EL ANILLO DEL NIBELUNGO Y PARSIFAL:  KUPFER Y BARENBOIM ACERCAN WAGNER AL PÚBLICO DE HOY
Lanzamiento del Laser Disc
Por Sebastián Spreng - Revista Clásica,  septiembre 1995

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Documentos magníficos del equipo formado por el régisseur Harry Kupfer y el director Daniel Barenboim, estos registros de El
Anillo del Nibelungo y Parsifal, amén de sus inmensos valores teatrales y musicales, demuestran el altísimo grado de sofisticación de la tecnología actual, tanto en el campo visual como en la espectacular toma de sonido que, sin contar el poder de las imágenes y el espíritu de ensemble, convierte a estas versiones en los mejores exponentes de ambas obras disponible en video o disco láser.

Seguiremos lamentando la ausencia de una filmación de la Tetralogía a cargo del entonces revolucionario Wieland Wagner (creador
del Nuevo Bayreuth de post-guerra), pero el mercado ofrece como alternativas la Segunda Revolución de Bayreuth emprendida con
la memorable puesta centenaria de Patrice Chéreau/Pierre Boulez (de una brillantez y rigor intelectual hasta ahora inigualados) y la versión espacial de Nikolaus Lenhoff/Wolfgang Sawallisch (Opera Nacional de Baviera, Munich), con un elenco importante e
imaginativa en lo visual, pero que adolece de una débil concepción.

La puesta que nos ocupa se encuentra en las antípodas del enfoque de Wieland Wagner; sin embargo, más que alejarse de su labor aparece como la continuación lógica de aquella del nieto del compositor y particularmente de la visión industrialista de Chéreau en 1976, mostrando otra faceta en la experimentación del hasta ahora inagotable universo wagneriano.

Como Wieland Wagner, Kupfer retorna a la luz, otorgándole un papel fundamental.  Para lograrlo, se aventura en las posibilidades
que le ofrece la tecnología láser junto a su escenógrafo y su figurinista (los talentosísimos Hans Schavernoch y Reinhard Heinrich),
explorando mundos desconocidos -para creador y espectador- donde la demitificación, la alegoría y la conciencia ecológica pasan
a un rotundo primer plano.  El disco escénico de Wieland Wagner, la parábola industrial de Chéreau y el Túnel del Tiempo de Götz
Friedrich ceden paso al Camino de la Historia.  Kupfer nos ubica en un futuro probable (tampoco hay razón para que no sea el
presente), quizás después de una Tercera Guerra Mundial, en un planeta contaminado, insensible al peligro atómico, donde la
naturaleza brilla por su ausencia o ha sido literalmente exterminada.

La tragedia se repetirá inexorablemente; es el núcleo del Camino de la Historia imaginado por el director alemán, donde los
personajes -más humanos que nunca- se encuentran casual o causalmente, esperan (y desesperan) en situaciones de cambio e
incertidumbre continua.  Pocas veces el mensaje wagneriano emergió tan claramente como en este Anillo.  Sus hallazgos son
numerosísimos, polémicos pero innegables, en un apabullante despliegue de lógica y de agudeza psicológica que echa mano a
todos los recursos de la información, el cine, la televisión, la computación, los ídolos de bolsillo y el paso desaforado de las ideologías que desfilan en este gigantesco fresco de la civilización humana.

En su concepción, los dioses son verdaderos payasos políticos, inmorales y angurrientos* (impagables la prepotencia y cursilería
de Fricka en Rheingold), ascendiendo por el arco iris como en el elevador de un Shopping-Mall, saludando enloquecidos de poder.
reactor nuclear abandonado es el refugio de Fafner y Brünnhilde vivirá en un bunker inexpugnable;  las Nornas se enredan en un
bosque de antenas televisivas y los gigantes nunca fueron tan inmensos ni sus cabezas -como sus cerebros- tan diminutas.

