Documentos magníficos
del equipo formado por el régisseur Harry Kupfer y el director Daniel
Barenboim, estos registros de El
Anillo del Nibelungo y Parsifal,
amén de sus inmensos valores teatrales y musicales, demuestran el
altísimo grado de sofisticación de la tecnología actual,
tanto en el campo visual como en la espectacular toma de sonido que, sin
contar el poder de las imágenes y el espíritu de ensemble,
convierte a estas versiones en los mejores exponentes de ambas obras disponible
en video o disco láser.
Seguiremos lamentando la ausencia
de una filmación de la Tetralogía a cargo del entonces revolucionario
Wieland Wagner (creador
del Nuevo Bayreuth de post-guerra),
pero el mercado ofrece como alternativas la Segunda Revolución de
Bayreuth emprendida con
la memorable puesta centenaria
de Patrice Chéreau/Pierre Boulez (de una brillantez y rigor intelectual
hasta ahora inigualados) y la versión espacial de Nikolaus Lenhoff/Wolfgang
Sawallisch (Opera Nacional de Baviera, Munich), con un elenco importante
e
imaginativa en lo visual, pero
que adolece de una débil concepción.
La puesta que nos ocupa se encuentra en las antípodas del enfoque de Wieland Wagner; sin embargo, más que alejarse de su labor aparece como la continuación lógica de aquella del nieto del compositor y particularmente de la visión industrialista de Chéreau en 1976, mostrando otra faceta en la experimentación del hasta ahora inagotable universo wagneriano.
Como Wieland Wagner, Kupfer
retorna a la luz, otorgándole un papel fundamental. Para lograrlo,
se aventura en las posibilidades
que le ofrece la tecnología
láser junto a su escenógrafo y su figurinista (los talentosísimos
Hans Schavernoch y Reinhard Heinrich),
explorando mundos desconocidos
-para creador y espectador- donde la demitificación, la alegoría
y la conciencia ecológica pasan
a un rotundo primer plano.
El disco escénico de Wieland Wagner, la parábola industrial
de Chéreau y el Túnel del Tiempo de Götz
Friedrich ceden paso al Camino
de la Historia. Kupfer nos ubica en un futuro probable (tampoco hay
razón para que no sea el
presente), quizás después
de una Tercera Guerra Mundial, en un planeta contaminado, insensible al
peligro atómico, donde la
naturaleza brilla por su ausencia
o ha sido literalmente exterminada.
La tragedia se repetirá
inexorablemente; es el núcleo del Camino de la Historia imaginado
por el director alemán, donde los
personajes -más humanos
que nunca- se encuentran casual o causalmente, esperan (y desesperan) en
situaciones de cambio e
incertidumbre continua.
Pocas veces el mensaje wagneriano emergió tan claramente como en
este Anillo. Sus hallazgos son
numerosísimos, polémicos
pero innegables, en un apabullante despliegue de lógica y de agudeza
psicológica que echa mano a
todos los recursos de la información,
el cine, la televisión, la computación, los ídolos
de bolsillo y el paso desaforado de las ideologías que desfilan
en este gigantesco fresco de la civilización humana.
En su concepción, los
dioses son verdaderos payasos políticos, inmorales y angurrientos*
(impagables la prepotencia y cursilería
de Fricka en Rheingold), ascendiendo
por el arco iris como en el elevador de un Shopping-Mall, saludando enloquecidos
de poder.
reactor nuclear abandonado
es el refugio de Fafner y Brünnhilde vivirá en un bunker inexpugnable;
las Nornas se enredan en un
bosque de antenas televisivas
y los gigantes nunca fueron tan inmensos ni sus cabezas -como sus cerebros-
tan diminutas.
Una puesta que no reniega de
la espectacularidad inherente a la obra, pero que tampoco hace concesiones
fáciles: un infinito
camino lumínico enmarca
a Siegfried y Grane en su viaje por el Rhin; una escalofriante -en imagen
y sonido- cabalgata de las
Walkirias o la sobrecogedora
-tan insólita como efectiva- aparición de Wotan y Brünnhilde
durante la Música fúnebre de Sigfrido.
En un desconsolado tributo
al héroe y al ideal irrecuperablemente perdido, un cráter
interrumple el Camino de la Historia devorando a Siegfried. Arrodillado,
Wotan arroja los restos de la lanza sin reconocer o atreverse a mirar a
Brünnhilde, que lo contempla desde el otro lado.
