Para poder disfrutar de una siesta, nos pusimos en el bote, pero como las olas iban en crescendo, tuvimos un descanso algo movido, y mi pobre Clement se mareó un poco. Yo, curiosamente, no lo pasé mal.

    Después de más o menos una hora volvimos de nuevo a las palmeras, mientras que nuestro bote había descrito, debido al viento, un triángulo. Llegamos a tierra, deambulamos y buscamos un sitio idóneo ¡para bañarnos! Este lo encontramos pronto, detrás de una gran piedra-mojón de los ingleses; nos desvestimos, dejamos nuestras cosas debajo de un matorral y como dos Adanes nos tiramos a la ciente agua y nadamos. Tan sólo permanecí con el sombrero puesto por el tema de las insolaciones.

    Ya que no disponíamos de ninguna toalla, debíamos dejarnos secar por el sol y con la arena. De todos modos, mi pequeño chaleco de Bayreuth debía ser utilizado, por las prisas de la tienda como toalla y se sintió muy honrado cuando lo llevaba  debajo de mi brazo por la ciudad hacia casa. La arena se infiltraba por nuestros poros, ¡y parecíamos cangrajos de lo rojos que estábamos!. ¿No era divertido? Silbamos y cantamos y las palmeras deben haber oído por primera vez la canción "Es gibt ein Glück, das ohne Reu".

    Sobre un puente muy inglés volvimos a subir al bote y regresamos a casa poniéndonos los calcetines y los zapatos y desdoblando los pantalones, que picaban por la arena que llevaban pegada.

    Llegamos a tierra, pagamos y los avaros necios querían más dinero, pero como ingleses de sangre fría dijimos "no" y seguimos nuestro camino. En el hotel bebimos limonada y descansamos algunos minutos; enseguida tuvimos que volver a salir ya que una puesta de sol increíble nos atrajo. Al este brillaban dos nubes llenas de lluvia de color carne estremecedoras; estaban unidas por un puente de nubes amarillentas y detrás aparecía otra nube esquinada de color azul metálico.

    Hacia el oeste todo era delicia e incandescencia, y el sol enviaba tres rayos largos rosados y bien delimitados hacia el este. Era increíbe y nos maravillamos y unos militares que allí jugaban al cricket se maravillaban de que nosotros mirásemos el cielo de esa manera. ¡Vaya día que hemos tenido hoy!.

Domingo, 3 de abril.
    Cuando por la tarde un pequeño paseo, oímos de repente en medio del barullo de los vendedores que gritaban, de los coches que circulaban, de los barcos que silbaban, desde un gran edificio oficial, ¡un coro cantando la Pasión de San Juan !. Me recorrió como hielo por las extremidades, estábamos como encadenados y no podíamos creer lo que oíamos; pero era cierto, ya que cuando nos acercamos nos dimos cuenta que allí arriba se llevaba a cabo un ensayo para la Pascua, o mejor dicho, para el Viernes Santo.

    Era una de las corales que había escuchado de Kniese pero no me acordaba de su nombre. Nos produjo una impresión tan fuerte escuchar los cánticos antiguos religiosos que la fe de Bach fuerte como una roca y bien conocida entraba irremediablemente, nos llenaba el alma y hacía desaparecer todo lo demás. Y de este modo llagábamos a confesar que nunca antes habíamos tenido una impresión tan fuerte de este genio. ¡Así celebramos la Semana Santa!.

    En medio del movimiento colorido del trópico, entraron en nosotros esos sonidos maravillosos. ¿Nos podía acontecer algo más maravilloso? Y probablemente no era ninguna coincidencia el que pasáramos por allí delante. Quizás lo cantaban en el mismo momento en Bayreuth y mamá lo estaba escuchando también. Nos llegó tan profundamente que no nos dirigimos la palabra en todo el camino de vuelta a casa.

Hong Kong

Sábado, 16 de abril.
    En medio de la noche el mar se embraveció mucho y nuestras cabinas se movían; y además como las camas eran tan duras no pude pegar ojo en toda la noche, hasta que por la mañana se me apareció Armbruster (director de escena de los Festivales de Bayreuth) y me acusó de haber regresado demasiado tarde para los ensayos. Al levantarme no me encontraba bien pero se me pasó después del desayuno. Hace mucho viento, bastante fresco y está muy nublado; así es casi siempre en Hong Kong. Las olas salpicaban a menudo en cubierta y daban a los chinos cada vez nuevas fuerzas para reírse.

    Entablé amistad con alguno de ellos, en la medida de lo posible, a través de signos, y cuando finalmente ninguno sabía lo que el otro quería, explotaba una risa general. Un joven de entre ellos, guapo y delgado, con ojos inteligentes y de manos finas, vestido con un bonito traje azul claro, me pidió mis prismáticos; así empezó la amistad; miró a través de ellos, les dio vueltas por todos lados, mietras que los demás le hacían comentarios entre sonrisas; luego los otros también me lo pidieron, y mi amigo azul les dio largas instrucciones, de cómo debía usarse el instrumento, y así aquellos buenos tipos disfrazados de indeterminado color gris, nos seguían mirando con terribles sonrisas que daban a entender que no veían nada, y estuvieran mirando un junco fantasma. Más tarde fui a buscar cigarros para ellos, y se los llevaron muy contentos; y así mi amigo azul quiso como señal de agradecimiento, regalarme una cornamenta de ciervo o alce muy bonita, la cual naturalmente rechacé, así él podía hacer negocios con ella en alguna tienda de Hong K