Una puesta que no reniega de la espectacularidad inherente a la obra, pero que tampoco hace concesiones fáciles:  un infinito
camino lumínico enmarca a Siegfried y Grane en su viaje por el Rhin; una escalofriante -en imagen y sonido- cabalgata de las
Walkirias o la sobrecogedora -tan insólita como efectiva- aparición de Wotan y Brünnhilde durante la Música fúnebre de Sigfrido.
En un desconsolado tributo al héroe y al ideal irrecuperablemente perdido, un cráter interrumple el Camino de la Historia devorando a Siegfried.  Arrodillado, Wotan arroja los restos de la lanza sin reconocer o atreverse a mirar a Brünnhilde, que lo contempla desde el otro lado.

En el final, los superficiales y los indiferentes, en lugar de protagonizarlo ven por televisión el gran cataclismo, así como nosotros
hemos visto -y vemos- imperturbables o impotentes las imágenes de Chernobyl, la guerra del Golfo, de Bosnia o la contienda de
turno.  Sólo una pareja de niños se aparta del grupo -bajo la atenta mirada de Alberich- yéndose de la mano, iluminando el sendero
con una linternita.  Con este colosal golpe de teatro, que evoca el último cuadro de Tiempos Modernos de Chaplin, Kupfer da rienda
suelta a la emoción en el broche final más conmovedor de las Tetralogías contemporáneas.

Asimismo el interés no decae (todo un triunfo cuando se trata de quince horas de música), aunque con el paso del tiempo las
corridas y rodadas por el piso del Teatro de los Festivales pierden cierta efectividad en la pantalla, a semejanza de éxtasis y gestos
grandilocuentes, mejor aprovechados en el teatro.  No obstante, esta dinámica coreografía es parte esencial de su estética y
curiosamente rescata al detalle muchas de las indicaciones escénicas pedidas por Wagner.

Igual mérito está reservado a Daniel Barenboim, quien no sólo obtiene una compenetración antológica con el régisseur, sino que es
el protagonista musical absoluto de este Anillo.  Muchísimo más cómodo que en Mozart, el Wagner de Borenboim ha provocado
cautelosas comparaciones con el legendario Wilhelm Furtwängler.  En la admirable fluidez de discurso musical, la elegancia
expresiva, la integración de los clímax y un sentido de corte belcantista, el director contrasta y complementa la acción escénica
creando el necesario balance para que la brutal descripción de Kupfer acceda a una imprescindible esfera poética.

En un desafío que dejará perplejos a muchos, Barenboim se permite desarrollar su concepción a cada momento, dejando que la
música crezca sola, pero sin perder la articulación y dominio necesarios.  Por lo tanto es en Götterdammerung donde más
nítidamente emerge el resultado global de su notable labor.  Para subrayar el carácter musical de cada jornada, el director usó su
amplia experiencia en Berlioz (para Rheingold), Bruckner (para Walküre), Liszt (para Siegfried) y otra vez Bruckner y Debussy (para
Götterdammerung).

En las instancias claves, la maravillosa orquesta del festival desborda el abismo místico (y su ferocidad recuerda el agresivo Solti
de los sesenta), pero la transparencia y diafanidad de cuerdas y metales, jamás sepulta a los cantantes.  Esta fascinante, incesante lucha contrapuntística entre escena y foso orquestal, aconseja inclinar la balanza por la versión en video por sobre la de compactos.  No debe -ni puede- compararse la presente generación de cantantes wagnerianos con los gigantes del ayer, pero los integrantes de esta Tetralogía se mueven, actúan y cantan con una convicción y agilidad ejemplares.  Por sobre todo, felizmente, no pretenden demostrar lo que no son.