En el final, los superficiales
y los indiferentes, en lugar de protagonizarlo ven por televisión
el gran cataclismo, así como nosotros
hemos visto -y vemos- imperturbables
o impotentes las imágenes de Chernobyl, la guerra del Golfo, de
Bosnia o la contienda de
turno. Sólo una
pareja de niños se aparta del grupo -bajo la atenta mirada de Alberich-
yéndose de la mano, iluminando el sendero
con una linternita. Con
este colosal golpe de teatro, que evoca el último cuadro de Tiempos
Modernos de Chaplin, Kupfer da rienda
suelta a la emoción
en el broche final más conmovedor de las Tetralogías contemporáneas.
Asimismo el interés no
decae (todo un triunfo cuando se trata de quince horas de música),
aunque con el paso del tiempo las
corridas y rodadas por el piso
del Teatro de los Festivales pierden cierta efectividad en la pantalla,
a semejanza de éxtasis y gestos
grandilocuentes, mejor aprovechados
en el teatro. No obstante, esta dinámica coreografía
es parte esencial de su estética y
curiosamente rescata al detalle
muchas de las indicaciones escénicas pedidas por Wagner.
Igual mérito está
reservado a Daniel Barenboim, quien no sólo obtiene una compenetración
antológica con el régisseur, sino que es
el protagonista musical absoluto
de este Anillo. Muchísimo más cómodo que en
Mozart, el Wagner de Borenboim ha provocado
cautelosas comparaciones con
el legendario Wilhelm Furtwängler. En la admirable fluidez de
discurso musical, la elegancia
expresiva, la integración
de los clímax y un sentido de corte belcantista, el director contrasta
y complementa la acción escénica
creando el necesario balance
para que la brutal descripción de Kupfer acceda a una imprescindible
esfera poética.
En un desafío que dejará
perplejos a muchos, Barenboim se permite desarrollar su concepción
a cada momento, dejando que la
música crezca sola,
pero sin perder la articulación y dominio necesarios. Por
lo tanto es en Götterdammerung donde más
nítidamente emerge el
resultado global de su notable labor. Para subrayar el carácter
musical de cada jornada, el director usó su
amplia experiencia en Berlioz
(para Rheingold), Bruckner (para Walküre), Liszt (para Siegfried)
y otra vez Bruckner y Debussy (para
Götterdammerung).
En las instancias claves, la
maravillosa orquesta del festival desborda el abismo místico (y
su ferocidad recuerda el agresivo Solti
de los sesenta), pero la transparencia
y diafanidad de cuerdas y metales, jamás sepulta a los cantantes.
Esta fascinante, incesante lucha contrapuntística entre escena y
foso orquestal, aconseja inclinar la balanza por la versión en video
por sobre la de compactos. No debe -ni puede- compararse la presente
generación de cantantes wagnerianos con los gigantes del ayer, pero
los integrantes de esta Tetralogía se mueven, actúan y cantan
con una convicción y agilidad ejemplares. Por sobre todo,
felizmente, no pretenden demostrar lo que no son.
Esta es la principal virtud
de Anne Evans, una Brünnhilde muy lejos de Birgit Nilsson o Astrid
Varnay, pero segura, convincente,
femenina y vocalmente sana,
que no fuerza su instrumento limitado. Por su parte, John Tomlinson
es el Wotan perfecto para esta
puesta: un cantante-actor
capaz de otorgar tal sentido y sostenido interés al personaje no
aparece todos los días. Ambos cantantes británicos
se confirman como intérpretes honestos, dignos representantes de
las enseñanzas de su maestro, Sir Reginald Goodall.
Bien trabajado y experimentadísimo
en lo vocal, el veterano Siegfried Jerusalem sigue siendo el mejor Siegfried
de la actualidad. La
inteligente marcación
de Kupfer lo convierte en un espejo de nuestras virtudes y debilidades,
dejando que en un instante -con la
misma facilidad- se lo ame
o deteste por su inocencia, inconsciencia o soberana estupidez.
Nadine Secunde ha perfeccionado
su Sieglinde y Poul Elming es un Siegmund de noble estampa; también
la Fricka de Linda Finnie
-de ingrato timbre- tiene una
presencia relevante. Ni el Fafner de Philip Kang -de siniestro aspecto
como Hagen-, ni el Gunther de
Bodo Brinkmann, ni el Mime
de Graham Clark se distinguen vocalmente, pero Gunther von Kannen es un
Alberich en la mejor
tradición del inigualable
Neidlinger, Helmut Pampuch un idóneo Mime (en Rheingold) y Eva-Maria
Bundschuh (Gutrune) una soprano para seguir de cerca.
Sin dudas, la gran estrella
vocal de Götterdammerung es Waltraud Meier, segura y natural.
Una Waltraute que no ruega sino que
reprocha; que al demostrarle
repulsión sólo revela estar secretamente celosa de la condición
terrenal de su hermana. La Narración
es un modelo de manipulación,
ejerciendo todo el poder de una divinidad tan vacía como inútil
y acentuando el contraste con
Brünnhilde, ahora una
adolescente transgresora, satisfecha en haber desafiado a su mundo, haciendo
alarde de su nuevo status.