Esta es la principal virtud de Anne Evans, una Brünnhilde muy lejos de Birgit Nilsson o Astrid Varnay, pero segura, convincente,
femenina y vocalmente sana, que no fuerza su instrumento limitado.  Por su parte, John Tomlinson es el Wotan perfecto para esta
puesta:  un cantante-actor capaz de otorgar tal sentido y sostenido interés al personaje no aparece todos los días.  Ambos cantantes británicos se confirman como intérpretes honestos, dignos representantes de las enseñanzas de su maestro, Sir Reginald Goodall.

Bien trabajado y experimentadísimo en lo vocal, el veterano Siegfried Jerusalem sigue siendo el mejor Siegfried de la actualidad.  La
inteligente marcación de Kupfer lo convierte en un espejo de nuestras virtudes y debilidades, dejando que en un instante -con la
misma facilidad- se lo ame o deteste por su inocencia, inconsciencia o soberana estupidez.

Nadine Secunde ha perfeccionado su Sieglinde y Poul Elming es un Siegmund de noble estampa; también la Fricka de Linda Finnie
-de ingrato timbre- tiene una presencia relevante.  Ni el Fafner de Philip Kang -de siniestro aspecto como Hagen-, ni el Gunther de
Bodo Brinkmann, ni el Mime de Graham Clark se distinguen vocalmente, pero Gunther von Kannen es un Alberich en la mejor
tradición del inigualable Neidlinger, Helmut Pampuch un idóneo Mime (en Rheingold) y Eva-Maria Bundschuh (Gutrune) una soprano para seguir de cerca.

Sin dudas, la gran estrella vocal de Götterdammerung es Waltraud Meier, segura y natural.  Una Waltraute que no ruega sino que
reprocha; que al demostrarle repulsión sólo revela estar secretamente celosa de la condición terrenal de su hermana.  La Narración
es un modelo de manipulación, ejerciendo todo el poder de una divinidad tan vacía como inútil y acentuando el contraste con
Brünnhilde, ahora una adolescente transgresora, satisfecha en haber desafiado a su mundo, haciendo alarde de su nuevo status.

En la tesitura del Anillo, la versión de Parsifal (con la que Daniel Barenboim inició la dinámica regencia de la ópera berlinesa Unter
den Linden) es igualemente provocativa.  La sola mención del Festival Sagrado lleva la marca indeleble de Wieland Wagner:  fue la
consumación de sus ideales artísticos y todos los Parsifal posteriores en mayor o menor medida le deben algo.  Este no es la excepción.

Nuevamente, Kupfer nos sitúa en un mundo post-nuclear, donde la luz -cuando asoma- es tan cruda que enceguece; donde los
Caballeros del Grial no son más que agotados despojos humanos (con dosis de tolerancia y modales poco acordes con su rango) y
las Doncellas-Flores ejercen su tarea desde pantallas desplegadas en un plano computarizado.  Gracias a la televisión vemos
guerras y catástrofes, y también nos enteramos de todas las tentaciones posibles.

El régisseur se vale de una riqueza de imágenes sorprendente, acudiendo al ascetismo cuando la partitura lo requiere, plasmando
un profundo cuestionamiento sobre la necesidad, los mecanismos y, en última instancia, la utilidad de las creencias y la fe.  En la
soberbia escenografía de Hans Schavernoch, muros de metal (transformados en espejos reflectantes de un cielo inmaculado e
imposible en el Encantamiento de Viernes Santo) dividen el recinto de los Caballeros de los dominios de Klingsor, adonde se accede por una gigantesca escotilla, mientras los restos de un misil sirven de camilla al doliente Amfortas, el excelente bajo-barítono Falk Struckmann.

Respondiendo ejemplarmente a los designios de Kupfer, el Parsifal de Poul Elming convence y conmueve.  A diferencia de Siegfried, su ignorancia despierta piedad y su realización final otorga un respiro en un mundo donde todos somos prisioneros. El Gurnemanz de John Tomlinson posee la misma estatura que su Wotan y, espontáneo y en pleno dominio de sus facultades vocales, vierte con una trabajada naturalidad sus largos parlamentos.  En el mismo empinado nivel se ubica Gunther von Kannen como el maléfico Klingsor.

Poco queda por decir de la Kundry de Waltraud Meier que no haya sido dicho.  En una época que no se destaca por la abundancia
de cantantes wagnerianos, esta Kundry ha marcado nuevos standards, revitalizando el legado de Martha Mödl o Régine Crespin,
con una flexibilidad insolente que se acomoda a los designios del director de turno.  Bellísima y musicalmente impecable, se vale
de cierta estridencia en los agudos para acentuar la neurosis del personaje.  En cada acto es una actriz y una cantante diferente.
La fiereza y desdén del primero y el espeluznante encuentro del segundo, contrastan con la serenidad del último, sentando un
precedente que será difícil de superar.

La orquesta y coro del teatro Unter den Linden no pueden rivalizar con la del Festival de Bayreuth, pero ambos cuerpos estables
realizan una labor extraordinaria.  Barenboim saca partido de todas sus posibilidades, explayándose en una lectura serena y
apasionada que conquista desde el primer acorde.  Después del Anillo, este Parsifal (que fuera precedido por otra memorable
versión completa en compactos) lo confirma como una de las fuerzas más renovadoras e interesantes del panorama wagneriano
actual.

Vibrantes y apocalípticas, las sagas del amor, el poder y la fe están representadas en estas entregas con un enfoque moderno y
una intensidad lacerante.  Parsifal supera a sus competidores en video (Levine/Met y Stein/Bayreuth) y el Anillo se impone como la
contrapartida (o continuación) del de Chéreau/Boulez (Philips).  A su lado, las versiones convencionales del Met (DGG), con
estrellas del canto y James Levine -gran rival de Barenboim en la conducción wagneriana-, aunque válidas, empalidecen sin remedio en un mundo que después de Auschwitz e Hiroshima no puede seguir siendo el mismo.

***

DER RING DES NIBELUNGEN.  Anne Evans (Brünnhilde), Nadine Secunde (Sieglinde), Eva Maria Bundschuh (Gutrune), Eva
Johansson (Freia), Linda Finnie (Fricka/2a. Norna), Waltraud Meier (Waltraute), Birgitta Svenden (Erda/1a. Norna), Uta Priew (3a.
Norna), Hilde Leidland (Woglinde), Annette Kuttenbaum (Wellgunde), Jane Turner (Flosshilde), Siegfried Jerusalem (Siegfried), Poul
Elming (Siegmund), Graham Clark (Loge/Mime en Siegfried), Helmut Pampuch (Mime en Rheingold), John Tomlinson
(Wotan/Wanderer), Gunther von Kannen (Alberich), Bodo Brinkmann (Donner/Gunther), Philip Kang (Fafner/Hagen), Mathias Holle (Fasolt/Hunding).  Orquesta y coro del Festival de Bayreuth.  Dirección:  Daniel Barenboim.  Régisseur:  Harry Kupfer.  Teldec
4509-91122-6 (Rheingold, 2 discos láser, 153'; Teldec 4509-91123-6 (Walküre, 3 discos láser, 238'); Teldec 4509-94193-6 (Siegfried,
3 discos láser, 243'); Teldec 4509-94194-6 (Götterdammerung, 3 discos láser, 270').  También disponible en video y compactos.

PARSIFAL.  Waltraud Meier, Poul Elming, John Tomlinson, Falk Struckmann, Gunther von Kannen, Fritz Hubner, Andreas
Schmidt, Rosemarie Lang.  Coro de la Opera Alemana y Orquesta de la Staatskapelle de Berlín.  Dirección:  Daniel Barenboim.
Régisseur:  Harry Kupfer.  Teldec Láser / VHS 4509-92788 (3 discos láser, 244').
 

*  Angurriento:  Americanismo, que equivale a ansioso, insaciable.