En la tesitura del Anillo, la
versión de Parsifal (con la que Daniel Barenboim inició la
dinámica regencia de la ópera berlinesa Unter
den Linden) es igualemente
provocativa. La sola mención del Festival Sagrado lleva la
marca indeleble de Wieland Wagner: fue la
consumación de sus ideales
artísticos y todos los Parsifal posteriores en mayor o menor medida
le deben algo. Este no es la excepción.
Nuevamente, Kupfer nos sitúa
en un mundo post-nuclear, donde la luz -cuando asoma- es tan cruda que
enceguece; donde los
Caballeros del Grial no son
más que agotados despojos humanos (con dosis de tolerancia y modales
poco acordes con su rango) y
las Doncellas-Flores ejercen
su tarea desde pantallas desplegadas en un plano computarizado. Gracias
a la televisión vemos
guerras y catástrofes,
y también nos enteramos de todas las tentaciones posibles.
El régisseur se vale
de una riqueza de imágenes sorprendente, acudiendo al ascetismo
cuando la partitura lo requiere, plasmando
un profundo cuestionamiento
sobre la necesidad, los mecanismos y, en última instancia, la utilidad
de las creencias y la fe. En la
soberbia escenografía
de Hans Schavernoch, muros de metal (transformados en espejos reflectantes
de un cielo inmaculado e
imposible en el Encantamiento
de Viernes Santo) dividen el recinto de los Caballeros de los dominios
de Klingsor, adonde se accede por una gigantesca escotilla, mientras los
restos de un misil sirven de camilla al doliente Amfortas, el excelente
bajo-barítono Falk Struckmann.
Respondiendo ejemplarmente a los designios de Kupfer, el Parsifal de Poul Elming convence y conmueve. A diferencia de Siegfried, su ignorancia despierta piedad y su realización final otorga un respiro en un mundo donde todos somos prisioneros. El Gurnemanz de John Tomlinson posee la misma estatura que su Wotan y, espontáneo y en pleno dominio de sus facultades vocales, vierte con una trabajada naturalidad sus largos parlamentos. En el mismo empinado nivel se ubica Gunther von Kannen como el maléfico Klingsor.
Poco queda por decir de la Kundry
de Waltraud Meier que no haya sido dicho. En una época que
no se destaca por la abundancia
de cantantes wagnerianos, esta
Kundry ha marcado nuevos standards, revitalizando el legado de Martha Mödl
o Régine Crespin,
con una flexibilidad insolente
que se acomoda a los designios del director de turno. Bellísima
y musicalmente impecable, se vale
de cierta estridencia en los
agudos para acentuar la neurosis del personaje. En cada acto es una
actriz y una cantante diferente.
La fiereza y desdén
del primero y el espeluznante encuentro del segundo, contrastan con la
serenidad del último, sentando un
precedente que será
difícil de superar.
La orquesta y coro del teatro
Unter den Linden no pueden rivalizar con la del Festival de Bayreuth, pero
ambos cuerpos estables
realizan una labor extraordinaria.
Barenboim saca partido de todas sus posibilidades, explayándose
en una lectura serena y
apasionada que conquista desde
el primer acorde. Después del Anillo, este Parsifal (que fuera
precedido por otra memorable
versión completa en
compactos) lo confirma como una de las fuerzas más renovadoras e
interesantes del panorama wagneriano
actual.
Vibrantes y apocalípticas,
las sagas del amor, el poder y la fe están representadas en estas
entregas con un enfoque moderno y
una intensidad lacerante.
Parsifal supera a sus competidores en video (Levine/Met y Stein/Bayreuth)
y el Anillo se impone como la
contrapartida (o continuación)
del de Chéreau/Boulez (Philips). A su lado, las versiones
convencionales del Met (DGG), con
estrellas del canto y James
Levine -gran rival de Barenboim en la conducción wagneriana-, aunque
válidas, empalidecen sin remedio en un mundo que después
de Auschwitz e Hiroshima no puede seguir siendo el mismo.
***
PARSIFAL. Waltraud Meier,
Poul Elming, John Tomlinson, Falk Struckmann, Gunther von Kannen, Fritz
Hubner, Andreas
Schmidt, Rosemarie Lang.
Coro de la Opera Alemana y Orquesta de la Staatskapelle de Berlín.
Dirección: Daniel Barenboim.
Régisseur: Harry
Kupfer. Teldec Láser / VHS 4509-92788 (3 discos láser,
244').
* Angurriento: Americanismo,
que equivale a ansioso, insaciable.